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🇲🇽🚨PUEBLA EN SHOCK: MURCIÉLAGOS DESCUBREN “NARCO-CATACUMBAS” BAJO CEMENTERIO: CRIPTAS COMO BÚNKERS

El enterrador llevaba 32 años cabando tumbas en ese cementerio. Conocía cada rincón, cada cripta, cada lápida. Sabía dónde estaba enterrado el alcalde que murió en los años 80. Sabía cuáles eran las tumbas que nadie visitaba desde hacía décadas. Sabía dónde se encharcaba el agua en temporada de lluvias y dónde la tierra era más blanda para excavar.
Se llamaba, o al menos así lo registraron, don Refugio, 67 años. Empezó a trabajar en el cementerio a los 35, cuando su primo, que era el enterrador anterior, murió de un infarto a mitad de una excavación y alguien tuvo que terminar la fosa para enterrar al muerto que esperaba. Don Refugio terminó la fosa y se quedó.
32 años después había enterrado a más de 100 personas. Conocía a cada muerto por nombre. Aquí está doña Petra, decía cuando pasaba frente a una tumba. Allá don Juvencio. Más adelante los tres hermanitos que se murieron de sarampión en el 95. El cementerio era su casa, su mundo, su responsabilidad. Don Refugio vivía solo.
Su esposa murió hace 9 años y está enterrada en el mismo cementerio donde él trabaja. Todos los días, antes de empezar su jornada, pasaba a la tumba de su esposa, le dejaba una flor cortada del jardín y le platicaba de los pendientes del día. “Hoy tenemos entierro a las 11, vieja”, le decía. Es la mamá de los Hernández. Le voy a hacer una fosa bonita.
El día que se le hundió el piso, don Refugio estaba preparando una fosa a 20 m de la tumba de su esposa. Cuando la tierra se dio y vio el corredor iluminado debajo, lo primero que pensó no fue en el narco. Lo primero que pensó fue en su esposa. Se preguntó si debajo de su tumba también había algo.


