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Lourdes Valera: La Sonrisa que el Cáncer no pudo Apagar: El Legado de Fortaleza de una Actriz Inolvidable

En el universo de las telenovelas latinoamericanas, existen figuras cuya presencia trasciende la pantalla para instalarse en el corazón de la audiencia como una presencia familiar. Lourdes Valera era, para el público venezolano y para los amantes del género en toda la región, una de esas figuras. Su talento, versatilidad y, sobre todo, su optimismo contagioso la convirtieron en una de las actrices más queridas y respetadas de su país. Sin embargo, detrás de las luces de los estudios de grabación, Lourdes libró una de las batallas más duras que un ser humano puede enfrentar: una lucha silenciosa, valiente y profundamente humana contra el cáncer de pulmón, que cambió para siempre la percepción que muchos tenían sobre la fama, la salud y el valor de la vida.

Lourdes Valera nació el 15 de junio de 1963, y su relación con el mundo del espectáculo fue casi natural, como si hubiera sido predestinada para habitar los escenarios. Desde los trece años, cuando formaba parte de la compañía de Lili Álvarez Sierra, interpretando cuentos infantiles como “La Cenicienta”, Lourdes entendió que la actuación no era solo una profesión, sino un modo de vivir. Para ella, el set de grabación era un campo de juego; una metáfora que repetiría a lo largo de su vida. “Cada vez que me monto en el escenario siento que estoy jugando, y es rico que me dejen jugar a esto”, solía decir. Esa capacidad de mantener el espíritu de un niño mientras cargaba con la responsabilidad de una carrera profesional adulta fue, posiblemente, su mayor fortaleza.

A lo largo de treinta años de trayectoria, Lourdes se consolidó como una pieza indispensable en la televisión venezolana. Su versatilidad la llevó a recorrer géneros, desde la comedia hasta el drama más desgarrador, dejando su huella en producciones emblemáticas como Contra viento y marea, Tierra de mujeres, Enséñame a querer, Las González y Ciudad Bendita. A diferencia de muchos actores que ven las telenovelas como un mal necesario para pagar las cuentas, Lourdes expresaba un respeto genuino por el género. Agradecía trabajar con gente inteligente, valoraba el feedback inmediato del público y consideraba un privilegio trabajar en una industria que permitía contar historias que tocaban la fibra sensible de la audiencia.

Pero en 2008, el guion de su vida dio un vuelco drástico. Lourdes se encontraba en medio de la exitosa obra de teatro Confesiones de mujeres de 30 cuando, por insistencia de sus amigas y compañeras actrices Crisol Carabal y Elisa Hill, decidió realizarse unos exámenes médicos previos a una posible liposucción. Lo que debía ser un trámite para un procedimiento estético menor se convirtió en el diagnóstico que nadie desea escuchar: un tumor en el pulmón. En ese momento, Lourdes Valera demostró la pasta de la que estaba hecha. Mientras otros se hubieran derrumbado, ella optó por mantener una discreción absoluta, rechazando etiquetas como “enferma” y prefiriendo autodefinirse como una “paciente de control”.

El proceso que siguió fue una lección de entereza. Lourdes no se retiró. De hecho, continuó trabajando en la telenovela Rosa Coronel bajo la dirección de Leonardo Padrón. Su personaje, Rosa Coronel, se convirtió curiosamente en un espejo de su propia realidad: una mujer enfrentando una batalla personal. Su equipo de producción, consciente de la situación, le ofreció todo el apoyo necesario, adaptando el vestuario y las tomas para que las marcas de las radiaciones y los tratamientos no fueran evidentes. Para Lourdes, el trabajo fue su mejor terapia. “Si me lamentaba no luchaba y no me enfocaba en recuperarme”, confesaría en una entrevista meses antes de su partida.

La fe desempeñó un papel central en su proceso. Lourdes no era una mujer que buscara consuelo en el escapismo; lo buscaba en su fe católica, sintiéndose siempre acompañada por la imagen de Jesús de la Misericordia. Hablaba de su relación con Dios como algo liberador, una fuente inagotable de paz en medio de las tormentas de la quimioterapia. “Con el cáncer aprendí que el mejor lugar para acostarte es al lado de Dios”, solía decir. Esa conexión espiritual, lejos de ser un cliché, fue la estructura que sostuvo su salud mental cuando los dolores físicos se volvían insoportables. Visualizaba su curación con la ayuda de técnicas de inmunología que le enseñaron a entender que su tratamiento no era un veneno que la destruía, sino una medicina que la sanaba.

Es imposible hablar de la lucha de Lourdes sin mencionar a su esposo, Luis Alberto Lamata. En 18 años de relación, el cáncer se convirtió en un desafío que, lejos de separarlos, los unió con una fuerza asombrosa. Lamata fue el testigo silencioso de su proceso. Velaba sus sueños cuando el dolor no la dejaba descansar, se inventaba mil maneras para que ella pudiera nutrirse cuando las radiaciones le impedían tragar, incluso llegando a preparar papillas de paté —su comida favorita— para que mantuviera sus fuerzas. Él fue el ejemplo vivo de lo que significa “en la salud y en la enfermedad”, convirtiendo un proceso de degradación física en un acto de amor incondicional que Lourdes valoraba con lágrimas en los ojos.

La experiencia de Lourdes Valera como paciente oncológica también le permitió desarrollar una perspectiva distinta sobre el valor del cuerpo. Al principio, la pérdida de su cabello fue un golpe duro, no por vanidad, sino por lo que representaba como parte de su identidad. Cuando vio caer el primer mechón, decidió que no permitiría que el cáncer le arrebatara su control. “Te cortas el pelo hoy”, se dijo, y lo hizo ella misma. Esa decisión, aparentemente pequeña, fue un símbolo de cómo ella afrontaba la enfermedad: tomando el mando, reconociendo el dolor pero sin permitir que este la definiera.

