300 hombres encerrados en un corral de adobe, un solo hombre frente a ellos, dos pistolas en las manos y una promesa que sonaba a salvación, pero era una sentencia disfrazada. Chihuahua, 1913. La Revolución Mexicana lleva 3 años desangrando al país y el norte se ha convertido en el escenario donde se decide el futuro de México.
Las fuerzas de Francisco Villa acaban de aplastar a una columna enemiga. 500 prisioneros caen en sus manos. 200 federales regulares, 300 colorados. Los seguidores de Pascual Orosco, los hombres a quienes Villa odia más que a nadie en el mundo. Villa decide, los federales recibirán perdón. Los colorados no. Y para ejecutar esa orden, Villa elige al único hombre de su ejército, capaz de mirar a 300 rostros suplicantes, sin mover un solo músculo del rostro.
Rodolfo Fierro entra al corral solo lleva el zarape sobre los hombros, las piernas entumecidas por el frío y el cansancio de la batalla. A su lado, un asistente cuya única tarea es recargar las pistolas mientras él dispara, bajo la advertencia de que si comete un solo error, será el siguiente en morir. Fierro mira a los hombres acorralados y entonces hace algo que ninguno de ellos esperaba. les ofrece una oportunidad.
Les dice que del otro lado del corral hay un muro de adobe de poco más de 2 m de altura que correrán en grupos de 10, que cualquiera que logre escalar ese muro y saltar al otro lado quedará libre. Y luego sonríe, sonríe y agrega que él tira muy mal. Los primeros 10 hombres comienzan a correr. Lo que ocurrió en las dos horas siguientes quedaría registrado por el escritor mexicano Martín Luis Guzmán en un relato titulado La fiesta de las balas, una de las páginas más perturbadoras jamás escritas sobre la Revolución Mexicana.
300 hombres, dos horas. Solo uno logró escapar. Y solamente porque en algún momento Fierro tuvo que detenerse a masajearse el dedo índice agotado de tanto jalar el gatillo. Cuando todo terminó, Fierro pidió agua, se lavó las manos y se fue a dormir. Esa noche durmió tranquilo, según los testimonios de quienes estuvieron cerca de él.
Este hombre no era un personaje de ficción, era general de la división del norte, era el brazo derecho de Francisco Villa, el famoso centauro del norte. Era uno de los rostros más temidos de toda la Revolución Mexicana, ese movimiento que prometía justicia, tierra y libertad para los más pobres de México. Sus enemigos lo llamaban el carnicero.
cuando en 1906, en un baile organizado en el Palacio de Gobierno de Hermosillo, sus ojos se cruzaron con los de la mujer que iba a cambiarlo todo.
María de la Luz de Sens, hija de un comerciante rico de Sonora y la única persona después de doña Venancia capaz de sacarlo de las cantinas y los burdeles, donde ya era cliente conocido. Pero esa felicidad iba a durar poco, muy poco. Si esta historia te está atrapando, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte el próximo episodio.
Déjame en los comentarios qué otro personaje de la Revolución Mexicana quieres que investigue después. Tu apoyo hace posible que sigamos rescatando estas historias del olvido. El 22 de octubre de 1906, Rodolfo Fierro se casó con María de la Luz de Sens en Hermosillo. Para conseguir el permiso de los padres de ella, había sido necesario que el comerciante José María Paredes intercediera ante el general Medina Barrón para que ascendieran a fierro al rango deteniente.
Solo así los Desens, que eran ricos y conocidos en Sonora, aceptaron entregar a su hija a un joven sin apellidos importantes y con fama de frecuentar cantinas. Pero algo cambió en Rodolfo después de la boda. Quienes lo conocían en esa época cuentan que se transformó, que dejó las cantinas, que dejó los burdeles, que se volvió un esposo dedicado, atento, casi irreconocible para los amigos que recordaban al joven errático de Cananea.
El 28 de agosto de 1907 nació la hija de ambos. La llamaron María de la Luz Agustín Fierro de Sens. Rodolfo lloró de alegría al verla, pero el destino tenía otros planes. El 18 de diciembre de ese mismo año, apenas 4 meses después del parto, Luz de Sens murió. Las complicaciones de salud que arrastraba desde el embarazo finalmente la vencieron.
Rodolfo se quedó solo, viudo, con una bebé en los brazos. Quienes estaban cerca de él en esos días dicen que lloraba amargamente, que se aferraba a la pequeña como si fuera lo único que le quedaba en el mundo, que se prometió frente al ataú de luz dedicarse por entero a la niña. 10 meses más tarde, el 19 de octubre de 1908, la hija también murió.
