La cocina olía a lo de siempre: una mezcla reconfortante de café recién hecho, tostadas ligeramente chamuscadas y ese ambientador de “brisa mediterránea” que, en realidad, olía más a desinfectante de hospital que a otra cosa. Paco estaba sentado frente a su tazón de cereales, intentando procesar las noticias deportivas en la radio mientras evitaba que la leche se le escapara por la comisura de los labios. Todo parecía una mañana de martes absolutamente normal en un piso de Madrid, hasta que entró Elena.
Elena no entraba en las habitaciones; ella las colonizaba. Apareció con el pelo recogido en un moño estratégicamente desastroso y esa mirada de detective privado que Paco ya había aprendido a temer. Se detuvo en el umbral, se cruzó de brazos y entrecerró los ojos. Paco sintió un escalofrío. Repasó mentalmente sus pecados recientes: ¿había sacado la basura? Sí. ¿Había dejado la tapa del váter bajada? Estaba casi seguro. ¿Había vuelto a comprar el papel higiénico de una sola capa por ahorrar dos euros? Mierda, quizá era eso.
Pero la mirada de Elena no bajó hacia sus pies ni se desvió hacia el cubo de la basura. Se clavó directamente en su pecho. Más concretamente, en la prenda que Paco lucía con una mezcla de orgullo y desconocimiento.
—Paco —dijo ella, con una voz que era puro terciopelo peligroso—. Buenos días, antes de nada.
—Buenos días, cariño —respondió él, intentando sonar casual mientras hundía la cuchara en los Chocapic—. ¿Has dormido bien? Te he dejado el último trozo de bizcocho, ese que te gusta tanto de la panadería de abajo.
Elena ni se inmutó ante el soborno repostero. Dio dos pasos lentos hacia la mesa, rodeándola como un tiburón que ha detectado una gota de sangre en medio del Atlántico.
—Esa camisa —soltó de repente, señalando con un dedo perfectamente manicurado el tejido de lino azul marino que Paco vestía.
Paco se miró hacia abajo. La camisa era, efectivamente, una maravilla. Tenía ese corte italiano que te hacía parecer que acababas de bajar de un yate en Marbella en lugar de estar a punto de subirte a un Metro de la línea 6 en hora punta. Le quedaba como si un sastre ciego pero superdotado le hubiera tomado las medidas mientras dormía.
—¿Esta? —preguntó Paco, con una inocencia que rozaba lo delictivo—. Sí, está chula, ¿verdad? Me la puse porque hoy tengo la reunión con los de logística y, ya sabes, hay que dar imagen de empresa seria y no de alguien que vive de sobras de pizza.
Elena se acercó más. Estaba tan cerca que Paco podía oler su champú de camomila. Ella extendió una mano y tocó la tela del cuello. Luego, con una delicadeza que a Paco le resultó aterradora, inspeccionó la costura del hombro.
—No es solo que esté “chula”, Paco. Es que es de lino de alta calidad. Tiene botones de nácar auténtico. Y el color… ese azul cobalto resalta tus ojos de una forma que yo, honestamente, no he logrado en diez años de matrimonio —hizo una pausa dramática—. ¿Quién te regaló esa camisa?
Paco tragó saliva. El Chocapic se le quedó atascado a mitad de camino. Sabía que la respuesta era sencilla, pero la intensidad del interrogatorio le estaba haciendo dudar hasta de su propio nombre.
—Un compañero —soltó, logrando que su voz sonara un octava más aguda de lo normal—. Un compañero de la oficina.
Elena arqueó una ceja. Solo una. Era un gesto que ella dominaba a la perfección y que, en el lenguaje no verbal de los hogares españoles, significaba: “Me estás contando una milonga y lo sabes, lo sé, y lo sabe hasta el vecino del cuarto”.
—¿Un compañero? —repitió ella, paladeando la palabra como si fuera un vino agrio—. ¿Qué compañero? ¿Gutiérrez? ¿El que lleva siempre la misma chaqueta de pana con coderas desde la caída del Muro de Berlín? ¿O quizás Martínez, el que confunde el desodorante con las ganas de vivir?
