Marta se acercó a la reja y le preguntó a la señora de la cooperativa, una mujer mayor que siempre estaba ahí parada con su delantal verde, se había visto a Yael. La señora frunció el seño. A Yael, ese niño ya se fue, señora. Se fue temprano. Marta sintió algo raro en el estómago. Un jalón frío. ¿Cómo que se fue temprano? Yo lo vengo a recoger ahorita. No, señora. Se fue como a la 1.
Una señora lo vino a buscar. Dijo que era su tía. El frío en el estómago subió hasta la garganta. Ya él no tiene tías, dijo Marta. Y su voz sonó extraña, lejana, como si viniera de otra persona. Lo primero que hizo Marta fue entrar a la escuela. No fue tranquila, no fue ordenada. empujó la reja, cruzó el patio vacío, llegó a la dirección con los pies temblándole sin que ella lo estuviera ordenando.
La directora era una mujer de nombre Graciela Fuentes, de unos 50 años, seria, con lentes de armazón grueso y el cabello recogido siempre en un chongo apretado. Cuando Marta entró a su oficina y le dijo lo que la señora de la cooperativa le había dicho, la cara de Graciela Fuentes hizo algo que Marta nunca olvidaría. Se puso blanca, no pálida, blanca, como si la sangre le hubiera bajado de golpe a los pies.
Espérame”, le dijo y salió de la oficina casi corriendo. Marta quedó sola en ese cuartito pequeño que olía a papel viejo y a desinfectante. Sobre el escritorio había una foto de la directora con quien se suponía eran sus hijos, una taza con lápices de colores y un montón de circulares sin firmar. Marta los miró sin verlos.
Tenía el corazón en la boca. Graciela regresó tres minutos después con la maestra de Yael. Se llamaba Sandra Ríos. Tenía unos 28 años, joven para ser maestra de primaria, con el cabello teñido de castaño oscuro y una expresión de pánico mal disimulado. “Señora Solano”, dijo Sandra y le costó trabajo empezar. A la 1:20 llegó una mujer a la puerta del salón.
me dijo que era familiar de Yael, que había una emergencia familiar y que usted le había pedido que lo recogiera. Marta la miró sin parpadear. Y usted se lo entregó. Sandra bajó los ojos. Hubo un silencio que pesaba toneladas. Ella sabía el nombre completo del niño dijo Sandra con la voz quebrada. Sabía cómo se llamaba usted, sabía en qué salón estaba.
Yo pensé, le pidió identificación. Sandra no contestó. Marta salió de la oficina, salió de la escuela, llegó a la banqueta y marcó el número de emergencias. El reporte de desaparición de Yael Solano fue levantado a las 3:18 de la tarde del martes 8 de octubre de 2019 en la delegación de la Fiscalía del Estado de Baja California, ubicada en la zona norte de Tijuana.
El agente que lo recibió se llamaba Rodrigo Calderón, 39 años, 12 años en la fiscalía, los últimos cuatro en la unidad de personas desaparecidas. Un hombre flaco, de bigote entreco, con unas ojeras permanentes que contaban más historias que su expediente. Rodrigo escuchó a Marta. La escuchó completo, sin interrumpirla, tomando notas a mano en una libreta con pasta de plástico azul.
Cuando ella terminó, él le hizo las preguntas de protocolo. Tenía fotos recientes del niño. Había tenido conflictos con alguien. El padre del niño estaba en el panorama. Había recibido amenazas. Debía dinero. A cada pregunta Marta respondía con monosílabos o frases cortas. No, no, no. El padre de Yael era un hombre llamado Eric Mota, con quien Marta había terminado cuando el niño tenía 3 años.
Eric vivía en Mexicali y tenía una visita acordada cada dos meses, aunque según Marta rara vez la cumplía. No había conflicto abierto entre ellos, solo la distancia y la indiferencia de un hombre que había decidido ser padre a medias. ¿Tiene la señora datos de quién fue a recoger al niño a la escuela?, preguntó Rodrigo.

La maestra dice que era una mujer. No le pidió identificación. Rodrigo apretó los labios, anotó algo que Marta no alcanzó a leer. “¿Las cámaras de la escuela?”, preguntó él. “La directora dice que tienen un sistema de videovigilancia”, respondió Marta en la entrada principal. Rodrigo se levantó de la silla. Las imágenes del sistema de videovigilancia de la primaria Benito Juárez eran de baja resolución.
Ese era el primer problema. Las cámaras eran de una marca genérica instaladas hacía 4 años, del tipo que se compra en cualquier tienda de electrónicos del Mercado Hidalgo por menos de 500 pesos. grababan en blanco y negro con una granulación que borroneaba los contornos de todo lo que capturaban. Pero ahí estaba.
A la 1:17 de la tarde del martes 8 de octubre, una figura femenina se acercó a la puerta principal de la escuela. La cámara la captó de frente, luego de costado, luego de espaldas. Cuando entró al patio, Rodrigo observó el video tres veces seguidas sin decir nada. La mujer era de estatura media, complexión delgada, quizás mediana. Llevaba una sudadera de color oscuro con la capucha puesta, aunque hacía calor ese día, lentes de sol de armazón grande que le cubrían buena parte del rostro, un cubrebocas sobre la boca y la nariz, de los que en 2019 aún no eran
habituales en la calle, de los que la gente usaba cuando estaba enferma o cuando trabajaba en construcción. Solo se le veían los pómulos y la frente y el pelo oscuro, lacio, recogido en una cola baja. Rodrigo llamó al técnico forense de la unidad para que procesara las imágenes. Luego se acercó a Marta, que estaba sentada en una silla de plástico en el pasillo de la delegación, con las manos entrelazadas sobre las rodillas mirando el piso.
Señora Solano”, le dijo, “¿Usted reconoce a esta mujer?” Le mostró una captura de pantalla en su teléfono. Marta la miró durante mucho tiempo. “No”, dijo al fin. “Y luego, ¿quién es?” Rodrigo no le respondió de inmediato, porque la verdad es que no lo sabía y esa respuesta era la que más miedo daba. En México, cuando desaparece un niño menor de 12 años, existe un protocolo de alerta que se llama alerta Amber.
Fue adoptado de manera oficial en 2012 y en teoría permite activar una red de difusión masiva. Medios de comunicación, señales en carreteras, mensajes de texto a celulares en la zona de búsqueda. La alerta Amber, en el caso de Yael Solano se activó a las 7 de la tarde del martes 8 de octubre. Para ese momento habían pasado casi 6 horas desde que la mujer se había llevado al niño de la escuela. 6 horas.
En casos de secuestro infantil, las primeras horas son las más críticas. Los expertos en rastreo de personas desaparecidas tienen un término para esto, la ventana dorada. Pasadas las primeras tres horas, las probabilidades de encontrar a la persona con vida disminuyen de manera estadísticamente significativa.
Pasadas las 6 horas, el margen se reduce todavía más. Rodrigo Calderón lo sabía. Llevaba 12 años sabiéndolo. Había trabajado casos que se resolvían en horas y casos que nunca se resolvían. había aprendido a funcionar con esa incertidumbre sin que le aplastara el pecho, o al menos eso se decía a sí mismo.
Pero este caso tenía algo diferente desde el principio, algo que él no sabía cómo nombrar todavía, pero que le apretaba la mandíbula cada vez que revisaba las imágenes de la cámara. La planificación. Esta mujer no había actuado de manera impulsiva. Había llegado a esa escuela sabiendo el nombre completo del niño, sabiendo el nombre de la madre, sabiendo en qué salón estaba, sabiendo el horario, sabiendo que Marta Solano llegaba siempre 10 o 15 minutos tarde.
Alguien había observado a esa familia. ¿Durante cuánto tiempo? Esa era la pregunta que no lo dejaba dormir esa noche. Las primeras 48 horas de la investigación fueron un torbellino. La fiscalía desplegó a tres agentes de la unidad de desaparecidos en la colonia Libertad y zonas aledañas. Se revisaron las cámaras de los negocios cercanos a la escuela, las cámaras del CCTV municipal que había en el cruce de la calle Libertad con la avenida internacional y las cámaras de una gasolinera a dos cuadras.
En la gasolinera encontraron algo. A la 1:42 de la tarde, 25 minutos después de que la mujer sacara a Yael de la escuela, una camioneta gris, modelo Cherokee, placas del estado de Baja California, cruzó frente a la gasolinera en dirección al norte, hacia la línea internacional, hacia la frontera con San Diego, California.
Las placas eran robadas. La camioneta había sido reportada como robada tres días antes, el sábado 5 de octubre en la colonia Camino Verde de Tijuana. El dueño era un hombre de apellido Peralta, electricista de profesión, que la había dejado estacionada frente a su casa la noche del viernes y amaneció sin ella el sábado.
Rodrigo revisó esa información y sintió un nudo en el estómago tr días antes del secuestro. Roban una camioneta en Tijuana. El sábado, el martes, esa camioneta aparece en las cámaras cerca de la escuela de Yael, minutos después de que el niño es sacado por una desconocida. Esto no era espontáneo. Esto llevaba días planeándose.
Marta Solano no durmió en toda la noche del martes. Eso lo dijeron después varias personas que estuvieron con ella en esas primeras horas, incluida su vecina Irene Bustamante, una mujer de 40 años que se instaló en el departamento de Marta desde que se enteró de lo que había pasado y no se fue en tres días.
Irene contó después en una entrevista con un periodista local que Marta no lloraba. Ese era lo que más le preocupaba, no lloraba. se sentaba en la orilla de la cama de Yael con una playera del niño apretada entre las manos y miraba la pared o caminaba de la cocina a la sala y de regreso una y otra vez, como si el movimiento fuera lo único que la mantenía entera.
