Las estrellas de aquel cine no eran famosos lejanos, eran casi de la familia. Y Pedro Armendaris era de los más queridos de todos. En aquellos años trabajó sin descanso. Encadenaba un rodaje con el siguiente. A veces varias películas en un mismo año, papeles de todos los tamaños. Flor silvestre, las abandonadas, bugambilia.
Títulos que en buena parte del continente la gente todavía hoy reconoce al instante. Cada película nueva sumaba una capa más a algo que se estaba volviendo enorme, un nombre que funcionaba como una marca, una cara que vendía entradas con solo aparecer en el cartel de la puerta del cine. Y aquí va un dato que casi nadie recuerda hoy. A finales de los años 40, Pedro Armendaris era más famoso en su propio continente que casi cualquier estrella de Hollywood.
Para entender esa fama, hay que entender al hombre con el que la levantó. Emilio Fernández, el indio, era un genio y era un peligro. Dirigía con el cuerpo entero, gritaba, se enfrentaba a quien hiciera falta. Había llegado al cine después de una vida de soldado, de cárcel y de exilio. En el set imponía un respeto que rozaba el miedo y Pedro era de los pocos capaces de plantársele de igual a igual.
Se admiraban y chocaban casi en la misma proporción. De esa fricción salieron algunas de las películas más hermosas que se han hecho nunca en español. Lo que Pedro ponía en pantalla no lo ponía nadie más en aquel cine. Podía ser el general de la revolución que da miedo solo con entrar en el plano y 10 minutos después ser el hombre humillado que no encuentra la manera de decir te quiero.
Medía casi 1,90 m. Tenía una voz que llenaba la sala entera y aún así su mejor herramienta eran los silencios. sabía callar delante de una cámara como muy pocos actores de su tiempo, quizá porque llevaba toda la vida practicando ese silencio. En México, su nombre se pronunciaba en la misma frase que el de Jorge Negrete y el de Pedro Infante.
Los tres sostenían la industria entera sobre los hombros, pero Negrete e Infante eran sobre todo cantantes que actuaban. Pedro era actor de raíz y además era el que había cruzado fronteras, el que se entendía con los directores de fuera, el que podía rodar en inglés sin que se le notara el esfuerzo.
Acumuló más de 100 películas a lo largo de su carrera. Ganó el Ariel más de una vez y cada cierto tiempo dejaba una escena que la gente se aprendía de memoria. Fuera de los rodajes había construido lo que parecía una vida a prueba de golpes. Se había casado con Carmelita Bor. Tenían un hijo y una hija, una casa grande, siempre con gente, con el ruido de una familia que funciona.
El huérfano de churubusco se había fabricado pieza a pieza, exactamente lo que de niño le habían quitado. Vinieron más flor silvestre enamorada. con María Félix, donde un general de la revolución se enamora justo de la mujer que más lo desprecia. Maclobia, la perla. Pedro se convirtió en uno de los tres pilares sobre los que se sostenía la época dorada del cine mexicano.
Al lado de Jorge Negrete y de Pedro Infante. Ganó el Ariel, el premio más importante de la industria, y lo ganó más de una vez. Tenía todo lo que un hombre de aquella época podía soñar. dinero, una casa grande, un matrimonio firme con Carmelita Bor y dos hijos a los que adoraba. Lo paraban por la calle en Ciudad de México, en Buenos Aires, en Madrid.
Las actrices más deslumbrantes del idioma español hacían cola para trabajar a su lado. Para un momento y mírate a ti mismo en el punto más alto de tu vida, el día en que sentiste que ya nada podía salir mal. Ese era Pedro Armendaris. al final de los años 40. Pero hay una fotografía. La nombro ahora para que cuando lleguemos a ella entiendas de golpe lo que significa.
Es una foto de Pedro al aire libre sonriendo con esa seguridad de hombre que cree tener el mundo agarrado de la solapa. No es una foto de un set mexicano, es una foto tomada años después en un desierto de Estados Unidos y es, sin que él lo sospechara siquiera, el retrato de un hombre al que ya le habían puesto fecha de caducidad.
Vamos a volver a esa foto. Guárdala en la cabeza. Porque a Pedro no le bastaba con haber conquistado un idioma entero. Quería más. Y al norte, del otro lado de esa frontera que él conocía desde niño, estaba esperando la industria más poderosa del planeta, o eso parecía desde lejos. Lo que Pedro no sabía es que cruzar esa frontera lo iba a llevar paso a paso hasta un cañón de piedra roja donde el aire ya estaba envenenado.
El que lo cruzó al otro lado fue uno de los directores más respetados del mundo, John Ford, el hombre que había inventado medio western tal y como lo conocemos. Ford vio a Armendaris en una película mexicana y decidió que ese era el actor que quería. Lo llamó para El fugitivo en 1947, después para Forch junto a John Wayne y a Henry Fonda.
Después para tres padrinos. Trabajar con John Ford no era ningún regalo. Ford humillaba a sus actores, los provocaba, era capaz de hacer llorar en público al más duro del reparto si pensaba que así le sacaba una escena mejor. A Pedro lo trató de otra manera, lo respetaba, lo cuidaba, lo defendía. Y en aquellos rodajes ocurrió algo que años más tarde iba a tener un peso terrible.
En Fortapache y en tres padrinos, Pedro Armendaris compartió set, caballos, polvo y noches enteras de rodaje con un actor que todavía estaba subiendo llamado John Wayne. No fueron dos desconocidos que coincidieron una vez en un cartel. Se conocían, habían trabajado codo con codo, eran a su manera compañeros de oficio.
Quédate con eso, porque cuando lleguemos al desierto de Uta, esos dos hombres van a volver a estar uno al lado del otro y los dos van a salir de allí con la misma bomba de relojería metida en el cuerpo. Con esa puerta abierta, la carrera de Pedro se volvió internacional de verdad. Rodó en Francia y en Italia. Trabajó en producciones europeas.
