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El Che PREGUNTÓ Algo a un SACERDOTE la Noche Antes de MORIR — El Cura GUARDÓ el Secreto 54 Años

En ese momento nadie sabía que el padre Roger Schller, el sacerdote alemán que entró a la escuela de la higuera la noche del 8 de octubre de 1967 escucharía las palabras que destruirían todo lo que el mundo creía saber sobre Ernesto Cheeguevara, el revolucionario más ateo del siglo XX, el hombre que había declarado que la religión era el opio de los pueblos, hizo una pregunta esa noche que el sacerdote guardó en secreto durante 54 años.

 Una pregunta que cambiaría para siempre la forma en que entendemos los últimos momentos del Che. Friedrich Shaller tiene ahora 78 años. Vive en una pequeña casa en las afueras de Munich, rodeado de los recuerdos de su tío, el hombre que cargó con el secreto más pesado de la guerra fría. Cuando Friedrick abre la puerta, sus ojos azules muestran el cansancio de quien ha guardado silencio demasiado tiempo.

 En sus manos sostiene una caja de madera oscura que contiene cartas, fotografías y un cuaderno de cuero negro que su tío le entregó en su lecho de muerte. Mi tío Roger era un hombre de pocas palabras. Comienza Friedrich mientras se sienta lentamente en su sillón gastado. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Vio cosas terribles en Alemania.

 Y cuando todo terminó, decidió dedicar su vida a Dios. Pero había algo que lo atormentaba más que cualquier recuerdo de la guerra. Algo que pasó en un pequeño pueblo de Bolivia llamado La higuera. Friedrich abre el cuaderno de cuero con manos temblorosas. Las páginas están amarillentas, la tinta descolorida por el tiempo, pero las palabras siguen siendo legibles.

 Mi tío escribió todo esa misma noche. Explica. Cuando salió de aquella escuela donde tenían prisionero al Che, caminó directamente a la pequeña iglesia del pueblo y escribió cada palabra, cada gesto, cada silencio. Sabía que lo que había presenciado era demasiado importante para confiarlo solo a la memoria. El padre Schaler había llegado a Bolivia en 1961, huyendo de los fantasmas de su pasado europeo.

 Buscaba paz en las montañas andinas, entre campesinos pobres que necesitaban tanto a Dios como al pan. Pero lo que estaba por descubrir Friedrich cambiaría completamente su comprensión de aquella noche histórica, porque las notas de su tío revelaban algo que ningún historiador había documentado jamás. El padre Schaler no fue a la higuera por casualidad aquella noche del 8 de octubre.

 Fue convocado específicamente por el coronel Andrés Selich, el oficial boliviano a cargo de la operación contra el Che. Friedrich lee directamente del cuaderno de su tío. El coronel me dijo que tenían a un prisionero importante, un extranjero que probablemente moriría al día siguiente. Me pidió que fuera a ofrecerle los últimos sacramentos.

Le pregunté quién era el prisionero. El coronel sonrió de una manera que me heló la sangre y dijo simplemente, “El Cheegevara, el padre Shaller conocía ese nombre. Todo el mundo lo conocía. Era el revolucionario argentino que había ayudado a Fidel Castro a tomar Cuba, el hombre que aparecía en carteles por toda América Latina, el enemigo número uno de Estados Unidos, el ateo más famoso del continente.

 “Mi tío casi rechazó ir”, confiesa Friedrich, “¿Para qué ofrecer sacramentos a un hombre que odiaba a la Iglesia, que había declarado públicamente que Dios no existía, que consideraba a los sacerdotes enemigos del pueblo?” Pero algo lo impulsó a aceptar, quizás fue su formación alemana, el deber de cumplir con su ministerio sin importar las circunstancias.

Quizás fue simple curiosidad humana. O quizás, como él mismo escribió años después, fue la mano de Dios guiándolo hacia el encuentro más importante de su vida. El camino desde Vallegrande hasta la higuera era brutal. 3 horas en un jeep militar por senderos de tierra que apenas merecían llamarse caminos. El padre Shaler viajó en silencio, sosteniendo su Biblia contra el pecho, preguntándose qué encontraría al final de aquel viaje.

 Los soldados que lo acompañaban fumaban y reían contando historias sobre la captura del guerrillero más buscado del mundo. Hablaban de él como si fuera un trofeo de casa, no un ser humano que pronto enfrentaría la muerte. Todavía no puedes imaginar lo que el padre Schaler encontró cuando finalmente llegó a la higuera, porque la realidad era mucho más impactante que cualquier cosa que hubiera imaginado durante aquel viaje.

La higuera era apenas un caserío miserable perdido en las montañas bolivianas, unas pocas casas de adobe, una iglesia diminuta, una escuela de dos aulas que ahora servía como prisión improvisada. El padre Shaler llegó cerca de las 9 de la noche. La oscuridad era total, solo interrumpida por las lámparas de quereroseno que los soldados habían colocado alrededor del edificio.

Había más de 30 militares custodiando a un solo hombre herido. El coronel Selich recibió al sacerdote con una mezcla de respeto y burla. Padre, le dijo, su paciente está en el aula de la derecha. Le advierto que no está de humor para confesiones. Lleva horas pidiendo que lo maten de una vez.

 El padre Shaler sintió un escalofrío. En sus años de ministerio, había visitado a muchos condenados a muerte, pero ninguno había pedido su propia ejecución. Lo que Friedrich revela ahora nunca ha sido publicado en ningún libro de historia. Su tío documentó cada detalle de lo que vio al entrar en aquella aula miserable. El chegue vara tirado en el suelo de tierra, con las manos atadas a la espalda, recostado contra la pared de adobe.

 Su pierna derecha sangraba a través de un vendaje sucio. Su ropa estaba destrozada, cubierta de barro y sangre seca. Pero lo que más impactó al padre Schaler fueron sus ojos. Esperaba encontrar odio, rabia, desprecio. Lo que encontró fue algo completamente diferente. Mi tío escribió que los ojos del Che mostraban una calma terrible. Lee Friedrich del cuaderno.

 No era resignación, no era derrota, era algo más profundo, como si estuviera mirando más allá de las paredes de aquella escuela, más allá de los soldados, más allá de su propia muerte inminente. El sacerdote se quedó paralizado en la puerta durante varios segundos. El Che lo miró fijamente evaluándolo y finalmente habló con una voz ronca, pero sorprendentemente firme.

 Viene a salvar mi alma, padre. Las primeras palabras del che al sacerdote fueron exactamente las que el padre Shaller esperaba, cargadas de ironía, de desafío, de ese ateísmo militante que lo había hecho famoso. El sacerdote alemán respiró profundamente y entró en el aula. Cerrando la puerta detrás de él, los soldados protestaron, pero el coronel Selich les ordenó que dejaran al cura hacer su trabajo.

 “Vengo a acompañarlo”, respondió el padre Shaller simplemente, “no a salvarlo. Solo Dios puede hacer eso. Y según usted, Dios no existe.” El Che sonríó. Era una sonrisa extraña, casi de apreciación. “Siéntese, padre. Ya que está aquí, al menos conversemos. No tengo nada mejor que hacer mientras espero que estos cobardes se decidan a matarme.

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