En algún momento de la madrugada del miércoles, Marta le dijo algo a Irene que esta última nunca olvidaría. Alguien me estuvo viendo. Alguien estuvo viendo a mi hijo y yo no me di cuenta de nada. Irene no supo que responder porque era la verdad y las dos lo sabían. El miércoles 9 de octubre, con 24 horas de búsqueda encima, el caso empezó a tomar dimensiones que rebasaron a la delegación local.
La imagen de Yael, tomada de una foto del perfil de Facebook de Marta, se viralizó en cuestión de horas, primero en grupos locales de Tijuana, luego en páginas de desaparecidos de Baja California, luego en cuentas nacionales. Para el mediodía del miércoles, el hashtag Yael aparece estaba entre los 10 más usados en México en esa plataforma.
Los medios locales llegaron a la delegación, luego los nacionales. Una reportera de Televisa Noroeste plantó su cámara frente a la puerta de la fiscalía a las 11 de la mañana y no se movió hasta las 8 de la noche. Marta hizo una declaración pública al mediodía, corta, sin adornos. salió frente a las cámaras con la playera de Yael, la que había estado apretando toda la noche doblada entre sus manos.
Habló sin notas, sin preparación. Mi hijo se llama Yael Solano, tiene 7 años. Alguien se lo llevó ayer de su escuela. Si lo viste, si sabes algo, te lo pido con todo lo que tengo. Dímelo, devuélvemelo. Dijo eso y no dijo más. se dio vuelta y entró esa imagen. Marta de espaldas entrando a la fiscalía con la playera del niño apretada contra el pecho, fue la que abrió los noticieros nocturnos de ese miércoles en todo el país.
El técnico forense que trabajó las imágenes de la cámara de la escuela se llamaba Mauricio Espinoza, 36 años. especialista en análisis de imagen digital con un posgrado en criminalística que había estudiado pagándolo a plazos durante 4 años mientras trabajaba medio tiempo en la fiscalía. Mauricio presentó sus hallazgos el miércoles por la tarde en una reunión interna de la unidad.
Las conclusiones eran perturbadoras. Primero, la mujer había llegado a la escuela con lo que Mauricio describió como un disfraz. funcional, no un disfraz de teatro, no algo que llamara la atención, sino una combinación de elementos diseñados específicamente para bloquear la identificación facial ante cámaras de baja resolución.
La capucha, los lentes de armazón grande y el cubrebocas cubrían juntos el 70% de la superficie facial. Las partes que quedaban visibles, los pómulos y la frente no eran suficientes para hacer una identificación confiable con el software disponible en la unidad. Segundo, el análisis de la postura y el andar de la mujer sugería una edad de entre 28 y 45 años.
Amplio, demasiado amplio para ser útil. Tercero, algo que Mauricio señaló casi al final de su presentación, como si hubiera guardado lo más inquietante para el cierre. Esta persona sabía dónde estaban las cámaras, dijo. Hubo silencio en la sala. ¿Cómo lo saben?, preguntó Rodrigo. Mauricio proyectó una secuencia de imágenes en la pared.
En ningún momento, explicó la persona. Gira la cara hacia las cámaras. Ni una vez. Siempre mantiene el ángulo que le permite que las partes identificables de su rostro queden en sombra o fuera de cuadro. Esto no es casualidad. Esto requiere que alguien haya visitado el lugar antes, identificado la posición de las cámaras y practicado cómo moverse para evitarlas.
El silencio en la sala se volvió más denso. Rodrigo pensó en lo que eso significaba. Esta persona había estado en esa escuela antes del martes, quizás más de una vez, estudiando las cámaras, estudiando los movimientos del personal, estudiando a Yael, cuánto tiempo llevaba planeando esto. La línea de investigación más urgente en ese momento era la frontera.
Si la camioneta gris había ido hacia la línea internacional, había dos posibilidades. una que hubieran cruzado hacia Estados Unidos, dos que hubieran girado antes de llegar al cruce y tomado otra ruta. Rodrigo se coordinó con la patrulla fronteriza estadounidense y con la oficina del FBI en San Diego, que en casos de presunto cruce fronterizo de menores tomaba jurisdicción conjunta.
La respuesta llegó el miércoles por la noche. No había registro de una camioneta Cherokee gris con esas placas cruzando ninguno de los tres puntos de entrada en la frontera Tijuana San Diego en las horas posteriores al secuestro. ni el cruce de San Isidro, ni el de Otai Mesa, ni el de Tecate. Eso descartaba el cruce fronterizo inmediato, pero no descartaba que estuvieran en algún punto entre Tijuana y la línea esperando un momento o una ruta menos vigilada para intentarlo, o que hubieran abandonado la camioneta y cambiado de vehículo.
Rodrigo habló con sus superiores esa noche. Necesitaba más recursos, necesitaba cámaras revisadas en un radio mayor, necesitaba más agentes en campo, necesitaba coordinación con la PGR. Sus superiores le dijeron que harían lo posible. Rodrigo sabía lo que eso significaba en la práctica, pero siguió trabajando.
El jueves 10 de octubre en la mañana ocurrió algo que nadie esperaba. Una mujer llamó a la línea de denuncia anónima de la Fiscalía de Baja California. No dio su nombre. Habló con voz tranquila, casi clínica. Dijo que había visto la nota de la alerta Amber. Dijo que creía haber visto algo relevante el martes por la tarde cerca de la colonia Otai, al este de Tijuana.
dijo que había visto a un niño con una mujer adulta metiéndose a una casa de dos pisos con bardas altas de concreto pintadas de verde. La llamada duró 40 segundos. La mujer colgó antes de que el operador pudiera pedirle más detalles. Rodrigo escuchó la grabación dos veces. Luego llamó a sus dos mejores agentes y les dijo que se prepararan. Iban a Otai.
La colonia Otai Constitución está al oriente de Tijuana subiendo por la mesa de Otai, en una zona que mezcla fraccionamientos de clase media con vecindades más antiguas y calles que se van poniendo más solitarias conforme uno se aleja de los ejes principales. Hay bodegas, talleres mecánicos, lotes valdíos con maleza alta.
Es una zona funcional, sin glamour, del tipo que no aparece en las guías de turismo, pero que sostiene el tejido cotidiano de la ciudad. Rodrigo y sus agentes llegaron a Ota poco antes de mediodía. El problema era que la mujer anónima no había dado una dirección exacta, solo dijo cerca de Ota, bardas altas de concreto pintadas de verde.
En esa zona había decenas de casas con bardas de concreto, algunas pintadas de verde. Rodrigo dividió el equipo. Él y el agente Bernal cubrieron las calles del lado norte. La agente Torres y su compañero, el sur, caminaron. Observaron, preguntaron a vecinos. La mayoría respondió con evasivas. En Tijuana, en esa zona, la gente no habla fácilmente con personas que llegan haciendo preguntas.
Hay razones históricas para esa desconfianza, razones que tienen nombre y fecha en los expedientes de la fiscalía. Estaban por dar por terminado el recorrido cuando la agente Torres llamó por radio. Rodrigo, tengo algo. Era una casa en la calle Plutarco, Elías Calles, número 42, a dos cuadras de una tortillería que llevaba operando en esa esquina desde los años 80.
Barda de concreto de 2,5 m pintada de verde oscuro, casi militar. La puerta estaba entornada. Rodrigo se acercó. El silencio dentro de la propiedad era denso. No se oía nada. Ni televisión, ni voces, ni el ruido de una casa habitada. Tocaron. Nadie respondió. Tocaron más fuerte. Nada. Rodrigo miró a Bernal.
Bernal asintió. Empujaron la puerta. El patio delantero estaba vacío. Hizo de cemento sin acabado, una manguera enrollada junto a la pared, una silla plástica volcada cerca de la entrada, nada más. La puerta de la casa estaba abierta. Entraron con cuidado. Sala vacía, cocina con algunos trastes sucios en el fregadero, un cenicero sobre la mesa, dos latas de refresco aplastadas en el piso.
Subieron las escaleras, el primer cuarto vacío. El segundo cuarto. Rodrigo empujó la puerta. En el piso, arrincado contra la pared del fondo, había una mochila azul con un dinosaurio en la tela. Rodrigo se arrodilló junto a la mochila sin tocarla. La respiración se le había acelerado sin permiso. Era la mochila de Yael, sin ninguna duda.
Los cuadernos adentro tenían el nombre del niño escrito en marcador por su madre, la lonchera termoazul con un tren pintado. Los colores, todo estaba ahí. Pero el niño no. La casa estaba vacía. quien hubiera estado aquí se había ido. Rodrigo llamó a la fiscalía para pedir un equipo de criminalística. Luego salió al pasillo y se apoyó contra la pared con los ojos cerrados contando respiraciones.
La mochila significaba que ya él había estado en esa casa. Significaba que iban bien. Significaba que la pista era real, pero también significaba que se habían ido. ¿Cuándo? ¿A dónde? El cenicero en la mesa de la cocina, las latas aplastadas, la silla volcada en el patio. Alguien había estado aquí con prisa, alguien que se fue rápido.
¿Por qué rápido? Rodrigo bajó las escaleras de nuevo y salió a la calle. Miró hacia los dos lados, calles quietas. Una señora que barría su banqueta a 20 met. Un perro echado a la sombra de un poste. Caminó hacia la señora. Disculpe”, le dijo mostrando su placa. “¿Usted sabe quién vivía en esa casa?” La señora lo miró.
