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The widowed landowner asked for milk for his son… she breastfed him and became his mother.

El haendado viudo pidió leche para su hijo. Ella lo amamantó y se convirtió en su madre. El grito que salió de esa habitación no era de dolor, era de algo peor. Era el silencio que vino después. Ramiro Valcázar llevaba tres horas sentado en el corredor de madera que rodeaba la casa principal de los laureles del sur, con las manos entrelazadas entre las rodillas y los ojos fijos en el suelo.

 Adentro, la partera y la única enfermera que había podido llegar desde el pueblo, hacían lo que podían. Afuera. Él esperaba como se espera cuando ya se sabe que algo no va a terminar bien. Pero el corazón todavía no lo acepta. Había llovido toda la tarde. Una lluvia de esas que en el sur del país llegan sin avisar y se quedan días enteros empapando la tierra roja, doblando los maisales, convirtiendo los caminos de tierra en ríos de lodo.

 La hacienda entera olía a tierra mojada y a humo de leña, y las vacas en el corral se habían puesto inquietas desde el mediodía, como si supieran. Cuando la puerta se abrió, Ramiro se levantó tan rápido que casi se cayó. La partera era una mujer mayor de cabello blanco recogido con una tela oscura. Y cuando salió y lo miró, él supo.

 No necesitó que dijera nada. Lo supo por la forma en que sus manos se sostenían frente a ella, por la manera en que no lo dejaba ver adentro todavía, por el temblor apenas perceptible en su labio inferior. “Don Ramiro,” empezó ella, “no levantó una mano.” “No, todavía. Don Ramiro, su esposa, que no.

” Su voz se quebró en esa segunda palabra. se quedó de pie respirando con la mandíbula apretada y los ojos brillando en la penumbra del corredor. Dígame primero que el niño está bien. Dígame eso primero. La partera asintió despacio. El niño está vivo. Es varón. Llegó bien, fuerte, con buen peso, pero su esposa, doña Elena, no resistió.

 Hubo una hemorragia que no pudimos controlar. Lo intentamos todo, don Ramiro. Todo lo que estaba en nuestras manos lo hicimos. Ramiro no dijo nada durante un tiempo que pareció muy largo. La lluvia seguía cayendo sobre el techo de Texas, sobre el patio de tierra, sobre los árboles de laurel que le daban nombre a la hacienda. En algún lugar del corral, uno de los caballos golpeó el suelo con el casco.

Luego entró. Elena estaba cubierta hasta los hombros con una sábana blanca. Alguien le había peinado el cabello a los lados del rostro como si durmiera. Tenía 28 años. Habían estado casados durante cuatro. Y él, que había enfrentado temporadas de sequía, deudas, pleitos por tierras y la muerte de su propio padre sin derramar una lágrima, se sentó en la silla que estaban al lado de la cama y lloró como no había llorado desde niño.

 El bebé estaba en un cajón forrado con tela en la esquina del cuarto. Alguien lo había envuelto en una manta vieja de lana. lloraba, pero Ramiro en ese momento no podía levantarse, no podía. Las piernas no le respondían, la cabeza le pesaba demasiado. Fue la enfermera quien se acercó al cajón y lo tomó con cuidado. Don Ramiro, dijo en voz baja, el niño necesita comer.

 Tiene que buscar a alguien que pueda darle pecho. Aquí en la hacienda hay alguna mujer que haya parido recientemente. Ramiro levantó la vista. Tenía los ojos rojos y una expresión de desorientación total, como si lo hubieran arrojado a un lugar que no reconocía. No sé, respondió. No sé nada en este momento. Tiene que saber, insistió la enfermera sin crueldad con la urgencia práctica de alguien que ha visto muchas noches como esa.

 Este niño no puede pasar la noche sin alimento. Si no hay una mujer que pueda amamantarlo, tendremos que bajar al pueblo a buscar leche de cabra y un trapo para que chupe. Pero eso no es lo mismo. Y en el estado que está el camino con esta lluvia, yo busco, dijo una voz desde la puerta. Era Eusebio, el capataz de la hacienda, un hombre de 50 años, corto y ancho, con bigote canoso y manos que parecían hechas para agarrar cosas pesadas.

 Había estado parado en el umbral desde hacía un rato sin entrar, porque sentía que ese dolor era demasiado privado para meterse adentro. Voy a preguntar en los cuartos de los trabajadores, dijo la Fernanda tuvo su chamaco hace como tres meses. Quizás ella puede. Ramiro asintió sin hablar. Eusebio fue. Ramiro se quedó solo con Elena y con el llanto del niño que no cesaba. Pasaron 20 minutos.

 Eusebio volvió con las manos vacías y la cara larga. La Fernanda dice que lo intenta, pero su leche se le fue cortando desde hace semanas porque su hijo ya empezó con papillas. Me dijo que va a tratar, pero que no sabe cuánto pueda darle. Don Ramiro, creo que hay que bajar al pueblo. Con este temporal, el camino está intransitable, dijo la partera.

 Lo sé, pero no hay de otra. Ramiro se levantó, se limpió la cara con el antebrazo, respiró hondo una vez y tomó al niño del cajón. Lo sostuvo torpemente porque nunca había cargado a un recién nacido en su vida. Y el bebé siguió llorando con ese llanto agudo y desesperado que tiene un recién nacido cuando tiene hambre y frío y no entiende nada del mundo en el que acaba de llegar. Me voy yo,”, dijo Ramiro.

 “Don Ramiro, con todo respeto, usted no está en condiciones.” “Me voy yo,”, repitió, “y nadie discutió. Lo envolvió mejor en la manta, se puso el sombrero y el impermeable y salió al temporal. La lluvia le golpeó la cara desde el primer paso fuera del corredor. Era una lluvia horizontal empujada por un viento que bajaba desde los cerros y el patio de la hacienda estaba ya convertido en un lodasal que se chupaba las botas con cada paso.

 Ramiro caminó hacia el establo para encillar el caballo más confiable, el colorado que conocía los caminos de memoria. Pero cuando llegó al establo, algo detuvo. Había una luz tenue saliendo por la rendija de la puerta del granero viejo, el que ya no usaban desde que construyeron el nuevo depósito al otro lado del potrero. Una luz amarilla, débil, como de una vela o una lámpara pequeña.

 Ramiro frunció el ceño, cruzó [carraspeo] el patio hacia el granero, abrió la puerta de un empujón y lo que vio lo paró en seco. dentro, sentada sobre un costal de arpillera apilado en el rincón, con una manta de caballo echada encima de los hombros y una pequeña lámpara de aceite a los pies, había una mujer joven. Estaba empapada de arriba a abajo, el cabello oscuro pegado a la cara, la ropa adherida al cuerpo.

 Había intentado refugiarse de la lluvia ahí dentro. Eso era evidente. Cuando la puerta se abrió, se levantó de un salto con los ojos muy abiertos, lista para correr o para defenderse, lo que fuera necesario. ¿Quién es usted?, preguntó Ramiro, aunque la pregunta le salió más áspera de lo que quiso, porque tenía los nervios destrozados y la cabeza en otro lugar. La mujer lo miró.

 Luego miró al bebé que él sostenía contra el pecho con el impermeable apenas cubriéndolo. “Me llamo Catalina”, dijo Catalina Ríos. “Vine a pedir trabajo hace unos días. El señor Eusebio me dijo que no había lugar para mí aquí, pero la tormenta me agarró en el camino y no tuve a dónde ir. Así que entré aquí a esperar que parara.

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