—No, hombre, Gutiérrez no. Ha sido… uno nuevo. Bueno, nuevo no, lleva un tiempo. Se llama… se llama Sergio. Sí, Sergio. El de contabilidad.
Paco se sintió orgulloso del nombre. Sergio sonaba a alguien que regalaría camisas de lino. Sonaba a alguien que sabe lo que es un balance de situación y que, además, usa gomina de la cara.
—¿Sergio de contabilidad? —Elena se alejó un paso, pero no bajó la guardia—. No sabía que en contabilidad regalaran camisas de tres cifras por las buenas. ¿Qué ha sido? ¿Un detalle por haberle pasado los grapadores a tiempo? ¿O es que le has salvado la vida en el office mientras se atragantaba con un donut?
—Pues… fue por un favor. Un tema de unos informes que le eché una mano para terminar antes del viernes. Ya sabes cómo es la gente, Elena, muy agradecida. El chaval se sintió en deuda y me dijo: “Oye Paco, que tengo un primo que trabaja en una boutique y me ha dado un par de estas, toma una para ti”. Y yo, pues claro, no le voy a decir que no. Sería de mala educación.
Elena volvió a sentarse, pero no para desayunar. Se quedó observando a Paco como quien observa un cuadro abstracto intentando encontrarle el sentido.
—Qué raro… —murmuró ella, apoyando la barbilla en la mano—. Es muy, muy raro.
—¿El qué es raro? ¿Que la gente sea generosa? España se está volviendo un país de cínicos, de verdad te lo digo —intentó defenderse Paco, recuperando un poco de valor mientras terminaba sus cereales.
—No es la generosidad lo que me escama, Paco. Es la precisión.
—¿La precisión?
—Sí. Conoce tu talla perfecta. Pero perfecta de verdad. Mira ese hombro. Cae justo donde tiene que caer. Ni un centímetro más allá de la clavícula. Y la manga… la manga termina exactamente dos dedos por encima de la base del pulgar. Paco, yo te he comprado camisas durante una década. He llevado tus propias camisas viejas como muestra a El Corte Inglés. He consultado tablas de tallas internacionales en internet. Y siempre, SIEMPRE, te quedan o como un saco de patatas o como si fueras un morcón a punto de reventar.
Paco se miró en el espejo del pasillo que se alcanzaba a ver desde la cocina. Tenía razón. La camisa no solo le quedaba bien; parecía que la camisa y él hubieran nacido el uno para el otro. Era una simbiosis textil perfecta.
—Bueno —balbuceó Paco—, es que Sergio tiene buen ojo. Ya te digo que es de contabilidad. Los números, las medidas… eso se le da bien. Es una ciencia exacta, Elena.
—Ya. Sergio el sastre de contabilidad —Elena se levantó y empezó a recoger su taza de café, pero sin dejar de mirarlo por el rabillo del ojo—. Pues dile a Sergio que, la próxima vez, me pase el contacto de su primo. Porque encontrar a alguien que sepa que tienes el brazo izquierdo ligeramente más largo que el derecho y que, aun así, la manga caiga perfecta… eso no es un compañero de oficina, Paco. Eso es un milagro. O un sastre muy, muy íntimo.
Paco sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. Intentó reírse, pero le salió un graznido.
—¡Qué tonterías dices! El brazo más largo… eso son leyendas urbanas tuyas. Venga, que llego tarde. El Metro no espera ni a los hombres bien vestidos.
Se levantó de la mesa a toda prisa, agarró su maletín y le dio un beso rápido en la mejilla a Elena, que seguía con esa expresión de estar resolviendo un enigma de la humanidad. Mientras caminaba hacia la puerta, Paco podía sentir la mirada de su mujer clavada en el lino azul de su espalda.
