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Mata Hari: La Espía más Famosa del Mundo… que Nunca fue Espía

La niña, que dos años antes paseaba en una carroza tirada por cabras, dormía esa noche en una habitación prestada en casa de un padrino que apenas la conocía. La caída fue brutal y sobre todo pública. En Leo Warden todo el mundo sabía. Todo el mundo recordaba a la niña de los vestidos de princesa. Todo el mundo había oído hablar de la quiebra del padre.

Todo el mundo había asistido al funeral discreto de la madre. Margareta creció bajo esa mirada vigilante de los vecinos, esa mirada que en los pueblos pequeños puede ser más cruel que cualquier sentencia. Aprendió temprano una lección que la acompañaría toda la vida. En este mundo las apariencias importan más que la verdad y una mujer caída raramente vuelve a levantarse en el lugar donde cayó.

Si quería renacer, tendría que hacerlo lejos. Esa orfandad temprana, esa pérdida brutal del hogar y de la madre, dejaría una huella profunda en Margareta. Buscaría toda su vida lo que perdió a los 14 años, una identidad, un sitio, alguien que la quisiera de verdad y empezaría a buscarlo peligrosamente en los lugares equivocados.

A los 16 años, mientras estudiaba en una escuela donde se formaba a las jóvenes para ser maestras, se vio envuelta en un escándalo, una relación con uno de los directores del establecimiento. Las versiones varían sobre si fue una iniciativa de ella o un abuso del adulto, pero el resultado fue el mismo. Margareta fue expulsada, marcada, estigmatizada en un pueblo donde las reputaciones, una vez rotas no se reparaban jamás. Tenía 18 años.

Ninguna formación, ninguna fortuna, ninguna reputación y leyó un día cualquiera un anuncio en el periódico que cambiaría su vida. Un capitán del ejército colonial holandés, Rudolph Macliad, 20 años mayor que ella, buscaba esposa para llevarse a las Indias orientales neerlandesas, lo que hoy es Indonesia.

La idea le pareció una vía de escape. Salir de Holanda, salir de la pobreza, salir de la sombra del escándalo, cruzar el mundo y empezar de cero, respondió al anuncio. Mantuvieron una breve correspondencia. El 11 de julio de 1895 en Ámsterdam, Margareta Cell se casó con un hombre al que prácticamente no conocía.

Pocas semanas después, el matrimonio Mcleod embarcó hacia Java. Para Margareta, el viaje debió de tener algo de sueño cumplido, dejar atrás el frío gris de Holanda, los rumores, la familia rota y descubrir un mundo tropical exuberante, lleno de colores y de perfumes desconocidos. Y al principio Java sí pareció ofrecerle algo nuevo. Aprendió palabras de malayo y de jabanés.

Vistió Sarongs como las mujeres locales, observó las danzas tradicionales en los templos, asistió a las ceremonias indígenas. Esa fascinación por la cultura jabanesa, esa absorción casi mística de sus formas y sus gestos, le serviría años más tarde para reinventarse. Pero en aquel momento era solo curiosidad y refugio. Las Indias orientales neerlandesas, a finales del siglo XIX, eran un mundo aparte, una colonia inmensa, rica en especias, en caucho, en plantaciones de azúcar.

Los europeos vivían allí como pequeños reyes, servidos por ejércitos de criados locales, dueños de mansiones y de jardines, separados por una línea invisible, pero rígida del pueblo jabanés al que despreciaban. La pareja Macleot se instaló en Malang, en la parte oriental de la isla de Java, donde el capitán mandaba una guarnición. Margareta, holandesa, pero más culta y más curiosa que la mayoría de las esposas de oficiales, se interesó por aquel mundo que las otras europeas evitaban.

Iba a los mercados, hablaba con las mujeres locales, aprendía sus canciones, observaba a las bailarinas jabanesas en las ceremonias del kratón porque su marido se reveló pronto como un infierno. Rudolf Mcleot era alcohólico, infiel, brutal. La engañaba abiertamente con mujeres locales, la humillaba en público, la golpeaba en privado.

Existe un testimonio escrito por la propia Margareta sobre una noche en que Mcleot regresó a casa fuera de sí, armado con un cuchillo, dispuesto a matarla. Ella escapó por puro azar. Una silla se cayó al suelo. El ruido lo desconcertó por un instante y ella tuvo tiempo de alcanzar la puerta y pedir ayuda. La salvó una silla.

Esa frase, dicha por ella misma, dice más sobre su matrimonio que cualquier descripción. Lo terrible es que esa violencia no era un secreto. Los demás oficiales de la guarnición lo sabían, las esposas europeas lo sabían, los criados jabanes lo sabían. Pero en la sociedad colonial de la época, lo que un marido hacía dentro de su casa era asunto suyo.

Una mujer golpeada por su esposo no tenía a dónde ir. No tenía recursos, no tenía familia cerca, no tenía leyes que la protegieran. Margareta aprendió en aquellos años algo más amargo que cualquier traición. Aprendió que el mundo entero estaba dispuesto a mirar hacia otro lado mientras un hombre destruía lentamente a su esposa, siempre que las apariencias quedaran a salvo.

Tuvieron dos hijos en esos años. Norman John, nacido el 30 de enero de 1897, Luis Jan, llamada cariñosamente, nacida el 2 de mayo de 1898. Los dos niños fueron durante un tiempo, lo único que mantuvo a Margareta de pie en aquel matrimonio eran sus razones para resistir, para no romperse del todo.

Pero la tragedia, que llevaba años acechándola, estaba a punto de golpearla con una fuerza que ningún ser humano debería soportar. 27 de junio de 1899. Una noche calurosa en Java. Margareta se preparaba para acostarse. La casa estaba en silencio. Los niños dormían en la habitación contigua como cada noche. Norman, 2 años. Non, un año y un mes.

Sus dos hijos. Y entonces oyó los gritos. No eran gritos normales, eran gritos de dolor, gritos de muerte. Corrió a la habitación de los niños, lo que vio nunca podría olvidarlo. Norman y se retorcían en las camas, vomitando, agonizando. Alguien los había envenenado. La pequeña Non sobrevivió. Norman no murió esa misma noche en los brazos de su madre, mientras ella le suplicaba que aguantara. Tenía 2 años.

La investigación posterior apuntó a los sirvientes locales como venganza por los malos tratos de Macleot, pero eso no importaba ya. Ningún culpable podía devolverle a Norman. Esa noche, en aquella casa colonial perdida en la isla de Java, Margareta Cell perdió a su hijo pequeño para siempre y junto con él perdió algo dentro de sí misma que jamás recuperaría.

La mujer que años más tarde sería pintada como una seductora sin alma era en realidad una madre que había visto morir a su hijo de 2 años sin poder hacer nada. Esa herida está debajo de toda su historia, debajo de cada baile, debajo de cada amante, debajo del beso final al pelotón. Existen cartas que Margareta escribió en las semanas siguientes. No podía dormir.

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