El enterrador llevaba 32 años cabando tumbas en ese cementerio. Conocía cada rincón, cada cripta, cada lápida. Sabía dónde estaba enterrado el alcalde que murió en los años 80. Sabía cuáles eran las tumbas que nadie visitaba desde hacía décadas. Sabía dónde se encharcaba el agua en temporada de lluvias y dónde la tierra era más blanda para excavar.
Se llamaba, o al menos así lo registraron, don Refugio, 67 años. Empezó a trabajar en el cementerio a los 35, cuando su primo, que era el enterrador anterior, murió de un infarto a mitad de una excavación y alguien tuvo que terminar la fosa para enterrar al muerto que esperaba. Don Refugio terminó la fosa y se quedó.
32 años después había enterrado a más de 100 personas. Conocía a cada muerto por nombre. Aquí está doña Petra, decía cuando pasaba frente a una tumba. Allá don Juvencio. Más adelante los tres hermanitos que se murieron de sarampión en el 95. El cementerio era su casa, su mundo, su responsabilidad. Don Refugio vivía solo.
Su esposa murió hace 9 años y está enterrada en el mismo cementerio donde él trabaja. Todos los días, antes de empezar su jornada, pasaba a la tumba de su esposa, le dejaba una flor cortada del jardín y le platicaba de los pendientes del día. “Hoy tenemos entierro a las 11, vieja”, le decía. Es la mamá de los Hernández. Le voy a hacer una fosa bonita.
El día que se le hundió el piso, don Refugio estaba preparando una fosa a 20 m de la tumba de su esposa. Cuando la tierra se dio y vio el corredor iluminado debajo, lo primero que pensó no fue en el narco. Lo primero que pensó fue en su esposa. Se preguntó si debajo de su tumba también había algo.
uidas para las familias pudientes del pueblo, muchas de ellas con bóvedas subterráneas donde se depositaban los féretros.
Esas bóvedas subterráneas excavadas en la tierra y construidas con paredes de piedra y techos de bóveda de ladrillo son las que el CJNG aprovechó como punto de partida para su construcción. Las criptas del siglo XIX tenían bóvedas de entre 2 y 3 m de profundidad, espacios reducidos de 1,5 por 2 m, diseñados para albergar dos o tres féretros apilados.
La mayoría llevaban décadas sin ser abiertos. Los féretros se habían desintegrado, los restos humanos se habían mezclado con la tierra. Las puertas de las bóvedas estaban selladas con argamasa y ladrillo. Nadie las visitaba, nadie las reclamaba, nadie se acordaba de quién estaba enterrado ahí.
El seco ANG abrió las bóvedas, sacó lo que quedaba dentro, huesos, restos de madera podrida, tela descompuesta, tierra. Lo metió en bolsas y lo dispersó en fosas del cementerio que estaban siendo preparadas para nuevos entierros. Los restos de los muertos del siglo XIX fueron removidos de sus tumbas y mezclados con la tierra del cementerio como escombro, sin respeto, sin ceremonia, sin una oración.
Huesos que descansaron durante 100 años fueron sacados de sus criptas para hacer espacio para los rifles del CJNG. Los peritos forenses que evaluaron la situación después del operativo enfrentaron un problema sin precedente. ¿Cómo recuperar e identificar restos humanos del siglo XIX que fueron mezclados deliberadamente con la tierra del cementerio.
Los huesos sacados de las criptas no fueron enterrados en un solo punto. fueron dispersados en múltiples fosas a lo largo de varias semanas de construcción, mezclados con tierra, con escombro de la excavación, con restos de otros entierros más recientes. Separarlos, identificarlos y devolverlos a sus criptas de origen es una tarea forense de complejidad enorme que puede llevar meses o años.
Varios de los albañiles que construyeron las catacumbas declararon que el manejo de los restos humanos fue la parte más difícil del trabajo. No por la logística, por la superstición. A los muchachos les daba miedo dijo uno de los albañiles, un hombre de 43 años que había participado en la construcción de túneles para el CJNG en Jalisco antes de ser enviado a Puebla.
sacar huesos de las tumbas de noche con linternas en un cementerio. Varios no querían hacerlo. Uno se negó y lo subieron a una camioneta y no lo volvimos a ver. Después de eso, nadie más se negó. La construcción tomó aproximadamente 8 meses. 8 meses de trabajo nocturno, abriendo bóvedas, vaciando criptas, excavando corredores, colando concreto, instalando electricidad, plomería y ventilación.
Todo de noche, todo en silencio, todo debajo de un cementerio donde durante el día los deudos seguían visitando las tumbas de sus familiares sin saber que a metros de distancia los albañiles del CJNG estaban sacando los huesos de los muertos del siglo XIX para construir un cuartel. La tierra que sacaban de la excavación se usaba para rellenar las fosas nuevas del cementerio. Una solución elegante.
La tierra que se saca de abajo se usa para llenar los hoyos de arriba. El enterrador, don Refugio, notó que la tierra estaba rara durante esos meses. Parecía tierra de más abajo, dijo, más clara, más calcaria, no como la tierra negra de la superficie. Pero no le dio importancia. Tierra es tierra. Y cuando tienes una fosa que llenar, no le analizas la composición al relleno.