Parte 2: La Paranoia del Metro y el Encuentro en la Oficina
Al salir del portal, Paco inhaló el aire de la mañana madrileña, una mezcla de gases de escape de los autobuses de la EMT y el aroma a porras recién hechas del bar de la esquina. Normalmente, se sentiría un tipo cualquiera, un engranaje más en la maquinaria de la capital. Pero hoy no. Hoy llevaba “La Camisa”.
Se sentía diferente. Notaba cómo la tela rozaba su piel con una suavidad criminal. En el vagón de la línea 6, rodeado de gente con ojeras kilométricas y abrigos que habían visto tiempos mejores, Paco se sentía como un infiltrado de la alta sociedad. Se agarró a la barra del vagón intentando no arrugar la manga, pero la frase de Elena seguía rebotando en su cabeza como una pelota de squash: “Conoce tu talla perfecta”.
¿Era verdad? Se miró en el reflejo del cristal del Metro. La luz fluorescente solía ser despiadada, resaltando cada imperfección, cada cana, cada arruga del cansancio. Sin embargo, bajo el influjo del azul cobalto de Sergio el de contabilidad, Paco se veía extrañamente… apuesto. “Igual es que he adelgazado”, pensó, intentando convencerse de que los tres kilos que había ganado en Navidad se habían evaporado por arte de magia. Pero no. Sabía que la camisa estaba haciendo un trabajo de ingeniería estructural que ya quisiera para sí el Canal de Isabel II.
Llegó a la oficina con quince minutos de antelación, algo inaudito en él. En la recepción, Mari Pili, que normalmente no levantaba la vista de su solitario en el ordenador, se quedó petrificada.
—¡Hombre, Paco! —exclamó, bajando el volumen de la radio—. Pero bueno, ¿dónde vas así? ¿Es que te han hecho director general y no me he enterado? O eso, o tienes una cita con la de Recursos Humanos para pedir un aumento.
—Qué va, Mari Pili, exagerada —dijo Paco, intentando quitarle importancia mientras se ajustaba el cuello frente al cristal de la entrada—. Es solo una camisa.
—¿Una camisa? Eso no es una camisa, hijo, eso es una declaración de intenciones. Te quita diez años de encima y cinco kilos de debajo. Si mi Manolo se pusiera algo así, igual hasta le dejaba elegir el canal de la tele esta noche.
Paco soltó una risita nerviosa y se encaminó hacia su puesto de trabajo. Su plan era sencillo: llegar a su mesa, esconderse detrás del monitor, cumplir con los informes y salir de allí sin cruzarse con “Sergio de contabilidad”. El problema era que Sergio de contabilidad no existía. O bueno, existía un Sergio en el edificio, pero trabajaba en mantenimiento, medía un metro noventa y probablemente no sabía distinguir el lino del esparto.
Se sentó en su silla y empezó a teclear con furia contenida. Pero la oficina es un ecosistema pequeño y los rumores corren más rápido que el wifi cuando funciona bien. A media mañana, Martínez, su compañero de mesa y experto oficial en cotilleos de pasillo, se giró con su silla giratoria.
—Oye, Paco —dijo Martínez, entornando los ojos tras sus gafas de culo de vaso—. Me ha dicho Mari Pili que hoy vienes de estreno. Y joder, se ha quedado corta. ¿Qué pasa? ¿Has heredado? ¿Te ha tocado el Euromillones y me estás ocultando que mañana vas a presentar la dimisión?
—Que no, pesado. Es un regalo —respondió Paco, sin levantar la vista de una hoja de Excel que no tenía ningún sentido.
—¿Un regalo? ¿De quién? ¿De tu mujer? No creo, Elena tiene buen gusto, pero esto… esto es nivel milanés. Esto es de alguien que te quiere bien o que quiere algo de ti.
Paco suspiró. La red se estaba cerrando.
—Me la ha regalado un… un contacto. Por un favor. Ya sabes cómo va esto, Martínez. Uno hace favores, la gente agradece.
—Ya, ya. Pues dile a tu contacto que yo también hago favores. Puedo arreglarle la impresora, o puedo fingir que no veo cómo se lleva los clips a puñados. Lo que sea por una prenda así —Martínez se acercó más, bajando la voz—. Aunque te digo una cosa, Paco. Esa camisa no es de tu talla.
