Capítulo 1: La Sangre y la Cuerda Rota
La sangre sobre el empedrado del Albaicín brillaba bajo la luz mortecina de las farolas de hierro forjado, espesa y oscura como el vino que los gitanos bebían en las cuevas del Sacromonte. No era el frío de la madrugada granadina lo que hacía temblar las manos de Mateo, sino el terror visceral que le trepaba por la espina dorsal. A sus pies, un hombre agonizaba, ahogándose en su propia traición. Pero los ojos de Mateo no estaban fijos en el moribundo, sino en la figura que se recortaba al final del callejón del Agua.
Allí estaba ella.
El viento helado que bajaba de Sierra Nevada hizo ondear la tela. Era el chal rojo. Aquel maldito y hermoso chal rojo que había sido su faro en la oscuridad, su musa y su perdición, ahora le parecía una herida abierta en la garganta de la noche.
—¡Corre, Mateo! —El grito rasgó el silencio, agudo, desesperado. No era una advertencia de amor; era el sonido del pánico.
Mateo apretó el mástil de su guitarra gastada hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Un acorde disonante resonó en su mente. ¿Correr? ¿Hacia dónde? Todas las salidas del Albaicín estaban bloqueadas. Las sirenas de la Policía Armada comenzaban a aullar en la lejanía, subiendo por la Carrera del Darro como una manada de lobos hambrientos.
Había sido un estúpido. Un cantaor ciego de amor. Durante meses, había creído que la chica del chal rojo era un ángel enviado para aliviar sus penas, una estudiante de arte con fascinación por el flamenco puro que él destilaba en el Mirador de San Nicolás. Se habían amado en las sombras de los cármenes, entre aromas a jazmín y flor de azahar, con la majestuosa Alhambra como único testigo de sus juramentos.
Pero esta noche, el velo se había rasgado de la forma más brutal.
El hombre que sangraba en el suelo era “El Tuerto” Gómez, un soplón de los bajos fondos que le había prometido los documentos que probarían la inocencia del padre de Mateo. Su padre, un humilde relojero, llevaba dos años pudriéndose en la prisión provincial, condenado por un robo y asesinato que no cometió. Todo había sido un montaje, una trampa urdida por el hombre más temido de Granada: el Inspector Jefe Alejandro Vargas. Un policía corrupto, un sádico con placa que limpiaba las calles a base de terror y fabricaba culpables para proteger a los verdaderos criminales que le llenaban los bolsillos.
Mateo había reunido el dinero cantando hasta sangrar sus cuerdas vocales, moneda a moneda, para comprar la verdad. Y cuando El Tuerto le entregó el sobre hace apenas unos minutos, antes de que una bala anónima le atravesara el pecho desde las sombras, Mateo abrió los papeles manchados de sangre.
Allí estaba. La confesión firmada. Los registros falsificados. Y una fotografía.
Una fotografía del Inspector Vargas, sonriente, en el jardín de una lujosa mansión. A su lado, abrazándolo con adoración filial, estaba la joven del chal rojo.
Carmen.
Carmen Vargas. La hija del monstruo.
El mundo de Mateo había colapsado en un instante. El olor a pólvora se mezcló con el recuerdo de su perfume caro. Cada beso, cada caricia, cada lágrima que ella había derramado escuchando sus lamentos por su padre encarcelado… ¿había sido una mentira? ¿Una estratagema enferma del Inspector para vigilarlo? ¿O era ella el cebo que lo había llevado a esta trampa mortal?
—¡Mateo, por favor! —suplicó Carmen de nuevo, dando un paso hacia él. El chal rojo resbaló de sus hombros, revelando un vestido oscuro y las manos temblorosas que sostenían… ¿un arma? No, era un pequeño revólver niquelado, apuntando hacia el suelo.
—¡No te acerques! —bramó Mateo, su voz rota, rasposa, la misma voz que horas antes cantaba seguiriyas que hacían llorar a los turistas. Soltó la funda de su guitarra y sacó la navaja cabritera que siempre llevaba oculta. El clic metálico de la hoja abriéndose fue ensordecedor. —¿Lo sabías? ¡Dime que no lo sabías, maldita sea!
—Mateo, tienes que escucharme… Mi padre viene hacia aquí. Lo descubrió todo. Descubrió que te estaba ayudando…
—¡Tú eres una Vargas! —escupió él, sintiendo el sabor salado de sus propias lágrimas mezclado con la bilis de la traición—. ¡Tu sangre es la misma que la del perro que encerró a mi padre! ¿Me estabas espiando? ¿Fue divertido jugar a los pobres con el cantaor callejero?
—¡No! ¡Te amo! ¡El sobre, Mateo! ¡Toma el sobre y huye por los pasadizos de la muralla zirí! Yo los detendré.
Las sirenas estaban ensordecedoramente cerca. Luces azules y rojas comenzaron a rebotar contra las paredes blancas de cal del callejón. Botas pesadas resonaban en los escalones de piedra.
—¡Allí están! ¡No dejen que escape el asesino! —Esa voz. Mateo la reconocería en el infierno. Era el Inspector Vargas.
El pánico se apoderó de él. Si lo atrapaban ahora, junto a un informante muerto, con sus huellas en el sobre y una navaja en la mano, no solo no salvaría a su padre; acabaría en el garrote vil o pudriéndose en la celda contigua a la suya.
Miró a Carmen. Sus ojos oscuros, inmensos y aterrorizados, lo imploraban. Ella levantó el pequeño revólver, pero no hacia Mateo, sino hacia la dirección de las botas que se acercaban.
—Huye, mi amor —susurró ella, una lágrima solitaria trazando un camino plateado en su mejilla.
Mateo agarró el sobre manchado de sangre del suelo, se colgó la guitarra a la espalda y echó a correr hacia el estrecho pasaje que conducía a la antigua muralla, sumergiéndose en las sombras de la historia de Granada, llevando consigo el secreto que podía destruirlos a todos. Mientras corría, escuchó el primer disparo. Y luego, el grito desgarrador del Inspector Vargas.
Capítulo 2: Acordes en el Albaicín
Siete meses antes de aquella noche de sangre y revelaciones, la vida de Mateo era una sinfonía de pobreza, arte y desesperación.
El Mirador de San Nicolás, con su vista frontal e imponente a la Alhambra, era su escenario diario. Mientras el palacio rojo se encendía con los tonos dorados del atardecer, Mateo se sentaba en el muro de piedra, cruzaba la pierna y apoyaba su vieja guitarra española. No necesitaba micrófono. Su voz, forjada en la pena y afinada por el hambre, tenía el poder de detener a los transeúntes. Cantaba tarantos, soleares y, sobre todo, granaínas. Cantaba al dolor de la ausencia, al padre injustamente arrebatado, a la justicia ciega y sorda.
Fue a finales de abril, cuando el aroma a azahar inunda cada rincón de Andalucía, cuando la vio por primera vez.
Entre la multitud de turistas norteamericanos con sus cámaras, estudiantes europeos y lugareños, destacaba una figura apoyada contra un ciprés. Llevaba un chal de un rojo intenso, casi violento, que contrastaba dramáticamente con su tez pálida y su cabello negro como ala de cuervo. Lo que detuvo el corazón de Mateo no fue solo su asombrosa belleza, sino la forma en que lo miraba.
No lo miraba como a una atracción turística. Lo miraba como si la voz de él estuviera desnudando el alma de ella. Sus ojos, oscuros y profundos como pozos árabes, brillaban con lágrimas contenidas.
Mateo terminó su cante con un quejío largo y doloroso que resonó en la plaza. La gente aplaudió, dejando caer monedas y algunos billetes en su sombrero desgastado. Cuando levantó la vista para buscarla, la chica del chal rojo ya no estaba.
Apareció al día siguiente. Y al siguiente.
Siempre a la misma hora, siempre con aquel chal rojo envuelto sobre sus hombros, protegiéndose del relente de la tarde. Se convertía en una estatua, cautivada por la guitarra de Mateo. Él empezó a cantar para ella. Sus dedos, callosos y ágiles, encontraban nuevas notas, adornos más complejos, florituras que nacían del puro deseo de impresionarla.
Una tarde de martes, una tormenta de primavera estalló sobre Granada sin previo aviso. La multitud del Mirador se dispersó corriendo, buscando refugio en los bares cercanos o bajo los toldos de las tiendas de recuerdos. Mateo, temiendo por su frágil instrumento, corrió a guarecerse bajo el arco de la Iglesia de San Nicolás.
