Resulta que el padre de Alejandro, un tal Juan Sánchez Frías, ya había tenido broncas gordas con la ley hace años allá en Ensenada, cuando lo pescaron con un arsenal que ni el mismo ejército carga. Con ese antecedente te das cuenta de que en esa casa las pistolas y el dinero sucio eran el pan de cada día, un ambiente pesado donde mi amiga Carolina terminó metida sin saber el peligro real que corría.
Si la fiscalía termina de amarrar esos cabos, se entiende perfectamente por qué la vieja sabía usar también esa 9 mm. Disparar así no es cosa de principiantes y ella claramente ya tenía práctica con los fierros que guardaba el marido. Esa estructura familiar de armas y recursos turbios fue lo que le dio el soporte para pagar vuelos internacionales de último minuto y darse la gran vida en zonas residenciales exclusivas, mientras la policía la buscaba por cielo, mar y tierra.
No era solo una suegra enojada, era una mujer que sabía moverse en el fango con el respaldo económico suficiente para contratar abogados y comprar silencios en el extranjero, mientras nosotros seguíamos esperando justicia para caro. Nada de esto fue una ocurrencia de último minuto, ni se armó con calderilla. Moverte así requiere una logística que te deja frío.
Hay un detalle que la policía está revisando con lupa y es viaje desde Ensenada hasta la Ciudad de México. Porque mira, la vieja no apareció en Polanco por arte de magia. 4 días antes de jalar el gatilló se aventó un recorrido de casi 3,000 km desde Baja California. Alguien la trajo. Alguien manejó esas más de 40 horas de carretera y la fiscalía se está preguntando quiénes eran esos acompañantes misteriosos.
No sabemos si eran cómplices que ya sabían que venían a silenciar a Carolina o si solo fueron los chóeres que le facilitaron el camino y la lana para que después del desmadre ella pudiera salir huyendo hacia el Pacífico. Mientras esa mujer volaba sobre el Caribe buscando refugio en Venezuela, aquí en México la justicia apenas empezaba a calentar motores y siempre un paso atrás.
Alejandro se esperó hasta el 16 de abril para soltar la sopa en el Ministerio Público y aunque la orden de captura salió al día siguiente, el daño ya estaba hecho. Para cuando los papeles estuvieron listos el 17, Erika ya se les había escapado por las manos. Había pasado por Panamá un día antes y ya respiraba aire venezolano.
Fue una carrera contra el tiempo donde el sistema falló porque ella ya les llevaba la delantera, dejando a los investigadores trabajando a marchas forzadas y en absoluto silencio para tratar de rastrear a una mujer que parecía tener todo fríamente calculado, mientras nosotros nos quedamos con el vacío de la ausencia de caro.
La maquinaria legal finalmente empezó a moverse, pero lo que descubrieron en esos peritajes te revuelve las tripas. Las fiscalías y la Interpol armaron el rompecabezas con lo que grabó ese monitor de bebés. Ahí quedó marcada para siempre la imagen de Erik, persiguiendo a Carolina hacia el cuarto, el estruendo de los plomazos y esa confesión cínica que soltó después.
Los forenses no se anduvieron con rodeos, 12 balazos repartidos con una precisión de miedo, seis directo a la cabeza y seis al pecho. Eso no fue un accidente ni un arrebato de un segundo. A mi amiga la ejecutaron con una frialdad que solo alguien que sabe muy bien lo que hace puede tener. Fue una carnicería metódica diseñada para no dejarle ni una mínima oportunidad de sobrevivir.
Das después de que la sangre de Caro manchara a ese departamento de Polanco, las autoridades dieron con la ubicación de la vieja en Caracas. Pero como si no fuera suficiente con el dolor, la justicia casi se les vuelve a resbalar por un tecnicismo. Resulta que la famosa ficha roja de Interpol todavía no estaba activa en el sistema cuando la encontraron el 24 de abril y por un momento pareció que se les iba a pelar otra vez.
Para no dejar que esa mujer se esfumara de nuevo hacia otro escondite, los agentes venezolanos tuvieron que ponerse listos y aplicaron una jugada local. La arrestaron bajo el cargo de resistencia a la autoridad. Así, mientras el papeleo internacional terminaba de llegar, lograron mantener tras las rejas a la mujer que con una mano en la cintura le arrebató la vida a nuestra compañera.