Una vez vaciadas, las bóvedas de las criptas fueron ampliadas y conectadas entre sí mediante corredores excavados en la tierra y reforzados con concreto. Cada bóveda se convirtió en una habitación. Cada habitación se conectó con la siguiente mediante un pasillo y el resultado fue un sistema de catacumbas que se extendía por debajo de todo el sector antiguo del cementerio con las criptas de la superficie como puntos de acceso.
Para entrar a las catacumbas, los operadores del CJNG levantaban la losa de una cripta específica que había sido modificada con bisagras ocultas para que funcionara como una trampilla. bajaban por una escalera metálica empotrada en la pared de la bóveda y accedían al sistema de corredores subterráneos. Desde fuera, la cripta se veía como cualquier otra cripta abandonada del sector antiguo, una losa de piedra con un nombre borrado y una cruz de hierro oxidado encima.
Nadie la distinguía de las demás, nadie la miraba dos veces. Había tres puntos de acceso, tres criptas modificadas con trampilla que daban acceso a las catacumbas desde diferentes puntos del cementerio. Si uno era descubierto, los otros dos seguían siendo funcionales. Redundancia de acceso, la misma lógica de redundancia que hemos visto en cada caso del CJNG.
Nada depende de un solo punto. Ahora vamos a lo que había dentro de las catacumbas, porque la distribución de los espacios revela una base de operaciones completa construida bajo tierra sagrada. El sistema de catacumbas tenía una extensión total de aproximadamente 120 m lineales de corredores con 16 habitaciones distribuidas a lo largo del recorrido.
Los corredores tenían una sección de 1,80 de alto por 1 m de ancho, suficiente para caminar erguido, pero no para cruzarse con otra persona. Si dos personas se encontraban de frente en un corredor, una tenía que pegarse a la pared para dejar pasar a la otra. Las paredes de los corredores eran una mezcla de la mampostería original de las criptas del siglo XIX y concreto nuevo que reforzaba las secciones excavadas.
En algunos tramos podías ver la transición entre la piedra vieja y el concreto nuevo, un muro de piedra labrada con mortero de cal que de pronto se convertía en un muro de bloc moderno con aplanado de cemento. Dos siglos de construcción unidos en una sola pared, el pasado y el presente del México subterráneo en un solo vistazo.
Los peritos documentaron cada inscripción funeraria visible en las bóvedas que fueron convertidas en habitaciones. encontraron nombres y fechas que van de 1867 a 1923. Cada inscripción contaba la historia mínima de una persona, nombre, fecha de nacimiento, fecha de muerte y a veces una frase como descanse en paz o recuerdo eterno de su familia.
Los nombres eran los de las familias fundadoras del pueblo, apellidos que todavía se ven en las tiendas del zócalo, en las placas de las calles, en los árboles genealógicos de las familias que llevan seis o siete generaciones viviendo ahí. Una de las bóvedas convertidas en dormitorio tenía una inscripción particularmente legible porque estaba grabada en una placa de mármol empotrada en la pared.
Aquí descansan los restos de don próspero Méndez Villalobos. comerciante honrado y padre ejemplar. 1843-1901. Su familia lo recuerda con amor eterno. Don Próspero Méndez Villalobos, comerciante honrado, padre ejemplar, muerto hace 123 años. Y en la bóveda donde descansaron sus restos durante más de un siglo, cuatro sicarios del CJNG dormían en literas con rifles almacenados a metros de distancia.
La placa de mármol de Don Próspero seguía ahí en la pared entre las literas. Los sicarios no la quitaron, no la taparon, dormían junto a ella. Uno de los detenidos declaró que la leía todas las noches antes de dormir. Comerciante honrado y padre ejemplar, dijo que repetía en su cabeza. A veces pensaba si don Próspero me veía desde algún lugar y qué pensaría de lo que había en su tumba.
La presencia de las inscripciones funerarias en las habitaciones de los sicarios genera un contraste que es casi insoportable. Los muertos que descansan en las paredes, los vivos que duermen en las literas, los nombres de personas que vivieron vidas honestas grabados en mármol a centímetros de las mochilas de quienes eligieron el camino contrario.
Es un diálogo mudo entre los muertos y los vivos que nadie planeó, pero que estaba ahí todas las noches en cada dormitorio de las catacumbas. El piso de los corredores era de loseta cerámica, del tipo que compras en cualquier tienda de materiales de construcción. Loseta Bage colocada sobre una capa de firme de concreto.
Los constructores del CJNG se tomaron la molestia de instalar los en los corredores de un búnker bajo un cementerio. No es un detalle menor. La loseta no es necesaria para la funcionalidad del espacio. Es una decisión estética. Alguien decidió que los corredores debían verse bien, que el piso debía ser liso y limpio, que las catacumbas del CJNG no iban a ser túneles de tierra con charcos, iban a ser corredores con loseta y tiras de LED en el techo.
Un estándar de construcción que habla de orgullo artesanal aplicado a la construcción de infraestructura criminal. Las 16 habitaciones se distribuían así. Ocho eran dormitorios. Cada dormitorio era una bóveda de cripta ampliada a unos 6 m² con dos literas que albergaban a cuatro personas. 32 personas dormían en los ocho dormitorios. Las literas eran metálicas, del tipo que se compra en tiendas de muebles económicos.
Los colchones eran delgados, las cobijas de las de cuadros que venden en los mercados. No había ventanas. Obviamente la ventilación venía de un sistema de ductos de PVC que conectaba con respiraderos ocultos en la superficie disimulados entre las tumbas. Quiero hablar del sistema de ventilación porque es una de las soluciones de ingeniería más creativas y más perturbadoras que hemos visto.