Una enfermedad inesperada se la llevó en pocos días. Y ahí, en ese momento, algo dentro de Rodolfo Fierro se rompió definitivamente. Los testimonios coinciden. El joven amable y carismático que había llegado a Hermosillo años atrás dejó de existir. En su lugar quedó otro hombre, un hombre frío, un hombre que volvió a las cantinas, pero esta vez no para divertirse, sino para olvidar.
Un hombre que comenzó a beber de manera compulsiva, que no se detenía, que no le importaba con quién se peleaba ni qué armas llevaba encima. [resoplido] El alcoholismo se convirtió en su compañero permanente y nunca más lo abandonaría hasta el último día de su vida. Su suegro, en un intento de salvarlo, le ayudó a establecer un pequeño negocio.
El negocio fracasó. Entonces, en 1908, Rodolfo Fierro encontró el oficio que iba a marcarlo para siempre. Entró como meneador en la empresa del ferrocarril sud Pacífico de México. Empezó desde abajo con uno de los trabajos más humildes del oficio ferroviario, pero por su esfuerzo y su capacidad de aprendizaje fue ascendiendo.
Temeneador pasó a Garrotero, de Garrotero a Fogonero y finalmente a maquinista manejando locomotoras en los rieles del norte de México. Durante esos años, entre 1908 y 1912, Fierro vivió entre los rieles, las estaciones de tren, los pueblos polvorientos del norte y las cantinas donde gastaba su salario.
Era un ferrocarrilero más anónimo, perdido entre cientos de obreros que mantenían en movimiento la sangre del porfiriato. Y entonces ocurrió algo que la historia no se cansa de repetir porque tiene la forma exacta de una ironía perfecta. El 4 de junio de 1912, un tren del ferrocarril central salió rumbo a la Ciudad de México, llevando a un prisionero especial, un hombre acusado falsamente de robarse una yegua y enviado a la capital por orden del general Victoriano Huerta.
Ese prisionero se llamaba José Doroteo Arango Arámbula. El mundo lo conocería como Francisco Villa y el maquinista que conducía esa locomotora ese día, sin saber a quién llevaba en los vagones traseros, era Rodolfo Fierro. Los dos hombres que años después comandarían juntos la división del norte, que tomarían ciudades enteras, que harían temblar al gobierno mexicano, viajaron en el mismo tren ese día.
Sin conocerse, sin sospechar siquiera la existencia uno del otro. El destino los había puesto en el mismo riel, pero todavía faltaba un año más para que se encontraran cara a cara y ese encuentro iba a cambiar la historia de México. En 1913, mientras el país entero se incendiaba después del asesinato de Francisco Madero a manos de Victoriano Huerta, Rodolfo Fierro tomó una decisión.
Dejó la locomotora, tomó las armas y se unió a las fuerzas de un general villista llamado Tomás Urbina en una hacienda perdida del norte llamada La Loma. Lo que vino después, ningún historiador podría haberlo previsto. Era la madrugada del 29 de septiembre de 1913. En la vieja hacienda de la Loma en Durango, a orillas del río Nasas, se reunieron los principales jefes rebeldes del norte de México.
Llegaron a caballo con cananas cruzadas al pecho, sombreros polvorientos, ropa sucia por meses de campaña. Entre ellos estaba un general de Durango llamado Tomás Urbina, compadre de Pancho Villa y uno de los hombres más temidos de la región. y junto a Urbina, en silencio, sin llamar la atención de nadie, estaba el sinaloense Rodolfo Fierro.
Esa noche se decidió la creación de la división del norte y se eligió por aclamación unánime al jefe que iba a comandarla, José Doroteo Arango Arámbula, conocido como Pancho Villa. Cuando se escuchó el grito de viva Villa en el patio de la hacienda, Fierro alzó la voz junto con todos los demás. Por primera vez en su vida, ese antiguo ferrocarrilero abandonado al nacer pertenecía a algo más grande que él mismo.
A partir de ahí, los acontecimientos se aceleraron. La división del norte marchó hacia Torreón y la tomó. Después se fue contra Ciudad Juárez y mediante un engaño brillante se apoderó de ella sin disparar un solo tiro. Pero las tropas federales comandadas por el general José Inés Salazar se lanzaron al contraataque para recuperar la frontera y así llegaron al desierto de Tierra Blanca. En noviembre de 1913.
Los dos ejércitos eran casi del mismo tamaño, 5,500 hombres del lado pillista, 7000 del lado federal, pero los cuertistas tenían más artillería, más municiones, mejor entrenamiento. Pilla necesitaba un milagro. Y entonces miró hacia un joven recién incorporado a sus filas, un sinaloense alto, callado, con cara de niño y mirada dura.
Un hombre del que sus oficiales decían que conocía los rieles como nadie. Villa lo llamó. Según sus propias memorias, le dijo, “Muchachito, usted es valiente y ferrocarrilero. Coja una máquina y una escolta y vaya a interponerse entre los enemigos que ya vienen en mi busca. Necesito un día más para acabar mi organización y ese día, amiguito, me lo da usted, cueste lo que cueste.
