Olvidó maquillarse para la cita a ciegas. Llegó con la cara lavada, cansada, sin ganas. No sabía que él era millonario. Impecable. Paloma pensó, “Esto va a ser un desastre.” Pero cuando Gonzalo la vio así, sin maquillaje, sin pretensiones, su reacción fue algo que nadie esperaba. Paloma se dio cuenta cuando ya iba en el taxi.
Ni rímel, ni labial, nada. cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento. 12 horas en el hospital cubriendo el turno de Sandra, que había faltado otra vez sin avisar y lo único que había querido era llegar a casa y tirarse en la cama. Pero entonces vibró el celular con el recordatorio, cita a ciegas, Café Luna, 7 de la tarde.
Y salió disparada sin siquiera pasar por el baño. Ahora iba camino a conocer a un desconocido con la cara lavada y una coleta que ni siquiera estaba bien hecha. Perfecto. Podía pedirle al taxista que diera la vuelta, cancelar, inventar algo, pero ya estaban llegando. El café Luna apareció frente a ella con esos ventanales enormes y la luz cálida que hacía que todo pareciera de película, el tipo de lugar al que nunca iba, el tipo de lugar donde definitivamente no encajaba con esta pinta. “Pagó”, murmuró un gracias y
salió. El aire frío le pegó en la cara. Por un segundo pensó en largarse, pero sus pies ya estaban caminando hacia la puerta. La cita había sido idea de Lucía, su mejor amiga, desde la universidad. Llevaba meses insistiendo en que Paloma necesitaba salir, conocer gente, dejar de esconderse en las guardias dobles.
Lucía conocía a alguien que conocía a alguien y así salió el nombre Gonzalo. Eso era todo. Gonzalo, sin apellido, sin foto, sin nada más que un vago alto, educado, interesante. Paloma había aceptado solo para que Lucía la dejara en paz y ahora estaba allí, a punto de entrar con la cara desnuda y las ganas por el suelo. Empujó la puerta.
El calor del lugar la recibió. Había gente, pero no demasiada. Conversaciones bajas, risas controladas, tazas que sonaban contra los platos, todo muy distinto al desmadre del hospital. Una mesera joven se acercó sonriendo. Mesa para una. No tengo reservación a nombre de Gonzalo Estrada. La chica revisó su libreta. Ah, sí, el señor Estrada ya llegó.
Está en la terraza. Sígueme. Paloma sintió un golpe en el pecho. Ya estaba allí. Caminó detrás de la mesera entre las mesas, consciente de todo. Del ruido de sus tenis viejos contra el piso, de su sudadera arrugada, de su cara sin nada encima. Salieron a la terraza plantas colgando por todos lados, luces en guirnaldas, mesas pequeñas.
y entonces lo vio. Gonzalo Estrada estaba parado mirando hacia la calle, las manos en los bolsillos de un abrigo negro que se veía caro incluso desde lejos, alto, como había dicho Lucía, cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula marcada, todo en él decía dinero sin necesidad de abrir la boca. Paloma quiso desaparecer.
Ese hombre no solo estaba fuera de su alcance, estaba en otro planeta. “Señor Estrada, su invitada llegó. Gonzalo volteó. Sus ojos, cafés oscuros, se encontraron con los de paloma. Hubo un momento en el que ella esperó ver decepción, incomodidad, tal vez hasta fastidio, pero él sonríó. No una sonrisa educada de compromiso, algo real que le cambió toda la cara.
Paloma dijo su nombre como si ya lo conociera. Ella apenas pudo asentir. Gonzalo se acercó y extendió la mano. Mucho gusto. Paloma estrechó su mano firme, cálida. Igualmente le salió la voz más ronca de lo normal. Se sentaron frente a frente en una mesa junto a la varanda. La mesera les dio los menús y se fue. Paloma clavó la vista en las letras, aunque no estaba leyendo nada.
Sentía la mirada de Gonzalo encima. Espero no haberte hecho esperar. Llegaste justo a tiempo. Su voz era grave, tranquila, sin ninguna señal de que estuviera decepcionado. Paloma levantó la vista. Gonzalo la miraba con atención, pero no de forma incómoda. Había interés en sus ojos. Curiosidad. Lucía me dijo que eres enfermera. Paloma asintió.
Hospital general, turno de emergencias. Debe ser pesado. Lo es, pero me gusta. Nunca sé qué va a pasar. Cada día es diferente. Gonzalo sonrió otra vez. Supongo que eso tiene su lado. Bueno, la adrenalina. Sí, algo así. Paloma sintió que la tensión empezaba a ceder un poco. Había algo en como Gonzalo la miraba, en cómo escuchaba, que no la hacía sentir tan expuesta como había pensado.
¿Y tú?, se animó a preguntar. Lucía fue muy misteriosa, solo me dijo tu nombre. Gonzalo soltó una risa corta. Lucía es buena para el drama. Me dedico a bienes raíces. Desarrollo de proyectos comerciales y residenciales. Claro, eso explicaba el abrigo que probablemente costaba lo que ella ganaba en tr meses. Debe ser interesante.
Tiene sus momentos. Gonzalo hizo una pausa, pero también puede ser solitario. Mucho tiempo en oficinas, juntas eternas, cenas de negocios donde todos hablan, pero nadie dice nada que valga la pena. Paloma lo miró sorprendida. No esperaba esa respuesta. No de alguien que parecía tenerlo todo controlado.
Suena agotador, pero de otra forma lo es. Por eso acepté esta cita. Necesitaba algo real, algo sin agendas ni intereses detrás. Las palabras se quedaron flotando entre ellos. Paloma sintió algo raro en el pecho. Alivio mezclado con vulnerabilidad, porque había llegado sintiéndose inadecuada, fuera de lugar, expuesta.
Pero Gonzalo acababa de admitir que él también buscaba algo auténtico, que también estaba cansado de las apariencias. La mesera volvió para tomar la orden. Paloma pidió un café americano, Gonzalo un expreso doble. Cuando se fueron otra vez solos, fue él quien habló primero. ¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi? Paloma negó con la cabeza que eras la primera persona en mucho tiempo que no intentaba impresionarme. Paloma parpadeó.
¿Qué? No traes maquillaje, tienes el pelo recogido sin mucho arreglo y aún así, entraste aquí con la frente en alto. Eso me gustó. Paloma sintió calor en las mejillas. No fue a propósito. Tuve un día largo y se me olvidó arreglme. Lo sé. Y eso es justo lo que me gustó. Que no estás aquí fingiendo, estás siendo tú. Paloma no supo qué decir.
Toda la ansiedad que traía desde el taxi se esfumó en ese instante, reemplazada por algo completamente inesperado. La sensación de que alguien la estaba viendo de verdad, no juzgando, solo viendo. Gonzalo se inclinó un poco hacia delante, sus ojos fijos en los de ella. Paloma, no sé qué te hayan dicho de mí, pero quiero decirte algo desde ahora.
No me interesan las apariencias. He estado rodeado de eso toda mi vida y estoy harto. Lo que busco es algo verdadero y creo que contigo podría encontrarlo. Paloma tragó. Algo adentro de ella se movió. No sabía si creerle todavía, pero por primera vez en mucho tiempo quería intentarlo. La conversación fluyó después de eso.
Gonzalo le preguntó por su trabajo, por qué había elegido enfermería, que era lo más difícil de las emergencias. Paloma le habló de las noches largas, de los pacientes que se quedaban grabados, de la satisfacción de salvar una vida y la impotencia de perder otra. Gonzalo escuchaba, de verdad escuchaba. No solo esperaba su turno para hablar, hacía preguntas, se interesaba.
