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Adolfo López Mateos: Le Quitó la Electricidad a los Gringos — y Kennedy lo Vigiló como Enemigo

27 de septiembre de 1960, 9 de la noche. Oficinas centrales de Mexican Light and Power Company, Avenida Juárez, Ciudad de México. El teléfono suena. Un ejecutivo estadounidense llamado Robert Mitchell levanta la bocina, escucha 10 segundos. Cuelga, su cara está pálida. Grita a los empleados en inglés. Evacuación inmediata.

 El gobierno acaba de anunciar la expropiación. Tenemos 2 horas. Los empleados se quedan paralizados. 30 años de operación, miles de clientes, 130 millones de dólares en activos. Y alguien acaba de decir que ya no son suyos. Mitchell no espera preguntas. Abre el archivo de contratos confidenciales. Empieza a arrancar páginas, las arroja a la papelera, prende un fósforo, el fuego crece.

 Otro ejecutivo vacía la caja fuerte. documentos financieros, cuentas secretas, en reportes que nunca enviaron al gobierno mexicano, todo al fuego. Afuera, en las calles, la gente empieza a reunirse. Alguien escuchó la noticia en la radio. La luz es nuestra. México acaba de recuperar la electricidad. Dentro de las oficinas, Mitchell observa como 30 años de historia corporativa se convierten en cenizas.

 Agarra el teléfono, llama a la embajada estadounidense, exige que Washington intervenga ahora, mientras esto ocurre, a 3 km de distancia. Palacio Nacional, 11 de la noche. Adolfo López Mateos firma el decreto de nacionalización, 32 páginas de términos legales que tardarán años en resolverse en tribunales internacionales.

 Con esa firma, Mexican Light and Power Company pierde todo. American and Foreign Power Company también. 70 millones de dólares más. Instalaciones, contratos, plantas generadoras en Necaxa, Puebla, torres de alta tensión que cruzan el Valle de México. 200 millones de dólares en total arrebatados a compañías estadounidenses, sin negociación previa, sin consulta a Washington, en plena guerra fría.

 López Mateos cierra la pluma fuente, la coloca sobre el escritorio, mira a sus ministros. Nadie habla, todos saben lo que acaba de pasar. México acaba de hacer algo que ningún presidente se atrevió a hacer desde Lázaro Cárdenas en 1938. Quitarle algo a los gringos. Afuera el Zócalo explota. 50,000 personas llenan la plaza.

 Banderas mexicanas, antorchas, consignas coreadas al unísono. La luz es nuestra. La luz es de México, padres cargando a sus hijos en los hombros, ancianos llorando, jóvenes gritando hasta quedar afónicos, porque para ellos o no, esto no es solo electricidad, es dignidad, es soberanía. Es demostrarle al mundo que México no está en venta. López Mateos sale al balcón presidencial.

 La multitud ruge cuando lo ve. Él levanta la mano. El silencio tarda 30 segundos en llegar. Mexicanos, esta noche hemos dado un paso definitivo. La industria eléctrica ya no pertenece a compañías extranjeras, pertenece a la nación, a ustedes, a sus hijos, a las generaciones que vienen. La plaza explota otra vez. Gritos, sombreros lanzados al aire, abrazo entre desconocidos.

 Pero a 6,000 km de distancia en Washington, alguien no está celebrando. Embajada de Estados Unidos en Ciudad de México, 11:30 de la noche. El embajador Thomas Clifton Man redacta un cable urgente, prioridad máxima. Destinatario: Departamento de Estado, Casa Blanca. Agencia Central de Inteligencia. México ha expropiado todas las propiedades eléctricas estadounidenses sin compensación inmediata. 200 millones de dólares.

López Mateos actuó unilateralmente. Situación crítica. El cable viaja por líneas diplomáticas cifradas. Cruza la frontera, llega a Washington mientras la costa este duerme. Pero hay gente que no duerme, gente que lleva 2 años vigilando cada movimiento de Adolfo López Mateos. Allen Welsh Dules, director de la Agencia Central de Inteligencia.

 El hombre que derrocó gobiernos en Guatemala e Irán, el hermano del secretario de Estado, el arquitecto de operaciones secretas en todo el mundo. Dules tiene un archivo sobre López Mateos, grueso, detallado. Porque México no es un país cualquiera. México comparte 3,000 km de frontera con Estados Unidos.

 Y si México cae al comunismo, la Guerra Fría se pierde en el continente americano. Dules lee el cable, abre el archivo, repasa lo que la CIA sabe. López Mateos declaró públicamente que su gobierno es de extrema izquierda dentro de la Constitución. Se reunió con Fidel Castro en septiembre pasado. Votó contra sanciones a Cuba en la Organización de Estados Americanos.

 mantiene relaciones con la Unión Soviética, reparte tierras a campesinos, apoya sindicatos y ahora expropia propiedades estadounidenses. Exactamente el patrón que siguió Fidel Castro en Cuba antes de declararse comunista abiertamente. Dules toma una decisión, va a ir personalmente a México, va a sentarse frente a López Mateos y le va a dejar algo muy claro.

Hay consecuencias para presidentes que tocan propiedades americanas. Lo que ninguno de ellos sabe todavía es que en 4 meses 100 hombres entrenados por la CIA invadirán Cuba en bahía de cochinos. Una operación que fracasará, que humillará a John Kennedy, pero que enviará un mensaje brutal a toda América Latina.

 Esto es lo que les pasa a los gobiernos que desafían a Washington. Esta es la historia del presidente mexicano que le arrebató la electricidad a los gringos en plena Guerra Fría, de como Adolfo López Mateos nacionalizó 200 millones de dólares en activos mientras Estados Unidos decidía si debía tratarlo como aliado o como enemigo, de cómo el jefe de espías de Kennedy llegó a Los Pinos con una pistola de regalo y una advertencia, y de cómo México caminó en la cuerda floja entre la soberanía y la supervivencia.

durante los años más peligrosos del siglo XX. Pero para entender por qué López Mateos está dispuesto a arriesgarlo todo, hay que volver atrás. No mucho, solo lo suficiente. 26 de mayo de 1910, Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Nace Adolfo López Mateos, familia de clase media. No son ricos, no son pobres.

 Su padre, Mariano Gerardo López, es dentista. Su madre Elena Mateos, maestra rural, tienen suficiente para comer, pero no mucho más. Adolfo crece viendo dos Méxicos diferentes, el México de los ascendados, hombres con trajes europeos, automóviles importados, casas con electricidad privada generada por plantas propias, porque las compañías eléctricas solo dan servicio a quien puede pagar y cobran caro.

 Y el México de los campesinos, sin luz, sin agua corriente, trabajando de sol a sol por centavos. Adolfo tiene 13 años cuando ve algo que lo marca. 1923, un trabajador eléctrico muere electrocutado en Atizapán. Estaba reparando cables de alta tensión para Mexican Light and Power Company. Sin equipo de seguridad, sin entrenamiento adecuado.

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