Ventilar un espacio subterráneo debajo de un cementerio presenta un problema único. Los respiraderos de superficie no pueden ser visibles. En una fábrica o en un rancho, un tubo de PVC que sale del suelo puede pasar desapercibido, pero en un cementerio, un tubo de PVC entre las tumbas sería obviamente sospechoso. Los constructores del CJNG resolvieron el problema con una solución que roza lo brillante.
Usaron los floreros de las tumbas como respiraderos. Las tumbas del sector antiguo del cementerio tenían floreros de cemento empotrados en las lápidas. Esos recipientes cilíndricos donde los deudos colocan flores cuando visitan la tumba. Los constructores perforaron el fondo de varios de esos floreros y conectaron los hoyos conductos de PVC que bajaban hasta las catacumbas.
El aire fresco entraba por los floreros, bajaba por los ductos y ventilaba los corredores y las habitaciones subterráneas. Y como los floreros siempre tienen un agujero de drenaje en el fondo para que el agua de lluvia no se acumule, un florero con un hoyo en la base no parecía raro. Parecía un florero normal.
En total, 17 floreros de tumbas fueron convertidos en respiraderos del sistema de ventilación de las catacumbas. 17 tumbas cuyos floreros, en lugar de drenar agua de lluvia, bombeaban aire hacia un cuartel del narcotráfico, 4 m más abajo. Si una señora iba a dejar flores en la tumba de su difunto y ponía las flores en el florero, las flores se marchitaban más rápido de lo normal, porque el aire caliente que subía desde las catacumbas secaba los tallos, pero nadie atribuía la marchitez de las flores a la ventilación de un búnker
subterráneo. pensaban que era el calor o que las flores eran de mala calidad o que el difunto no quería flores ese día. Las flores secas sobre los respiraderos del narcotráfico. Es una imagen que pertenece al realismo mágico. Gabriel García Márquez la habría puesto en una novela y la gente habría dicho que exageraba, pero es real.
Pasó en un cementerio de Puebla y las flores se secaron y nadie supo por qué hasta que un enterrador hundió su pala en el lugar equivocado. La electricidad de las catacumbas venía de una conexión clandestina a la red del alumbrado público del cementerio. Los postes de luz del cementerio tenían cajas de conexión eléctrica que los constructores del CJ intervinieron para derivar corriente hacia un cable que bajaba por uno de los ductos de ventilación.
hasta un centro de carga subterráneo que distribuía la electricidad a las tiras de LED, al refrigerador, a los cargadores de equipos y a los monitores del centro de comunicaciones. El consumo eléctrico adicional era mínimo comparado con el alumbrado del cementerio, así que la derivación pasó desapercibida en los recibos de la CFE.
El agua llegaba por una tubería conectada a una llave del cementerio que se usaba para el riego de las áreas verdes. La conexión era discreta, un tubo de cobre que bajaba por una pared de una bóveda hasta el sistema interno de las catacumbas. El agua del cementerio, la misma que regaba las flores y llenaba las pilas donde los visitantes se lavaban las manos, alimentaba los lavamanos y la cocina de las catacumbas.
Todo parásito, aire de las tumbas, electricidad de los postes, agua del riego. Las catacumbas del CJNG vivían de la infraestructura del cementerio, como un parásito vive de su huésped, tomando lo que necesita sin que el huésped se dé cuenta. Dos eran el comedor y la cocina. La cocina tenía una estufa de gas de dos quemadores, un refrigerador pequeño y un fregadero conectado a una tubería que drenaba hacia el sistema de drenaje del cementerio.
El comedor tenía dos mesas con bancas donde comían en turnos de ocho personas. Los alimentos se compraban en el mercado del pueblo y se bajaban por las trampillas de las criptas en bolsas de mandado, como las que lleva cualquier señora del mercado. Si alguien veía a un tipo entrar al cementerio con bolsas del mercado, pensaba que llevaba flores y comida para una ofrenda.
No pensaba que llevaba frijoles y tortillas para 32 sicarios que vivían debajo de las tumbas. Una era la armería, una bóveda reforzada con puerta de acero donde se almacenaban las armas del grupo. Los peritos contaron 67 rifles de asalto, 39 pistolas, 18 granadas y más de 50,000 cartuchos de munición.
Las armas estaban organizadas en estantes improvisados con tablas y bloques de concreto. Las granadas estaban en una caja de madera separada en un rincón con un letrero escrito a mano que decía no tocar. El letrero parecía escrito por la misma mano que habría escrito no correr en los pasillos en una escuela. La domesticidad de la violencia, las granadas con su letrero, como si fueran productos de limpieza peligrosos en un closet de mantenimiento.
Una era el centro de comunicaciones, radios de largo alcance, un repetidor de señal, un monitor conectado a cámaras de superficie que vigilaban los accesos del cementerio y un par de computadoras portátiles con información operativa. Desde este cuarto, los operadores coordinaban las actividades de la célula en la superficie.
Vigilancia de rutas, movimiento de cargamentos, coordinación con otras células del CJ en la sierra de Puebla. Una era la enfermería, camilla, botiquín, material de sutura, medicamentos, el mismo equipamiento que hemos visto en las enfermerías de otros casos. La diferencia es que esta enfermería estaba en una bóveda que hace 100 años albergó el cuerpo de alguien que murió de enfermedad o de vejez.
