Era cuando debería haber estado cumpliendo una condena seria. Norero ya había aprendido la lección más importante del crimen organizado en América Latina. La justicia no es ciega, tiene precio. El año 2008 fue bisagra. Durante el gobierno de Rafael Correa se impulsaron procesos de pacificación y reinserción social de pandillas, una política que con las mejores intenciones declaradas terminó por abrir una puerta que nunca debió abrirse.
Antiguos líderes de bandas recibieron espacios en la administración pública, se infiltraron en la función judicial, en la policía nacional, en los sindicatos y figuras como Norero que entendían los dos mundos, usaron ese puente para construir una red de contactos que duraría más de una década. Para 2020, Norero no era simplemente un delincuente con suerte, era un estratega y su siguiente jugada fue la más audaz de su vida hasta ese momento, fingir su propia muerte.
Al inicio de la pandemia de COVID-19, con los sistemas judiciales de medio continente colapsados y la atención del mundo fija en los hospitales, Norero orquestó su propia desaparición legal. usó documentación falsa para declararse muerto y extinguir un proceso penal que lo perseguía en Perú. Luego, con una nueva identidad, regresó silenciosamente a Ecuador y retomó sus operaciones.
El patrón había muerto en papel y en la realidad acababa de nacer de verdad. Desde esa resurrección operativa, Norero elevó su posición a un nivel que muy pocos criminales alcanzan. Dejó de ser ejecutor para convertirse en financista. Dejó de mover droga directamente para mover dinero. Comenzó a inyectar capital en las organizaciones criminales más violentas del Ecuador.
Los lobos, los tiguerones, los chonillers, los lagartos. No solo les daba dinero, les daba dirección, estrategia y sobre todo protección institucional, porque eso era lo que él sabía comprar mejor que nadie. El coronel Neer Lenin Mason Malesa era, en apariencia el modelo de carrera exitosa dentro de la Policía Nacional.
Años de servicio, ascensos obtenidos, una hoja de vida que en papel no levantaba ninguna sospecha para el momento en que lo nombraron jefe del distrito policial de San Borondón, masón era exactamente el tipo de oficial que cualquier institución querría tener. Conocía el territorio, tenía relaciones, inspiraba confianza.
Precisamente por eso era tan valioso para alguien que necesitaba comprar ese tipo de capital. La jurisdicción de masón no era un detalle menor, era la zona donde vivía la élite económica del Ecuador y era también en ese mismo perímetro de mansiones y urbanizaciones privadas donde Norero había establecido su base de operaciones más visible.
No se sabe con exactitud cuándo comenzó la relación entre los dos, pero sí se sabe cuándo quedó documentada cuando la fiscalía logró desencriptar los teléfonos que Norero manejaba desde la cárcel. Encontró cientos de mensajes en la plataforma cifrada Frema y en muchos de esos mensajes, un alias aparecía con una frecuencia que no dejaba margen para interpretaciones alternativas.
Un alias que los investigadores tardaron exactamente 12 horas en vincular a un nombre real. Táctico. La historia que Táctico y El Patrón construyeron juntos duraría años y cuando por fin se derrumbó, no lo hizo en silencio. Lo hizo con el estruendo de todo lo que arrastra consigo una institución cuando se corrompe desde adentro.
Pero para entender esa caída, primero hay que entender hasta dónde habían llegado, porque lo que Norero construyó no era solo una red de corrupción, era una alternativa al Estado, una estructura paralela que ofrecía lo que el Estado oficial ya no garantizaba, lealtad, protección y consecuencias reales para quien rompiera las reglas.
