Hay que comprender que aquellos hombres no peleaban por una abstracción política, sino por la tierra que durante las décadas anteriores les había sido sistemáticamente arrebatada y que aquella motivación específica, arraigada en agravios concretos y acumulados, producía una determinación combativa que ningún cálculo militar convencional podía anticipar adecuadamente.
régimen de Porfirio Díaz, que para 1911 había gobernado México durante aproximadamente 34 años, mediante una combinación de modernización económica y autoritarismo político, había producido un crecimiento material considerable, concentrado en manos de un grupo reducido de la población. Los ferrocarriles habían multiplicado las comunicaciones nacionales.
La inversión extranjera había desarrollado la minería y la industria. exportaciones agrícolas habían crecido sostenidamente, pero aquella modernización se había construido sobre una concentración de la riqueza y de la tierra que durante las décadas del porfiriato había marginado y explotado sistemáticamente a los campesinos, a los obreros y a los sectores populares de la sociedad mexicana, generando un descontento social acumulado que para finales de la primera primera década del siglo XX había alcanzado dimensiones que el
régimen no lograba contener. El estado de Morelos era el ejemplo paradigmático de aquella contradicción estructural. La región, ubicada al sur de Ciudad de México y caracterizada por tierras fértiles ideales para el cultivo de la caña de azúcar, había experimentado durante el porfiriato un proceso de concentración de la propiedad agraria de una intensidad excepcional.
Las haciendas azucareras, modernizadas con tecnología industrial y orientadas a la exportación habían expandido sistemáticamente sus territorios a costa de las tierras comunales que durante siglos habían pertenecido a los pueblos campesinos de la región. Aquel despojo se había ejecutado mediante una combinación de mecanismos legales y extralegales.
La aplicación de leyes de desamortización que convertían las tierras comunales en propiedad privada, susceptible de adquisición por los hacendados, litigios prolongados que las comunidades campesinas no podían costear y la simple coacción respaldada por las autoridades locales que sistemáticamente favorecían a los propietarios poderosos.
Para comienzos del siglo XX, los pueblos de Morelos habían perdido la mayor parte de las tierras que durante generaciones habían sostenido su forma de vida. Emiliano Zapata Salazar había nacido en 1879 en el pueblo de Aneneculco, en el corazón de aquella región de despojos. Era un campesino de condición relativamente acomodada.
dentro de los parámetros de la pobreza rural morelense, que trabajaba además como arriero y como entrenador de caballos, ocupaciones que le proporcionaban una independencia económica relativa respecto a las haciendas. Aquella independencia, combinada con su carácter, su prestigio local y su conocimiento profundo de los agravios agrarios de su comunidad, lo había convertido progresivamente en una figura de liderazgo dentro de los pueblos de Morelos.
En 1909, los habitantes de Anenecuilco lo eligieron presidente de la Junta de Defensa de las Tierras del Pueblo, cargo que lo comprometió formalmente con la lucha legal por la recuperación de los territorios comunales despojados. Zapata intentó durante aquellos años agotar las vías legales. Presentó documentos coloniales que acreditaban los derechos ancestrales de los pueblos sobre las tierras.

recurrió a las autoridades, buscó soluciones dentro del marco institucional del porfiriato. Aquellas gestiones legales fracasaron sistemáticamente, demostrando a Zapata y a las comunidades que representaba que el régimen no ofrecía ninguna vía pacífica para reparar el despojo agrario. El estallido de la revolución maderista.
Durante 1910 y 1911 proporcionó el marco político en que aquel agravio agrario acumulado se transformó en insurrección armada. Francisco Madero, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, había convocado a una revolución contra el porfiriato tras el fraude electoral de 1910, articulando su llamado en el plan de San Luis Potosí, manifiesto que pedía el derrocamiento de días, el establecimiento de elecciones libres y en un punto que resultaría decisivo para Morelos, el compromiso de restituir a los campesinos las tierras que les
habían sido arrebatadas. Aquella promesa de restitución agraria fue lo que vinculó a los campesinos morelenses con el movimiento maderista. No peleaban primariamente por la democracia electoral abstracta que constituía el centro del programa de madero. Peleaban por la Tierra y el maderismo ofrecía el vehículo político para aquella lucha.
Los disturbios agrarios de Morelos se convirtieron en rebelión abierta durante marzo de 1911. El grupo inicial de insurrectos encabezado por Pablo Torres Burgos, se levantó en armas al grito de apoyo a Madero. Cuando Torres Burgos fue capturado y ejecutado por las fuerzas gubernamentales pocas semanas después del levantamiento, Emiliano Zapata asumió el mando de las fuerzas revolucionarias de Morelos, convirtiéndose el 29 de marzo de 1911 en el jefe principal del maderismo en el sur del país.
Zapata heredaba así la dirección de una insurrección campesina, cuya motivación profunda no era la agenda política maderista, sino la recuperación de las tierras despojadas, distinción que durante los años siguientes produciría la ruptura entre el zapatismo y el maderismo, pero que en mayo de 1911 todavía permanecía contenida por el objetivo común de derribar al porfir.
La estrategia que Zapata diseñó para aquella tarea conduciría durante las semanas siguientes a la batalla que aniquilaría a la élite militar del régimen en las calles de Cuautla. La decisión de atacar Cuautla, una ciudad fuertemente guarnecida y fortificada, en lugar de objetivos militarmente más accesibles, fue una de las decisiones estratégicas más reveladoras de toda la trayectoria temprana de Emiliano Zapata y su reconstrucción detallada ilustra que el campesino de Anenecuilko poseía una capacidad de cálculo político y militar
que sus adversarios porfiristas, despreciándolo como un simple bandolero rural, subestimaron sistemáticamente hasta que fue demasiado tarde para revertir las consecuencias de aquella subestimación. El 22 de abril de 1911, Zapata se reunió con Ambrosio Figueroa, otro líder revolucionario que operaba en la región fronteriza entre Morelos y Guerrero.
Los dos hombres acordaron que operarían independientemente en cualquier punto de México con zapata en el mando supremo si se ejecutaban operaciones conjuntas dentro de Morelos. Figueroa prometió apoyo militar a Zapata en el estado, pero Zapata no confiaba en él y aquella desconfianza determinó la elección estratégica que conduciría a Cuautla.
El objetivo militarmente más fácil dentro de la región era la ciudad de Jojutla, una plaza que tradicionalmente pagaba dinero de protección a los Figueroa. Zapata temía que si atacaba a Johutla, los Figueroa y sus tropas lo abandonaran durante el combate, dejándolo enfrentado en inferioridad numérica a las fuerzas federales que acudieran en defensa de la ciudad.
El cálculo de Zapata era preciso. No podía construir su posición como jefe revolucionario del sur sobre una operación cuyo resultado dependiera de la lealtad de un aliado en quien no confiaba. La conclusión de aquel razonamiento fue paradójica, pero estratégicamente coherente. En lugar de atacar el objetivo fácil, pero políticamente arriesgado, Zapata decidió atacar el objetivo difícil, pero políticamente seguro.
Autla, una ciudad mejor guarnecida y fortificada, defendida por fuerzas federales considerables, cuya captura no dependería de la lealtad de aliados dudosos, sino exclusivamente de la capacidad combativa de sus propias fuerzas. El cálculo contenía una dimensión adicional que Zapata comprendía con claridad.
Tomar Cuautla, una plaza fuerte defendida por el ejército de élite del régimen, produciría un impacto político y simbólico considerablemente mayor que cualquier victoria sobre objetivos menores. La dificultad del objetivo, lejos de ser un argumento en contra, era precisamente lo que convertiría su captura en un golpe decisivo contra la legitimidad del porfiriato.
Para ejecutar aquella estrategia, Zapata desplegó durante las semanas anteriores una campaña de distracción destinada a disfrazar sus verdaderas intenciones y a debilitar la capacidad federal de reforzar Cuautla antes del asalto principal. Realizó incursiones sistemáticas en el estado de Puebla, tomando sucesivamente las localidades de Chietla, Izúcar de Matamoros, Metepec y Atlixco.
Aquellas operaciones tenían propósitos múltiples convergentes. obtener suministros y armamento para sostener la campaña principal, reclutar soldados adicionales que engrosaran las filas revolucionarias y sobre todo mantener a las autoridades federales en la incertidumbre sobre el objetivo real de las fuerzas apatistas.

Mientras los mandos porfidistas intentaban interpretar el patrón de aquellas incursiones dispersas, Zapata preparaba metódicamente la concentración de fuerzas para el asalto sobre Cuautla. Posteriormente capturó las localidades morelenses de Yautepec y Jonacatepec, completando el aislamiento progresivo de la plaza Objetivo y consolidando el control revolucionario sobre las rutas de aproximación.
El 10 de mayo de 1911, Zapata estableció su campamento en Yapistla y desde allí organizó el ataque final. La fuerza que había logrado concentrar para el asalto sumaba aproximadamente 4,000 hombres, una cifra numéricamente impresionante, pero que ocultaba una debilidad estructural fundamental. Aquellos hombres carecían casi por completo de experiencia en el sitio y asalto de ciudades fortificadas.