Allí estaba ella.
El espacio era reducido. Estaban a escasos centímetros de distancia. Mateo podía oler su perfume. Era un aroma exquisito, sutil pero inconfundiblemente caro: notas de ámbar y vainilla, algo que las chicas del Albaicín no podían permitirse. Su ropa, aunque discreta, era de telas finas, cortes elegantes.
—Tienes una voz que rompe el corazón —dijo ella de repente. Su voz era suave, educada, con un ligero acento de la alta sociedad granadina, pero temblaba de emoción genuina.
Mateo tragó saliva. Sostuvo su guitarra protectoramente contra su pecho.
—Canto lo que vivo, señorita. Y la vida, últimamente, es un cristal roto.
Ella bajó la mirada, trazando con el dedo los flecos de su chal rojo.
—Me llamo Carmen.
—Mateo.
—Lo sé —sonrió ella, una sonrisa triste que iluminó el pequeño y oscuro refugio—. Todos aquí conocen a Mateo, el ruiseñor triste del Albaicín. Cuentan historias sobre ti. Dicen que cantas para pagar los abogados de tu padre.
Los músculos de la mandíbula de Mateo se tensaron. Mencionar a su padre era tocar una herida sin cicatrizar.
—Dicen la verdad. Mi padre es un hombre bueno. El relojero de la calle Elvira. Nunca lastimó a una mosca, y mucho menos a un usurero. Lo encerraron porque necesitaban un chivo expiatorio rápido, y nosotros no teníamos poder para defendernos.
Carmen se acercó un poco más. Sus ojos mostraban una empatía que desarmó por completo la defensiva de Mateo.
—La justicia en esta ciudad es un juego amañado por quienes tienen el dinero y el poder —murmuró ella, mirando hacia la lluvia que caía sobre los adoquines—. Ojalá pudiera ayudarte, Mateo.
Ese fue el comienzo. Lo que empezó como conversaciones apresuradas bajo la lluvia se transformó en encuentros clandestinos por los laberínticos callejones del barrio árabe. Caminaban juntos bajo la luna llena, ocultándose en las sombras de la Carrera del Darro, escuchando el murmullo del río. Carmen era un misterio. Evadía las preguntas sobre su familia, diciendo solo que su padre era un hombre estricto, un hombre de negocios que no aprobaría que se codeara con un “bohemio” de los barrios bajos.
A Mateo no le importaba. Estaba cegado. La pasión que surgió entre ellos fue arrasadora, consumiéndolos como el fuego consume la yesca. Se amaban con la urgencia de quienes saben que el tiempo corre en su contra. En la intimidad de una cueva abandonada en el Sacromonte, que Mateo había adecentado con alfombras viejas y velas, Carmen se despojaba de su chal rojo y de sus secretos, entregándose a él por completo.
—Prométeme que algún día me llevarás lejos de Granada —le susurró ella una noche, con la cabeza apoyada en su pecho desnudo—. Lejos de los muros altos y de las mentiras.
—Te llevaré al fin del mundo, mi gitana —respondió Mateo, besando su frente—. Tan pronto como saque a mi viejo de esa jaula de hierro, nos iremos. Te lo juro por mi guitarra.
Pero las mentiras estaban más cerca de lo que él imaginaba, enredadas en las sábanas que compartían.
Capítulo 3: La Sombra del Inspector Vargas
Para entender la tragedia, había que entender al arquitecto de la misma. El Inspector Jefe Alejandro Vargas no era un hombre; era una institución de terror en Granada.
Alto, de hombros anchos, con un bigote meticulosamente recortado y ojos gélidos de color gris acero, Vargas caminaba por las calles como un señor feudal por sus dominios. En los oscuros años de la dictadura y la posterior y turbulenta transición, hombres como Vargas habían construido imperios de corrupción inexpugnables.
Controlaba el contrabando, la prostitución de lujo, el juego clandestino en las trastiendas de los cafés elegantes. Si alguien se atrevía a desafiarlo, o bien desaparecía sin dejar rastro, o se encontraba súbitamente acusado de crímenes horribles con pruebas irrefutables plantadas por los propios hombres de Vargas.
Don Tomás, el padre de Mateo, había cometido el peor de los pecados: vio lo que no debía ver.
Era un maestro relojero, famoso por reparar los engranajes más complejos. Una noche, lo llamaron de urgencia a una de las mansiones del Realejo para reparar un antiguo reloj de pie alemán que se había atascado. Al llegar, se equivocó de puerta y entró en un despacho oscuro. Allí presenció cómo el Inspector Vargas recibía un maletín repleto de fajos de billetes de un conocido mafioso de la costa, a cambio de unos documentos oficiales sellados.
Vargas vio al relojero. Sus ojos se cruzaron por un segundo que selló el destino de Tomás.
A la semana siguiente, el prestamista más odiado de la ciudad fue encontrado asesinado a golpes en su oficina. La policía, liderada por Vargas, “encontró” el martillo ensangrentado oculto bajo el banco de trabajo de la relojería de Tomás, junto a joyas robadas a la víctima. A pesar de los testimonios de los vecinos que afirmaban que Tomás había estado en la taberna toda la noche, Vargas presentó testigos falsos que juraron haberlo visto salir de la escena del crimen.
El juicio fue una farsa grotesca. El juez, un viejo amigo de caza de Vargas, condenó a Tomás a cadena perpetua.
Desde aquel día, el alma de Mateo se llenó de un odio frío y calculador. Dejó su oficio de aprendiz de carpintero, agarró la guitarra de su abuelo y se lanzó a las calles. Cantaba para sobrevivir, pero cada peseta que ahorraba iba a un fondo secreto. Contrató investigadores privados hundidos en el alcohol, sobornó a policías de bajo rango, buscando desesperadamente la grieta en la armadura del Inspector Vargas.
Y esa grieta apareció en la forma de “El Tuerto” Gómez.
El Tuerto era un peón, un soplón miserable que trabajaba para Vargas pero que había sido despreciado y golpeado demasiadas veces. Odiaba al Inspector tanto como Mateo. Una tarde, en una taberna oscura del bajo Albaicín, El Tuerto interceptó a Mateo.
—Sé lo que buscas, cantaor —le dijo, mostrando una sonrisa con varios dientes faltantes—. Vargas guarda una caja fuerte en su casa de campo en Pinos Genil. Allí tiene los libros de contabilidad negros, las grabaciones, los chantajes. Y tiene el archivo original del caso de tu padre. Las órdenes que dio para falsificar las pruebas.
El corazón de Mateo dio un vuelco. —¿Cómo lo sabes?
—Porque fui yo quien metió el maldito martillo en la relojería de tu viejo por orden de Vargas —confesó El Tuerto, escupiendo en el suelo de aserrín.
Mateo se abalanzó sobre él, agarrándolo por las solapas de la chaqueta, listo para matarlo a golpes allí mismo. Pero El Tuerto no se resistió.
—Mátame si quieres, chico. Pero si lo haces, tu padre morirá en prisión. Vargas está cerrando cabos sueltos. Me va a matar a mí, lo sé. He robado ese expediente. Lo tengo. Pero quiero dinero. Mucho dinero. Quiero desaparecer a Francia. Consígueme quinientas mil pesetas, y los papeles que hundirán a Vargas y liberarán a tu padre serán tuyos.
Era una suma astronómica. Imposible para un músico callejero. Pero Mateo asintió. Vendió todo lo que tenía de valor, pidió préstamos peligrosos a usureros gitanos, cantó día y noche hasta escupir sangre.
Y durante todo ese tiempo infernal de desesperación, Carmen era su único oasis. Su chal rojo, su refugio. Él le contaba sus progresos con El Tuerto, ocultando nombres y lugares específicos por seguridad, pero compartiendo la esperanza de que pronto tendrían la llave de la libertad de su padre.
Carmen lo escuchaba atentamente. Demasiado atentamente, se daría cuenta más tarde. A veces, cuando él hablaba con fervor de destruir al Inspector Vargas, notaba que Carmen palidecía, que sus manos temblaban, que apartaba la mirada. Mateo, en su ingenuidad, pensaba que a ella le asustaba la violencia del mundo en el que él se estaba adentrando.
Nunca imaginó que estaba cavando su propia tumba, y que la mujer que amaba le estaba pasando la pala a su peor enemigo.
