PARTE 1
Eran las ocho y cuarto de una mañana de martes en Madrid.
El sol empezaba a filtrarse por las persianas de plástico, dibujando rayas de cebra sobre el pasillo de parqué recién acuchillado.
Doña Concha ya estaba en pie, por supuesto.
Doña Concha no entendía el concepto de “despertador” porque ella tenía un reloj biológico ajustado a las campanas de una iglesia que ya ni siquiera existía.
Llevaba puesta su bata de boatiné, esa prenda que en España es el uniforme oficial de las generales de brigada domésticas.
Caminaba por la casa con el sigilo de un ninja que busca una mota de polvo fuera de lugar.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Elena, su nuera.
Elena, que seguía dormida, o al menos eso creía ella, ignoraba que el juicio final estaba a punto de comenzar a pocos metros de su almohada.
Concha suspiró con una profundidad que habría apagado las velas de una catedral.
Aquel suspiro no era solo aire saliendo de los pulmones; era una crítica social completa a la juventud actual.
Entró en la cocina, donde la cafetera italiana empezaba a emitir ese gorgoteo ronco que es el sonido oficial de la supervivencia en la península.
El olor a café recién hecho inundó el espacio, mezclándose con el aroma de las tostadas que Concha ya estaba preparando.
Ella no desayunaba, ella “se mantenía”, que es una forma mucho más digna de decir que comía dos galletas María mojadas en leche caliente.
Elena apareció en el umbral de la cocina, con el pelo como si hubiera sobrevivido a un huracán de fuerza cinco.
Llevaba un pijama de algodón con dibujos de aguacates, algo que a Concha le parecía una excentricidad de gente que no tiene nada mejor que hacer.
—Buenos días, Concha —dijo Elena, con una voz que parecía haber sido arrastrada por un camino de grava.
—Buenos días nos dé Dios, si es que tiene a bien con los tiempos que corren —respondió la suegra, sin girarse.
El tono de Concha era el de una mujer que acaba de descubrir un pecado capital en el fregadero.
Elena se sirvió una taza de café, ignorando la tensión eléctrica que recorría los azulejos.
Sabía que algo pasaba.
Siempre pasaba algo.
Si no era el suavizante, era la marca de los garbanzos, y si no, era el orden de los imanes en la nevera.
Concha se dio la vuelta lentamente, sujetando un trapo de cocina como si fuera un estandarte de guerra.
—He pasado por delante de tu cuarto —empezó Concha, dejando la frase suspendida en el aire, como una amenaza.
Elena cerró los ojos y dio un sorbo largo al café, esperando que la cafeína le diera los superpoderes necesarios para no entrar en combate.
—¿Y bien? —preguntó Elena, tratando de mantener un tono neutral.
—Y bien, dice la criatura —murmuró Concha dirigiéndose a un santo invisible que siempre parecía estar en el techo.
—¿Te vas de casa sin hacer la cama? —soltó al fin, con la indignación de quien presencia un sacrilegio.
Elena suspiró, sintiendo que el día ya se le estaba haciendo cuesta arriba antes incluso de ducharse.
—No me voy todavía, Concha, solo he venido a por café.
—Ya, pero las sábanas están ahí, revueltas, que parece que habéis peleado contra un tigre de bengala en lugar de dormir.
Concha dejó el trapo sobre la encimera con una precisión quirúrgica.
—¡Parece una leonera! —exclamó, usando la palabra favorita del diccionario de las madres españolas.
Para Concha, una cama sin hacer era el primer paso hacia el colapso de la civilización occidental.
Era el caos, la anarquía, el fin de la decencia.
Elena dejó la taza sobre la mesa de madera y se cruzó de brazos, intentando invocar la paciencia de un monje budista.
—Hay que dejar que se airee un poco, suegra —explicó, con la calma de quien explica la teoría de la relatividad a un niño de cinco años.
—Hacerla nada más levantarse es de antiguos, lo dicen todos los expertos ahora.
Concha arqueó una ceja con tal fuerza que casi se le pierde en el nacimiento del pelo.
