Parte 1: El eco de un “Diga”
La tarde en Madrid tenía ese color ocre y pesado, como de siesta mal dormida. Paco estaba hundido en el sofá, un mueble que ya había perdido la batalla contra la gravedad y la ergonomía hacía al menos tres mudanzas. Tenía una bolsa de patatas fritas a medio terminar en el regazo y el mando a distancia en la mano derecha, practicando ese deporte nacional que es el zapping frenético sin ver absolutamente nada. La televisión escupía anuncios de detergentes y tertulias de gritos, pero el verdadero protagonista de su atención era el silencio de la casa, solo roto por el zumbido de un frigorífico que pedía la jubilación a gritos.
Elena entró en el salón con el paso firme de quien tiene una misión, o al menos, de quien no soporta ver a alguien tan sumamente estático. Se detuvo justo delante de la pantalla, obligando a Paco a mirarla a ella en lugar de al presentador de turno. Llevaba el ceño fruncido, una expresión que en Elena solía preceder a una tormenta de preguntas de esas que no tienen una respuesta sencilla.
—Paco —dijo ella, cruzándose de brazos.
—Dime, tesoro. ¿Ha pasado algo? ¿Se ha vuelto a romper la caldera? Porque ya te dije que el técnico de la semana pasada tenía cara de haber aprendido el oficio viendo tutoriales de tres minutos.
—No es la caldera. Es el móvil. El tuyo.
Paco dejó el mando sobre la mesa ratona, con un ruido seco de plástico contra madera. Se palpó los bolsillos con esa torpeza típica de quien acaba de ser pillado en falta, aunque no supiera exactamente en qué.
—¿Mi móvil? ¿Qué pasa con él? Está ahí, cargando. O agonizando, según se mire.
—He pasado por el pasillo y ha vibrado. No he podido evitar ver la pantalla —mintió Elena con una naturalidad pasmosa, porque en realidad llevaba tres minutos vigilando el aparato desde el marco de la puerta—. Contestaste. Te vi descolgar desde el reflejo del espejo del recibidor. Y colgaste tan rápido que parecía que el teléfono quemaba. ¿Quién era?
Paco soltó un suspiro largo, de esos que arrastran todas las migas de las patatas fritas por su camiseta. Se rascó la nuca, buscando una explicación que fuera lo suficientemente aburrida como para que Elena perdiera el interés.
—Ah, eso. Nada, mujer. Una tontería. Era spam. Ya sabes cómo están últimamente, que no respetan ni la hora del café ni la de la dignidad. Son unos pesados. Que si la fibra óptica, que si una oferta para cambiarme de compañía de gas… Lo de siempre.
Elena no se movió ni un milímetro. Sus ojos, dos faros de sospecha castellana, se clavaron en los de su marido.
—Era spam, ¿eh? —repitió ella, arrastrando las sílabas como quien saborea un caramelo amargo—. Qué curioso. Porque yo estaba lo bastante cerca como para oír algo. Y mira, Paco, que yo sepa, las máquinas de telemarketing no tienen esa voz. Ni esa urgencia. El spam no susurra tu nombre como si estuviera escondido en tu propio armario.
El ambiente en el salón cambió de golpe. La luz de la tarde pareció volverse más fría, y el zumbido del frigorífico, por un momento, se detuvo, dejando un vacío sonoro que resultaba casi violento. Paco intentó reírse, pero le salió un ruido seco, un graznido que no engañaría ni a un niño de cinco años.
—¿Susurrar mi nombre? Venga ya, Elena. Estás viendo demasiadas series de esas de asesinatos en Escandinavia. Te habrás confundido con el ruido de la estática o con el propio comercial intentando pronunciar mi apellido, que ya sabes que parece un trabalenguas para los que no son de aquí. “Señor Pa-co”, habrán dicho. Y yo, pues he colgado. No les doy ni un segundo de gloria.
—No, Paco. No ha sido un “Señor Paco”. Ha sido un “Paco…” así, con aire, con una pausa larga antes y después. Una voz que parecía que te conocía de antes de que nacieras. Y tú, en lugar de decir “no me interesa” o “métase la oferta por donde le quepa”, te has quedado blanco y has cortado la comunicación como si hubieras visto al mismísimo diablo por el auricular.
Elena se acercó un paso más. El sofá ya no parecía tan cómodo para Paco; ahora se sentía como un banquillo de los acusados.
—¿Me vas a decir la verdad o vamos a seguir con este teatro de los de barrio? —insistió ella—. Porque si era spam, ¿por qué tienes las manos temblando ahora mismo?