Ahora albergaba el equipo para curar las heridas de bala de los sicarios que vivían debajo de los muertos. Una era un almacén de drogas, paquetes de metanfetamina y cocaína almacenados en contenedores de plástico sellados apilados contra las paredes de una bóveda que todavía tenía restos de la inscripción original en la piedra.
El nombre del difunto y la fecha de su muerte. 1887. 137 años después, su tumba almacenaba drogas. El nombre en la piedra era el de un señor que probablemente fue un comerciante respetable del pueblo. Si pudiera ver lo que pusieron en su tumba, se moriría de nuevo. Los peritos inventariaron el contenido del almacén de drogas, 230 kg de metanfetamina cristalina, 85 kg de cocaína y 24 kg de fentanilo.
El fentanilo estaba en los contenedores más protegidos, sellados con doble capa de plástico y con etiquetas que decían precaución escritas a mano. 24 kg de fentanilo almacenados en la tumba de un hombre que murió hace 137 años, suficiente para matar a 12 millones de personas debajo de un cementerio donde las familias llevan flores los domingos.
El valor estimado de la droga decomizada en las catacumbas supera los 200 millones de pesos en el mercado de menudeo mexicano. Si cruzara la frontera hacia Estados Unidos, el valor se multiplicaría por cinco o seis. Es decir, debajo de un cementerio municipal de un pueblo de la sierra de Puebla había entre 200 y 100 millones de pesos en droga, almacenados en una tumba del siglo XIX, protegidos por 73 sicarios que dormían en bóvedas.
funerarias en un pueblo donde el presupuesto anual del municipio probablemente no llega a los 50 millones de pesos. La desproporción entre la economía legal del pueblo y la economía criminal que operaba debajo de su cementerio es obscena. El narco mueve más dinero debajo de las tumbas del pueblo de lo que el pueblo genera arriba en varios años de trabajo.
Y esa desproporción es la que alimenta la corrupción, el reclutamiento y la impunidad. Cuando el narco tiene más dinero que el gobierno, el narco gana siempre. Dos eran letrinas y área de aseo, excusados portátiles del tipo que se usa en obras de construcción, conectados a un drenaje improvisado, un lavamanos, un espejo, un estante con jabón, pasta de dientes, rastrillos de afeitar, la civilización mínima de la higiene personal mantenida a 4 met bajo un cementerio y una era la habitación del jefe de la célula, más grande que
las demás, con una cama individual en lugar de litera un escritorio, una silla y un estante con documentos. El jefe dormía solo, privilegio de mando. Mientras los demás se apretaban de a cuatro en bóvedas de 6 m², el jefe tenía su bóveda privada con escritorio y puerta con llave. La jerarquía del CJNG se mantenía incluso bajo tierra, incluso debajo de los muertos, incluso en catacumbas, donde el espacio era un lujo.
Los murciélagos entraron a las catacumbas por los tres puntos de acceso. Simultáneamente bajaron por las escaleras de las criptas modificadas y avanzaron por los corredores con linternas tácticas y rifles cortos adecuados para el combate en espacios confinados. La mayoría de los ocupantes estaban dormidos. Eran las 2 de la mañana.
El turno nocturno de los operadores de superficie había regresado y la mayoría del grupo estaba en las catacumbas descansando. El operativo subterráneo presentó desafíos que los murciélagos no habían enfrentado antes. Los corredores de un metro de ancho no permitían a dos marinos avanzar en paralelo. Tenían que ir en fila india. Si el primero de la fila se encontraba con resistencia, no podía ser relevado fácilmente porque no había espacio para que otro marino lo rebasara.
Cada puerta que abrían podía tener un sicario armado del otro lado y en un espacio cerrado a 4 m bajo tierra, los disparos habrían sido ensordecedores y potencialmente letales para todos, atacantes y defensores por las ondas de choque rebotando contra las paredes de concreto. Los murciélagos avanzaron puerta por puerta, habitación por habitación, con la paciencia y la precisión que la situación requería.
Abrían una puerta, iluminaban con la linterna, evaluaban, entraban, aseguraban a los ocupantes y avanzaban a la siguiente. Cada habitación asegurada sin disparos, cada ocupante despertado con una linterna en la cara y una orden firme de no moverse. En la habitación del jefe de la célula, el líder estaba despierto, sentado en su escritorio, con el radio apagado y un vaso de agua a medio tomar, como si hubiera estado esperando.
Cuando los marinos abrieron su puerta, levantó las manos lentamente y dijo, “Ya sabía que iban a venir, solo no sabía cuándo.” Debajo del escritorio del jefe había una caja de metal con documentos que los analistas consideran de alto valor. listas de contactos, registros de pagos, mapas de rutas de transporte y un cuaderno con anotaciones sobre los acuerdos que el SECO TNG tenía con autoridades locales de varios municipios de la Sierra de Puebla.
Si esos acuerdos se verifican, la cascada de detenciones de funcionarios corruptos que va a seguir puede cambiar el mapa político de la sierra. La rendición fue rápida. En los corredores estrechos de las catacumbas no hay a dónde huir, no hay ventanas, no hay salidas de emergencia. Solo tres puntos de acceso que los murciélagos ya controlaban.