Eran campesinos, jornaleros, peones de las haciendas. hombres que conocían el terreno de Morelos y que poseían una determinación combativa arraigada en los agravios agrarios, pero que nunca habían enfrentado el tipo específico de combate que la toma de una plaza fuerte defendida por tropas profesionales exigía.
Su armamento era heterogéneo y, en muchos casos, obsoleto. No disponían de artillería y su organización militar era la de una insurrección popular, no la de un ejército regular capaz de ejecutar operaciones de asedio coordinadas. Frente a aquella fuerza numéricamente superior, pero militarmente inexperta, la ciudad de Cuautla estaba defendida por lo más selecto del ejército porfirista.
El núcleo de la defensa era el quinto regimiento de caballería, conocido en todo el país como el quinto de oro, una unidad de élite invicta y condecorada, integrada por aproximadamente 350 a 400 soldados profesionales veteranos al mando del coronel Eutikio Munguía. A aquel núcleo de élite se sumaban un reducido número de soldados del 19 batallón.
Miembros de los cuerpos rurales al mando del comandante Gil Villegas y la policía municipal, sumando un total aproximado de 500 defensores. La asimetría entre los dos bandos era profunda, pero compleja. Los zapatistas disponían de superioridad numérica abrumadora, pero los federales ocupaban posiciones defensivas sólidas. Estaban mejor armados y entrenados.
Controlaban las alturas estratégicas de los acueductos de la ciudad y, a diferencia de los rebeldes, disponían de artillería pesada que haría ineficaces las cargas de caballería convencionales en que Zapata, como villa en el norte basaba habitualmente sus tácticas. El comandante de Cuautla, consciente de la calidad de las fuerzas bajo su mando, rechazó cualquier posibilidad de rendición, prometiendo combatir mientras le quedara un soldado y un cartucho.
La batalla que se avecinaba, enfrentaría la determinación campesina de los zapatistas contra la disciplina profesional de la élite porfirista, en un combate cuyo carácter y resultado ningún cálculo militar convencional podía anticipar con certeza. Las fuerzas zapatistas alcanzaron las inmediaciones de Cuautla el 11 de mayo de 1911 y comenzaron inmediatamente las operaciones de aproximación que durante las jornadas siguientes convertirían a aquella ciudad de Morelos en el escenario de uno de los combates más brutales de toda la revolución mexicana.
Zapata desplegó sus aproximadamente 4000 hombres en un movimiento envolvente destinado a aislar completamente la plaza del resto del país, cortando las comunicaciones que pudieran permitir a la guarnición solicitar refuerzos o coordinar una eventual retirada ordenada. Para el 12 de mayo, las fuerzas zapatistas habían completado el cerco de la ciudad y habían interrumpido las comunicaciones de Cuautla con el resto de México, encerrando a los defensores del quinto de oro en una trampa de la que solo podrían escapar mediante la
victoria militar o la aniquilación. El comandante de la plaza, fiel a la promesa que había articulado de combatir mientras le quedara un soldado y un cartucho, organizó la defensa aprovechando sistemáticamente las ventajas estructurales que el terreno urbano y la calidad de sus tropas le proporcionaban. Los soldados del quinto de oro ocuparon posiciones fortificadas detrás de barricadas construidas en los accesos a la ciudad.
Establecieron nidos de ametralladoras en puntos que cubrían las principales vías de aproximación. emplazaron la artillería en posiciones desde las cuales podían batir las concentraciones zapatistas antes de que alcanzaran el contacto cuerpo a cuerpo. Y lo más significativo desde el punto de vista táctico, ocuparon las alturas de los acueductos que dominaban el sector occidental de la ciudad, posiciones elevadas desde las cuales el fuego federal controlaba amplias zonas del terreno por donde los atacantes necesariamente tendrían que avanzar. La
defensa de Cuautla estaba estructurada según los principios de la guerra urbana profesional que la élite porfirista dominaba y que los campesinos zapatistas nunca habían enfrentado. El primer asalto zapatista se produjo durante las jornadas iniciales del cerco y reveló inmediatamente la magnitud del problema táctico que Zapata enfrentaba.
Las fuerzas revolucionarias atacaron la ciudad con la determinación combativa que los agravios agrarios habían producido, pero aplicaron tácticas que resultaron catastróficamente inadecuadas contra las posiciones fortificadas federales. Aproximadamente 300 soldados zapatistas murieron durante aquel primer asalto sobre la ciudad.
La cifra devastadora para una fuerza que carecía de la profundidad institucional para reponer fácilmente las bajas de combatientes experimentados, ilustraba con brutalidad el costo de atacar posiciones defensivas modernas mediante asaltos frontales ejecutados por tropas sin experiencia en aquel tipo específico de combate. El problema táctico que Zapata enfrentaba en Cuautla era estructuralmente idéntico al que Villa enfrentaría 4 años después en Celaya, aunque en condiciones tecnológicas menos extremas.
En los enfrentamientos en campo abierto, Zapata, como villa, dependía primariamente de las cargas rápidas de caballería que permitían cerrar la distancia con el enemigo antes de que el fuego federal pudiera diezmar a los jinetes. Aquella táctica había funcionado en las operaciones anteriores de la campaña morelense, donde el terreno abierto y la inferioridad de las guarniciones locales habían permitido a las fuerzas zapatistas aprovechar su movilidad y su superioridad numérica.
Pero en Cuautla las condiciones eran radicalmente distintas. Los soldados del quinto de oro estaban bien fortificados detrás de barricadas. Disponían de artillería pesada que hacía ineficaces las cargas de caballería convencionales y controlaban las alturas de los acueductos desde las cuales dominaban el sector occidental de la ciudad.
El modelo de guerra que había producido las victorias zapatistas anteriores resultaba inaplicable contra aquella defensa profesional fortificada. Zapata comprendió durante las jornadas posteriores al primer asalto fallido que la toma de Cuautla no podría lograrse mediante la repetición de las tácticas convencionales que habían funcionado en los combates anteriores.
Aquella comprensión constituye uno de los aspectos más reveladores de su capacidad militar y lo distingue significativamente de la trayectoria que Villa seguiría 4 años después en el Bajío. Mientras Villa, prisionero de su leyenda de invencibilidad, repetiría obstinadamente las cargas frontales en Celaya hasta la aniquilación de su ejército.
Zapata, enfrentado en 1911 a un problema táctico análogo, demostró la flexibilidad de adaptar la estrategia a las condiciones específicas del terreno y del enemigo. La diferencia no era de coraje, sino de disposición psicológica. Zapata no tenía todavía una leyenda de invencibilidad que defender y su motivación profunda, la recuperación de la Tierra, no estaba ligada a un modelo específico de combate, sino al objetivo de derrotar al régimen que sostenía el despojo.
La decisión que Zapata tomó tras el primer asalto fallido fue abandonar los ataques frontales masivos y transformar el combate en una guerra urbana de desgaste, casa por casa, calle por calle, en la que la superioridad numérica zapatista y la determinación combativa de sus hombres pudieran compensar progresivamente las ventajas defensivas federales.
Aquella transformación táctica ejecutada sobre la marcha durante los días siguientes convertiría la batalla de Cuautla en seis jornadas de combate cuerpo a cuerpo de una brutalidad que los historiadores describirían posteriormente como las más terribles de toda la revolución. Zapata ordenaría una nueva ofensiva.
Sus hombres comenzarían a tomar posiciones en el norte de la ciudad y a capturar prisioneros. Y el combate entraría en la fase de anigilación recíproca, donde la determinación de los campesinos se mediría, hombre contra hombre, contra la disciplina de la élite porfirista. La transformación de la batalla de Cuautla en una guerra urbana de desgaste ejecutada por Zapata tras comprender la inutilidad de los asaltos frontales convencionales, convirtió las jornadas centrales del combate en una sucesión de enfrentamientos cuerpo a cuerpo, cuya
brutalidad los historiadores describirían posteriormente como las seis jornadas más terribles de toda la revolución. mexicana. La reconstrucción detallada de aquellas jornadas ilustra como la determinación combativa de los campesinos morelenses, aplicada mediante tácticas adaptadas a las condiciones específicas del combate urbano, fue desgastando progresivamente las ventajas estructurales de la élite porfirista hasta producir su aniquilación.
[carraspeo] La primera operación decisiva de la nueva fase fue el corte del suministro de agua a las posiciones federales. El 14 de mayo, las fuerzas zapatistas lograron interrumpir el acceso de los soldados del quinto de oro a las fuentes de agua de la ciudad. Aquella operación, aparentemente menos espectacular que los asaltos frontales, tenía una significación táctica considerable.
En el combate urbano prolongado bajo el calor de Morelos, la privación de agua erosionaba progresivamente la capacidad combativa de los defensores, de una manera que ningún asalto directo podía igualar. El corte del agua transformó la dinámica del asedio, sometiendo a la élite federal a un desgaste fisiológico que sus posiciones fortificadas no podían contrarrestar y que durante las jornadas siguientes contribuiría decisivamente a su deterioro.