Paco miró sus manos. Efectivamente, un leve temblor recorría sus dedos, los mismos que hace un momento sostenían el mando con la seguridad de un veterano. Trató de esconderlas bajo los muslos, pero el gesto solo sirvió para confirmar la sospecha de Elena.
—Es el café, Elena. Me he tomado tres después de comer. Ya sabes que el corazón se me pone a mil por hora. Y el spam… es que me pone de los nervios, de verdad. Es una invasión de la privacidad. Me genera ansiedad que me llamen a mi número personal.
—Tres cafés, ansiedad, el gas, la fibra… —enumeró Elena con sarcasmo—. Tienes una excusa para cada síntoma, pero ninguna explica esa cara de susto. Pareces un crío al que han pillado robando galletas, pero con cuarenta años más y menos gracia. Si vuelve a sonar ese teléfono, Paco, voy a contestar yo. Y espero por tu bien que sea una locura de Vodafone intentando venderme televisión por cable, porque como sea alguien que “susurra”, vamos a tener una conversación muy distinta.
Paco tragó saliva. El nudo en su garganta era ya del tamaño de una nuez. Quería decir algo ingenioso, algo que relajara el ambiente, pero las palabras se le quedaban pegadas al paladar. La miró a los ojos, buscando una salida, un resquicio de duda que pudiera explotar, pero Elena era un muro de piedra.
—No va a volver a sonar —dijo Paco finalmente, con una voz que intentaba ser firme pero que terminaba en un hilo—. Seguro que se han dado cuenta de que no soy un buen cliente. El spam es así, disparan a todo lo que se mueve y si no aciertan, a por otro. Olvídalo, de verdad. Vamos a ver qué dan en la tele, que igual echan alguna película de esas que te gustan a ti, de época y con mucha gente sufriendo por amor.

Elena no respondió. Se limitó a darse la vuelta y salir del salón, pero no se fue lejos. Paco pudo oír sus pasos en el pasillo, deteniéndose justo donde estaba el móvil, sobre la cómoda de la entrada. El silencio volvió a reinar, pero ya no era un silencio tranquilo. Era una pausa dramática, una espera tensa.
Paco se quedó solo con sus pensamientos. En su mente, el susurro volvía a sonar, una y otra vez, filtrándose por los recovecos de su memoria. No había sido una máquina. No había sido un comercial desde un call center a miles de kilómetros. Había sido una voz familiar, pero cargada de una intención que no lograba descifrar. Una voz que no debería estar al otro lado de una línea telefónica, porque esa voz pertenecía a alguien que Paco prefería creer que ya no formaba parte de este mundo, o al menos, de su mundo.
El miedo, ese viejo conocido que siempre sabe dónde guardamos las llaves de casa, empezaba a instalarse en el estómago de Paco. Y lo peor no era el miedo en sí, sino saber que, en esta casa, el miedo siempre respondía primero.
Parte 2: El intruso en la línea
Pasaron veinte minutos que a Paco le parecieron tres décadas. El televisor seguía encendido, pero para él no era más que un caleidoscopio de luces sin sentido. Su oído estaba pegado a la pared del pasillo, intentando descifrar qué hacía Elena. ¿Estaría revisando su registro de llamadas? ¿Estaría intentando devolver la llamada a ese número oculto que, él bien sabía, no aparecería en ninguna lista de contactos?
De pronto, el sonido. No fue un timbre estridente, sino esa vibración sorda, ese “bzzz-bzzz” contra la madera que parece que te golpea directamente en la base del cráneo. Paco se levantó del sofá con una agilidad que no había demostrado en años. Corrió hacia el pasillo, pero Elena ya estaba allí. Ella tenía el teléfono en la mano, iluminada por el resplandor azulado de la pantalla.
—No lo cojas —susurró Paco, aunque su voz sonó más como un ruego que como una orden.
Elena lo miró por encima del hombro, con una ceja arqueada que era pura sentencia de muerte.
—¿Por qué no? Si es spam, le diré cuatro cosas bien dichas y dejarán de molestar. Y si es “la voz”, pues saldremos de dudas de una vez, ¿no crees?
—Elena, por favor… es que… es un número privado. No trae nada bueno contestar a números privados a estas horas. Pueden ser estafadores, gente que te graba la voz para robarte el banco, yo qué sé. He leído cosas en internet, artículos de esos que comparten tus tías por WhatsApp.
—Mis tías comparten fotos de gatitos con purpurina, Paco, no ciberterrorismo —replicó ella, moviendo el dedo hacia el icono verde—. Estás sudando. ¿Por qué sudas si es solo una llamada?
—Hace calor. La calefacción está altísima.
—Estamos a quince grados y la calefacción está apagada.