Capítulo 4: El Hilo Rojo se Deshilacha
Las sospechas no nacieron de un gran descubrimiento, sino de pequeños detalles, sutiles discordancias que el enamorado Mateo al principio se negaba a ver.
Fue una semana antes del intercambio fatal con El Tuerto. Mateo y Carmen paseaban por los jardines del Generalife. El sol brillaba sobre las fuentes, pero un frío gélido empezaba a instalarse en el pecho de Mateo.
Un grupo de guardias civiles patrullaba la zona. Mateo, por instinto, tensó los músculos y agachó la cabeza, acostumbrado al acoso policial. Pero observó algo extraño. Al pasar junto a ellos, los dos guardias, hombres duros y arrogantes, se detuvieron abruptamente. Miraron a Carmen. No con la mirada lasciva habitual hacia una mujer hermosa, sino con deferencia. Uno de ellos, incluso, hizo un leve amago de llevarse la mano al tricornio en un saludo respetuoso, antes de desviar la mirada rápidamente al notar que Mateo observaba.
—¿Los conoces? —preguntó Mateo, su voz teñida de extrañeza.
Carmen se tensó levemente, pero su rostro mantuvo una calma gélida.
—No. Seguramente me confundieron con otra persona —respondió rápidamente, tirando del brazo de Mateo para apresurar el paso—. Vámonos, este lugar está muy concurrido hoy.
Mateo dejó pasar el incidente, pero la semilla de la duda había sido plantada.
Esa misma noche, en su cueva, mientras Carmen dormía con el rostro iluminado por la luz de las velas, Mateo no podía conciliar el sueño. Miró su ropa cuidadosamente doblada sobre una silla vieja. Su mirada se posó en el bolso de cuero de la joven. No quería hacerlo. Se sentía un traidor, un paranoico. Pero la imagen del saludo del guardia civil lo carcomía.
Con manos temblorosas, abrió el bolso. No buscaba nada específico. Encontró polvos de maquillaje, un pañuelo de seda, unas llaves pesadas de bronce que parecían de un portón antiguo y… un encendedor.
Mateo frunció el ceño. Carmen no fumaba. Detestaba el olor a tabaco.
Tomó el encendedor. Era de plata maciza, pesado, de una calidad excepcional. Al darle la vuelta en su mano, vio unas iniciales grabadas en la superficie pulida: A. V. P.
Alejandro Vargas Peláez.
El nombre completo del Inspector Jefe.
Mateo sintió como si alguien le hubiera vaciado un cubo de agua helada en las venas. El aire abandonó sus pulmones. El silencio de la cueva se volvió ensordecedor, roto solo por la respiración pausada y tranquila de la mujer que dormía a su lado. La mujer que llevaba el encendedor de plata del monstruo que había destruido su familia.
“No,” se dijo a sí mismo, luchando contra el pánico. “Debe haber una explicación. Tal vez lo encontró. Tal vez es robado. Tal vez…”
Las excusas se desmoronaron antes de formarse por completo. Las ropas caras. El perfume inalcanzable. El saludo reverencial de la policía. Las evasivas constantes sobre su familia. Su interés repentino y detallado en la investigación de Mateo.
Dios mío.
Mateo dejó el encendedor exactamente donde lo había encontrado y cerró el bolso. Se sentó en un rincón oscuro de la cueva, abrazando sus rodillas, sintiendo cómo su corazón se rompía en mil pedazos silenciosos.
Ella era una Vargas. La hija del Inspector.
Durante las horas previas al amanecer, una agonía terrible lo devoró. ¿Era todo una mentira? ¿Se había acercado a él por orden de su padre para mantener controlado al hijo revoltoso del relojero? ¿Cada “te amo”, cada beso apasionado, había sido un acto de traición?
Pero otra voz en su cabeza luchaba por abrirse paso. Recordaba la forma en que Carmen lo miraba cuando cantaba, la desesperación en sus ojos cuando hablaban de escapar. Nadie, absolutamente nadie, podía fingir esa clase de amor. Ni la actriz más consumada podría haber fingido las lágrimas que ella derramó cuando Mateo le contó por primera vez la historia de su padre.
Había dos opciones, y ambas eran letales.
Opción una: ella era una espía fría y calculadora, y él estaba entregando su vida y la de El Tuerto en bandeja de plata a la policía.
Opción dos: ella lo amaba genuinamente, estaba ocultando su verdadera identidad por miedo a perderlo y, lo más aterrador, no sabía hasta qué punto su padre era un monstruo.
Mateo decidió que no podía enfrentarla. No todavía. Si ella era una espía y él revelaba que lo sabía, Vargas actuaría inmediatamente. Tenía que fingir. Tenía que seguir adelante con el intercambio con El Tuerto y conseguir los documentos. Una vez que tuviera las pruebas y su padre fuera libre, decidiría qué hacer con la hija del diablo que había robado su corazón.
Fue la actuación más difícil de su vida.
Durante la siguiente semana, Mateo continuó besando los labios que podrían estar envenenados. Sonreía, acariciaba su cabello negro y le juraba amor eterno, mientras por dentro sus entrañas se retorcían de paranoia y dolor.
—Mañana es el día, mi amor —le dijo a Carmen la noche antes del encuentro en el callejón del Agua—. Mañana por la noche tendré los papeles. Nos encontraremos en el bosque de la Alhambra al amanecer. Y nos iremos de Granada para siempre.
Carmen lo abrazó con una fuerza inusitada, hundiendo su rostro en su cuello. Mateo sintió humedad. Estaba llorando.
—Ten cuidado, Mateo. Te lo ruego. Tengo un mal presentimiento —sollozó ella, aferrándose a él como si fuera la última vez.
—No te preocupes por mí. Piensa en el futuro —mintió él, acariciando el maldito chal rojo que ella llevaba puesto.
Al día siguiente, recogió el dinero reunido, cargó su revólver, lo ocultó en el estuche de la guitarra y se dirigió al Albaicín para encontrarse con El Tuerto.
No sabía que Vargas también lo sabía.
No sabía que Carmen, aterrorizada por la seguridad de Mateo, había cometido el error fatal de hurgar en el despacho de su padre buscando información para proteger a su amante, y que Vargas la había atrapado. Vargas, el estratega sádico, no la encerró. La dejó ir, sabiendo que ella correría hacia Mateo, guiando a la policía directamente hacia el punto de encuentro y la entrega de los documentos.
Y así fue como la trampa se cerró en el callejón del Agua.
Capítulo 5: La Fuga entre las Sombras
(Volviendo a la noche de la traición)
Mateo corría con los pulmones ardiéndole y las piernas entumecidas por el pánico. El eco del disparo que había sonado a sus espaldas todavía resonaba en su cabeza, rebotando en las estrechas paredes de cal del Albaicín.
¿A quién había disparado Carmen? ¿A su propio padre? ¿A los policías? ¿Había sido ella la que recibió el disparo?
La urgencia de volver atrás, de protegerla a pesar de todo, chocó violentamente con su instinto de supervivencia y el deber sagrado que llevaba apretado en el puño: el sobre manchado con la sangre de El Tuerto. Ese sobre era la vida de su padre.
Se adentró por la Cuesta del Chapiz, una calle empinada y traicionera en la oscuridad. Conducía hacia las cuevas abandonadas y los senderos olvidados de los cerros, un terreno que él conocía mejor que cualquier policía de la ciudad.
Escuchó ladridos. Habían soltado a los perros.
“Maldita sea,” masculló, forzando sus músculos al límite.
Buscó refugio en el laberinto de las murallas ziríes, construcciones del siglo XI que se alzaban como guardianes silenciosos de la ciudad. Encontró una grieta disimulada por pesadas enredaderas de hiedra y espinos. Se deslizó por el hueco rasgándose la camisa y la piel de los brazos, arrastrando consigo la pesada guitarra. Se quedó agazapado en el interior húmedo y oscuro, conteniendo la respiración.
Afuera, el caos reinaba. Pasos apresurados, gritos de órdenes, luces de linternas que barrían las grietas de las piedras como espadas láser.
—¡Buscad por las cuevas de San Miguel! ¡El Inspector Jefe está herido, quiero a ese bastardo vivo o muerto! —gritó un oficial, su voz destilando rabia pura.