Paco se quedó helado. ¿Cómo que no era de su talla? Si Elena se había pasado media mañana diciendo que era perfecta.
—¿Qué dices? Me queda como un guante —replicó Paco, a la defensiva.
—Ese es el problema, alma de cántaro —dijo Martínez, señalando con el bolígrafo—. Te queda “demasiado” bien. Las camisas de serie siempre fallan en algo. O te sobran de cuello, o te quedan cortas de talle, o los puños bailan. Esa camisa parece que la han cosido sobre tu propio cuerpo. ¿Quién te ha tomado las medidas? ¿Te han escaneado con láser en secreto?
—Fue a ojo, te lo digo yo. Sergio tiene mucho ojo —insistió Paco, sintiendo que empezaba a odiar el nombre de Sergio.
—¿Sergio? ¿Qué Sergio? —preguntó Martínez, frunciendo el ceño—. ¿El de contabilidad? Pero si Sergio el de contabilidad está de baja por paternidad desde hace dos semanas. No ha pisado la oficina desde que nació su niña.
El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que se habría podido cortar con un cuchillo de sierra. Paco sintió que el lino empezaba a picarle. No era un picor físico, era un picor moral. Un picor de mentira descubierta.
—Ah… —balbuceó Paco—, no, me refiero al otro Sergio. Al que… al que ayuda a Sergio. El becario. El… Sergio Junior.
—No hay ningún Sergio Junior en contabilidad, Paco. Solo está el viejo Manuel, que se jubila en mayo, y la chica nueva, Beatriz.
—Bueno, pues igual se llamaba Santi. Yo qué sé, Martínez, soy fatal para los nombres. El caso es que me la regalaron y punto. ¿No tienes trabajo que hacer? Esos balances no se van a falsear solos.
Martínez se encogió de hombros y volvió a su sitio, pero Paco sabía que la semilla de la duda estaba plantada. Y no solo en la oficina. Si Martínez, que era un lince para los detalles inútiles, se había dado cuenta de que la camisa era demasiado perfecta, ¿qué no estaría pensando Elena en ese momento en casa?
Paco miró su reloj. Quedaban seis horas para volver a casa. Seis horas en las que tendría que inventar una biografía completa para el misterioso donante de camisas de lino. Porque la verdad… la verdad era mucho más complicada de explicar. Y mucho más absurda.
Parte 3: El Almuerzo y el Peso de la Verdad
A las dos de la tarde, Paco decidió que necesitaba salir de la oficina antes de que alguien más le preguntara por su vestuario. Bajó al bar de abajo, “El Rincón de Pepe”, buscando refugio en un menú del día de diez euros y una televisión sintonizada en las noticias regionales.
Se sentó en una mesa apartada, tratando de pasar desapercibido. Pero era imposible. La camisa azul cobalto brillaba bajo las luces del bar como un faro en mitad de la noche. Pepe, el dueño, que servía los platos con la velocidad de un crupier de Las Vegas, se detuvo un segundo al dejarle el plato de lentejas.
—Joder, Paco. Vienes hecho un pincel. ¿Tienes entierro o es que vas a pedirle la mano a alguien otra vez?
—Es solo una camisa, Pepe. Por favor, solo las lentejas.
—Solo una camisa, dice —Pepe se rió, limpiándose las manos en el delantal—. Si esa camisa hablara, seguro que contaba historias de hoteles de cinco estrellas y no de menús con pan de ayer. Te queda de cine, macho. Parece hecha a medida.
Paco hundió la cuchara en las lentejas sin hambre. “Parece hecha a medida”. Esa era la frase del día. La maldición de la perfección.
Mientras comía, Paco empezó a recordar cómo había llegado esa prenda a sus manos. No había sido Sergio, ni Santi, ni ningún primo de una boutique. La realidad era que, tres días atrás, Paco había recibido un paquete en la oficina. No llevaba remitente claro, solo su nombre y la dirección de la empresa. Al abrirlo, se encontró con la camisa y una nota escueta que decía: “Para que, por una vez, te veas como realmente eres”.