Su cara empezó a aparecer en idiomas que ni siquiera hablaba. Había salido de México siendo una estrella nacional y se había convertido en algo más raro y más difícil para la época. Un actor latinoamericano al que el cine del mundo trataba como aún igual. Y pasó algo que en aquella época no era pequeño. Hollywood, una industria que a los actores mexicanos solía darles el papel de bandido, de criado o de gracioso.
Trató a Pedro Armendaris como lo que era, un protagonista, un hombre con peso, con galones, con presencia. Trabajó en Estados Unidos, trabajó en Europa, rodó en Francia y en Italia. Su cara empezó a aparecer en carteles de medio mundo. Lo tenía todo otra vez. Y justo cuando un hombre lo tiene todo, es cuando aparece el contrato que parece el premio de su vida y en realidad es la trampa. El contrato llegó en 1954.
Lo firmaba una de las productoras más grandes de Hollywood, la RKO. Y detrás de la RK o estaba uno de los hombres más ricos y más extraños del siglo. Howard Huges, millonario, aviador, productor de cine, obsesivo hasta lo enfermizo. Huges iba a poner una fortuna sobre la mesa para una super producción histórica, una película enorme de las que se hacían para llenar pantallas gigantes y dejar a la gente con la boca abierta.
Howard Hukes merece un par de frases porque su sombra cubre toda esta historia. Era uno de los hombres más ricos del mundo, dueño de aviones, de hoteles, de un estudio de cine entero. Hacía las cosas a su manera, sin que nadie le discutiera nada, y arrastraba unas obsesiones que con los años lo fueron encerrando en sí mismo hasta dejarlo casi incomunicado del planeta.
Cuando Huges decidía algo, se hacía. Si Hes quería que una película pareciera rodada en las estas de Asia, alguien tenía que encontrarle unas estepas de Asia y si no existían cerca, se buscaba lo más parecido y se forzaba el resto. Esta forma de funcionar, la de no aceptar límites ni preguntas, es la que lo llevó a elegir Snow Canyon y es la misma que más adelante lo empujó a cargar 60 toneladas de tierra en camiones, sin que aparentemente nadie de su entorno se atreviera a decirle que aquello era una locura. El poder sin
frenos no necesita ser malvado para hacer daño. A veces le basta con no escuchar a nadie. La película se llamaba The Conqueror, el conquistador. Contaba la vida de Jenjis Kan, el guerrero mongol que levantó el imperio más grande de la historia. Para el papel de Jenis Kan, Huges y el director Dick Powelligon a John Wayne, el vaquero más americano de todos, pintado de mongol.
Ya solo eso debería haber sido una señal de que aquella producción estaba tomando decisiones raras, pero a Pedro le ofrecieron un papelón. Hamuga, el hermano de sangre de Henis KH, un personaje central, dramático de los que se recuerdan. Conviene detenerse en lo disparatada que era esta producción desde el primer día.
Lo de John Wayne no fue una imposición de los jefes. Cuentan que fue él quien quiso el papel, que vio el guion sobre la mesa de Dick Powell y lo reclamó para sí. Le maquillaron los ojos, le pegaron un bigote de guerrero de las estas y le hicieron recitar diálogos imposibles con su acento del medio oeste americano.
Howard Huges puso detrás uno de los presupuestos más altos de su tiempo. Cientos de caballos decorados levantados en mitad de la nada, un pequeño ejército de figurantes. La gente se rió tanto durante tantos años del Jengi Scan de John Wayne, que casi nadie miró nunca hacia abajo, hacia la tierra que todos estaban pisando.
Y aquella tierra se pisó muchísimo. 13 semanas de rodaje en exteriores, escenas de batalla con decenas de jinetes levantando nubes de polvo. explosiones de utilería que reventaban el suelo una y otra vez. Comidas al aire libre, descansos sentados en la arena, ropa que volvía al hotel cubierta de ese polvo fino. John Wayne llegó a llevarse a dos de sus hijos a pasar tiempo en la localización, como tantos padres de la industria hacían entonces.
Niños correteando por el cañón. Nadie, ni el precavido de todo el equipo, tenía un solo motivo para sospechar que aquel suelo tan bonito era lo más peligroso de todo el rodaje. Pedro dijo que sí. Claro que dijo que sí. Era una superproducción americana, dinero grande, exposición mundial. Para un hombre que había salido de México con un monólogo de Hamlet, esto era la cima de la cima.
firmó con la misma sonrisa de aquella fotografía y con esa firma decidió, sin saberlo, dónde iba a pasar las 13 semanas que le iban a costar la vida, porque The Conqueror no se rodó en un estudio. Hug y Powell querían paisaje de verdad, tierra de verdad, horizonte de verdad. Eligieron un sitio que se parecía a las estas de Asia, un lugar en el estado de Utah, cerca de un pueblo llamado St.
George, un cañón de roca roja y arena fina llamado Snow Canyon. En el verano de 1954, más de 200 personas se mudaron a ese desierto. Actores, técnicos, dobles, maquilladoras, extras, John Wayne, Susan Heward, Agnes Morhead, Pedro Armendaris. 13 semanas viviendo, comiendo, sudando y respirando en Snow Canyon.
El sitio era duro, calor de 40 gr y un polvo finísimo, casi como talco, que se levantaba con cada caballo, con cada explosión de utilería, con cada ráfaga de viento. Un polvo que se metía en la comida, en el pelo, en la ropa, en los pulmones. Por la noche había que sacudirlo de las sábanas. Nadie le dio importancia. Era un rodaje en el desierto.