El asalto general del 15 de mayo constituyó la jornada más brutal de toda la batalla y produjo los episodios que durante las décadas posteriores se incorporarían a la memoria popular morelense a través de los corridos. Zapata lanzó un asalto general sobre las posiciones federales y sus tropas ejecutaron una operación que combinaba el combate cuerpo a cuerpo con el empleo de tácticas improvisadas de una eficacia devastadora.
Las fuerzas zapatistas vertieron gasolina en los acueductos vacíos de la ciudad. Los mismos acueductos, cuyas alturas los federales habían ocupado como posiciones defensivas dominantes y posteriormente les prendieron fuego. El incendio expulsó a los soldados del quinto de oro de las excelentes posiciones que habían mantenido, quemando vivos a muchos de ellos.
Aquella táctica brutal e improvisada neutralizó precisamente la ventaja estructural que durante las jornadas anteriores había permitido a los federales dominar el sector occidental de la ciudad desde las alturas de los acueductos. El episodio que durante las décadas posteriores se convertiría en uno de los más recordados de toda la batalla, fue protagonizado por Eufemio Zapata, hermano de Emiliano, que comandaba una de las columnas zapatistas.
Eufemio tomó la estación de ferrocarril de Cuautla y ordenó a sus tropas que ejecutaran contra las posiciones federales la misma táctica incendiaria. un vagón de ferrocarril vacío que los defensores habían convertido en un búnker completo equipado con un nido de ametralladoras que durante las jornadas anteriores había batido las aproximaciones zapatistas, fue rociado con gasolina e incendiado.
Todos los soldados federales que se encontraban en el interior de aquella posición fortificada murieron quemados. La destrucción del vagón búnker eliminó uno de los puntos de fuego automático más eficaces de la defensa federal y demostró que la improvisación táctica de los campesinos, aplicada con la determinación que los agravios agrarios producían, podía neutralizar incluso las posiciones más sólidas de la élite porfirista.
El carácter del combate durante aquellas jornadas alcanzó niveles de brutalidad que los testimonios posteriores documentarían como excepcionales, incluso para los estándares de la Revolución Mexicana. La lucha se desarrollaba mayoritariamente cuerpo a cuerpo con el empleo de machetes, bayonetas y bombas de cuero por parte de los maderistas, mientras soldados y rebeldes disparaban frecuentemente unos contra otros a quemarropa.
Las distancias de combate se habían reducido a las propias de la guerra urbana en su forma más extrema. Enfrentamientos en el interior de edificios, en las esquinas de las calles, en los patios de las construcciones, donde la superioridad técnica federal en armamento de largo alcance perdía relevancia frente a la determinación combativa de los atacantes en el contacto directo.
y lo más revelador de la naturaleza del enfrentamiento. Ninguno de los dos bandos tomaba prisioneros. La batalla se había convertido en una aniquilación recíproca donde la rendición no era una opción para ninguno de los combatientes, donde cada posición se disputaba hasta la muerte de quienes la defendían o la atacaban.
Aquella ausencia de cuartel reflejaba la naturaleza profunda del conflicto. Para los soldados el quinto de oro, rendirse ante una chusma de campesinos que habían despreciado como vagos sin instrucción era una humillación inaceptable para la unidad de élite más prestigiosa del ejército porfirista. Para los campesinos zapatistas, los soldados federales encarnaban el régimen que durante décadas había sostenido el despojo de sus tierras mediante la fuerza.
El combate no era únicamente militar, sino la confrontación violenta de dos mundos irreconciliables, la élite armada de un régimen de 34 años contra los campesinos despojados que aquel régimen había marginado sistemáticamente. La brutalidad de las seis jornadas de Cuautla era la expresión física de aquella irreconciliabilidad estructural.
A pesar de la eficacia de las tácticas incendiarias y del combate cuerpo a cuerpo, el asalto general del 15 de mayo fue finalmente repelido. Los federales, aunque habían sufrido pérdidas devastadoras y habían perdido posiciones clave, lograron mantener el control de algunos edificios del centro de la ciudad, particularmente el exconvento de San Diego de Alcalá.
que se convirtió en su principal reducto defensivo. La batalla no había terminado, pero el quinto de oro había comenzado a desintegrarse y mientras el combate se prolongaba, un general federal llegaba a la cercana Cuernavaca con la esperanza de acudir en auxilio de la guarnición sitiada. Mientras el combate cuerpo a cuerpo desgastaba progresivamente a la guarnición de Cuautla durante las jornadas centrales del asedio, un acontecimiento en la cercana Cuernavaca introdujo un factor que pudo haber modificado el desenlace de la batalla,
pero que por razones que la reconstrucción histórica permite analizar, no llegó a materializarse en el auxilio que los defensores sitiados necesitab an desesperadamente el general Victoriano Huerta, oficial federal que durante los años siguientes alcanzaría una notoriedad siniestra como el dictador que asesinaría al presidente Madero en 1913.
llegó a Cuernavaca, capital de Morelos, al frente de aproximadamente 600 soldados, con la misión declarada de acudir en ayuda de la guarnición federal asediada en Cuautla. La presencia de aquella fuerza de relevo, a corta distancia del escenario del combate planteaba una amenaza estratégica considerable para las fuerzas zapatistas.
Si los 600 soldados de Huerta lograban alcanzar Cuautla y combinar sus fuerzas con los restos del quinto de oro, la situación táctica del asedio podría transformarse radicalmente, atrapando potencialmente a los sitiadores zapatistas entre la guarnición fortificada y la columna de relevo. Sin embargo, aquel auxilio nunca se materializó eficazmente.
Razones específicas de la inacción de cuerta durante las jornadas decisivas del asedio han sido objeto de análisis historiográfico posterior y combinan probablemente la cautela militar de un oficial que no quería arriesgar su fuerza en un avance hacia una ciudad cuyo control real era incierto. las dificultades de las comunicaciones en una región donde las fuerzas apatistas dominaban el terreno circundante y posiblemente el cálculo de que el sacrificio de la guarnición de Cuautla, aunque costoso, era preferible al riesgo
de comprometer la fuerza de relevo en una operación de resultado incierto. cualquiera que fuera la combinación precisa de factores. El resultado fue que el quinto de oro enfrentó la fase final del asedio sin el auxilio que su sacrificio había hecho necesario. Mientras la columna de Huerta permanecía inmovilizada en Cuernavaca, dentro de Cuautla, los restos del quinto de oro se concentraban progresivamente en sus últimos reductos defensivos.
El principal de aquellos reductos era el exconvento de San Diego de Alcalá, una construcción sólida cuyos muros gruesos y disposición arquitectónica ofrecían las mejores condiciones para una defensa final. Los soldados federales supervivientes, replegados desde las posiciones que las tácticas incendiarias zapatistas les habían arrebatado, transformaron el antiguo convento en su última fortaleza, conscientes de que aquella posición representaba su única posibilidad de resistir hasta un eventual auxilio que, sin que ellos lo supieran con certeza,
no llegaría. El factor que determinó definitivamente el desenlace de la batalla fue el agotamiento de las municiones federales. Las tropas del quinto de oro, sometidas a se días de combate continuo de una intensidad excepcional, habían consumido progresivamente las reservas de munición que la guarnición había acumulado antes del asedio.
A diferencia de las fuerzas apatistas, que aunque cadecían de la disciplina y el armamento profesional de la élite federal, podían reponer parcialmente sus pérdidas mediante la incorporación continua de campesinos de la región y mediante la captura de material enemigo. Los defensores de Cuautla no disponían de ninguna posibilidad de reabastecimiento, mientras el cerco zapatista permaneciera intacto y la columna de huerta no rompiera el aislamiento de la plaza.
Cada hora de combate adicional consumía recursos irreemplazables y el desgaste prolongado de las seis jornadas había llevado las reservas federales a un punto desde el cual la continuación de la resistencia se hacía materialmente imposible. Los restos exhaustos del quinto de oro, privados de agua durante días, diezmados por el combate cuerpo a cuerpo, expulsados de sus mejores posiciones por las tácticas incendiarias, sin municiones suficientes para sostener la resistencia y sin el auxilio de la columna de relevo que
permanecía inmovilizada en Cuernavaca. Tomaron el 19 de mayo de 1911 la decisión que la lógica militar hacía inevitable, abandonar la ciudad. La unidad de élite invicta y condecorada que había entrado en Cuautla con la confianza absoluta de pertenecer a la fuerza militar más prestigiosa del régimen porfirista, se retiró de la plaza reducida a una fracción exhausta de su fuerza original.
derrotada por un ejército de campesinos que sus oficiales habían despreciado como una chuzma sin instrucción. Algunas fuentes sitúan la evacuación definitiva el 19 de mayo y otras el 20. Variación característica de la reconstrucción de acontecimientos en condiciones de combate. Pero el hecho central es incontrovertible.
El quinto de oro había sido aniquilado como fuerza operativa. Las tropas de Zapata ocuparon Cuautla tras la retirada federal. La ciudad que había costado seis de las jornadas más terribles de toda la revolución estaba finalmente en manos revolucionarias. La captura de Cuautla no fue únicamente una victoria táctica, fue la aniquilación de la unidad militar más prestigiosa del ejército porfirista por una fuerza campesina sin instrucción militar formal, demostración pública e incontrovertible de que el régimen de 34
años había perdido la capacidad de defenderse incluso con sus tropas de élite. La exitosa captura de la plaza convirtió a Zapata en un héroe para la gente común en todo México y fue inmediatamente objeto de la composición de nuevos corridos que durante las décadas siguientes preservarían en la memoria popular morelense la hazaña de los campesinos que habían derrotado al quinto de oro.