Paloma le preguntó por su empresa, por cómo había empezado en bienes raíces. Gonzalo le contó que había heredado el negocio de su padre, pero que había tenido que reconstruirlo casi desde cero después de una mala racha. Habló de la presión, de las expectativas, de la soledad que viene con el éxito. No lo dijo con amargura, solo con honestidad. El café llegó.
Paloma tomó el suyo entre las manos, sintiendo el calor atravesar la cerámica. Gonzalo bebió su expreso de un solo trago, como si necesitara el golpe de cafeína. ¿Tienes familia aquí?”, preguntó Paloma. “Mi madre vive en Guadalajara. Mi padre murió hace 5 años. Tengo un hermano menor, pero está en Estados Unidos. No nos vemos mucho.
” Paloma asintió. “Yo tengo a mi mamá y a mi hermana. Viven en Puebla. No las veo tanto como quisiera por el trabajo. Las extrañas todo el tiempo.” Gonzalo sonrió con tristeza. Sé cómo se siente. Hubo un silencio cómodo. El tipo de silencio que no necesita llenarse con palabras vacías.
Paloma miró las luces colgadas sobre ellos, el cielo oscureciéndose detrás de los edificios. Sentía algo extraño, algo que no había sentido en años. Calma, conexión, posibilidad. Gonzalo rompió el silencio. Puedo ser honesto contigo. Paloma lo miró. Claro. Cuando Lucía me habló de ti, acepté porque confío en su criterio, pero no esperaba esto.
No esperaba sentirme tan cómodo con alguien en la primera cita. Paloma sintió una sonrisa asomarse. Yo tampoco, de hecho casi me regreso en el taxi. Gonzalo río. ¿Por qué? Porque pensé que no estaba presentable, que llegarías tú todo elegante y yo con esta facha y te arrepentirías. Gonzalo negó con la cabeza. Paloma, si algo he aprendido es que la elegancia no tiene nada que ver con la ropa, tiene que ver con cómo te presentas al mundo.
Y tú llegaste aquí siendo tú misma. Eso es lo más elegante que he visto en mucho tiempo. Paloma sintió las palabras trabad que había traído antes. Uno diferente, de emoción, de esperanza. “Gracias”, murmuró. Gonzalo extendió la mano sobre la mesa. Paloma la tomó. Sus dedos se entrelazaron. Cálidos, firmes, “Reales.
Me gustaría volver a verte”, dijo Gonzalo. “Si tú quieres.” Paloma asintió. “Me gustaría. La semana siguiente fue rara para Paloma, no mala, solo rara, porque cada vez que tenía un momento libre en el hospital, cada vez que se sentaba a comer algo rápido entre paciente y paciente, pensaba en Gonzalo, en sus palabras, en cómo la había mirado, en cómo sus manos se habían entrelazado sobre la mesa del café y ninguno había querido soltarse primero.
Lucía la llamó el miércoles en la mañana cuando Paloma apenas había llegado a casa después de un turno nocturno que la había dejado destrozada. “Entonces, cuéntame todo”, exigió Lucía antes de que Paloma pudiera siquiera saludar. Paloma se dejó caer en el sillón, todavía con el uniforme puesto. “Fue bien, bien.
No me dice nada”, insistió Lucía. “Dame detalles.” “¿Cómo es? ¿Qué te dijo? ¿Te gustó?” Paloma cerró los ojos. Una sonrisa involuntaria apareció en su cara. Sí, me gustó. Lucía gritó del otro lado de la línea. Lo sabía. Sabía que iban a conectar. Ya te volvió a buscar. Paloma sintió un pequeño pinchazo de ansiedad. No todavía, pero quedamos en vernos otra vez.
El silencio de Lucía fue suficiente para que Paloma supiera lo que venía. ¿Y si no vuelve a buscarme?, preguntó antes de que Lucía pudiera decir algo. Ay, Paloma, no empieces con eso. Claro que te va a buscar. ¿Viste cómo te miró? No, no lo vi porque no estaba ahí, Lucía, pero conozco a Gonzalo desde hace años. Es de los buenos.
Si dijo que te iba a buscar, lo va a hacer. Paloma quería creerle, pero había algo en ella que no podía evitar dudar. Había conocido a hombres antes que decían cosas bonitas en el momento y luego desaparecían como si nada. hombres que parecían interesados hasta que dejaban de estarlo. Y Gonzalo era diferente. Sí, pero también era millonario, guapo, exitoso.
¿Qué podía querer con ella realmente? Confía un poco, Paloma, dijo Lucía con suavidad, como si le leyera la mente. No todos son como los con los que saliste antes. Lo sé. Es solo que no quiero hacerme ilusiones. Pues ya es tarde para eso, mi amor. Te oí la voz. Ya te ilusionaste. Paloma rió a pesar de sí misma.
Eres insoportable y tú me amas por eso. Ahora duérmete. Te ves fatal. Gracias. De nada, colgaron. Paloma se quedó mirando el techo de su pequeño departamento. El celular todavía en la mano. Lucía tenía razón, ya se había ilusionado y eso era lo que más la asustaba. El jueves en la tarde, mientras revisaba el expediente de una paciente en la estación de enfermeras, su celular vibró.
Un mensaje de un número desconocido. Hola, Paloma. Soy Gonzalo. Espero no molestarte en tu trabajo. Solo quería saber si sigues interesada en vernos otra vez. Hay un lugar que me gustaría enseñarte. Si tienes tiempo este fin de semana podríamos ir. Paloma leyó el mensaje tres veces antes de responder. El corazón le latía rápido, pero intentó mantener la calma. Hola, Gonzalo.
No molestas. Me encantaría. ¿Qué día te viene bien? La respuesta llegó casi de inmediato. El sábado en la tarde puedo pasar por ti si me das tu dirección. Paloma dudó. Darle su dirección significaba que sabría dónde vivía, que vería su edificio viejo con la pintura descarapelada y las escaleras que rechinaban, que vería la diferencia entre su mundo y el de él.
Pero también significaba confiar un poco. Como había dicho Lucía, “El sábado está perfecto. Te mando mi dirección.” Genial. Nos vemos entonces. Paloma dejó el celular sobre el escritorio y exhaló. Sandra, su compañera, la miró con curiosidad desde el otro lado de la estación. ¿Quién era? Nadie. Sandra sonrió.
Nadie no te pone esa cara. Paloma negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír también. El sábado llegó más rápido de lo que esperaba. Paloma pasó la mañana limpiando su departamento. Aunque sabía que Gonzalo no subiría. Pasó una hora frente al closet intentando decidir qué ponerse. Nada muy arreglado porque no quería parecer que estaba intentando demasiado, pero tampoco algo tan simple que pareciera que no le importaba.
Al final eligió unos jeans, una blusa blanca y una chamarra de mezclilla. Se maquilló esta vez no mucho, solo lo suficiente para sentirse más segura. Rímel, un poco de rubor, labial nude, se recogió el cabello en una cola de caballo, pero esta vez se aseguró de que quedara bien. A las 3 de la tarde sonó el timbre.
Paloma bajó las escaleras intentando controlar los nervios. abrió la puerta del edificio y ahí estaba Gonzalo. Jeans oscuros, suéter gris, una chamarra de cuero que se veía suave y cara, el cabello un poco despeinado, pero de forma intencional sonrió cuando la vio. Hola. Hola. Lista. Paloma asintió. Gonzalo la guió hacia un coche negro estacionado frente al edificio.
