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El Ministro de 15.000 Hombres que Traicionó a Cárdenas por Petróleo y fue MASACRADO

El cheque era de un banco de Houston. Cedillo guardó el cheque, quemó la carta, no porque fuera a rechazar la propuesta, sino porque los documentos que implican eran documentos que se destruían antes de que alguien pudiera encontrarlos. Y Cedillo había aprendido esa lección hace mucho, en los años de la revolución, cuando las cartas que no se quemaban aparecían después en los juicios militares.

Lo que el general no quemó fue la lógica que el sobre contenía. La lógica de que Lázaro Cárdenas con su reforma agraria y su expropiación petrolera y sus sindicatos y su alianza con la izquierda internacional era el tipo de presidente que un hombre como Cedillo, que había construido su poder sobre el orden específico del ccicazgo y no sobre ninguna ideología exportable, no podía seguir tolerando indefinidamente.

Esa lógica lo llevaría a la rebelión. La rebelión lo llevaría a la sierra de San Luis Potosí. Y la sierra de San Luis Potosí, a diferencia de la sierra de Chihuahua, que había protegido a Villa dos décadas antes, lo llevaría a la muerte. Para entender por qué Saturnino Cedillo traicionó a Cárdenas, hay que entender primero qué era Cedillo, qué había construido en San Luis Potosí y por qué la expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938 fue el detonante que lo convenció de que el momento había llegado.

Saturnino Cedillo era el producto más completo del México postrevolucionario que el México postrevolucionario había producido. No era un ideólogo, no era un intelectual, ni un abogado, ni el tipo de figura que la revolución había generado en abundancia en las ciudades. era un ranchero de la huasteca potosina que había tomado el rifle en 1910 cuando tenía 17 años y que en los 25 años siguientes había acumulado, a través de la violencia y de la habilidad política y de la lealtad que generaba en los que combatían con él, un poder regional que

ningún gobernador nombrado desde la Ciudad de México podía ejercer sin su consentimiento. era el señor de San Luis Potosí, no en el sentido de los latifundistas porfirianos que poseían la tierra, en el sentido de los caudillos revolucionarios que poseían la lealtad de los que habitaban esa Tierra, que era un tipo de poder más antiguo y más difícil de desmantelar, porque no dependía de los títulos de propiedad, sino de las relaciones personales que se construyen en décadas de compartir la causa y el peligro.

Sus 15,000 hombres armados, conocidos en México como los agraristas edillistas, no eran un ejército regular, no usaban uniformes, no tenían rangos formales. Eran rancheros y campesinos que habían recibido tierra del general Cedillo en el proceso de reparto agrario que él había ejecutado en San Luis Potosí, con más rapidez y más efectividad que cualquier otro estado del país, y que a cambio de esa tierra mantenían sus armas en casa y estaban disponibles cuando Cedillo los necesitaba.

era el sistema feudal más moderno de México. El general daba tierra. La tierra producía lealtad. La lealtad producía hombres armados. Los hombres armados garantizaban que nadie, ni el gobierno federal, ni los latifundistas despojados, ni los caciques rivales, pudiera amenazar al general sin enfrentarse simultáneamente a los 15,000.

Cárdenas lo sabía cuando lo nombró ministro de agricultura en 1937. Lo nombró precisamente por eso, porque un hombre con ese poder regional era más peligroso afuera del gabinete que adentro, más difícil de controlar en San Luis Potosí que en la Ciudad de México. Más probable que se convirtiera en el eje de una oposición organizada si se sentía excluido que si se sentía consultado.

Era la misma lógica con que Cárdenas gestionaba todos los poderes regionales que la revolución había producido y que el Estado central intentaba incorporar sin destruir, mantenerlos cerca, darles un rol visible y usar ese rol para reducir gradualmente el espacio de maniobra autónoma que los hacía peligrosos.

Con Cedillo la maniobra, no porque Cárdenas la ejecutara mal, sino porque Cedillo era el tipo específico de poder que no puede ser incorporado porque lo que lo define es precisamente su independencia del centro. Las compañías petroleras entendieron eso antes que nadie. El verano y el otoño de 1937 habían sido los meses donde la crisis entre las compañías petroleras y el gobierno de Cárdenas se acercaba a su punto de ruptura.

El fallo de la Junta de Conciliación y Arbitraje que les ordenaba pagar los aumentos salariales que el sindicato reclamaba había sido recibido por las compañías con la negativa soberbia, que sería la última decisión que tomarían antes de que Cárdenas les quitara todo. Los abogados de Standard Oil y de Royal Dodge Shell calculaban probabilidades, diseñaban escenarios, identificaban variables.

 Una de esas variables era Cedillo. Si Cárdenas intentaba la expropiación y Cedillo se levantaba en armas, el gobierno federal tendría que dividir su atención entre administrar la nueva empresa estatal y suprimir la rebelión militar más seria que el México postrevolucionario había enfrentado desde los cristeros. En esa división de atención, la expropiación podría colapsar, la presión internacional podría ser suficiente.

México podría ceder y devolver lo que había tomado. Era un cálculo frío y completamente equivocado sobre Cárdenas, pero era el cálculo que las compañías hicieron y fue el cálculo que el sobre con el cheque de Houston comunicó a la Hacienda Las Palomas en el otoño de 1937. Cedillo no era un agente de las compañías petroleras en el sentido simple del que recibe instrucciones y las ejecuta.

 Era un poder independiente que tenía sus propias razones para oponerse a Cárdenas y que coincidía con las compañías en la conclusión, aunque no en los motivos. Las compañías querían que la expropiación no ocurriera para proteger sus inversiones. Cedillo quería que Cárdenas no siguiera acumulando poder central, porque la acumulación de poder central reducía el espacio del poder regional y el poder regional era todo lo que Cedillo era.

 Era la alianza de los que tienen razones distintas para querer el mismo resultado. también la alianza más frágil posible, porque cuando las razones distintas chocan con la realidad, la alianza se disuelve con la rapidez de los compromisos que no tienen nada en común, excepto el adversario. El 18 de marzo de 1938, Lázaro Cárdenas se sentó ante el micrófono y decretó la expropiación petrolera.

 Cedillo escuchó el discurso en las palomas. Sus colaboradores más cercanos describieron esa noche como la noche donde la decisión que el general había estado posponiendo se volvió irreversible, no porque la expropiación lo afectara directamente en términos de sus propiedades o de su poder en San Luis Potosí, sino porque la expropiación era la demostración más clara posible de que Cárdenas era el tipo de presidente que hacía lo que decía que haría, incluso cuando hacerlo costaba lo que costaba.

Un presidente así, calculó Sevillo, no iba a detenerse en la expropiación petrolera, iba a seguir acumulando poder central hasta que el poder regional fuera incompatible con el Estado que estaba construyendo. La rebelión, que llevaba meses siendo planeada en las palomas, con la mezcla de elaboración y de imprecisión que caracteriza los planes militares que no tienen suficiente inteligencia sobre el adversario, se activó en mayo de 1938.

El 15 de mayo, Cedillo abandonó la Ciudad de México. No de manera clandestina, lo hizo en tren, con su equipaje, con la naturalidad de alguien que va a su Hacienda a supervisar los trabajos de temporada. Cárdenas lo sabía. El servicio de inteligencia del gobierno había estado siguiendo los movimientos de Cedillo y de sus contactos durante meses.

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