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ESPECIAL: Hazaña futbol | Capítulo 2: Grandes jugadores extranjeros

españoles? Así está el mundo. Desde siempre el fútbol mexicano se ha nutrido de la llegada de grandes extranjeros a las canchas nacionales. [música] Quizá el primer gran extranjero que jugó en México fue Isidro Lángara. Goleador, nato y símbolo de la selección española. Lángara impartió cátedra en México a finales de los años 30.

En México, Lángara amplió su fama de anotador estrella. Antes había conquistado campeonatos de goleo en España y Argentina. El juego de Ángara abrió el apetito de centenares de jóvenes mexicanos. que vieron en el fútbol una nueva obra de arte deportiva. [grito][gemido] Después del Ángara llegó a México el primer jugador extranjero con tintes de liderazgo, [música] Luis Regueiro.

Primero en el Asturias y luego en el América, Regueiro aprovechó su recio [música] carácter para reclamar cualquier decisión arbitral y poner en orden a sus compañeros. Regueiro, [música] quien también fue internacional español, era conocido como el corso y guardaba como su arma más importante una velocidad notable y una pierna zurda capaz de cualquier cosa.

[música] La siguiente gran oleada de extranjeros llegó a México en la década de los 50. El primero en llegar fue un titán de la portería llamado Walter Ormeño. El gigantesco peruano llegó al América después de triunfar con Boca Juniors y afianzado como el portero titular de la selección de Perú.

La gloria de Ormeño fue grande hasta que durante un partido perdió su memorable suavidad y fue acusado de golpear a un árbitro. La suspensión de 6 meses golpeó fuertemente el ánimo del gigante de Ébano, quien regresó dolido, pero volando con la misma autoridad. [música] De aquel gran América de los 60, el símbolo tenía nombre y apellido.

José Alvez Sague, espigado brasileño de interminable zancada, se convirtió en el consentido absoluto de la afición. El lobo solitario se adueñó de su terreno como si fuera su propia estepa y corrió incansable durante nueve temporadas con el América. Los cabezazos de Sague, rectos y con la fuerza de un martillo, son parte de la gloria americanista.

Su incansable gambeta y su amor por México dejaron decenas de goles y varios triunfos memorables en las vitrinas americanistas, pero también dejaron algo más importante, un hijo que años después y con el mismo correr largo y desgarbado sería símbolo del equipo de sus amores. Falta que había marcado Yamasaki el servicio.

La década de los 70 fue la gran época del Cruz Azul. Los aficionados reconocen a Miguel Marín como el gran símbolo cementero, pero es imposible imaginar a la saga azul sin la presencia elegante y segura de Alberto Quintano. Quintano, el defensa central, un chileno magnífico, Alberto Quintano, creo que debe haber padecido terriblemente.

Quintano fue elogiado y la gente sabía por qué no necesitas advertir cuando ves pasear la galanura, cuando ves pasar a un verdadero príncipe que pisa el céspe de las canchas con ese con ese talento y esa gracia que tenía don Alberto Quintano. Los grandes defensas centrales saben mandar y pocos lo han hecho como Quintano.

El central azul gustaba de salir jugando con el balón pegado a los botines para armar una jugada. pocas veces realizó algo despatarrado o un despeje innecesario. Siempre en perfecta condición física, Quintano inspiraba tal respeto que muchos de sus compañeros le hablaban de usted. Una hazaña fútbol gambeteada a Quintano de lado fuerte de Quintano lo venció.

La contraparte de Quintano fue el duro y valiente Miguel Ángel Cornero. La fuerza de Cornero era tal que Ángel Fernández, mago de los apodos, decidió llamarlo el confesor. Y tú que no dejasar a nadie y que materialmente los acogotas y lo sometes a tu voluntad, tú eres Miguel Ángel Cornero, el confesor. De los pocos equipos a los cuales Borja no le ha anotado.

Cornero llegó al América en 73, pero fue vendido a Cruz Azul en 76. El confesor fue pieza fundamental para armar al gran equipo celeste de la segunda mitad de los 70. Rechaza. ¡Gol de Borja! [grito] Borja Valdés Martínez. Su especialidad era ese arte tan necesario como incómodo. Ablandar al contrario. América. El golpeo correcto y fuerte del balón es pieza fundamental en el fútbol.

Pocos lo han hecho, como Osvaldo Castro pata bendita. En los equipos que militó, el pata siempre fue considerado pieza clave. Con una zurda privilegiada, pegaba como patada de mula, pero con una dirección inaudita. Fue campeón de goleo en 74 con América y subcampeón en varias ocasiones con América y Jalisco. Silvatazo del árbitro, el tiro de Osaldo.

¡Gol! se convirtió en el cobrador oficial de tiros libres en el América, aún por encima de Carlos Reynoso. Miguel Marín tuvo su contraparte americanista en Héctor Miguel Celada. Celada jugó 9 años para el América y fue el portero águila en buena parte de los títulos conseguidos por su equipo en los 80.

El petizo Celada, de reflejos felinos y vuelos espectaculares, revolucionó la portería americanista y se convirtió en el ídolo de miles de niños que soñaban con traer el pelo alborotado que [música] puso de moda el argentino. Celada fue crucial en varios partidos históricos, deteniendo penales, [música] asusando a los contrarios y siendo el líder de la defensa águila.

Algunos de los grandes extranjeros en México han tenido carreras largas. pasando de equipo en equipo como generales contratados para darle un giro al destino. Pocos trotamundos han tenido el éxito de Ricardo el Tuca. Ferretti Ferretti llegó al Atlas en 77 y no volvió a dejar México. Son inolvidables el número siete y el carácter severo que Ferretti ha llevado ahora hasta la banca en sus años de entrenador.

El Tuca ha quedado grabado en la historia de fútbol nacional por un gol de antología. Cuando golpeó la pelota que terminaría en el fondo de las redes de Adrián Chávez, Ferretti no solo culminó una larga búsqueda para Pumas, también puso punto final a la carrera de un extranjero que ahora ya es más mexicano que el mole.

Daniel Alberto, el ruso Brailovski estuvo poco tiempo en el América, pero su endemoniada zancada y su velocidad eléctrica han quedado ahí para el recuerdo. Pocos jugadores han dominado a tal grado a las defensas rivales, como lo hizo el ruso durante aquellos primeros años de los 80 en que hizo suyo el desborde del ataque americanista.

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