Y aquella aniquilación librada en las calles de una ciudad de Morelos estaba a punto de producir una consecuencia política, cuya magnitud excedía completamente las dimensiones del combate. El derrumbe del porfiriato. La noticia de la caída de Cuautla llegó a Ciudad de México durante las jornadas inmediatamente posteriores a la retirada del quinto de oro y su impacto sobre el ánimo de Porfirio Díaz constituye uno de los episodios más reveladores de toda la historia política mexicana, porque ilustra como una batalla específica
librada por campesinos en una ciudad de provincia puede producir el colapso psicológico. de un dictador que durante 34 años había gobernado uno de los regímenes más duraderos de América Latina. La reconstrucción de aquel impacto, a partir de las declaraciones posteriores del propio Díaz y de los testimonios de sus colaboradores cercanos revela el momento exacto en que el porfiriato dejó de creer en su propia capacidad de supervivencia.
El régimen de días enfrentaba durante la primavera de 1911 insurrecciones simultáneas en múltiples regiones del país. En el norte, las fuerzas de Pancho Villa y Pascual Orosco operaban en Chihuahua, amenazando Ciudad Juárez. En distintos estados habían estallado levantamientos que el ejército federal intentaba contener con recursos cada vez más tensionados.
Sin embargo, la evaluación que Díaz hacía de aquellas amenazas era diferenciada. El propio dictador declararía posteriormente que mientras sentía que podía defenderse de Villa y de Orosco en el norte, fue la caída de Cuautla ante Zapata, el evento específico que lo convenció de pactar la paz con Madero. Aquella declaración conservada por la historiografía como uno de los testimonios más significativos sobre el colapso del porfiriato, revela que la batalla de Morelos tuvo una dimensión psicológica que excedía completamente su
importancia militar inmediata. Las razones de aquella diferencia en la percepción de Díaz merecen análisis específico porque explican por qué Cuautla y no las operaciones del norte fue el factor decisivo. Las insurrecciones del norte, aunque militarmente amenazantes, operaban en regiones distantes de la capital y enfrentaban guarniciones que el régimen consideraba capaces de resistir.
Guautla, en cambio, estaba ubicada en Morelos, a corta distancia de Ciudad de México, en el corazón geográfico del país, pero la dimensión más devastadora del impacto psicológico no era geográfica, sino simbólica. En Cuautla no había sido derrotada una guarnición local de segunda categoría. Había sido aniquilada el quinto regimiento de caballería, el quinto de oro, la unidad de élite invicta y condecorada que representaba lo más selecto del ejército porfirista.
Si los campesinos, sin instrucción de zapata, podían destruir a la mejor unidad militar del régimen en seis días de combate, entonces ninguna fuerza del porfiriato era ya invencible. y el régimen había perdido el fundamento militar sobre el cual había sostenido durante 34 años su capacidad de imponerse mediante la fuerza.
Aquella comprensión se insertaba en un proceso de negociación que durante las semanas anteriores se había venido desarrollando discretamente entre representantes del régimen y del maderismo. Ya en marzo de 1911, el padre y el hermano de Madero se habían reunido en Nueva York con José Ives Limantour, el ministro de Hacienda de Díaz y figura central del régimen y con el embajador de México en Estados Unidos para discutir la posibilidad de un acuerdo de paz.
Limantur había propuesto durante aquellas conversaciones el cese de las hostilidades, una amnistía para los revolucionarios, la renuncia del vicepresidente Ramón Corral, la sustitución de varios ministros y gobernadores por figuras designadas por Madero y el establecimiento del principio de no reelección. Las negociaciones habían avanzado lentamente mientras el régimen evaluaba si podía sostenerse militarmente.
La aniquilación del quinto de oro en Cuautla eliminó aquella incertidumbre. demostró que el régimen no podía sostenerse y transformó las negociaciones de una opción entre alternativas en la única salida disponible para un dictador que comprendía finalmente que el porfidiato era indefendible. Los tratados de Ciudad Juárez se firmaron el 21 de mayo de 1911, exactamente dos días después de la toma de Cuautla.
La proximidad temporal entre los dos acontecimientos no era casual. La caída de la ciudad fue el factor que precipitó la conclusión de un acuerdo cuyos términos se habían venido negociando durante las semanas anteriores. El tratado firmado en el edificio de la aduana fronteriza de Ciudad Juárez por representantes del gobierno de Díaz y de los revolucionarios, estipulaba que Díaz y su vicepresidente Corral renunciarían antes de finalizar el mes de mayo y que el secretario de Relaciones Exteriores, Francisco León de la Barra, asumiría la
presidencia interina hasta la celebración de nuevas elecciones. El acuerdo ponía fin formal a la fase inicial de la Revolución Mexicana. Porfirio Díaz renunció a la presidencia el 25 de mayo de 1911. el dictador que había gobernado México durante 34 años, que había construido el régimen más duradero de toda la historia mexicana posterior a la independencia, que había modernizado materialmente el país mientras concentraba la riqueza y reprimía la disidencia, abandonó el poder pocos días después de que campesinos, sin instrucción militar,
aniquilaran a su unidad de élite en las calles de Cuautla. Díaz partió al exilio rumbo a Francia, acompañado de su familia, su vicepresidente, Corral Limantur y otros colaboradores cercanos. Moriría en París en 1915, lejos del país que había gobernado durante más de tres décadas, sin regresar nunca a México.
La aniquilación del quinto de oro había producido en cuestión de días el derrumbe de uno de los regímenes más duraderos de América Latina. Una batalla librada por campesinos en una ciudad de Morelos había derribado una dictadura de 34 años. Pero la caída de Díaz no resolvió los agravios agrarios que habían motivado a los campesinos de Zapata, y aquella contradicción no resuelta determinaría los acontecimientos de los años siguientes.
La aniquilación del quinto de oro en Cuautla había derribado al porfiriato, pero no había resuelto la contradicción fundamental que había motivado a los campesinos de Zapata a combatir las seis jornadas más terribles de la revolución. Aquella contradicción latente durante las semanas de la euforia de la victoria estallaría durante los meses siguientes, produciendo la ruptura entre el zapatismo y el maderismo y transformando el movimiento campesino morelense de auxiliar de una revolución política en una revolución autónoma con su propia
agenda social irreductible. La reconstrucción de aquella escalada ilustra como las victorias militares decisivas no resuelven automáticamente los conflictos profundos que las produjeron cuando las causas estructurales de aquellos conflictos permanecen intactas. El problema fundamental residía en la naturaleza misma de los tratados de Ciudad Juárez.
El acuerdo que había puesto fin a la fase inicial de la revolución, firmado dos días después de la caída de Cuautla, había sido negociado entre las élites políticas del maderismo y del porfiriato, sin la participación de los campesinos que habían combatido por la tierra. Y lo más significativo, el Tratado no mencionaba ni instituía ninguna de las reformas sociales que Madero había prometido vagamente en ocasiones anteriores, particularmente la restitución de las tierras despojadas que constituía el centro de la motivación zapatista.
El acuerdo mantenía esencialmente intacto el marco institucional del porfiriato, los mismos jueces, las mismas estructuras administrativas, el mismo aparato legal que durante las décadas anteriores había sancionado el despojo agrario para los campesinos de Morelos, que habían pagado con 300 muertos en el primer asalto y con la sangre de seis jornadas de combate cuerpo a cuerpo.
La aniquilación del quinto de oro. El tratado representaba la traición de aquello por lo que habían combatido. El ala izquierda del movimiento revolucionario, representada por Zapata y por Pascual Orozco, había advertido durante las semanas anteriores contra cualquier compromiso con Díaz que descuidara la reforma social.
Las sospechas de Zapata se confirmaron cuando comprobó que el tratado finalmente firmado ignoraba completamente los asuntos relacionados con la reforma agraria, que eran fundamentales para su lucha. Aquella confirmación marcó el inicio del distanciamiento entre el zapatismo y el maderismo, distanciamiento que durante los meses siguientes se profundizaría hasta convertirse en ruptura abierta.
Zapata no había combatido para sustituir a Díaz por Madero, manteniendo intacto el sistema de despojo. Había combatido para recuperar la Tierra y el maderismo, una vez alcanzado el poder, demostró progresivamente que no estaba dispuesto a ejecutar la reforma agraria que aquella recuperación exigía. La crisis se agravó tras la renuncia de Díaz.
El presidente interino, Francisco León de la Barra, designado por los tratados de Ciudad Juárez, representaba la continuidad del aparato porfirista bajo una fachada de transición. Zapata se negó a reconocer la autoridad de aquel presidente interino y mantuvo sus fuerzas armadas en Morelos, exigiendo la restitución de las tierras antes del desarme.