Fierro asintió. Tomó un tren con 10 vagones y una pequeña escolta de hombres. Salió rumbo al sur de Ciudad Juárez. A la altura de la sierra de la Candelaria, divisó al enemigo. El general Salazar avanzaba con sus tropas en una columna ferroviaria. Lo que Fierro hizo a continuación se contaría durante años en las cantinas del norte.
Mandó prender fuego a los vagones del tren, soltó la locomotora y la lanzó ardiendo, sin maquinista, sin frenos, contra el tren federal que venía en sentido contrario, una máquina loca en llamas, corriendo sola sobre los rieles del desierto. Cuando el general Salazar vio aparecer la locomotora envuelta en humo a toda velocidad, ordenó retroceder, pero ya era tarde.
La explosión y el descarrilamiento sembraron el caos en su columna. Mientras los federales intentaban reorganizarse, otro tren huertista cargado de soldados intentó huir hacia el sur, ganando velocidad sobre los rieles. Fierro montó a caballo y salió detrás de la locomotora a galope tendido.
Alcanzó al tren, se emparejó con el último vagón, saltó sobre él, corrió por los techos de los carros, vagón tras vagón, balanceándose sobre el metal en movimiento hasta llegar a la cabina de la locomotora. Disparó dos veces, mató al fogonero y al maquinista y detuvo el tren en seco en medio del desierto. Cuando los soldados de Villa alcanzaron la columna detenida, capturaron lo que quedaba.
700 prisioneros, cuatro locomotoras, siete ametralladoras, 400,000 cartuchos. Fue una de las victorias más decisivas de toda la Revolución Mexicana y fue la victoria que cambió la vida de Rodolfo Fierro para siempre. Cuando Pancho Villa se enteró de lo que había hecho aquel ferrocarrilero callado, lo mandó llamar a su tienda de campaña, lo abrazó, lo nombró general y le dijo que a partir de ese día formaba parte de un cuerpo élite que estaba creando 99 oficiales escogidos personalmente por él.
Vestidos con uniforme dorado, encargados de su escolta personal y de las misiones más peligrosas de la división del norte. Los Dorados. Rodolfo Fierro, el huérfano de Sinaloa, el viudo de Hermosillo, el ferrocarrilero borracho, que un día había manejado el tren que llevaba a Villa preso a la ciudad de México sin saberlo, ahora era uno de los dorados y muy pronto sería el más temido de todos.
A finales de 1913, Villa entró triunfal en la ciudad de Chihuahua y se autoproclamó gobernador del estado. Junto a él, en cada acto, en cada desfile, en cada ejecución estaba Rodolfo Fierro. Pero algo había cambiado en el sinaloense. La guerra había despertado en él algo que ni siquiera él mismo entendía del todo.
La facilidad con la que disparaba en combate empezó a extenderse a momentos que no eran de combate. Una cantina, una calle, una mesa de juego. Cualquier pretexto bastaba. Existe una anécdota que recogen varios cronistas de la época. estaba fierro en una cantina de Chihuahua, sentado frente a otro hombre discutiendo.
La conversación giró sobre un tema absurdo. Cuando un hombre recibe un balazo mortal, ¿cae hacia adelante o hacia atrás? Fierro decía que hacia adelante. El otro hombre decía que hacia atrás. Para resolver la apuesta, Fierro sacó la pistola, le disparó a un desconocido que pasaba por la calle y observó tranquilamente cómo caía. cayó hacia delante. Fierro ganó la apuesta.
Volvió a sentarse, a beber, a conversar como si nada hubiera ocurrido. Otra noche en Durango, un hombre borracho le preguntó qué hora era sin saber a quién le hablaba. Fierro lo miró fijamente y le respondió con su voz suave, “¿Cómo se atreve usted a hablarme antes de que yo le hable a usted primero?” Y le disparó.
Estos episodios se acumularon hasta convertirse en leyenda. Sus enemigos comenzaron a llamarlo en voz baja el carnicero. Y la prensa estadounidense, fascinada con su figura imponente y su belleza extraña, lo bautizó La bestia hermosa. Pero el episodio que estuvo a punto de cambiar el rumbo de toda la Revolución Mexicana ocurrió el 17 de febrero de 1914 en un hotel de Ciudad Juárez.
William Benton era un ciudadano británico nacido en Escocia. Había llegado a México décadas antes. Había hecho fortuna en minería y ganadería y se había casado con una mexicana de familia rica. Era dueño de la hacienda de los remedios en Chihuahua, una propiedad de 129,000 haáreas que había crecido a costa de los pueblos vecinos.