Esa detención por desacato fue una jugada de ajedrez necesaria, aunque era un cargo de nada comparado con la carnicería que le hizo a Carolina. Sirvió para mantenerla guardada mientras el papeleo diplomático volaba entre países y la alerta roja de Interpol terminaba de cuajar. En esos días de incertidumbre, la señora sacó las garras y se puso al tú por tú con la policía en Caracas.
Imagínate el descaro. Juraba que no era ella. Se inventaba quien sabe qué nombres y reclamaba que no tenían derecho a tocarla. Estaba tratando de ganar segundos, de enredar a todo el mundo con sus mentiras para ver si pescaba una oportunidad de escaparse otra vez, pero se le acabó el corrido cuando mandaron las huellas y los datos desde México.
La tecnología no miente. El intercambio de información confirmó que esa mujer que se ponía digna en Venezuela era la misma que 10 días atrás había vaciado una pistola sobre mi amiga en Polanco. Para el 29 de abril ya no había vuelta atrás. La fiscalía soltó el bombazo de que la captura era oficial y la ficha roja quedó encendida como un faro.
Ahí fue cuando empezó el verdadero calvario burocrático, porque traerla de vuelta para que rinda cuentas no es cosa de un día para otro. Ahora todo depende de que la Fiscalía de México y la cancillería venezolana se pongan de acuerdo, llenando formularios y cumpliendo con requisitos que tienen que ser perfectos para que no haya errores.
Es un proceso pesado, lleno de tecnicismos diplomáticos donde cada punto y cada coma cuentan, pero es el camino que nos queda para que esa mujer deje de esconderse tras fronteras y regrese a enfrentar la realidad de lo que hizo en aquel departamento. Ahora viene la parte donde los licenciados se pelean con los papeles y créeme que la Fiscalía de México tiene que hilar muy fino para que esa señora no se les escape por un hueco legal.
Tienen que demostrarle a Venezuela que lo que hizo Erica no fue cualquier cosa, presentando cada evidencia y asegurando que aquí se le va a juzgar como Dios manda. Lo bueno para nosotros es que existe eso que llaman doble criminalidad. Básicamente, como allá en Venezuela también el feminicidio es un delito grave, no tienen excusa para decir que no es para tanto.
Ese es el golpe más fuerte que les pueden dar, porque echa abajo el pretexto de que allá no es pecado lo que ella vino a hacer aquí a Polanco. Pero no te equivoques, esa mujer y sus abogados no se van a quedar de brazos cruzados en Caracas. En cuanto empiece la audiencia, van a intentar ensuciar el proceso diciendo que la arrestaron mal o que las pruebas de la escena del crimen no son de fiar.
Lo más seguro es que quieran jugar la carta de la edad o que está enferma dándose baños de pureza para dar lástima y tratar de que no la suban al avión. Esos trucos pueden hacer que todo se vuelva eterno. Estamos hablando de semanas o hasta meses de espera mientras las cancillerías se mandan documentos de un lado a otro.
Al final, todo depende de qué tan rápido se muevan los gobiernos, porque mientras ellos discuten términos legales, nosotros seguimos esperando que esa señora ponga un pie en México y pague por cada una de las balas que le metió a mi amiga. La justicia mexicana dice estar muy segura de que pronto la traerán de vuelta, sobre todo por el ruido que hemos hecho todos y porque las pruebas contra esa señora son una montaña difícil de ignorar.
En cuanto los jueces allá en Caracas, en el visto bueno, la Interpol o la policía de aquí se van a trepar al avión para ir por ella y traerla directito a Santa Marta. Catitla o al reclusorio norte. Y ahí es donde empieza lo bueno, porque la pregunta que nos quita el sueño a todos los que queríamos a Carolina es cuánto tiempo va a pasar esa mujer pagando por lo que hizo.
En este país, matar a una mujer por el hecho de serlo se paga caro y las leyes de la Ciudad de México no se andan con juegos. Estamos hablando de que podría comerse entre 40 y 60 años de cárcel, pero la cosa se le puede poner mucho más negra. Los fiscales tienen tela de donde cortar para que no salga nunca, porque lo que le hizo a mi compañera tiene agravantes que te dejan helado.
El primero es que lo tenía todo fríamente calculado. Nadie me quita de la cabeza que esas maletas listas antes de los balazos son la prueba de que ya sabía que iba a matar. Además, esa hazaña de meterle 12 tiros divididos entre el pecho y la cabeza no es de alguien que perdió la cabeza un segundo. Eso es una ejecución planeada con toda la mala intención del mundo.
