En el panteón de la comedia estadounidense, pocos nombres evocan una mezcla tan potente de risas, nostalgia y, curiosamente, un olvido injusto, como el de Shemp Howard. Para el público general, el nombre de “Los Tres Chiflados” resuena inmediatamente con la estridencia de los golpes de martillo, los dedos en los ojos y el “¡Nyuk, nyuk, nyuk!” de Curly, o la autoridad mandona de Moe. Sin embargo, en los márgenes de esa historia de éxito, habitó una figura fundamental, un hombre que no solo estuvo presente en los cimientos del grupo, sino que fue, en gran medida, la razón por la que el trío pudo sobrevivir a sus momentos más oscuros. Shemp Howard, el hermano mayor, el chiflado que siempre pareció estar fuera de tiempo, fue mucho más que un simple reemplazo; fue un artista con una carrera independiente exitosa, un hombre acosado por el miedo y, finalmente, el protagonista de una historia que terminó mezclándose con el cine de terror más sangriento.
Para entender a Shemp, es necesario despojarlo de la etiqueta de “el chiflado olvidado”. Nacido Samuel Horwitz en 1895, en el corazón de Brooklyn, Shemp fue el cuarto de cinco hermanos. Su apodo, que hoy suena a una palabra inventada para un personaje de historieta, nació de una ternura doméstica: su madre, una inmigrante lituana con un marcado acento, no podía pronunciar “Sam”, y en su lugar decía “Shemp”. Ese nombre, accidental y sencillo, se convertiría en su identidad pública. A diferencia de sus hermanos, especialmente del pequeño Moe, Shemp no tenía visiones de gloria en el escenario desde la cuna. Fue Moe, el arquitecto de la dinámica familiar, quien lo arrastró al mundo del vodevil. Shemp era, por naturaleza, una persona nerviosa, un hombre que prefería la tranquilidad al caos de los reflectores. Su entrada en el mundo del espectáculo fue un acto de lealtad fraternal más que una vocación personal.
Durante la década de 1920, la evolución de los Howard y su asociación con el comediante Ted Healy sentó las bases de lo que se convertiría en un fenómeno cultural. Pero Shemp siempre tuvo una relación tensa con el éxito del trío. Mientras sus hermanos aceptaban el ritmo frenético de las giras y la violencia física necesaria para el tipo de comedia que pra
cticaban, Shemp buscaba algo distinto. Él poseía una vis cómica única, basada en la vulnerabilidad, en el miedo exagerado y en un estilo que se alejaba de la brutalidad pura de los otros. Fue esta diferencia la que lo llevó, en varias ocasiones, a intentar despegarse del grupo. Shemp quería ser un actor, no solo un chiflado que servía de saco de boxeo para el protagonista. Y, de hecho, lo logró. Tuvo una carrera cinematográfica respetable fuera de la sombra de Los Tres Chiflados, demostrando que podía sostenerse por sí mismo como un comediante de carácter.
Sin embargo, la historia de los hermanos Howard es, en el fondo, una historia de sacrificios. Cuando Curly, el miembro más joven y carismático, sufrió una serie de problemas de salud que culminaron en un derrame cerebral, la estabilidad del grupo se desmoronó. Fue en ese momento de desesperación, cuando el futuro de la franquicia y el sustento de sus familias estaban en riesgo, que Shemp tomó la decisión más difícil de su carrera: dejar de lado su éxito personal para regresar a rescatar a sus hermanos. Este acto de altruismo, que a menudo se pasa por alto en las biografías oficiales, es la prueba de la calidad humana de Shemp. Sacrificó su potencial como actor de reparto en películas de mayor prestigio para volver a recibir golpes en la cabeza y hacer las mismas rutinas cansadas, todo por el bien de su hermano Moe y por mantener vivo el legado familiar.
La carrera de Shemp con el trío en esta segunda etapa fue, sorprendentemente, prolífica. Aportó una energía diferente; su estilo era más relajado, menos frenético que el de Curly, pero igualmente efectivo. Sin embargo, nunca se libró del estigma de ser el “sustituto”. La audiencia, acostumbrada a la energía casi sobrenatural de Curly, tardó en adaptarse. Shemp vivió en esa zona gris durante años, siendo el motor creativo en momentos de necesidad, pero relegado a un segundo plano en la memoria colectiva. Esa era su cruz: ser el que estaba allí cuando las cosas se ponían difíciles, pero nunca el que recibía las flores al final del espectáculo.