Miró la casa, volvió a mirarlo. “Nadie vive ahí”, dijo al fin. Esa casa estaba sola desde hace meses, pero el martes en la noche vi luces adentro. El equipo de criminalística procesó la casa en Ota durante el resto del jueves y parte del viernes. Los resultados llegaron en partes a lo largo de esas horas, cada uno abriendo una pregunta nueva.
Primero, la mochila de Yael tenía huellas dactilares de al menos tres personas distintas, las del niño, las de Marta y un tercer conjunto que no apareció en ninguna base de datos nacional o estatal. Segundo, en el cuarto de arriba encontraron algo más debajo del [ __ ] de cartón del closet, una lista escrita a mano en una hoja de papel cuadriculado.
La caligrafía era pequeña, apretada, claramente femenina, según el análisis pericial posterior. La lista contenía horarios, descripciones de rutinas y en la parte de abajo dos palabras rodeadas con un círculo. Las dos palabras eran Marta trabaja. Rodrigo la leyó varias veces. Marta trabaja. Alguien había estudiado el horario de trabajo de Marta.
Sabía que los martes ella estaba en el salón. Sabía que Yael salía de la escuela a las 2:30. Sabía que Marta llegaba tarde y había planeado todo alrededor de eso. Tercero, en la cocina, metido entre la pared y el refrigerador viejo que había en el rincón, encontraron un teléfono celular barato de esos de prepago con la pantalla rota.
La batería estaba agotada. Mauricio Espinoza se lo llevó al laboratorio. Marta recibió la información sobre la casa de Otai. en la oficina de Rodrigo. Rodrigo le contó lo que habían encontrado, la mochila, la lista, la evidencia de que ya él había estado ahí. Marta escuchó todo sin moverse, con esa quietud que ya le conocían, esa quietud que no era calma, sino contención, como una presa que aguanta el agua sin ceder.
Cuando Rodrigo terminó, ella preguntó una sola cosa. ¿Quién me estaba viendo? Rodrigo no tenía respuesta para eso todavía. Eso es lo que estamos tratando de determinar, le dijo. Marta asintió lentamente. Alguien me conoce, dijo. Alguien que sabe mis horarios. Alguien que sabe dónde trabaja mi hijo, dónde vivo, cómo me llamo.
Alguien que ha estado cerca de mí y yo no lo sé. Hizo una pausa. ¿Qué tan cerca? Era la pregunta correcta. Era la pregunta que Rodrigo también llevaba haciéndose desde el martes, porque para saber todo eso, esa mujer o quién la mandara, tenía que haber estado muy cerca en el salón, en la escuela, en el vecindario, en algún lugar de la vida cotidiana de Marta Solano.
visible, paciente, observando el teléfono de prepago que encontraron en la cocina de la casa de Otai. Fue el primer golpe de suerte real en la investigación. Mauricio tardó dos días en extraeros del aparato. La memoria estaba dañada, pero no destruida. De lo que recuperó, la pieza más importante era una sola, el registro de llamadas salientes de los últimos 15 días.
nueve llamadas a un mismo número, un número de Tijuana. Rodrigo pidió el trazo del número a la compañía telefónica con una orden judicial expedida el viernes por la tarde. La respuesta llegó el sábado a mediodía. El número estaba registrado a nombre de un hombre llamado Hugo Serrano Leal, 42 años, con domicilio en la colonia Buenavista en Tijuana, sin antecedentes penales, sin registro en ninguna base de datos relacionada con delitos graves.
Rodrigo buscó el nombre en todos los sistemas a los que tenía acceso. Nada relevante. Nombre invisible en los registros del Estado. Luego hizo algo que los investigadores a veces subestiman. Buscó el nombre en Facebook. Hugo Serrano Leal tenía un perfil con foto de perfil relativamente activo con publicaciones sobre fútbol y sobre un negocio que al parecer tenía.
Un negocio de venta de autos usados en la zona del 5 y 10 en el centro de Tijuana. Rodrigo amplió la foto de perfil. y se quedó inmóvil frente a la pantalla. En la foto, Hugo Serrano estaba parado frente a uno de sus autos usados, sonriendo. A su lado había una mujer. Rodrigó la imagen al máximo. La mujer tenía el pelo oscuro, lacio, recogido en una cola baja, los pómulos altos, la frente despejada.
Rodrigo abrió en la pantalla de al lado la captura de la cámara de la escuela. las comparó. Su corazón empezó a correr. No era una confirmación científica. La foto de Facebook era de baja resolución y el ángulo era diferente al de la cámara escolar. Mauricio Espinoza tendría que hacer el análisis formal de comparación facial, pero Rodrigo llevaba 12 años mirando personas y algo en la manera en que esa mujer estaba parada, en el ángulo del cuello, en la posición de los hombros.
le decía que era la misma. Mandó la foto a Mauricio de inmediato con una nota de tres palabras. Es ella. Luego empezó a buscar todo lo que pudiera encontrar sobre Hugo Serrano Leal. El negocio de autos usados en el 5 y 10 llevaba operando desde 2015. Hugo Serrano pagaba sus impuestos con irregularidades menores, del tipo que no llama la atención, pero que se acumulan.
tenía una deuda con el IMSEs por empleados no registrados, nada que hubiera generado una investigación seria, pero había algo más, un expediente de 2016, una denuncia presentada por una mujer llamada Patricia Guerrero, vecina de la colonia Buena Vista, que afirmaba que Hugo Serrano había amenazado a su hijo adolescente de manera intimidatoria por un supuesto conflicto de linderos.
entre propiedades. La denuncia había sido archivada por falta de evidencia suficiente. Rodrigo llamó a Patricia Guerrero ese mismo sábado. Lo que ella le contó no era lo que él esperaba. Patricia Guerrero era una mujer de 52 años, maestra de secundaria jubilada que vivía sola desde que su hijo se había ido a estudiar a Guadalajara.
habló con Rodrigo durante 40 minutos por teléfono. Dijo que Hugo Serrano había vivido en la colonia Buenavista durante varios años en una casa grande al final de la calle Guanajuato, que era un hombre que no se relacionaba mucho con los vecinos, pero que tampoco generaba problemas abiertos, que era tranquilo, casi anónimo.
Pero Patricia había notado algo. Ese hombre recibía visitas de mujeres, dijo, “No una ni dos, muchas, siempre mujeres distintas y a veces había niños.” Rodrigo se incorporó en su silla. Niños, sí, los veía desde mi terraza. Niños de distintas edades. Entraban y no salían por horas.
Yo siempre pensé que era una guardería informal o algo así, porque también se veían juguetes en el patio cuando él lo abría. Rodrigo tomó nota con la mano que le temblaba levemente. No fue la última vez que vio eso. Patricia pensó un momento. Hace cosa de un año más o menos, y luego él se fue. La casa quedó vacía. ¿Sabe a dónde se fue? No. Un día amaneció cerrada y ya.
Nunca más lo vi. Rodrigo terminó la llamada. se quedó mirando sus notas durante un momento largo. Una casa grande, mujeres, niños que entraban y no salían por horas. Sintió un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del cuarto. Lunes 13 de octubre, 6 días después del secuestro de Yael, Mauricio Espinoza presentó su análisis comparativo formal.
La mujer en la foto de Facebook de Hugo Serrano Leal y la mujer captada en la cámara de la primaria Benito Juárez compartían 17 rasgos morfológicos coincidentes en las áreas del rostro que ambas imágenes permitían analizar. El análisis no era una identificación de certeza absoluta, porque las imágenes eran de baja calidad, pero sí era suficiente para sustentar una solicitud de orden de apreensón por parte del Ministerio Público.
El juez la firmó ese mismo lunes por la tarde. El problema era que Hugo Serrano Leal había desaparecido. Su negocio del 5 y 10 estaba cerrado. Su departamento actual, un lugar que había rentado en la colonia Garita tras dejar la casa de buena vista, estaba vacío. Los vecinos decían que no lo habían visto desde hacía más de una semana.
Más de una semana. Desde antes del secuestro de Yael. Eso significaba que Hugo Serrano había planeado su desaparición antes de que la mujer fuera a la escuela, antes de que el niño desapareciera. había liquidado su vida en Tijuana y se había evaporado. ¿A dónde? Rodrigo extendió la búsqueda a nivel nacional, coordinó con la Fiscalía General de la República, mandó la foto de Serrano a todas las delegaciones estatales y mientras esperaba hizo algo que en ese momento parecía un detalle menor, pero que después resultaría ser la pieza más
importante de todo el caso. Buscó a la mujer de la foto, no a Hugo Serrano, a la mujer. ¿Quién era ella? En la foto de Facebook, la mujer aparecía junto a Serrano frente a un auto rojo. No tenía nombre de etiqueta. Rodrigo rastreó los comentarios de la publicación que era de 2017. Nadie la mencionaba por nombre.
Pero en otras fotos del perfil de Serrano, en álbum más antiguos, había imágenes de una reunión que parecía ser una posada navideña. Y en una de esas fotos alguien había dejado un comentario que decía, “Qué bonita se ve Daniela. Daniela.” Rodrigo buscó los contactos de Facebook de Hugo Serrano que tuvieran ese nombre. Encontró tres.
La primera era mayor de 60 años. La segunda vivía en Monterrey y llevaba meses sin actividad en el perfil. La tercera. La tercera era una mujer de unos 35 años con foto de perfil reciente, con actividad en la red, con un nombre completo, Daniela Fuerte Ochoa. Rodrigo buscó el nombre en todos los sistemas disponibles y lo encontró.
