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Aislado y olvidado: así vive hoy Benjamín Arellano Félix en prisión

Hubo un tiempo en que Benjamín Arellano Félix dormía entre lujos que muy pocos mexicanos podían imaginar. Mansiones en Tijuana con seguridad privada, automóviles blindados de lujo, viajes discretos en aviones rentados y una fortuna que, según las estimaciones de la DEA, se contabilizaba en miles de millones de dólares.

era el cerebro financiero de uno de los cárteles más temidos de América Latina, un hombre que controlaba el paso de cocaína, metanfetaminas y marihuana hacia los Estados Unidos desde una de las fronteras más estratégicas del continente. Tomaba decisiones que movían estructuras completas y dejaban consecuencias profundas.

Hoy ese mismo hombre se despierta en una celda de máxima seguridad, sin visitas, sin privilegios y con una fecha que lo persigue. 2033. Hoy vamos a ver qué quedó realmente de Benjamín Arellano Félix, porque lo que vive hoy es muy distinto a lo que muchos imaginan. Vamos a entrar en su vida actual dentro de la cárcel, en lo que se sabe y en lo que casi nadie ha contado.

Para entender quién es Benjamín Arellano Félix, hay que remontarse a Culiacán, Sinaloa, donde nació el 12 de marzo de 1952. Es el segundo de los hermanos Arellano Félix, una familia que comenzó traficando ropa y aparatos electrónicos de contrabando antes de entrar de lleno al narcotráfico bajo la tutela de Miguel Ángel.

Félix Gallardo, conocido como el padrino. Cuando Félix Gallardo fue arrestado en 1989 y el cártel de Guadalajara se fragmentó, Benjamín y sus hermanos heredaron la plaza de Tijuana y construyeron sobre ella uno de los imperios criminales más brutales de México. Durante más de una década, Benjamín fue el estratega financiero y operativo del cartel, mientras su hermano Ramón ejercía el terror en las calles.

Fue arrestado en Puebla el 9 de marzo de 2002 por el ejército mexicano. 9 años después fue extraditado a los Estados Unidos y en abril de 2012 se declaró culpable de crimen organizado y conspiración para lavar dinero ante un tribunal federal en San Diego, siendo condenado a 25 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional.

Pero nada de eso explica lo que terminó pasando después. Los arellano Félix no nacieron en el poder. Su historia criminal comenzó de forma modesta, casi anónima en las calles de Tijuana durante los años 70. En esa ciudad fronteriza, los hermanos comenzaron a moverse en los márgenes del contrabando menor, construyendo contactos y aprendiendo la geografía del crimen organizado desde adentro.

La relación con Félix Gallardo les dio acceso a una red más grande y a rutas que comunicaban el norte de México con los mercados estadounidenses. Benjamín, el más calculador del grupo, entendió desde temprano que el dinero importaba tanto como la violencia y quizás más. Mientras Ramón reclutaba sicarios, Benjamín construía estructuras financieras, establecía contactos en el sector empresarial y diseñaba una arquitectura de corrupción que penetraba policías.

jueces y políticos a ambos lados de la frontera. En su apogeo durante los años 90, el cártel de Tijuana fue descrito por la DEA como una de las organizaciones criminales más grandes y violentas de México. Controlaba el corredor de Baja California de norte a sur, desde Tijuana hasta Los Cabos y movilizaba toneladas de cocaína hacia California con una regularidad que parecía industrial.

La ciudad de Tijuana se convirtió en una fortaleza bajo su dominio y cualquier intento externo de disputar esa plaza se pagaba con sangre. Los hermanos construyeron una red de sicarios entrenados, según la Fiscalía General de la República, con apoyo de instructores israelíes y desarrollaron métodos que luego serían replicados por otras organizaciones criminales.

La fortuna del cártel se midió en miles de millones invertidos en propiedades, negocios legales y estructuras financieras que le daban apariencia de legitimidad a un dinero absolutamente ilegal. Benjamín era el arquitecto de todo eso, el hombre detrás del hombre. La rivalidad con el cártel de Sinaloa marcó al clan arellano Félix de una manera que ninguno de sus integrantes habría podido anticipar.

La guerra con Joaquín, el Chapo Guzmán, fue brutal, prolongada y llena de episodios que trascendieron el mundo criminal para instalarse en la memoria colectiva de México. El más grave ocurrió el 24 de mayo de 1993 en el aeropuerto internacional de Guadalajara, cuando sicarios del cártel ejecutaron al cardenal Juan Jesús Posadaocampo en medio de un enfrentamiento armado.

La versión oficial sostuvo durante años que fue un caso de identidad equivocada que los pistoleros confundieron al prelado con el Chapo. Nunca hubo condena firme ni verdad judicial definitiva sobre ese hecho. Y el asesinato de un alto dignatario de la Iglesia Católica en un aeropuerto mexicano encendió la presión internacional sobre el gobierno de México para desmantelar a los grandes cárteles.

Para Benjamín, ese episodio marcó el inicio del fin de la impunidad que su organización había disfrutado durante años. Ese día todo cambió, aunque nadie lo entendió en ese momento, porque lo que ocurrió ese día no se quedó ahí. Fue el inicio de algo que con el tiempo terminaría alcanzándolo. La caída de Benjamín comenzó el día que su hermano Ramón murió.

El 10 de febrero de 2002, Ramón Arellano Félix fue abatido en Mazatlán durante una operación que terminó en balacera con agentes de la policía ministerial. La noticia sacudió al cártel desde adentro, sin su brazo armado, más temido, sin la figura que mantenía el terror como mecanismo de control. La organización quedó expuesta en un momento crítico.

26 días después del asesinato de Ramón, el ejército mexicano arrestó a Benjamín en el estado de Puebla, donde llevaba meses escondido bajo una identidad falsa, construyendo una vida paralela lejos de Tijuana. No hubo balacera, no hubo resistencia espectacular. El hombre que había dirigido un cártel durante más de una década fue detenido de manera casi discreta en un operativo que demostró que las autoridades lo habían localizado mucho antes de actuar.

La imagen del capo bajo custodia recorrió todo el país y marcó el inicio del fin. Pero lo que sucedió años después, ya lejos del poder y dentro de una prisión, cambiaría la forma en que él mismo intentó contar su historia. Tras su captura en México, Benjamín Arellano Félix fue procesado en ese país y sentenciado a 22 años de prisión por narcotráfico y crimen organizado.

Cumplió parte de esa condena en penales mexicanos de alta seguridad, pero el sistema judicial estadounidense tenía sus propios cargos acumulados. La DEA lo había rastreado durante años construyendo un expediente que documentaba su participación en el tráfico de cocaína hacia California, el lavado de millones de dólares y su complicidad en asesinatos en ambos lados de la frontera.

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