Elena deslizó el dedo. Descolgó. Paco cerró los ojos y apretó los puños, esperando que el techo se desplomara o que una voz de ultratumba reclamara su alma. Se hizo un silencio absoluto en el pasillo. Elena pegó el auricular a su oreja, con el rostro serio, los labios apretados.
—¿Diga? —dijo ella con un tono desafiante, el tono de alguien que ha lidiado con presidentes de comunidades de vecinos y con vendedores de seguros especialmente persistentes.
Silencio. Paco contenía la respiración hasta que sintió que los pulmones le iban a estallar.
—¿Hola? —insistió Elena—. Mire, si no va a hablar, cuelgue ahora mismo, porque estamos perdiendo el tiempo los dos. Si quiere vender algo, llame mañana a las diez, que es cuando mi marido tiene el cerebro más maleable.
Hubo una pausa. Elena frunció el ceño. Sus ojos se abrieron un poco más, y la rigidez de su postura se aflojó, pero no por alivio, sino por una extraña confusión.
—¿Qué? —preguntó ella, casi en un susurro—. ¿Quién es?
Paco dio un paso hacia ella, extendiendo la mano para quitarle el teléfono, pero Elena lo apartó con un movimiento brusco. Estaba escuchando algo con una intensidad casi magnética. Su expresión pasó de la irritación al desconcierto total.
—No entiendo nada —dijo ella a la nada—. ¿Paco? ¿Estás ahí? Pero si Paco está aquí conmigo…
Elena bajó el teléfono lentamente. Tenía la mirada perdida, como si acabara de ver un truco de magia que desafiaba las leyes de la física.
—¿Qué te han dicho? —preguntó Paco, con la voz quebrada.
—No me han dicho nada concreto —respondió ella, girándose hacia él—. Pero sonaba como… como si hubiera gente en una fiesta. O en un sitio con mucho eco. Y de repente, alguien ha dicho: “Paco no puede venir ahora, está ocupado escuchando el silencio”. Y luego… luego ha habido una risa. Una risa que se parecía mucho a la tuya, Paco. Una risa de esas que pones cuando crees que has hecho una broma buenísima y nadie se ríe.
Paco sintió un escalofrío que le recorrió la columna desde la rabadilla hasta la nuca. Aquello ya no era spam. Aquello era algo mucho más personal, algo que se le metía bajo la piel.
—Es una broma, Elena. Tiene que ser una broma de los del bar. Seguro que es el pesado de Julián, que se ha tomado dos cañas de más y se cree que es gracioso. Ya sabes cómo es, le encanta dar la nota.
—Julián no tiene esa voz, Paco. Esa voz era limpia, clara, pero cargada de una mala leche que no le cabe a Julián en su cuerpo de metro sesenta. Y el número… el número no ha aparecido como “Oculto” al final. Ha aparecido como “Casa”.
Paco sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Casa? ¿Qué casa? Si estamos en casa.
—Eso es lo que me pregunto yo. En la pantalla ponía “Casa”, con el emoticono de la casita que pusiste tú cuando guardamos el número fijo. Pero el fijo no ha sonado, Paco. El fijo está ahí mismo, en el salón, y no ha hecho ni un ruido.
Ambos miraron hacia el salón, donde el viejo teléfono inalámbrico reposaba en su base, con su pequeña pantalla naranja apagada, inmóvil, como un testigo mudo de una imposibilidad.
—Esto no tiene sentido —murmuró Paco, empezando a caminar de un lado a otro del pasillo—. Las líneas se habrán cruzado. Telefónica está haciendo obras en la calle, lo vi ayer. Habrán conectado los cables mal y se habrán mezclado las señales. Es tecnología, Elena, la tecnología falla más que las promesas electorales.
—No me vengas con milongas tecnológicas. Esto no es un cable cruzado. Esto es alguien tocándonos las narices de una forma muy específica. ¿A quién le has dado este número, Paco? ¿En qué líos te has metido que yo no sepa? Porque esa llamada no era para venderme un seguro de decesos, eso te lo aseguro yo.
Elena le tendió el móvil. En la pantalla, efectivamente, figuraba una llamada perdida de “Casa”. Eran las 18:42 de la tarde. Paco miró el registro y sintió un mareo súbito. Había tres llamadas anteriores, todas del mismo contacto, todas durando exactamente tres segundos.
—Yo no he llamado —dijo Paco, casi para sí mismo—. Yo no he tocado el fijo en todo el día.
—Pues alguien lo ha hecho. O alguien quiere que creamos que lo ha hecho.