Daniela Fuerte Ochoa, 34 años, nacida en Hermosillo, Sonora, residente en Tijuana desde 2015, sin antecedentes penales, sin registro en bases de datos criminales, pero con algo que a Rodrigo le llamó la atención de inmediato. una solicitud de amparo presentada en 2017 contra una resolución del DIF Baja California.
El DIF, el sistema para el desarrollo integral de la familia, la institución encargada, entre muchas cosas, de la protección de menores. Rodrigo consiguió el expediente del amparo, leyó el primer párrafo y tuvo que leerlo dos veces para asegurarse de que entendía lo que estaba leyendo. En 2015, Daniela Fuerte Ochoa había iniciado un proceso de adopción en el DIF Baja California.
Lo había hecho sola como madre soltera. Cumplía los requisitos económicos básicos. Tenía trabajo estable como empleada administrativa en una empresa de logística en la zona del aeropuerto. Tenía casa propia rentada. Tenía referencias familiares y laborales en orden. El proceso avanzó durante casi 2 años y luego en 2017 el DIF lo canceló.
La razón oficial consignada en el expediente era inadecuación del entorno familiar para el desarrollo óptimo del menor. Una frase larga y burocrática que en la práctica significaba que algo en la evaluación psicológica o en la investigación de hogar había levantado señales de alerta. Daniela Fuerte había impugnado la resolución mediante el amparo.
El amparo había sido negado, no pudo adoptar. Rodrigo cerró el expediente, abrió uno nuevo, buscó todas las denuncias, reportes o registros que pudieran conectar el nombre de Daniela Fuerte Ochoa con incidentes relacionados con menores. Tardó 2 horas y encontró algo que hizo que el cuarto pareciera achicarse a su alrededor.
En agosto de 2018, 11 meses antes del secuestro de Yael, una mujer de nombre Beatriz Peralta había presentado una denuncia en la delegación norte de la fiscalía. Decía que una desconocida había intentado hablarle a su hija de 5 años frente al parque teniente Guerrero en el centro de Tijuana, que la niña le había dicho que la señora le prometió llevarla a ver muchos juguetes.
Y cuando Beatriz se acercó, la mujer se fue caminando rápido. La descripción que Beatriz dio de la mujer. Tres y tantos años. Pelo oscuro lacio, complexión delgada. La denuncia había quedado archivada sin investigación posterior, sin resolución. Rodrigo se puso de pie, tomó su chaqueta, llamó a los agentes Torres y Bernal.
Tenían que encontrar a Daniela fuerte Ochoa antes de que desapareciera también. La última dirección registrada para Daniela Fuerte Ochoa era un departamento en la colonia Aviación, cerca del aeropuerto internacional de Tijuana. Un edificio de tres pisos color beige, de los que hay miles en esa ciudad, con macetas en los balcones y ropa tendida en algunos de ellos.
Llegaron al anochecer del lunes 13 de octubre. El edificio tenía un encargado, un hombre de unos 60 años con chanclas y un periódico doblado en la mano que los recibió en la planta baja. Rodrigo le preguntó por Daniela fuerte del departamento 12. El encargado frunció el seño. La señorita Daniela, sí, pero ya no vive aquí.
¿Cuándo se fue? La semana pasada, el jueves o el viernes, llegó con unas cajas, agarró sus cosas y se fue. Me dijo que le avisara al dueño que ella no iba a continuar con el contrato. ¿Le dejó algún dato de contacto? Dijo a dónde iba. El encargado negó con la cabeza. Nada, se fue no más. El jueves o viernes de la semana anterior, cuatro o cinco días antes del secuestro de Yael, Hugo Serrano había desaparecido antes del secuestro.
Daniela Fuerte había abandonado su departamento antes del secuestro. Los dos se habían ido con anticipación, con anticipación, con planeación, con una logística que indicaba que no actuaban solos. Rodrigo estaba parado en la banqueta frente al edificio cuando su teléfono sonó. Era Mauricio Espinoza. Rodrigo, encontramos algo más en el teléfono de Otai.
Pude recuperar un fragmento de conversación de mensajes de texto. Está parcialmente corrupto, pero hay algo que necesitas ver. ¿Qué dice? Hubo un segundo de pausa. Dice, “El niño ya está con nosotros. El siguiente es el sábado. Rodrigo cerró los ojos un segundo. El siguiente no era el primero, no era el último.
Yael no era el único niño. Hay frases que cambian el curso de una investigación. No siempre son dramáticas. A veces son cortas, casi ordinarias, del tipo que podrías leer en cualquier conversación de teléfono y no notar nada. Pero en el contexto correcto, en el momento correcto, esas frases abren una puerta que antes no existía.
El niño ya está con nosotros. El siguiente es el sábado. Rodrigo leyó el fragmento tres veces en la pantalla que le envió Mauricio. Tres veces parado en la banqueta frente al edificio Beige de la colonia Aviación con el ruido del tráfico de la carretera federal detrás de él y el frío nocturno de octubre bajando por la mesa de Otai.
El siguiente, no decía otro niño, no decía otro caso, decía el siguiente, con la naturalidad de quien habla de un pendiente en una lista de trabajo, como si hubiera una secuencia, como si Yael fuera un número en una serie. Rodrigo llamó de inmediato a su jefe, el subprocurador Alejandro Venegas, y le explicó lo que tenían.
Venegas era un hombre de 57 años. político más que investigador de los que medían cada decisión por su impacto en la prensa antes que por su utilidad en el campo. Pero esa noche, al escuchar a Rodrigo, algo en su voz cambió. Necesito que vengas a la fiscalía ahorita”, le dijo. “Y trae todo lo que tienes.” Rodrigo llegó a las 9:40 de la noche.
Lo que comenzó como la investigación de una desaparición individual estaba a punto de convertirse en algo mucho más grande. La reunión en la fiscalía duró hasta la 1 de la mañana. Estaban presentes el subprocurador Venegas, Rodrigo, los agentes Torres y Bernal, Mauricio Espinosa desde el laboratorio vía teléfono y un hombre que Rodrigo no conocía, pero que Venegas presentó como el agente Leandro Mora de la Unidad Especializada en Tráfico de personas de la Fiscalía General de la República.
Eso fue lo primero que indicó a Rodrigo la magnitud de lo que estaban enfrentando. Cuando la FGR manda a un especialista en tráfico de personas, no lo hace por un solo caso aislado. Leandro Mora era un hombre delgado de unos 44 años, con cabello corto y una mirada que analizaba todo con la frialdad de alguien que ha visto demasiado.
Venía de Ciudad de México. había llegado en el vuelo de las 7 de la tarde. Presentó lo que la FGR tenía en los últimos 18 meses. En tres estados del noroeste de México había habido siete reportes de desaparición de menores de entre 5 y 10 años en circunstancias que compartían un patrón. Todos habían sido sustraídos de entornos escolares o cercanos a escuelas.
En todos los casos, los sustrayentes eran mujeres que afirmaban ser familiares. En todos los casos, las cámaras disponibles capturaban figuras con el rostro parcialmente cubierto. En ningún caso se había encontrado al menor. Siete niños en tres estados: Sonora, Sinaloa y ahora Baja California, siete niños en 18 meses y nadie había conectado los puntos hasta ahora.
Porque cada caso había quedado en manos de las fiscalías estatales correspondientes sin coordinación federal. El silencio en la sala cuando Mora terminó de hablar era el tipo de silencio que pesa. Rodrigo pensó en Yael, en su mochila azul tirada en el piso de esa casa en Otai, en la foto de Marta que había visto en la delegación abrazando la playera de su hijo, siete niños.
Ya, él podría ser el octavo en la lista de alguien. El patrón que Mora presentó era aterrador en su precisión. Cada sustracción había ocurrido en una ciudad distinta, con diferencias de dos a tres meses entre una y otra. Los sustrayentes eran mujeres distintas en cada caso, aunque la descripción física general era similar.
Complexión media, pelo oscuro, entre 30 y 45 años. En ningún caso se había podido hacer una identificación positiva, pero había un elemento que conectaba al menos cuatro de los siete casos. En cuatro de los expedientes, investigadores locales habían encontrado evidencia de que alguien había recabado información detallada sobre las rutinas de las familias antes de actuar, horarios de trabajo de los padres, nombres completos de los niños, datos escolares, información que no se consigue de un día para otro, información que requiere observación
sostenida. Alguien reclutaba mujeres para hacer el trabajo de campo. Alguien les pasaba información recolectada previamente. Alguien coordinaba los movimientos y los tiempos. Y la figura de Hugo Serrano Leal, con su negocio de autos usados, que funcionaba como fachada perfecta para moverse entre ciudades y estados, sin llamar la atención, empezaba a ocupar un lugar central en el tablero.
“¿Tienen ubicada a la mujer del teléfono?”, preguntó Mora refiriéndose a Daniela Fuerte. Negativo, respondió Rodrigo. Su último domicilio conocido fue abandonado antes del secuestro de Yael. No tenemos registro de transporte público, aerolínea o caseta carretera a su nombre desde el viernes 5 de octubre. Tiene que haber salido de alguna manera.
Puede haber usado un alias o que alguien la moviera en vehículo sin dejar registro. Mora asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar. En los casos de Sonora y Sinaloa, dijo, “Los sustrayentes tampoco dejaron rastro de transporte. Esto es gente que sabe cómo moverse sin ser vista.” Rodrigo pensó en la casa de Otai, en la silla volcada, en el cenicero, en el teléfono metido detrás del refrigerador.
La habían dejado en la casa abandonada porque se fue con prisa. Algo la hizo irse antes de lo planeado. ¿Qué? La respuesta llegó de una dirección inesperada. El martes 15 de octubre, una semana exacta después del secuestro de Yael, el dueño de una vulcanizadora en la colonia Otay Constitución se acercó a la delegación norte de la fiscalía.
