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¡Gustavo Petro DESTRUYE a un ateo arrogante en un debate universitario!

 No todos estaban ahí para escuchar. Algunos estaban esperando el momento justo para atacar. Entre ellos destacaba una joven de cabello largo y teñido de morado. Su rostro estaba tenso con las cejas fruncidas y los labios apretados. Parecía contener una furia lista para estallar. Petro subió al escenario sin guardaespaldas, sin discursos preparados y sin siquiera un micrófono de solapa.

 Tomó un vaso de agua, lo colocó sobre la mesa y comenzó a hablar. Con voz serena, explicó que no estaba allí para imponer ideas, sino para abrir un diálogo. Mencionó que aunque era hombre de ciencia y razón, también creía en una dimensión espiritual del ser humano. Fue en ese momento cuando todo cambió. La joven del cabello púrpura se levantó bruscamente de su asiento interrumpiendo con un grito que retumbó en todo el auditorio.

Otro idiota que creen en Dios. Su voz estaba llena de burla, desprecio y una rabia que parecía venir de algo más profundo. Varias personas en la sala voltearon de inmediato. Algunos rieron incómodos, otros se quedaron boquiabiertos. No todos compartían su visión, pero nadie imaginaba que se atreviera a insultar así al presidente y mucho menos en público.

 Petro se quedó en silencio unos segundos. Su mirada se fijó en la joven, sin rabia, sin miedo, pero con una firmeza que se sintió en todo el recinto. No contestó de inmediato, no levantó la voz, solo bebió un sorbo de agua, respiró hondo y se preparó para lo que estaba a punto de hacer. La tensión se podía cortar con una navaja.

 Lo que nadie sabía era que ese momento iba a convertirse en uno de los más comentados del país. Petro dejó el vaso de agua sobre la mesa con total calma. El silencio que se había formado en el auditorio era tan denso que se podía escuchar la respiración agitada de algunos estudiantes. Todos esperaban una reacción agresiva, una respuesta a la altura del grito ofensivo que acababa de lanzar la joven.

 Pero lo que ocurrió no fue lo que nadie esperaba. Con la mirada fija en ella, Petro se inclinó levemente hacia delante y le preguntó con voz tranquila. “¿Por qué estás tan enojada?” Esa simple pregunta descolocó a la joven que esperaba. Un enfrentamiento directo, no una reacción serena. Ella vaciló un instante, pero enseguida volvió a alzar la voz tratando de recuperar el control del momento.

Porque ustedes, los que creen en cuentos de hadas, siguen frenando el avance del pensamiento. Dios no existe. La religión ha hecho más daño que viene en la historia de la humanidad. Usted es un presidente. Debería estar hablando de ciencia, no de supersticiones. Gritó con furia mientras señalaba a Petro, temblando de rabia.

 Él escuchó todo sin interrumpirla. No cruzó los brazos, no se puso a la defensiva, al contrario, lo observaba todo con una serenidad que resultaba desconcertante. Cuando ella terminó, Petro se tomó unos segundos antes de responder. Miró al resto del auditorio como buscando con la mirada a los estudiantes que quizás estaban sintiendo lo mismo que esa joven, pero no lo decían.

 Luego volvió a enfocarse en ella. Te entiendo. Yo también fui ese joven que pensaba que todo debía explicarse con fórmulas y datos, que la fe era una debilidad y que los que creían en algo superior lo hacían por miedo o ignorancia. Pero con el tiempo y con la vida aprendí algo que la ciencia aún no ha podido enseñarme, cómo sanar el alma humana.

 Y eso a veces solo lo logra la fe. Un murmullo recorrió el lugar. Algunos asentían, otros seguían expectantes, pero la joven seguía firme, cruzada de brazos, con el rostro lleno de escepticismo. Petro entonces contó algo que nadie esperaba. Dijo, “Durante mi tiempo en la clandestinidad vi morir a compañeros con dolor, con miedo, con odio.

 Y también vi morir a hombres que, a pesar de todo, cerraron los ojos con paz. ¿Sabes qué los diferenciaba? No eran más fuertes ni más valientes, solo tenían fe, algo en lo que apoyarse cuando todo lo demás fallaba. Sus palabras no eran grandilocuentes, pero pesaban. Eran frases simples, directas, pero cargadas de vivencias reales. Petro no estaba debatiendo desde un libro, sino desde la experiencia, y esa diferencia se sentía en cada palabra.

 La joven por primera vez no respondió de inmediato. Su rostro mostraba algo nuevo, confusión. No estaba acostumbrada a que alguien le contestara sin gritar, sin atacarla. Estaba viendo a un hombre que, en vez de aplastarla con poder, le ofrecía comprensión y eso la desarmaba por dentro.

 Petro hizo una pausa larga, permitiendo que cada palabra anterior calara en los presentes. El auditorio entero seguía en un silencio casi irreverente, como si nadie se atreviera a romper el hechizo que acababa de crear con su testimonio. La joven de cabello púrpura, que antes parecía tan segura, tan combativa, ahora mostraba señales de incomodidad.

 Su respiración seguía agitada, pero sus ojos, por primera vez evitaron el contacto visual. No esperaba encontrarse con una respuesta así. Petro entonces retomó la palabra, esta vez dirigiéndose no solo a ella, sino a todos los jóvenes presentes. No vine aquí a convencerlos de nada, pero si una persona no es capaz de escuchar al otro sin insultarlo, sin intentar aplastarlo con gritos o burlas, entonces no está defendiendo ideas, está solo vomitando rabia.

 Y la rabia por sí sola no construye nada, solo destruye. Se giró levemente hacia ella y con un tono pausado, pero firme dijo, “Tu grito inicial, ese otro idiota que cree en Dios, no es un argumento, es una agresión. Y no solo hacia mí, también hacia los millones que encuentran consuelo, sentido o inspiración en algo que tú no compartes.

 Eso no es rebeldía, eso es intolerancia.” Las palabras fueron un golpe seco, no de violencia, sino de claridad. Muchos estudiantes, incluso aquellos que no comulgaban con ninguna fe, comenzaron a aplaudir en silencio. Petro no estaba defendiendo la religión como institución, sino la dignidad de creer, la libertad de tener fe sin ser ridiculizado por ello.

 La joven intentó defenderse, tartamudió al decir que solo había ejercido su libertad de expresión, pero Petro no la dejó caer en esa excusa sin fondo. Claro que tienes derecho a expresarte, pero libertad no significa impunidad. Las palabras tienen peso y cuando usas las tuyas para insultar a otros por lo que creen, te conviertes en aquello que tú misma dices combatir.

 Una fanática, esa palabra fanática cayó como un balde de agua fría sobre la joven. Su rostro lo dijo todo. Por un segundo supo que responder. Era como si estuviera enfrentándose por primera vez no a un adversario político, sino a un espejo. uno que le estaba mostrando lo que se negaba a ver, que el odio que sentía por la fe no era tan racional como creía, y que su arrogancia no la hacía fuerte, solo la hacía ciega.

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