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Joven desapareció con el primo — 9 años después regresaron criando a una niña “sin origen”

 El pánico se apoderó de María Elena cuando encontró el carro de Valeria estacionado a dos cuadras de la casa de Rodrigo. Las llaves estaban dentro y en el asiento del copiloto había una mochila con ropa de mujer. En el asiento trasero una maleta abierta con ropa de hombre. Todo parecía indicar que ambos primos habían planeado irse juntos.

 Pero, ¿por qué y hacia dónde? María Elena corrió de regreso a su casa y llamó a su esposo Roberto Cortés, quien trabajaba como empleado de construcción en una obra al norte de la ciudad. Roberto dejó todo y regresó de inmediato. Juntos fueron a la Fiscalía General del Estado para reportar la desaparición de su hija y su sobrino.

 El agente del Ministerio Público que los atendió era un hombre de mediana edad, con un bigote grueso y gafas de lectura que colgaban de una cadena en su cuello. Les hizo las preguntas de rutina. ¿Cuándo los vieron por última vez? Tenían problemas con alguien, habían discutido recientemente, consumían drogas o alcohol, tenían deudas.

 María Elena respondió entre lágrimas que Valeria era una buena muchacha, que estudiaba enfermería en la universidad y que nunca había dado problemas. Rodrigo, por su parte, era un joven responsable que ayudaba económicamente a su madre viuda, Guadalupe. No había razón aparente para que ambos desaparecieran así de la noche a la mañana.

 El agente anotó todo en un cuaderno desgastado y les dijo que abrirían una carpeta de investigación. les explicó que en casos de adultos desaparecidos, muchas veces regresaban por voluntad propia y que debían esperar al menos 72 horas antes de considerarlo una desaparición seria. Roberto se molestó con esa respuesta, pero María Elena lo calmó.

 Sabían que tenían que seguir las reglas, aunque cada minuto que pasaba era una tortura. Los días siguientes fueron una pesadilla. María Elena y Roberto pegaron carteles con las fotos de Valeria y Rodrigo por toda la ciudad. Los vecinos del barrio se organizaron para ayudar en la búsqueda. Guadalupe, la madre de Rodrigo, estaba destrozada.

 Su hermana y ella habían tenido una relación difícil durante años, pero ahora el dolor las unía. Una semana después de la desaparición, la policía encontró el carro de Rodrigo abandonado en un camino de terracería cerca de Villa de Reyes, un municipio a unos 35 km al sureste de San Luis Potosí. El vehículo estaba vacío, sin señales de violencia, pero con las llaves puestas en el contacto.

 Dentro encontraron un recibo de gasolina fechado el 14 de marzo a las 7:30 de la mañana, lo que confirmaba que Valeria y Rodrigo habían salido de la ciudad ese día muy temprano. Los investigadores peinaron la zona durante días. Entrevistaron a los habitantes de las rancherías cercanas, pero nadie recordaba haber visto a una pareja joven.

El paisaje era árido, con mezquites espinosos y cactáceas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Hacía calor durante el día y frío por la noche. ¿Qué hacían dos jóvenes de la ciudad en un lugar tan desolado? María Elena no dormía. Cada noche se quedaba despierta mirando el teléfono, esperando una llamada, un mensaje, cualquier señal de que su hija estaba viva.

 Roberto trataba de consolarla, pero él también estaba roto por dentro. Había perdido peso y sus manos temblaban cuando sostenía las fotos de Valeria. Un mes después, un testigo apareció. Era un hombre mayor que vivía en una pequeña comunidad. llamada El Salero, cerca de Villa de Reyes, le dijo a la policía que el 14 de marzo por la mañana había visto a un hombre y una mujer jóvenes caminando por el camino de terracería.

Llevaban mochilas y parecían apurados. El hombre les había ofrecido aventón, pero ellos habían rechazado su ayuda diciendo que esperaban a alguien. Ese testimonio abrió nuevas preguntas. ¿A quién esperaban Valeria y Rodrigo? ¿Por qué habían dejado el carro de Rodrigo abandonado? Alguien los había recogido. La investigación avanzaba lentamente y la frustración de las familias crecía a día.

 Mientras tanto, en el barrio de Tequisquiapán, los rumores comenzaron a circular. Algunos vecinos decían que Valeria y Rodrigo habían huído juntos porque estaban enamorados. una relación prohibida entre primos. Otros especulaban que estaban metidos en algo peligroso, quizás drogas o deudas con gente equivocada. María Elena se enfurecía cada vez que escuchaba esos chismes, pero no podía evitar preguntarse si había algo de verdad en ellos.

 Guadalupe, por su parte, defendía a su hijo con uñas y dientes. Insistía en que Rodrigo era un buen muchacho, que nunca se habría metido en problemas. Pero incluso ella tenía dudas por qué su hijo no le había dicho nada, por qué había dejado su trabajo, su casa, su vida entera sin una explicación. Los meses pasaron, la investigación se enfrió.

 Los agentes del Ministerio Público tenían otros casos que atender y la desaparición de Valeria y Rodrigo quedó archivada en un cajón junto con cientos de expedientes similares. María Elena y Roberto no se rindieron. contrataron a un detective privado, un expolicía llamado Héctor Salinas, que había trabajado en la policía federal durante 20 años antes de retirarse.

Héctor era un hombre de pocas palabras, pero con una mirada penetrante. Revisó toda la información que las familias habían recopilado, los testimonios, las fotos, los recibos, los videos de cámaras de seguridad de algunas gasolineras. Notó algo que la policía había pasado por alto.

 En el recibo de gasolina del 14 de marzo, además del combustible, Rodrigo había comprado agua embotellada, galletas y dos tortas. Suficiente comida para un viaje corto, no para una huida larga. Héctor también encontró algo más. En las redes sociales de Valeria había una conversación con una amiga de la universidad, una muchacha llamada Daniela.

 En esa conversación fechada dos días antes de la desaparición, Valeria le había dicho a Daniela que tenía que hacer algo importante, algo que cambiaría su vida. Daniela le había preguntado qué era, pero Valeria solo había respondido con un emoji de corazón y la frase, “Te lo cuento cuando vuelva.” Héctor localizó a Daniela y la entrevistó.

 La joven estaba nerviosa, como si ocultara algo. Finalmente, después de mucha insistencia, Daniela confesó que Valeria le había confiado un secreto semanas antes de desaparecer. Estaba embarazada. El padre era Rodrigo. Ambos habían decidido huir para empezar una nueva vida lejos de San Luis Potosí, donde nadie los juzgara por ser primos.

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