Los 73 ocupantes fueron sacados uno por uno por las escaleras de las criptas, subiendo de las catacumbas a la superficie del cementerio, parpadeando bajo la luz de las linternas de los marinos, pisando la tierra donde descansaban los muertos cuyas tumbas habían profanado. Ahora quiero hablar de los 73 detenidos porque hay historias individuales que me parece importante contar.
De los 73 vivían permanentemente en las catacumbas. Eran los que dormían en las literas de los ocho dormitorios, los que comían en el comedor subterráneo, los que se aseaban en las letrinas bajo tierra, los que pasaban días enteros sin ver la luz del sol porque sus funciones, comunicaciones, logística, mantenimiento, no requerían salir a la superficie.
vivían bajo un cementerio, literalmente debajo de los muertos, con los huesos de personas del siglo XIX mezclados en la tierra que los rodeaba. Varios de los que vivían permanentemente en las catacumbas describieron la experiencia como estar enterrado en vida. Un detenido de 26 años dijo que las primeras noches no podía dormir porque sabía que encima de su litera, a 2 m de distancia había una tumba con restos humanos.
Oía cosas, dijo. Sabía que no era nada, pero oía cosas. Crujidos, susurros. El viento que se metía por los ductos sonaba como alguien respirando. El terror de dormir debajo de los muertos en una bóveda que fue construida para albergar cadáveres. Con paredes que todavía tienen inscripciones funerarias. Es un terror que no se supera con el tiempo.
Se soporta, se aguanta, se normaliza hasta cierto punto, pero nunca se supera. Otro detenido de 31 años describió un incidente que dice mucho sobre las condiciones psicológicas dentro de las catacumbas. Una noche, mientras caminaba por uno de los corredores hacia las letrinas, su linterna se apagó. Se quedó en la oscuridad absoluta de un corredor subterráneo debajo de un cementerio.
No podía ver nada. No podía oír nada, excepto su propia respiración y el goteo lejano de agua filtrándose por las paredes. Perdió la orientación. No sabía en qué dirección estaban las letrinas ni en qué dirección estaba su dormitorio. Caminó con las manos extendidas tocando las paredes hasta que encontró una puerta.
La abrió y se encontró dentro de una bóveda que no había sido convertida en habitación. Una bóveda original del siglo XIX con restos de un féretro descompuesto y huesos humanos visibles en el suelo de tierra. La linterna se encendió de nuevo justo en ese momento y la primera imagen que vio fue un cráneo a 30 cm de su cara. Dijo que gritó, que salió corriendo, que se golpeó contra las paredes del corredor y que cuando llegó a su dormitorio se sentó en su litera temblando durante una hora sin poder hablar.
Al día siguiente pidió que lo subieran a la superficie. Le dijeron que no, que su turno era de dos semanas más en las catacumbas. se quedó dos semanas más durmiendo a metros de un cráneo que lo miraba desde una bóveda abierta cada vez que pasaba por el corredor. Las condiciones psicológicas de vivir en catacumbas debajo de un cementerio son brutales.
Los psicólogos que evaluaron a los detenidos después de la captura encontraron niveles elevados de ansiedad, depresión e insomnio en la mayoría de los que habían vivido permanentemente bajo tierra. Varios mostraban síntomas de estrés postraumático relacionados no con combate, sino con el confinamiento subterráneo y con la presencia de restos humanos en su entorno.
Es un tipo de daño psicológico que no se ve en otros tipos de detenciones y que habla de las condiciones inhumanas en las que el CJNG mantiene a su propio personal. Los otros 41 de los 73 detenidos no vivían en las catacumbas. Eran operadores de superficie que usaban las catacumbas como punto de encuentro.
como almacén de armas y como refugio temporal cuando las fuerzas de seguridad realizaban operativos en la zona. Quiero hablar de cómo funcionaba el sistema de refugio temporal porque revela la astucia operativa del CJNG. Cuando los vigías del CJ detectaban presencia militar en el municipio, un convoy del ejército entrando por la carretera, un helicóptero sobrevolando la sierra, un retén siendo montado en el camino principal, se activaba un protocolo de evasión.
Los operadores de superficie que estaban en el pueblo se movían hacia el cementerio. Entraban por la reja de la sección antigua que nunca tenía candado porque el administrador corrupto se encargaba de mantenerla abierta. Levantaban la losa de la cripta, bajaban y desaparecían. Debajo de las tumbas, a 4 m de profundidad, los soldados que patrullaban el pueblo no podían detectarlos.
No con perros, no con cámaras térmicas, no con nada. Las catacumbas eran un agujero negro operativo. Los sicarios entraban y no salían hasta que la amenaza pasaba. Podían estar ahí abajo durante horas o días con comida, agua, letrinas y comunicaciones de radio que les permitían monitorear desde abajo lo que pasaba arriba.
Y cuando los soldados se iban, cuando el convoy del ejército seguía su camino, los sicarios subían, levantaban la losa y regresaban a la superficie como si nada hubiera pasado. Los soldados que patrullaban el municipio nunca encontraban narcos. El pueblo parecía limpio, las casas vacías, las calles tranquilas, los vecinos callados.

El informe de patrulla decía sin novedad. Y los soldados se iban pensando que el municipio estaba en calma, sin saber que debajo del cementerio que pasaban todos los días camino al pueblo, 41 sicarios esperaban a que se fueran para volver a subir. Es una versión moderna del truco más viejo de la guerra, esconderte debajo del campo de batalla mientras el enemigo te busca arriba y funciona.
funcionó durante meses hasta que la pala de don Refugio destapó lo que los soldados del ejército no habían encontrado en docenas de patrullas. Vivían en casas del pueblo y bajaban a las catacumbas cuando era necesario para recoger armas antes de una operación, para almacenar droga que venía de la sierra, para reunirse con el jefe de la célula o para esconderse si había presencia militar en el municipio.