La vida de Shemp terminó de manera tan súbita y dramática como sus rutinas cómicas. El 22 de noviembre de 1955, el hombre que había dedicado su vida a hacer reír a los demás, se encontró con una cita ineludible. Aquella noche, después de asistir a una velada de boxeo en el Hollywood Legion Stadium —su pasatiempo favorito, irónicamente para un hombre que evitaba la confrontación física—, Shemp decidió regresar a casa. Junto a su amigo Al Winston, subió a un taxi. El ambiente era alegre; el comediante estaba de buen humor. En un momento de esa conversación informal, mientras sacaba un cigarrillo con la intención de encenderlo, Shemp sufrió un colapso repentino. Fue un infarto masivo, un cierre de telón instantáneo. Murió antes de que el cigarrillo llegara a su boca. Fue una partida silenciosa, lejos de la estridencia de sus actuaciones, un final triste para alguien que había pasado décadas haciendo que el dolor pareciera una broma.
La muerte de Shemp dejó a los estudios Columbia en una posición técnica imposible. Había episodios pendientes de filmar, escenas inconclusas y compromisos contractuales que debían cumplirse. En una época previa a la tecnología digital avanzada, los productores recurrieron a una solución que, en su momento, fue un simple parche técnico, pero que con el tiempo se convertiría en una curiosidad cinematográfica legendaria. Utilizaron dobles de cuerpo, planos cerrados y recortes de películas antiguas para “hacer actuar” a Shemp después de su muerte. Esas apariciones post mortem, donde un actor caminaba de espaldas o llevaba un sombrero que ocultaba su rostro para disimular que no era Shemp, se convirtieron en un fenómeno involuntario.
Aquí es donde la historia de Shemp se entrelaza con el cine de terror de culto. Décadas después, el director Sam Raimi y su colaborador Bruce Campbell, fanáticos acérrimos de Los Tres Chiflados, quisieron rendir homenaje a esta peculiar práctica de edición. En su película de culto Evil Dead (1981), el rodaje se vio plagado de dificultades: el presupuesto se agotó, el elenco original renunció y Raimi se quedó sin manos para terminar la película. Para completar las escenas faltantes, recurrió a amigos y familiares, haciéndolos actuar como los zombies o poseídos de la trama. En los créditos de la película, Raimi decidió acreditar a estos reemplazos no como simples dobles, sino como “Fake Shemps” (Falsos Shemps). Fue un chiste interno, un reconocimiento a la industria que él tanto amaba, que transformó el nombre de un comediante fallecido en una categoría técnica dentro de la historia del cine.
Este legado, aunque extraño, es profundamente revelador. Shemp Howard, el hombre que intentó ser más que un chiflado, terminó convirtiéndose en un concepto abstracto, una idea que define la capacidad del cine para engañar, para sustituir y para, en última instancia, mantener vivo un espíritu a pesar de la ausencia física. Raimi no solo estaba haciendo un homenaje a la comedia; estaba reconociendo la fragilidad del cine. Un actor es reemplazable, una escena puede ser manipulada, pero la huella que deja el arte en quienes lo consumen —o en quienes lo producen— es permanente. Los “Fake Shemps” de Evil Dead son, en esencia, un tributo a la resiliencia de la producción cinematográfica, una metáfora de cómo el arte persiste incluso cuando los pilares fundamentales ya no están presentes.
Al observar la trayectoria de Shemp Howard, es imposible no sentir una punzada de melancolía. Fue un hombre que vivió en la sombra de un hermano más famoso, que cargó con la responsabilidad de ser el sostén de una familia, que enfrentó sus propios miedos —la enuresis, el nerviosismo crónico, la presión del vodevil— y que terminó siendo acreditado en una película de muertos vivientes. Es una narrativa que parece sacada de uno de los guiones más absurdos de Los Tres Chiflados, pero que tiene el peso de la realidad humana. Shemp no pidió ser un ícono, ni pidió ser un “falso”, ni pidió morir en un taxi tras una pelea de boxeo. Él solo quería ser actor.