En ese momento, las luces del pasillo parpadearon. Fue un milisegundo, un suspiro de oscuridad, pero lo suficiente para que el corazón de ambos diera un vuelco. El televisor del salón se apagó de golpe, dejando la estancia en una penumbra grisácea, solo rota por la luz mortecina que entraba por la ventana.
—Paco… —dijo Elena, y esta vez su voz no tenía nada de autoridad. Era la voz de una niña asustada—. El fijo.
Paco se giró. En la base del teléfono inalámbrico, la luz de “En uso” se había encendido. Una pequeña luz verde, parpadeante, rítmica. Alguien, en algún lugar, estaba utilizando la línea de su propia casa para hacer una llamada. Pero ellos estaban solos.
—Coge el fijo —ordenó Elena, agarrándole del brazo con una fuerza insospechada.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Porque es a ti a quien buscan. Porque el spam no susurra tu nombre, Paco. El miedo sí. Y tú tienes una cara de miedo que se ve desde la Puerta del Sol.
Paco avanzó hacia el salón, sintiendo que cada paso pesaba cien kilos. El teléfono seguía con la luz encendida. Lo levantó de la base con una lentitud exasperante. Se lo llevó a la oreja. No hubo tono de marcado. No hubo estática. Solo un sonido, muy tenue, que parecía venir de muy lejos. Era el sonido de alguien respirando. Una respiración acompasada, tranquila, casi relajante, si no fuera porque estaba ocurriendo dentro de un aparato que debería estar mudo.
—¿Quién es? —preguntó Paco, con un hilo de voz.
La respiración se detuvo. Hubo una pausa de tres segundos. Y entonces, una voz, exactamente igual a la de Paco, respondió al otro lado:
—Soy tú, Paco. Solo que yo ya sé lo que vas a decir a continuación.
Paco soltó el teléfono como si le hubiera dado una descarga eléctrica. El terminal cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Elena se quedó petrificada en el umbral de la puerta.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó ella, con los ojos llenos de lágrimas.
Paco no respondió. Se limitó a mirar el teléfono tirado en el suelo, mientras la luz verde de “En uso” seguía parpadeando, impasible, recordándoles que la llamada no había terminado. El juego acababa de empezar.
Parte 3: La sombra de la duda
El salón de la casa, que antes era un refugio de mediocridad y rutina, se había convertido en un escenario digno de una pesadilla de bajo presupuesto. Paco seguía mirando el teléfono en el suelo como si fuera una granada a punto de estallar. Elena, por su parte, se había quedado apoyada en el marco de la puerta, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Paco, me estás asustando de verdad —dijo ella, con un tono que mezclaba la rabia con el pánico—. ¿Qué demonios te ha dicho esa voz? ¿Por qué has tirado el teléfono como si fueras un crío?
Paco tardó en reaccionar. Se pasó una mano por la cara, notando la piel fría y húmeda de sudor.
—Ha dicho… ha dicho que es yo —logró articular—. Con mi voz, Elena. Era mi voz perfecta. No una grabación, ni un efecto de esos de los vídeos de internet. Era yo. Pero un “yo” que daba miedo. Me ha dicho que sabía lo que iba a decir.
Elena soltó una carcajada nerviosa, una de esas que suenan a rotura de cristales.
—¿Que es tú? ¿Pero qué tontería es esa? Será un imitador, o alguien que ha usado una inteligencia artificial de esas que salen ahora en las noticias. Dicen que con tres segundos de tu voz pueden hacer que digas el Quijote entero si quieren. Seguro que te grabaron cuando contestaste la primera vez.
—No era una IA, Elena. Hay cosas que una máquina no puede copiar. El tono, la forma de arrastrar la “s”, ese deje que tengo yo cuando estoy nervioso… era exacto. Y me ha llamado desde “Casa”. ¿Cómo puede una IA llamar desde dentro de nuestra propia línea?
Paco se agachó para recoger el terminal. Sus manos seguían siendo un desastre de temblores. Lo miró con desconfianza. La pantalla seguía encendida, marcando una duración de llamada de dos minutos y medio, aunque a él le había parecido un siglo. Pero lo más extraño no era la duración, sino el nombre que aparecía ahora en la pantalla: “EL OTRO PACO”.
—Mira esto —dijo Paco, extendiendo el brazo para que Elena pudiera verlo sin acercarse demasiado.
Elena se puso las gafas de leer, que llevaba colgadas del cuello, y entrecerró los ojos. Al ver el nombre en la pantalla, retrocedió un paso, chocando contra el aparador.
—Esto es una broma de muy mal gusto, Paco. Esto lo has hecho tú. Has cambiado el nombre de algún contacto para hacerme una de tus bromas pesadas, como aquella vez que me pusiste que te llamaba el Rey para pedirte consejo sobre la jubilación.
