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El chal rojo en Granada

Capítulo 1: La Sangre y la Cuerda Rota

La sangre sobre el empedrado del Albaicín brillaba bajo la luz mortecina de las farolas de hierro forjado, espesa y oscura como el vino que los gitanos bebían en las cuevas del Sacromonte. No era el frío de la madrugada granadina lo que hacía temblar las manos de Mateo, sino el terror visceral que le trepaba por la espina dorsal. A sus pies, un hombre agonizaba, ahogándose en su propia traición. Pero los ojos de Mateo no estaban fijos en el moribundo, sino en la figura que se recortaba al final del callejón del Agua.

Allí estaba ella.

El viento helado que bajaba de Sierra Nevada hizo ondear la tela. Era el chal rojo. Aquel maldito y hermoso chal rojo que había sido su faro en la oscuridad, su musa y su perdición, ahora le parecía una herida abierta en la garganta de la noche.

—¡Corre, Mateo! —El grito rasgó el silencio, agudo, desesperado. No era una advertencia de amor; era el sonido del pánico.

Mateo apretó el mástil de su guitarra gastada hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Un acorde disonante resonó en su mente. ¿Correr? ¿Hacia dónde? Todas las salidas del Albaicín estaban bloqueadas. Las sirenas de la Policía Armada comenzaban a aullar en la lejanía, subiendo por la Carrera del Darro como una manada de lobos hambrientos.

Había sido un estúpido. Un cantaor ciego de amor. Durante meses, había creído que la chica del chal rojo era un ángel enviado para aliviar sus penas, una estudiante de arte con fascinación por el flamenco puro que él destilaba en el Mirador de San Nicolás. Se habían amado en las sombras de los cármenes, entre aromas a jazmín y flor de azahar, con la majestuosa Alhambra como único testigo de sus juramentos.

Pero esta noche, el velo se había rasgado de la forma más brutal.

El hombre que sangraba en el suelo era “El Tuerto” Gómez, un soplón de los bajos fondos que le había prometido los documentos que probarían la inocencia del padre de Mateo. Su padre, un humilde relojero, llevaba dos años pudriéndose en la prisión provincial, condenado por un robo y asesinato que no cometió. Todo había sido un montaje, una trampa urdida por el hombre más temido de Granada: el Inspector Jefe Alejandro Vargas. Un policía corrupto, un sádico con placa que limpiaba las calles a base de terror y fabricaba culpables para proteger a los verdaderos criminales que le llenaban los bolsillos.

Mateo había reunido el dinero cantando hasta sangrar sus cuerdas vocales, moneda a moneda, para comprar la verdad. Y cuando El Tuerto le entregó el sobre hace apenas unos minutos, antes de que una bala anónima le atravesara el pecho desde las sombras, Mateo abrió los papeles manchados de sangre.

Allí estaba. La confesión firmada. Los registros falsificados. Y una fotografía.

Una fotografía del Inspector Vargas, sonriente, en el jardín de una lujosa mansión. A su lado, abrazándolo con adoración filial, estaba la joven del chal rojo.

Carmen.

Carmen Vargas. La hija del monstruo.

El mundo de Mateo había colapsado en un instante. El olor a pólvora se mezcló con el recuerdo de su perfume caro. Cada beso, cada caricia, cada lágrima que ella había derramado escuchando sus lamentos por su padre encarcelado… ¿había sido una mentira? ¿Una estratagema enferma del Inspector para vigilarlo? ¿O era ella el cebo que lo había llevado a esta trampa mortal?

—¡Mateo, por favor! —suplicó Carmen de nuevo, dando un paso hacia él. El chal rojo resbaló de sus hombros, revelando un vestido oscuro y las manos temblorosas que sostenían… ¿un arma? No, era un pequeño revólver niquelado, apuntando hacia el suelo.

—¡No te acerques! —bramó Mateo, su voz rota, rasposa, la misma voz que horas antes cantaba seguiriyas que hacían llorar a los turistas. Soltó la funda de su guitarra y sacó la navaja cabritera que siempre llevaba oculta. El clic metálico de la hoja abriéndose fue ensordecedor. —¿Lo sabías? ¡Dime que no lo sabías, maldita sea!

—Mateo, tienes que escucharme… Mi padre viene hacia aquí. Lo descubrió todo. Descubrió que te estaba ayudando…

—¡Tú eres una Vargas! —escupió él, sintiendo el sabor salado de sus propias lágrimas mezclado con la bilis de la traición—. ¡Tu sangre es la misma que la del perro que encerró a mi padre! ¿Me estabas espiando? ¿Fue divertido jugar a los pobres con el cantaor callejero?

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