Se llamaba Fortino Ramos, un hombre de 48 años con las manos manchadas de grasa y una actitud de alguien que se debate entre querer ayudar y tener miedo de las consecuencias de hablar. Le dijeron que esperara. Rodrigo llegó 20 minutos después. Tino dijo que tenía un negocio a tres calles de la casa de la calle Plutarco, Elías Calles, que el martes de la semana anterior, alrededor del mediodía, había visto una camioneta cherokee gris estacionada frente a esa casa que no le había dado importancia hasta que salió la noticia del niño desaparecido y
recordó que justo ese día había visto algo que le pareció raro. ¿Qué vio?, preguntó Rodrigo. Fortino tardó un momento en responder. Vi a una mujer salir de la casa cargando una bolsa grande de esas de viaje. Iba con un niño, lo llevaba de la mano. Caminaban rápido. El niño parecía, no sé cómo explicarlo, dormido, pero despierto.
Dormido, pero despierto. Sí, como adormilado. Caminaba, pero con los ojos medio cerrados. Ella lo jalaba. Rodrigo sintió el frío en el esternón. Sedado. El niño estaba sedado. ¿Recuerda a qué hora fue eso? Como a las 2:15 quizás. Las 2 de la tarde del martes. Eso era menos de una hora después de que la mujer sacó a Yael de la escuela.
Vio hacia dónde fueron. Se subieron a la camioneta. Ella lo metió atrás en el asiento trasero y lo acostó. Luego se subió al asiento del copiloto. Manejaba otra persona. Pudo ver quién manejaba. Hombre, más o menos así. Fortino señaló su propia altura. No vivía en la cara, tenía gorra. ¿Hacia dónde se fueron? Fortino señaló con el pulgar hacia el este, para el lado de Tecate, Tecate, no hacia la frontera de San Isidro, ni hacia Otay Mesa, los cruces más transitados y vigilados, hacia Tecate, el cruce más pequeño y
menos congestionado de los tres, el que en horas no pico tiene menos personal y menor densidad de cámaras. el que alguien con conocimiento local elegiría precisamente por esas razones. Rodrigo extendió la coordinación con la patrulla fronteriza en el cruce de Tecate de inmediato. La respuesta llegó 2 horas después.
No había registro de una cheroquí gris con las placas robadas cruzando por Tecate ese día, pero había algo más. A las 3:17 de la tarde del martes 8 de octubre, una camioneta Suburban blanca de modelo 2017 con placas de Sonora había cruzado por el carril de residentes en el cruce de Tecate con tres ocupantes. El conductor, que presentó documentos a nombre de Gustavo Arellano Torres y dos pasajeras que la gente de la patrulla fronteriza consignó como mujer adulta y menor de edad femenino. Menor de edad femenino.
Rodrigo frunció el seño. Ya él era varón. habían cambiado su apariencia o era una persona diferente. Rodrigo pidió las imágenes del cruce de Tecate de ese horario. Las imágenes del cruce fronterizo de Tecate eran de mejor calidad que las de la escuela primaria. Eran cámaras del sistema federal, actualizadas hacía dos años.
Mauricio Espinosa las analizó durante 4 horas y cuando llamó a Rodrigo había algo distinto en su voz. El menor en la suburban blanca, dijo Mauricio, tiene complexión y estatura consistentes con Yael Solano. La imagen no es totalmente concluyente porque lleva ropa diferente y tiene el cabello cubierto con un gorro, pero la estructura ósea facial, la proporción nariz mentón y la postura coinciden en un grado significativo.
¿Qué tan significativo? suficiente para que yo lo ponga en mi reporte como probable coincidencia positiva. Rodrigo cerró los ojos un segundo y la mujer adulta, misma persona que las imágenes anteriores, misma morfología, en este caso, sin el cubrebocas, porque el agente fronterizo necesitaba ver su cara para validar el documento.
Tengo una imagen frontal parcial suficiente para identificarla con el banco de datos que tenemos, ¿no? Pero si comparamos con la foto de Facebook que me mandaste antes, hay coincidencia en 19 de los 23 puntos que pude medir. Rodrigo, es Daniela Fuerte. Estoy prácticamente seguro. Daniela Fuerte Ochoa había cruzado la frontera con Yael Solano el mismo martes que lo sustrajo, 5 horas después de sacarlo de la escuela. Estaban en Estados Unidos.
Lo que siguió fue una carrera burocrática que Rodrigo describió después como la parte más frustrante de mi vida profesional. En teoría, la coordinación entre México y Estados Unidos en casos de sustracción de menores existe. Hay tratados, hay protocolos, hay líneas directas entre fiscalías y agencias federales.
Hay el Centro Nacional para niños desaparecidos y explotados del lado americano que tiene mecanismos para actuar rápido. En la práctica, cada institución tiene sus propios tiempos, sus propias cadenas de autorización, sus propios formularios, que deben llenarse de cierta manera para que el siguiente nivel los procese.
Y mientras los formularios viajaban de escritorio en escritorio, Yael Solano seguía desaparecido. Rodrigo trabajó 16 horas seguidas ese martes coordinando con la FGR, con el consulado general de México en San Diego, con la oficina del FBI en California. Bernal y Torres lo apoyaron desde sus terminales sin quejarse. A la medianoche, el FBI confirmó que abrirían una investigación paralela, que buscarían a Gustavo Arellano Torres, el conductor de la Suburban, que las autoridades del condado de San Diego recibirían la alerta. Era un avance, era
real, pero no era Yael de regreso. Marta Solano no estaba esperando sentada. Eso era algo que Rodrigo entendió demasiado tarde. Mientras él coordinaba con federales y con el FBI, mientras la burocracia hacía su trabajo lento. Marta había estado haciendo algo por su cuenta. Llevaba días hablando con periodistas, con activistas, de organizaciones de búsqueda de personas desaparecidas con madres que habían pasado por algo parecido.
había construido en una semana una red de contactos que los investigadores tardaban meses en armar, porque Marta no era solo una madre desesperada, era una mujer inteligente, metódica, que cuando no podía controlar su dolor lo convertía en movimiento. Jueves 17 de octubre, 9 días después de la desaparición de Yael, Marta apareció en una transmisión en vivo desde su cuenta de Facebook.
No era el tipo de declaración controlada que los abogados y los agentes le recomendaban. Era ella sola, frente a la cámara de su teléfono, en la cocina de su departamento. Habló durante 8 minutos. habló de Yael, de su mochila azul con el dinosaurio, de la cicatriz en la barbilla, de que le gustaba coleccionar piedras del suelo, cualquier piedra que le pareciera interesante y que tenía una cajita de cartón debajo de la cama llena de ellas.
Y luego dijo algo que generó un revuelo que nadie esperaba. Sé que hay más niños desaparecidos en la misma situación que ya él. Sé que no es el primero y si hay madres que están pasando por lo mismo, necesito que me busquen. Necesito que hablemos. La transmisión alcanzó 400,000 reproducciones en menos de 12 horas y al día siguiente cuatro mujeres la contactaron.
Las cuatro mujeres que contactaron a Marta eran madres cuyos hijos habían desaparecido en el noroeste de México en los últimos 18 meses. Una de Sonora, dos de Sinaloa, una de Baja California, de Mexicali. Un caso que no había llegado al tablero de Rodrigo porque la delegación de Mexicali lo tenía clasificado de manera diferente.
Marta habló con cada una de ellas por videollamada, escuchó sus historias y luego le llevó lo que había escuchado a Rodrigo en persona en la delegación el viernes 18 de octubre. Rodrigo la recibió con la incomodidad de alguien que sabe que una víctima está haciendo su trabajo, que está avanzando más rápido que el sistema y que no puede decidir si estar agradecido o preocupado.
Marta llegó con notas escritas en un cuaderno de espiral con letra apretada y subrayados en rojo. se sentó frente a Rodrigo y puso el cuaderno sobre el escritorio. “Los niños desaparecen cerca de escuelas”, dijo. Siempre los sacan mujeres, siempre dicen ser familiares, siempre saben más de lo que deberían saber sobre la rutina de la familia.
Y siempre hay un hombre que aparece en el fondo, que no es el que hace el trabajo visible, pero que coordina. Rodrigo la miró en silencio. Ya lo saben, dijo Marta. No era una pregunta. Llevamos días trabajando en eso, respondió Rodrigo. Señora Solano, lo que usted está haciendo, hablar con esas familias, publicar información en redes.
Me está pidiendo que pare, le estoy pidiendo que tenga cuidado. Esta gente sabe quién es. Usted sabe dónde vive, sabe dónde trabaja. Marta lo miró con una fijeza que Rodrigo recordaría durante mucho tiempo. Lo sé, dijo. Por eso no paro. La noche del viernes 18 de octubre, Rodrigo recibió una llamada del agente del FBI en San Diego con quien había estado coordinando.
El agente se llamaba Michael Torres, de ascendencia mexicana, bilingüe que llevaba 8 años trabajando casos de tráfico de personas en la frontera sur de California. Torres le dijo que habían encontrado la suburban blanca. Estaba estacionada en un lote al norte de la ciudad de El Cajón, en el condado de San Diego, abandonada.
Las placas de Sonora eran falsas. No había huellas utilizables en el interior, pero había algo más. En el piso del asiento trasero, alguien había dejado, posiblemente, sin darse cuenta, una piedra pequeña, una piedra ordinaria de las que se recogen del suelo, del tipo que un niño de 7 años guardaría en una cajita de cartón debajo de su cama.