—¡Que no he sido yo, por el amor de Dios! —gritó Paco, perdiendo los estribos—. ¿Crees que tengo cara de estar divirtiéndome? ¡Estoy a punto de que me dé un parraque! No he tocado la agenda del fijo desde que lo compramos en el 2012.
De repente, el silencio fue interrumpido por un golpe seco. Venía de la cocina. Fue un sonido metálico, como si una sartén se hubiera caído de su gancho. Ambos se quedaron congelados. El corazón de Paco latía tan fuerte que podía oírlo en sus propios oídos, un tambor rítmico y macabro.
—Ha sido el gato —dijo Elena, aunque ambos sabían perfectamente que el gato había muerto hacía tres años y que desde entonces solo tenían una planta de plástico que ni siquiera requería agua.
—No tenemos gato, Elena.
—Pues habrá sido una corriente de aire. Las ventanas son viejas, ya lo sabes.
—Están todas cerradas a cal y canto. Yo mismo eché los pestillos antes de sentarme a ver la tele.
Paco, movido por un impulso de valentía que ni él mismo sabía de dónde sacaba (probablemente era más desesperación que valor), agarró el mando a distancia como si fuera un arma defensiva y empezó a caminar hacia la cocina. Elena lo siguió de cerca, agarrándole de la parte trasera de la camiseta, usándolo como escudo humano.
La cocina estaba a oscuras, solo iluminada por el piloto rojo de la cafetera y la luz de la calle que se filtraba por las rendijas de la persiana. Paco encendió la luz de golpe. No había nada. Las sartenes estaban en su sitio, los platos limpios sobre el escurridor, y el suelo estaba impecable. Sin embargo, sobre la mesa de la cocina, donde Paco solía dejar el periódico, había algo que no debería estar allí.
Era un papelito de esos cuadrados, un post-it de color amarillo chillón.
Paco se acercó lentamente. Elena soltó su camiseta y se tapó la boca con las manos. En el post-it, escrito con la letra de Paco —esa caligrafía angulosa y un poco descuidada—, ponía una sola frase:
“No olvides devolver la llamada”.
—Esa es mi letra —susurró Paco, sintiendo que el mundo empezaba a girar en la dirección equivocada—. Elena, juro por lo que más quieras que yo no he escrito esto.
—Paco, esto ya no tiene ni gracia ni sentido. ¿Estás sonámbulo? ¿Has empezado a hacer cosas de esas que hacen los locos en las películas, que tienen doble personalidad y se mandan mensajes a sí mismos?
—¿Me ves con cara de Norman Bates? ¡He estado contigo en el salón todo el rato! Solo me he levantado para ir al baño hace una hora, y he tardado lo que tardo siempre, ni un minuto más.
Elena examinó el papel sin tocarlo.
—La tinta está fresca —observó ella—. Mira, brilla un poco. Esto se ha escrito hace nada. Mientras estábamos en el pasillo discutiendo por el teléfono.
—Pero entonces… ¿hay alguien más en la casa?
La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada como el plomo. Paco empezó a abrir todos los armarios de la cocina, las puertas de la despensa, incluso miró debajo de la mesa, pero no había rastro de nadie. La casa era un búnker de puertas cerradas. No había ventanas abiertas, ni señales de forzamiento. Solo ellos dos y una nota amarilla que les recordaba que la pesadilla seguía activa.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo Elena, recuperando un poco la compostura—. Esto es un acoso en toda regla. Alguien se ha metido en nuestra red, o en nuestra casa, o yo qué sé.
—¿Y qué les vamos a decir? —replicó Paco—. “Mire usted, agente, que me ha llamado un señor con mi propia voz y me ha dejado un post-it en la cocina con mi letra”. Nos van a mandar a una unidad de psiquiatría antes de que terminemos de contar la historia. Dirán que somos dos jubilados con demasiado tiempo libre y pocas ganas de dormir.
—Pues yo no me quedo aquí sentada esperando a que el “otro Paco” me llame para darme las buenas noches —sentenció Elena—. Coge las llaves. Nos vamos a casa de mi hermana.
—¿A casa de Sole? ¡Ni hablar! Prefiero que me asesine mi doble antes que aguantar a tu hermana toda la noche contándome sus problemas con el ácido úrico y con su vecino el del trombón.
—Pues entonces haz algo, Paco. Demuestra que eres el hombre de la casa y no un saco de nervios con una bolsa de patatas fritas.
