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RODOLFO FIERRO: EL CARNICERO MÁS BRUTAL DE LA REVOLUCIÓN — Y LA MUERTE QUE NADIE ESPERABA

300 hombres encerrados en un corral de adobe, un solo hombre frente a ellos, dos pistolas en las manos y una promesa que sonaba a salvación, pero era una sentencia disfrazada. Chihuahua, 1913. La Revolución Mexicana lleva 3 años desangrando al país y el norte se ha convertido en el escenario donde se decide el futuro de México.
Las fuerzas de Francisco Villa acaban de aplastar a una columna enemiga. 500 prisioneros caen en sus manos. 200 federales regulares, 300 colorados. Los seguidores de Pascual Orosco, los hombres a quienes Villa odia más que a nadie en el mundo. Villa decide, los federales recibirán perdón. Los colorados no. Y para ejecutar esa orden, Villa elige al único hombre de su ejército, capaz de mirar a 300 rostros suplicantes, sin mover un solo músculo del rostro.
Rodolfo Fierro entra al corral solo lleva el zarape sobre los hombros, las piernas entumecidas por el frío y el cansancio de la batalla. A su lado, un asistente cuya única tarea es recargar las pistolas mientras él dispara, bajo la advertencia de que si comete un solo error, será el siguiente en morir. Fierro mira a los hombres acorralados y entonces hace algo que ninguno de ellos esperaba. les ofrece una oportunidad.
Les dice que del otro lado del corral hay un muro de adobe de poco más de 2 m de altura que correrán en grupos de 10, que cualquiera que logre escalar ese muro y saltar al otro lado quedará libre. Y luego sonríe, sonríe y agrega que él tira muy mal. Los primeros 10 hombres comienzan a correr. Lo que ocurrió en las dos horas siguientes quedaría registrado por el escritor mexicano Martín Luis Guzmán en un relato titulado La fiesta de las balas, una de las páginas más perturbadoras jamás escritas sobre la Revolución Mexicana.
300 hombres, dos horas. Solo uno logró escapar. Y solamente porque en algún momento Fierro tuvo que detenerse a masajearse el dedo índice agotado de tanto jalar el gatillo. Cuando todo terminó, Fierro pidió agua, se lavó las manos y se fue a dormir. Esa noche durmió tranquilo, según los testimonios de quienes estuvieron cerca de él.
Este hombre no era un personaje de ficción, era general de la división del norte, era el brazo derecho de Francisco Villa, el famoso centauro del norte. Era uno de los rostros más temidos de toda la Revolución Mexicana, ese movimiento que prometía justicia, tierra y libertad para los más pobres de México. Sus enemigos lo llamaban el carnicero.


