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El genio que hizo reír a generaciones… mientras sufría su peor batalla

No tienes permiso de aparecer en público con el peso real en los ojos, porque el público no viene a ver tu peso, viene a ver a Cantinflas. Y Cantinflas siempre sonreía. Pero hubo momentos breves y reveladores en que la máscara se corrió apenas un centímetro y quienes estuvieron cerca en esos instantes dijeron siempre lo mismo, que lo que vieron detrás no se parecía en nada a lo que el resto del mundo conocía.

 México aprendió a quererlo de una manera muy particular, no como se quiere a una estrella lejana, de esas que brillan desde lejos y no se tocan. Lo quería como se quiere a alguien de la familia, como al tío que siempre tiene una historia, como al vecino que aparece en el momento exacto, como a esa presencia que uno da por sentada precisamente porque siempre ha estado ahí.

 Y esa forma de quererlo tenía un precio que nadie calculó. Cuando algo se vuelve costumbre, deja de verse. Cuando algo se vuelve símbolo, deja de ser persona. Y Mario Moreno, llevaba décadas siendo símbolo antes de que alguien dentro de su círculo más cercano se detuviera a preguntarle con calma y sin cámaras cómo estaba realmente.

 Las familias mexicanas de los años 50, 60 y 70 tenían algo en común con él que nunca nombraron en voz alta. También ellas habían aprendido a reírse para no quebrarse. También ellas guardaban los dolores en el cajón de abajo, el que nunca se abre delante de los hijos. También ellas habían convertido el humor en escudo, en idioma, en la única forma digna de atravesar semanas que a veces no tenían salida visible.

 Cantinflas no les resultaba gracioso solamente les resultaba verdadero. Y sin embargo, nadie en esas familias, mientras se reían con él en la oscuridad [música] del cine o frente al televisor de la sala, podía imaginar que el hombre que tenían enfrente estaba librando por dentro una batalla que llevaba años acumulándose en silencio.

 Para entender lo que estaba pasando dentro de Mario Moreno, hay que entender primero lo que significaba ser Cantinflas en el México de aquellos años. No la fama. La fama es fácil de imaginar. Algo más difícil que eso. Significaba que tu cara estaba en los calendarios de las tortillerías, que los niños te imitaban en los recreos sin saber exactamente qué imitaban.

 Solo que era algo que hacía reír a sus padres, que en los pueblos más pequeños del país, donde el cine llegaba tarde y en copias desgastadas, tu imagen proyectada en una sábana blanca era lo más parecido a una fiesta colectiva que muchas familias conocían. significaba que habías dejado de ser una persona para convertirte en algo que la gente necesitaba.

 Y nadie le había preguntado si quería cargar con eso. No es que lo rechazara. Sería falso decirlo. Mario Moreno había construido a Cantinflas con una disciplina que sus contemporáneos describían como obsesiva, casi fría. Cada gesto estaba calculado, cada tropiezo era ensayado, cada momento de aparente caos escondía una arquitectura invisible que solo él conocía por completo.

 Cantinflas no era un accidente, era una obra, pero las obras cuando se vuelven monumentos empiezan a pesar más que sus autores. Y hay un momento difícil de ubicar con precisión porque nadie lo registró. Y él nunca lo confesó. En que Mario Moreno dejó de construir a Cantinflas y empezó a ser atrapado por él. Algunos de sus colaboradores más cercanos, los que trabajaron con él durante años en los estudios Churubusco, hablaron después de una transformación que fue tan gradual que al principio nadie supo nombrarla.

Decían que había una versión de Mario Moreno antes de cierto año y otra versión después y que entre las dos había algo que se había apagado sin hacer ruido. Ese año que sus colaboradores no sabían nombrar con precisión, tenía, sin embargo, una fecha que cualquiera que conociera su vida privada podía señalar sin dudar.

  1. El año en que murió Valentina, Valentina Ivanova Zubaref había llegado a México desde un mundo completamente distinto. Rusa de presencia discreta, de una elegancia que no necesitaba ser anunciada, no era del medio, no buscaba serlo. En un ambiente donde todo giraba alrededor de la imagen, del reconocimiento de quién saludaba a quién en los pasillos de Churubusco, ella había elegido deliberadamente mantenerse al margen.

 Y eso, para Mario Moreno, había sido desde el principio la razón más profunda de su amor. Valentina era el único lugar donde Cantinflas no existía. Dentro de esa casa, dentro de esa relación construida lejos de los reflectores, Mario Moreno podía quitarse la máscara sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie lo estuviera esperando con una cámara.

 Podía ser torpe, podía ser silencioso, podía estar de mal humor un martes sin que eso decepcionara a nadie. Valentina no había elegido a Cantinflas, había elegido a Mario. Y esa diferencia que desde afuera podía parecer un detalle menor era en realidad la arquitectura entera de su equilibrio interior cuando ella murió de cáncer. Después de una enfermedad que él acompañó con una discreción que rayaba en el hermetismo absoluto, algo en Mario Moreno se cerró de una manera que nunca volvió a abrirse del todo.

 No volvió a casarse nunca. En casi 30 años que vivió después de perderla, no hubo otra persona que ocupara ese lugar. No porque no hubiera oportunidades, sino porque ese lugar, el único donde era simplemente Mario, había quedado vacío de una forma que él no supo o no quiso volver a llenar. Y lo que muy pocos entendieron entonces es que con Valentina no murió solo su esposa.

 Murió el único testigo de quién era él cuando nadie lo estaba mirando. Y un hombre que pierde a su único testigo verdadero queda de alguna manera completamente solo en el mundo, aunque tenga millones aplaudiéndole desde afuera. La soledad de Mario Moreno después de 1966 no fue la soledad que se ve. No fue la del hombre que se queda en casa con las persianas cerradas, que deja de contestar el teléfono, que aparece demacrado en público.

 Fue mucho más difícil de detectar que eso. Fue la soledad que se disfraza de agenda llena, de compromisos, de apariciones, de entrevistas donde sonríe exactamente como siempre ha sonreído. Fue la soledad del hombre que aprendió tan bien a funcionar en público que ya nadie podía distinguir cuándo estaba bien y cuándo simplemente estaba actuando.

 Y Mario Moreno llevaba toda la vida actuando. Esa era precisamente su maestría y su condenas simultáneas. El México de finales de los 60 era un país que también estaba aprendiendo a disimular, un país que ponía una cara hacia afuera y guardaba otra muy distinta hacia dentro. Las familias que lo veían en televisión aquellos años estaban atravesando cosas que tampoco nombraban en voz alta, trabajos que alcanzaban cada vez menos, hijos que empezaban a hacer preguntas incómodas, un mundo que se movía más rápido de lo que las

costumbres podían sostener. Y en medio de todo eso, Cantinflas seguía apareciendo en la pantalla con la misma energía de siempre, con la misma capacidad de convertir el absurdo en carcajada. con la misma promesa implícita de que las cosas podían tomarse a la ligera sin que eso significara rendirse.

 Nadie quería saber que él también estaba sosteniendo algo que pesaba demasiado. Había además otra carga que se sumaba a la del duelo, más silenciosa todavía y más difícil de confesar. Una carga que venía de antes de la muerte de Valentina, pero que después de ella se volvió imposible de ignorar.

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