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Arturo “El Negro” Durazo: La Historia Real del Hombre Más Temido de México y lo que Había Detrás

Ciudad de México, 1980. Desde afuera aparecía una fiesta normal entre gente poderosa, música, risas, figuras conocidas. Una noche más en una mansión de lujo, pero no lo era. Adentro había una discoteca calcada del estudio 54 de Nueva York, columnas de mármol, policías uniformados sirviendo bebidas  y en el centro de todo un hombre que no era presidente, ni millonario heredado, ni estrella de cine.

era el jefe de policía, Arturo Durazo Moreno, y todos los que estaban ahí habían ido porque una invitación suya no era una invitación, era una orden. Para entender  cómo un niño pobre de Sonora llegó a tener ese poder, hay que retroceder décadas a una ciudad de provincia, a una amistad que cambió todo y a las decisiones que convirtieron a Arturo Durazo Moreno en el hombre más temido de México sin que nadie pudiera hacer nada al respecto.

Gran parte de lo que se sabe sobre su vida viene de testimonios, investigaciones periodísticas y del libro de su propio  guardaespaldas. Algunas versiones coinciden, otras  difieren, pero juntas cuentan una historia que México todavía no olvida. Arturo Durazo Moreno nació en Cumpas, Sonora.

Fue el primero de una familia pobre. De joven se movió a la Ciudad de México a buscar lo que Sonora no podía darle. Trabajó en el Banco de México. Fue inspector de tránsito. Entró a la Dirección Federal de Seguridad. No tenía carrera militar. No tenía fortuna, no tenía ningún mérito especial, pero tenía algo que valió más que todo eso junto.

Tenía el teléfono de José López Portillo. Los dos se habían conocido de jóvenes en la colonia del Valle. Compartieron calles, peleas y la complicidad de los que crecen juntos  sin nada. En México de los años 70, donde la lealtad personal valía más que cualquier título universitario, tener al futuro presidente como cuate de la infancia era literalmente el boleto a cualquier lugar al que quisieras llegar.

Cuando López Portillo ganó la presidencia, en 1976, no olvidó a su amigo, lo nombró director de la policía y tránsito del Distrito Federal. El hombre sin preparación, sin mérito documentado, quedó a cargo de la corporación de seguridad de la ciudad más grande de México y como si eso no fuera suficiente, también lo nombró general de división.

Por decreto,  sin haber pisado una academia militar en su vida, los generales de carrera reaccionaron con indignación,  décadas de escalafón, de protocolo, de sacrificio. Y de repente el amigo del presidente amanecía con más estrellas que ellos en la gorra.  Según el relato del guardaespaldas de Durazo, un general lo enfrentó en público.

Al día siguiente, Durazo  apareció con cinco estrellas, solo para dejar claro quién mandaba. Durazo ya tenía el cargo, el título  y el respaldo del presidente. En ese punto ya no necesitaba protección.  Él era la protección. Y lo que vino después fue algo que ningún mexicano había visto con ese descaro.

Desde el primer día,  Durazo dejó claro que las reglas no aplicaban para él, no porque lo ocultara, sino porque ni siquiera se molestaba en disimularlo. En una entrevista televisiva de  1982, cuando un periodista le preguntó por sus mansiones, Durazo miró a la cámara y respondió con calma, que todo era producto de su trabajo honesto, que había invertido bien.

Nadie le creyó, pero eso no importaba porque Durazo ya operaba en un nivel donde la verdad no tenía consecuencias. Cada agente bajo su mando debía pagar una cuota para mantenerse en el cargo, para recibir equipamiento, para no ser trasladado a zonas peligrosas. Era un sistema de extorsión hacia adentro de la propia corporación, simple, brutal, eficiente.

En las calles nada aparecía fuera de lugar. Los patrulleros seguían circulando, los agentes saludaban a los ciudadanos. La ciudad funcionaba como si nada de eso existiera. Pero detrás de esa normalidad, ese mismo sistema interno fue el que financió lo que vendría después. Y lo que vino después no era simplemente corrupción, era algo considerablemente más grande, algo que no aparecía en ningún registro  oficial, algo que explica por qué las mansiones, el Partenón y la discoteca eran solo la superficie de una historia

mucho más oscura, porque las cuotas de los policías no alcanzaban para construir lo que Durazo construyó. Para  eso necesitaba algo más y ese algo más es lo que cambia completamente la escala de esta historia. El Partenón de Cihuatanejo no fue construido por contratistas privados, fue construido por policías.

Los mismos agentes que debían patrullar las calles de la Ciudad de México aparecían en Guerrero cargando bloques, mezclando cemento, instalando tuberías, sin pago adicional,  sin elección. Si tu jefe te decía que ibas a construir su mansión, ibas a construir su mansión. Durante el  día eran agentes del orden, patrullaban calles, respondían llamadas, cumplían  su función.

Por la noche, algunos de esos mismos hombres terminaban mezclando cemento en propiedades que nunca podrían pagar. Esa era la doble vida de la policía de Durazo. El lugar parecía un sueño imposible. 42 columnas griegas vista al océano, escalinatas de mármol, estatuas de dioses en cada rincón y en el sótano, una discoteca construida  como réplica exacta del estudio 54 de Nueva York, el club más famoso y excesivo del mundo en esa época.

Pero cada detalle tenía un origen que nadie quería mencionar. En el ajusco al sur de la ciudad de México tenía otra propiedad: caballerizas, hipódromo privado, helipuerto, cine, gimnasio, sauna, jardines cuidados por policías de turno. La propiedad fue evaluada en 250,000 cuando fue decomizada. En los años 80 eso era una fortuna inalcanzable para cualquier persona de clase media en México, pero eso apenas era el principio.

En total,  al menos 20 propiedades en México, Estados Unidos y Canadá. Ninguna justificable con su salario de funcionario público. La pregunta obvia es cómo las cuotas de  los policías generaban dinero, sí, pero no suficiente para todo eso. La respuesta está en lo que controlaba desde su posición.

¿Qué delitos se perseguían y cuáles no en la capital del país, eso  vale dinero, muchísimo dinero. Las bandas organizadas que operaban en la ciudad no lo hacían por accidente, negociaban y Durazo era con quien tocaba negociar. Uno de los nombres que aparece en varias investigaciones periodísticas de la época es el de Rafael Caro Quintero.

No era el único, pero su presencia basta para entender el nivel en que operaba. durazo y lo que viene después explica por qué nadie podía tocarlo. Existe un documento del Archivo General de la Nación que registra que en enero de 1976, antes de que López Portillo llegara a la presidencia, una corte de Florida acusó a durazo de tráfico de cocaína.

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