—¿Expertos? ¿Qué expertos? ¿Esos que salen en la tele con barba y gafas de pasta que no han cogido una escoba en su vida?
—No, Concha, expertos en higiene, en ácaros, en salud ambiental.
—Ácaros —repitió Concha, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero.
—En mis tiempos no había ácaros, había gente limpia y gente que no lo era.
Elena sonrió con ironía, apoyándose en la encimera.
—En sus tiempos los había igual, pero como no se veían, pues ojos que no ven, corazón que no siente.
—Mira, hija, lo que yo siento es que esa habitación da vergüenza verla.
—Si se hacen las sábanas al momento, atrapas toda la humedad del cuerpo y el calor, y ahí es donde los bichitos hacen su agosto.
—Bichitos —bufó Concha, indignada.
—Ahora resulta que mi casa es un zoológico por tener la cama hecha antes de las nueve de la mañana.
Concha empezó a gesticular con las manos, dibujando círculos en el aire.
—Es de gente ordenada, nada más, de toda la vida de Dios.
—Mi madre hacía la cama antes de que se enfriaran los muelles, y aquí me tienes, más sana que una pera.
—Su madre vivía en otra época, Concha, y probablemente no sabía lo que sabemos hoy sobre la ventilación de los tejidos.
—Sabía lo que era la decencia, Elena, que es algo que no viene en los libros de esos expertos tuyos.
La tensión en la cocina era tan espesa que se hubiera podido cortar con el cuchillo del pan.
Fuera, en la calle, el ruido de los coches empezaba a arreciar, pero dentro de aquel piso, el mundo se había detenido en el debate sobre una colcha de piqué.
Elena sabía que esto era solo el principio de una batalla de desgaste.
Concha no se rendía nunca.
Podía estar horas hablando de la importancia de un embozo bien doblado.
Para ella, la cama era el epicentro del hogar, el altar de la familia.
Para Elena, era un mueble funcional que necesitaba ventilación mecánica y estratégica.
—Me vas a decir a mí —continuó Concha— que dejar eso así, con las almohadas por el suelo y la sábana bajera medio suelta, es “saludable”.
—Las almohadas no están por el suelo, están en su sitio, pero destapadas.
—Destapadas, sí, como si vivieras en una pensión de mala muerte en la Gran Vía.
Concha se acercó un paso más, bajando el tono de voz para darle más dramatismo a su discurso.
—Si viniera alguien y viera eso, ¿qué pensaría de esta casa?
—¿Quién va a venir a las ocho de la mañana, Concha? ¿La inspección de sanidad de la ONU?
—Nunca se sabe quién puede llamar a la puerta, Elena, que la vida da muchas vueltas.
—Pues si alguien viene y se escandaliza por una cama sin hacer a esta hora, es que tiene muy poco que hacer en su vida.
—Lo que tiene es educación, que es lo que falta hoy en día a raudales.
Concha empezó a recoger las migas de las tostadas con una servilleta, con movimientos rápidos y nerviosos.
—Hacer la cama te amuebla la cabeza, te prepara para el día, te da una estructura.
—A mí lo que me da estructura es el café y saber que no tengo millones de ácaros reproduciéndose bajo mi edredón.
—Esos bichos te los has inventado para justificar que te da pereza estirar la manta —sentenció la suegra.
—No es pereza, es ciencia —insistió Elena, aunque sabía que la palabra “ciencia” para Concha era equivalente a “cuento chino”.
—Ciencia es que si no haces la cama, la casa parece un desguace de colchones.
Concha se detuvo y miró fijamente a su nuera.
—Es de gente ordenada, nada más.
—Y ser ordenada no está reñido con ser moderna, ¿sabes?
—Pero ser moderna parece que sí está reñido con tener las sábanas tirantes como la piel de un tambor.
Elena suspiró de nuevo, mirando al techo, pidiendo fuerzas.
Sabía que la conversación estaba entrando en un bucle del que solo se salía por la puerta de la calle.
Pero Concha aún no había terminado.
Tenía mucha artillería guardada en el bolsillo de su bata.
PARTE 2
La cafetera terminó su último suspiro, dejando un silencio denso en la cocina.