Paco miró el post-it una vez más. “No olvides devolver la llamada”. El miedo estaba ahí, pero también empezaba a surgir una chispa de curiosidad mórbida, ese instinto que hace que la gente en las películas de terror baje al sótano cuando lo más lógico sería salir corriendo hacia la calle.
—Voy a llamar —dijo él de repente.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—Si no llamo, esto no va a parar. Si es una broma, quiero ver hasta dónde llega. Y si no lo es… bueno, quiero saber qué es lo que quiere ese “otro”. No me voy a pasar el resto de mi vida saltando cada vez que vibre un móvil.
Paco volvió al salón. El teléfono inalámbrico seguía sobre la alfombra. Lo recogió, buscó el registro de llamadas y pulsó el botón de rellamada sobre el contacto “EL OTRO PACO”.
El tono empezó a sonar. “Pi… pi… pi…”.
Cada tono era como una punzada en el estómago. Elena se sentó en el sofá, ocultando la cara entre las manos, pero dejando una rendija entre los dedos para observar a su marido. El teléfono dio cuatro tonos, cinco… y finalmente, alguien descolgó.
No hubo susurros esta vez. Solo un ruido de fondo constante, un rumor que Paco reconoció al instante: era el sonido de la televisión del salón. Pero no el de ahora, que estaba apagada, sino el de hace una hora, con el anuncio del detergente y los gritos de la tertulia.
—¿Hola? —dijo Paco, intentando que no se le notara el temblor en la voz.
—Hola, Paco —respondió la voz. Esta vez sonaba más cansada, más real—. Has tardado menos de lo que pensaba. Tienes curiosidad, ¿verdad? Siempre has sido un cotilla, desde que te regalaron aquel walkie-talkie de juguete y te dedicabas a escuchar a los vecinos.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Paco, ignorando el detalle del walkie-talkie, que efectivamente era cierto y que nadie más que él recordaba.
—No quiero nada que no sea mío. Solo quiero avisarte. El tiempo es un círculo muy estrecho en esta casa, Paco. Y hoy te ha tocado a ti estar en el lado que contesta. Pero no te preocupes, el miedo responde primero, pero la verdad… la verdad siempre llega tarde.
—Déjanos en paz. Si vuelves a llamar, iré a la policía. Tenemos cámaras en el portal, te encontrarán.
La voz soltó una risita seca, la misma risa que Elena había descrito antes.
—No hay cámaras para lo que está pasando aquí, Paco. Mira por la ventana. Mira el coche que está aparcado justo debajo de la farola.
Paco, con el teléfono pegado a la oreja, se acercó a la ventana del salón y descorrió un poco la cortina. La calle estaba desierta, bañada por la luz amarillenta de las farolas de Madrid. Debajo de la farola más cercana, había un Seat Ibiza blanco, viejo y con un golpe en la aleta derecha.
—Es mi coche —dijo Paco, extrañado—. ¿Qué pasa con él?
—Mira dentro —dijo la voz.
Paco forzó la vista. A través del cristal del coche, pudo distinguir una figura sentada en el asiento del conductor. Era un hombre. Llevaba una chaqueta de punto azul, exactamente igual a la que Paco llevaba puesta en ese momento. El hombre del coche levantó una mano y saludó hacia la ventana. Luego, sacó un teléfono móvil, se lo puso en la oreja y sonrió.
Paco sintió que el corazón se le detenía. El hombre del coche era él. Era su cara, su calva incipiente, sus gafas de montura negra.
—¿Qué estás viendo, Paco? —preguntó Elena desde el sofá, levantándose al ver la expresión de horror absoluto en su marido.
—Nada —mintió Paco, soltando el teléfono, que esta vez no cayó al suelo, sino que se quedó balanceándose de su mano—. No hay nada.
Pero la voz seguía hablando desde el terminal:
—No mientas a Elena, Paco. Eso es lo que nos metió en este lío la primera vez. Dile la verdad. Dile quién está en el coche.
Paco cerró las cortinas de un tirón, como si con ese gesto pudiera borrar la realidad. Se giró hacia Elena, que lo miraba con una mezcla de pavor y sospecha. El juego ya no era una broma. El círculo se estaba cerrando, y el miedo, efectivamente, ya no era el único que estaba respondiendo.
Parte 4: El miedo responde primero
El ambiente en el salón se había vuelto irrespirable. Paco sentía que las paredes se estrechaban, que el techo bajaba unos centímetros cada vez que parpadeaba. Elena, que siempre había sido la roca en la relación, el ancla que impedía que Paco se perdiera en sus propias paranoias, estaba ahora desmoronándose ante sus ojos.