Y en ese ecosistema, el coronel Masón no era el único oficial captado, era el más visible, era el que quedó expuesto primero. Pero los investigadores que trabajaron el caso lo sabían desde el principio. Donde hay uno, hay más. Siempre hay más. Para entender lo que el coronel Masón construyó junto a Norero, hay que entender primero qué significa realmente el poder en el Ecuador del siglo XXI, no el poder formal, el que aparece en los organigramas, el poder que mueve cosas en las sombras, el poder que hace que un proceso judicial se archive, que un
operativo se cancele en el último momento, que una propiedad incautada siga intacta mientras su dueño espera tranquilo en la cárcel. Y lo que vas a descubrir en este acto es que ese poder tenía una arquitectura tan precisa como la de cualquier empresa multinacional. Norero operaba con la mentalidad de un director ejecutivo.
Tenía empleados, tenía proveedores, tenía clientes, tenía abogados que negociaban en las cortes, tenía intermediarios que gestionaban los pagos, tenía operadores logísticos que movían los activos y tenía en las calles, en las instituciones, debajo de los uniformes a sus hombres. Mason era uno de esos hombres, pero no era un simple informante.
Era el jefe de zona, el director regional, el encargado de que en el perímetro más crítico de las operaciones de Norero nada se moviera sin que el patrón lo supiera o lo autorizara. Su función tenía varias capas. La primera era la información. Masón proporcionaba datos sobre operativos planificados, sobre investigaciones en curso, sobre movimientos de fiscales y agentes que podían afectar los intereses de Norero.
En el lenguaje cifrado de Trima, Táctico, enviaba avisos que permitían al entorno del capo reaccionar antes de que llegaran los allanamientos. Eso no es complicidad pasiva, es participación activa en obstrucción de justicia. Y masón lo hacía desde su despacho oficial en horario de servicio, con los recursos del estado a disposición.
La segunda capa era la protección física de los activos. Cuando la mansión de Riveras del Batán fue incautada tras la detención de Norero en mayo de 2022, debería haber quedado bajo custodia institucional neutral, sellada y administrada por los organismos competentes. En cambio, el coronel Masón dispuso que patrullas de su distrito custodiaran el inmueble.
vehículos pagados por los contribuyentes ecuatorianos, agentes con sueldos públicos, armamento del Estado, todo al servicio de proteger los activos de un narcotraficante detenido. La imagen más cruda de lo que la fiscalía terminaría llamando metástasis institucional. La tercera capa era el vínculo familiar. Las organizaciones criminales sofisticadas no confían solo en el individuo, confían en el círculo.
Cuando involucran a la esposa, al hijo, al hermano, están creando un sistema de dependencia que es mucho más difícil de romper que un simple contrato de corrupción. La esposa de masón recibió pagos. Su hijastro también. Esta estrategia tiene nombre en el léxico del crimen organizado. Homertad de sangre. No es solo silencio por miedo, es silencio porque toda la familia está adentro, porque toda la familia tiene algo que perder.
La investigación fiscal determinó que masón recibió al menos $85,000 por sus servicios directosero, mientras este permanecía encarcelado. Pero la cifra real podría ser mayor. Esos 85,000 son los que dejaron rastro, los que quedaron en transferencias rastreables, en movimientos que el análisis forense pudo vincular.
El efectivo que pasó de mano en mano sin registro es imposible de cuantificar. Y mientras Masón recibía ese dinero, el resto de la red funcionaba en paralelo con la misma eficiencia porque Norero no tenía solo un coronel, tenía jueces que cobraban hasta $450,000 para liberar a familiares del capo o para devolver bienes incautados.
tenía un abogado principal que se jactaba de poder hacer desaparecer nombres de los registros judiciales. Tenía una relacionista pública que servía de nexo entre el narcotraficante y los magistrados de la Corte Provincial del Guayas, gestionando favores de toda naturaleza a cambio de sentencias favorables.
Tenía un administrador de bienes que coordinaba los pagos a los operadores institucionales con la precisión de un contador corporativo. El caso Gran Fénix 51, una operación coordinada entre Ecuador y España, reveló algo que los analistas de inteligencia ya sospechaban, pero que nadie había podido documentar con tanta claridad.
El nivel de infiltración en las estructuras de control era tan profundo que el envío de toneladas de cocaína hacia Europa era supervisado directa o indirectamente por oficiales encargados de combatir exactamente ese tráfico. El ratón no solo cuidaba el queso, el ratón administraba el almacén. Toda esta arquitectura dependía de una cosa fundamental, la confianza.