Para ellos, las catacumbas eran un búnker de emergencia, un lugar seguro donde desaparecer cuando las cosas se ponían difíciles en la superficie, un lugar al que ningún soldado iba a bajar a buscarlos porque nadie pensaría en buscar sicarios debajo de un cementerio. Esa suposición era correcta hasta que el enterrador hundió su pala.
Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para la seguridad en los cementerios de México y para la manera en que las autoridades entienden la infraestructura subterránea del crimen organizado. México tiene más de 100,000 cementerios. Desde los grandes panteones urbanos como el Panteón de Dolores en la Ciudad de México hasta los pequeños camposantos rurales, donde cuatro cruces de madera marcan las tumbas de un pueblo que se está muriendo.
Muchos de esos cementerios tienen secciones antiguas con criptas subterráneas que nadie ha abierto en décadas. criptas con bóvedas, con espacios vacíos debajo de la tierra, con paredes de piedra que pueden ser perforadas para conectar una bóveda con la siguiente. Cada cementerio viejo con criptas subterráneas es un sistema de catacumbas potencial.
Las bóvedas ya están excavadas, las paredes ya están construidas, el espacio subterráneo ya existe. El CJNG solo necesita abrir las losas, vaciar los contenidos, conectar las bóvedas y equipar el resultado. Es una operación de acondicionamiento, no de construcción desde cero. Es más rápido, más barato y más fácil que excavar un túnel o una ciudad subterránea como las de Guanajuato o Coahuila.
La lista de espacios sagrados y culturalmente protegidos que el CJNG ha profanado crece con cada caso que cubrimos. Hemos visto un monasterio del siglo XVII convertido en almacén de armas en Querétaro, una escuela primaria convertida en cuartel en Sinaloa, un cenote sagrado para los mayas convertido en almacén de cocaína en Yucatán y ahora un cementerio convertido en búnker en Puebla, iglesias, escuelas, cenotes, cementerios.
Los espacios que una sociedad considera intocables son exactamente los espacios que el CJNG busca para operar, porque lo intocable es lo que nadie toca y lo que nadie toca es lo que nadie inspecciona. Es una estrategia deliberada de profanación como camuflaje. El CJNG no usa cementerios porque le gusten los cementerios.
Los usa porque sabe que nadie va a buscar sicarios debajo de las tumbas. Los usa porque la sacralidad del espacio lo protege de la inspección. Los usa porque la sociedad mexicana, con su profundo respeto por los muertos y por los lugares donde descansan, ha creado una burbuja de inviolabilidad alrededor de los cementerios que el CJNG explota como un parásito, explota la confianza de su huésped.
Romper esa burbuja requiere algo que va a ser doloroso para muchas comunidades. Aceptar que los cementerios ya no son solo espacios sagrados, son infraestructura potencial del narcotráfico. Y tratarlos como tal, con inspecciones, con vigilancia, con verificaciones periódicas, es necesario, aunque duela, porque el dolor de inspeccionar un cementerio es infinitamente menor que el dolor de descubrir que debajo de las tumbas de tu familia hay un cuartel del CJNG con 73 sicarios y 230 kg de metanfetamina.
y tiene una ventaja adicional que ningún otro tipo de infraestructura subterránea ofrece, la protección cultural y religiosa del cementerio. Nadie catea en un cementerio por rutina. Los soldados que hacen patrullas en los pueblos de la sierra de Puebla no entran a los cementerios a buscar narcos. Los cementerios son espacios de respeto, de silencio, de muertos, no de vivos armados.
La idea de que debajo de las tumbas hay un cuartel del narcotráfico es tan contrainttuitiva que no entra en los protocolos de búsqueda de las fuerzas de seguridad. El CJNG explotó esa protección cultural. usó la sacralidad del cementerio como escudo y mientras los soldados patrullaban el pueblo, revisaban las casas, montaban retenes en las carreteras, los sicarios del CJNG dormían tranquilos debajo de las tumbas, protegidos por la certeza de que nadie iba a profanar un cementerio para buscar una base del narcotráfico.
Eso tiene que cambiar. Las autoridades necesitan incorporar los cementerios, especialmente los que tienen secciones antiguas con criptas subterráneas, a sus protocolos de búsqueda e inspección, no para profanar tumbas, para verificar que las tumbas no hayan sido profanadas por el crimen organizado.
una inspección visual periódica de las secciones antiguas de los cementerios que identifique signos de manipulación reciente, losas movidas, bisagras nuevas en piedras viejas, huellas de pisadas donde nadie debería caminar, cables eléctricos que no corresponden con la infraestructura del cementerio. Ahora quiero hablar de cómo el CJNG adquirió el acceso al cementerio, porque esa parte de la historia involucra un nivel de corrupción local que es deprimentemente predecible.
El cementerio es propiedad del municipio. Su administración está a cargo de la oficina de panteones del Ayuntamiento que cobra las cuotas de mantenimiento, autoriza los nuevos entierros y se supone que vigila el estado de las instalaciones. El administrador del cementerio, un empleado municipal de 50 y tantos años, fue detenido como parte del operativo.
