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Millonario finge Dormir para probar a la hija de su Empleada… Lo que hizo la Niña lo dejó helado

Un millonario finge estar dormido para poner a prueba a la hija de la empleada. Lo que la niña hace con la caja fuerte llena de billetes dejó al hombre impávido. La tarde en que todo empezó, la pequeña Suy entró al estudio del millonaire sin hacer ruido. Tenía 6 años, piel oscura como su madre Shareni y unos ojos enormes que lo miraban todo con curiosidad.

Ricardo parecía dormido en su sillón de cuero, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando lentamente bajo el efecto de las medicinas para el corazón. La niña avanzó descalza sobre la alfombra persa y entonces lo vio. La caja fuerte estaba abierta de par en par. Adentro, fajos y fajos de billetes de $100 formaban pirámides desordenadas.

Un collar de esmeraldas brillaba sobre el dinero. Había tanto efectivo que algunos billetes habían caído al piso. Suri se quedó paralizada. Sus manitas temblaron. Nunca en su vida había visto tanto dinero junto. Ella y su mamá vivían en un cuartito pequeño en el área de servicio de la mansión. A veces no había ni para comprarle zapatos nuevos.

La niña dio un paso hacia delante, luego otro. Extendió los dedos hacia los billetes, tan cerca que podía sentir el papel rugoso. La puerta del estudio se abrió de golpe. Suri saltó hacia atrás, el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. En el umbral apareció Socorro, la empleada veterana con los ojos muy abiertos.

Niña, ¿qué haces aquí?”, susurró socorro mirando hacia la caja fuerte abierta. Suy abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Ricardo seguía inmóvil en su sillón, aparentemente dormido. Socorro jaló a la niña del brazo y la sacó del estudio cerrando la puerta con cuidado. Nadie volvió a mencionar ese momento hasta ahora.

 Seis meses después, la mansión de los de la Vega parecía un campo de batalla silencioso. Julián, el hijo de don Ricardo, caminaba por los pasillos como si ya fuera el dueño, hablando por teléfono con abogados y contadores, ignorando a su padre que la anguidecía en el segundo piso. Chareni bajaba las escaleras cargando sábanas limpias cuando Julián cortó su llamada y la interceptó en el recibidor.

 Tenía 40 años, pero se veía cansada, como si hubiera vivido el doble. Julián la miró de arriba a abajo con desprecio. Oye, tú, necesito que laves mi camioneta antes de las 3. Viene gente importante y no quiero que vean porquerías. le dijo sin siquiera mirarla a los ojos. “Sí, señor Julián”, respondió Shareni con la voz baja apretando las sábanas contra su pecho.

 “¿Y la mocosa, ¿dónde está tu hija?”, preguntó Julián sacando una cartera de piel de su bolsillo. “Más vale que no la vea rondando por la casa cuando lleguen mis inversionistas. No quiero que piensen que aquí dejamos entrar a cualquiera. Shareni sintió como la rabia le subía por la garganta, pero se la tragó como había aprendido a hacer durante 20 años.

 Julián siguió hablando sin esperar respuesta. Por cierto, estoy considerando reducir personal. Con mi padre enfermo hay que hacer recortes. Una criada y su bastarda no son exactamente indispensables, ¿no crees? Sonríó con crueldad. Aunque supongo que podrías, ya sabes, ser amable conmigo otra vez como hace años. A lo mejor así conservas tu trabajo.

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 Se acercó demasiado, invadiendo el espacio de Shareni. Ella retrocedió hasta chocar contra la pared. Las sábanas cayeron al suelo. Julián Ríó. Tranquila, ya no me interesas. Estás vieja y usada. Solo era para ver si todavía te pones nerviosa. Le dio la espalda y gritó hacia la cocina. Socorro. ¿Dónde está mi café? ¿Para qué les pagamos si no sirven ni para lo básico? Shareni recogió las sábanas con manos temblorosas.

 Desde la puerta de la cocina, Socorro la observaba con pena. Ambas sabían que Julián estaba cada día peor, más agresivo, más desesperado. Algo se estaba cocinando en esa casa, algo que olía a desastre. Arriba en la habitación principal, que parecía una suite de hospital privado, don Ricardo toscía mientras el doctor Villegas revisaba su presión arterial.

 El médico, un hombre de 50 años con lentes sin montura y manos cuidadas, anotaba números en una libreta con expresión seria. Don Ricardo, su presión está en 160 sobre 100, demasiado alta. otra vez. “Voy a ajustarle las dosis del enalril y el diurético”, dijo el doctor con tono profesional, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia la puerta.

 “No me sirve de nada vivir más y mi hijo ya está repartiendo mi herencia”, murmuró Ricardo. Su voz era un susurro ronco. “Dígame la verdad, Villegas, ¿cuánto tiempo me queda?” El doctor guardó silencio por un momento demasiado largo. Con el tratamiento adecuado podría tener varios meses, quizá un año.

 Pero su corazón está muy débil, don Ricardo. Cualquier emoción fuerte, cualquier estrés. Me está diciendo que me muera tranquilo, que me deje robar sin pelear. Ricardo se incorporó en la cama con esfuerzo. Sus ojos todavía brillaban con la inteligencia que había construido un imperio. Escúcheme bien. Tengo cosas pendientes antes de morirme.

 Asuntos que arreglar, gente que poner en su lugar. Don Ricardo, por favor, no se altere. Su corazón no aguanta estos episodios. Mi corazón aguantará lo que yo le ordene que aguante. Ricardo agarró la muñeca del doctor con sorprendente fuerza. Usted solo asegúrese de que siga vivo. El tiempo suficiente para terminar lo que empecé.

 ¿Me entiende? Villegas asintió nerviosamente y soltó su brazo. Cuando salió de la habitación, sacó su celular y escribió un mensaje rápido. Está peor, pero sigue lúcido. No sé cuánto tiempo más podré controlarlo. La respuesta llegó en segundos. Haz tu trabajo. Te pagaré el doble si no pasa de este mes. El doctor borró ambos mensajes y guardó el teléfono.

 Las manos le temblaban ligeramente. En su oficina privada del primer piso, Julián se reunía con el abogado Santiváñez, un hombre gordo de 60 años que sudaba copiosamente a pesar del aire acondicionado. Sobre el escritorio de Caoba había documentos legales esparcidos y una botella de whisky medio vacía. Necesito que mi padre sea declarado mentalmente incapaz ahora.

 Esta semana, exigió Julián sirviéndose otro trago. No puede estar al mando de las decisiones corporativas en su estado. Santibáñez se aflojó la corbata. Don Julián, no es tan simple. Necesitamos evaluaciones psiquiátricas, dictámenes médicos, testigos que confirmen, “Ya tengo al Dr. Villegas de mi lado. Él certificará lo que yo le diga y puedo conseguir tres testigos más por el precio correcto.

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