Norero necesitaba saber que las personas que había comprado no iban a defraudarlo en el momento crítico y para asegurarse de eso usaba el método más antiguo del mundo. Los involucraba tan profundamente que ya no había forma de salir sin hundirse. Una vez que Mason usó una patrulla estatal para custodiar la mansión de un narco, ya no era simplemente un oficial corrupto, era un cómplice activo con nombre y apellido en el expediente.
Y eso lo hacía leal por necesidad, no solo por codicia. El sistema era casi perfecto, casi, porque en el centro de todo, el hombre que lo había construido cometió el error más antiguo del mundo. Dejó registro. Y no solo dejó registro, confió en que la tecnología lo protegería indefinidamente. Confió en que el cifrado de Trema era una muralla infranqueable.
Confió en que los teléfonos dentro de una celda de prisión eran invisibles para los forenses. Confió, en definitiva, en demasiadas cosas que dependían de que el Estado ecuatoriano siguiera siendo demasiado débil para alcanzarlo. Ese fue su error de cálculo más grave, porque el Estado, en este caso particular, no falló. Cuando los teléfonos hablan, hay un momento en toda investigación criminal donde el equilibrio se quiebra.
No siempre es un tiroteo, no siempre es una traición espectacular, a veces es algo tan pequeño, tan silencioso, que los involucrados ni siquiera lo notan cuando ocurre. un dato que no encaja, una transferencia que no debería existir, un mensaje enviado desde una celda que meses después terminará siendo la evidencia más devastadora que un fiscal haya tenido entre manos.
Y lo que vas a descubrir en los próximos minutos es como el hombre más poderoso del crimen ecuatoriano cabó su propia tumba con cada tecla que presionó. Leandro Norero fue detenido en mayo de 2022. La detención fue el resultado de meses de trabajo por parte de agentes que contra todo pronóstico, no habían sido captados por su red.
Norero fue trasladado al Centro de Privación de Libertad de Cotopaxi en la Tacunga y desde ahí, creyendo que las comunicaciones cifradas lo hacían intocable, siguió operando como si el arresto fuera apenas un inconveniente logístico. FRIMA no es una aplicación para el ciudadano promedio. Es una plataforma de mensajería de cfrado extremo desarrollada en Suiza, diseñada explícitamente para que los mensajes no puedan ser interceptados ni almacenados por terceros, sin metadatos asociados a números de teléfono, sin registros en
servidores externos, sin vulnerabilidades conocidas al momento en que Norero la usaba. Para un operador criminal de alto nivel, Trima era el equivalente digital de una reunión en un cuarto sin ventanas y con paredes de plomo, o eso creía él. Desde la Tacunga, Norero coordinaba pagos, daba instrucciones a Mazón, negociaba con abogados y gestionaba los movimientos de sus aliados en las cortes.
El volumen de comunicaciones que generó desde su celda era tan alto que para los investigadores no era solo sorprendente, era revelador de hasta qué punto el sistema penitenciario había fallado en aislar a este hombre de sus redes. Había celulares en una celda en la que no debían existir celulares. Había una operación completa funcionando desde detrás de los barrotes.
Pero cuantos más mensajes enviabaero, cuantas más personas involucraba, cuantos más pagos orquestaba, más huellas dejaba. No en los servidores de Thma, en los teléfonos de los destinatarios, en las cuentas bancarias que recibían transferencias, en los registros de movimiento de activos que alguien tenía que documentar para que el dinero llegara al lugar correcto.
El sistema que debía protegerlo era al mismo tiempo, el sistema que lo delataría. El 3 de octubre de 2022, Punas. Norero fue asesinado dentro del Centro de Privación de Libertad de Cotopaxi, un asesinato que en el contexto de la violencia carcelaria ecuatoriana de los últimos años podría haberse archivado como un incidente más entre bandas rivales.