No era ostentoso, pero tampoco era barato. Abrió la puerta del copiloto para ella. Paloma subió sintiendo el olor a cuero nuevo y una loción masculina que le gustó más de lo que debería. Gonzalo entró del otro lado y encendió el motor. ¿A dónde vamos?, preguntó Paloma mientras se abrochaba el cinturón. Es sorpresa, pero creo que te va a gustar.
Paloma lo miró de reojo. No me gustan mucho las sorpresas, Gonzalo Río. Esta te va a gustar. Confía en mí. Esa palabra otra vez confiar. Paloma se recargó en el asiento y decidió intentarlo. Condujeron en silencio durante un rato. No era incómodo, solo tranquilo. Gonzalo tenía una playlist sonando bajito.
Música instrumental, jazz suave. Paloma miraba por la ventana cómo la ciudad iba quedando atrás. ¿Hace cuánto que vives en la ciudad?, preguntó Gonzalo después de un rato, 7 años. Llegué para estudiar enfermería y ya no me fui. ¿Te gusta? A veces. Otras veces. Extraño, Puebla. Extraño la tranquilidad. Aquí todo es muy rápido. Gonzalo asintió. Lo entiendo.
Yo nací aquí, pero a veces pienso en irme. Buscar algo más simple. ¿Por qué no lo haces? Porque todo está aquí. Mi empresa, mis responsabilidades, mi vida, pero a veces siento que mi vida no es realmente mía. Paloma lo miró. Había algo en su voz. Cansancio, tal vez resignación. ¿A qué te refieres? Gonzalo suspiró.
a que llevo años haciendo lo que se supone que debo hacer, construir la empresa, mantener el legado de mi padre, ser exitoso. Pero a veces no sé si eso es lo que realmente quiero o si solo es lo que aprendí a querer. Paloma no supo qué decir. Había esperado que alguien como Gonzalo tuviera todo resuelto, que su vida fuera fácil. Pero escucharlo hablar así le hizo darse cuenta de que todos cargaban algo, que el dinero y el éxito no significaban que estuvieras completo.
¿Y qué es lo que realmente quieres?, preguntó con suavidad. Gonzalo la miró de reojo, una sonrisa triste en los labios. Todavía estoy averiguándolo, pero creo que tiene que ver con encontrar algo que me haga sentir vivo de verdad, no solo ocupado. Paloma sintió algo moverse en su pecho. Conexión, empatía. Algo más.

Llegaron a un lugar que Paloma no reconoció, un camino de terracería que subía por una colina. Gonzalo estacionó el coche en un mirador pequeño. Frente a ellos se extendía toda la ciudad, los edificios brillando bajo el sol de la tarde, las montañas al fondo, el cielo comenzando a teñirse de naranja.
“Es hermoso, murmuró Paloma. Vengo aquí cuando necesito pensar, dijo Gonzalo. Cuando todo se pone demasiado ruidoso bajaron del coche. Gonzalo sacó una manta del maletero y la extendió sobre el pasto. Se sentaron uno al lado del otro, mirando el paisaje. “Gracias por traerme”, dijo Paloma. “Gracias por venir.” Gonzalo la miró.
Paloma sintió la intensidad de su mirada. No era invasiva, era cálida, “Honesta. Paloma, quiero que sepas algo. Ella volteó a verlo. Sé que apenas nos conocemos, pero siento que contigo puedo ser yo mismo. No tengo que actuar ni fingir y eso no me pasa con mucha gente. Paloma sintió la emoción quemarle el pecho.
Yo también me siento así. Gonzalo sonrió. Me alegra porque me gustaría seguir viéndote, conocerte de verdad, sin prisas, sin presiones. Paloma asintió. Una sonrisa tímida en sus labios. Me gustaría eso. Se quedaron ahí hasta que el sol se ocultó completamente, hablando de todo y de nada, de infancia, de sueños, de miedos.
Paloma le contó de su hermana, de cómo había querido ser bailarina, pero había terminado estudiando contabilidad. Gonzalo le contó de su hermano, de cómo se habían distanciado después de la muerte de su padre. Cuando regresaron al coche, ya era de noche. Gonzalo la llevó de vuelta a su edificio. Estacionó frente a la puerta y se quedaron sentados en silencio por un momento. Paloma no quería bajar todavía.
No quería que terminara. Gonzalo rompió el silencio. “Te puedo ver otra vez la próxima semana.” Paloma sonró. “Sí, me gustaría.” Gonzalo le devolvió la sonrisa. Perfecto. Paloma abrió la puerta, pero antes de bajar, Gonzalo tomó suavemente de la mano. Ella se detuvo. “Gracias por hoy”, dijo él. “Gracias a ti.
” Se miraron por un segundo más. Luego Paloma bajó del coche y cerró la puerta. Subió las escaleras de su edificio con el corazón latiendo rápido, una sonrisa que no podía borrar. Cuando entró a su departamento, su celular vibró. Un mensaje de Gonzalo. Llegué a casa. Que descanses, Paloma respondió. Tú también. Buenas noches.
Se dejó caer en el sillón el celular contra su pecho. Todavía tenía miedo. Todavía dudaba, pero por primera vez en mucho tiempo sentía que tal vez valía la pena arriesgarse. Las semanas siguientes pasaron de una manera que Paloma no esperaba. Gonzalo cumplió su palabra. La buscó no una vez, sino varias.
mensajes por las mañanas preguntando cómo había dormido, llamadas cortas en las tardes cuando ella salía de su turno, invitaciones a cenar, a caminar, a simplemente estar juntos sin necesidad de hacer nada extraordinario. Y Paloma, que había pasado años construyendo muros alrededor de su corazón, sintió como esos muros empezaban a agrietarse.
No se derrumbaban de golpe, pero las grietas estaban ahí. Un jueves por la noche, después de una guardia particularmente agotadora, Paloma llegó a su departamento y encontró una caja frente a su puerta. No había remitente, pero sabía quién la había enviado. Adentro había un termo de acero inoxidable con una nota escrita a mano.
Para que tu café se mantenga caliente en esas guardias largas. Cuídate. Je. Paloma sintió algo cálido expandirse en su pecho. No era el regalo en sí, era el gesto. Era que Gonzalo había pensado en ella en su día a día, en las pequeñas cosas que hacían su vida más difícil. Tomó una foto del termo y se la envió. Gracias. No tenías que hacerlo.
La respuesta llegó rápido. Quería hacerlo. Paloma sonrió y dejó el celular a un lado. Se preparó algo rápido de cenar. se dio una ducha y se metió a la cama, pero antes de dormir miró el termo sobre su buró y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Esperanza. El sábado siguiente, Gonzalo invitó a su departamento.
Paloma dudó al principio, no porque no quisiera ir, sino porque sabía lo que eso significaba. Un paso más. Una puerta que una vez abierta no podía cerrarse fácilmente, pero aceptó. Gonzalo vivía en una torre en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Paloma llegó en taxi sintiendo otra vez esa sensación de no encajar.
El lobby era todo mármol y cristal. El guardia de seguridad la miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza antes de llamar al departamento de Gonzalo para confirmar. Paloma subió en el elevador viendo como los números aumentaban hasta el piso 23. Las puertas se abrieron directo a un pasillo privado con solo dos puertas.