El gobierno de la Barra, respaldado por el ejército federal que los tratados habían mantenido intacto, respondió mediante operaciones militares contra las fuerzas zapatistas, enviando precisamente al general Victoriano Huerta, el mismo oficial que durante la batalla de Cuautla había permanecido inmovilizado en Cuernavaca a campañas de represión contra los campesinos de Morelos. La paradoja era reveladora.
El ejército que los campesinos habían derrotado para derribar a Díaz seguía operando contra ellos bajo el nuevo régimen, demostrando que el cambio político no había modificado las estructuras de poder que sostenían el despojo agrario. Durante el resto de 1911, Zapata confíó cada vez menos en Madero. líder revolucionario que había llegado a la presidencia mediante la victoria a la que Cuautla había contribuido decisivamente, demostró progresivamente que su proyecto político era incompatible con las demandas agrarias del zapatismo.
Madero apoyó la idea profundamente impopular entre los campesinos de que todas las disputas por tierras debían resolverse en los tribunales integrados por los mismos jueces del antiguo régimen. Decisión que en la práctica perpetuaba el marco legal que durante décadas había sancionado el despojo.
Aquella posición confirmó a Zapata que el maderismo no ejecutaría la reforma agraria por las vías institucionales y que la lucha por la Tierra requeriría continuar la revolución de manera autónoma. La ruptura se formalizó en noviembre de 1911 con la proclamación del plan de Ayala. Aquel manifiesto, redactado por Zapata y sus colaboradores, denunciaba a Madero como traidor a los principios revolucionarios, desconocía su autoridad presidencial y articulaba un programa de reforma agraria radical que constituiría durante los años siguientes el fundamento
ideológico del zapatismo. El plan establecía la restitución inmediata de las tierras despojadas a los pueblos y comunidades que acreditaran derecho sobre ellas, la expropiación de una tercera parte de los latifundios para su distribución entre los campesinos sin tierra y la nacionalización de las propiedades de los enemigos de la revolución.
El plan de Ayala transformaba el zapatismo de auxiliar del maderismo en una revolución autónoma con su propia agenda social, agenda que durante los años siguientes Zapata sostendría obstinadamente contra todos los regímenes sucesivos, maderista, huertista y carrancista, hasta su asesinato en 1919. La aniquilación del quinto de oro en Cuautla había derribado al porfiriato, pero la traición de las promesas agrarias había convertido al zapatismo en una revolución permanente.
La batalla que había producido la caída de un régimen de 34 años se revelaba así como el comienzo, no el final, de una lucha por la Tierra que se prolongaría durante una década más. y que convertiría a Zapata en el símbolo irreductible de la justicia agraria mexicana. La batalla de Cuautla contiene varias subtramas estructurales que durante las décadas posteriores la historiografía reconstruiría como ilustraciones particularmente significativas de transformaciones que excedían el combate específico para conectarse con procesos más amplios de
la historia militar y cultural mexicana. Aquellas subtramas que las narraciones convencionales de la batalla tienden a subestimar al concentrarse en el desenlace político, revelan por qué Cuautla fue mucho más que una victoria táctica. Fue un laboratorio temprano de las formas de combate y de memoria que caracterizarían toda la revolución mexicana.
La primera subtrama es la dimensión de Cuautla como precursora de la guerra urbana revolucionaria. La batalla demostró tempranamente en el ciclo revolucionario que las fuerzas populares, numéricamente superiores, pero técnicamente inferiores, podían derrotar a tropas profesionales fortificadas mediante la transformación del combate en una guerra de desgaste, casa por casa, que neutralizara las ventajas estructurales del enemigo.
Las tácticas que los zapatistas improvisaron en Cuautla, el corte del suministro de agua, el empleo de incendios para expulsar a los defensores de posiciones dominantes, el combate cuerpo a cuerpo que anulaba la superioridad del armamento de largo alcance, la aniquilación recíproca sin cuartel.
Anticipaban patrones que durante los años siguientes se repetirían en numerosos combates urbanos de la revolución. Wautla estableció en mayo de 1911 que la guerra revolucionaria mexicana sería frecuentemente una guerra de ciudades disputadas calle por calle, donde la determinación combativa de las fuerzas populares podía compensar progresivamente la superioridad técnica de los ejércitos profesionales.
La segunda subtrama y quizás la más reveladora en términos comparativos es el contraste entre Zapata en Cuautla y Villa en Celaya. 4 años después. Los dos caudillos enfrentaron problemas tácticos estructuralmente análogos. Ambos, comandantes de fuerzas basadas en la caballería y en la superioridad numérica, se encontraron ante posiciones defensivas fortificadas.
que hacían ineficaces las cargas convencionales en que habitualmente basaban sus tácticas. Pero las respuestas de los dos hombres fueron radicalmente distintas y aquella diferencia ilustra una de las lecciones estructurales más profundas de toda la revolución. Zapata, enfrentado en 1911 a la imposibilidad de tomar Cuautla mediante asaltos frontales, adaptó la estrategia transformando el combate en una guerra urbana de desgaste.
Villa, enfrentado en 1915 a la imposibilidad de romper las líneas de Obregón mediante cargas de caballería, repitió obstinadamente las cargas frontales hasta la aniquilación de su ejército. La diferencia no era de coraje ni de capacidad táctica individual, era de disposición psicológica. Zapata en 1911 no tenía todavía una leyenda de invencibilidad que defender y su motivación profunda, la recuperación de la Tierra no estaba ligada a un modelo específico de combate.
En 1915 era prisionero de una reputación de invencibilidad construida durante dos años de victorias, reputación que le impedía reconocer que el modelo había muerto. Cuautla y Celaya. Comparadas ilustran que la capacidad de adaptar la estrategia a las condiciones cambiantes es frecuentemente más decisiva que las cualidades militares individuales y que el éxito previo puede convertirse en la trampa psicológica que conduce a la catástrofe.
La tercera subtrama es la capacidad específica de adaptación táctica que Zapata demostró en Cuautla y que durante los años siguientes caracterizaría toda su trayectoria militar. El campesino de Anenecuilo, sin formación militar profesional comprendió en 1911 que muchos comandantes con instrucción académica tardarían años en asimilar, que las tácticas deben subordinarse a las condiciones específicas del terreno, del enemigo y de las propias fuerzas, y no a modelos abstractos o a la repetición de fórmulas que funcionaron
en circunstancias distintas. Aquella flexibilidad táctica fundamentaría durante los años siguientes la supervivencia del zapatismo contra regímenes sucesivos militarmente superiores. Cuando el zapatismo no pudo sostener batallas campales contra los ejércitos federales, Zapata transformó su movimiento en una guerra de guerrillas arraigada en el conocimiento del terreno morelense y en el apoyo de las comunidades campesinas, demostrando la misma capacidad de adaptación que había exhibido en Cuautla al transformar el asalto frontal en
guerra urbana de desgaste. La cuarta subtrama es la importancia del corrido como memoria histórica popular de la batalla. La captura de Cuautla fue inmediatamente objeto de la composición de nuevos corridos que durante las décadas posteriores preservarían en la memoria colectiva morelense la hazaña de los campesinos que habían derrotado al quinto de oro.
Aquellos corridos, herramientas de lucha que creaban conciencia política regional y consignaban los acontecimientos fundamentales de la vida del pueblo morelense, funcionaban como un periódico oral que alimentaba la memoria popular y transmitía la versión campesina de los acontecimientos frente a las narrativas oficiales. El corrido de Cuautla, compuesto por Marciano Silva, el cantor del sur, preservó incluso la jactancia previa de los soldados del quinto regimiento, que se creían invencibles y despreciaban a los rebeldes como pistoleros sin
instrucción, contrastándola irónicamente con su aniquilación posterior. Aquella subtrama cultural ilustra que la batalla de Cuautla no fue solamente un acontecimiento militar y político, sino también un acontecimiento de memoria cuya reconstrucción desde la perspectiva popular morelense constituiría durante el siglo XX uno de los fundamentos de la identidad zapatista y de la conciencia agraria mexicana.
Aquellas cuatro subtramas consideradas en conjunto revelan que Cuautla fue un acontecimiento cuya significación excedía completamente las seis jornadas de combate. fue precursora de la guerra urbana revolucionaria contra ejemplo de la rigidez que destruiría a Villa, demostración de la flexibilidad táctica zapatista y fundamento de la memoria popular que durante el siglo XX sostendría la causa agraria.
La proclamación del plan de Ayala en noviembre de 1911 marcó el punto desde el cual el zapatismo se convirtió en una revolución autónoma que durante los 8 años siguientes sostendría obstinadamente su agenda agraria contra todos los regímenes sucesivos en una trayectoria de resistencia permanente que culminaría con el asesinato de Zapata en 1919.
19, pero que durante aquel periodo transformaría a Morelos en el laboratorio más radical de toda la revolución mexicana. La reconstrucción de aquellos años ilustra como la victoria de Cuautla, lejos de resolver el conflicto agrario, lo había convertido en una lucha irreductible que ningún régimen lograría neutralizar mediante la fuerza ni mediante las componendas políticas.