El polvo venía con el trabajo. Guarda esa imagen. El polvo fino metiéndose en todo. Porque dentro de un momento vas a entender qué era ese polvo y por qué Howard Huges, años después no pudo volver a mirar esta película sin que se le revolviera el estómago. Para entender que era ese polvo, hay que retroceder un año hasta la primavera de 1953 y hay que moverse unos 200 km al oeste de Snow Canyon hasta otro desierto, uno que no aparecía en ningún folleto de turismo.
En ese desierto de Nevada, el gobierno de Estados Unidos tenía un sitio, un campo enorme, cerrado, vigilado, dedicado a una sola cosa, probar bombas atómicas. La Guerra Fría estaba en su punto más tenso y Estados Unidos quería medir una y otra vez de que eran capaces sus armas y las medía en su propio suelo. En la primavera de 1953, el ejército estadounidense puso en marcha una serie de pruebas con un nombre en clave.
Operación Upsot Notho Hall. En pocas semanas detonó 11 bombas atómicas, una detrás de otra al aire libre sobre el suelo de Nevada. Una de ellas estalló el 19 de mayo de 1953. Los soldados que la prepararon la llamaron Harry. La historia la acabó llamando de otra manera. La llamó Dirty Harry, Harry el sucio, porque fue una de las que más ceniza radiactiva lanzó al cielo. Y esa ceniza no se quedó quieta.
El viento la empujó hacia el este, la arrastró kilómetro tras kilómetro hasta que empezó a caer despacio sobre el sur de Utah, sobre los campos, sobre los pueblos, sobre St George y sobre un cañón de roca roja y arena fina llamado Snow Canyon. El mismo cañón donde un año más tarde más de 200 personas iban a vivir y a respirar durante 13 semanas.
Lo que pasó en Saint George en aquellos años es uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de Estados Unidos. La mañana de Dirty Harry, una nube de polvo gris cruzó el pueblo entero. Cayó ceniza sobre los coches, sobre los tejados, sobre los patios donde jugaban los niños. La agencia del gobierno encargada de las pruebas, la Comisión de Energía Atómica, repartió un mensaje tranquilizador.
No había ningún riesgo serio, que la gente siguiera con su vida normal, como mucho, algún día puntual, que se quedaran un rato dentro de casa. Pero los granjeros de la zona vieron algo que no encajaba con ese mensaje. En las semanas siguientes, a las pruebas se les murieron miles de ovejas. aparecían con quemaduras en la piel, con la lana cayéndose a mechones, con las crías muertas antes de nacer.
Y poco después empezaron los entierros que de verdad helaban la sangre. Vecinos jóvenes, gente sana, madres de familia, con tipos de cáncer que el médico del pueblo apenas había visto un par de veces en toda su carrera. Durante años a esa gente le repitieron la misma frase: “Es casualidad, es mala suerte, no tiene nada que ver con las pruebas.
” A los habitantes de toda esa franja de tierra, la historia terminó poniéndoles un nombre. Los Down Winders, los que vivían justo en la dirección en la que el viento decidía soltar su carga. Y en 1954, sobre ese mismo suelo, con esa misma historia ya en marcha, una productora de Hollywood plantó sus cámaras y a sus estrellas.
Ese era el polvo, el que se metía en la comida y en las sábanas, el que había que sacudir del pelo cada noche. No era simple arena de desierto, era el residuo de 11 bombas atómicas asentado en el suelo esperando a que alguien lo levantara. Y lo más difícil de digerir es que nadie en la producción lo sabía. Los actores no llegaron a un sitio marcado con una calavera, llegaron a un cañón precioso de postal, con un cielo limpísimo y un silencio enorme.
El veneno no tiene por qué tener mal aspecto. A veces tiene forma de paisaje bonito. Esa foto que te pedí que guardaras, la de Pedro sonriendo al aire libre, se tomó aquí en este cañón con este polvo en el aire que respiraba mientras posaba. Y Pedro lo levantaba en cada toma, cabalgando, peleando con la espada, rodando por el suelo en las escenas de batalla.
13 semanas seguidas, de sol a sol, metiendo ese suelo en sus pulmones y su personaje no le daba ni un respiro. Hamuga, el hermano de sangre de Heny Kh, es un papel físico de los que dejan al actor molido al final de la jornada. Pedro pasó esas semanas a caballo con armadura, peleando, cayendo, levantando polvo en cada plano de acción. El sol de Uta pegaba fuerte.
Entre toma y toma. El equipo se sentaba en el suelo a esperar. Comía en el suelo, descansaba en el suelo. Ese suelo. La ropa de Pedro terminaba cada día cubierta de una capa fina de aquel polvo y esa misma ropa volvía con él alojamiento por la noche. El cuerpo humano no tiene ninguna alarma para esto. No duele respirar polvo.
No sabe a nada tragar una partícula que no debería estar ahí. Pedro hizo ese rodaje convencido de que lo peor que se llevaba de Snow Canon era el cansancio. Salió de allí, se sacudió la ropa y siguió con su vida sin saber que una parte del desierto se había venido con él. La gente de Saint George ya lo estaba sufriendo.
A los granjeros de la zona se les morían las ovejas sin explicación, con quemaduras raras en la piel. Los médicos del lugar empezaban a ver tipos de cáncer que antes casi no pisaban sus consultas y a verlos en gente joven. Aquellos habitantes que años después serían conocidos con un nombre, los Down Winders, los de viento abajo, llevaban tiempo preguntando qué les estaba pasando y la respuesta oficial que recibían siempre era la misma.
Tranquilos, no hay peligro. Es seguro. Le dijeron a un pueblo entero que era seguro. Y al año siguiente, una productora de Hollywood mandó allí a sus estrellas a vivir 13 semanas. Esa es la primera mitad de la respuesta. Lo que Pedro respiró en aquel rodaje, lo que no se veía y no olía a nada, era la ceniza radiactiva de las pruebas nucleares de Estados Unidos.

