Posted in

Eran las ocho y cuarto de una mañana de martes en Madrid.

PARTE 1

Eran las ocho y cuarto de una mañana de martes en Madrid.

El sol empezaba a filtrarse por las persianas de plástico, dibujando rayas de cebra sobre el pasillo de parqué recién acuchillado.

Doña Concha ya estaba en pie, por supuesto.

Doña Concha no entendía el concepto de “despertador” porque ella tenía un reloj biológico ajustado a las campanas de una iglesia que ya ni siquiera existía.

Llevaba puesta su bata de boatiné, esa prenda que en España es el uniforme oficial de las generales de brigada domésticas.

Caminaba por la casa con el sigilo de un ninja que busca una mota de polvo fuera de lugar.

Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Elena, su nuera.

Elena, que seguía dormida, o al menos eso creía ella, ignoraba que el juicio final estaba a punto de comenzar a pocos metros de su almohada.

Concha suspiró con una profundidad que habría apagado las velas de una catedral.

Aquel suspiro no era solo aire saliendo de los pulmones; era una crítica social completa a la juventud actual.

Entró en la cocina, donde la cafetera italiana empezaba a emitir ese gorgoteo ronco que es el sonido oficial de la supervivencia en la península.

El olor a café recién hecho inundó el espacio, mezclándose con el aroma de las tostadas que Concha ya estaba preparando.

Ella no desayunaba, ella “se mantenía”, que es una forma mucho más digna de decir que comía dos galletas María mojadas en leche caliente.

Elena apareció en el umbral de la cocina, con el pelo como si hubiera sobrevivido a un huracán de fuerza cinco.

Llevaba un pijama de algodón con dibujos de aguacates, algo que a Concha le parecía una excentricidad de gente que no tiene nada mejor que hacer.

—Buenos días, Concha —dijo Elena, con una voz que parecía haber sido arrastrada por un camino de grava.

—Buenos días nos dé Dios, si es que tiene a bien con los tiempos que corren —respondió la suegra, sin girarse.

El tono de Concha era el de una mujer que acaba de descubrir un pecado capital en el fregadero.

Read More