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LA TRAICIÓN MÁS SANGRIENTA DE LA FAMILIA SODI:LAURA ZAPATA Y 70 años de ABANDONO FAMILIAR

la abuela. Pero antes de hablar de cómo terminó esta historia, necesitas entender cómo empezó. Y empieza, como casi todo en la vida de Laura Zapata, con una madre que amó a sus hijas, pero que eligió a un hombre que no amaba a la primera de ellas. En la familia Sodi lo que más [música] duele no viene de afuera, viene de adentro.

Guarda esa frase porque la vas a necesitar en cada uno de los actos que siguen. Laura Guadalupe Zapata Miranda nació el 28 de julio de 1952 en la ciudad de México. Su padre fue Guillermo Zapata Pérez de Utrera, hombre de muchas facetas, exboxeador profesional, Mr. México en su tiempo, modelo, posteriormente empresario, un hombre de presencia física imponente que sin embargo, no construyó con Yolanda Miranda Mange el tipo de hogar que dura.

El matrimonio terminó cuando Laura tenía aproximadamente 3 años de edad. Hasta ahí todo es la historia ordinaria de una separación en el México de los años 50, donde divorciarse todavía era un escándalo social, pero donde la vida seguía de todas formas. Yolanda Miranda Mange era pintora y tenía temperamento para serlo.

Mujer de carácter, de voluntad propia, de esas personas que el mundo reconoce eventualmente, pero que mientras tanto van dejando huella en cada persona que cruza su camino. Y el siguiente hombre que cruzó el suyo se llamaba Ernesto Sodi Pallares. Ernesto Sodi Pallares no era cualquier persona en el México de los años 50.

Era médico especializado en patología, criminólogo reconocido, científico y escritor, autor de tratados que se utilizaban en las universidades. Provenía de una de las familias más influyentes en la vida jurídica, política e intelectual del país. Los sodi tienen raíces en la aristocracia oaqueña que viene desde el porfiriato, sangre italiana del siglo XIX y décadas de presencia en los tribunales, [música] el gobierno y la academia mexicana.

El abuelo de sus futuros hijos con Yolanda había sido magistrado. El linaje era real, el apellido pesaba. Era [música] en todos los sentidos un buen partido para una mujer divorciada con una hija pequeña en el México de 1955 y no quería a la niña. Nadie lo documentó con crueldad explícita. No hay una carta que diga en términos formales que la niña no entraba en los planes.

No hay una escena de violencia que justifique el rechazo de manera narrativamente ordenada. Pero el resultado fue tan elocuente como cualquier documento legal. Cuando Yolanda Miranda Mange se casó con Ernesto Sodi Pallares, tomó a su hija Laura de 3 años de edad y la llevó a vivir con su madre, la abuela Eva Mange Márquez.

Y ahí se quedó Laura, no por un tiempo, no mientras la nueva pareja se acomodaba de manera permanente. Imagina eso. 3 años tiene una persona cuando pierde su casa. 3 años tiene cuando aprende sin palabras todavía para nombrarlo, que hay algo en ella que no encaja en el plan de su propia madre. 3 años tiene cuando empieza a crecer en casa de otra señora que es buena señora, que la quiere, pero que no es su casa, que aprende el nombre de su nueva calle con la misma resignación inconsciente con la que los niños pequeños aceptan las cosas que los

adultos deciden por ellos. Laura Zapata lo describió con una precisión que solo dan los años de trabajo sobre uno mismo en entrevista con el periodista Gustavo Adolfo Infante en 2018. A esa edad ni piensas. Todo mi mundo de niña fue padrísimo, de juego, de diversión, de teatro. Vivía con mi abuela y era muy feliz con ella, aunque como dividida, mi cuerpo estaba con mi abuela, pero el pensamiento estaba con mi mamá.

Cuerpo en un lugar, pensamiento en otro. Eso no es infancia feliz, eso es infancia partida y es una cosa completamente diferente y que deja un tipo de cicatriz que no se ve de afuera, pero que define desde adentro cómo una persona interpreta cada relación que tiene el resto de su vida. Doña Eva Mange Márquez había nacido el 21 de enero de 1918 en La Paz, Baja California, en el barrio de El Esterito, de esas generaciones de mujeres norteñas que construían hogar donde pisaban sin pedirle permiso al mundo.

Mujer práctica, de palabra directa, de esas que cuando dicen que sí es porque de verdad dicen que sí y cuando dicen que no es porque nada en el universo conocido los va a mover de ahí. Para Laura Zapata se convirtió en todo lo que una madre es para una hija, pero con el peso adicional de ser la persona que la eligió cuando nadie más la estaba eligiendo.

Fue la primera audiencia de las obras de teatro que Laura inventaba en el patio. Fue la que la llevó al mercado y le explicó el precio de las cosas. Fue la que le insistió en que estudiara, en que tuviera una carrera, en que no dependiera de nadie para sobrevivir. ¿Qué es el tipo de consejo que solo dan las personas que ya saben lo que cuesta no tenerlo? Todos los domingos puntual llegaba Guillermo Zapata a recoger a su hija y la llevaba a Chapultepec.

Esos domingos eran la evidencia de que alguien todavía la reclamaba, de que ella pertenecía a algo más allá de la casa de la abuela. Pero entre domingo y domingo había seis días completos en los que ella era la niña que vivía con la abuela porque el nuevo esposo de mamá no la quería.

Y los niños, incluso los niños de 3 años, incluso los niños que se convierten en actores brillantes y en villanas extraordinarias, aprenden esa lección. La aprenden en el cuerpo, [música] la guardan sin saber que la tienen. Yolanda Miranda Mange y Ernesto Sodi Pallares tuvieron cuatro hijas juntos. Ernestina, la mayor de las cuatro, nacida en 1960, que sería escritora, actriz y figura pública.

Federica, nacida en 1961, la más discreta de las hermanas, Gabriela, nacida en 1963 y la menor Ariadna Talia Sodi Miranda, que nació el 26 de agosto de 1971, casi 20 años después que Laura, y que eventualmente se convertiría en una de las figuras más reconocidas de la cultura popular latinoamericana bajo el nombre de Talia. Laura los miraba a todos desde afuera de esa casa.

era la media hermana, la que tenía otro apellido, la que no era hija de Ernesto Sodi. Y ese detalle, que parece pequeño en una narración, que parece apenas un dato de genealogía, fue en realidad el eje sobre el que giró toda la historia que vas a escuchar hoy. Guarda este detalle, porque el apellido que Laura no tenía volvería a cobrar su cuota una y otra vez durante los siguientes 70 años.

En la adolescencia, Laura Zapata descubrió el teatro no como hobby, como vocación, como la única respuesta que tenía sentido para alguien que había pasado la infancia mirando desde los márgenes y que de repente entendía que en el escenario los márgenes no existían, que ahí todo dependía de lo que tú eras capaz de hacer con tu cuerpo, tu voz y tu capacidad de convertirte en otra persona.

Su abuela Eva, que era práctica, [música] como ya dijimos, le insistía en que primero terminara algo concreto, algo que le diera una profesión, un título, una certeza de que podía sobrevivir sola si era necesario. Laura obedeció, se inscribió en la Escuela Nacional de Educación Física y terminó la carrera.

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