El primer adversario del zapatismo autónomo fue el propio régimen maderista que la victoria de Cuautla había contribuido a instaurar. Madero, una vez en la presidencia tras las elecciones de octubre de 1911 demostró que no ejecutaría la reforma agraria por las vías que el zapatismo exigía. El gobierno maderista envió fuerzas militares contra Morelos, incluyendo nuevamente al general Victoriano Huerta en campañas de represión que devastaron la región sin lograr destruir al movimiento zapatista, profundamente arraigado en las comunidades campesinas
y en el conocimiento del terreno. La paradoja era amarga. Los campesinos que habían aniquilado al quinto de oro para derribar a Díaz, combatían ahora contra el ejército del régimen que su propia victoria había hecho posible, demostrando que el cambio de gobierno no había modificado las estructuras de poder que sostenían el despojo agrario.
La situación se transformó radicalmente en febrero de 1913. cuando el general Victoriano Huerta, el mismo oficial que durante la batalla de Cuautla había permanecido inmovilizado en Cuernavaca y que posteriormente había dirigido la represión maderista contra Morelos, ejecutó el golpe de estado de la decena trágica, asesinó al presidente Madero y estableció una dictadura militar, el zapatismo, que ya combatía contra el maderismo, por la traición de las promesas agrarias, intensificó su resistencia contra el régimen huertista,
considerándolo la restauración del autoritarismo porfirista en forma aún más brutal. Durante el periodo huertista, el zapatismo consolidó su control sobre amplias zonas de Morelos y comenzó a ejecutar, de hecho, el programa del plan de Ayala, redistribuyendo tierras entre las comunidades campesinas en las regiones bajo su dominio.
La caída de huerta en 1914, producida por la convergencia de las fuerzas revolucionarias del norte y por la presión internacional, no resolvió el conflicto zapatista, sino que lo trasladó a una nueva fase. El zapatismo se alió temporalmente con el villismo durante la Convención de Aguascalientes contra el constitucionalismo de Carranza.
Y durante el invierno de 1914, las fuerzas combinadas de Villa y Zapata entraron en Ciudad de México en el momento de máxima coordinación entre las dos fuerzas revolucionarias más populares del país. Pero aquella coordinación se desintegró durante los meses siguientes y mientras Villa era aniquilado por Obregón en el Bajío durante 1915, Zapata se replegó hacia Morelos para consolidar lo que durante las décadas posteriores la historiografía denominaría la comuna de Morelos.
La comuna de Morelos, desarrollada durante los años de control zapatista del Estado, constituyó el experimento social más radical de toda la revolución mexicana. En las regiones bajo dominio zapatista, las tierras despojadas fueron restituidas a las comunidades campesinas. Los ingenios azucareros fueron colectivizados o reorganizados bajo control popular y se ejecutó de hecho, el programa agrario del plan de Ayala que ningún régimen nacional había estado dispuesto a instituir.
Aquel experimento sostenido durante años contra la presión militar de los regímenes sucesivos demostró que el zapatismo no era únicamente un movimiento de resistencia armada, sino un proyecto social alternativo arraigado en las formas comunitarias de organización de los pueblos de Morelos. Durante aquellos años, Morelos funcionó como un territorio donde la revolución agraria, que el resto del país no ejecutaba, se hacía realidad concreta.
El régimen constitucionalista de Carranza, una vez consolidado tras la aniquilación del villismo, dirigió contra el zapatismo campañas de represión de una brutalidad sistemática. Las fuerzas constitucionalistas comandadas por el general Pablo González ejecutaron en Morelos operaciones de tierra arrasada destinadas a destruir las bases sociales del zapatismo.
Deportaciones masivas de población, destrucción de pueblos, ejecuciones que la historiografía posterior documentaría como uno de los episodios más sangrientos de toda la revolución. Pero el sapatismo, profundamente arraigado en las comunidades y en el terreno, resistió aquellas campañas mediante la guerra de guerrillas que el conocimiento local y el apoyo campesino hacían imposible de neutralizar definitivamente.
La incapacidad del carrancismo para destruir militarmente al zapatismo condujo al régimen a recurrir a la traición como instrumento de lo que la fuerza no había logrado. El 10 de abril de 1919, Emiliano Zapata fue asesinado en la hacienda de Chinameca mediante una emboscada cuidadosamente planeada. El coronel Jesús Guajardo, oficial constitucionalista, había simulado durante las semanas anteriores estar dispuesto a desertar y unirse al zapatismo con sus tropas y su armamento, ganándose progresivamente la confianza de Zapata mediante
demostraciones de aparente lealtad. Cuando Zapata acudió a Chinameca para concretar la supuesta incorporación, la guardia de honor que debía rendirle honores, disparó a quemarropas sobre él en cuanto cruzó el umbral de la hacienda. El hombre que 8 años antes había aniquilado al quinto de oro en Cuautla, que había sostenido durante casi una década la revolución agraria más radical de México, murió asesinado mediante la traición que el régimen había empleado cuando la fuerza militar no había bastado para destruirlo.
La aniquilación del quinto de oro en Cuautla había derribado al porfiriato, pero la lucha por la tierra que aquella batalla había iniciado solo terminó provisionalmente con el asesinato de su líder. El zapatismo, sin embargo, sobreviviría a la muerte de Zapata como fuerza ideológica y como reivindicación histórica que durante el siglo XX mexicano determinaría la cuestión agraria nacional.
El legado del zapatismo, tras el asesinato de Zapata en Chinameca y los destinos de los protagonistas de la batalla de Cuautla durante los años posteriores ilustran las dimensiones complejas y frecuentemente trágicas que la Revolución Mexicana produjo sobre sus actores principales y revelan como la aniquilación del quinto de oro en 1911, lejos de constituir Un episodio cerrado inició un proceso histórico cuyas consecuencias estructurales determinarían la cuestión agraria mexicana durante todo el siglo XX.
El asesinato de Zapata en abril de 1919 no destruyó el zapatismo como fuerza histórica. El movimiento sobrevivió a la muerte de su líder bajo la dirección de comandantes como Gildardo Magaña. Y aunque la resistencia armada se fue extinguiendo progresivamente durante los años siguientes, la fuerza ideológica del plan de Ayala y la reivindicación agraria que el zapatismo había sostenido obstinadamente durante casi una década, se habían convertido en un factor irreductible de la política nacional que ningún régimen
posterior podría ignorar. La paradoja histórica fue que el zapatismo, derrotado militarmente y privado de su líder mediante la traición, terminó imponiendo su agenda a través de la incorporación de sus principios en el marco institucional del Estado postrevolucionario. Aquella incorporación se había iniciado incluso antes de la muerte de Zapata, la Constitución de 1917.
promulgada por el régimen constitucionalista durante la fase final de la lucha contra el zapatismo, incorporó en su artículo 27 el principio fundamental que el plan de Ayala había articulado. La propiedad de las tierras correspondía originariamente a la nación que tenía el derecho de regular su distribución y de restituir las tierras despojadas a los pueblos.
Aquella incorporación constitucional ejecutada por un régimen que simultáneamente [carraspeo] reprimía militarmente al zapatismo, ilustraba una de las paradojas estructurales más reveladoras de la revolución. El Estado postrevolucionario derrotó al movimiento campesino mientras adoptaba formalmente sus principios, neutralizando la amenaza revolucionaria mediante la institucionalización controlada de sus demandas.
La reforma agraria posterior ejecutada durante las décadas siguientes y particularmente intensificada durante el gobierno de Lázaro Cárdenas en los años 30, representó la realización institucional bajo dirección estatal controlada del programa que el zapatismo había sostenido mediante las armas. Millones de hectáreas fueron redistribuidas entre las comunidades campesinas.
mediante el sistema egidal que recogía en forma institucionalizada la concepción comunitaria de la tierra que los pueblos de Morelos habían defendido. Aquella reforma, aunque ejecutada por el Estado postrevolucionario y no por el zapatismo, fue, en un sentido profundo, la victoria póstuma de los campesinos que habían aniquilado al quinto de oro en Cuautla.
La causa por la que habían combatido las seis jornadas más terribles de la revolución terminó incorporándose, transformada y controlada, pero reconocible, al marco institucional del México del siglo XX. Los destinos de los protagonistas de la batalla siguieron trayectorias que ilustran la violencia que la revolución parecía generar inevitablemente sobre sus figuras.
Emidiano Zapata fue asesinado en Chinameca en 1919, convertido durante las décadas posteriores en uno de los símbolos centrales de la identidad nacional mexicana y de la justicia agraria. Su imagen reproducida en murales, monumentos y billetes. Su nombre invocado por movimientos campesinos durante todo el siglo XX y hasta el levantamiento neozapatista de Chiapas en 1994.
Eufemio Zapata, el hermano que durante la batalla de Cuautla había ejecutado las tácticas incendiarias contra el vagón búnker federal. murió asesinado en 1917 antes que su hermano, en una disputa personal, uno más de los destinos violentos que caracterizaron a la familia revolucionaria. Victoriano Huerta, el general que durante la batalla había permanecido inmovilizado en Cuernavaca y que posteriormente reprimiría al zapatismo antes de asesinar a Madero y establecer su propia dictadura.
murió en el exilio en El Paso, Texas, en 1916, tras el colapso de su régimen. Porfirio Díaz, el dictador cuyo derrumbe Cuautla había precipitado, murió en el exilio en París en 1915, lejos del país, que había gobernado durante 34 años, sin regresar nunca a México. Las consecuencias estructurales de la batalla de Cuautla sobre la historia mexicana del siglo XX fueron de un alcance que excedía completamente las dimensiones del combate específico.
