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Lo Humillaron en el Banco sin imaginar de lo que sería Capaz😱

Vengo a pedir trabajo, dijo Ernesto. Lo que sea, barrer, limpiar, lo que necesite. El hombre, que se llamaba [música] Anthony soltó una carcajada corta. Luego lo pensó, miró al viejo otra vez y se encogió de hombros. Está bien, 200,000 al mes, empieza mañana. Ernesto asintió sin mostrar ninguna emoción, solo dijo gracias y se fue caminando despacio por la calle.

 Lo que Anthony no supo esa tarde, lo que nadie en esa casa iba a saber durante mucho tiempo, era que ese hombre con zapatos rotos no había llegado a buscar trabajo. Había llegado a buscar algo mucho más importante, algo que le habían quitado hacía más de 30 años y no se iba a ir sin encontrarlo. Al día siguiente, Ernesto llegó puntual.

 Le asignaron un cuarto pequeño al fondo del jardín, [música] junto a los cuartos de servicio. Adentro había una cama angosta, un ventilador [música] viejo y una bombilla sin pantalla. Ernesto dejó su bolso sobre la cama, [música] se sentó un momento y miró el techo. Luego se levantó y fue a trabajar.

 El personal de la casa lo recibió con la naturalidad de gente acostumbrada a ver caras nuevas. Doña Carmen, la cocinera, era una mujer de 50 años con manos grandes y voz de mando. Le entregó un delantal sin mucha ceremonia. Aquí barremos a las 7, trapeamos a las 8 y los baños los hace usted”, le dijo. Y le aviso de una vez, al señor no le gusta que el personal ande por los pasillos del segundo piso sin que lo llamen.

“Entendido”, respondió Ernesto. El jardinero era un hombre callado de unos 40 años que pasaba sus días podando y regando sin hablar con nadie más de lo necesario. Le dio la mano a Ernesto y siguió con su trabajo. Valeria, la mucama lo saludó apenas y desapareció escaleras arriba. Fue a media mañana cuando apareció ella, bajó las escaleras con una regadera en la mano y fue directo al jardín.

 le sonrió a Tito, le dijo algo a doña Carmen desde la ventana y cuando pasó junto a Ernesto, que barría la entrada se detuvo. “Usted es el nuevo”, dijo. “Me llamo Lucía.” Bienvenido. Le tendió la mano. Ernesto la tomó y en ese momento algo en él se detuvo. No era una reacción que pudiera explicarse fácilmente y era algo más antiguo, más profundo.

 Como cuando uno reconoce una melodía que no ha escuchado en décadas y el cuerpo reacciona antes que la mente. Gracias. Fue todo lo que dijo Lucía. se fue al jardín con su regadera. Ernesto la vio alejarse y apretó el palo de la escoba despacio. La primera semana, Ernesto aprendió los ritmos de esa casa. Anthony salía temprano en su camioneta negra y volvía siempre después de las 7 de la noche.

 A veces llegaba tranquilo, otras veces llegaba con una atención que se sentía en el aire antes de que abriera la puerta. El personal aprendía a leer esos signos. Cuando la camioneta entraba despacio, todo estaba bien. Cuando entraba de golpe, todos desaparecían. Un miércoles de la segunda semana, la camioneta entró de golpe y Ernesto estaba pasando el trapeador por el corredor del primer piso cuando escuchó los pasos de Anthony subir las escaleras a paso fuerte.

 Luego una puerta que se cerraba. Luego voces, una de ellas era de Lucía, tensa, baja, la otra era de Anthony, cortante y dura. No se entendían las palabras, pero el tono no dejaba dudas. Ernesto siguió trapeando. Minutos después, la puerta se abrió y Lucía bajó las escaleras. Pasó por el corredor sin mirar a nadie. Tenía la mandíbula apretada y los ojos brillantes. Fue directo a la cocina.

Doña Carmen la recibió sin preguntar nada, solo le puso una taza de tinto en la mano y se quedó junto a ella en silencio. Ernesto recogió el balde y se fue a su cuarto. Esa noche, acostado en su cama angosta, sacó un teléfono del  interior de su bolso. No era el teléfono viejo y roto que usaba delante de todos.

 Y era un modelo nuevo, discreto. Revisó unos mensajes, escribió una respuesta corta y volvió a guardarlo. Luego apagó la luz y cerró los ojos. En esa casa había algo que olía mal y Ernesto lo sabía desde el primer día. El jueves siguiente amaneció nublado. Ernesto estaba barriendo el corredor exterior que daba al jardín cuando Lucía salió con una taza en la mano y se sentó en el borde de una jardinera de piedra.

 No parecía buscar compañía, pero tampoco parecía querer estar completamente sola. ¿Esas son begonias? preguntó Ernesto señalando unas plantas rojas cerca de la pared. Lucía levantó la vista sorprendida, luego miró las plantas y sonrió. Sí, la sembré yo hace como tres años. Ya nadie las riega, así que las cuido yo misma. Son resistentes dijo Ernesto.

 Aguantan la sombra mejor que cualquier otra. Lucía lo miró con una curiosidad genuina. Sabe de plantas. Algo. Tuve un jardín hace mucho tiempo. Hubo un silencio cómodo entre los dos. Lucía tomó un sorbo de su taza. ¿De dónde es usted, don Ernesto? De un pueblo pequeño, lejos de aquí. Tiene familia. Ernesto hizo una pausa.

 La pregunta le cayó de un modo distinto a como Lucía la había hecho. Era una pregunta simple de conversación, pero para él tenía un peso enorme. No, respondió. Ya no. Lucía asintió sin insistir. Había en ella una sensibilidad natural que le impedía presionar cuando notaba que alguien se cerraba. Yo tampoco tengo mucha familia”, dijo en voz baja casi para ella misma.

 “Mis padres adoptivos murieron hace años y aquí aquí es complicado.” Lo dijo sin dramatismo, como algo dicho a medias que no estaba segura de querer decir en voz alta. Ernesto la escuchó. T la miró y por un instante algo cruzó su cara, algo viejo y doloroso que guardó de inmediato. “Las begonias se van a ver muy bien cuando salga el sol”, dijo y siguió barriendo.

 La primera vez que llegaron los hombres de traje fue un jueves a las 11 de la noche. Ernesto escuchó el motor de un carro detenerse frente a la puerta lateral, la que daba al garaje secundario y que normalmente no usaba nadie del personal. Se levantó sin prender la luz de su cuarto y desde la pequeña ventana los vio.

 Dos hombres con traje oscuro que bajaron cargando maletines grandes. Anthony abrió la puerta él mismo sin hablar, sin saludar. Solo los dejó entrar. Una hora y 40 minutos después, los hombres salieron sin los maletines. Ernesto anotó la hora en un papel pequeño que guardaba bajo el colchón. También anotó el color del carro y el tipo de vehículo y algo que había alcanzado a ver cuando uno de los hombres pasó bajo la luz del garaje, un tatuaje pequeño en el cuello, un símbolo que Ernesto reconoció de inmediato.

 No era la primera vez que veía ese símbolo. Al día siguiente, Ernesto barrió el garaje secundario como parte de su rutina normal. No encontró los maletines, claro, pero sí encontró algo más, una marca en el piso de concreto, fresca, como si hubiera algo pesado que se arrastrara con frecuencia hacia una pared que tenía una alacena de madera vieja pegada en el rincón. La tocó con la escoba.

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