El corazón de Mateo dio un vuelco salvaje. El Inspector Jefe está herido. Carmen lo había hecho. Carmen había disparado a su propio padre para darle tiempo a él a huir.
Una mezcla abrumadora de alivio, horror y culpa amenazó con asfixiarlo. No lo había traicionado. Hasta el último momento, con la verdad al descubierto, ella había elegido al cantaor pobre antes que a su sangre. Y la había dejado atrás, rodeada de lobos sedientos de sangre, cargando con la culpa de intentar asesinar a la máxima autoridad policial de la provincia.
Las horas pasaron agonizantes. El frío de la piedra se filtró hasta sus huesos. Escuchó cómo la batida se alejaba gradualmente hacia el norte, hacia el Sacromonte, engañados por algún rastro falso o por la pura inmensidad del terreno irregular.
Cuando los primeros rayos pálidos del amanecer comenzaron a teñir el cielo por encima de Sierra Nevada, Mateo se atrevió a encender un pequeño mechero. Sus manos temblaban violentamente, pero no por el frío.
Miró el sobre que tenía en su regazo. La sangre seca de El Tuerto había manchado el papel marrón grueso. Con cuidado, rompió el sello.
Adentro, como le habían prometido, estaba la salvación y la condena.
Había informes forenses originales ocultados a la corte. En ellos se demostraba que las huellas en el martillo incriminatorio no correspondían al padre de Mateo, sino a uno de los matones conocidos de Vargas. Había libros de contabilidad que detallaban sobornos, pagos a jueces, y extorsiones. Y, lo más incriminatorio, había una carta escrita a máquina, firmada de puño y letra por Alejandro Vargas, ordenando la “disposición” del prestamista y la incriminación del relojero Tomás para cerrar el caso rápidamente y apaciguar a la prensa.
Era oro puro. Era la soga para el cuello del Inspector.
Pero Mateo no sintió triunfo. Sentía un vacío inmenso.
Miró la fotografía que había visto en la oscuridad del callejón, la que se le cayó a El Tuerto. Carmen, radiante y hermosa, sonriendo junto a un hombre que era la encarnación del mal. ¿Qué le harían ahora? Si Vargas sobrevivía, nunca le perdonaría haber levantado un arma contra él. La encerrarían en un manicomio, o peor, la harían desaparecer como a tantos otros. Si Vargas moría… Carmen sería juzgada por parricidio, condenada a garrote vil en la cárcel de mujeres.
Para salvar a su padre, ahora tenía que entregar estos documentos a las más altas esferas en Madrid. Los jueces y policías locales estaban comprados; entregar esto en Granada sería suicidio. Tenía que llegar a la capital.
Pero para salvar a Carmen, tenía que quedarse. Tenía que rescatarla de las garras de la comisaría de la Plaza de los Lobos, la misma comisaría de donde nadie salía ileso.
Mateo guardó los documentos en el forro oculto de su estuche de guitarra, un compartimento que su padre había construido años atrás para guardar partituras valiosas. Se colgó el instrumento a la espalda. El peso de la madera parecía ahora el peso del mundo entero.
Se asomó por la grieta de la muralla. Granada despertaba, dorada y ajena al drama que se había desarrollado en sus entrañas de piedra. La Alhambra se alzaba majestuosa en la colina de enfrente, impasible ante las tragedias efímeras de los hombres.
Mateo respiró el aire frío de la mañana, impregnado del aroma a tierra mojada y pino. Su mente, antes envuelta en la neblina del miedo, se aclaró con una resolución fría y cortante como el acero de Toledo.
No elegiría.
Salvaría a su padre destruyendo a Vargas. Y sacaría a la mujer del chal rojo del infierno, aunque tuviera que quemar la ciudad entera hasta los cimientos para lograrlo.
Comenzó a descender por los senderos ocultos, moviéndose como un fantasma entre los olivos, dirigiéndose no hacia la seguridad de las carreteras de salida de la ciudad, sino hacia el corazón palpitante del peligro: el centro de Granada. El cantaor callejero había muerto esa noche; de sus cenizas se levantaba un hombre dispuesto a tocar la melodía más oscura y sangrienta de su vida.
El juego final acababa de empezar. Y Mateo estaba dispuesto a jugarse el alma en el último acorde.
Capítulo 6: El Vientre de la Bestia
El descenso desde las murallas ziríes fue un ejercicio de agonía silenciosa. Granada despertaba con la lentitud de un animal perezoso, pero para Mateo, cada sonido de persiana que se levantaba, cada motor que arrancaba en la distancia, era un trueno que amenazaba con delatarlo. El sol ya bañaba de oro las cúpulas de las iglesias cuando logró llegar a los márgenes del río Darro.
Necesitaba un lugar seguro, un santuario donde la influencia venenosa del Inspector Vargas no pudiera alcanzarlo. La casa de su padre estaba vigilada, su propia cueva en el Sacromonte habría sido registrada y destrozada por los matones con placa. Solo le quedaba una opción: la taberna de “El Chino” en el Realejo, el antiguo barrio judío.
El Chino no era asiático, sino un exiliado andaluz que había pasado años en las prisiones franquistas y odiaba a la policía con una pasión que rozaba la locura. Había sido amigo del padre de Mateo y le debía la vida.
Mateo se movió por las calles secundarias, cubriéndose la cabeza con una gorra vieja que robó de un tendedero. Al llegar a la taberna, la puerta de madera roble estaba cerrada. Golpeó con el ritmo secreto: dos golpes rápidos, una pausa, tres golpes lentos.
Unos ojos oscuros y desconfiados asomaron por la mirilla.
—Abre, Chino. Soy Mateo.
La puerta se abrió lo justo para dejarlo pasar y se cerró de golpe a sus espaldas. El interior de la taberna olía a vino rancio, jamón curado y humo de tabaco negro. El Chino, un hombre enjuto, con el rostro surcado de cicatrices y un cigarrillo perennemente pegado al labio inferior, lo miró de arriba abajo.
—Estás en todas las radios, muchacho —gruñó El Chino, sirviéndole un vaso de aguardiente sin preguntar—. Dicen que mataste a un soplón llamado El Tuerto y que le disparaste al Inspector Jefe Vargas. Hay una recompensa por tu cabeza que haría babear a cualquier miserable de esta ciudad.
Mateo bebió el aguardiente de un trago. El líquido le quemó la garganta, pero le devolvió algo de calor al cuerpo.
—No maté a El Tuerto. Fue Vargas. Era una emboscada —Mateo dejó la guitarra sobre una mesa y se dejó caer en una silla, exhausto—. Y el disparo a Vargas… no fui yo.
El Chino enarcó una ceja. —¿Entonces quién tuvo las agallas?
—Su propia hija. Carmen.
El viejo tabernero soltó un silbido bajo y largo. Se sentó frente a Mateo, limpiando un vaso con un trapo sucio.
—La niña del diablo. He oído rumores sobre ella. Dicen que es hermosa como un ángel, pero que está tan rota como los huesos que su padre rompe en los sótanos de Plaza de los Lobos. ¿Dónde está ahora?
—La atraparon. Se quedó atrás para dejarme huir. Vargas está herido, pero no muerto. Tienen a Carmen. No sé qué le harán, Chino. Es capaz de matarla para encubrir la verdad.
Mateo abrió el compartimento secreto de su guitarra y sacó el sobre manchado de sangre. Lo puso sobre la mesa de madera arañada.
—Aquí está todo. La inocencia de mi padre. Las pruebas de que Vargas es un asesino, un corrupto, el jefe de toda la escoria de Granada. Si esto llega a Madrid, al Ministerio del Interior, Vargas está acabado. Pero no puedo irme. No sin Carmen.
El Chino miró el sobre como si fuera una bomba a punto de estallar.
—Estás loco, Mateo. Tienes la llave de la celda de tu padre en las manos. Huye. Cruza Despeñaperros. Vete a Madrid. Entrega eso a un juez militar. Si te quedas en Granada para rescatar a una niña rica que, al fin y al cabo, lleva la sangre de ese monstruo, te matarán. A ti y a los documentos.
—No me iré sin ella —la voz de Mateo no era un ruego, era una sentencia de piedra—. La amo, Chino. Y ella sacrificó su vida por mí. Dime qué sabes de Plaza de los Lobos. Dime cómo entro.
El Chino suspiró, sacudió la cabeza y encendió otro cigarrillo.