El administrador declaró que representantes del CJNG lo contactaron hace aproximadamente 2 años. Le propusieron un trato, acceso libre a la sección antigua del cementerio a cambio de un pago mensual de 25,000es. El administrador aceptó, les dio las llaves de la reja que separa la sección antigua de la sección activa del cementerio.
Les permitió entrar de noche con material de construcción y les aseguró que nadie iba a inspeccionar la sección antigua porque ahí no entierra nadie desde hace años. 25,000 pesos al mes. Ese fue el precio de la profanación de un cementerio de 150 años. Un empleado municipal que ganaba 12,000 pesos de sueldo recibía 25,000 extras por mirar hacia otro lado, mientras el CJNG sacaba huesos de las criptas y construía un cuartel debajo de los muertos.
El sueldo miserable del servidor público, el soborno generoso del cártel, la misma ecuación de siempre. El enterrador que descubrió las catacumbas no sabía del trato. Nadie le dijo que no excavara en la sección antigua. Simplemente lo mandaron a preparar una fosa ahí porque en la sección activa ya no había espacio y al clavar la pala en el lugar equivocado, destapó lo que el administrador llevaba 2 años ocultando.
El enterrador, el hombre de las 32 años de servicio, fue interrogado como testigo. Dijo algo que resume el sentimiento de toda la comunidad cuando se enteró de lo que había debajo. Yo entierro a la gente para que descanse en paz. Y estos hijos de la chingada desenterraron a los muertos para meter sus cochinadas. No hay perdón para eso, ni de Dios ni de nadie. No hay perdón para eso.
La comunidad del pueblo está destrozada. Las familias que tienen parientes enterrados en la sección antigua del cementerio están exigiendo saber qué pasó con los restos de sus seres queridos. Los huesos que el CEJO TNG sacó de las criptas fueron dispersados sin registro. Nadie sabe qué huesos son de quién.
Nadie sabe si los restos de la abuela de alguien terminaron en una fosa común junto con la tierra de excavación del CJNG. La profanación no fue solo criminal, fue cultural, fue espiritual, fue un ataque a la memoria colectiva de un pueblo que confiaba en que sus muertos descansaban en paz. Los sacerdotes del pueblo están pidiendo que se realice una ceremonia de resctificación del cementerio.
Quieren que la Iglesia bendiga de nuevo la tierra que fue profanada. Quieren que los restos que se puedan identificar sean reenterrados con dignidad. Quieren que las catacumbas sean selladas y que el sector antiguo del cementerio sea restaurado como espacio sagrado. Hay un detalle temporal que me parece necesario mencionar.
El operativo de los murciélagos se realizó en octubre. A semanas del día de muertos. En unas semanas, las familias del pueblo iban a ir al cementerio a limpiar las tumbas, a poner flores de sempasuchil, a dejar ofrendas con comida y bebida para sus difuntos, a pasar la noche junto a las tumbas como manda la tradición. Iban a sentarse sobre la tierra del cementerio, iban a prender veladoras, iban a cantar, iban a llorar y debajo de ellos, a 4 m de profundidad, 73 sicarios del seco TNG habrían estado escuchando todo, escuchando las canciones, escuchando el
llanto, escuchando las oraciones que los deudos le rezaban a sus muertos, sin saber que debajo de esos muertos había vivos armados que profanaron sus tumbas. El día de muertos en ese cementerio habría sido la escena más grotesca imaginable. Familias arriba celebrando a sus difuntos mientras abajo los sicarios comían frijoles y limpiaban rifles.
La tradición más sagrada de México arriba, la actividad más profana abajo, separadas por 4 metros de tierra y 150 años de diferencia entre los muertos de las criptas y los vivos de las catacumbas. Los murciélagos evitaron esa escena. El operativo se ejecutó semanas antes del día de muertos. Las catacumbas fueron descubiertas y vaciadas antes de que las familias llegaran con sus flores y sus veladoras.
Pero el cementerio sigue clausurado y este año el día de muertos en ese pueblo se va a celebrar sin cementerio. Las familias van a poner sus ofrendas en las casas, van a rezar en la iglesia, van a recordar a sus muertos sin poder visitarlos, porque el lugar donde descansan sus muertos es una escena del crimen y eso quizás es el daño más profundo que el CJNG le hizo a esa comunidad.
No las armas, no la droga, no los operadores que vivían debajo de las tumbas. El daño más profundo es haberle robado a un pueblo su día de muertos, haberle quitado la posibilidad de ir al cementerio a prender una veladora en la tumba de su abuela, haberle arrebatado el ritual que conecta a los vivos con los muertos y que para millones de mexicanos es lo más sagrado que existe.
Nada de eso ha pasado todavía. El cementerio sigue clausurado como escena del crimen. Las catacumbas están siendo documentadas por los peritos. Los huesos dispersos están siendo recolectados para intentar una identificación que después de 100 años de descomposición y mezcla con la tierra va a ser extremadamente difícil.
El pueblo está de luto, pero no por un muerto nuevo, por la muerte de la paz de sus muertos viejos, por la certeza de que ni siquiera los que ya se fueron pueden descansar tranquilos en este México donde el narcotráfico profana hasta lo sagrado. Quiero cerrar con algo que me parece necesario decir. Cada caso que cubrimos en este canal muestra al CJNG usando una infraestructura diferente como base de operaciones.