¿Es la historia de Shemp una tragedia o una victoria? Probablemente sea ambas. Es la tragedia de un hombre que nunca recibió el reconocimiento que merecía en vida, opacado por la brillantez de un hermano cuya estrella se apagó por razones de salud. Pero es también una victoria de la persistencia. Shemp siguió ahí, a través de sus cortos, a través de sus reemplazos, a través de los homenajes de directores que crecieron viéndolo recibir tartazos en la cara. Su nombre, que originalmente era un apodo accidental, se convirtió en una leyenda.
El cine, ese gran espejo donde la sociedad se mira, suele ser cruel con los comediantes. Los empuja a repetir patrones, a mantener una sonrisa congelada, a ser personajes unidimensionales. Shemp Howard se rebeló contra eso, aunque fuera de forma silenciosa. Se fue del grupo, volvió, intentó otros roles, y al final, aceptó su destino. En sus últimos años, a pesar de las presiones, encontró una forma de paz junto a su esposa y sus amigos. Fue un hombre que, finalmente, logró desprenderse del personaje del “chiflado” para ser él mismo en la intimidad.
Quizás el mayor legado de Shemp no sea el “¡Nyuk, nyuk!” ni los golpes, sino la lección de que todos somos, de alguna manera, “falsos Shemps”. Todos nos vemos obligados a cubrir vacíos que otros dejaron, todos tenemos que actuar roles que no siempre elegimos, y todos, en última instancia, intentamos dejar una marca en el mundo antes de que nuestro tiempo se agote. La historia de Shemp nos enseña a mirar con más empatía a los secundarios, a los que están detrás del protagonista, a los que sostienen la escena mientras otros brillan. Ellos son, a menudo, quienes mantienen el espectáculo en marcha.
A medida que el tiempo avanza, los Tres Chiflados siguen siendo redescubiertos por nuevas generaciones. En plataformas digitales, en videoclips virales y en maratones de comedia clásica, la energía de Moe, Larry y Shemp sigue provocando carcajadas. Y, cada vez que vemos a Shemp en una de esas escenas, especialmente en aquellas donde su rostro se desencaja de miedo ante un peligro inminente, estamos viendo la esencia de un hombre que, aunque intentó ser muchas cosas, nos dio lo que más necesitábamos: la capacidad de ver la vida con una ligereza que, incluso en los momentos más oscuros, nos permite seguir adelante.
Es hora de rehabilitar la figura de Shemp Howard. De sacarlo del rincón del olvido y colocarlo donde siempre debió estar: como un artista completo, un comediante de una sensibilidad única y un hombre que, con sus miedos y sus inseguridades, nos dio el regalo de su talento. Su partida en ese taxi fue el final de su historia personal, pero su vida en el cine —y en el cine de terror de culto, por esas ironías del destino— es apenas el comienzo de un análisis más profundo.
Así que, la próxima vez que alguien mencione a Los Tres Chiflados, recordemos a Shemp. Recordemos al hombre que fue capaz de dejar su carrera por amor a su hermano. Recordemos al actor que vivió bajo la presión de ser un sustituto. Y, sobre todo, recordemos al “chiflado” que nos enseñó que, incluso cuando la vida nos golpea como si fuéramos protagonistas de una rutina de slapstick, siempre hay espacio para un último gesto de dignidad antes de que el telón baje definitivamente. Shemp Howard, el nombre que una madre lituana no pudo pronunciar bien, se convirtió en el nombre que el cine nunca pudo callar. Su risa, su miedo, su eterna vulnerabilidad y su fantasma cinematográfico son, hoy más que nunca, parte de nuestro patrimonio cultural, una risa que, al igual que los muertos vivientes que lo homenajearon, se niega obstinadamente a morir.
En el gran teatro de la vida, a veces el papel que nos toca no es el del héroe, ni el del galán, ni el del protagonista que se lleva la ovación. A veces, el papel es el de aquel que está ahí, en la segunda fila, manteniendo el equilibrio, absorbiendo los golpes y esperando su momento. Shemp Howard fue el maestro indiscutible de ese papel. Y en su humildad, en su tragedia y en su extraña posteridad, encontró una forma de gloria que, un siglo después, sigue haciéndonos reflexionar. La risa puede ser pasajera, pero la historia, esa juez implacable, finalmente ha decidido que Shemp Howard merece ser recordado. No como el sustituto, no como el olvidado, sino como lo que siempre fue: un chiflado que, a su manera, nos hizo un poco más felices a todos.