Pero si crees que la historia termina cuando el rodaje acabó y todos volvieron a casa, todavía te falta lo peor, porque a Howard Huges no le bastó con el desierto de verdad. Cuando volvió a Los Ángeles y empezó a montar la película, decidió que necesitaba repetir varias escenas dentro de un estudio y quería que esas escenas de estudio fueran idénticas al cañón real, hasta en el color del suelo.
Así que dio una orden. mandó cargar en camiones 60 toneladas de tierra de snow canyon y las hizo transportar hasta un plató de Hollywood, la misma tierra, la misma ceniza esparcida por el suelo de un estudio cerrado de California para que los actores volvieran a tirarse encima de ella y rodaran sus escenas una vez más.
60 toneladas de suelo radiactivo llevadas a propósito desde el desierto hasta el corazón de la industria del cine. Y ahí aparece la pregunta que va a sostener todo lo que viene. ¿Cuánta gente sabía lo que era esa tierra y aún así la pisó? ¿Y cuántas de aquellas 220 personas estaban ya igual que Pedro paseando una sentencia de muerte que todavía no podían sentir? Y conviene situar bien la pregunta, porque esto no fue un accidente aislado.
En aquellos años, el desierto de Nevada se usó una y otra vez para lo mismo. Decenas de bombas detonadas al aire libre a lo largo de la década, a pocas horas en coche de pueblos donde vivía gente normal. El gobierno sabía hacia dónde soplaba el viento. Sabía que la ceniza caía sobre tierra habitada y siguió adelante.
La decisión de fondo, la grande, la había tomado un estado entero y la había envuelto en dos palabras muy cómodas: seguridad nacional. Encima de esa decisión enorme se apoyaron todas las pequeñas, la de elegir Snow Canion para rodar, pudiendo haber elegido 1000 sitios distintos. la de no preguntar lo suficiente, la de cargar la tierra en camiones y acercarla todavía más a la gente.
Ninguna de esas decisiones la tomó Pedro Armendaris. Pedro solo firmó un contrato para hacer su trabajo, igual que firmaba a todos los demás. Lo metieron dentro de una historia que ya estaba escrita antes de que él llegara. Guarda esas 60 toneladas de tierra. Vamos a volver a ellas porque son la prueba física de que esto no fue solo mala suerte de un desierto.
Alguien cargó esa tierra, alguien la condujo, alguien la descargó dentro de un estudio. El rodaje terminó a finales de 1954. Los camiones se marcharon, las estrellas volvieron a sus casas y Snow Canyon se quedó otra vez en silencio. The Conqueror se estrenó en 1956 y fue un fracaso que daba risa. John Wayne haciendo de Jenji Yan, con su cara y su acento de vaquero de Texas se convirtió en una de las burlas favoritas de Hollywood durante años.
Pero esa fue la menor de las desgracias de esta película. Durante un tiempo largo no pasó nada y ese es el detalle más cruel de toda esta historia, porque la radiación no te tira al suelo el mismo día. Trabaja despacio, en silencio, dentro de las células durante años. La gente de aquel rodaje se repartió por el mundo y siguió con su vida convencida de que el desierto solo les había dejado una mala película y unas cuantas anécdotas para contar en las cenas.
Pedro hizo lo mismo. Volvió al trabajo sin mirar atrás. Siguió rodando en México, en Europa, en Estados Unidos. Seguía siendo Pedro Armendaris, seguía llenando pantallas, seguía teniéndolo todo. La cima no se había movido de sitio, pero el desierto ya había hecho su trabajo dentro de él. Solo estaba esperando el momento.
El primero en caer fue el hombre que había dirigido la película. Dick Powell, el director de The Conqueror, enfermó de cáncer y murió en enero de 1963. A partir de ahí, los nombres del rodaje empezaron a caer uno detrás de otro, año tras año, durante dos décadas, técnicos, maquilladoras, actores secundarios y poco a poco también las estrellas del cartel.
Para entender por qué tardó tanto en verse, hay que entender cómo trabaja la radiación. No es un veneno de película de esos que actúan en una escena y se acabó. lo que hace es entrar en el cuerpo y dañar las células por dentro en silencio, sin avisar, a veces durante 5 años, a veces durante 15 o 20. La persona sigue su vida, se siente bien, se olvida del desierto y mientras tanto dentro algo se va torciendo despacio.
Cuando por fin da la cara, ya lleva años instalado. Por eso las muertes del reparto de The Conqueror no llegaron de golpe, llegaron goteando. Un operador de cámara, un año, una persona de vestuario, 3 años después, un doble, un peluquero, un ayudante de producción. Susan Hward, la protagonista femenina, pasó por varios cánceres distintos antes de morir todavía con edad para muchos años más de vida.
Agnes Murhead, otra de las grandes del reparto. Murió de cáncer y según quienes la trataron en sus últimos tiempos, terminó convencida de que la película había tenido la culpa. Tardaron años en darse cuenta de que todas aquellas desgracias sueltas eran en realidad una sola desgracia repartida a lo largo del tiempo.
Y mientras los demás tardaban en atar los cabos, el cuerpo de Pedro Armendaris ya iba muy por delante de todos. Y cuando por fin, mucho tiempo después, alguien se sentó a contar uno por uno. El resultado fue tan brutal que costó creerlo. De las 220 personas que trabajaron en The Conqueror, 91 desarrollaron cáncer. 91, el 41%.
Casi la mitad de todos los que pisaron ese rodaje. Y de esas 91, 46 murieron por la enfermedad. Entre ellas, los nombres más grandes del cartel, John Wayne, que peleó contra el cáncer de pulmón, de garganta y de estómago antes de morir. Susan Heyward, Agnes Morhead, una lista que parece imposible para un grupo de personas reunidas por casualidad, porque no se reunieron por casualidad, las reunieron para mandarlas a un desierto envenenado.
