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TOMÁS GARRIDO CANABAL: EL GOBERNADOR QUE ATERRORIZÓ TABASCO POR 15 AÑOS — Y NADIE SE ATREVIÓ A DETEN

Coyoacán, Ciudad de México. Domingo 30 de diciembre de 1934. María de la Luz, Sirenia. Camacho González tenía 27 años y una faringitis que le subía la fiebre desde la noche anterior. Esa mañana, cuando su padre llegó de misa con noticias de que hombres de camisas rojas habían rodeado la parroquia de San Juan Bautista conos de gasolina, María de la Luz no se quedó en cama. Se levantó.
fue a su ropero y sacó su mejor vestido, el de seda color verde con cuello blanco. Su hermana Lupita la miró extrañada. ¿Por qué te pones tan elegante? María de la Luz se acomodó el cuello del vestido y respondió sin dudar. Cuando hay que defender a Cristo Rey, hay que ir elegante para el combate. Salió de su casa, caminó sola hasta el atrio de la iglesia y ahí, frente a la puerta, abrió los brazos en cruz.
Los hombres de camisas rojas se acercaban. El jefe del grupo gritaba consignas y blasfemias trepado sobre la cruz del atrio. Los tambos de gasolina brillaban bajo el sol del mediodía. María de la luz no se movió. Gritó, “¡Viva la Iglesia! ¡Viva el Papa! ¡Viva la Virgen de Guadalupe, viva Cristo Rey.” Las balas la alcanzaron con los brazos todavía abiertos.


cayó en el mismo atrio que había ido a defender. A su lado murieron cuatro personas más. Ese día en Coyoacán, la sangre manchó un vestido de seda verde y encendió una crisis que destruiría la carrera política del hombre que había mandado a esos jóvenes desde el otro lado del país. Ese hombre estaba en ese momento en su oficina de la Secretaría de Agricultura, convencido de que pronto sería presidente de la República.
Se llamaba Tomás Garrido Canaval. A 3 km de ahí, en el Palacio Nacional, el presidente Lázaro Cárdenas acababa de recibir la noticia. Llevaba apenas 4 días en el poder. 4 días. Y ya tenía muertos en las calles de su propia capital, muertos causados por la milicia privada de uno de sus propios secretarios de gabinete. Cárdenas leyó el reporte en silencio, lo dobló y tomó una decisión que Garrido todavía no podía imaginar.
Pero para entender lo que ocurrió en esas horas, hay que entender primero quién era el hombre que había formado a esos jóvenes de camisas rojas. Hay que regresar a un estado al sur de México, donde durante 15 años no existió la palabra Dios. Tabasco. 1919. Un estado de selva, ríos y calor permanente o donde un joven político de 30 años acababa de tomar el poder con una idea fija que la religión era el único obstáculo real entre México y la modernidad y que él personalmente iba a eliminarla.
Su nombre todavía no significaba nada fuera de las fronteras de ese estado. En pocos años sería el gobernante más temido de México y el hombre que inspiraría una de las novelas más importantes del siglo XX. Pero antes de todo eso, era simplemente un abogado con poder recién adquirido y una obsesión que todavía no encontraba su forma definitiva.
¿Cómo se convierte un político en el enemigo personal de Dios? ¿Cómo se construye un régimen de terror ideológico en un solo estado durante 15 años protegido por los hombres más poderosos del país? Y sobre todo, ¿cómo que sobrevivió a todo eso terminó destruido en una tarde de domingo por una joven con fiebre y un vestido de seda verd? Esta es la historia de Tomás Garrido Canaval, el hombre que bautizó a un toro con el nombre de Dios, a un burro con el nombre del Papa y a su propio hijo con el nombre de Lucifer. El gobernador que
durante 15 años convirtió Tabasco en el único rincón de México donde la palabra a Dios estaba prohibida porque contenía fonéticamente el nombre de lo que él más odiaba, el hombre que creyó haber ganado la guerra contra el cielo y que no vio venir al único presidente que no tenía precio.
Tomás Garrido Canaval no nació en Tabasco. nació el 20 de septiembre de 1890 en Catasajá, Chiapas, en la finca de su familia, una propiedad que tocaba la frontera entre los dos estados. Pero desde niño fue tabasqueño de alma, de política y de ambición. Chiapas era donde había nacido. Tabasco era donde iba a mandar. Su familia era de terratenientes, no eran pobres.
No había hambre en esa casa, ni humillación económica que explicara después su rabia. La rabia de Garrido no venía del estómago, venía de otra parte. A los 16 años, todavía en la secundaria, participó en una manifestación contra el gobernador porfirista Abraham Bandala y fue expulsado del estado. Lo mandaron a Veracruz, después a Campeche, donde terminó sus estudios de abogado a los 25 años.
Ese episodio temprano lo marcó de una manera que él mismo quizás no entendía del todo. Aprendió que el poder castiga al que lo cuestiona y aprendió también algo más importante, que el poder puede ser tomado por el que se atreve. En 1913, cuando la revolución todavía estaba viva y sangrienta, Garrido se unió al ejército constitucionalista bajo las órdenes del general Salvador Alvarado.
No porque fuera un hombre de armas, era abogado, era político, era orador, pero entendió que en México de esos años el camino al poder pasaba por el uniforme. Cuando terminó la carrera en 1915, regresó a Tabasco y ahí, recomendado por su primo, el coronel José Domingo Ramírez Garrido, entró a la administración pública como juez de distrito.
Era un hombre delgado, de voz fuerte y mirada fija. Hablaba con la precisión de abogado y la convicción de predicador. La ironía es perfecta. El hombre que declararía la guerra a la religión tenía exactamente el temperamento de un fanático religioso, la misma certeza absoluta, la misma intolerancia hacia quien pensara diferente, la misma disposición a destruir lo que consideraba un obstáculo para la verdad.
Solo que su verdad no era Dios, era el estado, era él. En 1919, Tabasco era un estado devastado por 10 años de revolución. Las haciendas destruidas, la economía paralizada, las instituciones en ruinas. El gobierno federal necesitaba hombres dispuestos a reconstruir desde cero, hombres con ideas claras y voluntad de hierro. Garrido tenía 29 años y tenía algo que los demás candidatos al poder no tenían, una visión total.
No quería reformar Tabasco, quería reinventarlo. Ese año llegó al gobierno por primera vez. El camino fue sinuoso, con periodos interrumpidos, con maniobras que exigieron paciencia y alianzas. Pero para 1923 ya tenía el control real del Estado y desde ese momento hasta 1934 Tabasco fue suyo.
Lo primero que hizo no fue cerrar iglesias, lo primero que hizo fue construir escuelas. Ahí está la clave que los relatos más simples sobre Garrido suelen ignorar. era un modernizador genuino. Construyó caminos, impulsó la agricultura, creó cooperativas de trabajadores, alfabetizó comunidades enteras que nunca habían tenido acceso a educación.
Sus enemigos lo odiaban, sus seguidores lo adoraban con una devoción que, vista desde afuera, parecía exactamente lo que él decía combatir. Fe ciega en un líder que no admitía cuestionamientos. En esos años, un joven general llamado Lázaro Cárdenas recorría el país a pie, de pueblo en pueblo, escuchando a campesinos, tomando notas e prometiendo en voz baja que cuando llegara el momento les devolvería lo que les habían quitado.
En uno de esos recorridos llegó a Tabasco, vio las escuelas, las cooperativas, los caminos y dijo en público lo que pensaba. Llamó a Tabasco el laboratorio de la revolución. Incluso votó públicamente por Garrido para presidente de la República. Eso fue en 193

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