Benton odiaba a Vila. Lo había llamado pandido en la prensa. Había apoyado abiertamente a los huertistas. Y cuando los villistas comenzaron a sacrificar reces de su hacienda para alimentar a la tropa, Benton se enfureció. Ese 17 de febrero, sin anunciarse, entró al cuartel donde se hospedaba Villa. Le exigió un salvoconducto para sacar su ganado.
Villa, según cuentan los testigos, intentó calmarlo. Le ofreció comprarle la hacienda con la condición de que se fuera a vivir a Estados Unidos, pero Benton se negó. Lo llamó bandido en su cara y comenzó a gritar. En un momento de la discusión, Benton metió la mano al bolsillo del pantalón. Lo que sacaba era un pañuelo, pero Rodolfo Fierro, que estaba detrás de Villa actuando como guardaespaldas, no esperó para averiguarlo, sacó su pistola y disparó.
Benton cayó muerto en el acto. Lo que vino después fue un escándalo internacional. Inglaterra exigió explicaciones. Estados Unidos protestó. La prensa de ambos países publicó editoriales furiosos contra Villa, acusándolo de ser un asesino salvaje que ponía en riesgo a los extranjeros en suelo mexicano. Vila presionado, ordenó un juicio militar póstumo.
Se condenó al cadáver de Benton y se montó una farsa de fusilamiento contra el cuerpo ya enterrado para tratar de presentar el incidente como una ejecución legal. El embargo de armas que Estados Unidos amenazaba con imponer sobre la división del norte habría sido devastador. Pero el gobierno de Carranza maniobró diplomáticamente.
Los ingleses se negaron a tratar directamente con los revolucionarios y el caso fue siendo olvidado con el paso de los meses. Pero la imagen de fierro disparando contra un ciudadano británico en presencia del jefe de la revolución quedó grabada en la prensa internacional para siempre. A partir de ese momento, su nombre dejó de pertenecerle.
Pasó a ser propiedad pública. El carnicero, la bestia hermosa, el gatillero de Pancho Villa y lo peor o lo mejor, según se vea, todavía estaba por venir, porque en los meses siguientes, en distintos campos de batalla, Rodolfo Fierro iba a protagonizar la escena que la literatura mexicana nunca pudo olvidar.
La escena que abrió este episodio, la fiesta de las balas. ¿Desde qué ciudad o país nos estás escuchando ahora mismo? Déjame en los comentarios tu lugar. Estas historias del México profundo nos conectan desde todos los rincones donde el español nos une. Y me encanta saber dónde está cada uno de los que me acompañan en estas investigaciones.
El año 1914 iba a ser el año más alto y más bajo de la Revolución Mexicana al mismo tiempo. En junio, la división del norte, con fierro al frente de los dorados, tomó la ciudad de Zacatecas en una de las batallas más sangrientas de toda la guerra civil. La caída de Zacatecas significó el principio del fin para Victoriano Huerta.
En julio, el usurpador renunció y huyó del país, pero los revolucionarios, en lugar de unirse para construir un nuevo México, comenzaron a pelearse entre ellos. Penustiano Carranza, jefe del ejército constitucionalista, quería asumir el control. Villa y Emiliano Zapata desconfiaban de él y para resolver las diferencias se convocó a una gran reunión que pasaría a la historia como la soberana convención de Aguascalientes.
La convención duró del primero de octubre al 9 de noviembre de 1914. asistieron generales, delegados, intelectuales, representantes de cada facción. Se discutió, se gritó, se votó, se decidió que ni Carranza, ni Villa, ni Zapata serían presidentes. En su lugar se nombró a un general llamado Eulalio Gutiérrez. Carranza no aceptó.
se retiró a Veracruz con sus fuerzas y los ejércitos de Villa y Zapata, ahora aliados, marcharon juntos hacia la capital del país. El 6 de diciembre de 1914, la Ciudad de México vio entrar al ejército más extraño de su historia. 60,000 hombres, mezcla de norteños, rudos y campesinos del sur, desfilando por el paseo de la reforma con cananas cruzadas y rifles al hombro.
A la cabeza de la columna iban dos hombres que jamás se habían encontrado antes, Pancho Villa y Emiliano Zapata. Y muy cerca de Villa, en la primera línea de los Dorados, marchaba Rodolfo Fierro. Existe una fotografía famosa tomada ese mismo día en el Palacio Nacional, donde Villa aparece sentado en la silla presidencial con cara de niño asombrado junto a Zapata.
