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SE RIÓ DE LA VIUDA POBRE FUE A DESALOJARLA — HASTA QUE EL MILLONARIO ABRIÓ SU MALETÍN…

 Doña Remedios abrió los ojos despacio, confundida. pensó por un instante que quizás el tractor de los Gutiérrez andaba por el camino de tierra que bordeaba su propiedad, pero el rugido no pasó de largo, se detuvo y luego vinieron más sonidos, el crujido de neumáticos sobre la grava seca, portezuelas abriéndose y cerrándose con ese golpe seco y metálico que tienen los autos caros.

 Voces de hombres hablando entre sí con la confianza despreocupada de quienes nunca han necesitado pedir permiso para entrar a ningún lado. Doña Remedios se levantó de la silla de mimbre con el cuidado que le exigían sus 75 años y sus rodillas castigadas por décadas de trabajo. Se acomodó el delantal floreado sobre la falda oscura y caminó hacia la puerta de madera.

 La misma puerta que don Aurelio había barnizado cada año sin falta. la misma que ella había pintado de azul después de que él murió porque necesitaba cambiar algo, lo que fuera, para no ahogarse en la quietud del duelo. que vio desde el umbral, le heló la sangre frente a su rancho, estacionada sobre el camino de terracería y derramándose hasta el borde del pastizal seco, había cuatro camionetas negras de modelo reciente, todas idénticas, todas con los vidrios polarizados que no dejaban ver quién iba adentro.

Más atrás, enorme y amarilla como un insulto en medio del paisaje pardo, una excavadora descansaba con su brazo mecánico levantado hacia el cielo, quieta por el momento, pero amenazante, como un animal que espera la orden de atacar. Y en medio de todo eso, caminando hacia ella con la soltura de quien llega a inspeccionar una propiedad que ya considera suya, venía un hombre.

Tendría unos 45 años, tal vez más. vestía un traje color azul marino que le quedaba tan perfectamente ajustado que debía haber costado lo que ella no había visto junto en toda su vida. Llevaba lentes de sol oscuros, aunque el cielo estuviera apenas despejándose, y bajo el brazo izquierdo apretaba una carpeta roja, gruesa, repleta de papeles.

 Detrás de él caminaban dos asistentes jóvenes con tabletas electrónicas y expresiones de importancia prestada. Señora Remedios, Alcántara, viuda de Pedraza”, dijo el hombre cuando estuvo a unos pasos de la puerta sin detenerse, como si la pregunta fuera un mero trámite antes de lo que verdaderamente quería decir.

 Doña Remedios lo miró sin moverse del umbral. “Soy yo,”, respondió con una voz que no temblaba, aunque por dentro el corazón le latía deprisa. “¿Y usted quién es?” El hombre se quitó los lentes de sol con un gesto estudiado y los dobló sobre el bolsillo del saco. Licenciado Gerardo Bernal, representante legal de desarrollos Tierran Nueva Sadb, dijo y extendió una tarjeta de presentación que ella no tomó.

 Venimos a formalizar el proceso de desalojo voluntario de este predio, señora. Ya debió haberle llegado el aviso oficial por correo certificado hace tres semanas. Doña Remedios frunció el ceño. No me llegó ningún aviso. Bernal sonríó. Era una sonrisa de oficina sin calor del tipo que se practica frente al espejo para parecer razonable mientras se dice algo completamente irrazonable.

Eso dice siempre la gente, respondió y abrió la carpeta roja para sacar un documento que le extendió con dos dedos como si tuviera miedo de ensuciarse. De cualquier forma, aquí tiene la notificación de desalojo. Tiene 48 horas para retirar sus pertenencias personales. Lo que no pueda llevarse será catalogado e inventariado por nuestro equipo antes de proceder con la demolición.

Silencio. Un silencio tan completo que se escuchó el viento pasando entre los alambres del cerco oxidado que bordeaba el huerto de Chiles. Demolición, repitió ella muy despacio. Así es. Bernal ya estaba volviendo a ponerse los lentes de sol. El predio ha sido adquirido legalmente por nuestra empresa para el desarrollo de un complejo comercial y residencial.

 Los trámites están en orden. Le recomiendo que aproveche bien estas 48 horas, señora, porque pasado ese tiempo, los trabajos comenzarán con o sin su cooperación. Doña Remedios bajó los ojos hacia el documento que sostenía entre sus manos nudosas. Las letras bailaban no porque no supiera leer, sino porque las manos le temblaban apenas, apenas, con una rabia tan vieja y tan conocida como el hambre.

Este rancho tiene escrituras”, dijo ella. “Este rancho es mío desde hace 40 años. Mi esposo lo heredó de su padre y su padre del suyo. Aquí nacieron mis hijos. Aquí está enterrado el perro con el que crecieron.” Bernal suspiró con esa paciencia exagerada de quien cree que está explicándole aritmética a alguien que no comprende.

“Señora, entiendo que esto es difícil”, dijo, y su tono no indicaba que entendiera absolutamente nada. Pero los documentos que usted menciona han sido revisados por nuestros abogados y presentan irregularidades que los invalidan bajo el marco jurídico actual. Si tiene alguna objeción legal, puede presentarla ante los tribunales correspondientes.

 Para eso tiene derecho, pero el proceso de desalojo sigue su curso independientemente. Irregularidades. ¿Cuáles irregularidades? Eso se lo explicará un juez si usted decide impugnar. Se volvió hacia uno de sus asistentes. Andrés, avísale al equipo que puede bajarse y empezar el levantamiento topográfico del perímetro sur. Un momento. La voz vino de la derecha.

No era fuerte. No era una voz que gritara ni que reclamara. Era simplemente una voz que existía en el espacio con una presencia tan densa que todos, incluso Bernal, se volvieron a mirarla. El hombre estaba recargado contra el capó de la camioneta más alejada. Nadie lo había notado hasta ese momento.

 O quizás sí lo habían notado, pero habían asumido que pertenecía al séquito del licenciado. No era así. Era evidente que no era así, porque Bernal lo miró con una expresión que mezcló por una fracción de segundo el reconocimiento y algo que se parecía sospechosamente al nerviosismo antes de recomponerse. El hombre se apartó del vehículo y caminó hacia ellos con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Tendría unos 35 años. Vestía un traje negro de corte impecable, sin corbata, con el primer botón de la camisa blanca desabrochado. Era alto, de hombros anchos, con ese tipo de porte que no se aprende en ninguna escuela, sino que simplemente se tiene o no se tiene. En la mano derecha llevaba un maletín metálico plateado que reflejaba la luz de la mañana.

 No se presentó. No todavía. solo se detuvo a unos pasos de Bernal y lo miró con unos ojos oscuros que tenían la temperatura del acero en enero. ¿Hay algún problema? Preguntó Bernal, y esta vez su voz había perdido un poco de esa solidez administrativa que traía puesta como disfraz. “Ninguno”, dijo el hombre.

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