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Hay una foto de Pedro Armendaris sonriendo en mitad de un desierto. En esa foto ya está muerto, solo que va a tardar 7 años en enterarse. Esto estuvo escondido durante décadas en reportajes que nadie volvió a abrir y en datos que tardaron años en salir a la luz. Hoy te lo cuento entero.

Las estrellas de aquel cine no eran famosos lejanos, eran casi de la familia. Y Pedro Armendaris era de los más queridos de todos. En aquellos años trabajó sin descanso. Encadenaba un rodaje con el siguiente. A veces varias películas en un mismo año, papeles de todos los tamaños. Flor silvestre, las abandonadas, bugambilia.

Títulos que en buena parte del continente la gente todavía hoy reconoce al instante. Cada película nueva sumaba una capa más a algo que se estaba volviendo enorme, un nombre que funcionaba como una marca, una cara que vendía entradas con solo aparecer en el cartel de la puerta del cine. Y aquí va un dato que casi nadie recuerda hoy. A finales de los años 40, Pedro Armendaris era más famoso en su propio continente que casi cualquier estrella de Hollywood.

Para entender esa fama, hay que entender al hombre con el que la levantó. Emilio Fernández, el indio, era un genio y era un peligro. Dirigía con el cuerpo entero, gritaba, se enfrentaba a quien hiciera falta. Había llegado al cine después de una vida de soldado, de cárcel y de exilio. En el set imponía un respeto que rozaba el miedo y Pedro era de los pocos capaces de plantársele de igual a igual.

Se admiraban y chocaban casi en la misma proporción. De esa fricción salieron algunas de las películas más hermosas que se han hecho nunca en español. Lo que Pedro ponía en pantalla no lo ponía nadie más en aquel cine. Podía ser el general de la revolución que da miedo solo con entrar en el plano y 10 minutos después ser el hombre humillado que no encuentra la manera de decir te quiero.

Medía casi 1,90 m. Tenía una voz que llenaba la sala entera y aún así su mejor herramienta eran los silencios. sabía callar delante de una cámara como muy pocos actores de su tiempo, quizá porque llevaba toda la vida practicando ese silencio. En México, su nombre se pronunciaba en la misma frase que el de Jorge Negrete y el de Pedro Infante.

Los tres sostenían la industria entera sobre los hombros, pero Negrete e Infante eran sobre todo cantantes que actuaban. Pedro era actor de raíz y además era el que había cruzado fronteras, el que se entendía con los directores de fuera, el que podía rodar en inglés sin que se le notara el esfuerzo.

Acumuló más de 100 películas a lo largo de su carrera. Ganó el Ariel más de una vez y cada cierto tiempo dejaba una escena que la gente se aprendía de memoria. Fuera de los rodajes había construido lo que parecía una vida a prueba de golpes. Se había casado con Carmelita Bor. Tenían un hijo y una hija, una casa grande, siempre con gente, con el ruido de una familia que funciona.

El huérfano de churubusco se había fabricado pieza a pieza, exactamente lo que de niño le habían quitado. Vinieron más flor silvestre enamorada. con María Félix, donde un general de la revolución se enamora justo de la mujer que más lo desprecia. Maclobia, la perla. Pedro se convirtió en uno de los tres pilares sobre los que se sostenía la época dorada del cine mexicano.

Al lado de Jorge Negrete y de Pedro Infante. Ganó el Ariel, el premio más importante de la industria, y lo ganó más de una vez. Tenía todo lo que un hombre de aquella época podía soñar. dinero, una casa grande, un matrimonio firme con Carmelita Bor y dos hijos a los que adoraba. Lo paraban por la calle en Ciudad de México, en Buenos Aires, en Madrid.

Las actrices más deslumbrantes del idioma español hacían cola para trabajar a su lado. Para un momento y mírate a ti mismo en el punto más alto de tu vida, el día en que sentiste que ya nada podía salir mal. Ese era Pedro Armendaris. al final de los años 40. Pero hay una fotografía. La nombro ahora para que cuando lleguemos a ella entiendas de golpe lo que significa.

Es una foto de Pedro al aire libre sonriendo con esa seguridad de hombre que cree tener el mundo agarrado de la solapa. No es una foto de un set mexicano, es una foto tomada años después en un desierto de Estados Unidos y es, sin que él lo sospechara siquiera, el retrato de un hombre al que ya le habían puesto fecha de caducidad.

Vamos a volver a esa foto. Guárdala en la cabeza. Porque a Pedro no le bastaba con haber conquistado un idioma entero. Quería más. Y al norte, del otro lado de esa frontera que él conocía desde niño, estaba esperando la industria más poderosa del planeta, o eso parecía desde lejos. Lo que Pedro no sabía es que cruzar esa frontera lo iba a llevar paso a paso hasta un cañón de piedra roja donde el aire ya estaba envenenado.

El que lo cruzó al otro lado fue uno de los directores más respetados del mundo, John Ford, el hombre que había inventado medio western tal y como lo conocemos. Ford vio a Armendaris en una película mexicana y decidió que ese era el actor que quería. Lo llamó para El fugitivo en 1947, después para Forch junto a John Wayne y a Henry Fonda.

Después para tres padrinos. Trabajar con John Ford no era ningún regalo. Ford humillaba a sus actores, los provocaba, era capaz de hacer llorar en público al más duro del reparto si pensaba que así le sacaba una escena mejor. A Pedro lo trató de otra manera, lo respetaba, lo cuidaba, lo defendía. Y en aquellos rodajes ocurrió algo que años más tarde iba a tener un peso terrible.

En Fortapache y en tres padrinos, Pedro Armendaris compartió set, caballos, polvo y noches enteras de rodaje con un actor que todavía estaba subiendo llamado John Wayne. No fueron dos desconocidos que coincidieron una vez en un cartel. Se conocían, habían trabajado codo con codo, eran a su manera compañeros de oficio.

Quédate con eso, porque cuando lleguemos al desierto de Uta, esos dos hombres van a volver a estar uno al lado del otro y los dos van a salir de allí con la misma bomba de relojería metida en el cuerpo. Con esa puerta abierta, la carrera de Pedro se volvió internacional de verdad. Rodó en Francia y en Italia. Trabajó en producciones europeas.

Su cara empezó a aparecer en idiomas que ni siquiera hablaba. Había salido de México siendo una estrella nacional y se había convertido en algo más raro y más difícil para la época. Un actor latinoamericano al que el cine del mundo trataba como aún igual. Y pasó algo que en aquella época no era pequeño. Hollywood, una industria que a los actores mexicanos solía darles el papel de bandido, de criado o de gracioso.

Trató a Pedro Armendaris como lo que era, un protagonista, un hombre con peso, con galones, con presencia. Trabajó en Estados Unidos, trabajó en Europa, rodó en Francia y en Italia. Su cara empezó a aparecer en carteles de medio mundo. Lo tenía todo otra vez. Y justo cuando un hombre lo tiene todo, es cuando aparece el contrato que parece el premio de su vida y en realidad es la trampa. El contrato llegó en 1954.

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