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Pedro Infante y Agustín Lara se quedaron solos en un corredor — lo que pasó nadie lo supo

El humo de un cigarro flotaba sin moverse en el camerino pequeño del teatro Blanquita, donde Pedro había pasado la tarde ensayando. Era octubre de 1954 y la Ciudad de México olía lluvia reciente y adiesel de los autobuses que cruzaban la calle con estruendo. [música] La luz amarilla de un bombillo desnudo colgaba sobre la mesa donde Toño había dejado el periódico extendido, sus titulares brillando bajo ese resplandor pálido.

Fuera se escuchaba el murmullo constante de la ciudad, ese ruido sordo que no descansaba ni de noche ni de día. Pedro dejó la taza en la mesa sin hacer ruido. No era un hombre que reaccionara con furia [música] ante las provocaciones. Lo había aprendido de su padre delfino que tocaba el contrabajo en las cantinas de Guamuchil. Nunca levantaba la voz, aunque los borrachos le gritaran desde las mesas.

[música] Lo había aprendido de su madre, que cocía hasta la medianoche en la casa pequeña de Sinaloa. Nunca se quejaba del dolor en [música] los dedos ni del frío que entraba por debajo de la puerta. Era de esa gente que no tiene tiempo para el rencor porque tiene demasiado trabajo que hacer.

Se pasó los dedos por el bigote, miró el periódico sin tocarlo y luego se levantó lentamente de la silla y caminó hasta la ventana. Tonio carraspeó y preguntó qué hacían. Pedro no se volvió. respondió que iban al concierto con una calma que no necesitaba explicación. El concierto del martes no era un evento cualquiera, era la gala anual de la Cruz Roja Mexicana, una de las noches más fotografiadas del año en la capital.

Asistirían gobernadores, [música] ministros del gabinete, embajadores extranjeros. Los apellidos que aparecían semana tras semana en las páginas de sociales de Excelor y Novedades era el tipo de evento donde la prensa no solamente reportaba lo que ocurría en el escenario, también importaba quién llegaba con quién, qué vestían, qué decían en el follet durante el intermedio.

Y en ese escenario, en ese edificio que representaba lo más elevado de la cultura oficial mexicana, Agustín Lara había dicho públicamente algo, que la música de Pedro Infante pertenecía a otro lugar, no a ese lugar. Agustín Lara no era un hombre ordinario [música] y él lo sabía mejor que nadie. Lo llamaban el flaco de oro, el poeta de los cabarets, el hombre que había convertido las palabras en música y la música en algo que hacía sentir calor a las mujeres más frías del mundo.

Sus boleros hablaban de perfumes europeos, de mujeres con nombres de flores exóticas, de un amor que no olía tierra sino a seda, Granada, María Bonita, Farolito, solamente una vez. Cada canción era un mundo completo donde la elegancia era el idioma y la melancolía era el acento. Lara había tocado en los mejores salones de México [música] y España, había cenado con embajadores.

Había sido fotografiado junto a María Félix, la mujer más bella del cine mexicano. Durante un tiempo ella usó su apellido [música] como Corona. Era el tipo de hombre que sostenía una copa de cognañac con los dedos largos de pianista. Miraba el mundo con la autoridad serena de quien ha sido reconocido por todos. Pero detrás de esa elegancia cultivada había algo más difícil de admitir.

Lara pertenecía a un mundo que trazaba líneas entre lo oculto y lo popular, entre lo urbano y lo provinciano, entre lo que se tocaba en los salones y lo que se cantaba en los campos. Esas líneas no las había inventado él solo, las había heredado de un México que llevaba décadas creyendo que la sofisticación importada era sinónimo de progreso, que el [música] arte de los campos debía quedarse en los campos.

Lara sabía dónde estaba su lugar en ese mapa y desde ese lugar, naturalmente, la ranchera quedaba del otro lado. Esa tarde, ante los micrófonos de la rueda de prensa, un periodista joven le preguntó cómo se sentía compartiendo el cartel con Pedro Infante. Agustín Lara sonrió con esa sonrisa que no necesitaba crueldad para herir.

Dijo que apreciaba todos los géneros de la música mexicana, que cada expresión del alma popular tenía su valor y su lugar natural. Sin duda agregó, el señor Infante aportaría al programa la frescura característica de la tradición ranchera. Luego añadió, con la misma voz suave con que cantaba sus boleros, que bellas artes era un escenario que pedía cierto tipo de emoción, una emoción elaborada, construida con tiempo y con técnica.

Esperaba, dijo, que la velada estuviera a la altura del recinto. Los periodistas lo escribieron todo. Era una forma elegante de preguntar si un carpintero de Sinaloa tenía algo que hacer en el templo de la cultura oficial. La nota apareció en tres periódicos distintos el miércoles por la mañana.

Pedro la leyó en los tres, sentado en su cocina con un café que se fue enfriando en su mano. No llamó a ningún periodista, no envió carta de respuesta, no le pidió a ningún colega que saliera en su defensa. Su representante le ofreció organizar una rueda de prensa propia donde Pedro pudiera hablar de su trayectoria y sus méritos ante ese escenario.

Pedro declinó con una sola frase. Dijo que los argumentos más claros no se hablan, se cantan. La semana que siguió fue ordinaria por fuera. Pedro grabó dos canciones en los estudios de la RCA Víctor, ensayó con su mariachi, montó su Harley Davidon por Reforma una mañana temprano cuando las calles todavía olían a Rocío, pero por dentro algo estaba tomando forma.

Había decidido cambiar su repertorio para el concierto. No iba a cantar lo que había planeado durante semanas. Iba a cantar algo diferente, algo que no necesitaba que nadie explicara. El sábado antes del concierto, Pedro fue al Palacio de Bellas Artes solo llegó en las primeras horas de la mañana cuando el teatro estaba vacío y el personal de limpieza trabajaba aún entre las butacas.

Caminó hasta el centro del escenario vacío y se detuvo. Miró la sala sin luz, las butacas de terciopelo rojo alineadas hasta el fondo, las lámparas apagadas, el telón cerrado detrás de él se quedó en silencio durante varios minutos. Un técnico que probaba cables en el foso de la orquesta lo vio desde abajo y no dijo nada. Pedro no estaba posando.

Estaba escuchando algo que solo él podía oír. La acústica del lugar, la historia de las paredes, el eco invisible de todo lo que ese escenario había guardado durante décadas. Luego se puso el sombrero y salió sabiendo que ya tenía todo lo que necesitaba. El martes llegó con cielo despejado y frío de octubre.

El palacio de bellas artes brillaba desde la avenida Juárez con esa luz blanca que tienen los edificios que saben su propio valor. Los automóviles comenzaron a llegar desde las 7 de la noche. Con ellos llegaron los abrigos de visón, los trajes de etiqueta, los perfumes importados que costaban más de lo que un obrero ganaba en un mes.

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