Concha no quitaba la vista de Elena, que seguía intentando disfrutar de su café como si no estuviera en medio de un interrogatorio de la Gestapo doméstica.
—¿Y tu madre qué dice de esto? —preguntó Concha, sacando el arma definitiva: la comparación familiar.
Elena casi se atraganta.
—¿Mi madre? Mi madre hace lo que le da la gana en su casa, Concha.
—Seguro que ella la hace nada más levantarse, porque es una mujer de su tiempo, de las que saben llevar un hogar.
—Pues fíjese, que mi madre ahora lee los mismos artículos que yo y dice que toda la vida ha estado trabajando para los ácaros.
Concha hizo una mueca de asco, como si le hubieran sugerido comer sushi del supermercado.
—Válgame el cielo, lo que hay que oír, que hasta las mujeres de provecho se están volviendo locas con internet.
—No es internet, es sentido común —replicó Elena, empezando a perder la paciencia.
—Sentido común es no tener que cerrar la puerta del cuarto para que no se te caiga el alma a los pies cuando pasas por el pasillo.
Concha se acercó a la mesa y se sentó frente a Elena, adoptando una postura de confesionario.
—Escúchame una cosa, hija mía, que te lo digo por tu bien.
—Una casa sin las camas hechas es una casa sin alma.
—Es como salir a la calle sin peinarse o sin ponerse los zapatos.
—No es lo mismo, Concha, porque la cama no sale a la calle conmigo.
—Sale en tu actitud, Elena, sale en tu energía.
—Si dejas la cama sin hacer, el resto del día va a ser un despropósito.
Elena dejó la taza con un golpe seco sobre la mesa.
—¿De verdad cree que mi rendimiento laboral o mi felicidad dependen de si la sábana bajera tiene una arruga o no?
—No es una arruga, es el concepto —insistió Concha, levantando un dedo índice acusador.
—El concepto de que las cosas se terminan cuando se empiezan.
—Dormir se termina cuando te levantas, y el acto de dormir se cierra haciendo la cama.
—Es como un círculo, ¿entiendes? Si no la haces, el círculo se queda abierto y por ahí se escapa la buena suerte.
Elena no pudo evitar soltar una carcajada, lo cual fue un error táctico de dimensiones épicas.
Concha se puso rígida como un palo de escoba.
—¿Te ríes? ¿Te parece gracioso que me preocupe por la armonía de este piso?
—Me parece gracioso que relacione la buena suerte con un edredón de Ikea, Concha.
—¡Pues más te valdría creer en algo, que así os va a los jóvenes!
Concha se levantó de la silla con una agilidad sorprendente para su edad.
—¡Treinta años haciendo la cama cada mañana, llueva o truene, y nunca nos ha faltado de nada!
—Tampoco nos ha faltado de nada porque hemos trabajado como mulas, no por las sábanas —murmuró Elena.
—Todo va unido, Elena, todo va unido en este mundo.
Concha empezó a caminar de un lado a otro de la cocina, como un león enjaulado en un zoológico de azulejos blancos.
—Y luego está el tema de las visitas.
—¿Qué visitas, Concha? ¡Que son las ocho y cuarto!
—Imagina que tengo un mareo, que me da un aire y tienes que llamar a los de la ambulancia.
—Vienen los enfermeros, entran para llevarme o para asistirme, y ven esa leonera…
—¿Tú crees que van a pensar que eres una experta en ácaros?
—¡No! Van a pensar que aquí vive gente descuidada que no tiene respeto por el orden.
Elena se llevó las manos a la cabeza, frotándose las sienes.
—Concha, por favor, si usted tiene un mareo, lo último que me va a importar es lo que piense el de la ambulancia de mi edredón.
—A ti no, pero a mí sí, que yo tengo una reputación que mantener en este barrio.
—Que aquí nos conocemos todos y las noticias vuelan más rápido que el camión de la basura.
Concha se detuvo frente a la ventana que daba al patio interior.
—Mira a la de enfrente, a la Mari Pili.
—Esa mujer es un desastre para muchas cosas, pero a las ocho y diez tiene las sábanas colgando de la ventana para que se aireen, de verdad, no como tú dices.