Gonzalo la esperaba en una de ellas. Hola. Hola. Entra. Paloma entró y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse con la boca abierta. El departamento era enorme, ventanas de piso a techo con vista a toda la ciudad, muebles modernos pero cómodos, una cocina abierta que parecía sacada de una revista. Todo impecable, todo perfectamente ordenado.
Es bonito dijo Paloma, consciente de que bonito no era suficiente para describir ese lugar. Gonzalo cerró la puerta detrás de ella. Gracias, aunque la verdad casi no estoy aquí. Paloma lo miró. ¿Por qué? Trabajo mucho y cuando llego solo quiero dormir. No sé, a veces siento que este lugar es más una inversión que un hogar.
Paloma caminó hacia los ventanales. La vista era impresionante. La ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Las luces comenzaban a encenderse con el atardecer. “Debe ser solitario”, dijo sin pensarlo. Gonzalo se acercó y se paró junto a ella. Lo es. Por eso me gusta cuando vienes. Hace que se sienta menos vacío.
Paloma sintió un nudo en la garganta. No sabía cómo responder a eso. Gonzalo señaló hacia la cocina. Hice la cena. Bueno, intenté hacerla. No soy el mejor cocinero, pero quería intentarlo. Paloma sonrió. ¿Qué hiciste? Pasta. Nada, fancy. Espero que te guste. Se sentaron en la barra de la cocina. Gonzalo sirvió dos platos de pasta con salsa de tomate y albaca.
No era perfecta, pero se veía bien. Paloma probó un bocado. Está buena. Gonzalo río. No tienes que mentir. Está bien si no te gusta. No estoy mintiendo. De verdad está buena. Gonzalo la miró con esos ojos cafés que siempre parecían ver más de lo que ella quería mostrar. Me alegra. Comieron en un silencio cómodo. Paloma se dio cuenta de que con Gonzalo los silencios nunca eran incómodos.
No había necesidad de llenar cada segundo con palabras. podían simplemente estar. Después de cenar se movieron a la sala. Gonzalo puso música bajito, algo de jaz otra vez. Paloma se sentó en el sillón. Gonzalo se sentó junto a ella, no demasiado cerca, pero lo suficiente para que sus brazos casi se tocaran.
¿Puedo preguntarte algo? Dijo Gonzalo después de un rato. Paloma asintió. ¿Por qué te cuesta tanto confiar? Paloma sintió como su cuerpo se tensaba. No esperaba esa pregunta. No, así tan directa. No sé a qué te refieres. Sí sabes. Gonzalo la miró sin juzgar, solo con curiosidad. Veo cómo te cierras cada vez que las cosas se ponen más serias.
¿Cómo dudas? Como si estuvieras esperando que yo desaparezca en cualquier momento. Paloma apartó la mirada. No sabía si enojarse o agradecer que la hubiera visto tan claramente. No es personal. Es solo que he estado en situaciones antes donde pensé que algo era real y no lo era. Gonzalo asintió. Entiendo. ¿Qué pasó? Paloma exhaló.
Hace 3 años salí con alguien, un médico del hospital. Las cosas iban bien, o eso pensaba yo, hasta que descubrí que tenía novia. Una novia con la que llevaba 4 años y con la que estaba a punto de casarse. Gonzalo frunció el ceño. Lo siento. No sabía. Nadie sabía. Yo no sabía. Y cuando lo confronté, me dijo que nunca había sido nada serio entre nosotros, que yo había malinterpretado las cosas.
Paloma sintió el nudo en la garganta otra vez. Después de eso, decidí que era más fácil no arriesgarme, que era mejor estar sola que volver a sentirme así de estúpida. No fuiste estúpida. Él fue un imbécil. Paloma rió sin humor, tal vez. Pero me dejó claro que no puedo confiar en lo que la gente dice, solo en lo que hacen.
Gonzalo se quedó en silencio por un momento, luego habló con una voz suave pero firme. Tienes razón. Las palabras no significan nada si no van acompañadas de acciones. Por eso no te voy a prometer cosas que no puedo cumplir. No te voy a decir que esto va a ser perfecto o que nunca vamos a tener problemas.
Pero sí te puedo decir que no voy a desaparecer, que cuando digo que quiero estar contigo, lo digo en serio. Paloma lo miró. Había algo en sus ojos. Sinceridad, vulnerabilidad. ¿Por qué yo?, preguntó en voz baja. Porque eres real, porque no finges. Porque cuando estoy contigo no tengo que ser Gonzalo Estrada el empresario.
Puedo ser solo Gonzalo. Y eso no lo he sentido con nadie más. Paloma sintió como las lágrimas amenazaban con salir. Las contuvo. Tengo miedo admitió. Lo sé. Yo también. Paloma parpadeó sorprendida. Tú, ¿de qué tienes miedo de no ser suficiente para ti? ¿De que te des cuenta de que mi vida es un desastre controlado y te canses, de que esto que siento sea demasiado pronto y te asuste? Paloma sintió algo romperse dentro de ella.
No el tipo de ruptura que duele, el tipo que libera. se acercó a Gonzalo. Él la recibió rodeándola con sus brazos. Paloma apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, estables, “Reales. No sé cómo hacer esto”, murmuró contra su camisa. “Yo tampoco, pero podemos averiguarlo juntos.” Paloma cerró los ojos. Por primera vez en años sintió que tal vez podía soltar un poco el control, que tal vez podía permitirse sentir sin tener todas las respuestas.
Se quedaron así durante largo rato, abrazados en el sillón de ese departamento enorme que ya no se sentía tan vacío. Cuando Paloma finalmente levantó la cabeza, Gonzalo miraba con una intensidad que le quitó el aliento. ¿Puedo besarte?, preguntó él en voz baja. Paloma asintió. Incapaz de hablar.
Gonzalo se inclinó despacio, dándole tiempo para cambiar de opinión, pero ella no lo hizo. Sus labios se encontraron suave al principio, tentativo, luego más profundo, más seguro. Paloma sintió como todo su cuerpo respondía, como si cada terminación nerviosa estuviera despertando después de un largo sueño. Las manos de Gonzalo se movieron a su cintura, atrayéndola más cerca.
Las manos de paloma subieron a su cuello, enredándose en su cabello. El beso se rompió eventualmente, ambos respirando rápido, las frentes juntas. Paloma abrió los ojos y encontró a Gonzalo mirándola con algo que solo podía describir como asombro. “Llevo semanas queriendo hacer eso”, admitió él.
“Yo también”, susurró Paloma. Gonzalo sonríó. Una sonrisa completa que le iluminó toda la cara. Paloma no pudo evitar sonreír. También se besaron otra vez. y otra cada vez o más fácil que el anterior, como si sus cuerpos estuvieran aprendiendo el idioma del otro. Cuando finalmente se separaron, Paloma se dio cuenta de que ya era tarde.
“Debería irme”, dijo sin mucha convicción. “¿Puedes quedarte? Tengo una habitación de huéspedes o puedes quedarte aquí conmigo sin presiones, solo para estar juntos.” Paloma lo pensó. La parte racional de su cerebro le decía que se fuera, que no acelerara las cosas. Pero otra parte, una parte que había estado dormida durante mucho tiempo, le decía que se quedara, que por una vez dejara de pensar tanto y simplemente sintiera.
“Me quedo”, dijo finalmente. Gonzalo sonrió y la besó de nuevo. Se quedaron en el sillón hasta que el cansancio los venció. Gonzalo trajo una manta y se acomodaron juntos. Paloma acurrucada contra su pecho, sus brazos rodeándola con firmeza. Paloma cerró los ojos, sintiendo el sube y baja de su respiración.