Pero Pedro Armendaris no llegó a hacer una cifra en esa lista. Su cuerpo empezó a fallar antes que el de casi todos los demás. Alrededor de 1960 apareció el dolor primero en la cadera, un dolor sordo, profundo, que no cedía con nada. Los médicos miraron y lo que encontraron ya estaba extendido, ya había echado raíces y ya no se podía operar.
En una consulta en voz baja, a Pedro Armendaris le dijeron que se iba a morir. Tenía 48 años. Estaba en lo más alto de su carrera. Tenía mujer, tenía hijos, tenía un hombre que valía oro en tres continentes y acababa de recibir la noticia que parte una vida limpia en dos mitades, el antes y el después. Imagina por un momento que esa noticia te la dieran a ti, que entraras a una consulta por un dolor de cadera, pensando en volver al trabajo esa misma tarde y salieras sabiendo que tienes los meses contados.
Lo que la mayoría de la gente haría es buscar a alguien, llamar a su pareja, abrazarse a sus hijos, soltar el peso aunque sea un poco, porque es demasiado grande para cargarlo solo. Pedro hizo lo contrario. Y para entender por qué hay que volver al niño del internado, a aquel chico que aprendió demasiado pronto que el dolor propio es una carga que no se le pone encima a los demás.
Aquella lección que durante toda su vida le había servido para trabajar, para resistir, para parecer fuerte. En ese momento se volvió en su contra de la forma más cruel. Le impidió pedir ayuda justo cuando más la necesitaba. ¿Y sabes qué hizo Pedro Armendaris con esa noticia? Exactamente lo que llevaba haciendo desde los 9 años.
No se lo dijo a nadie. Aguanta. No enseñes la grieta. 1962, Pedro Armendaris lleva ya un par de años cargando en silencio la noticia más pesada que existe y en lugar de frenar hace lo contrario. Acepta más trabajo, mucho más. El papel más importante de esos últimos meses le llegó desde Inglaterra. Una productora estaba arrancando una saga nueva basada en las novelas de un escritor llamado Ian Fleming sobre un espía británico.
La primera película había funcionado bien, ahora rodaban la segunda. Se llamaba From Russia with Love, desde Rusia con amor. Y el espía, por supuesto, era James Bond. A Pedro le ofrecieron el papel de Karim Bay, el aliado de Bond en Estanul, un personaje con carisma, con humor, con corazón, de esos que el público no olvida.
Y Pedro sabía perfectamente lo que tenía entre manos. Sabía que esa saga iba a ser gigante, que esa película la iban a ver el mundo entero durante décadas. Hay una crueldad escondida en ese reparto. Kerim Bay es uno de los personajes más vivos de toda la saga. Bromea, ríe, se mueve por Estambul como si la ciudad le perteneciera, sujeta la vida con las dos manos y al actor que tenía que dar todo eso.
La vida se le estaba escapando entre los dedos mientras lo interpretaba. Aceptó igual. Un hombre al que un médico ya le había puesto fecha. aceptó rodar una superproducción internacional al otro lado del océano. ¿Por qué? ¿Por qué un hombre que se está muriendo se mete en un rodaje agotador en otro país en vez de quedarse en casa con los suyos el tiempo que le queda? La respuesta es la parte más dolorosa de toda esta historia.
Lo hizo por dinero, no por capricho ni por vanidad. Pedro Armendaris sabía que se iba a morir y lo único que de verdad le quitaba el sueño era con qué se iba a quedar su familia cuando él faltara. Quería dejarle seguridad. Quería que su mujer y sus hijos no tuvieran que preocuparse nunca por el dinero y para eso necesitaba ese contrato, ese sueldo, esa película.
Así que subió al avión y no le dijo a nadie en la producción que tenía cáncer. llegó a Estambul su trabajo como si fuera el Pedro de siempre, el galán seguro, el hombre que tiene el mundo agarrado de la solapa, el niño de San Antonio, otra vez, aguanta, no enseñes la grieta. A los 9 años fue para sobrevivir en una escuela ajena.
A los 51 fue para que su familia tuviera un techo seguro, pero el cuerpo no entiende de actuación. En Estambul el dolor se hizo más fuerte. Pedro se movía con dificultad, se cansaba enseguida. Necesitaba sentarse entre toma y toma. La gente del rodaje empezó a notar que algo iba muy mal, aunque él no soltaba una palabra.
El malestar creció tanto que la producción tuvo que tomar decisiones de urgencia. Pararon el rodaje en Estambul, movieron toda la producción a Inglaterra y allí los responsables hicieron algo poco habitual. Reganizaron el calendario entero para adelantar todas las escenas de Pedro.
Querían rodar lo suyo cuanto antes, mientras todavía pudiera ponerse delante de una cámara antes de que fuera tarde. Para un momento en lo que eso significa una superproducción de Hollywood entera corriendo contra el reloj. Y el reloj era el cuerpo de Pedro Armendaris. Aún así, llegó un punto en el que ya no pudo más. Hacia el final, Pedro estaba demasiado enfermo para rodar algunas tomas de su propio personaje y la solución que encontraron fue tan triste como reveladora.
El director de la película, Terence Young, se puso la ropa de Karen Bay y se metió en plano de espaldas, haciendo de doble de Pedro para poder terminar las escenas que faltaban. Piénsalo bien. En la pantalla ves a Kerin Bay moverse, caminar, estar ahí. Y en algunas de esas tomas no es Pedro Armendaris, es el director ocupando el sitio de un cuerpo que ya no daba más de sí.
Nadie del equipo le oyó quejarse. Esa es la parte que cuesta sostener. Pedro llegaba, hacía su trabajo, era amable, era profesional, bromeaba entre tomas y después se iba a su cuarto a soportar a solas lo que estaba soportando. Los que rodaron con él en aquellas semanas hablaron después de un compañero ejemplar, generoso, sin un mal gesto.
