Y todo eso sucede no porque hayan cometido un crimen, sino porque no tienen un papel. La llamada ilegalidad no es un estado natural, es una etiqueta impuesta por un sistema que criminaliza la existencia. Bernis Sanders alzó la voz y fue categórico. 11 millones de personas no pueden seguir viviendo en las sombras.
No puede haber democracia si una parte significativa de la población vive con miedo constante, sin derechos y sin rostro ante el Estado. La propuesta fue clara. No más retórica vacía, no más promesas de campaña. Sanders exige una reforma migratoria real, profunda y urgente, un proceso que saque a estas personas de la clandestinidad y les dé acceso a la protección legal, al trabajo sin explotación, a una ciudadanía que reconozca su aporte.
Porque han trabajado, han pagado impuestos, han criado hijos que hoy son ciudadanos y han sostenido sectores enteros de la economía. Lo han hecho todo sin garantías, como fantasmas útiles. Pero no basta con detener la máquina de deportación. Hay que revertir el daño. Sanders propuso algo que muy pocos se atreven siquiera a mencionar.
permitir el regreso de quienes fueron deportados injustamente. Reunificar familias, deshacer los errores del pasado. Si en su momento la ley no los protegió, si una reforma como la de 2013 hubiera cambiado su destino, entonces hay que corregir el rumbo. Porque cada persona que fue separada de sus hijos merece la oportunidad de volver, no como una concesión, como un acto mínimo de justicia.
Y no, no es una medida simbólica, es una política concreta que responde a una urgencia social. Porque mientras los discursos se demoran en el Congreso, hay niños que siguen creciendo sin madre. Hay abuelos que no han vuelto a ver a sus nietos. Hay matrimonios destruidos por una firma burocrática. Cuánto más se va a esperar.
El gobierno tiene herramientas. El poder ejecutivo puede actuar. y Sanders lo dejó en claro. En los primeros días de su presidencia ampliaría los programas de protección como Daka y DAPA. Pondría fin a las redadas que aterrorizan barrios enteros. El mensaje sería otro. No más persecución, no más amenazas, una pausa al terror cotidiano.
Lo que está en juego no es solo la situación migratoria, es la idea misma de quien merece vivir con dignidad, de si el país va a seguir construyendo su riqueza sobre la espalda de los invisibles. Porque hay algo profundamente hipócrita en pedirle a alguien que coseche tu comida, que limpie tus hospitales, que cuide a tus hijos y luego tratarlo como si no mereciera estar aquí.
Esa hipocresía está incrustada en las políticas migratorias que permiten programas de trabajadores temporales sin derechos, sin estabilidad, sin voz. Sanders no lo acepta. No es progreso contratar personas como si fueran herramientas descartables. Eso es explotación con disfraz legal y es también una forma moderna de esclavitud.
Por eso la urgencia no es solo moral, es estructural. El sistema necesita cambiar desde sus cimientos. Legalizar no es un favor. Es reconocer lo evidente. Estas personas ya son parte del país, ya están aquí, ya contribuyen. Lo único que falta es dejar de tratarlas como delincuentes por haber querido una vida mejor.
Y mientras el poder se resiste a escuchar, la realidad grita. ¿Qué se va a hacer con esa voz? Detrás de cada muro hay un contrato. Detrás de cada celda hay una empresa cobrando por cada día de encierro. En la sombra del sistema migratorio florece un negocio silencioso y despiadado, la privatización del castigo.
No se trata solo de leyes duras, se trata de ganancias y las ganancias aumentan cuando se trata a los seres humanos como mercancía. Bernie Sanders lo denunció sin filtros. Hay corporaciones lucrando con el sufrimiento de inmigrantes, con la separación de familias, con el encierro de niños, cárceles privadas, centros de detención operados por contratistas millonarios, instalaciones donde la dignidad se evapora y lo único que importa es la rentabilidad por cabeza.
No es exageración, es estadística. Cada inmigrante detenido representa cientos de dólares diarios para estas empresas. Cuanto más largo el proceso, más rentable se vuelve. Cuanto más opaca la burocracia, más espacio hay para contratos millonarios. El negocio es tan lucrativo que se ha convertido en un lobby poderoso con representantes en el Congreso y vínculos con campañas políticas.
El sufrimiento humano es parte del modelo de negocios y lo más escalofriante es que esto no solo ocurre con adultos, ocurre también con menores de edad, niños separados de sus padres, encerrados en jaulas, vigilados por guardias armados como si fueran criminales. ¿Cuál es la lógica de encerrar a un niño que apenas entiende que ha hecho mal? ¿Quién gana con eso? La respuesta es incómoda.