Torres la describió como gris de unos 3 cm con una beta blanca en el centro. Rodrigo cerró los ojos un momento, luego llamó a Marta. Cuando le dijo lo de la piedra, escuchó al otro lado de la línea el primer sonido que no era control. un sonido corto, quebrado, que duró menos de un segundo antes de que Marta lo cortara y volviera a hablar con voz firme. Es de él, dijo.
Él siempre cargaba una en el bolsillo del pantalón para cuando encontraba algo que le llamaba la atención. Rodrigo anotó eso en su libreta. Luego escribió debajo con letras grandes. Yael estuvo en ese carro. La investigación del FBI avanzó en paralelo con la de la Fiscalía Mexicana durante los días siguientes. Gustavo Arellano Torres, el conductor de la Suburban, fue identificado el lunes 21 de octubre. Tenía 38 años.
Nacido en Hermosillo, presidía de manera irregular en el área de San Diego desde 2016, sin estatus migratorio regular, sin antecedentes criminales en Estados Unidos, aunque tenía una carpeta de investigación abierta por la DEA por presuntos vínculos menores con transporte de mercancía no especificada hacia el norte de la frontera, no era el cerebro de ninguna operación.
Era, según Torres, del FBI, el tipo de persona que hace encargos específicos a cambio de dinero, sin hacer demasiadas preguntas. Lo localizaron en un cuarto de hotel de mala muerte en el área de Chula Vista. Lo detuvieron el martes 22 de octubre. Rodrigo recibió la noticia a las 7 de la mañana mientras desayunaba de pie junto a su carro.
frente a una tienda de conveniencia en Tijuana con un café negro que ya estaba frío. Torres del FBI le llamó para darle el update. Areellano habló, dijo Torres, o empezó a hablar. Dice que él solo manejó. Le pagaron $,000 para llevar a la mujer y al niño desde Tecate hasta un punto de entrega en chula Vista. Punto de entrega. una casa en Palomar Street.
Dice que llegaron, esperó en el carro. La mujer entró con el niño, salió sin el niño y se fue caminando. Él se quedó con la suburban, que era suya, la tiró en el lote del Cayón, como le habían indicado, y se fue. ¿Sabe quién estaba en la casa de Palomar Street? Dice que no, que nunca vio a nadie más.
Todo el contacto lo tuvo a través de un teléfono de prepago que ya tiró. ¿Puede darnos la dirección exacta? Una pausa breve. Ya la tenemos, dijo Torres. Fuimos ayer por la noche y la casa estaba vacía, Rodrigo. El café se le enfriaba todavía más en la mano. Cuando la desocuparon. Vecinos dicen que vieron movimiento el miércoles de la semana pasada, un día después de que llegaron con el niño. Un día.
Les había tomado un día mover a Yael de esa casa a otro lugar desconocido. Rodrigo tiró el café a la basura. Lo que encontraron en la casa de Palomar Street en Chulavista era, en muchos sentidos, más perturbador que lo que habían encontrado en Otai. La casa era una construcción de los años 80 de un solo piso, con jardín delantero descuidado y una cochera que habían convertido en cuarto adicional con una pared de tablar roca.
El barrio era de clase trabajadora, tranquilo, del tipo donde la gente no pregunta demasiado sobre sus vecinos. El FBI procesó la casa durante dos días. Los resultados del laboratorio confirmaron lo que Rodrigo ya temía. En esa casa habían estado niños, más de uno. Las evidencias biológicas, el tipo que los forenses encuentran en superficies, ropa olvidada, cabellos, indicaban la presencia de al menos cuatro menores diferentes en algún momento de los últimos tres meses, cuatro menores, y ninguno de ellos había dejado un rastro que permitiera
identificarlos con certeza, salvo uno, un cabello negro corto encontrado en el cuarto de la cochera convertida en habitación. El análisis de ADN tardó 5 días. Rodrigo esperó esos 5co días con la mandíbula apretada, durmiendo 4 horas por noche, comiendo cuando recordaba que debía hacerlo.
El resultado confirmó coincidencia con la muestra biológica que la madre de Yael había proporcionado el primer día de la investigación. Yael Solano había estado en esa casa y alguien lo había movido. La pregunta que nadie podía responder todavía era la más básica. ¿Por qué? ¿Por qué secuestrar niños de esa manera, con esa planificación, moviéndolos a través de la frontera? Rodrigo y Mora de la FGR habían estado evitando nombrar la respuesta más obvia, porque nombrarla daba una dimensión diferente al caso, una que requería recursos y coordinación que ninguno de
los dos estaba seguro de tener, pero había que nombrarlo. Tráfico de menores con fines de adopción ilegal. No el tipo violento y brutal que aparece en los titulares de los periódicos. sino la variante que los expertos llaman adopción gris, redes que ofrecen niños a parejas o individuos que no pueden acceder al sistema de adopción formal, ya sea porque fueron rechazados, porque el proceso es demasiado largo o porque buscan evitar el escrutinio del Estado.
Daniela Fuerte Ochoa había sido rechazada en su proceso de adopción legal en 2017 y dos años después estaba sustrayendo niños de escuelas en Tijuana. Eso no era coincidencia, era una línea recta. El perfil que empezó a emerger en esas semanas era el de una red pequeña pero eficiente.
En el centro, alguien que Rodrigo y Mora nombraron en su tablero de investigación como el coordinador, que probablemente era Hugo Serrano leal o alguien que lo usaba como intermediario. una persona con recursos suficientes para reclutar mujeres en situación de desesperación, para comprar información sobre familias vulnerables, para organizar logística de transporte a través de la frontera.
En el segundo nivel, mujeres como Daniela Fuerte, mujeres que en muchos casos tenían un historial propio de deseo fallido de maternidad, adopciones negadas, pérdidas gestacionales, situaciones de vida que las habían dejado en un limbo emocional del que esta red ofrecía una salida torcida y devastadora. En el nivel operativo, hombres como Gustavo Arellano, transportistas que no preguntaban y que hacían el trabajo sucio a cambio de dinero.
Y en el extremo final de la cadena del lado americano, alguien que recibía a los niños y los distribuía. Ese alguien era el que el FBI estaba buscando. Y mientras tanto, Yael seguía sin aparecer. Marta Solano llegó al límite el miércoles 23 de octubre. No fue un colapso dramático, no fue llanto incontrolable ni gritos, fue algo más quieto y más aterrador.
Fue Marta llamando a Rodrigo a las 11 de la noche para decirle que había tomado una decisión. Voy a cruzar”, le dijo. Rodrigo tardó un segundo en procesar eso. “Señora Solano, no me pida que me quede aquí esperando. Llevo 15 días esperando. Sé que mi hijo estuvo en chula vista. Sé que hay una red del lado americano.
Tengo contactos allá que pueden ayudarme.” ¿Qué tipo de contactos? Una pausa. Hay una organización en San Diego que trabaja específicamente con casos de sustracción de menores binacionales. Me contactaron después de mi transmisión en vivo. Tienen una investigadora privada con 20 años de experiencia en ese tipo de casos.
Rodrigo conocía a ese tipo de organizaciones. Algunas eran serias, otras eran un desastre que contaminaba evidencias y ponía a las familias en peligro. Si usted cruza y hace algo que interfiera con la investigación del FBI, no voy a interferir. Voy a buscar a mi hijo. Rodrigo cerró los ojos. Escúcheme bien, dijo con voz tranquila. Usted tiene todo el derecho del mundo de cruzar.
Ciudadana mexicana con visa y puede ir a California, pero si va, quiero que me llame cada 12 horas. Quiero saber dónde está y quiero que no haga nada sin avisarme antes. Silencio del otro lado. De acuerdo, dijo Marta al fin. ¿Cuándo sale? Mañana en la mañana. Marta cruzó la frontera por el punto de Otay Mesa el jueves 24 de octubre, sola, con una maleta pequeña y el cuaderno de espiral con sus notas.
La investigadora privada que la organización le había asignado se llamaba Sandra Porchas, 51 años, exagente del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, retirada desde 2016 con un despacho pequeño en el barrio de Barrio Logan en San Diego, en un edificio que compartía con un dentista y una peluquería.
Sandra Porchas era una mujer de estatura media, complexión sólida, cabello gris cortado corto, con una manera de hablar directa y sin adornos que a Marta le recordó vagamente a su propia madre. Se reunieron el jueves por la tarde. Sandra tenía en la pared de su despacho un tablero con fotos, mapas y notas.
Marta lo reconoció de inmediato como algo parecido a lo que ella misma había estado armando en su cuaderno. Sandra había estado siguiendo el caso de Yael desde que salió la alerta en redes. Tenía información propia que había recolectado en paralelo con el FBI, con quien tenía una relación de colaboración tensa, pero funcional basada en años de trabajo compartido.
¿Qué sabe usted que el FBI no sabe? le preguntó Marta directamente. Sandra la miró con algo que podría haber sido aprobación. La casa de Palomar Street, dijo Sandra, no era el punto final, era una de varias casas de tránsito. La red tiene al menos tres puntos de recepción en el condado de San Diego y dos más en el condado de Los Ángeles.
Marta escuchó sin mover un músculo. Los niños no permanecen en ningún punto más de 48 horas. Los mueven constantemente, lo que hace que cada vez que alguien se acerca a una ubicación, el niño ya no esté ahí. Es una logística diseñada para frustrar a los investigadores. ¿Sabe dónde está Yael ahora? No, pero tengo una pista de dónde pudo haber ido después de Palomar Street.
