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El capo más temido le exigió una foto al futbolista frente a todos: cuando sus guardias tocaron las armas, él se levantó y soltó un “no” que dejó helado al club entero

II.

Las conversaciones se apagan mesa por mesa. El silencio se extiende como una ola. La música sigue, pero nadie habla. Todos observan al Halcón caminando entre las mesas. Lento, tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Los amigos de Diego se dan cuenta. Uno de ellos palidece.

—Diego, ese es el Halcón.

Diego no voltea.

—Sé quién es.

—Es peligroso. Muy peligroso.

—Sé lo que es.

—¿Qué vas a hacer, Diego?

Toma un sorbo de champaña.

—Eso pienso.

El Halcón llega a la mesa, se para frente a Diego, con los cuatro guardaespaldas detrás de él, y sonríe. Una sonrisa fría que no llega a los ojos.

—Diego Maradona, el más grande.

Diego lo mira, no se levanta, no le ofrece la mano.

—Te conozco.

—Todos me conocen.

—Yo no.

Silencio.

Todo el club parece congelado.

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