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Ella olvidó maquillarse para la cita a ciegas… sin saber que él era el Millonario y su reacción…

Olvidó maquillarse para la cita a ciegas. Llegó con la cara lavada, cansada, sin ganas. No sabía que él era millonario. Impecable. Paloma pensó, “Esto va a ser un desastre.” Pero cuando Gonzalo la vio así, sin maquillaje, sin pretensiones, su reacción fue algo que nadie esperaba. Paloma se dio cuenta cuando ya iba en el taxi.

Ni rímel, ni labial, nada. cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento. 12 horas en el hospital cubriendo el turno de Sandra, que había faltado otra vez sin avisar y lo único que había querido era llegar a casa y tirarse en la cama. Pero entonces vibró el celular con el recordatorio, cita a ciegas, Café Luna, 7 de la tarde.

Y salió disparada sin siquiera pasar por el baño. Ahora iba camino a conocer a un desconocido con la cara lavada y una coleta que ni siquiera estaba bien hecha. Perfecto. Podía pedirle al taxista que diera la vuelta, cancelar, inventar algo, pero ya estaban llegando. El café Luna apareció frente a ella con esos ventanales enormes y la luz cálida que hacía que todo pareciera de película, el tipo de lugar al que nunca iba, el tipo de lugar donde definitivamente no encajaba con esta pinta. “Pagó”, murmuró un gracias y

salió. El aire frío le pegó en la cara. Por un segundo pensó en largarse, pero sus pies ya estaban caminando hacia la puerta. La cita había sido idea de Lucía, su mejor amiga, desde la universidad. Llevaba meses insistiendo en que Paloma necesitaba salir, conocer gente, dejar de esconderse en las guardias dobles.

Lucía conocía a alguien que conocía a alguien y así salió el nombre Gonzalo. Eso era todo. Gonzalo, sin apellido, sin foto, sin nada más que un vago alto, educado, interesante. Paloma había aceptado solo para que Lucía la dejara en paz y ahora estaba allí, a punto de entrar con la cara desnuda y las ganas por el suelo. Empujó la puerta.

El calor del lugar la recibió. Había gente, pero no demasiada. Conversaciones bajas, risas controladas, tazas que sonaban contra los platos, todo muy distinto al desmadre del hospital. Una mesera joven se acercó sonriendo. Mesa para una. No tengo reservación a nombre de Gonzalo Estrada. La chica revisó su libreta. Ah, sí, el señor Estrada ya llegó.

Está en la terraza. Sígueme. Paloma sintió un golpe en el pecho. Ya estaba allí. Caminó detrás de la mesera entre las mesas, consciente de todo. Del ruido de sus tenis viejos contra el piso, de su sudadera arrugada, de su cara sin nada encima. Salieron a la terraza plantas colgando por todos lados, luces en guirnaldas, mesas pequeñas.

y entonces lo vio. Gonzalo Estrada estaba parado mirando hacia la calle, las manos en los bolsillos de un abrigo negro que se veía caro incluso desde lejos, alto, como había dicho Lucía, cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula marcada, todo en él decía dinero sin necesidad de abrir la boca. Paloma quiso desaparecer.

Ese hombre no solo estaba fuera de su alcance, estaba en otro planeta. “Señor Estrada, su invitada llegó. Gonzalo volteó. Sus ojos, cafés oscuros, se encontraron con los de paloma. Hubo un momento en el que ella esperó ver decepción, incomodidad, tal vez hasta fastidio, pero él sonríó. No una sonrisa educada de compromiso, algo real que le cambió toda la cara.

Paloma dijo su nombre como si ya lo conociera. Ella apenas pudo asentir. Gonzalo se acercó y extendió la mano. Mucho gusto. Paloma estrechó su mano firme, cálida. Igualmente le salió la voz más ronca de lo normal. Se sentaron frente a frente en una mesa junto a la varanda. La mesera les dio los menús y se fue. Paloma clavó la vista en las letras, aunque no estaba leyendo nada.

Sentía la mirada de Gonzalo encima. Espero no haberte hecho esperar. Llegaste justo a tiempo. Su voz era grave, tranquila, sin ninguna señal de que estuviera decepcionado. Paloma levantó la vista. Gonzalo la miraba con atención, pero no de forma incómoda. Había interés en sus ojos. Curiosidad. Lucía me dijo que eres enfermera. Paloma asintió.

Hospital general, turno de emergencias. Debe ser pesado. Lo es, pero me gusta. Nunca sé qué va a pasar. Cada día es diferente. Gonzalo sonrió otra vez. Supongo que eso tiene su lado. Bueno, la adrenalina. Sí, algo así. Paloma sintió que la tensión empezaba a ceder un poco. Había algo en como Gonzalo la miraba, en cómo escuchaba, que no la hacía sentir tan expuesta como había pensado.

¿Y tú?, se animó a preguntar. Lucía fue muy misteriosa, solo me dijo tu nombre. Gonzalo soltó una risa corta. Lucía es buena para el drama. Me dedico a bienes raíces. Desarrollo de proyectos comerciales y residenciales. Claro, eso explicaba el abrigo que probablemente costaba lo que ella ganaba en tr meses. Debe ser interesante.

Tiene sus momentos. Gonzalo hizo una pausa, pero también puede ser solitario. Mucho tiempo en oficinas, juntas eternas, cenas de negocios donde todos hablan, pero nadie dice nada que valga la pena. Paloma lo miró sorprendida. No esperaba esa respuesta. No de alguien que parecía tenerlo todo controlado.

Suena agotador, pero de otra forma lo es. Por eso acepté esta cita. Necesitaba algo real, algo sin agendas ni intereses detrás. Las palabras se quedaron flotando entre ellos. Paloma sintió algo raro en el pecho. Alivio mezclado con vulnerabilidad, porque había llegado sintiéndose inadecuada, fuera de lugar, expuesta.

Pero Gonzalo acababa de admitir que él también buscaba algo auténtico, que también estaba cansado de las apariencias. La mesera volvió para tomar la orden. Paloma pidió un café americano, Gonzalo un expreso doble. Cuando se fueron otra vez solos, fue él quien habló primero. ¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi? Paloma negó con la cabeza que eras la primera persona en mucho tiempo que no intentaba impresionarme. Paloma parpadeó.

¿Qué? No traes maquillaje, tienes el pelo recogido sin mucho arreglo y aún así, entraste aquí con la frente en alto. Eso me gustó. Paloma sintió calor en las mejillas. No fue a propósito. Tuve un día largo y se me olvidó arreglme. Lo sé. Y eso es justo lo que me gustó. Que no estás aquí fingiendo, estás siendo tú. Paloma no supo qué decir.

Toda la ansiedad que traía desde el taxi se esfumó en ese instante, reemplazada por algo completamente inesperado. La sensación de que alguien la estaba viendo de verdad, no juzgando, solo viendo. Gonzalo se inclinó un poco hacia delante, sus ojos fijos en los de ella. Paloma, no sé qué te hayan dicho de mí, pero quiero decirte algo desde ahora.

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