La aniquilación del quinto de oro había precipitado el derrumbe del porfiriato, iniciando el proceso revolucionario que durante la década siguiente transformaría las estructuras políticas, sociales y agrarias del país. Pero la consecuencia más profunda [carraspeo] no fue política, sino simbólica e ideológica.
Wautla demostró que los campesinos despojados, organizados en torno a una reivindicación concreta y arraigada, podían derrotar a la élite militar de un régimen aparentemente invencible. Y aquella demostración convirtió al zapatismo en el referente permanente de la justicia agraria mexicana. Durante todo el siglo XX, cada movimiento campesino, cada lucha por la tierra, cada reivindicación de los derechos de los pueblos indígenas y rurales invocaría explícita o implícitamente la herencia de los campesinos que en
mayo de 1911 habían aniquilado al quinto de oro en las calles de Cuautla. La batalla que había derribado una dictadura de 34 años se reveló así, en la perspectiva larga de la historia como el momento fundacional de la conciencia agraria que durante el siglo siguiente determinaría una de las cuestiones centrales de la identidad y de la política mexicanas, la dimensión histórica global de la batalla de Cuautla y su lugar específico dentro de la historia de las revoluciones.
campesinas del siglo XX merecen reconstrucción detallada porque revelan aspectos del acontecimiento que las narraciones puramente nacionales tienden a subestimar y que solo aparecen claramente cuando se sitúa la aniquilación del quinto de oro dentro del contexto comparativo de los grandes levantamientos agrarios que durante aquel siglo transformaron las estructuras de poder en distintos continentes.
El primer aspecto que merece consideración es el lugar de Cuautla y del zapatismo en la historia de las revoluciones campesinas modernas. La revolución mexicana fue cronológicamente la primera de las grandes revoluciones sociales del siglo XX, anterior a la revolución rusa de 1917 y a las revoluciones campesinas asiáticas de la segunda mitad del siglo.
Y dentro de la Revolución Mexicana, el zapatismo representó la corriente más puramente campesina y agraria, la que articuló con mayor claridad la reivindicación de la Tierra como eje de la transformación social. Cuautla, como el acontecimiento militar que dio notoriedad nacional al zapatismo y que precipitó el derrumbe del porfiriato, ocupa así un lugar significativo en la genealogía de las revoluciones campesinas que durante el siglo XX desplegarían en contextos tan distintos como Rusia, China, Vietnam, Cuba y numerosos países del llamado
tercer mundo. el patrón estructural que Cuautla anunció. campesinos despojados organizados en torno a una reivindicación agraria concreta, capaces de derrotar a las élites militares de regímenes aparentemente invencibles. Se repetiría con variaciones en numerosos teatros durante las décadas siguientes. El segundo aspecto es la especificidad del zapatismo respecto a otras revoluciones campesinas.
A diferencia de los movimientos campesinos posteriores que se articularían en torno a ideologías importadas de matriz urbana o internacional, el zapatismo surgió de una reivindicación profundamente local y arraigada, la recuperación de las tierras comunales específicas que pueblos concretos de Morelos habían poseído durante siglos y que el porfiriato les había despojado.
El plan de Ayala no era un programa de transformación social abstracta, sino la codificación de un agravio concreto y la exigencia de su reparación específica. Aquella especificidad que algunos analistas posteriores interpretarían como una limitación del zapatismo respecto a las revoluciones de proyección nacional o internacional.
fue precisamente lo que le proporcionó su extraordinaria capacidad de resistencia. Los campesinos de Morelos no combatían por una abstracción, sino por sus tierras. Motivación tan concreta y tan arraigada que ningún régimen logró erradicarla mediante la fuerza durante casi una década. Quautla había demostrado tempranamente aquella capacidad.
La determinación combativa que aniquiló al quinto de oro provenía de la concreción del agravio, no de la adhesión a una ideología. El tercer aspecto es el zapatismo como referente internacional de las luchas agrarias y de los movimientos por la justicia social. Durante el siglo XX, la figura de Zapata y los principios del plan de Ayala trascendieron las fronteras mexicanas para convertirse en símbolos invocados por movimientos campesinos y revolucionarios en distintos continentes.
La imagen de Zapata, el campesino que aniquiló a la élite militar de una dictadura y que sostuvo obstinadamente la lucha por la Tierra hasta su asesinato mediante la traición. Se incorporó al imaginario internacional de la resistencia popular, el levantamiento neozapatista de Chiapas en 1994, que adoptó explícitamente el nombre y la herencia de Zapata para articular las reivindicaciones de los pueblos indígenas mexicanos frente a las políticas económicas globalizadoras.
demostró que la herencia simbólica de la lucha iniciada en Cuautla seguía siendo, ocho décadas después del asesinato de Zapata, un referente vivo de las luchas por la justicia social. Los reconocimientos historiográficos que la batalla de Cuautla ha recibido durante las décadas posteriores han variado según las orientaciones políticas y académicas de los analistas.
La historiografía oficial postrevolucionaria mexicana incorporó la batalla y la figura de Zapata al panteón nacional, convirtiendo al campesino de Anenecuilco en uno de los símbolos centrales de la identidad nacional, proceso que algunos analistas críticos interpretarían como una domesticación institucional de una figura que en vida había sido implacablemente antagónica.
a todos los regímenes. Los historiadores académicos del periodo posterior, particularmente las obras especializadas sobre el zapatismo, como las de Samuel Bronk y John Wac, ofrecieron análisis más matizados que reconocían tanto la dimensión heroica de la resistencia como las complejidades y contradicciones de un movimiento que combinaba la radicalidad agraria con limitaciones organizativas y políticas significativas.
Y la historiografía militar reconoció Cuautla como uno de los ejemplos tempranos de la guerra urbana revolucionaria, precursora de patrones que durante el resto del siglo se repetirían en numerosos teatros. La batalla de Cuautla, vista desde la perspectiva del siglo XXI, fue mucho más que una victoria táctica en la fase inicial de la Revolución Mexicana.
Fue el momento en que un ejército de campesinos despojados demostró que las élites militares de los regímenes, aparentemente invencibles, podían ser aniquiladas por la determinación combativa arraigada en agravios concretos. Y aquella demostración librada en seis jornadas brutales en las calles de una ciudad de Morelos, inauguró una de las tradiciones de resistencia popular más influyentes de toda la historia moderna.
Cuautla merecía aquel reconocimiento. Fue, en términos comparativos rigurosos, uno de los acontecimientos fundacionales de la cuestión agraria que durante el siglo XX determinaría la historia política de México y resonaría en las luchas campesinas de continentes enteros. Volvamos al momento preciso. Es la madrugada del 19 de mayo de 1911 en las ruinas humeantes de Cuautla.
Tras seis jornadas de combate que los historiadores describirían como las más terribles de toda la revolución mexicana, los últimos sobrevivientes del quinto regimiento de caballería se preparan para abandonar la ciudad que habían jurado defender mientras les quedara un soldado y un cartucho. Aquellos hombres pertenecían a la unidad de élite más prestigiosa del ejército porfirista, la fuerza invicta y condecorada que sus oficiales habían descrito con orgullo como los más valientes de la nación, el azote de los rebeldes, los soldados disciplinados
frente a la chuzma sin instrucción. Ahora son una fracción exhausta de su fuerza original, sin agua, sin municiones suficientes, derrotados por los campesinos que habían despreciado. El reducto final del quinto de oro había sido el exconvento de San Diego de Alcalá, una construcción sólida cuyos muros gruesos habían ofrecido a los defensores las últimas posiciones desde las cuales resistir.
Durante las jornadas anteriores, las tácticas zapatistas habían desmontado sistemáticamente la defensa, el corte del suministro de agua que había sometido a los soldados al desgaste fisiológico, los incendios de los acueductos que los habían expulsado de las alturas dominantes, quemando vivos a muchos de ellos.
la destrucción mediante gasolina del vagón búnker, que había eliminado uno de los nidos de ametralladoras más eficaces, el combate cuerpo a cuerpo sin cuartel, donde la superioridad técnica del armamento de largo alcance había perdido toda relevancia frente a la determinación de los atacantes. Posición tras posición, los campesinos habían ido reduciendo el perímetro federal hasta concentrar a los supervivientes en aquel último reducto del antiguo convento.
El factor que sella el desenlace aquella madrugada no es un asalto decisivo, sino el agotamiento absoluto. Las municiones del quinto de oro se han consumido tras se días de combate continuo de una intensidad excepcional. Los soldados llevan días sin agua suficiente. La columna de relevo del general Huerta permanece inmovilizada en Cuernavaca sin acudir al auxilio que el sacrificio de la guarnición había hecho necesario.