—¡Las saca fuera! ¡Eso sí es airear!
—Y luego, a las ocho y media, ya tiene la colcha puesta y los cojines colocados por colores.
Elena miró por la ventana, viendo el patio grisáceo y las cuerdas de tender vacías en la mayoría de los pisos.
—Pues Mari Pili lo que tiene es mucho tiempo libre y una obsesión enfermiza por el qué dirán.
—Lo que tiene es primor, Elena, primor.
La palabra “primor” era otra de esas armas arrojadizas que Concha manejaba con maestría.
Era un concepto abstracto que englobaba la limpieza, el orden, la cocina tradicional y la capacidad de tener las toallas del baño siempre esponjosas.
—Yo no aspiro a tener primor, Concha, aspiro a no tener asma por culpa de los bichos que usted quiere encerrar bajo la manta.
—¡Que no hay bichos! —gritó Concha, perdiendo un poco la compostura.
—¡Que en esta casa se limpia con lejía hasta el aire que se respira!
—La lejía no mata lo que está dentro del colchón si usted le pone una tapa encima nada más levantarse.
—Es como ponerle una tapa a una olla de agua hirviendo, se queda todo el vapor dentro.
Concha se cruzó de brazos y miró a Elena con una mezcla de lástima y desprecio.
—Tú y tus metáforas modernas…
—Al final, lo que pasa es que sois una generación de blandos.
—Os da pereza hacer un esfuerzo de dos minutos por la mañana y lo llamáis “salud”.
—No es pereza, le repito que es un cambio de hábitos basado en la evidencia.
—Evidencia es que yo entro en tu cuarto y me dan ganas de llorar —sentenció Concha.
En ese momento, apareció en la cocina Sergio, el hijo de Concha y marido de Elena.
Sergio traía la cara de alguien que ha escuchado la discusión desde la cama y ha decidido que el mundo es un lugar hostil.
—¿Ya estamos otra vez con la cama? —preguntó Sergio, dirigiéndose directamente a la cafetera.
—Díselo tú, hijo, díselo a tu mujer —dijo Concha, buscando un aliado.
—Dile que se va a llenar la casa de alimañas por no estirar las sábanas.
Sergio miró a Elena, que le lanzó una mirada de “como te ocurra darles la razón, duermes en el sofá (y sin hacer)”.
—Mamá, deja a Elena, que tiene razón con lo de que es mejor esperar un poco.
Concha dio un paso atrás, llevándose la mano al pecho como si hubiera recibido un disparo.
—¿Tú también, hijo mío? ¿Tú también contra tu madre y contra el orden natural de las cosas?
—No es contra ti, mamá, es que los tiempos cambian.
—¡Los tiempos cambian, pero la suciedad sigue siendo suciedad! —exclamó Concha con voz trémula.
—Me habéis salido todos científicos de repente.
—Pues que sepáis que el día que los ácaros esos tomen el mando de la casa, no vengáis a pedirme ayuda con el aspirador.
Concha salió de la cocina con la dignidad herida, haciendo que las faldas de su bata ondearan como una bandera de retirada.
Elena y Sergio se quedaron solos en medio del silencio tenso que deja una madre indignada.
—Te has pasado un poco con lo de la olla hirviendo —susurró Sergio.
—Y ella se ha pasado con lo de la leonera y la inspección de sanidad —respondió Elena.
Pero ambos sabían que la guerra no había terminado.
Solo se había trasladado al pasillo.
PARTE 3
El sonido de la aspiradora empezó a rugir en el pasillo como un avión despegando en medio del salón.
Era la respuesta de Concha: la agresión pasiva a través de la limpieza profunda.
Elena se terminó el café de un trago, sintiendo que la vibración del suelo le llegaba hasta los dientes.
—No puede ser —dijo Elena, mirando a Sergio—. Va a entrar en el cuarto.
—No entrará, sabe que es nuestro territorio —respondió Sergio, aunque sin mucha convicción.
—¿Que no? Conozco ese tono de aspiradora, es la “aspiradora de la venganza”.
