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Pedro Infante supo que su equipo destruyó el campo de un joven granjero; lo que hizo fue puro Pedro

[música] El trabajo de 4 meses destruido en una sola noche. Era el otoño de 1952. Un pequeño pueblo en las faldas del Estado de México llevaba tres semanas convulsionado por la llegada de una producción de la capital, camiones de carga pintados con el nombre de la compañía, remolques enormes que nunca se habían visto en esas calles, [música] equipos de iluminación que tardaron dos días en descargar, técnicos de la ciudad moviéndose [música] en todas direcciones con listas de pendientes pegadas al pecho. El correo local decía que traían

a varios actores conocidos. El sacerdote del pueblo anunció desde el púlpito que era una bendición para la economía local. Las señoras de la tiendita pusieron precios más altos a los refrescos y les salió bien. Para la mayoría del pueblo era el acontecimiento más importante de los últimos años, quizá de décadas.

 Para Aurelio era ruido de fondo. Tenía cosas más urgentes en la cabeza. Pedro Infante estaba sentado en su silla de lona afuera de su remolque cuando comenzó el amanecer sobre el set. Sostenía su taza de café con las dos manos. La mañana olía a Rocío, a tierra seca que empieza a recibir el calor y al incienso lejano de alguna fogata que algún vecino encendía para calentar tortillas antes del amanecer.

 A esa hora, el set estaba casi tranquilo. [música] Solo algunos técnicos ajustando reflectores para el primer plano del día. El cocinero de producción preparando el desayuno colectivo con olor a frijoles y huevo. Pedro prefería llegar antes que los demás. Le gustaba ese rato de silencio, ese margen entre el sueño y el trabajo.

 El espacio donde la mente todavía no ha tenido que rendir cuentas a nadie. Había terminado el día anterior a las 9 de la noche. Siete tomas de una misma escena a caballo. Los hombros le pesaban, pero el café estaba bueno y la mañana era fresca. Por un momento nada más importaba. Llevaban cuatro semanas de rodaje en ese pueblo.

A veces entre una toma y otra. Pedro pensaba en Pepe el Toro, en ese carpintero de nosotros los pobres que México había convertido en espejo de sí mismo. Pensaba que él también había sido hijo de un hombre que trabajaba con las manos, que sabía lo que era depender de algo frágil para sostener a los suyos. Eran pensamientos que venían solos sin aviso, mientras esperaba la siguiente escena.

 Aurelio Barrera tenía 30 años y era ejidatario de segunda generación. Su padre le había dejado 20 haectáreas al límite oriente del pueblo, [música] una casa de adobe con techo de lámina, un granero de tabique donde guardaba herramientas y semilla y una milpa que en seis semanas más estaría lista para cosechar. Esa milpa era todo, no como figura retórica, sino como hecho concreto.

 Era como pagaba la hipoteca que le quedaba al terreno desde que murió su padre. Era como compraba forraje para los dos bueyes que usaba para labrar. era como sostenía a Carmen y al niño durante el invierno. Su hijo tenía 2 años. Todavía no sabía decir su nombre completo, pero ya decía papá con una claridad que le apretaba el corazón a Aurelio cada vez que lo escuchaba.

 Si la milpa se perdía, perdía el año. Si perdía el año, perdía el margen. Y sin margen empezaban los problemas reales. El tipo que tardaban varios años en resolverse y que nunca se resolvían del todo bien. La parcela estaba cercada, pero apenas postes de madera encalados y alambre de púas.

 El tipo de cerca que dice esto es mío más que el tipo que realmente detiene a algo decidido a entrar. [música] Aurelio la había puesto él mismo con dinero que no le sobraba. un fin de semana que había pedido prestada la barreta del vecino. Había tardado 3 días en clavar los postes en tierra dura. [música] Había sido suficiente.

 En ese pueblo todos sabían de quién era cada terreno. Nadie se metía donde no le correspondía. Era un acuerdo tácito que llevaba generaciones funcionando sin necesidad de [música] escribirse en ningún lado. El equipo de la producción cinematográfica no había recibido ese acuerdo. El encargado de los caballos se fracturó el brazo derecho al tercer día de rodaje, un accidente [música] montando en el área de ensayo fuera del set.

 La caída lo dejó con el hueso roto en dos partes. Lo mandaron al hospital de la ciudad más cercana. El médico dijo que no regresaría en menos de dos semanas, [música] quizá más. Los miembros del equipo que quedaron a cargo no sabían lo que hacían. No era su área, no era su responsabilidad. En el fondo tampoco era su problema. Trataban a los animales con la misma lógica con que trataban los camiones de equipo, llevarlos a un lugar, asegurar la puerta y listo hasta el día siguiente.

 Así que cada noche, después de terminar la jornada arreaban los caballos hacia un corral improvisado cerca del límite sur del terreno. Pasaban el cerrojo de la puerta de madera y se iban a cenar sin mirar atrás. Nadie les había explicado que un caballo puede abrir con el hocico un cerrojo [música] mal ajustado.

 Nadie les había explicado. Porque para quien trabaja con caballos, eso no necesita explicación. Es lo primero que aprendes. Esa noche 12 caballos se dejaron salir solos. El primero empujó el cerrojo con el hocico dos o tres veces hasta que se dio. Los demás lo siguieron sin prisa. Caminaron en la oscuridad sobre terreno que ya conocían [música] del día de llegada.

 300 m de campo abierto, una cerca de alambre con postes de madera y al otro lado la milpa de Aurelio Barrera, alta y verde, llena del olor del maíz tierno. [música] Un olor que desde lejos un caballo distingue con una claridad que no tiene ningún hombre. Pasaron las siguientes horas haciendo lo que hacen los caballos cuando encuentran maíz tierno [música] en la oscuridad de octubre.

 Para cuando amaneció, casi la mitad del campo estaba comida o pisoteada hasta el suelo. Pedro notó el movimiento en el límite lejano del set mientras bebía su café. Vio como dos miembros del equipo corrían en dirección al corral. Vio como empezaban a arrear los caballos de regreso. Levantó la vista hacia la milpa, que quedaba más allá de la cerca.

 Las filas de maíz no tenían la regularidad de la tarde anterior. Desde esa distancia no podía saber qué tan grave era el daño, pero lo suficiente para entender que algo había pasado. Los caballos no eran su departamento. El terreno del otro lado de la cerca no era su terreno. Terminó el café, entró al remolque de maquillaje y se preparó para la primera escena del día.

 Hay cosas que no son el problema de uno. Aurelio se enteró del desastre por su vecino Genaro, que pasaba en bicicleta camino al pueblo alrededor de las 6 de la mañana. Casi se cae del susto al ver el estado de la milpa desde la terracería. Dio media vuelta y fue a tocar la puerta de Aurelio. Carmen salió primero, luego Aurelio con el niño dormido todavía adentro.

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