Su paso por la televisión durante su enfermedad, en la piel de Rosa Coronel, dejó un testimonio único en la televisión venezolana. El público no sabía qué batallas libraba ella cuando las cámaras se apagaban. Lourdes era un ejemplo de que la vulnerabilidad y la fortaleza no son mutuamente excluyentes. “A veces nos quejamos de tantas tonterías y somos tan egoístas que vemos el mundo tan chiquito como nuestra mente”, reflexionaba con la sabiduría que solo da el estar cara a cara con la finitud. Lourdes no se veía como una supermujer; por el contrario, se reconocía humana, frágil, alguien que necesitaba pedir ayuda y, sobre todo, alguien que aprendió que la vida no se trata de hacer todo, sino de aprender a vivir de una forma distinta, respetando los límites del propio cuerpo.

La noticia de su fallecimiento en 2012, a los 48 años, fue un golpe que sacudió los cimientos de la industria artística venezolana. Sus compañeros la recordaban no solo como una actriz de lujo, sino como una mujer cuya energía positiva era la luz del set. “Tenía una fuerza, un optimismo, unas ganas de hacer las cosas bien”, decían sus colegas. Su partida fue vivida como una pérdida personal por aquellos que, a través de sus telenovelas, la sentían como parte de su familia. El velatorio fue el escenario de despedidas que, más que tristeza, buscaban honrar la vida. Luis Alberto Lamata, con la entereza de quien ha cumplido con su deber de amor, la despidió con la promesa de libertad: “Sé libre, te quiero mucho, abrázate a Jesús de la Misericordia”.

¿Qué lección nos deja Lourdes Valera a casi quince años de su diagnóstico y catorce de su muerte? En un mundo donde la inmediatez y la superficialidad a menudo dominan la conversación, la vida de Lourdes nos invita a reflexionar sobre la importancia de la autenticidad y el optimismo consciente. Ella no ignoraba su realidad; sabía perfectamente que el cáncer estaba allí, “sentado al lado”, pero se negaba a invitarlo a su mesa. Su lucha no fue una batalla heroica de un día, sino una construcción diaria de fe, trabajo y amor.

El optimismo de Lourdes no era una negación de su enfermedad, era una resistencia ante ella. Aprendió que las células tienen memoria y que, a través de la visualización y el lenguaje positivo, podía influir en su proceso de sanación. Aunque hoy sabemos que el cáncer tiene componentes biológicos que no siempre dependen de la actitud, la filosofía de Lourdes nos habla de una poderosa verdad sobre la salud mental: independientemente del resultado final, el proceso de enfrentar la enfermedad es mucho más llevadero cuando uno decide no perder su dignidad.

El papel de la fe en la vida de la actriz venezolana tampoco puede subestimarse. En su caso, la fe no era un dogma, era una herramienta de conexión humana y de liberación. Al entregarse a la voluntad de Dios, Lourdes sintió que se quitaba un peso de encima. No buscaba un milagro mágico, buscaba la serenidad para aceptar lo que venía. Esa serenidad fue la que le permitió hablar con su familia y amigos, preparar el camino y despedirse con la tranquilidad de haber dejado todo en el campo de batalla.

Es revelador cómo Lourdes, en sus últimos meses, seguía preocupándose por los demás. En sus entrevistas, nunca perdía la oportunidad de recalcar el apoyo de su oncólogo, la ayuda de su corredora de seguros, el cariño de sus amigas nohely Arteaga o la devoción de su esposo. Ella era consciente de que ningún hombre es una isla y que, en la lucha contra la adversidad, las redes de apoyo son fundamentales. Su historia es, en gran medida, la historia de una comunidad —artística, familiar y religiosa— que se volcó para acompañar a una mujer que había dedicado su vida a entregar alegría.

La actuación, para ella, siempre fue un juego. Y quizás esa fue la clave de su resiliencia. Al no tomarse a sí misma ni a la fama demasiado en serio, logró mantener una perspectiva fresca sobre la vida. No era de esos actores que decían que hacían telenovelas solo por el dinero; lo hacía porque encontraba un valor en la conexión con la gente. Esa honestidad fue la que el público captó y la razón por la que, hoy en día, sigue siendo recordada con tanto cariño.

En el contexto actual de la televisión venezolana, Lourdes Valera representa una era dorada donde los actores eran vistos como pilares de la cultura popular. Su partida marcó también el fin de una época donde la televisión lograba reunir a las familias. Recordarla hoy es honrar a esa televisión que, con sus aciertos y errores, nos dio referentes humanos, personas que enfrentaron la vida con una valentía que todavía hoy nos inspira.

Su legado, sin embargo, no es solo televisivo. Es un legado de carácter. Lourdes nos enseñó que ser fuerte no es no tener miedo, sino tener miedo y seguir adelante de todos modos. Nos mostró que la verdadera vanidad no es el deseo de verse bien, sino la arrogancia de no cuidar nuestro cuerpo o de no valorar nuestra existencia. Nos dejó la enseñanza de que, a veces, la forma más alta de amor es la que se manifiesta en la comida que alguien nos prepara, en la mano que alguien nos toma cuando nos duele el cuerpo y en la fe que compartimos con aquellos que nos acompañan.

Lourdes Valera fue, sobre todas las cosas, una mujer que amaba la vida. A pesar de los quirófanos, las quimioterapias, el dolor físico y la consciencia de que su final se acercaba, nunca perdió la capacidad de ver la belleza en lo cotidiano. Aprendió a ver el mundo con ojos distintos, a agradecer los momentos pequeños y a entender que el éxito no es la fama, sino la paz de haber vivido con integridad.

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