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“No tengo pa’ el pasaje” — cantó para su mamá en la televisión… y ella estaba viendo desde el rancho

Buenas noches. Eh, ¿cómo te llamas y a qué te dedicas? Crescencio Medina. Soy capturador de pollos en una granja. Capturador de pollos. capturador de Y para quién vas a cantar esta noche, Cresencio para mi mamá. Hace casi dos años que no hablo con ella. ¿Y por qué aquí, Crescencio? ¿Por qué este escenario? Porque no tengo para el pasaje, no tengo teléfono.
Ahorita pensé que si cantaba aquí quizás ella lo ve y así le llega lo que no he podido decirle. El escenario es tuyo, Crescencio. Canta cuando quieras. Nadie en el teatro lo tomó en serio cuando entró. No fue un juicio cruel ni una reacción exagerada. Fue simplemente lo que ocurre cuando alguien que no encaja en el molde de lo que se espera ver en un lugar aparece en ese lugar.
Un hombre de unos 45 años con una camisa de cuadros deslavada, pantalón de mezclilla gastado en las rodillas, zapatos de trabajo con la punta levantada por el uso, las manos grandes encallecidas del tipo que no se forman en una oficina sino afuera, en el frío y en el calor, agarrando cosas pesadas durante muchas horas seguidas.


El cabello peinado con agua, ese peinado específico de los hombres que no tienen peine fino, pero que ese día querían verse presentables. La cara limpia, pero con el color permanente de quien vive y trabaja bajo el sol. caminó hacia el centro del escenario con una lentitud que no era seguridad, sino otra cosa. Era la lentitud de alguien que está haciendo algo que nunca pensó que haría y que está midiendo cada paso porque no quiere equivocarse.
El murmullo del teatro fue discreto. No hubo risas abiertas ni gestos de burla, solo ese sonido específico de la incomodidad colectiva, el de quien no sabe qué esperar y por eso no sabe cómo reaccionar todavía. Rodrigo Vega se inclinó hacia el micrófono con una sonrisa que intentaba ser amable. Buenas noches dijo.
¿Cómo te llamas? El hombre carraspeó levemente antes de responder, como si la voz necesitara un segundo para encontrar su lugar después de no haber hablado en un escenario nunca antes. Cresencio respondió. Crescencio Medina. El nombre cayó en el teatro con la sencillez de algo completamente real. No era un nombre de artista ni un nombre de personaje.
Era el nombre de alguien que nació en un rancho y que lleva ese nombre desde siempre, sin haberlo elegido y sin haberlo cambiado nunca. ¿Y de dónde vienes, Crescencio?, preguntó Carmen Solís con genuina curiosidad. De Guanajuato, respondió él. De un rancho cerca de Penjamo. Trabajo en una granja. Soy capturador de pollos.
El teatro procesó eso en silencio. Rodrigo Vega. abrió levemente los ojos. Capturador de pollos repitió. El hombre asintió sin ninguna incomodidad. Sí. Agarramos los pollos de noche cuando están dormidos con la mano. Es trabajo, respondió simplemente. Algunas risas nerviosas cruzaron el teatro, no malintencionadas. El tipo de risa que sale cuando algo genuinamente inesperado aparece y el cuerpo no sabe cómo procesarlo.
El hombre no reaccionó a las risas, no se puso rojo, ni bajó la mirada, ni hizo ninguno de los gestos defensivos que hace la gente cuando siente que se están riendo de ella. simplemente esperó a que pasaran con la paciencia de alguien que ha aprendido que muchas cosas pasan si uno espera suficiente.
Marco Iváñez se inclinó hacia adelante con la expresión de quien quiere entender algo antes de pronunciarse. ¿Y qué te trae aquí esta noche, Cresencio? El hombre miró al jurado, luego miró al teatro, luego miró sus propias manos por un segundo, esas manos grandes que descansaban s

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