Gasolineras, hoteles, supermercados, escuelas, viveros, cenotes y ahora cementerios. La lista no tiene fin porque la creatividad del CJNG para encontrar espacios donde esconderse no tiene fin y cada nuevo hallazgo nos obliga a expandir nuestra definición de lo que es posible. Un cementerio como búnker, criptas como habitaciones, pizarrones de lápidas como mapas tácticos del narcotráfico.
Es una imagen que concentra la degradación moral del conflicto en México con una fuerza que pocas otras imágenes tienen. Porque el cementerio es el último lugar donde esperarías encontrar a los vivos haciendo la guerra. Es el lugar de los que ya dejaron de pelear, de los que ya descansaron, de los que ya se fueron. Y el CJNG llegó y les dijo, “Muévanse.
Necesitamos el espacio. A ti que llegaste hasta aquí, gracias. La próxima vez que visites un cementerio, lleva flores, rezas y rezas. Recuerda a tus muertos y al caminar entre las tumbas, pisa con cuidado, porque en este México hasta el suelo de un cementerio puede estar hueco y lo que hay debajo puede ser más aterrador que los fantasmas que la imaginación inventa. Dale like.
Suscríbete, activa la campanita. Los archivos de las computadoras de las catacumbas están siendo analizados y las conexiones que revelan con la red del CJNG en la Sierra de Puebla van a generar operativos adicionales en las próximas semanas. El cementerio fue la puerta. Lo que hay detrás de esa puerta todavía está siendo descubierto.
Nos vemos mañana. Cuídate y si algún día el suelo se hunde debajo de tus pies, mira hacia abajo antes de seguir caminando. Porque el enterrador del cementerio de Puebla miró hacia abajo y encontró un corredor con loseta, luces LED y 67 rifles de asalto almacenados en la tumba de un señor que murió en 1887. En este México los muertos no descansan en paz y los vivos tampoco.
Y quiero cerrar con lo que don Refugio hizo después del operativo. Cuando los marinos terminaron de sacar a los 73 detenidos de las catacumbas y la escena del crimen fue asegurada, don Refugio pidió permiso para entrar al cementerio. Los marinos le dijeron que no podía, que estaba clausurado, insistió. Les explicó que su esposa estaba enterrada ahí y que necesitaba verla.
Un oficial le dio permiso de ir a la tumba de su esposa bajo escolta de un marino. Don Refugio caminó entre las tumbas del sector nuevo, el que no fue tocado por el cejo hasta llegar a la tumba de su esposa. Se arrodilló, le puso la mano encima a la losa y le habló como le hablaba todas las mañanas, pero esta vez le dijo algo diferente.
Ya lo sacaron, vieja. Ya no están debajo. Se los llevaron a todos. Tu cementerio ya está limpio otra vez. Bueno, no limpio, limpio, pero los malos ya se fueron y yo me voy a quedar aquí para cuidarte como siempre, para que nadie más venga a molestar a los que descansan. El marino que lo escoltaba se quedó a unos metros de distancia dándole espacio.
Y cuando don Refugio terminó de hablar con su esposa y se levantó con las rodillas adoloridas y los ojos mojados, el marino le puso una mano en el hombro y le dijo, “Gracias, don. Sin usted no habríamos encontrado nada. Don Refugio se limpió los ojos con la manga de la camisa. Miró al marino. Miró el cementerio que había sido su vida durante 32 años.
Miró las criptas de la sección antigua donde los marinos seguían trabajando, documentando, fotografiando y dijo, “No me dé las gracias a mí. Dele las gracias a la pala que se me hundió, porque yo no descubrí nada. La tierra me lo enseñó. La tierra me lo enseñó. Don Refugio tiene razón. La tierra del cementerio se dio porque no podía sostener la mentira que habían construido encima.
El peso de un cuartel del narcotráfico debajo de las tumbas era demasiado. La tierra se rompió, la pala se hundió y la verdad salió a la luz como salen los muertos que no pueden descansar, empujando desde abajo hasta que alguien los ve. Los muertos del cementerio de Puebla fueron profanados.
Sus huesos fueron sacados de sus criptas y tirados como basura. Sus tumbas fueron convertidas en habitaciones de sicarios. Su descanso eterno fue interrumpido por el narcotráfico. Pero al final fue la tierra donde descansaban la que los vengó. La tierra que se dio bajo la pala de don Refugio. La tierra que no aguantó más.
La tierra que dijo, “Basta, dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Y si algún día visitas un cementerio viejo y caminas entre las criptas antiguas y sientes que el suelo está hablando bajo tus zapatos, piénsalo dos veces. Piensa en Don Refugio y su pala. Piensa en los corredores con loseta y LED debajo de las tumbas.
Piensa en don próspero Méndez Villalobos, comerciante honrado y padre ejemplar que descansó en paz durante 123 años hasta que el CJNG decidió que su tumba le servía más como dormitorio y piensa en que en este México la Tierra tiene memoria y cuando la fuerzan a guardar secretos que no le pertenecen, la Tierra cede, se rompe, se hunde bajo la pala del enterrador y los secretos salen a la luz.
Porque la tierra, a diferencia de los que la profanaron, sí tiene límites. Y cuando esos límites se cruzan, la tierra habla con un crujido, con un hundimiento, con un agujero que se abre debajo de tus pies y que te muestra que lo que creías sólido siempre fue hueco y que lo que creía sagrado siempre estuvo en riesgo. Co?