Y para rematar está el tema de que era su propia suegra. Ese lazo familiar hace que el delito sea todavía más imperdonable ante la ley. Con todo eso en su contra, esa señora se encamina a pasar el resto de sus días tras las rejas, que es lo mínimo que se merece después de habernos arrebatado a Carolina de esa forma tan cruel.
Lo que hizo esa señora no tiene nombre y el hecho de que fuera la suegra de Carolina lo vuelve mil veces más bajo. Que la asesina fuera parte de su propia familia, alguien que vivía bajo el mismo techo, es un agravante que la ley no va a dejar pasar. Mi amiga estaba en una posición superfágil. Acababa de ser mamá y tenía que convivir diario con esa mujer que resultó ser su peor enemiga.
Pero lo que más te revuelve el estómago es lo que los abogados llaman saña o esa onda del Uvercool. Meterle 12 plomazos en órganos vitales es una exageración de violencia, una carnicería innecesaria porque con los primeros tiros ya le había quitado la vida. Eso demuestra que no solo quería matarla, quería deshacerla y esa brutalidad es la que va a hacer que el juez le deje caer todo el peso del código penal.
Si logran amarrar bien que hubo plan con Maña, que abusó del parentesco y que se ensañó de esa forma tan enferma usando un arma de fuego, la sentencia se le va a subir hasta las nubes, fácil llegando a los 70 años. Échenle cuentas, la señora tiene 63 ahorita, así que cualquier condena pesada es en realidad una cadena perpetua disfrazada.
No hay forma de que salga viva de la cárcel si le dan el máximo. Y la neta es lo justo para alguien que no tuvo piedad. Pero ojo que aquí la cosa no se queda solo en ella, porque todavía faltan muchas verdades por salir a la luz sobre quien más permitió que esto pasara. Pero no crean que la cosa termina con la vieja, porque Alejandro, el esposo de Carolina, también tiene mucha tela de donde cortar y la ley ya lo tiene en la mira.
Los que saben de leyes son claritos. El tipo se tardó un día entero en abrir la boca mientras sabía perfectamente que mi amiga estaba ahí tirada. estaba presente, escuchó a su madre confesar la atrocidad, la vio agarrar sus cosas y largarse, y el muy cobarde no movió un dedo, ni llamó a un ambulancia, ni avisó a la policía.
Eso en el código penal no es cualquier tontería. Lo están acorralando por omisión de auxilio, por no denunciar a tiempo y lo más pesado, por encubrimiento o complicidad. No se puede ser tan frío para ver morir a la madre de tu hijo y dejar que la asesina se escape como si nada. Ahora sus abogados salen con el cuento de que solo quería proteger al bebé y que por eso grabó esos videos dando instrucciones de cuidado, según él, por si lo metían al bote.
Pero a nosotros no nos hacen tontos y a la fiscalía menos. Para los investigadores, esos videos huelen a puro teatro, a una táctica ensayada para hacerse la víctima y justificar por qué se quedó callado tantas horas. Parece que todo fue una maniobra para darle tiempo a su madre de cruzar la frontera mientras el armaba su teatrito de padre preocupado.
Esa inacción durante las horas más críticas es lo que lo tiene contra las cuerdas, porque mientras él grababa videítos, la asesina de Carolina ya estaba a miles de kilómetros de distancia gracias a su silencio. Lo que más me hierve la sangre es lo que cuenta doña reina, la mamá de Carolina. dice que cuando intentó localizar a su hija y le marcó a Alejandro, el tipo le salía con puras evasivas y no decía nada claro de lo que estaba pasando en ese departamento de Polanco.
Mientras mi amiga yacía ahí, él andaba ocultando la verdad por teléfono. Eso le da a la fiscalía todas las armas para demostrar que este cuate no solo fue un cobarde, sino que protegió a la asesina activamente. Es increíble como alguien puede poner la lealtad hacia una madre criminal por encima de la vida de su propia esposa.
Ese silencio cómplice es el que hoy lo tiene bajo la lupa, porque en el momento en que decidió callar para que la vieja huyera, se volvió parte del mismo fango y en medio de todo este infierno quedó el más inocente de todos, el bebé. Ese angelito de 8 meses tuvo que presenciar como le arrebataban a su madre y ahora para colmo está atrapado en una pelea de custodia que me parte el alma.
Alejandro lo tiene con él, pero doña Reina ya denunció que el tipo le pone mil trabas para que la familia de Carolina pueda ver al niño. Es indignante que el pequeño esté bajo el mando de alguien que está siendo investigado por no haber movido un dedo mientras mataban a su mamá. Ahora, mientras Erik espera su extradición, se ha desatado una guerra legal por el bebé.