Sandra Porchas tenía una fuente. No le dijo a Marta quién era, solo le dijo que era alguien dentro de la red. que había empezado a cooperar porque tenía sus propias razones para querer que todo se derrumbara. Las fuentes infiltradas en ese tipo de redes son siempre dobles filos, pueden ser genuinas, pueden ser trampas, pueden ser personas que dicen la verdad parcial para protegerse a sí mismos mientras siguen operando.
Sandra lo sabía, por eso no les había dado esa información al FBI todavía, porque si el FBI actuaba demasiado rápido, la fuente se quemaba y los niños podían ser movidos de manera irrecuperable. “Tengo que preguntarle algo difícil”, le dijo Sandra a Marta esa tarde. “Pregúnteme, ¿está preparada para la posibilidad de que su hijo esté siendo presentado a alguien como su hijo adoptivo? para la posibilidad de que haya adultos que creen genuinamente tener derecho a él.
Marta miró a Sandra durante un momento largo. Lo que estoy preparada, respondió, es para lo que sea necesario para traerlo de regreso. Lo demás no me importa. Sandra asintió. Bien, porque esto se va a poner complicado. La fuente de Sandra apuntaba hacia el norte, específicamente hacia el área del condado de Orange, a unos 100 km al norte de San Diego.
Una zona residencial de clase media alta, con calles arboladas y casas con jardín. El tipo de vecindario donde nadie espera que ocurran cosas así. ¿Qué es precisamente por qué ocurren? Sandra le explicó a Marta el mecanismo que su fuente le había descrito. Los niños eran entregados a adultos que habían pagado por ellos.
Pagado cantidades que oscilaban entre los 15 y los 40,000 dependiendo de factores que resultaba difícil pronunciar en voz alta: edad, apariencia, supuesta compatibilidad con la pareja o el individuo que lo recibía. Los documentos de identidad de los niños eran alterados, los nombres cambiados, la historia fabricada y los adultos que los recibían en muchos casos creían estar haciendo algo legal.
Habían sido convencidos de que era un proceso de adopción extrajudicial de los que en la narrativa de la red eran presentados como opciones válidas para quienes habían sido rechazados por el sistema formal. Algunas de esas personas sabían exactamente lo que estaban haciendo. Otras eran, en cierto modo, víctimas también de la misma desesperación que explotaba la red.
Marta escuchó todo eso y guardó silencio por un momento. “¿Cuántos de los siete niños han aparecido?”, preguntó Sandra. No respondió de inmediato. “Ninguno”, dijo al fin. El silencio que siguió era del tipo que no admite relleno. El sábado 26 de octubre, 18 días después de la desaparición de Yael, algo cambió.
La fuente de Sandra envió una dirección, una dirección en la ciudad de Garden Grove, condado de Orange. Sandra la recibió un sábado por la tarde, mientras Marta dormía dos horas en el sofá del despacho. El primer descanso real que tomaba desde que había cruzado la frontera. Sandra la despertó sin suavizar nada. Tengo una dirección.
Marta se incorporó de inmediato. Es confiable. No lo sé con certeza, pero es lo más concreto que hemos tenido. El FBI Sandra dudó un segundo. Tenemos que llamarles. Si vamos solos y esto sale mal, todo el caso se cae. Si llamamos al FBI y ellos actúan, es posible que Yael salga de ahí hoy. Marta asintió sinitar. Llama al FBI. Sandra llamó a la gente Torres.
Torres tardó 4 minutos en llamar de regreso con un equipo de coordinación activo. Rodrigo en Tijuana recibió la notificación a las 5:40 de la tarde. Se levantó de la silla tan rápido que tiró su taza de café sobre el escritorio y no se detuvo a limpiarla. El operativo en Garden Grove se coordinó entre la oficina del FBI en Los Ángeles, el Departamento de Policía de Garden Grove y la Fiscalía Mexicana.
vía coordinación consular. Fue rápido para los estándares de ese tipo de operativos. Menos de 4 horas desde que la dirección llegó hasta que el equipo se desplegó. Marta y Sandra esperaban en el carro de Sandra, estacionado a tres cuadras del punto de operativo. Torres había sido enfático. No podían estar cerca. Si algo salía mal, si había resistencia, si los ocupantes de la casa intentaban moverse con el niño, la presencia de personas civiles podía ser catastrófica.
Marta esperó mirando el parabrisas con las manos entrelazadas sobre las rodillas, igual que 18 días antes en el pasillo de la delegación en Tijuana. Las radios en el carro de Sandra transmitían fragmentos de la comunicación del equipo, códigos, confirmaciones, el sonido de puertas abriéndose, de voces que daban instrucciones y luego un silencio de 30 segundos, que fue lo más largo que Marta Solano había experimentado en su vida.
Seguido de tres palabras en el radio. Tenemos al menor. Marta no escuchó lo que vino después. se bajó del carro antes de que Sandra terminara de procesar las palabras. Caminó los tres cuadras, corrió los últimos 100 met. Torres la interceptó en el perímetro del operativo, le puso una mano en el hombro y le habló directamente.
El niño está bien, está con los paramédicos. tiene que hacerle una evaluación antes de que usted lo vea. Son protocolos que no puedo saltarme. Necesito que espera lo miró. 5 minutos repitió. Torres asintió. Fueron los 5 minutos más largos de su vida. Yael Solano estaba sentado en el escalón trasero de una ambulancia envuelto en una cobija gris térmica que le quedaba enorme, con el copete desacomodado y los ojos grandes de quien no entiende del todo lo que está pasando a su alrededor.
Cuando Marta llegó hasta él, él la vio desde 20 m y antes de que ella pudiera decir nada, él bajó del escalón y corrió hacia ella. Rodrigo lo supo tres minutos después cuando Torres lo llamó para darle el parte oficial. La voz de Torres era la de alguien que lleva años trabajando casos que no terminan bien y que cuando uno termina bien no siempre sabe cómo reaccionar.
Rodrigo no dijo nada por un momento, luego dijo, “Gracias.” Y colgó. se quedó sentado en su escritorio en la delegación de Tijuana con el teléfono en la mano, mirando la pared frente a él, donde tenía pegadas las fotos de la investigación, la foto de la cámara de la escuela, la foto de Facebook de Hugo Serrano con la mujer de pelo oscuro a su lado, la imagen del cruce de Tecate, el fragmento del mensaje recuperado del teléfono de Otai, ya él había aparecido después de 18 días, pero Hugo Serrano seguía sin aparecer. Daniela Fuerte estaba bajo
custodia del FBI, pero su procesamiento judicial iba a ser largo y complejo. La red seguía en pie con ramificaciones que la investigación apenas estaba empezando a mapear. Había seis niños más de los siete casos en el noroeste que todavía no habían sido encontrados. El trabajo no había terminado, solo había tenido por primera vez un momento de respirar.
Yael fue examinado por médicos del condado de Orange esa noche. Las conclusiones del examen fueron, en términos relativos al escenario que todos temían, lo mejor que podía esperarse. El niño no había sufrido violencia física directa. presentaba signos de estrés posttraumático agudo, pesadillas, respuestas de sobresalto exageradas, dificultad para concentrarse.
Había perdido peso. Tenía los ojos cansados de la manera en que se cansan los ojos de los niños, que han visto cosas que no saben cómo procesar, pero estaba vivo. Hablaba, preguntaba cosas. le preguntó a la enfermera que le tomó la presión si había gatos en el hospital, porque él le había prometido a su mamá que iban a adoptar uno y quería saber si ya había pasado el tiempo para poder hacerlo.
La enfermera no entendió la referencia, pero lo anotó en su reporte clínico, porque en esos casos cualquier detalle puede ser relevante. Marta escuchó eso después. cuando le entregaron una copia del reporte y fue lo primero que la hizo sonreír en 18 días. Lo que ya él contó a los investigadores de manera gradual y con el apoyo de una psicóloga especializada en trauma infantil fue construyendo el cuadro de lo que había vivido.
Recordaba poco del momento en que Daniela Fuerte llegó a su salón. recordaba que ella le había dicho que su mamá estaba en el hospital y que lo mandaba a buscar con ella. recordaba que le dio algo de tomar, una bebida dulce en la camioneta y que después de eso todo se volvió borroso. Recordaba fragmentos de la casa en Otta, una ventana que daba a un patio con pasto seco, un televisor con caricaturas que ponían siempre en volumen bajo, una mujer que nunca le decía su nombre, pero que le llevaba comida tres veces al día.
recordaba el cruce de la frontera en un estado de somnolencia que le impedía procesar bien lo que veía. Recordaba voces en inglés que no entendía. Recordaba que lo llamaban por un nombre diferente, Marcos. Le habían estado diciendo Marcos y recordaba la casa en Garden Grove. una casa grande con muebles nuevos y una habitación que tenía juguetes que nadie había usado.
Una pareja que lo miraba con una intensidad que él no sabía nombrar, pero que le producía incomodidad. Un hombre y una mujer de mediana edad, bien vestidos, que le decían que era su nueva familia y que pronto iba a entender. Esa pareja fue detenida esa misma noche. Se llamaban Robert y Amanda Colier, 44 y 41 años respectivamente. Residentes de Garden Grove desde hacía 12 años, sin antecedentes penales, trabajos estables, casa propia, el tipo de perfil que nadie señalaría en una rueda de reconocimiento.
Habían pagado $2,000 por Yael. creían, según su declaración inicial, estar haciendo una adopción alternativa facilitada por intermediarios que les aseguraron que el proceso era legal, aunque no convencional. ¿Cuánto de eso era verdad y cuánto era la historia que se contaban a sí mismos para poder mirarse al espejo? Era algo que los fiscales americanos tardarían meses en determinar.