Si uno mira con atención el fondo de la imagen entre los oficiales que rodean la escena, ahí está Fierro. Mirada dura, sombrero tejano, la pistola al cinto. El sinaloense había llegado al corazón mismo del poder, pero algo se torció en él durante esos días en la ciudad de México. Los testimonios coinciden en que Fierro entró en una espiral de violencia que ni siquiera Villa lograba controlar.
comenzó a recorrer las casas de los ricos para recaudar fondos para la división del norte, exigiendo monedas de oro a cambio de no incendiar las propiedades. Bebía sin parar, protagonizaba escándalos en cantinas y burdeles, mataba por nimiedades. Y entonces ocurrió el episodio que selló para siempre su reputación en la capital.
Era la noche del 8 de diciembre de 1914. En el restaurante Syvén, uno de los más elegantes de la Ciudad de México, un grupo de oficiales villistas terminó una cena copiosa y al momento de pagar entregó al mesero un simple papel firmado, un vale sin valor real, alegando que el gobierno revolucionario les cubriría la cuenta más adelante.
En una mesa cercana cenaba un coahuilense de 30 años, profesor de profesión, educador. Había estudiado en Berlín, en Leipzig, en Estrasburgo y en La Sorbona. Era delegado de la convención y secretario de la mesa de debates. Había sido uno de los que votó por el retiro de Venustiano Carranza. Se llamaba David Berlanga.
Berlanga, indignado por lo que veía, se levantó, reprendió a los villistas frente al resto de los comensales. Les dijo que esos modos no eran los de hombres de honor de la revolución. Y para terminar de humillarlos, sacó su propio dinero y pagó la cuenta de la mesa entera. Los oficiales villistas se levantaron en silencio, salieron del restaurante y fueron directo a buscar a Fierro.
Pocas horas después, una escolta llegó al hospedaje de Berlanga. Lo sacaron de su cuarto, lo llevaron al cuartel de San Cosme y de ahí de madrugada al Panteón de Dolores. Quienes presenciaron los últimos momentos contaron que Berlanga frente al pelotón no tembló, encendió un cigarrillo, lo fumó tranquilamente hasta el final y pidió que le dejaran dar la orden de fuego él mismo.
fierro estaba ahí, cumplió la orden. Cuando la noticia llegó a oídos de los demás delegados de la convención al día siguiente, el horror se extendió por todo México. Berlanga era uno de los hombres más respetados de su generación. Su asesinato puso al gobierno convencionalista en una crisis de la que nunca se recuperaría del todo.
Para muchos historiadores, ese episodio marcó el principio del fin del villismo y para Rodolfo Fierro fue solamente otra noche más, otra ejecución, otro nombre que añadira una lista que para entonces ya nadie se atrevía a contar completa. Pero el poder de la división del norte estaba a punto de derrumbarse. En abril de 1915, Pancho Villa marchó hacia el vajío para enfrentar a su nuevo enemigo, Álvaro Obregón.

El sonorense, al que Villa llamaba con desprecio el perfumado, había estudiado las tácticas de la Primera Guerra Mundial que se libraba en Europa. Trincheras, alambre de púas, posiciones defensivas bien preparadas. Villa, en cambio, confiaba en lo que siempre le había funcionado, la carga de caballería, los dorados al galope, la fuerza bruta del norte mexicano.
En las dos batallas de Celaya, libradas en abril de 1915, la división del norte se estrelló contra las defensas de Obregón como una ola contra un acantilado. Miles de villistas cayeron. Las cargas de caballería fueron destrozadas por las ametralladoras montadas en posiciones fijas.
La famosa división del norte, que había aterrorizado al país entero, perdió en pocos días la mitad de sus tropas. Fierro estuvo presente en Celaya. Peleó hasta el final y según el propio Álvaro Obregón, su enemigo declarado, el sinaloense fue uno de los pocos villistas que hizo correr a los carrancistas. En algún momento del combate, hasta su rival reconoció su valor, pero el reconocimiento individual no podía cambiar el resultado.
A partir de Celaya, todo fue cuesta abajo para el villismo. Los generales empezaron a desertar. Las tropas se fragmentaban. Los pueblos que antes apoyaban a Villa ahora cambiaban de bando para no quedar del lado perdedor. Y entre la oficialidad villista, las acusaciones cruzadas de traición se volvieron cosa de todos los días.
Y entonces llegaron los rumores sobre Tomás Urbina. Urbina era el compadre de Villa, el hombre que lo había acompañado desde los tiempos de bandidaje en Durango, cuando los dos se dedicaban a robar ganado de las haciendas. Urbina había sido el primer jefe de Rodolfo Fierro, el que lo había introducido en el villismo, el que había bouchado por él cuando ningún general confiaba en aquel ferrocarrilero recién llegado.
Pero en 1915, durante el asedio a la ciudad de Elébano en San Luis Potosí, las tropas de Urbina fueron derrotadas por las fuerzas constitucionalistas del general Jacinto B. Treviño y los rumores comenzaron a circular. Decían que Urbina había recibido dinero de las compañías petroleras estadounidenses para no atacar los pozos de la región.
