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LA LIMPIADORA ERA CONSIDERADA LA MÁS FEA DEL PUEBLO — HASTA QUE EL MILLONARIO LE DIJO ESTO…

Él no podía procesar lo que estaba viendo. Llevaba 42 años construyendo esta casa. No en el sentido sentimental de las frases que se dicen en los brindis, en el sentido literal, fulgencio arredondo, castellanos. Había puesto el primer ladrillo de constructora arredondo con 16 años y un préstamo que tardó 11 años en pagar.

 Hoy esa empresa tenía contratos federales por 380,000000es de pesos y esta mansión en las cumbres, 4,200 m², avaluada en 42 m,000000 era el símbolo de todo eso, de cada decisión correcta, de cada sacrificio que nadie vio. Y la mujer que limpiaba sus baños estaba sentada en su silla leyendo sus documentos. ¿Qué estás haciendo?”, dijo.

La voz le salió más baja de lo que quería. Consuelo no respondió de inmediato. Dobló con cuidado la esquina de una hoja, como si estuviera marcando una página. Lo miró. “Termino en un momento, don Fulgencio.” No había miedo en su voz. Eso fue lo que lo desconcertó más que cualquier otra cosa.

 Después de ese momento, después de todo lo que vendría, Fulgencio arredondo diría en privado a nadie, que lo que más lo perturbó no fue verla sentada ahí, ni los papeles, ni el descaro. Fue la ausencia del miedo, como si ella supiera algo que él todavía no. Se le ocurrió preguntar desde cuándo, desde cuándo limpiaba esta casa.

 ¿Desde cuándo tenía acceso a su estudio, desde cuándo se había vuelto tan cómoda con lo que no le pertenecía? Pero antes de que pudiera armar la pregunta completa, ella se levantó, acomodó las hojas en un orden que él no reconoció, las dejó sobre el escritorio, sacó del bolsillo del uniforme un trapo azul desbotado, el tipo de trapo que se usa hasta que ya no queda nada de él, y pasó el pano por el borde del escritorio con la misma calma con que había estado sentada.

 “Disculpe la molestia”, dijo y salió. Consuelo Bautista Ruiz llevaba 4 años trabajando en esa casa. Había llegado por recomendación de una prima que ya no trabajaba ahí en una mañana de marzo con el cielo cubierto y los zapatos húmedos, porque el camión la había dejado dos cuadras más lejos de lo habitual. La señora Hortensia, la esposa de Fulgencio, una mujer pequeña con voz de costumbre y mirada de cansancio, la había recibido en la cocina de servicio y le había dicho tres cosas.

Que no se contestaba el teléfono en los cuartos principales, que el Señor desayunaba a las 7:15 sin excepción y que el estudio era zona restringida. Consuelo había dicho que sí a todo. Era buena en su trabajo, no de la manera en que se dice es buena cuando se quiere decir no da problemas. Buena de verdad. Sabía qué superficies aguantaban, qué productos.

 Sabía cuando una mancha necesitaba tiempo y cuando necesitaba fuerza. Sabía leer una habitación antes de entrar. el tipo de silencio que había ahí, si era un silencio de pelea reciente o de soledad de siempre. 4 años son muchos años en una casa ajena. Uno aprende cosas que nadie le enseña. Lo que nadie en esa casa sabía de ella cabría en muy poco espacio, que había estudiado 2 años de contaduría antes de que la vida la jalara hacia otro lado, que todos los lunes al limpiar el corredor del segundo piso, pasaba el trapo dos veces por el mismo tramo de

rodapié, cerca de la tercera puerta a la derecha. No una vez, dos, y que lo hacía despacio con una concentración que no aplicaba a ninguna otra superficie de la casa. Nadie se lo había preguntado nunca. Las otras empleadas la llamaban seria, a veces fría. La señora Hortensia decía que era de las que trabajan sin que las estés viendo, que era el mayor elogio que esa mujer repartía.

 Fulgencio, hasta ese día de marzo en que encontró sus llaves en el suelo y el sonido del metal contra el mármol, apenas recordaba su nombre con certeza. Para él, Consuelo era parte del fondo, como los muebles, como la limpieza que aparecía sola cada mañana. El estudio olía a papel viejo y a algo que Consuelo nunca había podido nombrar.

 No era colonia, no era madera, no era el cuero de la silla, era el olor de un hombre que lleva décadas convencido de que tiene razón. Ella lo había identificado en su primer semana de trabajo y desde entonces lo relacionaba con esa habitación y con ninguna otra. Esa tarde, mientras los otros empleados terminaban sus turnos y la casa empezaba a vaciarse, nadie le preguntó a Consuelo qué había pasado en el estudio.

 Nadie preguntaba nada que involucrara al Señor directamente. Era una regla no escrita, más firme que cualquiera de las escritas. Guadalupe, la cocinera, la miró desde la puerta de la cocina cuando Consuelo pasó a entregar su reporte de limpieza. La miró de una manera específica. La manera en que se mira a alguien que acaba de meter la mano en algo caliente y todavía no lo sabe.

 Todo bien, dijo Guadalupe. Sí, dijo Consuelo. Guadalupe asintió. No preguntó más en esa casa. Sí, y bien, eran respuestas completas. eran el idioma que todos hablaban para no tener que decir nada verdadero. Esa tarde Fulgencio llamó a su asistente. “Tráeme el expediente de la limpiadora, la que lleva más tiempo.” Consuelo Bautista. Esa.

 El expediente llegó en 20 minutos. Fulgencio lo abrió sobre el mismo escritorio donde ella había estado sentada. leyó Hija única, sin propiedades, sin cuentas bancarias registradas a su nombre, más allá de la básica donde se le depositaba el sueldo. Dos años de contaduría truncos, sin antecedentes, sin ninguna razón visible para estar leyendo documentos corporativos en la silla de un hombre que valía 400 veces lo que ella ganaría en toda su vida.

Cerró el expediente. Por la ventana veía el jardín, las bugambilias que la señora Hortensia insistía en mantener, aunque nadie las regaba bien. La fuente que llevaba tres semanas sin funcionar porque nadie había llamado al técnico. Todo en orden, todo en su lugar, menos una cosa.

 Fulgencio no era un hombre que dejara cosas sin resolver. en 40 años de empresa había aprendido que las anomalías ignoradas se vuelven problemas y los problemas ignorados se vuelven crisis. Él identificaba, él actuaba. Era la razón por la que constructora arredondo existía cuando la mitad de sus competidores de los años 80 ya no eran ni un recuerdo.

 Levantó el teléfono, marcó el interno de la cocina. Dile a Consuelo que mañana venga media hora antes. Hubo una pausa breve. Consuelo ya se fue, don Fulgencio. Se fue a su hora normal. Se fue a su hora normal. Fulgencio dejó el teléfono sobre el escritorio sin colgar. Miró el borde de madera donde ella había pasado el trapo azul.

 Estaba perfectamente limpio, sin polvo, sin ninguna marca, como si nunca hubiera estado ahí. Esa noche, en la colonia donde vivía consuelo, calles angostas, casas de colores que el sol había ido apagando año con año, perros que ladraban sin razón y luego se callaban sin razón. Su vecina Epifania tocó la puerta a las 9:15 con un tapper de frijoles y la convicción de que nadie debería comer solo en martes.

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