La fiscalía no lo archivó porque en la celda de Norero quedaron sus teléfonos y los teléfonos hablaron. El trabajo forense para recuperar y desencriptar las comunicaciones de esos dispositivos fue una de las operaciones más complejas que la Fiscalía General del Estado había emprendido hasta ese momento.
No bastaba contener los aparatos físicos. Había que reconstruir las claves de acceso, penetrar el cifrado, organizar miles de mensajes en orden cronológico, identificar los alias, vincular cada nombre en código con una persona real de carne y hueso. El proceso duró meses. Los investigadores trabajaron con la conciencia de que lo que tenían en las manos podía ser la mayor radiografía del crimen organizado ecuatoriano jamás obtenida.
Cuando terminó, el resultado fue una avalancha. Los chats revelaron algo que los analistas habían sospechado, pero no podido probar con detalle. La red de Norero no tenía solo dos o tres nodos corruptos. Era un sistema ramificado que alcanzaba la Corte Nacional de Justicia, el Consejo de la Judicatura, el Sistema Penitenciario, la Fiscalía misma, la Policía Nacional y el mundo político.
jueces que recibían hasta $450,000 por liberar a familiares del capo o por devolver bienes incautados, funcionarios que facilitaban comodidades dentro de la prisión, abogados que negociaban sentencias como si fueran contratos comerciales, intermediarios que coordinaban los pagos con la frialdad de un gestor de nóminas y en el centro de la red territorial siempre el mismo alias táctico, para cuando Los investigadores cerraron el círculo alrededor del coronel Masón.
La evidencia era tan sólida que no dejaba margen para ninguna defensa viable. Los mensajes en Trima documentaban la relación con una precisión que ningún testigo podría haber igualado, las instrucciones, los reportes, las confirmaciones de pago, el rastro digital de un coronel que había decidido que su lealtad no era a la bandera que lucía en el hombro, sino al hombre que le enviaba mensajes desde una celda de la prisión de la Tacunga.

La investigación derivó en lo que se conoce como el caso metástasis, un nombre que no fue elegido al azar. La metástasis es la propagación de una enfermedad desde su punto de origen hacia otros órganos del cuerpo. Es el momento en que algo que podía haberse contenido se vuelve sistémico, imparable, letal. La fiscalía usó esa palabra porque sabía que lo que estaban documentando no era corrupción aislada, era infección generalizada de las instituciones del Estado.
Y como toda metástasis, había llegado silenciosamente, sin síntomas visibles al principio, hasta que el daño era demasiado profundo para seguir ignorándolo. Los investigadores que revisaron esos chats durante meses describieron el proceso como asombroso e inquietante a partes iguales, asombroso por la cantidad de información que Norero había dejado sin destruir.
Inquietante porque a medida que avanzaban en la revisión quedaba claro que el capo no había actuado con descuido, había actuado con confianza. La confianza de alguien que cree genuinamente que está por encima del alcance del sistema, que el sistema que debería de tenerlo está en su mayor parte trabajando para él. Y durante años esa confianza estuvo justificada hasta que no lo estuvo.
Un coronel de la Policía Nacional se sentó frente a un juez. reconoció haber recibido $85,000 de un narcotraficante. Admitió haber usado patrullas del estado para custodiar la mansión de ese mismo narco y escuchó su sentencia con la cara de alguien que ya sabía lo que venía. Lo que vino después no fue justicia completa.
Fue el primer dominó de una cadena que todavía no ha terminado de caer. Y lo que vas a escuchar ahora es lo que ese colapso dejó al descubierto sobre el país que todos creían conocer. El proceso judicial contra Neer Lenin Mason y Malesa avanzó con una velocidad inusual para los estándares de la justicia ecuatoriana. La razón fue simple.
Ante el peso abrumador de la evidencia digital extraída de los teléfonos de Norero, el coronel no tuvo más opción que acogerse al procedimiento abreviado, una figura legal que permite reducir la condena a cambio de la admisión de culpabilidad y en muchos casos de la colaboración con la investigación principal. Masón confesó. Reconoció su participación en el delincuencia organizada.