Se sentía segura, se sentía vista. Se sentía por primera vez en mucho tiempo como si estuviera exactamente donde debía estar. Y aunque el miedo seguía ahí, pequeño y persistente en algún rincón de su mente, decidió ignorarlo. Al menos por esta noche. Paloma despertó con la luz del sol entrando por los ventanales. Por un momento no supo dónde estaba.
Luego sintió el brazo de Gonzalo alrededor de su cintura y todo regresó. El departamento, la cena, la conversación, el beso se había quedado. Giró la cabeza despacio para no despertarlo. Gonzalo dormía profundamente, el rostro relajado, el cabello despeinado cayendo sobre su frente. Se veía diferente así, más joven, más vulnerable.
Paloma sintió una ternura extraña en el pecho. Intentó moverse con cuidado, pero Gonzalo apretó su agarre, murmurando algo ininteligible. “No te vayas todavía”, dijo con voz ronca de sueño. Paloma sonríó. “Necesito ir al baño.” Gonzalo abrió un ojo. Está por el pasillo. Primera puerta a la izquierda. Paloma se levantó del sillón, estirando los músculos entumecidos.
Caminó por el pasillo admirando las paredes casi vacías. Pocas fotografías. ningún cuadro, todo muy minimalista, muy impersonal. Después de usar el baño, se lavó la cara y se miró en el espejo. Tenía el rímel corrido y el cabello hecho un desastre, pero había algo diferente en sus ojos, algo más suave. Cuando regresó a la sala, Gonzalo ya estaba levantado doblando la manta.
Buenos días. Buenos días. Café, por favor. Gonzalo fue a la cocina y Paloma lo siguió. Lo observó mientras preparaba la cafetera, moviéndose con una facilidad natural. Usaba pans grises y una camiseta blanca, simple, normal, tan diferente del hombre del traje impecable que había conocido en el café Luna. ¿Dormiste bien?, preguntó Gonzalo mientras servía dos tazas.
Mejor de lo que esperaba. Gonzalo le pasó una taza. Me alegra. Paloma tomó un sorbo. El café estaba bueno, fuerte, como le gustaba. Se quedaron parados uno frente al otro en la cocina tomando café en silencio. No era incómodo, pero había algo en el aire, una especie de pregunta no formulada. ¿En qué piensas? Preguntó Gonzalo.
Paloma dudó en que esto se siente demasiado bien y eso me asusta. Gonzalo dejó su taza sobre la barra. ¿Por qué te asusta? Porque las cosas que se sienten demasiado bien suelen terminar mal. Gonzalo se acercó a ella. Tomó su rostro entre sus manos con suavidad. Paloma, no todas las historias terminan mal. Algunas sí, pero no todas. Y no vamos a saber cómo termina la nuestra si no le damos una oportunidad.
Paloma cerró los ojos sintiendo la calidez de sus manos. Quería creerle. Quería tanto creerle. Tengo que ir a trabajar en dos horas, dijo abriendo los ojos. Te llevo. No tienes que hacerlo. Quiero hacerlo. Paloma asintió. Terminaron el café y ella pidió prestado el baño otra vez para arreglarse lo mejor que pudo.
Gonzalo le ofreció una camiseta limpia porque la suya estaba arrugada de haber dormido con ella puesta. Paloma aceptó. La camiseta le quedaba enorme, pero era suave y olía a él. El camino al hospital fue tranquilo. Gonzalo puso la misma música de jazz que siempre. Paloma miraba por la ventana, consciente de su mano descansando sobre la suya en la palanca de velocidades.
Cuando llegaron, Gonzalo estacionó frente a la entrada de urgencias. Paloma se desabrochó el cinturón, pero antes de bajar, Gonzalo la detuvo. Oye, Paloma lo miró. ¿Qué haces el próximo fin de semana? No sé, probablemente dormir. Gonzalo sonrió. ¿Quieres ir a algún lado conmigo? Fuera de la ciudad.
Solo dos días. Paloma sintió un vuelco en el estómago. ¿A dónde? Es sorpresa, pero prometo que te va a gustar. Paloma lo pensó. Ir fuera de la ciudad significaba más tiempo juntos, más intimidad, más posibilidades de que esto se volviera algo que no podía controlar, pero también significaba más momentos como los de anoche, más conversaciones, más besos, más de ese sentimiento de estar exactamente donde debía estar.
Está bien, voy. Gonzalo sonrió ampliamente. Perfecto, te recojo. El viernes en la noche. Paloma asintió y salió del coche. Antes de cerrar la puerta se inclinó hacia adentro. Gracias por todo. Gracias a ti por confiar. Paloma cerró la puerta y caminó hacia la entrada del hospital. A mitad del camino volteó.
Gonzalo seguía ahí esperando a que entrara. Le levantó la mano. Ella le devolvió el gesto y entró. Sandra la recibió en el vestidor con una sonrisa enorme. Tienes cara de no haber dormido en tu casa. Paloma sintió el calor subiéndole a las mejillas. ¡Cállate! No me voy a callar. ¿Quién es? El mismo del termo Paloma no pudo evitar sonreír mientras se cambiaba al uniforme. Sí, el mismo. Sandra gritó.
Lo sabía. Cuéntame todo. No hay mucho que contar. Me quedé en su departamento. Dormimos en el sillón. Nada más. Sandra la miró con escepticismo. Nada más, nada más. Paloma terminó de ponerse el uniforme y cerró su casillero. Aunque hubo besos, muchos besos. Sandra volvió a gritar y Paloma tuvo que pedirle que se callara antes de que todo el hospital se enterara. El turno fue largo.
Tres pacientes de trauma, dos infartos y una niña con apendicitis que tuvieron que subir a cirugía de emergencia. Paloma no tuvo tiempo de pensar en nada más que en su trabajo, pero en los momentos de calma, en esos segundos entre un paciente y otro, pensaba en Gonzalo, en su sonrisa, en cómo la había abrazado toda la noche, en el viaje que tenían planeado.
Cuando terminó su turno, revisó su celular. Tres mensajes de Gonzalo. Espero que tu día no sea tan pesado. Que estés bien. Llegué a la oficina. Hay seis juntas esperándome, pero solo puedo pensar en ti. Cen haremos pronto. Sí. Paloma sonrió como idiota en medio del vestidor. Sandra la vio y negó con la cabeza. Estás perdida. Paloma no lo negó.
Esa semana pasó más lento que ninguna. Paloma trabajaba, dormía y contaba los días para el viernes. Gonzalo la llamaba todas las noches. A veces hablaban de cosas importantes, otras veces solo de tonterías, pero siempre terminaban las llamadas de la misma manera. Que descanses tú también. El jueves en la tarde, Lucía la llamó.
Paloma apenas había llegado a su departamento. No te he visto en semanas, reclamó Lucía. Has estado muy ocupada con cierto millonario. Paloma rió. No son semanas, son solo dos. Da igual. Cuéntame qué está pasando. Paloma se dejó caer en el sillón. Está pasando que creo que me estoy enamorando de él. Hubo silencio del otro lado.
Luego Lucía habló con voz suave. Y eso te asusta muchísimo. Paloma. Ese hombre está loco por ti. Lo veo cada vez que habla de ti. No vas a salir lastimada. ¿Cómo puedes estar tan segura? Porque te conozco y porque conozco a Gonzalo, y sé que ustedes dos tienen algo real. No desperdicies esto por miedo. Paloma cerró los ojos. Lo sé. Estoy intentando no hacerlo.