Las autoridades tienen que entrarle al quite ya, porque ese niño no merece seguir en manos de quienes permitieron que su hogar se convirtiera en una escena del crimen. Allá en Enenada, de donde era Carolina, la gente no se quedó de brazos cruzados. Fue impactante ver a más de 300 personas marchando por las calles de su tierra, esa misma ciudad que la vio crecer y donde se coronó como reina de belleza.
No eran solo números, era el grito de una comunidad herida que no puede creer que a una madre tan joven la haya silenciado quien se supone era su familia. El caso de mi amiga se volvió un estandarte. Nos recordó a todos que esta violencia no distingue si tienes dinero o si vives en una zona de lujo. Te alcanza donde sea y viene de quien menos te lo esperas.
Ver a sus vecinos y a su gente exigiendo justicia fue la prueba de que el dolor por lo que le pasó a Caro traspasó las paredes de aquel departamento en Polanco. Lo que sí hay que reconocer, aunque me duele admitirlo, por lo tarde que llegó para ella, es como se movieron las policías de diferentes países. A pesar de que México y Venezuela siempre andan del chongo por la política, esta vez los técnicos y la Interpol se pusieron las pilas y funcionaron como un relojito.
No dejaron que los pleitos de los presidentes estorbaran, mandaron las huellas y la ficha roja por debajo del agua. conectando a los agentes de ambos lados de forma directa. Gracias a ese puente que tendió la Interpol, la información fluyó sin necesidad de que los políticos se sentaran a platicar, logrando que la asesina no pudiera esconderse más tiempo detrás de una bandera extranjera, mientras nosotros aquí seguimos pidiendo que no se olviden de lo que le hicieron a Carolina.
Las autoridades en Venezuela no perdieron el tiempo y se movieron rápido en cuanto les cayó el aviso. Como la ficha roja todavía no estaba al 100%, se pusieron listos y la agarraron por un delito local solo para no dejarla ir mientras el papeleo internacional terminaba de amarrarse.
Esa forma de trabajar, donde las policías saltan la burocracia política y usan las leyes de casa para que un criminal no se escape es algo que debería pasar más seguido cuando estos cobardes huyen a países con los que México no se lleva bien. Es una ironía muy amarga, pero la tragedia de mi amiga Carolina está sirviendo para que en toda Latinoamérica los protocolos para perseguir a los que matan mujeres sean mucho más efectivos y no se queden atorados en las fronteras.
Pero que no se confundan, que la vieja esté encerrada allá en Caracas no significa que ya ganamos. La verdadera justicia para Caro va a llegar cuando la sienten en un banquillo aquí en México, cuando se presente cada prueba con toda la mano y cuando el juez dicte una condena que de verdad pese que esté a la altura de la brutalidad que cometió contra una muchacha de 27 años.
Erika pensó que con sus maletas preparadas, su vuelo a Panamá y su teatrito de negar quién era en Venezuela, ya la había librado y que la distancia borraría su crimen. Creía que podía poner tierra de por medio y olvidarse de los 12 disparos, pero se le olvidó que el pasado siempre te alcanza. 14 días le duró el sueño de impunidad antes de que la realidad le cerrara el paso y le recordara que nadie se escapa de lo que le hizo a mi compañera.
Lo que le queda a esa mujer ahora que se le acabó el mundo, es una celda fría de la que por su edad lo más seguro es que salga solo en una caja de madera. Entre lo que grabó el monitor del bebé, el rastreo de la fiscalía y la movilización de la Interpol, ya no tiene escapatoria. Carolina, nuestra amiga, la reina de Ensenada que solo quería cuidar a su familia, se merece que ahora el sistema no nos falle y que la justicia caiga con todo su peso, sin errores que le den una salida fácil.

El pequeño de 8 meses va a crecer con un vacío que nadie llena, pero al menos sabrá que no nos quedamos de brazos cruzados y que el gobierno fue capaz de ir por la responsable hasta el fin del mundo para demostrar que lo que le hicieron a su madre no quedó impune. Si te impactó esta historia tanto como a nosotros, no olvides darle like al video y suscribirte al canal para no perderte ni un detalle de este caso.
Tu opinión cuenta mucho, así que déjanos tu comentario aquí abajo. ¿Crees que la justicia mexicana logre traerla pronto o se saldrá con la suya? Quédate con nosotros porque vamos a seguir compartiendo todas las noticias, las polémicas y los secretos mejor guardados del mundo del espectáculo y los casos que sacuden al país.