Muchos ganan quienes construyen los centros. Ganan quienes los administran. ganan quienes venden servicios, alimentos, uniformes, dispositivos de vigilancia. Ganan los políticos que se presentan como duros frente a la inmigración y capitalizan el miedo como moneda electoral. Pero pierden siempre los mismos, las familias migrantes, los pobres, los desprotegidos.
Sanders presentó un proyecto de ley para poner fin a las prisiones privadas, para cerrar la puerta al lucro a costa del dolor. Pero no basta con escribir leyes. Hace falta voluntad política. Hace falta enfrentarse a un sistema que convirtió el castigo en industria y el encarcelamiento en oportunidad de inversión. Esto no es nuevo.
En otros momentos de la historia se justificaron abusos similares en nombre del orden, pero ahora todo se hace con papeles firmados, con contratos auditados, con balances presentados a los accionistas. La deshumanización se modernizó, se hizo presentable, se disfraza con cifras y por eso es más peligrosa que nunca. ¿Hasta dónde puede llegar una sociedad que decide poner precio al encierro? Cuánto más se puede estirar la idea de seguridad nacional para justificar el infierno cotidiano de miles de personas.
Porque aquí no se trata solo de custodiar una frontera, se trata de decidir si el Estado existe para proteger o para oprimir. Los centros de detención no son espacios de trámite, son espacios de quiebre. Quiebre emocional, físico, psicológico, quiebre familiar. Y ese quiebre tiene consecuencias que van mucho más allá del momento de detención.
Se arrastran por generaciones, se graban en la memoria de los hijos, se inscriben en la historia con tinta de vergüenza. Mientras tanto, en los despachos de poder se discute la eficacia del sistema, se comparan cifras, se elaboran informes, pero nadie pregunta cuántos sueños han sido triturados entre rejas.
Nadie calcula el costo real de destruir familias por una supuesta política de disuasión. Bernie Sanders lo dejó claro. Un país que encierra a niños y se lucra con su dolor ha perdido el norte moral. Ha cruzado una línea invisible, pero definitiva. Y ya no se trata de matices políticos, se trata de humanidad.
O se detiene esta maquinaria ahora o el precio será incalculable. Porque cuando la justicia se convierte en negocio, la injusticia se convierte en norma. Mientras las autoridades insisten construir muros físicos, lo que realmente se alza es un muro de impunidad. Un muro que encubre las raíces del problema, que tapa con concreto lo que Estados Unidos no quiere admitir, que es responsable de buena parte de la miseria de la que escapan quienes cruzan su frontera.
La política exterior ha sido durante décadas una fábrica de inestabilidad en América Latina. Tratados comerciales firmados con sonrisa diplomática, pero efectos devastadores, como el que expulsó de sus tierras a millones de pequeños agricultores mexicanos, dejándolos sin sustento y empujándolos a migrar. No fue un accidente, fue una estrategia.
Abrir mercados, destruir economías locales, forzar dependencia. Bernie Sanders no se cayó. Denunció como esos acuerdos, aplaudidos por las élites, destruyeron modos de vida enteros. Millones de campesinos desplazados, no por violencia directa, sino por hambre, por desesperación. ¿Qué se espera que haga una familia que ya no puede alimentarse con su tierra, quedarse y morir lentamente? Pero no es solo el comercio, es también la guerra, la guerra contra las drogas, esa excusa sin fin que ha servido para militarizar territorios
enteros, alimentar cárteles y hundir a países en un ciclo de violencia infernal. Se dijo que era para proteger a los jóvenes estadounidenses del flagelo del narcotráfico. La realidad fueron los niños hondureños, guatemaltecos y salvadoreños quienes pagaron el precio más alto. A esos niños el sistema les niega el derecho al asilo, como si su sufrimiento no fuera lo suficientemente real, como si no bastara con haber escapado de las pandillas, del reclutamiento forzado, de las amenazas de muerte, como si ser menor de edad no alcanzara para ser
considerado humano. Sanders lo gritó. Deportarlos es condenarlos. En muchos casos es enviarlos a una muerte segura. Pero el sistema es sordo y cuando no es sordo es cínico. Habla de procesos legales mientras encierra a menores como si fueran piezas defectuosas. Habla de control fronterizo mientras financia operaciones que fortalecen a los mismos gobiernos corruptos que empujan a su gente a huir.
¿Quién les da voz a los que vienen cruzando selvas, desiertos y ríos con un solo objetivo, sobrevivir? ¿Quién se atreve a decir que no es una crisis migratoria, sino una crisis de humanidad? Sanders fue claro, una política migratoria real no puede comenzar en la frontera, tiene que comenzar en las causas, tiene que revisar el rol de Estados Unidos como generador de pobreza, como exportador de armas, como patrocinador de tratados que benefician a los de siempre y arruinan al resto.