Bien, ahora dime qué vas a hacer este fin de semana porque según me dijeron te vas de viaje. Paloma sonríó. Sí, pero no sé a dónde. Es sorpresa. Lucía río. Ese hombre sí sabe cómo enamorar a alguien. Paloma no respondió, pero en el fondo sabía que Lucía tenía razón. El viernes llegó finalmente.
Paloma salió temprano de su turno, se fue a casa, se duchó, hizo una maleta pequeña sin saber realmente qué empacar. Ropa cómoda, algo más arreglado por si acaso, zapatos planos, el termo que Gonzalo le había regalado. A las 7 de la noche sonó el timbre. Paloma bajó con su maleta el corazón latiendo rápido.
Gonzalo la esperaba recargado contra su coche, jeans, camisa blanca, chamarra de cuero. Sonrió cuando la vio. Lista para la aventura. Lista. Gonzalo tomó su maleta y la puso en la cajuela. Luego abrió la puerta del copiloto para ella. Paloma subió. Gonzalo entró del otro lado y arrancó el motor. ¿Me vas a decir a dónde vamos? Todavía no.
Paloma negó con la cabeza, pero sonríó. condujeron hacia las afueras de la ciudad. Paloma miraba por la ventana como las luces iban quedando atrás, reemplazadas por carretera oscura y estrellas. Gonzalo tenía la música baja, de vez en cuando le lanzaba miradas y sonreía. Paloma se sentía extrañamente tranquila, como si esto fuera lo más natural del mundo, como si viajar con Gonzalo hacia un destino desconocido fuera algo que había hecho toda su vida.
Después de casi dos horas, Gonzalo tomó una desviación, un camino de terracería que subía por la montaña. Paloma vio luces a lo lejos. Una casa grande, rústica, rodeada de árboles. Es de un amigo, explicó Gonzalo. Nos la prestó por el fin de semana. Es perfecta para desconectarse. Paloma sintió algo cálido en el pecho.
Gonzalo había planeado esto. Había pensado en lo que ella necesitaba. Tiempo lejos del caos. Tranquilidad, espacio para simplemente ser. Estacionó frente a la casa. Bajaron del coche. El aire era frío y limpio. Olía a pino y tierra mojada. Gonzalo sacó las maletas y abrió la puerta. El interior era acogedor. Chimenea de piedra, muebles de madera, ventanas grandes con vista al bosque.
Simple, pero hermoso. ¿Te gusta? No era una pregunta. Me encanta, respondió Paloma. De todas formas, Gonzalo dejó las maletas y se acercó a ella. La tomó de la cintura. Quería un lugar donde pudiéramos estar solos, sin distracciones. Solo tú y yo. Paloma sintió como su corazón se aceleraba. Solo tú y yo, repitió.
Gonzalo se inclinó y la besó suave, lento, prometedor. Y Paloma supo en ese momento parada en esa casa en medio de la nada, con los brazos de Gonzalo alrededor de ella, que ya no había vuelta atrás, que se había enamorado completamente, irremediablemente, y por primera vez no le daba miedo. La primera noche en la casa de la montaña fue diferente a todo lo que Paloma había experimentado.
Después del beso en la entrada, Gonzalo encendió la chimenea mientras ella exploraba el lugar. Había dos habitaciones, una cocina rústica, pero bien equipada, y una sala amplia con ventanas que daban al bosque. Todo estaba preparado. Gonzalo había traído comida, vino. Incluso había flores frescas en la mesa del comedor.
“Pensaste en todo”, dijo Paloma cuando regresó a la sala. Gonzalo estaba arrodillado frente a la chimenea, acomodando los leños. volteó a verla con una sonrisa. Quería que fuera perfecto. Ya lo es. Cenaron frente al fuego. Gonzalo había preparado una tabla de quesos, pan fresco, frutas y vino tinto. Nada elaborado, pero todo delicioso.
Hablaron de cosas simples, de la infancia de Paloma en Puebla, de cómo había decidido ser enfermera después de que su abuela se enfermó y vio la diferencia que hacían las enfermeras en el hospital. Gonzalo le contó de su padre, un hombre duro que nunca expresaba afecto, pero que había construido un imperio desde cero, de cómo había muerto de un infarto fulminante en su oficina, dejando a Gonzalo con una empresa en crisis y la responsabilidad de salvarla.
¿Lo extrañas?, preguntó Paloma. Gonzalo miró el fuego. Extraño la idea de él más que a él mismo. Nunca fuimos cercanos. siempre estaba trabajando y cuando estaba en casa solo hablaba de negocios, de números, de estrategias, nunca de cómo me sentía o qué quería yo. Paloma extendió la mano y tomó la suya. Lo siento. Gonzalo entrelazó sus dedos.
No tienes que disculparte. Ya hice las pases con eso, pero creo que por eso me cuesta tanto expresar lo que siento. Aprendí a guardármelo todo. Paloma lo miró fijamente. Puedes decirme lo que sea. Yo no te voy a juzgar. Gonzalo apretó su mano. Lo sé. Por eso estás aquí, porque contigo no tengo que fingir.
Terminaron de cenar y se quedaron en el sillón frente al fuego. Paloma apoyó la cabeza en el hombro de Gonzalo, sintiendo el calor de las llamas y el de su cuerpo. Afuera el viento soplaba entre los árboles, pero adentro todo era calma. “Gracias por esto”, murmuró Paloma. ¿Por qué? Por traerme aquí, ¿por pensar en mí? ¿Por todo? Gonzalo besó su cabeza.
No tienes que agradecerme. Esto también es para mí. Necesitaba salir de la ciudad. Necesitaba estar contigo sin interrupciones. Se quedaron así hasta que el sueño comenzó a vencerlos. Gonzalo apagó el fuego y caminaron hacia las habitaciones. Paloma se detuvo frente a la puerta de la habitación de huéspedes.
Gonzalo se detuvo también esperando. “¿Puedo dormir contigo?”, preguntó Paloma en voz baja. Gonzalo sonríó. “¿Puedes?” Entraron juntos a la habitación principal, una cama grande con sábanas blancas, otra chimenea más pequeña, ventanas con vista a las estrellas. Gonzalo encendió la chimenea mientras paloma se cambiaba en el baño. Se puso una pijama simple, pantalones de algodón y una camiseta.
Cuando salió, Gonzalo ya estaba en la cama esperándola. Paloma se metió bajo las sábanas. Gonzalo la atrajo hacia él rodeándola con sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, estables, reconfortantes. “Buenas noches”, susurró Gonzalo. “Buenas noches.” Se durmieron así, envueltos uno en el otro, el fuego crepitando suavemente en la chimenea.
Paloma despertó con la luz del amanecer entrando por las ventanas. Gonzalo seguía dormido, su brazo pesado sobre su cintura. Paloma se quedó quieta, observando su rostro relajado. Las líneas de preocupación que siempre llevaba en la frente habían desaparecido. Se veía en paz. Paloma sintió una oleada de ternura tan fuerte que casi le dolió.
Se había enamorado de este hombre completamente y ya no había forma de negarlo o esconderlo. Gonzalo abrió los ojos lentamente. La encontró mirándolo. Buenos días. Buenos días. ¿Cuánto tiempo llevas despierta? No mucho, solo te estaba viendo dormir. Gonzalo sonrió. ¿Y qué conclusión sacaste que duermes con la boca abierta? Gonzalo rió y la jaló hacia él, haciéndola reír también la besó.