—Paco, dime qué has visto —insistió ella, acercándose y cogiéndole de las manos—. Estás blanco como una pared. ¿Había alguien fuera?
Paco no sabía cómo explicar lo inexplicable. ¿Cómo decirle a tu mujer que te acabas de ver a ti mismo saludando desde el coche? ¿Cómo explicar que la realidad parecía haberse desdoblado como un calcetín viejo?
—Era… era un reflejo, Elena. La luz de la farola hace formas extrañas. No había nadie. Me he sugestionado, eso es todo. La llamada, el post-it… todo esto me ha volado la cabeza.
—Mientes —sentenció Elena, soltándole las manos—. Sé cuándo mientes. Lo haces desde hace veinte años cada vez que te pregunto si te has comido el último trozo de tarta o si has pagado el recibo del seguro. Tienes ese tic en el ojo izquierdo. Dime la verdad ahora mismo o me voy de esta casa por mi propio pie, aunque tenga que dormir en el descansillo.
Paco se derrumbó en el sofá. La bolsa de patatas fritas cayó al suelo, esparciendo trozos de sal y grasa por la alfombra, pero a nadie le importó.
—Me he visto a mí, Elena. En el coche. Debajo de la farola. Llevaba mi ropa, mi cara… y me ha saludado. Me ha saludado mientras hablaba conmigo por el teléfono.
Elena se quedó en silencio. No hubo gritos, ni recriminaciones, ni burlas. Simplemente se sentó a su lado y le rodeó los hombros con un brazo. El contacto físico fue lo único que mantuvo a Paco anclado a la cordura.
—Tenemos que salir de aquí —dijo ella con una voz sorprendentemente tranquila—. Ahora mismo. No cojas nada. Solo las llaves y el abrigo. Nos vamos a la calle, a donde haya gente. A la plaza, a un bar que esté abierto, me da igual. Pero no podemos quedarnos en este salón ni un minuto más.
Paco asintió. Se levantaron como dos autómatas. Paco cogió su chaqueta azul —la misma que llevaba su doble— y sintió una repulsión instintiva al ponérsela. Salieron al pasillo, evitaron mirar el teléfono fijo que seguía en el suelo y se dirigieron a la puerta blindada.
Paco echó la mano al pomo. Estaba frío, inusualmente frío para ser una puerta de interior. Giró la llave una vez, dos veces. La puerta se abrió con un gemido de bisagras que pareció un grito. Salieron al descansillo, un espacio rectangular iluminado por una luz fluorescente que parpadeaba con un zumbido eléctrico molesto.
Llamaron al ascensor. El segundero del reloj de Paco parecía haberse detenido. El ascensor subía lentamente desde la planta baja, marcando los números en rojo: 0, 1, 2, 3…
Cuando las puertas se abrieron con un tintineo, ambos entraron apresuradamente. Paco pulsó el botón “0” con desesperación. Las puertas se cerraron y el ascensor empezó a bajar.
—En cuanto salgamos, no mires al coche —le advirtió Elena—. Vamos directos hacia la calle principal. Hay una cafetería que cierra tarde, la de los chinos de la esquina. Allí habrá gente, luz, ruido.
El ascensor se detuvo. Pero no en el bajo. Las puertas se abrieron en el segundo piso. Paco y Elena se miraron con extrañeza. Nadie había llamado al ascensor. En el rellano del segundo, no había nadie. Solo la luz del pasillo, que se encendió automáticamente al detectar el movimiento de las puertas.
—¿Quién ha llamado? —susurró Elena.
Paco se asomó tímidamente. El pasillo del segundo era idéntico al suyo, pero había algo diferente. La puerta del 2ºB —la que correspondía a su propia casa pero un piso más abajo— estaba abierta de par en par. Desde el interior, salía una luz cálida y el sonido de una televisión.
Paco no pudo evitarlo. Dio un paso fuera del ascensor, atraído por una fuerza invisible, una curiosidad que pesaba más que el miedo.
—Paco, no —le rogó Elena, pero ella también salió, incapaz de quedarse sola en la cabina.
Se acercaron a la puerta abierta del 2ºB. Paco asomó la cabeza. Lo que vio le heló la sangre de una forma que nada de lo anterior había logrado. Era su salón. Exactamente su salón. El sofá hundido, el mando a distancia sobre la mesa ratona, la bolsa de patatas fritas volcada en el suelo… y dos personas sentadas en el sofá.
Eran ellos.
Un Paco y una Elena de espaldas, sentados tranquilamente, viendo la televisión apagada, como si estuvieran esperando algo.
—Esto no puede ser —balbuceó Elena, agarrándose al marco de la puerta—. Esos somos nosotros. Pero estamos aquí.