Casi ninguno supo, hasta que ya fue demasiado tarde, que ese compañero ejemplar se estaba muriendo delante de sus ojos. El niño que aprendió a no enseñar la grieta había llegado a su examen final y lo aprobó con una nota que da escalofríos. Sostuvo una superproducción mundial, un personaje lleno de vida, una sonrisa de oreja a oreja, todo encima de un cuerpo que se apagaba.
No falló ni un solo día por motivos que él pudiera controlar. Cumplió. Y aquí tienes el segundo objeto que quiero que guardes, la película misma, From Russia with love. Porque esa cinta es literalmente la imagen de un hombre muriéndose mientras sonríe para la cámara, igual que aquella foto del desierto. Dos imágenes de Pedro separadas por años y en las dos está actuando.
En las dos ya está sentenciado y en las dos no se le nota absolutamente nada. Y conviene decir por justicia con él que esa película no es el trabajo menor de un hombre acabado. From Russia with Love es todavía hoy una de las cintas de James Bond mejor valoradas de toda la saga y Karim Bay, uno de los aliados que más cariño despierta en el público.
El mejor papel internacional de Pedro Armendaris, el que vio más gente en el mundo entero, fue el último y lo hizo en las peores condiciones que un actor puede imaginar. Terminó sus escenas, hizo su trabajo hasta el último fotograma que su cuerpo le permitió. Había cumplido la última misión que se había propuesto.
La película estaba hecha y el dinero de su familia asegurado. Y entonces volvió a casa. Aquí la información se vuelve escasa y dolorosa porque son semanas que la familia guardó para sí como era justo. Lo que se sabe es lo esencial. Pedro Armendaris pasó sus últimos tiempos sabiendo dos cosas a la vez, que se moría y que ya había hecho todo lo que estaba en su mano por los suyos.
Le quedaba el dolor que crecía y le quedaba una última decisión que tomar sobre cómo iba a terminar todo. De vuelta en Los Ángeles, el cáncer dejó de avanzar despacio. Se aceleró. Pedro terminó ingresado en el centro médico de la Universidad de California, el UCLA, una habitación de hospital, lejos de los escenarios, lejos del público, lejos de todo lo que había sido su vida.
El 18 de junio de 1963, los médicos le dieron la última información que le quedaba por recibir. El cáncer se había extendido sin marcha atrás. No había tratamiento, no había operación, no había nada que ofrecerle, salvo esperar el final entre dolores. Ese mismo día, en esa habitación, Pedro Armendaris tomó la decisión más íntima y más dura que se puede tomar.

había conseguido entrar un arma en el hospital y la usó. Se quitó la vida con un disparo en el pecho. Tenía 51 años. Conviene contar esto sin morvo, porque detrás de ese momento no hay un titular. Hay un hombre que llevaba 3 años cargando una sentencia a él solo, que había gastado sus últimas fuerzas en asegurar a su familia, que ya había hecho todo lo que se había propuesto hacer y al que le acababan de decir que lo único que le quedaba por delante era dolor.
El mismo hombre que aprendió de niño que la grieta no se enseña, decidió que esa última parte tampoco la iban a enseñar. Vale la pena pararse un segundo en el peso de esa habitación. Pedro Armendaris tenía 51 años. Había nacido huérfano y se había construido con sus propias manos una vida que medio continente envidiaba.
Había sido el galán de María Félix y de Dolores del Río, el actor de John Ford, el hombre que le cayó bien hasta al imposible Emilio Fernández. Había trabajado en tres idiomas y en tres continentes, y toda esa vida enorme terminaba en una cama de hospital en un país que no era el suyo, por culpa de un polvo que se le metió en los pulmones mientras hacía simplemente su trabajo.
Es una de esas historias en las que uno no deja de pensar en el qué habría pasado, qué habría sido de Pedro Armendaris si aquel rodaje se hubiera hecho en cualquier otro desierto del planeta. Le quedaban por edad 20 o 30 años de carrera por delante. Papeles que nunca existieron, películas que nadie llegó a ver porque nadie llegó a rodarlas.
El cine en español perdió todo eso en una habitación de Lucla el 18 de junio de 1963 y durante mucho tiempo ni siquiera supo por qué lo había perdido. Y hay un detalle que vuelve todo más amargo. Pedro Armendaris murió 4 meses antes de que su película de James Bond llegara a los cines. Nunca la vio terminada.
Nunca vio a Kevin Bay en una pantalla grande. Cuando millones de personas en todo el mundo se sentaron a disfrutar de From Russia with Love, estaban viendo reír y encandilar a un hombre que ya estaba enterrado. Su mejor papel internacional se estrenó encima de su tumba y aquí es donde todos los hilos se juntan.
Durante años, lo más difícil de esta historia fue que nadie la viera como una sola historia. El programa de pruebas nucleares era en buena parte secreto. Lo que se hacía en aquel desierto de Nevada no se contaba con detalle, no se discutía en los periódicos como cualquier otro asunto. La versión oficial fue durante mucho tiempo que todo estaba bajo control.
Así que cuando un técnico de cine moría de cáncer en una ciudad y un maquillador moría en otra y una actriz enfermaba en una tercera, no había ningún hilo visible que uniera esas muertes. Cada familia enterró a los suyos creyendo que le había tocado la peor de las loterías. Hizo falta que pasaran casi 30 años y que alguien se tomara el trabajo enorme de buscar a aquellas 220 personas, una por una, viva o muerta, para que el dibujo apareciera entero.
30 años es mucho tiempo. Es tiempo de sobra para que los responsables se jubilen, para que las empresas cambien de manos, para que la memoria se afloje. silencio. Cuando dura lo suficiente, termina haciendo casi el mismo trabajo que una mentira. Pedro Armendaris murió dentro de ese silencio. Se fue en 1963, sin saber por qué se estaba muriendo, sin un nombre al que señalar, sin nadie a quien pedir cuentas.