Sus compañeros lo llamaban en voz baja y con miedo la bestia hermosa. Pero ninguno de los dos apodos alcanzaba a explicar quién era realmente Rodolfo Fierro. Porque detrás del hombre que ejecutó a 300 prisioneros en un corral, detrás del general que mató por una apuesta, por un capricho, por una mirada incómoda en una cantina, había una historia que casi nadie cuenta.
Una historia de abandono, de pérdida, de un hombre que aprendió a matar mucho antes de que la revolución le diera permiso para hacerlo. Y al final de todo, después de cientos de batallas, después de haber sobrevivido a emboscadas, traiciones, balas, granadas y campañas imposibles, este mismo hombre encontraría un final que ningún historiador, ningún novelista, ningún cronista de la época hubiera podido predecir un final tan absurdo, tan desconcertante, que el propio Francisco Villa al enterarse se quedaría en silencio durante largos minutos sin poder
pronunciar palabra. Y cuando finalmente habló, dijo algo que pasaría a la historia, una frase que resume todo lo que vamos a investigar a continuación, pero todavía no es el momento de revelarla. Antes hay que entender quién era este hombre, cómo nació, cómo se formó y por qué cuando la revolución llegó a tocar su puerta, él estaba listo para convertirse en lo que se convirtió.
Esta es la historia de Rodolfo Fierro, el carnicero más brutal de la Revolución Mexicana y la muerte que nadie esperaba. Para entender al hombre que ejecutó a 300 prisioneros sin perder el sueño, hay que volver atrás, mucho atrás. Hay que volver al año 1880, a un pueblo pequeño y olvidado del norte de Sinaloa llamado Chara, en el municipio del Fuerte.
Ahí, en una casa de ascendados modestos, nació un niño que nadie quería. Su madre era una joven india tehueca de nombre Rosa Castro, que servía como empleada doméstica en la casa de don Gumerindo Fierro y doña Venancia Fierro de Fierro. Su padre biológico, un mestizo llamado Víctor Félix, había desaparecido antes de que el bebé naciera.
A los 15 días de nacido, Rosa Castro abandonó al niño en la casa de sus patrones y se marchó. Nunca volvió por él. Don Gumerindo y doña Venancia ya tenían siete hijos. No necesitaban uno más. Pero algo los conmovió. Tal vez la fragilidad del recién nacido. Tal vez la culpa de saber que esa criatura nunca conocería a su madre.
El caso es que lo adoptaron como su octavo hijo. Lo bautizaron en la iglesia del pueblo y le dieron sus apellidos. Lo llamaron Rodolfo Fierro. Doña Venancia lo amamantó hasta los 5 años, según cuentan los biógrafos sinaloenses. Lo trataron como sangre propia y paradójicamente su infancia fue feliz. No le faltó nada, ni comida, ni cariño, ni educación.
Rodolfo cursó la escuela primaria en su charay natal. era, según los testimonios de quienes lo conocieron en esa etapa, un niño carismático, atento, amable, de personalidad fuerte, pero buenas maneras. No gritaba, no decía groserías, era el favorito de muchas tías y vecinas. Quien lo viera entonces, jamás habría imaginado en qué se convertiría 20 años después.
Cuando terminó la primaria, la familia tomó una decisión. Lo enviarían con su hermana mayor, también llamada Venancia, que se había casado con un asendado rico de Ajome llamado don Patricio Robles. Don Patricio había fundado una escuela en sus tierras y había contratado a un profesor brasileño con buena reputación.
Ahí Rodolfo terminó la secundaria y al salir su cuñado le cedió una parcela para que comenzara a trabajar y a ganar su propio dinero. Rodolfo se hizo querer en la región, pero su hermana Venancia comenzó a notar algo que la inquietaba. El muchacho empezaba a tener gusto por las armas y empezaba a beber demasiado.
Cuando murieron sus padres adoptivos, Don Gumersindo y doña Venancia, algo se quebró dentro de Rodolfo. Era como si el último ancla que lo unía a una vida tranquila se hubiera soltado. Se despidió de sus hermanos, abrazó a su cuñado don Patricio y se marchó hacia el norte, hacia Cannea, Sonora, donde se decía que las minas estaban dando riquezas.
Era el año 1900, tenía 20 años. En Cananea consiguió empleo en la vigilancia de la empresa minera. Trabajaba sus turnos, frecuentaba cantinas, hacía amigos con facilidad. era simpático y eso le abría puertas, pero pronto se dio cuenta de que ese trabajo no lo iba a hacer rico y en 1905 decidió mudarse a Hermosillo. Ahí, recomendado por un comerciante llamado José María Paredes, ingresó al cuerpo de rurales del Estado bajo las órdenes del general Luis Medina Barrón.
El general estaba en plena campaña contra los indios jackis, una de las guerras más sangrientas y silenciadas del porfiriato. Y fue ahí, en esa campaña donde Rodolfo Fierro disparó por primera vez contra un ser humano. No se sabe cuántos jackis cayeron por su mano en esos años. La historia no lo registra, pero quienes pelearon a su lado decían que el joven sinaloense disparaba sin temblar.
Disparaba y volvía a la cantina como si nada hubiera pasado, pero todavía quedaba en él algo del muchacho de Sharaay, algo del joven amable y carismático, y ese algo iba a salvarlo. Momentáneamente,

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