—Eres igual de testarudo que tu padre, que Dios lo ampare. Escucha bien, cantaor. Plaza de los Lobos es una fortaleza. El calabozo principal está en el segundo sótano. Las paredes tienen un metro de grosor. Pero hay un punto débil. El antiguo sistema de alcantarillado árabe. Cuando Vargas remodeló el edificio para hacer sus… salas de interrogatorio privadas, sellaron las entradas oficiales, pero dejaron los conductos de ventilación que conectan con los túneles que bajan hasta la Catedral. Es un laberinto lleno de ratas y aguas residuales. Si entras por ahí, quizás, y solo quizás, puedas llegar a las celdas sin cruzar el retén principal.
—Necesito un mapa. Y armas.
—El mapa te lo puedo dibujar. Las armas… —El Chino se levantó y caminó hacia un viejo reloj de pared, idéntico a los que reparaba el padre de Mateo. Abrió la caja inferior y sacó una escopeta de cañones recortados y una caja de cartuchos—. Era de mi hermano. Úsala bien. Pero escúchame, Mateo. No puedes hacer esto solo. Vargas habrá doblado la guardia. Necesitas una distracción. Una muy grande.
Mateo tomó la pesada escopeta. Sentir el acero frío en sus manos lo ancló a la realidad brutal de lo que estaba a punto de hacer.
—Sé exactamente quién puede darme esa distracción. Los gitanos del Sacromonte. Vargas lleva años extorsionándolos, quemando sus cuevas cuando no pagan la “cuota de protección”. Me deben algunos favores.
—Si logras convencer a los patriarcas gitanos de que ataquen a la policía, empezará una guerra en las calles —advirtió El Chino.
—Que así sea —sentenció Mateo—. Granada ya está en guerra. Solo que hasta ahora, las balas siempre las ponía Vargas. Es hora de devolverle el favor.
Capítulo 7: El Pacto de Fuego y Sangre
El Sacromonte, a plena luz del día, parecía un tranquilo barrio pintoresco de casas blancas incrustadas en la roca roja de la montaña. Pero bajo la superficie, latía el corazón rebelde y feroz de la comunidad gitana.
Mateo llegó al atardecer, moviéndose por los senderos polvorientos que conocía desde la infancia. Las mujeres lavaban la ropa en barreños, los niños corrían descalzos, y el sonido de las palmas y las guitarras resonaba en el aire. Pero hoy, había una tensión palpable. La noticia del asesinato de El Tuerto y la orden de captura contra Mateo había llegado a las cuevas.
Se dirigió a la cueva más grande y alta, la morada del Tío Manuel, el patriarca indiscutible, un hombre anciano con piel de cuero y ojos que habían visto demasiada injusticia.
Al entrar, la cueva estaba llena de hombres fumando y hablando en susurros. Se hizo el silencio absoluto cuando Mateo cruzó el umbral. Dos hombres jóvenes, armados con navajas, se interpusieron en su camino.
—Déjenlo pasar —la voz ronca y poderosa del Tío Manuel resonó desde una silla de mimbre en el fondo.
Mateo se acercó y se arrodilló frente al anciano por respeto.
—Te buscan, Mateo. Traes a la Muerte pisándote los talones —dijo el Tío Manuel, mirándolo con severidad—. Vargas ha enviado a sus perros a olfatear por aquí esta mañana. Les dijimos que no te habíamos visto, pero si te encuentran aquí, nos quemarán el barrio entero.
—Tío Manuel, no vengo a pedir refugio. Vengo a ofrecerles la cabeza de Alejandro Vargas.
Un murmullo de incredulidad y asombro recorrió la cueva.
Mateo se puso en pie y miró a los hombres que lo rodeaban. Hombres cuyas vidas habían sido pisoteadas, cuyos hijos habían sido encarcelados sin motivo, cuyas hijas habían sido humilladas por los policías de Vargas.
—Tengo los documentos que lo incriminan en todo. Asesinatos, extorsión, robo. Los enviaré a Madrid. Pero necesito sacar a alguien de los calabozos de Plaza de los Lobos esta noche. A Carmen. La hija de Vargas.
El silencio se volvió hostil. Uno de los hombres jóvenes escupió en el suelo.
—¿Nos pides que arriesguemos la vida por la semilla del diablo? ¡Esa perra es de la misma sangre que el hombre que mató a mi hermano! —gritó un gitano corpulento.
—¡Esa “perra” le disparó a su padre para salvarme la vida! —rugió Mateo, su voz ahogando la de los demás—. ¡Ella está prisionera porque se volvió contra él! Si la dejamos morir, somos tan monstruos como él.
Mateo miró fijamente al Tío Manuel.
—Les pido una distracción. Solo eso. Hagan ruido. Atraigan a las patrullas lejos de la comisaría central. Quemen neumáticos en la Gran Vía, tiren piedras, hagan que parezca una revuelta. Denme una hora de confusión. Si lo hacen, les juro por el alma de mi madre que mañana Alejandro Vargas será un hombre acabado. Los papeles estarán en manos de la prensa y de un juez insobornable. Seréis libres.
El Tío Manuel cerró los ojos y se frotó la barbilla poblada de canas. El destino de su gente pendía de un hilo. Vargas era invencible. Pero este joven cantaor, con la desesperación brillando en sus ojos, parecía haber encontrado el talón de Aquiles de la bestia.
—El río de la sangre siempre termina en el mar, Mateo —dijo el anciano lentamente—. Vargas ha derramado mucha sangre nuestra. Si tienes la soga para ahorcarlo, nosotros patearemos el taburete.
El Tío Manuel abrió los ojos, ahora brillando con un fuego antiguo. Miró a sus hombres.
—Esta noche, el Sacromonte bajará a la ciudad. Haremos que Granada arda como el infierno para que los perros de Vargas salgan de su guarida. Tienes tu hora, muchacho. Que Dios guíe tus pasos en la oscuridad.
Capítulo 8: El Secreto del Chal Rojo
A las dos de la madrugada, Granada explotó.
Comenzó en la Plaza Nueva, frente a la Real Chancillería. Decenas de neumáticos viejos fueron incendiados simultáneamente, creando columnas de humo negro y espeso que oscurecieron la luna. Grupos de jóvenes encapuchados, moviéndose con la agilidad de los felinos, apedrearon los escaparates de los bancos y lanzaron cócteles molotov contra los coches patrulla aparcados en las calles céntricas.
Las sirenas aullaron por toda la ciudad. Los radios de la policía saturaron sus frecuencias pidiendo refuerzos. Tal como Mateo y el Tío Manuel habían planeado, la comisaría de la Plaza de los Lobos vació a casi todo su personal operativo para contener lo que parecía ser un motín a gran escala en el centro histórico.
Mateo, vestido con ropas oscuras y con el rostro manchado de hollín, se deslizó por las calles traseras hasta encontrar la entrada del antiguo alcantarillado árabe que El Chino le había indicado. Una pesada rejilla de hierro oxidado, oculta detrás de unos contenedores de basura, era su puerta de entrada. Con la ayuda de una barra de hierro, logró levantarla lo suficiente para colarse en las entrañas putrefactas de la ciudad.
El hedor era insoportable. Ratas del tamaño de gatos pequeños huían ante la luz de su linterna. Mateo avanzó con el agua fétida hasta las rodillas, siguiendo el croquis trazado por El Chino, contando las intersecciones, orientándose por el sonido amortiguado de la ciudad por encima de él.
Tras media hora de marcha agónica, llegó a un conducto de ventilación que ascendía verticalmente. Según el mapa, esto daba directamente al cuarto de calderas del segundo sótano de la comisaría.
Sujetó la escopeta a su espalda y comenzó a trepar por los peldaños de hierro incrustados en la pared de ladrillo. El aire se volvía más cálido y seco a medida que subía. Llegó a una rejilla metálica, miró a través de ella y vio la sala de calderas, débilmente iluminada. Estaba vacía.
Con un esfuerzo titánico, empujó la rejilla. Cedió con un chirrido metálico que a Mateo le pareció atronador, pero nadie acudió. Se dejó caer silenciosamente en el interior del edificio.
El corazón le latía desbocado. Estaba en la boca del lobo.
Abrió la puerta de la sala de calderas y se asomó a un pasillo de baldosas grises iluminado por tubos fluorescentes parpadeantes. Era el bloque de celdas de aislamiento, el lugar donde Vargas llevaba a cabo sus interrogatorios extraoficiales.
