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“Mentir sobre la Iglesia Católica era mi trabajo”: La hija del pastor hace revelaciones impactantes.

Nunca me senté a leer [música] una fuente católica entera. Nunca tuve una conversación real y larga con un católico practicante [música] que pudiera explicarme su fe desde adentro, pero subía al escenario y hablaba como si lo supiera todo. Hay algo que necesito que entiendan, porque esto es importante.

 Yo no era una persona maliciosa, no lo era. Creía lo que decía o al menos creía que debía creerlo. Y esa diferencia, esa diferencia sutil entre creer [música] algo y creer que debes creerlo. Tardé años en descubrirla. La presión de ser la hija del pastor tiene un peso que no se ve desde afuera. [música] Cada palabra mía era de alguna manera un reflejo de él.

 Cada conferencia era también su credibilidad, su trabajo, su testimonio. Yo lo amaba, lo sigo amando. Y ese amor mezclado con la obediencia [música] y con la admiración construyó en mí una muralla muy difícil de atravesar. Cuando algo me generaba duda, la callaba. Hubo una noche después de una conferencia en una ciudad del norte que una chica de unos 20 años se me acercó llorando.

 Me dijo que su abuela era católica, que era la persona que más amaba en el mundo y [música] que después de escucharme ya no sabía si su abuela estaba bien con Dios. Me lo preguntó directo con los ojos rojos y la voz rota. ¿Usted cree que mi abuela va al infierno? Me acuerdo de esa pregunta. como si me la hubieran hecho esta mañana.

 Le respondí lo que sabía responder. Algo sobre la gracia y la misericordia divina, [música] algo tranquilizador, pero vago. Ella se fue con una sonrisa forzada. Yo me fui con algo en el pecho [música] que no supe nombrar en ese momento. Hoy lo sé, era culpa, pero la guardé, [música] la doblé prolija, la metí en un cajón del fondo y seguí adelante porque el siguiente evento ya estaba [música] agendado, porque la gente me necesitaba, porque mi padre estaba orgulloso, porque yo tenía una misión, o al menos eso creía.

Los años que siguieron fueron de más conferencias, [música] más viajes, más aplausos. Mi nombre empezó a circular entre las redes de liderazgo juvenil de varias regiones. Me pedían materiales, me pedían grabaciones, me pedían que fuera a hablar a grupos cada vez más grandes y yo iba, siempre iba.

 Pero algo estaba cambiando en mí muy lentamente, como una grieta fina en una pared que parece sólida. Empecé a notar que mis palabras generaban más miedo que paz, que los jóvenes que se acercaban después de mis charlas no llegaban con preguntas abiertas, llegaban confirmando prejuicios. Usted tiene razón, los católicos están engañados.

Mi compañero de trabajo es católico. ¿Cómo le hablo? Era como si yo estuviera construyendo muros disfrazados de verdad. Y yo sonreía, respondía, [música] seguía el guion, pero de noche, sola, con la Biblia abierta sobre la cama, a veces me preguntaba en silencio si realmente conocía lo que criticaba, si alguna vez había entrado a una misa sin el filtro del prejuicio, si alguna vez había leído completo lo que afirmaba que era falso, si alguna vez había rezado de verdad, pidiéndole a Dios que me mostrara la verdad, aunque fuera era incómoda. La

respuesta [música] era no. Siempre era no. Hay un tipo de comodidad peligrosa en tener todas las respuestas. Cuando crees que ya sabes, dejas de buscar. Y cuando dejas de buscar, empiezas a repetir. Y repetir no es fe, [música] repetir es hábito. Y el hábito disfrazado de convicción puede hacerle daño a mucha gente.

 Yo le hice daño a mucha gente, no con intención, no con crueldad, [música] pero el daño sin intención sigue siendo daño y eso también tuve que aprenderlo. Para ese entonces ya tenía 24 años. [música] Había dado conferencias en no sé cuántas ciudades. Tenía una reputación construida ladrillo a ladrillo durante casi 6 [música] años.

 Y por fuera todo parecía firme, ordenado, con propósito. Por dentro [música] había un silencio muy extraño. No era el silencio de la paz, era el silencio de algo que ya no sabe cómo seguir hablando. Como cuando repites una palabra tantas veces que de repente deja de tener sentido. Así me [música] sentía yo con mis propios argumentos.

 Los decía, seguían sonando bien. La gente seguía respondiendo, pero algo se [música] había apagado. Y entonces llegó la invitación para el evento de intercambio. Era un encuentro entre líderes juveniles de distintas comunidades de varias provincias. El objetivo oficial era el diálogo entre diferentes expresiones de fe cristiana. [música] Pero en nuestra comunidad el objetivo real era otro, ir, observar [música] y después volver con más herramientas para fortalecer nuestra identidad frente a lo que veíamos como influencias externas.

Yo fui como oradora, fui preparada con mis materiales, [música] con mi voz entrenada y mi seguridad de siempre. Subí al autobús una mañana fría con el cielo cubierto y una llovisna fina que mojaba el asfalto sin hacer ruido. Me senté cerca de la ventana, como siempre. Puse los auriculares, cerré los ojos un momento [música] y pensé que era un viaje más.

 No sabía que era el último viaje de la chiara que había sido hasta ese día. La lluvia no paró en todo el trayecto. Al principio era suave. de esas lluvias que casi no se sienten. [música] Pero a medida que avanzábamos por la ruta provincial, el cielo se fue cerrando, las nubes bajaron, [música] el asfalto se puso oscuro y brillante como un espejo roto.

 El conductor redujo la velocidad, pero la ruta era estrecha y había una curva larga que bajaba [música] entre dos colinas. Yo seguía con los auriculares puestos. Miraba por la ventana sin ver nada en particular. Tenía en la cabeza los puntos de mi presentación, las frases que ya sabía de memoria, el orden de los argumentos.

 Era un repaso automático, casi mecánico, la mente ocupada para no sentir el vacío que mencioné antes y entonces el autobús patiné. No fue dramático al principio, fue un deslizamiento suave, casi imperceptible, como [música] cuando pisas una hoja mojada en el piso y el pie se va apenas 1 cm, pero ese centímetro a esa velocidad, en esa curva fue suficiente.

[música] El conductor frenó y al frenar las ruedas traseras perdieron el agarre por completo. Lo que vino después no lo puedo contar en orden porque en ese momento el orden desapareció. [música] Fue todo junto. El grito de alguien atrás, el sonido del metal contra el muro de contención, los vidrios, el movimiento brusco hacia un lado, mi cuerpo golpeando primero el asiento de adelante y después el lateral de la ventana.

 El autobús no volcó del todo, pero el impacto contra el muro fue violento. Una parte de la carrocería se dobló hacia adentro. Los asientos se corrieron y yo quedé atrapada entre dos de ellos con el torso inclinado y una pierna bloqueada por el metal retorcido. [música] No podía moverme. Intenté gritar y no me salió la voz, solo salió aire.

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