Al principio, pensó que era una broma de sus amigos del equipo de fútbol sala. Esperaba que al ponérsela, la camisa se deshiciera o soltara algún tipo de polvo picapica. Pero no. Se la probó en el baño de la oficina y, al verse en el espejo, se quedó mudo. No recordaba haberle dado sus medidas a nadie. Ni siquiera su madre, que le había hecho jerséis de lana toda la vida, acertaba tanto con el contorno de su pecho.
Lo lógico habría sido investigar. Lo sensato habría sido preguntar en recepción quién había dejado el paquete. Pero Paco, en un arrebato de vanidad masculina, decidió que no importaba. Si el universo decidía regalarle una prenda de trescientos euros que le hacía parecer un modelo de catálogo, ¿quién era él para cuestionar los designios del destino?
Pero ahora, con las lentejas enfriándose delante de él, la paranoia le estaba devorando. ¿Y si era un error? ¿Y si la camisa era para otro Paco? En la oficina había un Francisco en ventas que, ahora que lo pensaba, tenía una complexión física muy parecida a la suya. ¿Y si el Francisco de ventas estaba ahora mismo buscando su camisa de lino azul?
El pánico empezó a crecer. Si Elena se enteraba de que había aceptado un regalo anónimo de tal calibre, se montaría una película digna de un Oscar. Elena era experta en construir castillos en el aire a partir de un grano de arena. Si él le decía “me la mandaron en un paquete sin nombre”, ella escucharía “tengo una amante rica que me compra ropa de lujo y conoce cada centímetro de mi anatomía”.
Terminó las lentejas de mala gana y pidió un café solo. Tenía que trazar un plan. Necesitaba que Sergio de contabilidad cobrara vida. O al menos, necesitaba una historia coherente que no implicara a un sastre fantasma o a una admiradora secreta con acceso a sus medidas biométricas.
De camino de vuelta a la oficina, pasó por delante de una tienda de arreglos de ropa. Se detuvo un momento frente al escaparate, observando los maniquíes. Pensó en entrar y preguntar: “¿Es posible que alguien sepa la talla de otra persona con solo mirarla de lejos?”. Pero le pareció una pregunta de loco.
Al entrar de nuevo en su puesto, se encontró con una nota sobre su teclado. El corazón le dio un vuelco. Era un papelito amarillo, de esos de “post-it”.
“Te queda incluso mejor de lo que imaginaba. Disfrútala. – S.”
Paco sintió que las piernas le flaqueaban. Se sentó bruscamente, arrugando ligeramente la parte trasera de la camisa, lo que en ese momento le importó un bledo. “¿S?”. ¿Quién era S? ¿Sergio? ¿Santi? ¿Sonia de recepción? ¿Sandra, la jefa de personal? ¿O quizás el “S” era de “Sastre”?
Miró a su alrededor con disimulo. Martínez estaba concentrado en un vídeo de gatitos en YouTube. Mari Pili estaba hablando por teléfono sobre su última visita al podólogo. Nadie parecía estar observándole. Sin embargo, Paco sentía que cien ojos le miraban a través del tejido azul.
La camisa ya no le parecía una bendición; se sentía como una armadura que le apretaba el alma. Se pasó el resto de la tarde saltando cada vez que alguien pasaba por su lado. Cada vez que el teléfono sonaba, temía que fuera “S” llamando para reclamar su deuda o, peor aún, para pedirle una cita.
A las seis en punto, Paco recogió sus cosas y salió disparado. No quería estar allí ni un segundo más. Pero el destino, ese humorista cruel, tenía una última sorpresa para él antes de llegar a casa. Al subir al autobús, se encontró cara a cara con la vecina del quinto, doña Purificación, la mujer con la lengua más afilada de todo el barrio.