Al fondo del pasillo, vio a dos guardias armados con subfusiles charlando distraídamente y fumando. La distracción del Sacromonte había funcionado; normalmente habría al menos seis hombres allí.
Mateo no podía dudar. Salió de las sombras, levantó la escopeta recortada y disparó al techo. El estruendo ensordecedor hizo que el revoque cayera como lluvia.
—¡Al suelo, boca abajo! ¡Soltad las armas! —rugió Mateo, su voz amplificada por la acústica del pasillo.
Los guardias, aterrorizados y tomados por sorpresa, dejaron caer sus armas y se tiraron al suelo, con las manos sobre la nuca. Mateo se acercó rápidamente, les quitó las llaves de los cinturones y los esposó a una tubería de acero gruesa que corría por la pared.
—¿Dónde está ella? ¿Dónde está Carmen Vargas? —exigió Mateo, apuntando a la cabeza de uno de ellos.
—Celda cinco… al final del pasillo… ¡Por favor, no me mates! —sollozó el policía.
Mateo corrió por el corredor, el eco de sus botas resonando como martillazos. Llegó a la pesada puerta de acero marcada con el número 5. Introdujo la llave temblorosa, giró y tiró de la manija.
El interior de la celda apestaba a sangre, sudor y humedad. En un rincón, iluminada por una sola bombilla amarillenta, estaba Carmen.
El aire abandonó los pulmones de Mateo.
Estaba encadenada a una silla de hierro. Su vestido oscuro estaba rasgado. Tenía el rostro amoratado, un labio partido y un reguero de sangre seca le bajaba desde la frente. Sin embargo, lo que le rompió el alma a Mateo fue que, a pesar de las torturas, seguía aferrada, envuelta sobre sus hombros temblorosos, a su chal rojo. Estaba sucio y manchado, pero ella se aferraba a él como si fuera su única protección en el universo.
Carmen levantó la cabeza lentamente. Al ver a Mateo, sus ojos, hinchados y llenos de dolor, se abrieron de par en par en pura incredulidad.
—¿Mateo…? —susurró, su voz rota, apenas un hilo de aire—. ¿Estás… estás muerto? ¿Es esto un sueño?
—Estoy aquí, mi amor. Estoy aquí —Mateo se arrojó a sus pies, usando las llaves frenéticamente para abrir los gruesos candados que apresaban sus muñecas y tobillos. Lágrimas calientes surcaban su rostro lleno de hollín—. Te sacaré de aquí. Te lo prometí.
Cuando las cadenas cayeron, Carmen se desplomó en sus brazos, sollozando con una fuerza que sacudía su frágil cuerpo. Mateo la apretó contra su pecho, besando su frente, sus mejillas magulladas, repitiendo su nombre como una letanía salvadora.
—Mateo, no debiste venir —lloró ella, aferrándose a su camisa—. Mi padre… está loco. Sobrevivió al disparo. La bala solo le rozó el hombro. Bajó aquí hace unas horas. Me golpeó. Quería saber dónde estabas. Le dije que te habías ido a Francia.
—He venido a buscarte. Tenemos las pruebas. Tenemos todo para destruirlo, Carmen. Solo tenemos que salir de aquí.
Mateo la ayudó a levantarse. Ella se tambaleó, pero se apoyó en él. Se ajustó el chal rojo sobre los hombros con un cuidado reverencial.
—Mateo… tienes que saber por qué lo hice —dijo ella, deteniéndose y mirándolo a los ojos, con una urgencia repentina en la voz—. Tienes que saber el secreto del chal.
Mateo frunció el ceño. —¿Qué importa ahora un chal? Tenemos que irnos.
—¡Importa más que nada! —exclamó ella, tosiendo por el esfuerzo—. Mi padre… siempre creí que mi madre murió en un accidente de coche cuando yo era pequeña. Eso fue lo que me dijo. Pero hace un año, encontré unos diarios viejos de ella escondidos en el ático de la casa de campo.
Carmen tragó saliva, las lágrimas resbalando por sus mejillas amoratadas.
—Ella descubrió lo que él era. Descubrió los sobornos, los asesinatos. Quería dejarlo y denunciarlo. La noche que iba a huir conmigo, él la descubrió. Discutieron en la biblioteca. Yo estaba escondida bajo el escritorio. Lo vi todo. Yo era muy pequeña, mi mente había bloqueado el recuerdo, pero al leer el diario, todo volvió. Él la estranguló, Mateo. La estranguló con sus propias manos.
Mateo sintió un frío polar paralizar su corazón. Alejandro Vargas no solo era un monstruo para Granada; era un monstruo en su propia casa.
—Cuando se deshizo del cuerpo y fingió el accidente, yo entré a la biblioteca —continuó Carmen, su voz temblando—. Recogí del suelo la única prueba física que él no notó. El pañuelo con el que ella intentó defenderse, que se desgarró, y… el chal rojo que ella llevaba puesto. Este chal.
Carmen se quitó el chal de los hombros y, con dedos temblorosos, palpó el grueso dobladillo de seda.
—Vargas quemó todo lo de mi madre, pero yo salvé esto. Lo cosí por dentro. Aquí, escondidos en las costuras de la tela, están los negativos originales de las fotografías de los chantajes más importantes de mi padre. Cosas que involucran a políticos en Madrid y altos mandos militares. Fotografías que mi madre iba a usar para hundirlo. Él ha buscado estos negativos durante quince años. Nunca pensó en registrar el chal que su hija traumatizada nunca se quitaba.
Mateo miró el tejido rojo con renovado asombro. La chica del chal rojo no era una espía. Era un archivo andante de la perdición de Alejandro Vargas. Llevaba años cargando con el peso del asesinato de su madre, esperando el momento, buscando a alguien lo suficientemente valiente para enfrentarse a la bestia.
—Por eso te acercaste a mí —comprendió Mateo—. Porque sabías que yo estaba investigando. Porque sabías que yo odiaba a tu padre tanto como tú.
—Al principio fue así —confesó ella, acariciando el rostro de Mateo—. Quería usar tu odio para vengar a mi madre. Pero luego… te escuché cantar. Conocí tu alma. Y me enamoré perdidamente de ti. Por eso ayer, cuando vi que mi padre te iba a matar en el callejón, supe que prefería pudrirme en este calabozo o ir al paredón antes que dejar que te hiciera daño.
Mateo la abrazó de nuevo, esta vez con una comprensión profunda y demoledora. Sus almas estaban unidas por la tragedia, forjadas en el fuego del mismo verdugo.
—Saldremos de esta —juró él, cogiendo la escopeta—. Juntos. Y mañana, este chal rojo ondeará como la bandera de nuestra victoria.
—Qué escena tan conmovedora. Lástima que el telón esté a punto de caer para ambos.
La voz, fría, metálica y cargada de burla, resonó en el pasillo.
Mateo se giró en redondo, empujando a Carmen detrás de él.
En el umbral del bloque de celdas, apoyado en un bastón y con el brazo derecho en un cabestrillo ensangrentado, estaba el Inspector Jefe Alejandro Vargas. En su mano izquierda sostenía una pistola Luger negra, apuntando directamente al pecho de Mateo. Detrás de él, media docena de policías armados hasta los dientes bloqueaban la salida.
Capítulo 9: El Duelo en el Abismo
La trampa se había cerrado. No había escapatoria. El pasillo era un túnel sin salida y la entrada por la sala de calderas estaba ahora bloqueada por los hombres de Vargas.
El Inspector sonrió. Era una sonrisa torcida, maníaca, que no llegaba a sus ojos gélidos.
—Debo admitir, hijo del relojero, que tienes agallas —dijo Vargas, avanzando lentamente, cojeando—. Organizar una revuelta de gitanos para infiltrarte en mi propia comisaría. Es un plan brillante. Audaz. Pero, como tu padre, careces de visión a largo plazo. Pensaste que el viejo lobo no olería el engaño. Cuando escuché que el Sacromonte se levantaba, supe exactamente qué intentabas. Así que dejé que los imbéciles de mis hombres fueran a apagar fuegos, y yo me quedé a esperar al ratón.
Vargas miró a Carmen, que temblaba detrás de Mateo. Su mirada se llenó de un odio profundo y oscuro.
—Y tú, mi pequeña serpiente traicionera. Sobreviviste al castigo de hoy, solo para morir junto a tu amante callejero. Qué romántico y qué estúpido. ¿Acaso le contaste tus mentiras sobre tu madre, eh?
