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Granjero viudo encuentra a una MUJER humillada por su propia FAMILIA… hasta que la verdad explota…

Ella se alejaba por el camino de tierra con la cabeza gacha, mientras todos reían a sus espaldas. Su propia familia. Nadie la llamó, nadie la detuvo. Fue entonces cuando un ranchero montado a caballo vio la escena y lo entendió todo sin escuchar una sola palabra. Aprendí a vivir con ella pegada a la piel, de la misma forma que se aprende a convivir con una cicatriz vieja.

 Ya no duele como antes, pero siempre está ahí recordando que un día dolió. Mi nombre es Sebastián, pero hace tanto tiempo que nadie me llama así, que a veces hasta lo olvido. Aquí en el campo de Jalisco, cerca de San Ignacio, solo soy el ranchero del fin del camino. El hombre que vive solo en esa casa con el portal caído, rodeado de pasto seco y cerca vieja.

 Han pasado 12 años desde que mi esposa Dalba se fue. Una enfermedad fea de esas que te van consumiendo por dentro hasta que no queda nada más que el recuerdo. Cuando ella murió, yo tenía 42 años y creía que aún tenía tiempo para volver a empezar. Pero la verdad es que uno no vuelve a empezar, solo aprende a seguir con un hueco en el pecho que nunca cierra del todo.

 Mis vecinos más cercanos viven a 8 km de aquí. Hay días en que solo hablo con mi caballo. Se llama Trueno. No porque sea bravo o rápido, sino porque apareció aquí en una noche de tormenta, flaco y asustado, sin dueño. Me quedé con él. Nos entendemos. Él también parece cargar algo del pasado que nadie ve.

 En aquella mañana de mayo me desperté antes de que saliera el sol. Como siempre, el silencio de la madrugada en el campo tiene un peso distinto. No es vacío. Está lleno de cosas en las que no quieres pensar, pero que aparecen de todos modos. Puse el agua para el café, me senté en el portal y me quedé mirando el cielo aclarar despacio.

 La neblina baja cubría el potrero como un velo blanco y allá lejos, en el horizonte, ya se veía el naranja del sol queriendo romper. Tomé el café negro cargado del modo que siempre lo tomaba. Agarré el sombrero de cuero, el morral con agua y piloncillo y fui al corral a preparar a Trueno. Bufó cuando le puse la silla, movió la cabeza como quejándose de tener que trabajar tan temprano, pero obedeció.

 Le pasé la mano por el cuello, sentí el pelo caliente bajo la palma. “¡Otro día más, viejo”, murmuré. “Solo uno más. La labor era siempre la misma, revisar las cercas del lado norte, ver si el ganado tenía agua, arreglar lo que estuviera roto, trabajo solitario, repetitivo, que deja la mente demasiado libre para pensar.

 Y yo pensaba, siempre pensaba en las decisiones que tomé, en las palabras que no dije, en los días que dejé pasar, creyendo que habría otros. Monté a Trueno y salí despacio por el camino de tierra que corta la hacienda. El sol ya pegaba fuerte, aunque era temprano. El calor seco del páramo se te pega a la piel y te reseca la garganta.

 El polvo rojizo se levantaba con los cascos del caballo y quedaba suspendido en el aire como humo. A la izquierda, el pastizal se extendía hasta donde alcanzaba la vista. A la derecha, una cerca de alambre de púas vieja con postes torcidos que llevaba meses tratando de arreglar. Pensé en Dalba. Siempre pensaba en ella cuando el silencio apretaba.

 Ella solía cabalgar conmigo en esos días de labor. Cantaba bajito esas melodías viejas de guitarra que su madre le enseñó. Después de que ella se fue, el silencio se apoderó de todo y yo lo dejé. Porque hablar solo sería admitir que me había convertido en eso mismo, un hombre solo, hablando solo en medio de la nada.

 Pasé por la puerta rota que da al lado norte. Necesitaba bisagras nuevas, pero hacía semanas que no iba al pueblo. No me gustaba ir. La gente me miraba con lástima. Preguntaban cómo estaba y yo mentía diciendo que todo estaba bien. Cansaba. Era más fácil quedarme en el rancho. Revisé el bebedero. Estaba funcionando.

 El ganado pastaba tranquilo, disperso por el campo. Algunos levantaron la cabeza cuando pasé, pero pronto volvieron a comer. Todo parecía en orden. Todo parecía como siempre había sido, igual, pesado, vacío. Fue cuando estaba regresando ya cerca del mediodía que decidí tomar el camino más largo. No sé por qué. Tal vez porque no tenía prisa por volver a casa vacía.

 Tal vez porque algo dentro de mí lo pidió. A veces uno toma decisiones sin saber que van a cambiarlo todo. Guié a Trueno por el camino viejo que bordea la linde de la hacienda y sigue hasta la terracería estatal. Ese camino ya casi nadie lo usa. Desde que abrieron la carretera pavimentada del otro lado, el tráfico aquí se secó.

 Solo pasa gente perdida o gente que no quiere ser encontrada. El sol castigaba. Me ajusté el sombrero y dejé que Trueno fuera a su paso sin prisa. El paisaje era el mismo, cerca vieja, zacate seco, algún que otro árbol retorcido resistiendo el calor. En el horizonte, la sierra azulada parecía flotar en el aire caliente.

 Silencio total. Solo el ruido de los cascos en la tierra mojada y el chirrido de la silla de cuero. Fue entonces que la vi. Allá adelante, a la orilla del camino, una mancha oscura, distinta fuera de lugar. Apreté las piernas y trueno aceleró el paso. Cuanto más me acercaba, más claro se hacía.

 Era una persona caída, no, no caída, recostada, hecha un ovillo en el suelo sin moverse. El corazón se me apretó en el pecho. Me bajé del caballo antes de parar por completo. Até las riendas a una rama seca de árbol y corrí. Era una mujer joven, quizás unos 30 años, ropa sucia de tierra, cabello pegado a la cara sudada, labios resecos. Respiraba, pero débilmente, demasiado rápido.

 Los ojos cerrados temblaban como si estuviera en alguna pesadilla. Mi hija llamé arrodillándome a su lado. Mi hija, ¿me escucha? Nada. Puse la mano en su frente. Estaba hirviendo, fiebre alta, muy alta. Miré a mi alrededor. Nada, nadie. Ningún carro, ninguna casa cerca, solo el vacío. Dios mío, pensé, ¿cuánto tiempo lleva aquí? Tomé el morral, saqué la botella de agua y le humedecí los labios despacio.

 Reaccionó, gimió bajito, intentó girar el rostro. Tranquila, dije en voz baja, tranquila, yo te voy a ayudar. Fue entonces cuando lo vi en su brazo morado una marca profunda, marca de cuerda y en el cuello del lado izquierdo, un moretón que subía hasta la oreja. No había caído ahí por casualidad.

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