No queda ninguna posibilidad material de continuar la resistencia. Los oficiales supervivientes del regimiento toman la decisión que la lógica militar hace inevitable y que la promesa de combatir hasta el último cartucho ha hecho desonrosa. abandonar Cuautla. La unidad de élite que había entrado en la ciudad con la confianza absoluta de pertenecer a la fuerza más respetada del régimen, se retira en la oscuridad, reducida a una sombra de lo que había sido, derrotada por los hombres a quienes los corridos posteriores
recordarían que aquellos mismos soldados habían llamado vagos guamuchileros sin instrucción. Cuando los zapatistas comprenden que los federales se han retirado, las fuerzas de Emiliano Zapata ocupan la Cuautla devastada. El espectáculo que encuentran es el de una ciudad arrasada por seis jornadas del combate más brutal de la revolución.
Edificios incendiados, calles cubiertas de cuerpos de ambos bandos que nadie había recogido durante el combate sin cuartel. Los acueductos ennegrecidos por el fuego, el antiguo convento convertido en el escenario de la última resistencia federal. La victoria ha tenido un costo terrible. 300 zapatistas habían muerto en el primer asalto y las jornadas posteriores de combate cuerpo a cuerpo habían añadido un número incontable de bajas a una fuerza que carecía de la estructura institucional para reponer fácilmente a
sus combatientes. Pero el quinto de oro, la élite militar del porfiriato, ha dejado de existir como fuerza operativa. La aniquilación se ha consumado. Lo que Zapata no puede calcular completamente en aquel momento, mientras sus hombres ocupan la ciudad devastada, es la magnitud de la consecuencia política que aquella aniquilación está a punto de producir.
Cientos de kilómetros de distancia en Ciudad de México. La noticia de la caída de Cuautla llegará durante las jornadas siguientes al despacho de Porfirio Díaz. Y el dictador que durante 34 años ha gobernado México, que ha enfrentado las insurrecciones del norte con la convicción de que podía defenderse de Villa y de Orozco, comprenderá al recibir la noticia algo que excede la pérdida de una ciudad de provincia.
comprenderá que si los campesinos sin instrucción de zapata han podido aniquilar al quinto de oro la unidad de élite invicta del ejército federal, entonces ninguna fuerza del régimen es ya invencible y el porfiriato ha perdido el fundamento militar sobre el cual ha sostenido durante más de tres décadas su capacidad de imponerse mediante la fuerza.
Aquella comprensión que la aniquilación de Cuautla produce en el ánimo del dictador sellará el destino del régimen en cuestión de días. El propio Díaz declarará posteriormente que fue la caída de Cuautla y no las operaciones del norte, lo que lo convenció de pactar la paz. Dos días después de que los apatistas ocupen la ciudad devastada, el 21 de mayo de 1911 se firmarán los tratados de Ciudad Juárez.
El 25 de mayo Díaz renunciará a la presidencia. Pocos días después partirá al exilio rumbo a Francia, del que nunca regresará. La aniquilación del quinto de oro, librada por campesinos en las calles de una ciudad de Morelos durante seis de las jornadas más terribles de toda la revolución, ha derribado uno de los regímenes más duraderos de toda la historia de América Latina.
Y mientras dos hombres de Zapata ocupan la cuautlaume aquella madrugada del 19 de mayo, ninguno de ellos puede saber todavía que aquella victoria no es el final de su lucha por la Tierra, sino apenas el comienzo de una revolución que se prolongará durante una década más y que convertirá al campesino de Anenecuilco en el símbolo permanente de la justicia agraria. mexicana.
Lo que la batalla de Cuautla nos enseña sobre las revoluciones campesinas y sobre la fragilidad de los regímenes aparentemente invencibles. Una de las lecciones más profundas que cualquier estudio serio de la historia del siglo XX puede ofrecernos y conviene articularla con cuidado al cerrar este episodio porque conecta los acontecimientos específicos de mayo de 1911 con patrones estructurales que durante el resto del siglo siguiente se manifestarían repetidamente en contextos cuyas dinámicas comparten con la aniquilación del quinto de oro, más
elementos comunes de los que las narraciones convencionales suelen reconocer. La primera lección es sobre la fragilidad estructural de los regímenes sostenidos sobre la fuerza militar cuando esa fuerza es derrotada simbólicamente. Porfirio Díaz había gobernado México durante 34 años mediante una combinación de modernización económica y autoritarismo respaldado por el ejército.
aquel régimen parecía hasta 1911 más sólidos de toda América Latina y sin embargo se derrumbó en cuestión de días tras la aniquilación de una sola unidad militar en una ciudad de provincia. La razón profunda de aquel derrumbe acelerado no fue que Cuautla destruyera la capacidad militar total del régimen, que conservaba fuerzas considerables en otras regiones, sino que la aniquilación del quinto de oro destruyó la creencia tanto del propio Díaz como de toda la estructura del poder en la invencibilidad del régimen.
Los regéímenes autoritarios sostenidos sobre la fuerza dependen tanto de la realidad de su poder militar como de la percepción de que ese poder es indestructible. Cuautla demostró que la percepción podía quebrarse mediante una sola derrota suficientemente simbólica, y aquella lección estructural se repetiría durante el siglo XX, cada vez que regímenes aparentemente sólidos colapsaron aceleradamente tras derrotas que destruyeron no tanto su capacidad material como la creencia en su invulnerabilidad. La segunda lección es
sobre la fuerza específica de las motivaciones concretas y arraigadas frente a las abstracciones políticas. Los campesinos que aniquilaron al quinto de oro no combatían por una ideología abstracta ni por un programa político de proyección nacional. combatían por las tierras específicas que pueblos concretos habían poseído durante siglos y que el porfiriato les había despojado.
Aquella motivación concreta y arraigada producía una determinación combativa que ninguna fuerza profesional, por mejor entrenada y armada que estuviera, lograba contrarrestar mediante la superioridad técnica. La lección estructural es que las luchas fundadas en agravios concretos y reparaciones específicas tienden a generar una capacidad de resistencia y de sacrificio que las luchas fundadas en abstracciones difícilmente igualan y que aquella capacidad puede compensar progresivamente las asimetrías materiales más extremas.
El zapatismo sostuvo durante casi una década contra regímenes sucesivos militarmente superiores, una resistencia que se explica precisamente por la concreción de su reivindicación. La tercera lección es sobre la capacidad de adaptación táctica como factor más decisivo que las cualidades militares individuales.
Zapata, sin formación militar profesional. comprendió en Cuautla algo que comandantes con instrucción académica tardarían años en asimilar, que las tácticas deben subordinarse a las condiciones específicas del enemigo y del terreno, y no a la repetición de fórmulas que funcionaron en circunstancias distintas.
El contraste con Villa en Celaya, 4 años después ilumina aquella lección con particular claridad. Enfrentados a problemas tácticos análogos, Zapata adaptó la estrategia y venció, mientras Villa repitió obstinadamente el modelo que su leyenda le impedía abandonar y fue aniquilado. La diferencia no fue de coraje, sino de disposición psicológica frente al cambio.
Aquella lección que la comparación entre Cuautla y Celaya ilustra con dramatismo resuena en numerosos contextos donde la rigidez de los exitosos se convirtió en la trampa que los destruyó. Los protagonistas siguieron, como hemos reconstruido durante los bloques anteriores, trayectorias que el resultado de la batalla determinó. Zapata fue asesinado mediante traición en Chinameca en 1919, convertido posteriormente en uno de los símbolos centrales de la identidad y de la justicia agraria mexicanas.
Porfirio Díaz murió en el exilio en París en 1915, lejos del país que la aniquilación de Cuautla le había arrebatado. Victoriano Huerta, el general que permaneció inmovilizado en Cuernavaca, murió en el exilio tras el colapso de su propia dictadura posterior y la causa agradaria por la que los campesinos habían aniquilado al quinto de oro.
terminó incorporándose, transformada y controlada, pero reconocible, al marco institucional del Estado postrevolucionario mexicano, en una victoria póstuma de los hombres que habían combatido las seis jornadas más terribles de la revolución. La batalla de Cuautla, vista desde la perspectiva del siglo XXI, fue mucho más que una victoria táctica en la fase inicial de la Revolución Mexicana.
fue la demostración de que los regímenes aparentemente invencibles pueden derrumbarse cuando su fuerza militar es derrotada simbólicamente, de que las motivaciones concretas y arraigadas pueden vencer a las asimetrías materiales más extremas y de que la capacidad de adaptación es frecuentemente más decisiva que las cualidades militares individuales.
Y haberlo entendido permite comprender no solamente lo que ocurrió en aquellas seis jornadas brutales de mayo de 1911, sino también las dimensiones estructurales de las revoluciones campesinas que durante el siglo siguiente transformarían las estructuras de poder en continentes enteros, inauguradas en cierto sentido por los campesinos que aniquilaron al quinto de oro.
en las calles de una ciudad de Morelos. Si te ha gustado esta historia y quieres descubrir más episodios donde batallas decisivas cambiaron permanentemente el curso de la historia, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte los próximos vídeos. En el siguiente episodio reconstruiremos la historia completa del asesinato de Emiliano Zapata en Chinameca.
En 1919, la traición cuidadosamente planeada que el régimen empleó cuando la fuerza militar no había bastado para destruir al caudillo del sur, uno de los episodios más oscuros y reveladores de toda la revolución mexicana. Nos vemos pronto.