No solo le quitaron los años que le quedaban, le quitaron también el derecho a entender qué le había pasado. Howard Huges, el millonario que había mandado a aquella gente al desierto y que después había hecho transportar 60 toneladas de su tierra hasta Hollywood, se fue enterando con los años de lo que estaba pasando con el reparto de The Conqueror.
Y lo que hizo con esa información lo dice todo. Hukes, que para entonces ya vivía encerrado y atrapado en sus obsesiones, se gastó una fortuna, millones de dólares, en comprar todas las copias que pudo de la película. La retiró de la circulación. Durante unos 17 años, casi nadie pudo ver The Conqueror, ni en cines ni en televisión.
Un hombre puede gastarse millones en esconder una película. Lo que ningún dinero compra es no haberla hecho. El silencio se rompió en 1980. Una revista People publicó por fin la investigación. Puso los números encima de la mesa para que el mundo entero los viera. 220 personas, 91 con cáncer, 46 muertos.
Y al lado de esas cifras, el mapa, el campo de pruebas de nevada, el viento, Sa. George, Snow Canyon. Por primera vez alguien había unido los puntos en voz alta y al unirlos la palabra maldición se cayó sola, porque esto nunca tuvo nada de sobrenatural. La gente de The Conqueror no enfermó por tocar un objeto antiguo ni por una leyenda de ultratumba.
enfermó porque un gobierno detonó 11 bombas atómicas al aire libre sobre su propio territorio, cerca de sus propios ciudadanos y les dijo que era seguro. Enfermó porque una industria del cine mandó a sus estrellas a rodar dentro de esa ceniza durante 13 semanas y enfermó porque cuando ya había motivos de sobra para sospechar, alguien decidió cargar esa tierra en camiones y acercarla todavía más a la gente.
A partir de aquel reportaje, la historia ya no se pudo volver a guardar. Saltó de la revista a los periódicos, de los periódicos a los libros y se convirtió en una de las advertencias más repetidas de toda la industria del cine. Todavía hoy se estudia como uno de los peores desastres de seguridad en la historia de un rodaje.
Hay investigaciones, hay libros enteros dedicados solo a reconstruir qué pasó en aquel desierto y por qué. The Conqueror dejó de recordarse como la película en la que John Wayne hacía de guerrero mongol y pasó a ser otra cosa muy distinta, la película que se llevó por delante a su propio reparto. Pero fíjate en el detalle más amargo de todos.
Toda esa atención, todo ese ruido, todas esas páginas escritas llegaron cuando ya no servían para salvar a nadie. Llegaron para los muertos. Pedro Armendaris llevaba 17 años bajo tierra, el día en que el mundo por fin se interesó de verdad por entender qué le había pasado. La verdad llegó, solo que llegó tardísimo, como llega casi siempre.
Hay que ser honestos con una cosa. Ningún estudio ha conseguido demostrar caso por caso que cada uno de esos 91 cánceres saliera exactamente de aquel desierto. Los científicos todavía discuten cuánto pesó la radiación y cuánto pesaron otras causas, pero hay un dato que hasta el día de hoy nadie ha logrado explicar de otra manera.
Que el 41% de las personas de un mismo rodaje termine con cáncer no es algo que ocurra porque sí. No le pasa a un grupo cualquiera, le pasó a este. Quien quiera discutirlo tiene argumentos y conviene decirlo. Varias de aquellas estrellas fumaban muchísimo y el tabaco también mata. Probar el origen exacto de un cáncer en un tribunal, persona por persona, es casi imposible, porque la enfermedad no deja una etiqueta con su procedencia.
Pero esa misma dificultad fue durante años el mejor escudo de los responsables. Mientras nadie pudiera demostrarlo al 100%, nadie tenía que responder de nada. La gente de Saint George no se quedó callada. Los ganaderos a los que se les habían muerto los rebaños llevaron al gobierno ante los tribunales. Las familias de los enfermos pelearon durante décadas, juicio tras juicio, para que alguien reconociera en voz alta lo que ellos sabían desde el primer entierro. Tardaron muchísimo.
Algunos se murieron esperando esa respuesta, pero al final la consiguieron y por eso existe hoy esa ley de indemnización. No la regaló nadie. La arrancaron a base de no rendirse y no fue solo una revista la que terminó dándoles la razón. Décadas más tarde, el propio gobierno de Estados Unidos reconoció el daño.
Aprobó una ley para compensar con dinero a la gente que había vivido viento abajo de aquellas pruebas, a los enfermos de aquellos pueblos. Un país no indemniza a sus ciudadanos por una casualidad. los indemniza cuando en algún cajón ya estaba la prueba de que sabía. Hubo un científico de la Universidad de Utah, Robert Pendleton, que estudió este caso de cerca.
Cuando puso encima de la mesa el mapa del viento, las pruebas de nevada y la lista de enfermos de aquel rodaje, dijo una frase que se quedó grabada en la historia de este asunto. Dijo, “Por favor, Dios, que no hayamos matado a John Wayne.” No lo dijo como una broma, lo dijo un hombre de ciencia mirando unos números que no le cabían en la cabeza.
Y mientras los números salían a la luz, Howard Hugs se hundía en su propio pozo. El millonario que lo había puesto todo en marcha, terminó sus días encerrado, enfermo, atrapado en obsesiones que lo aislaron del mundo entero. Cuentan que en aquellos años de encierro proyectaba una y otra vez la misma película en la oscuridad. The Conqueror, el hombre que había mandado aquella producción al desierto y que después había hecho traer su tierra hasta un plató de Hollywood, se pasó el final de su vida mirando en bucle la prueba de lo que había puesto en marcha.
La guardó fuera de la vista de todos durante casi 17 años. Cuando por fin volvió a verse a mediados de los años 70, casi todos los grandes nombres de aquel cartel ya estaban enfermos o ya estaban bajo tierra. A Pedro Armendaris no lo mató una maldición, lo mató una cadena de decisiones y ninguna de esas decisiones la tomó él.