Los días que siguieron al rescate de Yael fueron un torbellino de procedimientos y trámites. Marta tuvo que esperar 72 horas antes de poder llevarse a su hijo de regreso a México. 72 horas de evaluaciones, declaraciones, firmas, coordinación consular, gestiones que el consulado general de México en Los Ángeles procesó con una diligencia que Rodrigo reconoció como inusual y que agradeció sin decirlo.
El lunes 28 de octubre, Marta Solano cruzó el punto de entrada de Otay Mesa con Yael de la mano. Los medios estaban ahí, los habían seguido desde que la noticia del rescate se filtró el sábado por la noche. Había cámaras, micrófonos, reporteros que gritaban preguntas. Marta no se detuvo. Caminó directo hacia donde estaba el carro que Irene Bustamante, su vecina, había ido a buscarlos.
Solo se detuvo una vez brevemente frente a las cámaras. miró directamente al lente más cercano. Hay seis niños más, dijo, “no paren de buscarlos.” Y siguió caminando. La investigación no cerró con el regreso de Yael. Rodrigo Calderón lo sabía mejor que nadie. Daniela Fuerte Ochoa quedó bajo proceso en Estados Unidos enfrentando cargos federales que incluían tráfico de menores, cruce ilegal de fronteras con menor y privación ilegal de la libertad.
El proceso judicial se extendería durante meses y potencialmente años. Hugo Serrano Leal fue localizado tres semanas después del rescate de Yael en noviembre de 2019 en una ciudad del estado de Jalisco. Vivía bajo un nombre falso en un departamento de renta en Guadalajara. No había cruzado fronteras.
Se había quedado en México, moviéndose de ciudad en ciudad, confiando en que la distancia y el tiempo lo protegerían. No fue así. fue detenido por agentes de la Fiscalía General de la República en coordinación con la Fiscalía de Jalisco. En su teléfono, que esta vez no había logrado destruir a tiempo, encontraron una cantidad de información que Mora describió después como suficiente para armar la investigación de los próximos dos años.
contactos, pagos, nombres en clave, registros de movimientos y algo más. un archivo de fotos, fotos de niños en escuelas, en parques, en calles, fotos tomadas desde la distancia con teleobjetivo del tipo que alguien toma cuando no quiere ser notado. Fotos que tenían debajo escritas a mano en el nombre del archivo, la información de cada niño, nombre, edad, escuela, nombre de los padres, horario.
La lista tenía 23 nombres. Yael era el número 14. Eso significaba que había 13 niños antes de él que habían pasado por esa red y nueve después de él que estaban siendo estudiados. nueve familias que no sabían que alguien las estaba observando. Rodrigo leyó esa lista durante mucho tiempo.
Luego se puso de pie y fue a hablar con Venegas para pedir los recursos que necesitaba para investigar cada uno de esos nombres. En los meses que siguieron al caso de Yael Solano, la investigación se expandió en múltiples direcciones. La red que operaba a través de Serrano tenía conexiones que iban más allá de Baja California.
Se rastrearon pagos hacia intermediarios en Jalisco, Sinaloa y Tamaulipas. Del lado americano, el FBI identificó a cuatro personas más relacionadas con la recepción y distribución de menores en California. Dos de ellos tenían registros de adopciones previas que empezaban a levantar preguntas. De los seis niños desaparecidos antes de Yael, en los casos de Sonora y Sinaloa, cuatro fueron localizados en el transcurso de los siguientes 6 meses.
Sus rescates fueron cada uno historia propia con sus propias complicaciones y sus propias heridas. Dos de ellos no han sido encontrados hasta hoy. Sus casos permanecen abiertos. Sus madres siguen buscando. Yael Solano tardó meses en dormir toda la noche. Marta lo llevó a terapia psicológica especializada en trauma infantil en una clínica de Lims en Tijuana, complementada con cesiones en una organización civil que trabajaba con familias afectadas por violencia y desaparición.
El proceso fue largo, no fue lineal. Hubo semanas buenas. y semanas donde parecía que el peso de lo que había vivido lo aplastaba de maneras que él no podía articular todavía. Pero hubo algo que Marta observó en las primeras semanas de regreso. Ya él no había tirado la cajita de piedras. Siguió coleccionando.
Siguió buscando en el suelo esa piedra específica que le llamara la atención por alguna razón que solo él entendía. Siguió llenando la cajita. Esa continuidad, esa pequeña constancia de ser quien era antes, fue lo que la psicóloga señaló como la primera señal genuina de resiliencia. Años después, cuando ya él tenía 12 años y un reportero le preguntó en una entrevista breve que recordaba del tiempo en que estuvo perdido, respondió con la precisión seca de alguien que ha procesado la experiencia suficientemente, pero que no la ha romantizado.
Recuerdo que me querían hacer ser otra persona, dijo, y que yo no podía. El caso de Yael Solano generó un debate nacional. que tardó en producir resultados, pero que eventualmente los produjo. A raíz de la cobertura mediática del caso y de la presión ejercida por organizaciones de derechos de la infancia, el gobierno de Baja California implementó en 2020 nuevos protocolos para la entrega de menores en centros escolares.
Los nuevos protocolos incluyen registro previo y verificación de identidad de todos los adultos autorizados para recoger a un menor, con al menos dos identificaciones válidas y cotejo contra la lista oficial aprobada por los padres. Las escuelas que no cumplan con el protocolo enfrentan sanciones administrativas.
Fue un cambio que llegó tarde para Yael, pero quizás llegó a tiempo para alguien más. Rodrigo Calderón siguió trabajando en la unidad de personas desaparecidas de la Fiscalía de Baja California hasta 2023, cuando solicitó su retiro anticipado. En su último año activo coordinó la investigación que llevó a la detención de dos facilitadores adicionales de la red de Serrano que habían logrado mantenerse fuera del radar durante años.
En la pequeña fiesta que sus compañeros le hicieron el día de su retiro en un salón de fiestas modesto en la colonia Libertad, alguien puso una torta frente a él y le preguntó de qué caso se sentía más orgulloso. Rodrigo pensó durante un momento genuino, del que pudo haberse quedado sin resolver y no se quedó, dijo.
Nadie le preguntó cuál era, todos lo sabían. Marta Solano reabrió su salón de belleza en diciembre de 2019, seis semanas después del regreso de Yael. No fue fácil volver a la normalidad. No fue fácil pararse detrás de su mesa de trabajo y atender a clientes y hablar de cosas cotidianas, mientras por dentro seguía procesando lo que había pasado.
No fue fácil dejar a Yael en la escuela por primera vez después del regreso, aunque la escuela era otra en otra colonia con otro protocolo y con una maestra que Marta había entrevistado personalmente antes de matricularlo. lo hizo, porque la alternativa era dejar que el miedo ganara la forma permanente de sus días.
Y Marta Solano había decidido desde aquella primera noche en que se sentó en la orilla de la cama vacía de su hijo, con su playera apretada en las manos, que el miedo no iba a tener la última palabra. Siguió hablando públicamente del caso durante años. siguió conectando a familias con recursos. siguió respondiendo mensajes de madres que la buscaban en redes sociales desesperadas, preguntando qué hacer cuando lo que tenías que hacer era lo que nadie quería enseñarte porque nadie esperaba que fuera necesario.
En 2022, junto con dos de las otras madres cuyos hijos habían sido parte de la misma red, fundó una organización civil con sede en Tijuana, dedicada a la prevención de sustracción de menores y al acompañamiento de familias en procesos de búsqueda. La organización lleva el nombre de Yael en el logo, aunque Marta siempre aclara que no es un monumento ni un memorial, es una herramienta, dice, para que lo que nos pasó sirva para algo más que el dolor.
Y Daniela Fuerte Ochoa es la pregunta que más hacen las personas que conocen el caso. ¿Qué pasó con ella? Su proceso judicial en Estados Unidos se resolvió en 2021. fue encontrada culpable de tráfico de menores en grado de complicidad, secuestro internacional y cruce fronterizo ilegal con menor. Fue condenada a 18 años de prisión federal, sin posibilidad de reducción de condena por buen comportamiento, dadas las características del delito.
Durante el juicio, cuando se le dio la oportunidad de declarar, Daniela Fuerte dijo algo que los periodistas presentes en la sala reprodujeron en sus notas de manera casi idéntica, porque fue la única vez que habló de manera espontánea y directa. Dijo que ella creía genuinamente que lo que estaba haciendo era darle a ese niño una vida mejor.
La sala quedó en silencio. La fiscal que llevaba el caso, respondió con una frase que tampoco nadie olvidó. Una vida mejor no se construye sobre una madre destrozada. El teléfono de prepago que encontraron en la cocina de la casa de Otai, el que tenía el fragmento de mensaje sobre el siguiente, nunca fue atribuido de manera definitiva a una persona específica dentro de la red.
Hay partes de este caso que siguen sin respuesta. Hay preguntas que la investigación no pudo resolver. ¿Quién financió originalmente la red? ¿Cuántos niños más pudieron haber pasado por ella antes de que alguien empezara a llevar registros? si los dos niños que siguen sin aparecer están vivos y dónde.
Hay archivos que siguen abiertos en escritorios de fiscalías en tres Estados México y en dos oficinas del FBI en California. Hay madres que siguen esperando. Y hay una foto en la pared del despacho de Sandra Porchas en Barrio Logan, San Diego, junto al tablero donde ahora hay otros casos, otros nombres, otras caras. Es la foto de Yael el día que cruzó la frontera de regreso a México de espaldas de la mano de Marta caminando.
Sandra la puso ahí el día después del rescate, no como un trofeo, como un recordatorio de por hay que seguir.