Efectivamente, el ruido se detuvo justo frente a la puerta del dormitorio principal.
Se oyó el clic de la puerta abriéndose.
Elena se levantó de la silla como impulsada por un resorte.
Corrió hacia la habitación y se encontró a Concha de pie en medio del cuarto, con el tubo de la aspiradora en una mano y la otra en la cintura.
—¿Qué hace, Concha? —preguntó Elena, tratando de mantener la voz firme.
—Iba a pasar la máquina, que aquí hay más pelusas que en una fábrica de alfombras.
—Le he dicho que de momento no se toque la habitación, que estoy ventilando.
—¡Ventilando! —Concha señaló la ventana abierta de par en par—. Con el frío que hace, vas a dejar la casa como un iglú.
—Y mientras ventilas el aire, se te crían las malvas en el colchón.
Concha miró la cama con una mezcla de horror y fascinación, como si estuviera viendo un accidente de tráfico.
—Mira eso, Sergio —dijo, al ver que su hijo también llegaba a la puerta.
—¿Cómo podéis dormir así? Si parece que habéis estado haciendo lucha canaria.
Elena entró en la habitación y se puso entre Concha y la cama.
—Concha, de verdad, es solo una cama sin hacer. No es un drama nacional.
—Es un síntoma, Elena. Un síntoma de que el mundo se va al garete.
—Empezáis por no hacer la cama, luego no fregáis los platos después de cenar, y acabáis viviendo en una comuna de esas donde nadie se ducha.
Elena no pudo evitar soltar una risotada ante la escalada lógica de su suegra.
—¿De la cama sin hacer a una comuna hippie? ¡Eso es un salto importante, Concha!
—No te rías, que así se empieza. El orden externo es el reflejo del orden interno.
Concha soltó el tubo de la aspiradora, que cayó al suelo con un estrépito metálico.
—Yo a vuestra edad tenía la casa como un espejo a las siete de la mañana.
—Y a las ocho ya tenía la comida puesta, la ropa planchada y a Sergio vestido de marinero para el colegio.
—Y estaba usted agotada y de mal humor, probablemente —apuntó Elena.
—¡Estaba orgullosa! —replicó Concha, con los ojos brillantes.
—Orgullosa de que mi casa fuera un hogar, no un campamento de refugiados.
Sergio intentó mediar, poniendo una mano en el hombro de su madre.
—Mamá, nadie dice que tu trabajo no fuera importante, pero ahora tenemos otras prioridades.
—¿Prioridades? ¿Y cuáles son esas prioridades? ¿Mirar el móvil mientras los ácaros se celebran una fiesta en tu almohada?
—Es que es increíble —continuó Concha, volviéndose hacia Elena—. Te vas a trabajar y dejas esto así.
—¿Y si te pasa algo por la calle?
—¿Y si tienen que traer tu cuerpo y meterlo en esta habitación?
Elena se quedó boquiabierta.
—¿Me está diciendo que tengo que hacer la cama por si me muero hoy?
—Es una posibilidad —dijo Concha con una seriedad que daba escalofríos—. Hay que estar siempre preparada.
—La muerte no avisa, pero la cama sí dice mucho de quién eras.
—”Aquí yace Elena, buena persona, pero dejó la colcha hecha un higo” —ironizó la nuera.
—No te lo tomes a broma, que la dignidad se mantiene hasta en el último momento.
Concha se acercó a la cama y, en un movimiento rápido como el de una cobra, agarró una esquina de la sábana bajera.
—¡No la toque! —gritó Elena, casi por instinto.
Concha se detuvo, sorprendida por el arrebato.
—Solo iba a estirarla un poco, hija, que me da ansiedad ver ese doblez.
—Déjela. Quiero que se airee. Según el estudio que leí, necesita al menos dos horas de exposición al aire para que la humedad se evapore.
—Dos horas… —susurró Concha—. En dos horas se me han quitado a mí las ganas de vivir viendo este desorden.
La suegra se retiró unos pasos, mirando la habitación como si estuviera contaminada por residuos radiactivos.
—Y luego está el tema de los cojines.