Pero la historia se había guardado un último golpe y este tardó casi 50 años en caer. Quien recogió el apellido fue su hijo Pedro Armendaris, hijo había nacido en 1940 y tenía 23 años la tarde en que perdió a su padre en aquella habitación del UCLA. Podría haber huído de ese nombre y de todo lo que pesaba encima de él. hizo justo lo contrario. Se hizo actor.
Trabajó casi 50 años en el cine mexicano y en producciones de Hollywood y se ganó un sitio propio sin esconderse detrás de la sombra del padre. Llevó el apellido lejos, lo mantuvo encendido para varias generaciones nuevas de espectadores, hasta que en 2011, a los 71 años, un cáncer lo apartó también a él.
dos hombres con el mismo nombre, la misma profesión, el mismo final y entre los dos un desierto al que solo viajó uno. Para medir bien lo que se perdió aquel 18 de junio, hay que mirar la década entera. La época dorada del cine mexicano se había sostenido sobre tres nombres de hombre: Jorge Negrete, Pedro Infante, Pedro Armendaris y los tres se apagaron casi seguidos.
Todos jóvenes, todos en lo más alto. Negrete murió en 1953 con 42 años. Infante se mató en un accidente de avión en 1957 con 39 y Armendaris se fue en 1963 con 51. En apenas 10 años, el cine mexicano enterró a sus tres pilares. Cuando cayó el último, algo de aquella época dorada se apagó con él y nunca volvió a encenderse del todo.
La noticia de su muerte cruzó el continente en cuestión de horas. En México, la gente que se había criado viéndolo en la pantalla lo sintió como la pérdida de alguien de la familia, porque así lo habían tratado siempre. Su cuerpo volvió a casa. Lo despidieron como a lo que era, una de las caras que le habían enseñado a varias generaciones lo que podía ser el cine, pero en aquel momento casi nadie conocía la verdad completa.
Se despidió a un actor que se había ido demasiado pronto por una enfermedad. Tendrían que pasar todavía 17 años para que el mundo entendiera que aquella enfermedad tenía dirección, tenía fecha y tenía un origen muy concreto en un desierto del país de al lado. Queda una imagen para el final.
La de aquel niño de 9 años, recién huérfano, entrando en una escuela de otro país donde nadie lo esperaba. El niño que aprendió que el dolor propio no le importa a nadie, así que más vale guardarlo bien hondo y seguir de pie. Ese niño convirtió esa lección en una carrera entera. Llegó a ser uno de los rostros más queridos de la historia del cine en su idioma, justamente porque sabía sostener cualquier cosa por dentro sin que se le moviera un músculo por fuera.
Y esa misma lección lo acompañó hasta el último día. aguantó el diagnóstico solo. Aguantó el rodaje de su vida con el cuerpo deshaciéndose aguantó para que su familia tuviera un colchón cuando él ya no estuviera. Dio todo lo que tenía hasta lo último que le quedaba, por los suyos y por su trabajo. Y mientras él lo daba todo, los que lo habían mandado a aquel desierto no perdieron casi nada.
El gobierno tardó décadas en admitirlo. El estudio escondió la película y siguió adelante. La fama le devolvió aplausos durante años, pero la fama no estuvo en aquella habitación de hospital el 18 de junio. La fama nunca está ahí. Esa es la parte que conviene llevarse de esta historia.
Cuando alguien parece tenerlo todo, no tenemos ni idea de lo que está sosteniendo por dentro. Las personas más fuertes que conocemos suelen ser las que más callan y detrás de cada figura enorme, casi siempre hay alguien aguantando una grieta que decidió no enseñarle a nadie. Pedro Armendaris pasó a la historia como un símbolo de fuerza, el general que no se doblaba ante nada.
Y la última verdad de su vida es que esa fuerza tuvo un precio altísimo y lo pagó él solo. Le enseñaron de niño que el dolor se guarda y guardó también el suyo que ni la gente que rodaba a su lado todos los días llegó a verlo. Murió sosteniendo igual que había vivido, igual que le habían enseñado a hacer cuando todavía era demasiado pequeño para que nadie tuviera derecho a enseñarle una cosa así.
Y los que de verdad tendrían que haber cargado con el peso de esta historia, no cargaron casi con nada. Quedaron en los libros como visionarios, como millonarios excéntricos, como una gran potencia protegiéndose del mundo. El nombre que quedó atado para siempre al sufrimiento fue el de la gente de a pie, el del pueblo de St. George, el de los técnicos sin apellido famoso, el de un actor mexicano que lo único que quería era dejar a sus hijos a salvo.
Y sin embargo, hay algo que ni el desierto ni el silencio pudieron quitarle. Pedro Armendaris sigue estando. Está en cada copia de María Candelaria, de enamorada de la perla. Está cada vez que alguien en cualquier rincón del mundo pone From Russia with love y se encuentra de frente con King Bay llenando la pantalla de vida.
Esa es la trampa hermosa del cine. Convierte a una persona en luz proyectada y la luz no envejece y no se muere. El hombre se apagó en 1963. El actor sigue trabajando cada noche en miles de pantallas para gente que ni siquiera había nacido cuando él se fue. Quizá por eso duele tanto su historia, porque tenemos delante las dos cosas a la vez.
El regalo enorme que nos dejó, intacto, al alcance de un click, y la factura brutal e injusta que pagó por dejánoslo. Cada vez que sonríe en una de esas películas, ahora ya sabes lo que había detrás de esa sonrisa y ya nunca vuelve a verse igual. Si en tu vida hay una de esas personas, una que siempre está bien, que nunca se queja, que siempre aguanta, no esperes a entender por qué lo hace.
Hoy cuando termine este video, escríbele y pregúntale de verdad cómo está.