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7 REUNIONES SECRETAS y 1 TESTIGO CLAVE — MARÍA BENAVIDES ACORRALA a PETRO DESDE ADENTRO

María Alejandra Benavides nunca imaginó que su vida iba a cambiar así. Ella no era política, no era rica, no tenía conexiones con los poderosos, era una mujer común y corriente que solo quería trabajar honestamente para pagar su arriendo y ayudar a su familia. Cada mañana se levantaba temprano, se preparaba un café, salía de su casa en Bogotá y tomaba el bus que la llevaba al centro de la ciudad, como millones de colombianos que salen todos los días a ganarse la vida.

 Su vida era sencilla, tranquila, sin sobresaltos. Trabajaba de 8 de la mañana a 5 de la tarde en el Ministerio de Hacienda y Crédito Público. Un trabajo que a ella le parecía importante porque sentía que estaba sirviendo al país, no a un gobierno, sino al Estado colombiano. Esa diferencia para ella era sagrada. Todo comenzó en el año 2020 cuando María Alejandra entró por primera vez al Ministerio de Hacienda.

 Fue por casualidad, una de esas casualidades que uno después quisiera borrar de su vida, pero que en ese momento parecía una bendición. Estaba con una conocida tomándose un café en el 2019 y esta amiga le comentó que en su oficina estaban buscando a alguien para un contrato, nada del otro mundo, un trabajo técnico, funciones administrativas relacionadas con el Congreso de la República, María.

Alejandra pasó su hoja de vida sin pensar mucho. Tuvo una entrevista como cualquier otra y así entró a trabajar como contratista. Era un contrato de prestación de servicios de esos contratos que hay por miles en Colombia. sin estabilidad, pero con un sueldo decente. Ella ayudaba con los controles políticos cuando el ministro tenía que ir al Congreso, organizaba documentos, manejaba tiempos de respuesta para los derechos de petición que llegaban de los parlamentarios, trabajo técnico, trabajo honesto. En ese tiempo el ministro de

Hacienda era el Dr. Alberto Carrasquilla, un hombre serio, técnico. María Alejandra trabajaba tranquila, sin saber que todo eso iba a cambiar cuando llegara un nuevo gobierno. el gobierno del presidente Gustavo Petro. Ella estuvo como contratista por más de dos años largos, cumpliendo con sus funciones sin ruido, sin protagonismo.

Era una empleada más en 300, pero en diciembre de 2022 le ofrecieron un cargo de planta, un cargo de asesor en el ministerio. No era un cargo grande, era un asesor pequeño, grado cinco, pero para ella era un logro porque significaba estabilidad, un contrato fijo, prestaciones, la posibilidad de planear su futuro.

 María Alejandra aceptó feliz pensando que estaba construyendo su carrera profesional en una entidad seria. Además, ella tenía un sueño. Quería estudiar una maestría. Había aplicado a una beca en el exterior y estaba esperando noticias. Su vida estaba en orden. Tenía trabajo estable, tenía proyectos, tenía ilusiones. No sabía que en pocos meses todo se iba a desmoronar.

 Pero las cosas cambiaron en septiembre de 2023, ese mes que ella nunca va a olvidar. fue cuando su jefa del momento, una mujer llamada Andrea Ramírez, que era la jefe de la oficina de enlace con el Congreso, le dijo algo que parecía simple, algo que en otro contexto no hubiera significado nada, pero que en ese momento fue como abrir la puerta del infierno.

 Andrea Ramírez iba a salir en licencia, una licencia larga, y el ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla, había decidido que María Alejandra la iba a reemplazar en algunas funciones, funciones de enlace con el Congreso de la República. Ella no entendía muy bien qué significaba eso. Nunca había hecho ese trabajo antes, pero pensó que era una oportunidad de aprender, de crecer profesionalmente, tal vez hasta un reconocimiento a su buen desempeño.

 Lo que María Alejandra no sabía es que el cargo de enlace con el Congreso no era un cargo cualquiera, era un cargo clave en la estructura del poder. Era el puente entre el Ministerio de Hacienda, que es el dueño de la plata del país, y los congresistas, que son los que aprueban o rechazan las leyes. los créditos, los presupuestos.

En Colombia, como en muchos países, la política funciona con negociaciones, con acuerdos. A veces esos acuerdos son legales y transparentes, otras veces no lo son. El problema es que la línea entre lo legal y lo ilegal es muy delgada y cuando uno está dentro no siempre la ve claramente hasta que es demasiado tarde.

María Alejandra empezó a asistir a reuniones con congresistas, reuniones que al principio parecían normales, conversaciones sobre proyectos en las regiones, sobre inversiones en carreteras, escuelas, hospitales, acueductos. Los congresistas llegaban con carpetas llenas de propuestas para sus departamentos y ella escuchaba, tomaba notas, coordinaba respuestas.

Pero poco a poco las reuniones empezaron a cambiar de tono. Ya no se hablaba solo de proyectos, sino de cupos, de porcentajes, de contratos específicos que debían ir a personas específicas. Ella escuchaba nombres de empresas, nombres de contactos en las regiones, números de teléfono que debía guardar, instrucciones que debía seguir.

 Y lo más grave, empezó a darse cuenta de que esos contratos no eran para llevar desarrollo a las comunidades, eran para comprar votos en el Congreso. Los congresistas vendían sus votos a cambio de que el gobierno les entregara contratos millonarios en sus regiones, contratos que luego se repartían entre sus amigos, sus familias, sus socios políticos.

María Alejandra sentía que algo no estaba bien, pero no sabía qué hacer. Ella era una funcionaria pequeña, sin poder, sin influencia, estaba recibiendo órdenes del ministro de Hacienda, una de las personas más poderosas del país. ¿Cómo iba a decir que no? ¿Cómo iba a cuestionar lo que le ordenaban? Además, todo se hacía con un lenguaje técnico, con papeles oficiales, con reuniones en oficinas elegantes.

 Parecía legal, aunque su instinto le decía que no lo era. Uno de los momentos que más la marcó fue cuando empezó a escuchar sobre la Guajira, ese departamento en el norte de Colombia, donde miles de niños indígenas guayu se estaban muriendo de hambre. Y de sed la Guajira es uno de los lugares más pobres y olvidados de Colombia.

 A pesar de que allí está el cerrejón, una de las minas de carbón más grandes del mundo. La riqueza del carbón nunca llegó a las comunidades, solo dejó tierra seca, ríos contaminados y niños desnutridos. El gobierno del presidente Petro había prometido llevar agua a la Guajira. Era una promesa que sonaba hermosa, humana, necesaria.

 Se hablaba de comprar carrotanques para distribuir agua potable en las comunidades más alejadas. Se hablaba de salvar vidas, de dignidad, de justicia social. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, conocida como Umbre, era la entidad encargada de manejar esos recursos. Esta unidad tenía billones de pesos para atender emergencias en todo el país, desastres naturales, inundaciones, sequías, cualquier situación que pusiera en riesgo a la población.

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