—¡Tú la mataste! —gritó Carmen, asomándose por detrás de Mateo, su voz aguda y llena de furia contenida por años—. ¡Eres un asesino, un corrupto, un monstruo!
—¡Yo le di todo a esa mujer! ¡Y a ti! —rugió Vargas, perdiendo por un segundo su fachada de calma gélida—. ¡Y así es como me lo pagáis! Con intrigas, con desprecio, intentando destruir el imperio que construí con mis propias manos para asegurar nuestro futuro.
Vargas levantó la pistola y apuntó a la cabeza de Mateo.
—Se acabó el juego. Entrégame el sobre de El Tuerto, muchacho. Damelo ahora y te prometo que la muerte será rápida. Una bala en la cabeza. Limpio. Si me haces buscarlo, ordenaré a mis hombres que os desollen vivos a ti y a esta pequeña perra desagradecida.
Mateo sintió el peso de la escopeta en sus manos. Podría disparar. Podría llevarse a Vargas por delante. Pero los seis policías detrás del Inspector los acribillarían en un segundo. Morirían. Y los documentos y los negativos del chal desaparecerían para siempre. Su padre seguiría en prisión. Vargas ganaría incluso desde el infierno.
Tenía que usar su única ventaja: el engaño.
—Los documentos no están aquí —mintió Mateo, manteniendo la voz firme y mirando directamente a los ojos del Inspector—. No soy tan estúpido como para traerlos a tu guarida.
Vargas frunció el ceño. —Mientes. Te vi guardarlos en el callejón. Mis hombres te persiguieron sin descanso. No tuviste tiempo de esconderlos en ningún lugar seguro.
—Tuve tiempo de dejárselos a alguien en quien confío —Mateo dio un paso al frente, bajando ligeramente el cañón de su escopeta en un falso gesto de rendición—. Alguien que, si no recibe una llamada mía antes de que amanezca, los entregará directamente al despacho del juez decano.
Vargas soltó una carcajada ronca. —¡Un farol! Un patético farol de un cantaor asustado. Registradlo —ordenó a dos de sus hombres.
Los policías avanzaron. Mateo sabía que si tocaban su guitarra, que yacía en el suelo junto a la puerta de la celda, encontrarían el compartimento secreto. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
Miró a Carmen. Ella entendió. En sus ojos vio la misma resolución suicida que él sentía. Ella llevó la mano a su hombro, agarró el chal rojo con firmeza y asintió levemente.
Ahora o nunca. —¡Espera, Vargas! —gritó Mateo, levantando la mano libre—. ¡Tienes razón! ¡Estaba mintiendo! Los tengo yo. Pero no los conseguirás gratis.
Mateo se agachó lentamente, como si fuera a coger el sobre de su bota, pero en su lugar, pateó la pesada guitarra hacia los pies de los policías que avanzaban, haciéndolos tropezar. Al mismo instante, Carmen lanzó el inmenso chal rojo directamente al rostro de Vargas.
La gruesa tela roja envolvió la cabeza del Inspector, cegándolo momentáneamente y enredándose en su brazo herido. El instinto de Vargas lo hizo disparar ciegamente; la bala rebotó en la pared de piedra a centímetros de la cabeza de Mateo, enviando chispas al aire.
Aprovechando la confusión, Mateo levantó la escopeta y no apuntó a los hombres, sino a la caja de fusibles principal que controlaba la iluminación de todo el sótano, situada justo encima de las cabezas de los policías.
¡BOOM! El disparo ensordecedor destrozó la caja metálica. Una lluvia de chispas eléctricas llovió sobre los guardias, y en un milisegundo, todo el bloque de celdas quedó sumido en la más absoluta y densa oscuridad.
Los gritos de pánico de los policías, acostumbrados a la luz y desorientados, llenaron el pasillo. Empezaron a disparar a ciegas en la oscuridad, el fogonazo de los subfusiles iluminando la escena en ráfagas estroboscópicas de terror.
—¡No disparéis, idiotas, me vais a dar a mí! —vociferaba Vargas, luchando furiosamente para quitarse el chal rojo que se le había enredado en el cuello.
Mateo no dudó. Agarró a Carmen de la mano con fuerza férrea. Conociendo de memoria la posición en la que había dejado la puerta de la celda número 5, tiró de ella y se refugiaron en el interior justo cuando una ráfaga de balas acribillaba la pared donde estaban parados un segundo antes.
—¿Qué hacemos ahora? —susurró Carmen, temblando contra él en la oscuridad total de la celda—. Estamos atrapados.
—No lo estamos. Piensa, Carmen, la sala de calderas —susurró Mateo, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa—. Las celdas de aislamiento comparten el sistema de ventilación. ¡El respiradero!
En la parte superior de la celda, a unos dos metros y medio de altura, había una pequeña rejilla de ventilación conectada al conducto principal que Mateo había utilizado para entrar.
Mientras en el pasillo reinaba el caos y los policías chocaban entre sí en la oscuridad intentando encender linternas de mano, Mateo se colocó debajo del conducto.
—Súbete a mis hombros —le ordenó—. Rápido. Empuja la rejilla, está oxidada, cederá.
Carmen no dudó. Apoyó un pie en las manos entrelazadas de Mateo y él la impulsó hacia arriba con toda su fuerza restante. Carmen alcanzó la rejilla y empujó con desesperación. Los tornillos oxidados crujieron y cedieron. La chapa de metal cayó al suelo de la celda con un golpe sordo.
—¡Están aquí dentro! ¡Traed luz! —se escuchó la voz de Vargas desde el pasillo, ahora liberado del chal, pateando la puerta de la celda que se había entornado.
—¡Sube, métete dentro! —le gritó Mateo a Carmen en un susurro desesperado.
Carmen se introdujo en el estrecho conducto, tirando de sí misma hacia la oscuridad. Mateo saltó, agarrándose al borde de cemento, y se impulsó hacia arriba justo cuando la luz de una potente linterna policial barría el interior de la celda.
—¡Allí arriba! ¡Disparad!
El fuego cruzado inundó la pequeña habitación. Mateo sintió un calor punzante y un dolor agudo en el gemelo izquierdo, pero la adrenalina ahogó el grito en su garganta. Logró meter las piernas en el conducto justo antes de que una ráfaga destrozara el cemento donde segundos antes estaban sus manos.
Se arrastró tras Carmen, reptando por el conducto metálico en la más absoluta penumbra, el eco de los disparos y los gritos de rabia de Vargas resonando detrás de ellos como el aullido de un demonio burlado.
La sangre goteaba de su pierna, marcando un rastro invisible, pero la libertad, al igual que el aire fresco que empezaba a filtrarse desde arriba, estaba más cerca que nunca.
Capítulo 10: La Justicia del Darro
El amanecer tiñó el cielo de Granada de un color cobrizo, como la sangre seca en el pavimento.
Mateo y Carmen emergieron de la alcantarilla cerca de la Carrera del Darro, tosiendo, exhaustos y cubiertos de mugre y podredumbre. El contraste con la belleza serena de la Alhambra que se alzaba sobre ellos era abrumador. Mateo se dejó caer al suelo, agarrándose la pierna herida. La bala había atravesado la carne limpiamente, sin tocar hueso, pero perdía sangre a buen ritmo.
Carmen rompió un trozo de su vestido y, con manos expertas a pesar del temblor, le hizo un torniquete por encima de la herida.
—Lo hemos logrado, Mateo —dijo ella, con lágrimas de alivio limpiando surcos de suciedad en sus mejillas.
Mateo sonrió débilmente y sacó de su chaqueta sucia el sobre marrón de El Tuerto, que había logrado rescatar de la guitarra antes de patearla, y el chal rojo de la madre de Carmen, que en la confusión, Vargas había dejado tirado en el pasillo y Mateo había recogido antes de saltar a la ventilación.
—Lo tenemos todo —murmuró—. La soga completa.
Pero el peligro no había pasado. Pronto, a plena luz del día, Vargas desplegaría cada recurso a su disposición, cada policía comprado, cada matón a sueldo en la ciudad. Los cazarían como animales.
—Tenemos que ir a la estación de tren —dijo Carmen, ayudándolo a ponerse en pie—. El expreso a Madrid sale a las siete. Faltan cuarenta minutos. Si subimos, estaremos fuera de su jurisdicción en unas horas. En Madrid, tengo contactos, amigos de mi madre que son jueces en el Tribunal Supremo. Hombres que Vargas no puede comprar.
