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Un electricista pobre ayudó a El Chapo Guzmán sin saber quién era, lo que pasó años después…

 

Cuando el electricista Roberto Maldonado aceptó aquel trabajo de emergencia en una casa abandonada a las afueras de Culiacán aquella tarde de julio del 2003, lo único que pensaba era en los 500 pesos que le habían prometido por arreglar un corto circuito. Jamás imaginó que estaba a punto de cablear la casa de seguridad del criminal más buscado de México.

 Y cuando tres horas después logró restaurar la luz con sus manos callosas y sus herramientas viejas, tampoco sabía que ese favor aparentemente inocente cambiaría el destino de su familia para siempre. Lo que este hombre de 34 años no podía imaginar es que 9 años después tendría que tomar la decisión más difícil de su vida y que esa decisión involucraría a ese mismo desconocido de la casa abandonada.

 Y antes de continuar, me gustaría saber desde dónde nos están escuchando. México, Colombia, Estados Unidos, España. Déjenlo en los comentarios. La tarde del 17 de julio del 2003, Roberto terminaba de reparar el cableado de una tienda de abarrotes en la colonia Guadalupe, un barrio popular de Culiacán, donde las casas de blog sin pintar se apretujaban unas contra otras.

 Tenía 34 años, piel morena quemada por el sol sinaloense, manos grandes con cicatrices de quemaduras eléctricas, cabello negro siempre despeinado. Vestía pantalón de mezclilla desgastado, camisa de trabajo azul con parches, botas con casquillo oxidado, llevaba un cinturón de herramientas que había heredado de su padre, cargaba una escalera de aluminio abollada y conducía una camioneta Nissan 87 que toscía humo negro cada vez que arrancaba.

 Roberto vivía con su esposa Lucía y su hijo Daniel de 6 años en una casa de dos cuartos que rentaban por 00 pesos al mes. Lucía trabajaba limpiando casas. É, como electricista independiente aceptaba cualquier trabajo, arreglaba contactos, instalaba lámparas, reparaba motores eléctricos, lo que fuera. Ganaba entre 200 y 400 pesos por trabajo.

 Buenos días eran cuando conseguía dos trabajos. Malos días eran cuando no había nada. Aquella tarde estaba guardando sus herramientas en la camioneta cuando un hombre se le acercó. Vestía ropa cara, botas de piel, reloj grueso en la muñeca. ¿Eres electricista? Sí, señor. Para servirle necesito que vengas a arreglar un problema eléctrico en una casa. Es urgente.

 ¿Dónde es? A 20 minutos de aquí. Te pago 500 pesos si lo arreglas hoy. Roberto dudó. 500 pesos era mucho, demasiado para un simple arreglo. Eso le hacía sospechar. ¿Qué tiene la casa? Un corto circuito. Se fue toda la luz. Necesito que la restaures antes de que anochezca. Roberto miró su reloj. Eran las 5 de la tarde.Un boleador de zapatos pobre ayudó a El Chapo Guzmán sin saber quién era,  lo que pasó años después..

 Todavía tenía 2 horas de luz natural. Déjeme avisarle a mi esposa y voy. El hombre asintió. Roberto llamó a Lucía desde un teléfono público. Amor, me salió un trabajo. Voy a llegar tarde. ¿Estás bien? Sí, es solo un arreglo. 500 pesos. Lucía se quedó callada. Ella también sabía que 500 pesos por un trabajo simple era sospechoso. Ten cuidado.

Siempre lo tengo. Roberto siguió la camioneta del hombre por calles que se iban volviendo más solitarias. Salieron de la ciudad, tomaron caminos de terracería. La casa estaba en medio de la nada, rodeada de mezquites y tierra seca. Era una construcción de una planta, paredes de bloc pintadas de blanco, techo de lámina, ventanas con rejas, un portón de metal.

 Había otros dos hombres afuera. Los tres tenían esa mirada dura de gente que no hace preguntas. Roberto bajó de su camioneta con su cinturón de herramientas y su caja de metal oxidada donde guardaba pinzas. Desarmadores, cinta aislante, probadores de corriente. Su instinto le decía que saliera corriendo, pero 500 pesos eran 500 pesos.

 Con eso comían una semana completa. “El problema está adentro”, dijo el hombre que lo había contratado. “Sígueme.” Entraron a la casa. Adentro hacía un calor sofocante. Las ventanas estaban cerradas, las cortinas corridas. Había muebles básicos, una mesa, sillas, un refrigerador apagado, todo cubierto de polvo, como si nadie hubiera vivido ahí en meses. Se fue la luz hace dos horas.

Revisé el bracker y está bien. Debe ser el cableado. Roberto sacó su probador de corriente. Revisó los contactos. Nada. Revisó el medidor afuera. Tenía corriente de entrada, pero no de salida. El problema estaba en la instalación interna. Voy a tener que revisar todo el sistema. Puede tomar un par de horas.

Tienes hasta las 8. No más. Roberto se puso a trabajar. Abrió las tapas de los contactos, revisó las conexiones, siguió el cableado por las paredes. Encontró el problema en la cocina. Alguien había hecho una instalación improvisada para conectar más aparatos de los que el sistema soportaba.

 Los cables se habían sobrecalentado y fundido. Aquí está el problema. Necesito cambiar este tramo de cable y reorganizar el bracker. Hazlo. Roberto trabajó rápido, cortó el cable dañado, instaló uno nuevo, redistribuyó las cargas. Sus manos se movían con la precisión de quien ha hecho esto mil veces.

 Sudaba copiosamente bajo la camisa. Mientras trabajaba, escuchaba voces en el cuarto del fondo. Hablaban bajo, pero alcanzaba a distinguir palabras sueltas: rutas, cargamentos, plazas. Roberto sintió el estómago apretarse. Sabía exactamente dónde estaba. Esta no era una casa normal, era una casa de seguridad. Terminó la instalación en hora y media, conectó el bracker principal, las luces se encendieron, el refrigerador comenzó a zumbar.

 El ventilador del techo empezó a girar. Listo, ya tienen luz. El hombre revisó cada contacto, cada lámpara, todo funcionaba perfectamente. Buen trabajo. Sacó un fajo de billetes. Contó 10 billetes de 50 pesos. Se los dio a Roberto. Aquí están tus 500. Roberto tomó el dinero con manos que trataban de no temblar. Algo más que necesite, ¿no? Ya puedes irte. Y otra cosa, sí.

 Nunca estuviste aquí. Nunca viste esta casa. Nunca nos conociste. Entendido. Roberto asintió rápido. Entendido, señor. Salió de la casa caminando normal, aunque quería correr. Subió a su camioneta, arrancó. Manejó por el camino de terracería tratando de no ir muy rápido, de no parecer nervioso. Solo cuando llegó a la carretera pavimentada se permitió respirar profundo.

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