Reconoció haber recibido dinero de norero mientras este se encontraba en prisión. Reconoció haber dispuesto el uso de recursos policiales para custodiar la mansión incautada. Reconoció el daño que su conducta había causado a la administración de justicia y a la seguridad nacional. Lo dijo con la misma boca que años antes había jurado proteger a los ciudadanos ecuatorianos.
La sentencia fue de 40 meses de prisión más una multa de $10,000 más la obligación de presentar disculpas públicas ordenadas por el juez Manuel Cabrera, 40 meses por vender la seguridad de un país, 40 meses por convertir a la Policía Nacional en el servicio de seguridad privada de un narcotraficante, 40 meses por destruir la confianza que miles de agentes honestos habían construido durante décadas de servicio, la reacción pública fue de una indignación que no reconoció ó fronteras políticas ni ideológicas en
redes sociales, en medios, en conversaciones de calle, 40 meses parecía una bofetada a la gravedad de los hechos, una sanción que no guardaba proporción con la magnitud de la traición, pero desde una perspectiva estrictamente jurídica, la condena de masón tenía un valor que trascendía la pena individual.
Su confesión fue una pieza fundamental para consolidar el caso contra los actores más poderosos de la red, aquellos que todavía no habían sido procesados al momento de su juicio, los jueces de la corte nacional, los exdirectivos del sistema penitenciario, los intermediarios políticos. La admisión de táctico era la confirmación desde adentro de que la red existía, que era real, que tenía estructura y que tenía nombres reales detrás de cada alias.
El eco del caso Metástasis se sintió en todos los rincones de la institucionalidad ecuatoriana. Wilman Teran, expresidente del Consejo de la Judicatura, fue implicado en el escándalo. Pablo Ramírez, exdirector del SNI, el sistema penitenciario, enfrentó investigaciones por las presuntas comodidades y beneficios que Norero habría recibido dentro de prisión mientras supuestamente purgaba una condena.
Xavier Jordán, intermediario político y socio comercial de Norero, seguía prófugo desde el exterior, desde donde habría coordinado ataques mediáticos contra figuras que amenazaban con exponer la red. Uno de esos nombres era Fernando Villavicencio, el periodista y asambleísta que había documentado la corrupción en el sector petrolero ecuatoriano, que había denunciado vínculos entre política y crimen organizado, que figuraba en los Chats de Norero como objetivo de una campaña de desprestigio coordinada.
Villavicencio fue asesinado en agosto de 2023 a las puertas de un debate presidencial. Su muerte sacudió a Ecuador con una violencia que ya no podía negarse ni minimizarse. El caso metástasis no era solo la historia de un coronel corrupto, era la historia de un estado que había permitido durante años que el dinero del narcotráfico comprara silencio, comprara sentencias, comprara uniformes.
La operación que la fiscalía denominó con esa palabra no había comenzado con Norero. Había comenzado mucho antes, en los márgenes del sistema, en los espacios donde el control es más difícil y la tentación más alta. Norero simplemente fue el más eficiente en explotarlos, el más metódico, el más audaz. Cuando las cámaras registraron Amazón dejando la sala del tribunal con el peso de una condena de 40 meses, muchos ecuatorianos sintieron que algo había terminado, que una cuenta había sido parcialmente saldada.
Pero los investigadores que habían trabajado el caso sabían que no era el final. ¿Sabían que por cada alias desencriptado en los teléfonos de Norero, por cada nombre vinculado a un soborno, había otro nombre que todavía no había emergido, otro táctico, otro eslabón en una cadena que nadie podía afirmar con certeza cuántos eslabones tenía en total.
El colapso había comenzado, pero los escombros seguían cayendo. Y lo que esos escombros dejaron al descubierto fue un paisaje institucional que ya no podía ser descrito con el lenguaje de la excepción. La corrupción de masón no era la anomalía dentro de un sistema sano, era la punta visible de un isiceberg cuyas dimensiones todavía nadie podía calcular con exactitud.