Decían que había recibido pagos de los carrancistas para entregar la batalla. Decían que se había retirado a su pueblo natal las nieves en Durango, cargado de oro, ovejas y plata, acumulados durante años. Villa no quería creerlo, pero los rumores no paraban. El 4 de septiembre de 1915, Villa tomó una decisión acompañado de un pequeño grupo de hombres de su mayor confianza, entre ellos Rodolfo Fierro y el general Pablo Seáñez.
Marchó de incógnito hacia las nieves, cambió de transporte varias veces, envió telegramas falsos para despistar. llegó a la hacienda de su compadre sin previo aviso. Cuando llegaron, Urbina estaba en plena fiesta. había vuelto a su pueblo como un rey victorioso con su familia y sus amigos celebrando alrededor. Lo que ocurrió en los siguientes minutos lo cuentan las crónicas de manera distinta, según quien las relate.
Pero el centro de la historia coincide en todas las versiones. Hubo un tiroteo. Urbina cayó herido en el brazo. Fue capturado. Ella se sentó frente a su compadre después de tantos años de hermandad y le hizo una sola pregunta. ¿Por qué ya no quiso seguir conmigo, compadrito? Urbina, según las crónicas, le respondió con una sola frase: “Porque estoy muy cansado. Villa dudó.
Lo había perdonado mil veces antes. Quería perdonarlo una vez más. Empezó a hablar de dejarlo ir a un hospital cercano para que le curaran la herida. Y entonces intervino Fierro, le dijo a Villa frente a todos los demás generales que estaba dejando ir a un traidor, que Urbina merecía la muerte, que un hombre que había vendido a la división del norte no podía seguir respirando, sin importar cuántos años de amistad lo unieran con su jefe.
Villa agotado, terminó cediendo. “Hagan lo que tengan que hacer”, dijo y se fue. Fierro montó, salió detrás del coche en el que Urbina, herido y débil, intentaba escapar hacia el hospital más cercano. Lo alcanzó en un paraje desolado del camino, bajó del caballo, caminó hasta la portezuela del coche y según las palabras que él mismo usó después, le hizo el favor de ponerlo en descanso, pues iba muy grave.
le disparó el hombre que años antes lo había sacado del anonimato de los rieles, que lo había llevado por primera vez a una hacienda donde se decidiría el rumbo de la revolución, que había sido su mentor, su jefe, su puerta de entrada, a todo lo que vino después. Murió tirado en una cuneta de Durango por la mano del propio Rodolfo Fierro, sin testigos, sin ceremonia, sin piedad.
Cuando Fierro volvió al campamento esa noche, no dijo casi nada, pidió de beber y dejó que la noticia se fuera filtrando entre la tropa. Lo que nadie imaginaba en ese momento era que exactamente 40 días después sería el propio Fierro quien encontraría una muerte aún más extraña.
40 días después de matar a su mentor, Rodolfo Fierro despertó por última vez bajo un cielo gris de Chihuahua. Era el 13 de octubre de 1915. La división del norte, esa fuerza monumental que apenas un año atrás había hecho temblar a México entero, ya no existía. Lo que quedaba eran restos. regimientos descoscidos de caballería, soldados cansados, hombres que arrastraban los pies sobre la nieve endurecida del norte de Chihuahua, marchando hacia Sonora en busca de una última campaña que pudiera revivir lo que ya estaba muerto. a la cabeza de la
columna iba Rodolfo Fierro. A su lado, su asistente personal, el coronel Manuel Mantecón, y junto a Mantecón, un grupo de oficiales leales, entre ellos su cuñado Erran, los pocos que todavía lo seguían sin cuestionar nada. La caballería avanzaba con dificultad. La nieve, endurecida por el frío de la noche anterior, hacía que los caballos resbalaran sobre las rocas.
Algunos animales caían y había que levantarlos con esfuerzo. La marcha era lenta, agotadora, desesperante. A poco trotar de nuevo casas grandes, la columna se topó con un obstáculo, una laguna extensa de aguas mansas, casi una charca enorme construida décadas antes por colonos mormones que habían desviado el río casas grandes para irrigar sus tierras.
El agua, oscura por el frío, parecía un cristal ahumado bajo el cielo plomizo de octubre. A la orilla había un letrero clavado en una estaca de madera, un letrero que el capitán, que iba al frente de la columna, leyó en voz alta para que todos escucharan. Prohibido pasar. Peligro. El grueso de la tropa, al escucharlo, comenzó a desviarse para rodear la laguna por tierra firme.