—¿Qué pasa con los cojines? —preguntó Sergio, temiendo lo peor.
—Que para qué tenéis tantos si luego los dejáis ahí, amontonados como si fueran sacos de patatas.
—Los cojines dan alegría, dan sensación de que aquí vive gente con gusto.
—Pero si los dejas así, parecen los restos de una barricada.
Concha empezó a señalar diferentes puntos de la habitación con el dedo.
—Esa silla con ropa encima.
—Esa mesilla con tres libros y un vaso de agua a medias.
—Y esa cama… esa cama que parece el escenario de una película de guerra.
Elena se sentó en el borde de la cama, desafiando las leyes de la ventilación.
—Es nuestra habitación, Concha. Nuestra paz y nuestro desorden.
—Vuestra perdición, diría yo —sentenció la suegra.
—Porque el que se acostumbra a vivir entre sábanas revueltas, acaba por tener las ideas revueltas.
—¿Tú crees que los grandes hombres de la historia dejaban la cama sin hacer?
—Probablemente tenían criadas que se la hacían, Concha —respondió Elena con sequedad.
—Pues yo soy la criada de esta casa ahora, por lo que se ve, porque si no entro yo aquí, esto se convierte en una selva.
—¡Nadie le ha pedido que sea la criada! —exclamó Sergio—. Le pedimos que sea la abuela y que disfrute.
—¿Disfrutar? ¿Cómo voy a disfrutar sabiendo que bajo este techo hay ácaros campando a sus anchas porque mi nuera es “científica”?
Concha se cruzó de brazos, triunfante tras haber recuperado su argumento principal.
—Es de gente ordenada, nada más.
—Y no me vais a convencer de lo contrario ni con mil artículos de esos de internet.
—Hacer la cama es un acto de respeto hacia uno mismo.
—Es decirse: “Hoy voy a controlar mi vida, empezando por mis sábanas”.
Elena miró a Concha y, por un momento, vio la sinceridad en sus ojos.
Para aquella mujer, la cama no era solo tela y muelles.
Era el último bastión de un mundo que entendía, un mundo donde las reglas eran claras y el esfuerzo se medía en la ausencia de arrugas.
Pero eso no significaba que Elena fuera a ceder.
—Entiendo lo que dice, Concha, de verdad.
—Pero entienda usted que para mí, el respeto es cuidar mi salud y no seguir tradiciones que hoy sabemos que no son tan buenas como creíamos.
—Salud… —murmuró Concha—. Si las sábanas pudieran hablar, te dirían que lo que quieren es que las traten con cariño, no que las dejes ahí tiradas como si no fueran con nadie.
La suegra suspiró y dio media vuelta, dirigiéndose de nuevo hacia la aspiradora.
—Haced lo que queráis.
—Pero luego no os quejéis si empezáis a estornudar o si la suerte os da la espalda.
—Yo ya he cumplido con mi deber de avisar.
El motor de la aspiradora volvió a rugir, esta vez alejándose hacia el salón, dejando tras de sí un rastro de olor a polvo y obstinación.
PARTE 4
Pasaron dos horas.
El tiempo exacto que, según el manual de Elena, era necesario para que los ácaros murieran de aburrimiento o de sequedad ambiental.
La casa estaba inusualmente silenciosa.
Concha se había refugiado en la terraza, “a que le diera el aire”, aunque todos sabían que estaba vigilando si los vecinos hacían sus camas o no.
Elena entró en la habitación.
El aire estaba fresco, limpio.
Se acercó a la cama y empezó a estirar las sábanas con una parsimonia casi ritual.
No lo hacía por miedo a los enfermeros de la ambulancia, ni por la buena suerte.
Lo hacía porque, en el fondo, el caos visual también le agotaba un poco.
Estiró la sábana bajera, eliminando cualquier rastro de la batalla nocturna.
Colocó la sábana encimera con un doblez perfecto, de esos que Concha aprobaría con un aprobado raspado.
Luego extendió el edredón nórdico, alisándolo con las palmas de las manos.
Por último, colocó los cojines.
Primero los grandes, luego los pequeños, alternando colores como si estuviera componiendo un bodegón.