Un beso de buenos días, suave y dulce. Paloma se derritió contra él. Se quedaron en la cama un rato más, besándose perezosamente, hablando en voz baja de nada en particular. Finalmente se levantaron. Gonzalo preparó café mientras Paloma hacía huevos revueltos. desayunaron en la terraza trasera de la casa, envueltos en mantas, porque el aire estaba frío, la vista era increíble, árboles hasta donde alcanzaba la vista, montañas a lo lejos, el sonido de los pájaros y el viento, nada más.
Esto es lo que necesitaba, dijo Paloma. Silencio. Gonzalo asintió. Yo también. A veces siento que mi vida es tanto ruido que me olvido de cómo se siente el silencio. Paloma lo miró. ¿Te arrepientes de algo? De cómo resultaron las cosas. Gonzalo lo pensó a veces. Me arrepiento de no haberle dicho a mi padre que lo quería antes de que muriera.
Me arrepiento de haber perdido tanto tiempo construyendo algo que no me hace feliz. Me arrepiento de no haber conocido antes a alguien como tú. Paloma sintió un nudo en la garganta. Gonzalo continuó. Pero también creo que todo pasa cuando tiene que pasar. Si te hubiera conocido hace 5 años, probablemente no habría estado listo para apreciarte.
Necesitaba vivir todo lo que viví para entender lo que realmente quiero. ¿Y qué quieres? Gonzalo la miró directo a los ojos. Quiero una vida más simple. Quiero levantarme y sentir que lo que hago tiene sentido. Quiero a alguien con quien compartir las mañanas y las noches. Quiero dejarlo todo y empezar de nuevo si es necesario.
Quiero ser feliz y creo que contigo podría hacerlo. Paloma sintió las lágrimas quemando en sus ojos. No sabía qué decir. Gonzalo extendió la mano sobre la mesa. Paloma la tomó. No tienes que decir nada ahora, dijo él. Solo quería que lo supieras. Paloma asintió, incapaz de hablar. Pasaron el día caminando por el bosque. Gonzalo conocía los senderos.
le mostró un arroyo escondido entre las rocas, un claro donde el sol entraba creando un efecto mágico. Se sentaron ahí sobre el pasto húmedo, mirando el cielo entre las copas de los árboles. Paloma se recostó con la cabeza en el regazo de Gonzalo. Él jugaba con su cabello distraídamente. “¿Alguna vez has pensado en dejarlo todo?”, preguntó Paloma todo el tiempo.
“¿Por qué no lo haces?” Porque tengo responsabilidades, gente que depende de mí, inversionistas, empleados. No puedo simplemente irme. Paloma se incorporó y lo miró. Pero si pudieras, si no hubiera consecuencias, ¿qué harías? Gonzalo sonrió. Me compraría una casa como esta en algún lugar tranquilo, lejos de la ciudad.
Tal vez empezaría un negocio pequeño, algo que me guste de verdad, no sé, un viñedo o una cafetería, algo simple. ¿Y serías feliz? Creo que sí, especialmente si tuviera a la persona correcta a mi lado. Paloma sintió su corazón acelerarse. ¿Y quién sería esa persona? Gonzalo la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. Creo que ya lo sabes.
Paloma se inclinó y lo besó. Un beso profundo, lleno de promesas no dichas. Cuando se separaron, Gonzalo apoyó su frente contra la de ella. Te quiero, Paloma. Sé que es pronto, sé que tal vez te asuste, pero no puedo guardármelo más. Te quiero. Paloma sintió las lágrimas rodar por sus mejillas. Yo también te quiero. Gonzalo la abrazó fuerte, como si tuviera miedo de que se fuera a desvanecer.
Se quedaron así, abrazados en medio del bosque, el mundo reducido solo a ellos dos. Esa noche cocinaron juntos. Gonzalo hizo pasta otra vez, esta vez con ayuda de paloma, que resultó ser mucho mejor cocinera. Reron cuando Gonzalo casi quema la salsa. Brindaron con vino tinto por cosas simples, por el silencio, por encontrarse, por atreverse.
Después de cenar, se sentaron frente a la chimenea otra vez. Paloma entre las piernas de Gonzalo, su espalda contra su pecho. Él la rodeaba con sus brazos, su barbilla descansando sobre su cabeza. No quiero que esto termine”, murmuró Paloma. No tiene que terminar, pero tenemos que volver. Gonzalo asintió. Lo sé, pero podemos regresar aquí siempre que necesitemos escapar.
Paloma giró en sus brazos para mirarlo. ¿Me lo prometes? Te lo prometo. Se besaron de nuevo, cada beso más profundo que el anterior. Las manos de Gonzalo se movieron a su cintura, atrayéndola más cerca. Las manos de paloma se enredaron en su cabello, el fuego crepitaba a su lado, pero el calor que sentían venía de adentro.
Gonzalo la levantó y la llevó a la habitación sin romper el beso. La depositó suavemente sobre la cama, se quedó sobre ella, mirándola con una mezcla de deseo y ternura. ¿Estás segura?, preguntó con voz ronca. Paloma asintió. Estoy segura. Gonzalo sonrió y la besó de nuevo. Esa noche se entregaron el uno al otro completamente, sin miedos, sin reservas.
Solo dos personas que se habían encontrado en medio del caos y habían decidido construir algo real juntos. Cuando terminó, se quedaron abrazados bajo las sábanas, sus respiraciones acompasadas, sus corazones latiendo al mismo ritmo. Paloma apoyó la cabeza en el pecho de Gonzalo, sus dedos dibujando círculos sobre su piel.
“Te amo”, susurró otra vez. “Yo también te amo”, respondió Gonzalo besando su cabeza. Y Paloma supo, con una certeza absoluta que esto era diferente, que esto era real, que por primera vez en su vida había encontrado algo que valía la pena el riesgo, algo que valía la pena cada miedo que había tenido que enfrentar para llegar hasta aquí.
Se durmieron así, envueltos uno en el otro, el mundo afuera silencioso y en paz. Y por primera vez en mucho tiempo, ambos soñaron con futuros que no parecían imposibles. El domingo amaneció con una niebla ligera que cubría el bosque como un velo. Paloma despertó primero, acurrucada contra Gonzalo. Se quedó quieta memorizando ese momento, el calor de su cuerpo, el sonido de su respiración, la sensación de estar exactamente donde debía estar.
Gonzalo abrió los ojos y la encontró mirándolo. Sonríó. Buenos días, amor. Paloma sintió como su corazón se expandía al escuchar esa palabra. Amor, buenos días. Tenemos que volver hoy dijo Gonzalo con pesar en la voz. Lo sé, pero no quiero. Yo tampoco. Se quedaron en la cama un rato más.
Ninguno queriendo romper la burbuja que habían construido. Finalmente se levantaron, desayunaron despacio, empacaron sin prisa, limpiaron la casa en silencio. Cada movimiento era una despedida silenciosa a ese lugar que les había dado tanto en tan poco tiempo. Cuando todo estuvo listo, Gonzalo tomó la mano de Paloma antes de salir. Espera. Paloma lo miró.

Gonzalo parecía nervioso. Era la primera vez que lo veía así. ¿Qué pasa? Hay algo que quiero decirte antes de irnos. Paloma sintió un nudo en el estómago. Dime. Gonzalo exhaló. Llevo dos meses pensando en esto. Desde que te conocí todo cambió. Mi vida tenía sentido solo en el trabajo, en cumplir con lo que se esperaba de mí.