Era el camino más largo, pero el seguro. Pero Fierro miró el agua. Calculó en la cabeza cuánto tiempo se ahorrarían si la cruzaban en línea recta. Y entonces, según los testigos, levantó la voz para que todos lo escucharan. y dijo una de las frases que pasarían a la historia oral del norte de México. Este es el camino para los hombres que sean hombres y que traigan caballos que sean caballos aplicó las espuelas.
Su caballo entró al agua. Algunos oficiales se quedaron paralizados al verlo. Otros, por orgullo o por miedo a parecer cobardes, intentaron seguirlo unos metros, pero pronto se devolvieron al sentir el lodo blando bajo los cascos de sus monturas. Mantecón, su asistente más cercano, le rogó, “Mi general, está el terreno muy pesado para los caballos.
Mejor regresémonos y demos la vuelta por la orillita.” Fierro avanzó unos minutos, sintió que el lodo era peor de lo que había calculado y volvió. Salió chapoteando, riendo, con los ojos brillantes y la respiración agitada. La adrenalina del cruce le había revuelto la sangre. Pidió otra montura, una yegua a la sana, fresca, de patas más ligeras.
Mantecón insistió, le pidió que abandonara la idea, le rogó. Su cuñado Errán, con quien siempre había tenido buena relación, también le pidió que no insistiera. Fierro los ignoró a todos y dijo, según las crónicas, que recogieron sus últimas palabras audibles, “¿Que rodear? Ni qué demonios, por aquí voy a pasar este charco.
” Volvió a entrar al agua. Esta vez la yegua a la sana avanzó con dificultad desde el primer paso. El lodo del fondo era una trampa. El piso, que parecía firme para un hombre a pieba el peso combinado del animal y del jinete cargado con su pistola, su carrillera, sus botas de cuero pesadas y, según algunas versiones que la leyenda nunca pudo confirmar del todo, una cintura llena de monedas de oro.
A los pocos metros, la yegua perdió el apoyo. Las patas se le hundieron en el sieno y comenzaron a resbalar sobre una formación rocosa que desviaba el agua justo en ese punto. Fierro gritó por una soga. Echen una reata, imbéciles. Los soldados de la orilla intentaron lanzarle cuerdas, pero todas, por algún azar inexplicable, quedaron cortas, demasiado cortas.
Fierro estiró el brazo. Las puntas de las cuerdas golpeaban el agua a centímetros de su mano. La yegua dio una última cabriola, un movimiento desesperado por liberarse de lodo, y al hacerlo, perdió por completo el equilibrio. Cayó sobre fierro, lanzándolo hacia abajo, atrapándolo con su cuerpo bajo el agua. El golpe del animal lo dejó sin sentido.
Solo su sombrero tejano subió a la superficie flotando despacio sobre las aguas mansas, mientras a su alrededor las últimas burbujas iban disminuyendo hasta desaparecer. Sus oficiales paralizados miraron la laguna en silencio durante varios minutos sin pronunciar palabra. Algunos murmuraron en voz baja, lo que cuentan los cronistas que escucharon, lástima de caballo, lástima de oro.
Nadie dijo lástima de hombre. Mientras Rodolfo Fierro se hundía en silencio bajo las aguas de la laguna de los mormones, Pancho Villa estaba a unos kilómetros de ahí, en el campamento principal, de nuevo Casas Grandes, ajeno a todo. Cuando el coronel Manuel Mantecón llegó al cuartel, todavía con el uniforme húmedo y la voz quebrada, Villa estaba revisando mapas para la siguiente etapa de la campaña.
Mantecón se cuadró frente al jefe, tomó aire y dijo, “Mi general, con la novedad de que el general Fierro acaba de morir, Villa levantó la cabeza despacio, frunció el seño y preguntó casi sin entender cómo y dónde le dieron el balazo. No murió de un balazo, mi general murió ahogado. Hubo un silencio largo.
Villa dejó los mapas sobre la mesa. Ahogado. Será ahogado de borracho. No, mi general, se ahogó en la laguna de los mormones. Lo que ocurrió en los siguientes minutos lo cuentan los testigos con el detalle que solo se reserva a los momentos en que la historia se rompe. Villa salió del cuartel sin decir una palabra.
montó a caballo, cabalgó a galope tendido hasta la laguna y al llegar a la orilla, donde todavía se podían ver las huellas de la yegua a la sana, hundiéndose en el sieno, se quedó parado en silencio. Miró el agua durante un tiempo que nadie midió y comenzaron a salirle lágrimas sin solozos, sin gestos, sin teatro, solo lágrimas silenciosas que le bajaban por la cara.
Mientras los oficiales que lo acompañaban se quitaban los sombreros y bajaban la vista por respeto. Y entonces Villa habló, pronunció la frase que abrió este episodio, la frase que la historia conserva como uno de los testimonios más duros de toda la Revolución Mexicana. Nadie en el mundo pudo quitarle la vida a Fierro y este desgraciado charco se la quitó.