Dio un paso atrás y observó el resultado.
La habitación parecía otra.
Había una paz inmediata que emanaba de la superficie lisa de la cama.
En ese momento, Concha apareció en la puerta, con las manos entrelazadas sobre su bata.
No dijo nada.
Simplemente observó la cama con la mirada de un crítico de arte ante una obra maestra recién descubierta.
Se acercó lentamente, como si no quisiera romper el hechizo.
Pasó la mano por el edredón, comprobando la tensión de la tela.
—Ves… —susurró Concha, con una voz mucho más suave—. ¿A que ahora te sientes mejor?
Elena sonrió, cansada de luchar.
—Me siento mejor porque han pasado las dos horas, Concha.
—Te sientes mejor porque has puesto orden en tu mundo, aunque no lo quieras reconocer.
Concha sacó un pequeño frasco de su bolsillo y roció un poco de agua de colonia sobre la colcha.
—Para que huela a limpio de verdad.
—Ahora sí que da gusto entrar aquí.
—Si viniera el rey ahora mismo, podría sentarse en esta cama sin pasar vergüenza.
—Espero que el rey tenga cosas mejores que hacer que sentarse en mi cama, suegra —bromeó Elena.
—Nunca se sabe, hija, que la vida es muy caprichosa.
Ambas se quedaron mirando la cama un momento más, unidas por aquel rectángulo de tela perfectamente estirado.
—¿Sabes qué hacía mi abuela? —preguntó Concha, con un tono nostálgico.
—Metía una rama de lavanda entre las sábanas para que los sueños fueran dulces.
—Decía que una cama bien hecha era el mejor remedio contra las pesadillas.
Elena asintió, dándose cuenta de que para Concha, el orden era su forma de magia protectora.
—Bueno —dijo Concha, recuperando su tono de mando—. Ahora que hemos arreglado este desastre, vamos a ver qué hacemos con los armarios, que he visto que tienes las camisetas hechas un higo.
Elena puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡Ni hablar, Concha! Los armarios son terreno sagrado.
—Sagrado dice… si parece que las has tirado con catapulta.
Ambas salieron de la habitación, dejando atrás la cama impecable, bañada por la luz del mediodía.
En el pasillo, Sergio las miró pasar, sorprendido de verlas caminar juntas sin que saltaran chispas.
—¿Habéis firmado la paz? —preguntó Sergio.
—Hemos llegado a un armisticio técnico —respondió Elena.
—He salvado su alma de los ácaros y ella ha salvado la mía del desorden —añadió Concha con un guiño.
La suegra se dirigió a la cocina, probablemente para inspeccionar el estado de los cubiertos.
Elena se quedó un momento mirando hacia su cuarto.
Quizás Concha tenía un poco de razón.
Quizás el orden ayudaba a centrar la mente.
O quizás, simplemente, era más fácil hacer la cama que aguantar un seminario de tres horas sobre la decencia doméstica.
Al final del día, la cama volvería a deshacerse.
Los ácaros volverían a su hogar cálido.
Y a la mañana siguiente, la batalla comenzaría de nuevo con el primer gorgoteo de la cafetera.
Porque en España, una casa no es solo un sitio donde se vive.
Es un campo de batalla donde se lucha por el honor de un embozo bien puesto.
Concha volvió a asomar la cabeza por el pasillo.
—¡Y que no se me olvide! —gritó—. Mañana, las sábanas se cambian, que ya toca.
Elena suspiró y miró a Sergio, que solo pudo encogerse de hombros.
—Bienvenida a la resistencia —susurró él.
La guerra de las sábanas era una guerra de desgaste, pero al menos, ahora, el campo de batalla olía a lavanda y a colonia de baño de toda la vida.
¿Y vosotros qué hacéis?
¿Sois de los que saltan de la cama y la dejan niquelada antes de que se enfríe el colchón?
¿O sois de la resistencia científica que deja que los ácaros se deshidraten bajo la luz del sol?
Sea como sea, aseguraos de que, si viene la ambulancia, al menos los cojines estén por colores.
Por si acaso.