Pero contigo descubrí que hay más, que puedo querer algo diferente, que puedo ser feliz. Paloma apretó su mano sintiendo las lágrimas formándose. Gonzalo continuó. Voy a vender mi parte de la empresa. Ya hablé con mis socios. Ellos pueden comprarla. No será de la noche a la mañana, pero en 6 meses estaré fuera. Paloma parpadeó confundida.
¿Qué? ¿Estás seguro? Nunca he estado más seguro de algo en mi vida. Quiero empezar de nuevo. Quiero construir algo que me haga sentir vivo. Y quiero hacerlo contigo. Conmigo. Gonzalo tomó ambas manos de paloma entre las suyas. Sé que suena precipitado, sé que apenas nos conocemos, pero también sé lo que siento. Te amo, Paloma, y quiero un futuro contigo.
No sé exactamente cómo se verá, pero sé que quiero construirlo juntos. Paloma sintió las lágrimas rodando por sus mejillas. Gonzalo, yo también te amo, pero no quiero que renuncies a tu vida por mí. No estoy renunciando a mi vida. Estoy eligiendo una mejor, una donde no tenga que fingir, una donde pueda ser yo mismo. Y esa vida incluye a ti.
Paloma lo miró a los ojos, vio la sinceridad, la certeza, la vulnerabilidad y supo que era real. Entonces, sí, quiero construir ese futuro contigo. Gonzalo sonrió ampliamente y la levantó del suelo haciéndola girar. Paloma rió entre lágrimas. Cuando la bajó, la besó con una intensidad que le quitó el aliento. “Vamos a hacer esto bien”, dijo Gonzalo cuando se separaron sin prisa, conociendo a nuestras familias, construyendo juntos.
Paloma asintió sin prisa, pero juntos. Juntos. Salieron de la casa y comenzaron el viaje de regreso. Esta vez el silencio era diferente. No era despedida, era anticipación, era promesa. Paloma miraba por la ventana. La mano de Gonzalo descansando sobre la suya. Su mente volaba hacia el futuro. Un futuro que antes le daba miedo, pero que ahora le parecía lleno de posibilidades.
Gonzalo rompió el silencio. Estaba pensando. Paloma lo miró. ¿En qué? Cuando venda mi parte, quiero comprar una casa. No, en la ciudad, algo más pequeño, con jardín, tal vez no tan lejos como esta, pero lo suficiente para respirar. Paloma sonrió. Me gusta esa idea. ¿Y tú qué quieres hacer? Paloma lo pensó.
Quiero seguir siendo enfermera, me gusta lo que hago, pero tal vez cambiar a un hospital más pequeño, uno donde pueda tener horarios más humanos, donde pueda tener vida fuera del trabajo. Suena perfecto. Llegaron a la ciudad cuando el sol comenzaba a ocultarse. Gonzalo la llevó a su departamento, estacionó y ninguno se movió por un momento.
No quiero que esto termine, dijo Paloma. No va a terminar. Esto apenas comienza. Paloma sonrió. ¿Cuándo te veo? Mañana. Pasado mañana. Todos los días. Si tú quieres. Quiero. Gonzalo se inclinó y la besó suavemente. Paloma bajó del coche, pero antes de cerrar la puerta se inclinó hacia adentro. Oye, Gonzalo la miró. Gracias. ¿Por qué? Por ser valiente.
Por elegirme. Por elegirte a ti también. Gonzalo sonrió. Siempre te voy a elegir. Paloma cerró la puerta y subió a su departamento. Cuando entró, se dejó caer en el sillón con una sonrisa que no podía borrar. Su celular vibró. Un mensaje de Gonzalo. Ya te extraño. Paloma rió. Yo también. Esa noche no pudo dormir.
No por ansiedad o miedo, sino por emoción, por la certeza de que su vida había cambiado para siempre, de que había encontrado algo real, algo que valía la pena. Los siguientes meses fueron un torbellino. Gonzalo comenzó el proceso de vender su parte de la empresa. Paloma solicitó un traslado a un hospital más pequeño en las afueras de la ciudad.
Se mudaron juntos a una casa que encontraron en un vecindario tranquilo. No era enorme, pero tenía jardín, dos habitaciones y una cocina donde podían cocinar juntos. Gonzalo conoció a la mamá y la hermana de Paloma. Al principio estaban desconfiadas. ¿Quién era este hombre rico que había aparecido de la nada? Pero Gonzalo se ganó su confianza con paciencia, con gestos genuinos, con la forma en que miraba a Paloma como si fuera lo más valioso del mundo.
Paloma conoció a la mamá de Gonzalo, una mujer elegante, pero cálida, que la recibió con los brazos abiertos. “Ay, mi hija”, le dijo en su primera visita. “¿No sabes cuánto tiempo esperé para ver a mi hijo así de feliz?” Paloma también conoció al hermano de Gonzalo cuando vino de visita desde Estados Unidos.
Los dos hombres se abrazaron torpemente al principio, pero luego hablaron durante horas, reconstruyendo un vínculo que se había perdido después de la muerte de su padre. Lucía no paraba de decir, “Te lo dije cada vez que veía a Paloma.” Y Paloma no podía hacer más que sonreír y darle la razón. Una tarde de sábado, seis meses después de aquel primer encuentro en el café Luna, Paloma llegó a casa después de su turno.
Gonzalo no estaba. Había una nota en la mesa. Ven al jardín. Paloma salió por la puerta trasera. El jardín estaba iluminado con luces colgadas en los árboles. Había flores por todos lados. Y en el centro, Gonzalo de pieándola con una sonrisa nerviosa. Paloma se acercó con el corazón latiéndole rápido. ¿Qué es todo esto? Gonzalo tomó sus manos. Paloma fuentes.
Hace 6 meses llegaste a una cita sin maquillaje y cambiaste mi vida para siempre. Me enseñaste que lo real es más valioso que lo perfecto, que el amor no tiene que ver con las apariencias, sino con la verdad, que se puede ser feliz sin tenerlo todo resuelto. Y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Gonzalo se arrodilló.
Paloma sintió las lágrimas instantáneas, sacó una caja pequeña de su bolsillo y la abrió. Un anillo simple, hermoso, perfecto. ¿Te quieres casar conmigo? Paloma no pudo hablar, solo asintió mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Sí, sí quiero. Gonzalo se levantó y le puso el anillo. Luego la levantó y la hizo girar. Paloma rió y lloró. Al mismo tiempo la besó.
Un beso lleno de alegría, de promesas de futuro. Cuando se separaron paloma, lo miró a los ojos. Te amo. No me arrepiento de nada. de ningún miedo que tuve que enfrentar para llegar hasta aquí. Yo tampoco. Eres lo mejor que me ha pasado. Se abrazaron en medio del jardín iluminado, el resto del mundo desapareciendo.
Paloma pensó en todo el camino que había recorrido, en sus miedos, en sus dudas, en cómo casi se había perdido esto por no atreverse, pero se había atrevido y había valido la pena. Gonzalo la miró. ¿En qué piensas? en que olvidé maquillarme para esa cita y resultó ser la mejor decisión de mi vida. Gonzalo Río, la mía también. Se quedaron así, abrazados bajo las luces, sabiendo que esto era solo el comienzo, que vendrían desafíos, que no todo sería perfecto, pero también sabiendo que lo enfrentarían juntos, que habían encontrado algo real en medio del caos,
que se habían elegido y que seguirían eligiéndose cada día para siempre. Yeah.