—¡Ay, Paco! Pero qué guapo vas —dijo Purificación, barriéndolo de arriba abajo con la mirada—. Esa camisa te queda niquelada. Parece que te la han hecho encima, de verdad.
—Gracias, Puri. Un regalo —dijo él, intentando avanzar hacia el fondo del bus.
—¿Un regalo? Pues ya me dirás quién te hace esos regalos, que mi sobrino el mayor se casa en junio y le vendría de perlas saber dónde hacen camisas que sienten así de bien. Parece cosa de magia, oye. Porque tú siempre has sido un poco… bueno, ya sabes, de espaldas anchas y poca cintura, pero ahí parece que todo está en su sitio.
Paco forzó una sonrisa y se bajó tres paradas antes de su casa. Necesitaba caminar. Necesitaba pensar cómo iba a entrar por la puerta y enfrentarse al segundo asalto con Elena. Porque si algo sabía de su mujer, es que no se iba a olvidar del tema de la talla. Elena era como un sabueso: una vez que olía una inconsistencia, no soltaba la presa hasta llegar al hueso.
Parte 4: El Cierre y la Revelación Final
Paco llegó al portal de su casa y se detuvo un momento frente al portalón de madera. Se ajustó el cuello de la camisa por enésima vez. Estaba sudando, y lo último que quería era dejar manchas de humedad en el lino carísimo. Respiró hondo, subió las escaleras —el ascensor estaba estropeado, para variar— y abrió la puerta intentando parecer el hombre más tranquilo del mundo.
La casa estaba en silencio, pero era un silencio cargado de intención. Elena estaba sentada en el sofá, leyendo una revista, o al menos fingiendo que lo hacía. No levantó la vista de inmediato, lo cual era una señal de que el juicio estaba a punto de comenzar.
—Hola, cariño —dijo Paco, dejando las llaves en el mueble de la entrada con un ruido metálico que le pareció un estruendo.
—Hola, Paco. Llegas tarde. ¿Mucha contabilidad con Sergio? —preguntó ella, cerrando la revista con un golpe seco.
—Un poco de lío de última hora, ya sabes. Cerrando trimestres y esas cosas.
Paco caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua, pero Elena se levantó y le siguió. Se apoyó en el marco de la puerta, observándole mientras él bebía.
—¿Sabes qué he hecho esta tarde, Paco? —dijo ella, con un tono peligrosamente conversacional.
—¿Qué has hecho?
—He estado ordenando tu armario. He pensado que, ahora que tienes ropa de “alta gama”, no podías tenerla mezclada con esas camisetas de publicidad que guardas desde la Expo del 92.
Paco casi se atraganta con el agua.
—Ah, pues… gracias. No hacía falta, de verdad.
—Sí que hacía falta. Y he descubierto algo muy curioso. He sacado todas tus camisas. Las de cuadros, las de rayas, las que te compré yo por tu cumpleaños… y las he comparado con la que llevas puesta.
Paco no dijo nada. Se sentía como un reo esperando la sentencia.
—Paco, ninguna de esas camisas mide lo mismo que esa. Ni una. Esa camisa tiene tres centímetros menos de sisa y dos más de largo de talle. Es imposible que alguien que no te haya tocado con una cinta métrica sepa eso. Ni Sergio el de contabilidad, ni el primo del sastre, ni la Virgen de la Almudena.
Elena se acercó a él y le puso una mano en el pecho. Paco sintió el latido de su corazón golpeando contra el lino.
—Dime la verdad. ¿De dónde ha salido esto? Y no me vengas con historias, porque he llamado a la oficina para preguntarte una cosa y Mari Pili me ha dicho que no hay ningún Sergio en contabilidad.
Paco bajó los hombros. La derrota era total. El peso de la camisa azul cobalto era ahora como si llevara una cota de malla medieval.
—Está bien, Elena. Tienes razón. No ha sido Sergio. Ni siquiera sé quién me la ha regalado.
—¿Cómo que no lo sabes?
