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El Coronel de Policía que Protegía al Mayor N4rc0 de Ecuador : El Coronel Lenin Mansón

42 lingotes de oro sin número de serie,000000es en billetes apilados detrás de una pared falsa y afuera de esa mansión custodiándola. patrullas de la Policía Nacional del Ecuador. Eso no lo ordenó un sicario desde la calle, lo ordenó un coronel en activo. Este es el relato de cómo el crimen organizado no solo compró un oficial de policía, lo puso a trabajar a tiempo completo con tu dinero.

La mansión, el uniforme y el silencio. La mañana del 25 de mayo de 2022, los investigadores abrieron una pared falsa en una mansión de lujo en San Borondón y encontraron 42 lingotes de oro apilados como ladrillos de construcción. Lo que todavía no sabían es que lo que tú vas a descubrir en los próximos minutos es que esa misma propiedad estaba siendo custodiada en ese preciso instante por Patrullas del Estado, por orden de un coronel de la Policía Nacional que cobraba sueldo público mientras protegía el patrimonio de un narco. San Borondón

no es cualquier ciudad, es el epicentro del dinero limpio y del dinero sucio que conviven en el mismo código postal. Condominios privados con seguridad armada, restaurantes donde una cena cuesta lo que un maestro gana en un mes, urbanizaciones con nombres que suenan a paraíso europeo, pero que esconden historias que pertenecen al infierno.

 Y ahí en la urbanización Riveras del Batán se levantaba la propiedad de 100 m² que pertenecía a Leandro Norero Tigua, el hombre al que todos en el submundo ecuatoriano conocían como el patrón. El operativo del 25 de mayo no fue una sorpresa total. La fiscalía seguía el rastro de Norero desde hacía meses.

 Pero lo que los investigadores esperaban encontrar, efectivo, quizá documentos comprometedores, algún arma, no tenía nada que ver con lo que apareció cuando los técnicos forenses comenzaron a inspeccionar las paredes del inmueble. Había una caja fuerte, no en el piso, no en un armario, detrás de un revestimiento decorativo en una de las habitaciones perfectamente disimulada esperando en silencio.

 Y cuando la abrieron, el silencio que cayó sobre el equipo fue el tipo de silencio que solo existe cuando la realidad supera cualquier hipótesis de trabajo. 42 lingotes de oro de 500 g cada uno, muchos sin numeración legal, lo que apuntaba a un origen vinculado a la minería ilegal o a transacciones internacionales no declaradas.

 7 millones de dólares en efectivo en billetes sin registrar. 74 relojes de lujo, Rolex, Hubl, Patc, Philip, Aemar, Spiguet, Decenas de artículos de moda de Luis Won y Ferragamo. Seis vehículos de alta gama, algunos blindados. La mansión no era una casa. Era una bóveda con piscina.

 Lo que estaban mirando no era el resultado de un negocio próspero ni de una herencia familiar. Era la materialización física de años de tráfico, de lavado, de corrupción pagada y cobrada. Era el inventario de un hombre que había construido su fortuna sobre el sufrimiento de otros y que había conseguido durante años que el estado mirara hacia otro lado mientras lo hacía.

 Pero eso no era lo más perturbador de esa mañana. Lo más perturbador era lo que pasaba afuera, porque cuando el equipo de la fiscalía llegó a la propiedad, ya había alguien esperándolos. No un abogado, no un administrador de bienes, una patrulla de la policía nacional con uniformes reglamentarios, insignias y armamento estatal, custodiando la mansión de un narcotraficante que acababa de ser detenido por orden expresa de un oficial superior de rango coronel.

 Ese coronel se llamaba Neer Lenin Masons y Malesa y llevaba semanas usando los recursos del Estado ecuatoriano para proteger los activos de su patrón. El escándalo que desencadenó este hallazgo no se limitó a la figura de un oficial corrupto. Lo que vino después fue una radiografía en tiempo real de cuánto había enfermado el Estado ecuatoriano, porque masón no era un caso aislado, era un síntoma, el más visible, el más audaz, el más documentado, pero apenas uno de los tentáculos de una red que llegaba a los pasillos de la Corte Nacional de

Justicia, a las celdas del sistema penitenciario y a los despachos políticos de todo el país. que vas a escuchar es la historia de esa red, de cómo se construyó, de cómo funcionó durante años sin que nadie la detuviera y de cómo un puñado de mensajes en teléfonos cifrados terminó por dejar al descubierto cuánto había destruido antes de que alguien la viera.

 Pero antes de llegar a esa respuesta, hay que entender algo fundamental. La relación entre masón y norero no fue el resultado de una sola decisión tomada en un momento de debilidad. fue el producto de un proceso gradual, de una serie de pequeños pasos que se fueron acumulando hasta que retroceder era más peligroso que seguir avanzando.

 Así funciona la captación de oficiales en las organizaciones criminales sofisticadas. No comienzan con un sobre lleno de billetes sobre una mesa. Comienzan con un favor pequeño, casi insignificante, que deja una deuda y esa deuda crece con cada nuevo favor, con cada nuevo pago, hasta que la persona atrapada en esa dinámica ya no puede distinguir el momento exacto en que cruzó la línea.

Solo sabe que está muy lejos del otro lado. Ecuador llevaba años en ese proceso. La transformación del país de tránsito a país de distribución activa no ocurrió de la noche a la mañana. fue el resultado de una infiltración sistemática que avanzó donde encontró menor resistencia en las instituciones más expuestas, en los funcionarios más vulnerables, en los sistemas de control más débiles.

 Y cuando el caso metástasis salió a la luz, lo que sorprendió no fue que hubiera corrupción, lo que sorprendió fue la magnitud, la profundidad y el nivel de organización que esa corrupción había alcanzado. La pregunta que quedó flotando en el aire de San Borondón esa mañana de mayo era una sola. ¿Cuántos más había como masón? La respuesta llegó y fue mucho peor de lo que nadie imaginaba.

Un patrón y un táctico. Antes de que existiera la caja fuerte con los lingotes de oro, antes de que existieran los chats cifrados y las patrullas custodiando mansiones de narcos, existían dos hombres que tomaron decisiones. Uno decidió convertirse en el poder financiero del crimen organizado ecuatoriano. El otro decidió venderle su uniforme.

 Y si quieres entender cómo llegaron a ese punto, tienes que retroceder hasta el Ecuador que nadie quería ver. Leandro Norero Tigua no apareció de la nada. Llegó desde las orillas de la marginalidad, desde los barrios donde la pandilla Los nietas reclutaba con la misma lógica que cualquier empresa de recursos humanos.

 Promesa de pertenencia, promesa de dinero, promesa de poder. Norero entendió ese lenguaje desde temprano y lo habló con fluidez desde adolescente. Entre 2005 y 2018, el nombre de Norero apareció múltiples veces en los registros judiciales ecuatorianos. robos, tenencia ilegal de armas, narcotráfico. Pero en todos los casos, Norero salió limpio, sobreseguimientos, dictámenes abstinentivos, archivos que se cerraban antes de llegar a ningún lado.

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