Posted in

Chavela Vargas, a los 81 años confesó que amó a Frida Kahlo y el precio que pagó por ello

Chavela Vargas, a los 81 años confesó que amó a Frida Kahlo y el precio que pagó por ello

A los 81 años, Chabela Vargas se sentó frente a  una cámara y dijo algo que llevaba seis décadas callando, que había amado a mujeres, que lo volvería a hacer y que el amor más grande de su vida había sido Frida Calo. México se quedó sin palabras, pero eso es el final de la historia.

 Lo que nadie te ha contado es lo que pasó en el medio, lo que ese amor desencadenó, a quién molestó y quién decidió desde un despacho en Ciudad de México que Chabela Vargas tenía que desaparecer. Porque eso fue lo que ocurrió. Alguien apagó el interruptor. Una voz que el país entero conocía de memoria dejó de sonar de un día para otro.

 15 años sin  discos, sin escenarios, sin entrevistas. Encerrada en un pueblo de Morelos con una botella de tequila y una pistola sobre la mesa. ¿Sabes cuántos litros  de tequila bebió Chabela Vargas a lo largo de su vida? 40,000 40,000 L. Una vida entera doblada por la mitad bebiendo. He revisado el documental de 2017  de Ctherine Gond, las memorias que Chabela publicó con María Cortina, los testimonios de Alicia Pérez Duarte y más de 100 entrevistas para contarte lo que viene.

 Hoy te cuento quién la dobló, cómo lo hizo y cómo una mujer que a los 60 años ya daba  su vida por terminada acabó cantando en el Carnegy Hall de Nueva York con 81. La niña que nadie  quiso. Para entender por qué alguien pasa 15 años destruyéndose con tequila, tienes que entender de dónde viene.  Y Chabela venía de un lugar donde nadie la quería.

Heredia, Costa  Rica. Año 1919. Isabel Vargas Lisano nace en una familia que no sabe qué hacer con ella. La casa es pequeña, el dinero justo y el ambiente de esos que pesan aunque nadie grite. Su madre la abandona con 3 años sin explicación, sin despedida. Un día está y al día siguiente no está. El padre se queda con la niña, pero ese hueco tiene un tamaño específico que nada llega a llenar.

 Ese tipo de herida, la del abandono temprano sin motivo visible, no cicatriza. Se aprende a vivir con ella, pero no cicatriza. A los 7 años, poliomielitis. La enfermedad le deja una cojera permanente en la pierna derecha. Y en un pueblo  pequeño de los años 20 en Costa Rica, eso tiene un solo significado social. Eres la diferente, la rara, la que los otros niños miran de reojo, la que las madres del barrio mencionan en voz baja.

Chabela lo describió así en una entrevista  décadas después, ya con 80 años y sin filtros, que fue una niña que nadie quiso, que su madre no la quiso, que su padre no supo quererla y que el pueblo donde creció tampoco. Tres frases, toda una infancia. Pero aquí viene lo que rompe la imagen de niña rota.

 Porque la misma persona que describe su infancia como un infierno de soledad  es la que con 14 años toma una decisión que en su casa suena directamente a locura. Una decisión  que la mayoría de adultos no tendrían el valor de tomar. Se va a México sola, sin dinero, sin conocer a nadie al otro lado, con una voz que todavía no sabe que vale algo y una certeza interior que no sabe explicar, pero que tira con más fuerza que cualquier otra cosa  que haya sentido.

Piénsalo un momento. 14 años, una pierna que  no responde bien, una familia que no la quiere y la decisión de cruzar  sola desde Heredia, Costa Rica, hasta la Ciudad de México de 1943. El viaje duraba días. Autobuses que paraban en pueblos sin nombre, fronteras con aduaneros que miraban a esa niña cojeando con una maleta y decidían si la dejaban pasar o no.

 Noches en terminales de autobús donde la única luz  era la de un fluorescente parpadeando en el techo. No hay ningún relato glamuroso de ese viaje porque Chabela nunca lo romantizó.  Dijo una sola vez que fue lo más duro que había hecho en su vida y lo dijo como quien constata un hecho, sin quejarse, sin buscar lástima.

Llegó. Eso era lo que importaba. ¿Por qué  México? Porque México en los años 40 era lo que Hollywood era para el mundo entero, el lugar donde una mujer sin nada podía convertirse  en alguien. La época de oro del cine mexicano estaba en pleno apogeo. María  Félix llenaba las pantallas.

Pedro Infante llenaba los teatros y la música  ranchera, el bolero, el sonaban en cada cantina, en cada radio, en cada esquina de Ciudad de México como una promesa permanente de que la vida podía ser más grande que el pueblo donde naciste. Eso era lo que Isabel Vargas Lisano quería. En 1948, con 19 años, cruza la frontera y llega a Ciudad de México.

  No tiene a nadie esperándola. No tiene un plan concreto. Tiene una maleta pequeña, muy  poco dinero y una capacidad para aguantar la incomodidad que solo tienen las personas que ya aprendieron desde muy pequeñas  que nadie va a rescatarlas. Los primeros meses son duros de una forma que no tiene nada de romántico.

Duerme donde  puede, en cuartos de renta baratos, en colonias donde el ruido no para nunca, come cuando hay, cuando no hay, no come. Y empieza a moverse por la ciudad buscando cualquier sitio que le deje cantar. cantinas, bodas, fiestas de barrio, reuniones donde alguien necesita música y  no puede pagar a nadie con nombre.

Hay una noche en concreto en una cantina de la colonia Guerrero llamada La Faena, que Chabela contó muchos años después con detalle. Llega a medianoche con un amigo músico. La sala está llena de hombres que beben tequila y juegan  dominó. Nadie la mira cuando entra. le ceden un taburete junto al piano vertical desafinado del fondo.

Chabela tiene 20 años. Lleva pantalones, lo que en 1948 en una cantina de Ciudad de México, convierte a cualquier mujer en una rareza inmediata. Se sienta, pide tequila. Y cuando el pianista termina su tema, ella se levanta sin pedir permiso y empieza a cantar macorina. La sala primero no entiende qué está pasando.

 Es una mujer cantando una canción que en esa época cantaban los hombres a las mujeres, cantándola con la voz grave hacia el público,  con los pies bien plantados en el suelo y sin sonreír. A los 30 segundos, la cantina entera está en silencio.  A los 2 minutos, hay hombres con los ojos llorosos, sin saber por qué.

Read More