En ese momento, el Paco que estaba sentado en el sofá se giró lentamente. No tenía rostro. Donde deberían estar los ojos, la nariz y la boca, solo había una superficie lisa de piel, como una máscara de cera mal terminada. Pero a pesar de no tener boca, la voz volvió a sonar, esta vez no a través de un teléfono, sino directamente en sus mentes, una vibración profunda y antigua.
—Os dije que el tiempo es un círculo —dijo la voz sin rostro—. Y en este círculo, siempre hay alguien que llega tarde.
El Paco sin rostro se levantó. El sonido de sus pasos sobre el parqué era real, sólido, rítmico. Avanzó hacia ellos con una parsimonia aterradora. Elena soltó un grito que se quedó ahogado en su garganta. Paco intentó retroceder, pero sus pies parecían pegados al suelo del descansillo.
De repente, el móvil de Paco, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, empezó a sonar. “Bzzz-bzzz”.
Paco, en un acto reflejo de pura locura, sacó el teléfono y contestó.
—¿Diga? —gritó.
—Contestaste y colgaste rápido —dijo una voz al otro lado. Era la voz de Elena. Pero no la Elena que estaba a su lado, sino una Elena que sonaba como si estuviera en el salón de arriba, en su verdadera casa.
—Elena… —logró decir Paco, mirando a la Elena que tenía al lado, la cual también estaba sacando su propio móvil.
—Era spam —respondió el Paco que estaba a su lado, con una voz mecánica, carente de emoción.
Paco miró a su mujer. Sus ojos estaban empezando a borrarse, su piel a volverse lisa. Estaba ocurriendo delante de él. La Elena real se estaba convirtiendo en la Elena sin rostro.
—El spam no susurra tu nombre —dijo Paco, pero ya no era él quien hablaba. Sus cuerdas vocales se movían solas, pronunciando las palabras del guion que parecía estar escrito en el aire mismo del edificio.
El Paco sin rostro llegó hasta el umbral de la puerta. Extendió una mano y le quitó el móvil a Paco. Se lo llevó a donde debería estar su oreja.
—¿Quién es? —preguntó la voz de la Elena de arriba, a través del altavoz.
El Paco sin rostro miró fijamente al Paco real, que sentía cómo su propia identidad se desvanecía, cómo sus recuerdos se convertían en humo gris. El pasillo empezó a oscurecerse, el edificio a vibrar como si un tren subterráneo pasara justo por debajo.
—El miedo —respondió el Paco sin rostro, con la voz más humana y dulce que Paco había oído nunca.
—¿Qué? —preguntó la Elena de arriba.
—El miedo responde primero —sentenció la criatura.
Y en ese instante, todas las luces del edificio se apagaron a la vez.
Paco sintió un vacío absoluto, una caída libre hacia la nada. Ya no había suelo, ni paredes, ni Elena. Solo el eco de su propio nombre susurrado por mil voces distintas, todas con su propio tono.
Cuando volvió a abrir los ojos, Paco estaba hundido en el sofá. Tenía una bolsa de patatas fritas a medio terminar en el regazo y el mando a distancia en la mano derecha. La televisión escupía anuncios de detergentes. La tarde en Madrid tenía ese color ocre y pesado de siesta mal dormida.
Se sentía extraño, como si hubiera tenido un sueño muy largo que no lograba recordar del todo. Se palpó la cara. Todo estaba en su sitio. Ojos, nariz, boca. Suspiró con alivio.
De repente, Elena entró en el salón con el paso firme. Se detuvo delante de la pantalla, obligándolo a mirarla. Tenía el ceño fruncido.
—Paco —dijo ella.
—Dime, tesoro. ¿Ha pasado algo?
—He pasado por el pasillo y tu móvil ha vibrado. Has contestado y has colgado tan rápido que parecía que quemaba. ¿Quién era?
Paco sintió un déjà vu tan fuerte que le produjo una náusea física. Se rascó la nuca, buscando la respuesta automática, la que siempre daba para evitar líos.
—Ah, eso. Nada, mujer. Una tontería. Era spam.
Elena no se movió. Sus ojos se clavaron en los de él.
—¿Spam, Paco? Qué curioso. Porque yo estaba lo bastante cerca como para oír algo. Y el spam no susurra tu nombre.
Paco sintió que un temblor empezaba en sus dedos. Miró hacia la ventana. Fuera, debajo de la farola, un Seat Ibiza blanco estaba aparcado. Y dentro, alguien le devolvía la mirada.
El círculo se había cerrado. Y en esta casa, el miedo siempre respondía primero, porque la verdad ya no tenía a quién contestar.