Se preguntó si los restos de la mujer que amó durante 40 años descansaban sobre un corredor con loseta y luces LED donde dormían sicarios. no dormían debajo de ella. La tumba de la esposa de don Refugio estaba en la sección nueva del cementerio, lejos de las criptas antiguas. Pero el miedo de que los sicarios hubieran profanado la tumba de su esposa fue lo que llevó a don Refugio a reportar directamente a los marinos en lugar de al municipio.
“Si me voy con el presidente municipal no va a pasar nada”, dijo. “Pero si me voy con los marinos, alguien va a pagar por lo que le hicieron a mi cementerio.” “Su cementerio.” Don Refugio lo dice así, mi cementerio. Porque después de 32 años cabando tumbas, regando flores, limpiando lápidas y platicando con los muertos como si fueran vecinos, ese cementerio es suyo más que de nadie.
Y que alguien haya construido un cuartel del narcotráfico debajo de su cementerio es, para don Refugio, una ofensa personal que va más allá de lo legal o lo moral. Es una violación de su hogar. 32 años abriendo hoyos de 2 m de profundidad para meter cajones con muertos adentro. Era el hombre que más sabía sobre ese cementerio y ni siquiera él sabía lo que había debajo.
Lo descubrió porque se le hundió el piso. Estaba preparando una fosa en el sector más antiguo del cementerio, la zona de las criptas del siglo XIX que ya nadie reclama, donde las lápidas están torcidas y los nombres se borraron con la lluvia de 100 años. Clavó la pala. sacó tierra, clavó de nuevo, sacó más tierra.
Al tercer palaz suelo se dió, no como cuando encuentras un entierro viejo y el cajón podrido se desmorona. se dio hacia abajo, como si debajo de la tierra hubiera un espacio vacío, un hueco. La pala desapareció en la oscuridad y el enterrador tuvo que soltar el mango para no caerse. Se asomó al agujero, oscuridad, aire frío que subía desde abajo con un olor diferente al de la tierra mojada y los restos humanos que estaba acostumbrado a oler.
un olor a concreto, a humedad de construcción nueva, a algo que no correspondía con un cementerio del siglo XIX, el enterrador bajó a buscar una linterna, volvió, se arrodilló junto al agujero, encendió la linterna y la metió en la oscuridad. Lo que vio le heló la sangre. Debajo de las tumbas, debajo de los huesos de los muertos del siglo XIX, debajo de las raíces de los cipreses que flanquean los pasillos del cementerio, había un corredor, un corredor de paredes de concreto con piso de loseta, iluminado con tiras de LED pegadas al techo, que
se extendía en ambas direcciones más allá de lo que la linterna podía iluminar. Y en las paredes del corredor, a intervalos regulares, había puertas, puertas metálicas con cerraduras, como las puertas de un hotel o de una prisión o de un búnker. El enterrador salió corriendo del cementerio, no fue a la policía, no fue al municipio, fue directamente a la base naval más cercana.
Porque en Puebla, como en tantos estados de México, la gente que quiere denunciar algo grave no confía en la policía local, confía en los marinos, en los soldados, en las instituciones federales que con todos sus defectos al menos no trabajan directamente para el cártel que controla el municipio. Los murciélagos llegaron al cementerio esa misma noche.
Lo que encontraron debajo de las tumbas cambió la lectura del conflicto en Puebla para siempre. Debajo del sector más antiguo del cementerio municipal, el CJNG había construido un sistema de catacumbas, no catacumbas históricas, catacumbas nuevas excavadas en los últimos dos años debajo de un cementerio activo, donde cada semana se entierran muertos y cada domingo los deudos llevan flores a las tumbas de sus familiares.
Un sistema de corredores subterráneos y habitaciones que se extendía por debajo de las criptas antiguas. Usando las propias criptas como puntos de acceso y como camuflaje, 73 personas fueron detenidas en las catacumbas y en las áreas circundantes del cementerio. 73 sicarios del CJNG que operaban literalmente desde los muertos y lo que encontraron en las habitaciones de las catacumbas, cómo habían integrado las criptas del siglo XIX con la construcción nueva y lo que los detenidos revelaron sobre el uso de los
cementerios como infraestructura criminal en Puebla. Eso es lo que convierte este caso en uno de los más macabros y más reveladores de toda la serie que hemos cubierto. Antes de describir las catacumbas, necesito darte contexto sobre la guerra que se pelea en la sierra norte de Puebla. Porque las catacumbas no existen en un vacío.
Son parte de una ofensiva territorial que el CJO TNG está ejecutando en una de las regiones más marginadas de México. La sierra norte de Puebla ha sido un campo de batalla silencioso durante los últimos años. Silencioso porque los medios nacionales casi no lo cubren. Silencioso porque los muertos de la sierra no generan las mismas noticias que los de Guadalajara o Guanajuato.
Silencioso porque las comunidades indígenas nauas y totacas que viven ahí no tienen voz en la política ni en los medios. Pero la guerra está ahí y las catacumbas son la evidencia de que el CJNG ha plantado raíces permanentes en un territorio donde el Estado abandonó a su gente hace generaciones. El CJNG pelea contra grupos criminales locales que controlan las rutas de transporte entre Veracruz y el centro del país.
La cocaína que llega por el puerto de Veracruz sube por la sierra hacia la Ciudad de México, Puebla, Tlaxcala. Quien controla ese corredor controla miles de millones de pesos anuales en narcotráfico. Las catacumbas del cementerio eran el cuartel general de esa campaña de conquista. Los 41 operadores de superficie salían del cementerio de noche, se movían por la sierra en camionetas y a pie.
Ejecutaban emboscadas contra convoyes rivales, tomaban control de comunidades, vigilaban rutas, intimidaban autoridades locales y cada mañana, antes del amanecer, regresaban al cementerio, levantaban la losa, bajaban la escalera, desaparecían debajo de los muertos y el cementerio recuperaba su silencio sagrado hasta la noche siguiente.
Puebla, el estado del mole y de las iglesias. El estado donde hay una iglesia para cada día del año, según el dicho popular. El estado donde la muerte se celebra con altares de Sempazuchil y pan de muerto en noviembre. El estado donde los cementerios son lugares sagrados donde las familias van a recordar a sus seres queridos con veladoras, flores y oraciones.
Y debajo de uno de esos cementerios, el CJNG construyó un cuartel. La profanación de un cementerio para fines criminales es algo que trasciende lo delictivo y entra en el territorio de lo sacrilego. Para millones de mexicanos, el cementerio es Tierra Santa. Es el lugar donde descansan sus padres, sus abuelos, sus hijos que se fueron antes de tiempo.
Es un espacio de memoria, de duelo, de conexión con los que ya no están. Pisar un cementerio es pisar un lugar donde se respeta, donde se baja la voz, donde se quita el sombrero y el CJNG convirtió ese lugar en una base militar. Voy a describir las catacumbas con el detalle que requieren, porque la integración entre las criptas antiguas y la construcción nueva es un ejercicio de ingeniería tan cínico como ingenioso.
El cementerio donde se descubrieron las catacumbas es un cementerio municipal de un municipio de la sierra norte de Puebla. Tiene más de 150 años de antigüedad. Las secciones más viejas datan de la segunda mitad del siglo XIX con criptas de mampostería de piedra constr

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