También hay que repensar el enfoque sobre el abuso de sustancias. No se combate la adicción encarcelando a la gente ni invadiendo países. Se combate con salud pública, con prevención, con tratamiento. Pero eso no da titulares. Eso no alimenta contratos de defensa. Eso no conviene al complejo industrial del castigo. El resultado es claro.
Migrantes usados como chivo expiatorio, problemas estructurales encubiertos con discursos patrioteros y una máquina mediática que gira sin descanso, convenciendo al pueblo de que el enemigo viene del sur, mientras el verdadero peligro está sentado en mesas de directorios. ¿Hasta cuándo se va a sostener esta ficción? ¿Cuánto tiempo más se va a criminalizar al que huye y no al que provoca el éxodo? La historia, cuando mire hacia atrás, no juzgará con suavidad.
verá un país que tuvo todas las herramientas para hacer lo correcto y eligió el miedo, eligió la ganancia, eligió la ceguera voluntaria y esa elección, como advirtió Sanders, no quedará sin consecuencias. Hay momentos en que el discurso político ya no basta, cuando los números son cuerpos, cuando los recortes matan, cuando la desigualdad se convierte en sentencia, lo que se necesita no es una promesa, es una ruptura.
Y eso fue lo que Bernis Anders planteó con la voz cargada no solo de indignación, sino de desafío abierto al poder establecido. Mientras las cámaras enfocaban la frontera, otra ofensiva tomaba forma en los pasillos del Congreso. Un proyecto de ley cocinado por las élites económicas, disfrazado de política fiscal, pero diseñado para cumplir un solo propósito, enriquecer aún más a los ricos, quitando lo poco que le queda a los vulnerables.
una redistribución al revés, un robo legalizado. La lógica era simple y brutal. Recortes de impuestos multimillonarios para corporaciones y oligarcas financiados a costa de los programas que sostienen a millones de personas en pie. Medicaid, educación, nutrición infantil, hogares de ancianos. Todo puesto en la mesa de sacrificio.
Todo menos las fortunas de quienes ya controlan el país. Sanders lo describió con precisión quirúrgica. Se trata de premiar a quienes millones a campañas políticas y castigar a quienes no pueden permitirse perder su trabajo, su salud o su techo. El trumpismo, denunció, no es una ideología, es un modelo de negocio, uno que transforma la desesperación en recurso político y la miseria en oportunidad electoral.
Y el resultado de ese modelo no se mide solo en dinero, se mide en muertes evitables. Estudios serios alertan que si se aprueban estos recortes, decenas de miles de personas perderán el acceso a la salud y morirán innecesariamente. No es retórica, es matemática mortal. Porque cuando no puedes pagar un médico, cuando no puedes pagar una receta, cuando no puedes acceder a un tratamiento, te conviertes en una estadística silenciosa.
Otra vida descartada por no generar dividendos, pero la crueldad no termina allí. El proyecto también propone exigir a los beneficiarios de ayuda social que trabajen un mínimo mensual. Y si están enfermos, y si han sido despedidos y si tienen una discapacidad, no importa. El mensaje es claro. Si no produces, no vales.
Si no encajas en la lógica de explotación, te quedas afuera. Sanders contraatacó con una verdad antigua y poderosa. Una que no se aprende en las escuelas de negocios ni en los foros de inversión, una que atraviesa religiones, culturas y siglos. Cuidar al vulnerable no es caridad, es obligación moral. Y recordó el pasaje que ningún legislador debería olvidar.
Tuve hambre y me diste de comer. Fui forastero y me recibiste. Estuve enfermo y me cuidaste. No como consuelo espiritual, sino como principio político. Porque en ninguna fe, en ninguna ética seria, es aceptable enriquecer a quienes más tienen quitándole el pan, el medicamento y el abrigo a los que menos poseen. La economía del miedo, la economía del descarte es una forma moderna de barbarie y cada ley aprobada con esa lógica es un paso hacia el abismo.

Lo que se disputa hoy no es solo la política migratoria, es el alma misma de un país que se enfrenta a su reflejo más incómodo. Uno donde el poder se ha desconectado por completo del sufrimiento de su pueblo. Uno donde los muros son tanto físicos como sociales. Uno donde la pregunta ya no es quien llega a la frontera, sino quien sobrevive al sistema.
Y en esa encrucijada Sanders lanzó su advertencia. O recuperamos la compasión como motor de lo público o seremos testigos de una implosión ética irreversible. Porque los imperios no caen solo por guerras externas, caen cuando olvidan a su gente, cuando convierten la injusticia en rutina. Y esa rutina, si no se detiene, arrasará con todos. M.