Paco le explicó lo del paquete anónimo, la nota de “S” y su propia debilidad ante una prenda que le hacía verse bien. Esperaba un estallido de furia, una escena de celos, o quizás que ella empezara a hacer las maletas convencida de que él tenía una vida secreta.
Sin embargo, para su sorpresa, Elena empezó a reírse. No era una risa histérica, sino una carcajada limpia y sonora.
—¿De qué te ríes? —preguntó Paco, totalmente desconcertado.
—Ay, Paco… de verdad. Si es que eres un desastre —ella se acercó y le dio un beso corto en la punta de la nariz—. ¿”S”? ¿De verdad pensaste que era una admiradora secreta o un compañero agradecido?
—Bueno, ponía “S”…
—”S” de Susana, Paco. Tu hermana Susana.
Paco se quedó con la boca abierta. ¿Su hermana? ¿Susana, la que vivía en Valencia y que siempre le regalaba calcetines desparejados por Navidad?
—¿Susana? Pero… ¿cómo va a regalarme ella esto? Y sobre todo, ¿cómo demonios sabe mi talla mejor que tú o que yo mismo?
—Porque hace dos meses, cuando vino de visita y tú te quedaste dormido en el sofá después de la paella, me dijo que daba pena verte con esas camisas tan mal cortadas. Me pidió permiso para “tomar medidas” mientras roncabas. Usó un cordel de cocina porque no encontraba la cinta métrica. Dijo que te iba a comprar algo que te hiciera parecer un hombre y no un extra de una película de Pajares y Esteso.
Paco se miró en el espejo de la cocina. Todo encajaba. Susana siempre había sido la detallista de la familia, la que tenía un gusto exquisito y una memoria de elefante para los detalles absurdos.
—¿Y por qué no me dijo nada? ¿Y por qué mandó el paquete a la oficina sin su nombre?
—Porque quería ver cuánto tiempo tardabas en inventarte una mentira —dijo Elena, volviendo al salón con una sonrisa triunfal—. Me llamó esta mañana muerta de risa, diciendo que ya te la habías puesto. Me dijo: “Apuesto lo que quieras a que se inventa que se la ha dado un compañero”. Y mira, Paco, no has fallado.
Paco se dejó caer en una silla, sintiéndose a la vez aliviado y profundamente estúpido. Se miró la manga de la camisa, esa manga perfecta que terminaba exactamente dos dedos por encima de la base del pulgar.
—O sea, que todo el mundo estaba compinchado —refunfuñó Paco—. Martínez, Mari Pili, tú, mi hermana…
—Bueno, Martínez y Mari Pili no sabían nada, pero su reacción fue real. Realmente vas guapo, Paco. Aunque seas un mentiroso de pacotilla.
Paco suspiró y empezó a desabrocharse los botones de nácar. Se sentía más ligero, aunque algo humillado. Al final, resultó que el gran misterio de la camisa perfecta no era una intriga internacional ni un romance secreto, sino simplemente el amor de una hermana que no soportaba verlo vestir mal y una mujer que lo conocía demasiado bien.
Se quitó la prenda con cuidado y la colgó en una percha, tratándola con el respeto que se merece algo que ha causado tanto revuelo. Al final del día, se dio cuenta de que Elena tenía razón en algo que había dicho por la mañana.
—¿Sabes qué? —dijo Paco, entrando en el salón en camiseta interior—. Algunos regalos sí que cuentan historias.
—Sí —respondió Elena, sin levantar la vista de su revista—. Y la tuya es la historia de cómo un hombre puede montar un drama nacional antes de admitir que su hermana tiene mejor ojo que él. Por cierto, mañana te pones la de cuadros vieja. No quiero que te acostumbres a lo bueno tan rápido.
Paco sonrió, se sentó a su lado y supo que, a pesar de todo, aquel martes de lino azul sería recordado durante mucho tiempo en las cenas familiares. Porque al final, la perfección no estaba en la talla de la camisa, sino en el hecho de que, por mucho que intentara esconderse, siempre había alguien que sabía exactamente cómo le quedaba la vida.