Esa noche Villa no durmió. Al día siguiente ordenó que ningún soldado se moviera del lugar hasta que el cuerpo apareciera. Mandó traer cuerdas, ganchos, hombres que supieran nadar. Encargó al general Herrán y a 18 oficiales la tarea de reportarse tres veces al día, día y noche, hasta encontrar al difunto. Pero el cuerpo no aparecía.
Pasaron los días. Varios chinos de casas grandes se ofrecieron a bucear y fracasaron. Las cuerdas no llegaban al fondo. El lodo se tragaba todo lo que se le acercaba. Antes de marchar hacia Agua Prieta, donde lo esperaba la siguiente derrota a manos de Plutarco Elías Calles. Villa dejó una orden específica. Si no encontraban el cuerpo de fierro con los medios disponibles, debían llamar urgentemente a Ciudad Juárez a un hombre llamado Kingo Nonaka.
Kingo Nonaka era un inmigrante japonés nacido en la prefectura de Fukuca que había llegado a México en 1906 a los 16 años. Contratado para trabajar en cultivos de café en Chiapas. En su infancia en Japón había sido pescador de perlas. Había aprendido a contener la respiración bajo el agua durante minutos.
Sabía moverse en el lodo. Conocía las traiciones de los fondos turbios. Para entonces, Nonaca servía como capitán del batallón de sanidad de la división del norte. era amigo personal de Villa. Cuando recibió el llamado, viajó a Casas Grandes y se sumergió durante dos días seguidos en las aguas turbias de la laguna. Al segundo día encontró a Fierro.
Lo encontró en el fondo, cerca del canal donde la corriente formaba un remolino. Tenía los ojos abiertos. Una pierna estaba aplastada bajo el cuerpo de la yegua. Las herraduras del animal habían resbalado sobre una formación rocosa que desviaba el agua y el caballo no había podido levantarse.
Non ató una soga de 50 m a la cintura del cadáver. En la orilla, un caballo jaló lentamente el cuerpo a la superficie. Cuando Fierro emergió, según los testimonios, parecía recién ahogado. La piel intacta, el uniforme casi entero, el sombrero tejano que había flotado dos días antes, ya nadie sabía dónde estaba.
El cuerpo fue trasladado en tren a Ciudad Juárez para la autopsia. Doña Luz Corral, la esposa de Pancho Villa, pidió verlo. Lloró frente al ataúd durante varios minutos. El 21 de octubre de 1915, el cuerpo fue sepultado en el panteón municipal de Chihuahua, en la fosa 86 del lote 8, junto a la tumba de Antonio Villa, hermano del Centauro del Norte.
La muerte de Fierro fue para muchos historiadores el principio del derrumbe definitivo del villismo. Sin él, Villa perdió a su brazo ejecutor más leal. En las semanas siguientes, otros generales desertaron. Las derrotas se sucedieron en Agua Prieta y Hermosillo. Los dorados se dispersaron. La división del norte, que había sido el ejército más temido de México, dejó de existir como fuerza militar real.
En marzo de 1916, en un acto de desesperación, Villa cruzó la frontera y atacó la ciudad de Columbus en Nuevo México. Estados Unidos respondió enviando una expedición punitiva al mando del general John Perching. Villa nunca fue capturado, pero su poder político quedó destruido. 4 años después, cansado, traicionado y solo, se rindió al gobierno mexicano y se retiró a vivir a la hacienda de Canutillo en Durango, donde sería asesinado a tiros en 1923.
La laguna donde murió Rodolfo Fierro hoy lleva su nombre. En el pueblo de Chay, en el municipio de El Fuerte, Sinaloa, donde nació abandonado por su madre indígena, hay un busto de bronce en la plaza principal. Los vecinos lo consideran un hijo ilustre de la región, a pesar de todo, un personaje de la historia, dicen.
Y quizás esa sea la lección más perturbadora de la vida de Rodolfo Fierro, que el hombre que ejecutó a 300 prisioneros en un corral, que mató por una apuesta, que asesinó a su propio mentor, que disparó contra ciudadanos extranjeros y delegados de la convención sin parpadear, terminó vencido por un charco de aguas mansas que tenía un letrero clavado al lado, un letrero que decía peligro y que él, como hizo toda su vida, eligió ignorar.
Tal vez la verdadera historia de Rodolfo Fierro no es la del carnicero que sobrevivió a cientos de batallas, es la del hombre que murió convencido de que ningún obstáculo podía detenerlo hasta que lo detuvo el más simple de todos. Si has llegado hasta aquí, déjame en los comentarios si conocías esta historia. Te sorprende lo que acabas de descubrir sobre uno de los hombres más temidos de la Revolución Mexicana.
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