Caminaron abrazados, apoyándose mutuamente, arrastrando los pies por las calles desiertas de la madrugada. Parecían dos espectros surgidos de las pesadillas de la ciudad. Evitaron las vías principales, utilizando los callejones y los patios interiores que Mateo conocía de su vida como músico itinerante.
Al llegar a la estación de Andaluces, el ambiente era bullicioso. Viajeros cargando maletas de cartón, vendedores de periódicos gritando los titulares sobre los disturbios nocturnos en el Sacromonte, policías de la secreta observando el trasiego.
Mateo y Carmen se ocultaron detrás de unos pesados vagones de carga abandonados. Observaron las puertas principales de la estación.
—Está infestado —susurró Mateo, señalando a varios hombres de traje gris con la mirada fría y calculadora inconfundible de los sabuesos de Vargas—. Están revisando a los pasajeros que suben al expreso de Madrid. Nos detendrán antes de llegar al andén.
La desesperación amenazó con asfixiarlos nuevamente. Haber llegado tan cerca para estrellarse contra la última muralla parecía una broma cruel del destino.
De repente, una mano áspera agarró el hombro de Mateo por detrás. Él se giró bruscamente, instintivamente llevando la mano a su cinturón donde no tenía ningún arma.
Era El Chino. Llevaba una gorra de maquinista calada hasta las orejas y la cara manchada de carbón.
—¡Por todos los santos, estás vivo! —exclamó el viejo tabernero, con los ojos brillando de asombro—. Y tienes a la niña. ¡Toda la policía de la ciudad os busca! Dijeron que habíais muerto en un tiroteo en Plaza de los Lobos.
—Sobrevivimos. Pero no podemos subir al tren de pasajeros. Nos atraparán —dijo Mateo apresuradamente—. Chino, tenemos las pruebas. Los documentos, los negativos de fotos. Vargas está acabado si esto llega a Madrid. Ayúdanos, por lo que más quieras.
El Chino miró hacia los andenes, evaluando la situación con la mirada experta de un hombre que había pasado su vida burlando a la autoridad.
—Bendito sea Dios, que me pone en estos líos —refunfuñó El Chino, escupiendo al suelo—. Venid conmigo. Deprisa.
Los guió a través de la zona de mercancías, apartados de las miradas curiosas. Llegaron a la cola de un largo tren de mercancías compuesto por vagones cerrados de madera. El motor de la locomotora rugía impaciente, emitiendo densas nubes de vapor blanco.
—Este tren de carga sale hacia Despeñaperros y luego enlaza directo a Madrid. Transporta aceite y aceitunas. No lleva pasajeros, así que la secreta no lo vigila —explicó El Chino, deslizando la pesada puerta corredera de uno de los vagones, revelando un interior oscuro lleno de cajas apiladas.
—Chino… no sé cómo agradecerte esto. Salvaste mi vida y la de mi padre.
El Chino agarró a Mateo por los hombros y le dio un abrazo áspero pero lleno de afecto.
—Vete de aquí y asegúrate de que ese bastardo de Vargas se pudra en una celda más oscura que la de tu padre. Eso es suficiente agradecimiento para mí. Y cuida de la chiquilla. Lleva mucha pena en los ojos.
Mateo ayudó a Carmen a subir al vagón, que olía intensamente a aceite de oliva y madera de pino. Luego trepó él, ignorando el dolor punzante en la pierna.
—¡Buena suerte, cantaor! —se despidió El Chino, cerrando la pesada puerta desde fuera.
La oscuridad los envolvió, rota solo por las finas rendijas de luz que se colaban entre las tablas de madera. Segundos después, el tren dio una sacudida violenta y comenzó a moverse, el sonido metálico de las ruedas sobre las vías marcando un ritmo lento y pesado que, para Mateo y Carmen, sonaba como la marcha triunfal de la libertad.
Se sentaron en el suelo de madera, recostados contra unas cajas. El traqueteo del tren los acunaba. Carmen se acurrucó contra el pecho de Mateo, envolviéndolos a ambos con el chal rojo.
—Se acabó, Mateo —susurró ella, cerrando los ojos—. Vamos a casa.
—Sí, mi gitana. Vamos a casa.
Y mientras el tren dejaba atrás la majestuosidad de Granada y se adentraba en la vasta y soleada meseta andaluza, Mateo supo que la pesadilla había terminado. El cantaor del Albaicín había cantado su última copla de dolor. La siguiente melodía, escrita con justicia y amor, sería solo para ella.
Capítulo 11: Epílogo – Ecos en la Alhambra
Cinco años después.
El sol de primavera calentaba las piedras milenarias del Mirador de San Nicolás. La brisa traía el aroma a jazmín y a tierra húmeda. Como cada tarde, la plaza estaba llena de turistas maravillados por la vista de la Alhambra, que se erguía orgullosa, inmune al paso del tiempo.
Sentado en el muro de piedra, un hombre mayor, de cabello encanecido pero de postura erguida, ajustaba delicadamente el engranaje de un reloj de bolsillo de plata. Sus manos, antes callosas por la carpintería forzada en prisión, ahora se movían con la precisión exquisita del maestro relojero que siempre fue. Don Tomás sonreía mientras trabajaba, escuchando la música que llenaba la plaza.
No era una música de lamento y desesperación. Eran alegrías, bulerías llenas de vida y pasión.
Mateo tocaba la guitarra. Ya no era una guitarra gastada, sino un instrumento hermoso de palo santo, y sus ropas no estaban rotas ni sucias. A su lado, una pequeña niña de rizos oscuros y ojos negros bailaba torpemente al ritmo de las palmas de los turistas, provocando sonrisas y aplausos.
El caso Vargas había sacudido los cimientos de España. Cuando Mateo y Carmen entregaron los documentos y los negativos cosidos en el chal rojo a un magistrado íntegro en Madrid, la caída del Inspector Jefe fue catastrófica y rápida. Las pruebas eran irrefutables. Las fotos mostraban no solo extorsión, sino conexiones con redes de contrabando internacionales y el asesinato encubierto de la madre de Carmen.
Vargas, acorralado e intentando huir del país, fue arrestado en la frontera con Francia. El juicio fue un circo mediático, pero el resultado fue implacable. Fue despojado de sus honores, condenado por traición, asesinato múltiple y corrupción generalizada, y sentenciado a cadena perpetua en una prisión militar de máxima seguridad en el norte del país, donde moriría un año después, víctima de un infarto en su solitaria y gélida celda.
Don Tomás fue exonerado con honores, recibió una indemnización del Estado y pudo reabrir su relojería en la calle Elvira, devolviéndole la dignidad que le había sido arrebatada.
Apoyada contra un ciprés, observando la escena en el mirador con una sonrisa serena que iluminaba su rostro, estaba Carmen. Llevaba un vestido ligero y colorido, sin rastro de la ropa oscura de luto que la acompañó durante su juventud.
Ya no llevaba el chal rojo.
Aquel chal, que fue su escudo, su prisión y finalmente el instrumento de su liberación y justicia, descansaba ahora doblado en el fondo de un baúl en su casa compartida con Mateo, un recordatorio silencioso de la oscuridad de la que habían escapado y del sacrificio de una madre que, desde la tumba, logró proteger a su hija.
Mateo terminó la canción con un floreo brillante y alegre. La multitud estalló en aplausos. Él se puso de pie, hizo una reverencia teatral, recogió a su hija en brazos y caminó hacia Carmen.
—Has tocado maravillosamente, amor mío —dijo Carmen, besándolo suavemente en los labios.
—Canto lo que vivo, señora mía —respondió Mateo, guiñándole un ojo, repitiendo las mismas palabras que le dijo bajo la lluvia el día que se conocieron. Solo que esta vez, el cristal roto de su vida había sido reparado, unido con el oro de la justicia y la fuerza de un amor inquebrantable—. Y la vida, últimamente, es una melodía perfecta.
Se giraron juntos, de la mano, para mirar la Alhambra teñida por los colores del atardecer. Granada ya no era una jaula de terror y corrupción. Era, una vez más, la ciudad de los poetas, los enamorados y las guitarras, donde las sombras del pasado se habían disipado para siempre bajo la luz brillante del presente.