Cada nuevo proceso abierto en el caso metástasis revelaba una conexión nueva, un eslabón que llevaba a otro, un nombre que habría tres preguntas adicionales sin respuesta. La fiscalía tenía la evidencia, tenía los chats, los registros, los rastros de los pagos. Lo que no tenía era el tiempo suficiente para procesar todo de manera simultánea.
Y mientras los procesos judiciales avanzaban a su ritmo institucional, la red que Norero había construido no esperaba. Se adaptaba, se reorganizaba, buscaba los espacios que el colapso había dejado libres y comenzaba a llenarlos. 40 meses de cárcel, una multa de $10,000. Disculpas públicas. ordenadas por un juez.
Eso fue todo lo que le costó al Estado ecuatoriano, haber confiado su seguridad a un hombre que la vendió al mejor postor. Y lo que vas a escuchar en los próximos minutos no es optimismo ni resignación. Es la verdad que la mayoría de los análisis de este caso evita decir en voz alta, “El coronel Neer Lenin Masón cumplirá su condena o buena parte de ella.
Y cuando salga, el sistema que lo produjo seguirá en pie. Porque Mason no fue el creador de ese sistema. Fue un producto de él, un oficial que ascendió dentro de una institución que no tenía los mecanismos suficientes para detectar la corrupción antes de que se volviera operativa, que no tenía los filtros, los controles internos, las auditorías de conducta que hubieran dificultado, que no hubieran hecho imposible, pero sí más difícil, que un coronel vendiera su alma a cambio de $5,000 y favores para su familia.
La historia de Masón y Norero es la historia de una tentación que encontró las condiciones perfectas para prosperar, un estado debilitado por décadas de corrupción endémica, una cultura institucional donde el ascenso a veces depende más de las lealtades correctas que del mérito verificable. Un salario policial que para el nivel de responsabilidad y riesgo que implica el cargo resulta objetivamente insuficiente.
No es una excusa para lo que hizo masón. Es el contexto sin el cual no se puede entender cómo llegó a hacer lo que hizo. Y sin entender el contexto, cualquier solución que se proponga sobre la mesa será cosmética. Baiduandro Norero no construyó su red de la nada, la construyó identificando con precisión los puntos de quiebre del sistema.
Las personas que tenían la información que necesitaba y que estaban por alguna razón dispuestas a entregarla. Y la razón no siempre fue la codicia pura y simple. A veces fue el miedo, a veces fue la deuda acumulada, a veces fue la ilusión de que un favor no obligaba a otro. que se podía tomar el dinero una vez y después de tenerlo, que siempre habría una salida limpia.
Norero sabía que eso no funcionaba así. Lo sabía porque lo había visto cientos de veces antes. Una vez que alguien aceptaba el primero, ya no había primero ni último. El alias táctico no era un apodo casual, era una descripción de función. Masón era el táctico de la operación en San Borondón, el hombre que conocía el terreno, que entendía los movimientos de las piezas en el tablero local, que podía anticipar y neutralizar amenazas antes de que llegaran a materializarse.
Y mientras cumplía esa función al servicio de Norero, en lugar de al servicio de la ciudadanía, el daño que causaba no era solo legal, era simbólico. una herida en el tejido de confianza social que no se cierra con una sentencia. Porque cuando una sociedad ve a un coronel de policía custodiando la mansión de un narco con patrullas del Estado, algo se rompe que no se repara fácilmente.
La confianza en la institución no es abstracta. Es la decisión cotidiana de creer que el hombre del uniforme que pasa frente a tu casa está ahí para protegerte y no para reportar tus movimientos a alguien que podría hacerte daño. Es la disposición a llamar al número de emergencias cuando algo ocurre, creyendo que del otro lado habrá una respuesta genuina.
Es la base sobre la que funciona cualquier sociedad organizada y esa base en Ecuador lleva años siendo minada desde adentro. El caso metástasis erosionó esa confianza de una manera que 40 meses de condena no van a reconstruir. Los chats de Thrima revelaron una frase que el coronel Masón le envió a Norero.
Una declaración de lealtad que, leída en el contexto de lo que ambos estaban haciendo, tiene la frialdad de una traición perfectamente consciente, de alguien que eligió con los ojos abiertos y sin coersión directa, que el patrón siempre tendría de su parte compromiso, entrega y lealtad. Palabras de un oficial de policía a un narcotraficante encarcelado.
Palabras que resumen, mejor que ningún análisis académico, lo que ocurrió en esa jurisdicción durante los meses en que los dos operaron juntos. El caso metástasis no terminó con la muerte de Norero, no terminó con la condena de masón. El proceso judicial sigue abierto en múltiples frentes simultáneos. Quedan por sentenciar figuras de la judicatura.
del sistema penitenciario del mundo político. Quedan por resolver las preguntas sobre cuántos activos nunca fueron encontrados, cuántos mensajes fueron destruidos antes de que la fiscalía llegara. ¿Cuántos nombres en esa red todavía operan con impunidad desde posiciones de poder, con el mismo uniforme puesto, esperando que nadie llegue hasta ellos? Ecuador vivió en los años que siguieron al caso una transformación que nadie hubiera anticipado una década antes.
El país que fue llamado Isla de Paz en la región se convirtió en uno de los escenarios más violentos del continente. Las bandas que Norero financió no desaparecieron con su muerte. Se fragmentaron, se reorganizaron, disputaron el territorio con una violencia que se midió en cuerpos en las calles y en masacres dentro de las cárceles.
El sistema que el patrón había construido sobrevivió a el patrón porque los sistemas que se nutren de la debilidad del estado no dependen de una sola persona para existir. Y en ese contexto, la pregunta que queda no es solo si masón era el único coronel corrupto. La pregunta es, ¿cuántos tácticos operan todavía? ¿Cuántos alias sin descubrir hay en teléfonos que nadie ha incautado aún? ¿Cuántas mansiones custodiadas por patrullas estatales que nadie ha investigado todavía? ¿Cuántos pagos fluyen a través de canales que los forenses todavía no han trazado? La
metástasis, por definición, no se detiene sola, requiere intervención, requiere extirpación y la extirpación duele, siempre duele. El paciente sangra durante el procedimiento, pero sin él muere de todas formas, solo más despacio. lo que Ecuador está viviendo con todas sus investigaciones abiertas, con todos sus procesos judiciales en marcha, con toda la indignación ciudadana que el caso Metástasis despertó.
Es el comienzo doloroso e incompleto de ese proceso, lento, imperfecto, con retrocesos, pero comienzo al fin. O al menos eso es lo que dicen los que todavía tienen fe en que las instituciones pueden corregirse a sí mismas desde adentro. Los que no la tienen señalan algo más simple y más oscuro, que el hombre que juró proteger a los ciudadanos ecuatorianos y terminó custodiando el oro de un narco, recibió 40 meses de condena y que el sistema que hizo posible ese juramento y esa traición sigue exactamente igual.
El uniforme sigue en pie. La pregunta es, ¿quién lo lleva puesto hoy? Y esa pregunta, a diferencia de muchas otras que el caso Metástasis dejó abiertas, no tiene respuesta en ningún expediente judicial. No está en los chats de TRIMA, no está en los registros de las transferencias bancarias, está en el silencio de las instituciones que todavía no han sido investigadas en los despachos donde los acuerdos se hacen de palabra sin rastro digital en los alias que nadie ha vinculado todavía a un nombre real.
El coronel Masón fue capturado porque el sistema decifrado en el que confiaba resultó ser menos impenetrable de lo que él creía. El siguiente táctico ya lo sabe. Ya cambió la plataforma, ya perfeccionó el método, ya aprendió del error de su predecesor. Eso es lo que hace la metástasis cuando el paciente sobrevive al primer tratamiento.
No desaparece.