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El Interrogatorio del Desayuno

Parte 1: El Interrogatorio del Desayuno

La cocina olía a lo de siempre: una mezcla reconfortante de café recién hecho, tostadas ligeramente chamuscadas y ese ambientador de “brisa mediterránea” que, en realidad, olía más a desinfectante de hospital que a otra cosa. Paco estaba sentado frente a su tazón de cereales, intentando procesar las noticias deportivas en la radio mientras evitaba que la leche se le escapara por la comisura de los labios. Todo parecía una mañana de martes absolutamente normal en un piso de Madrid, hasta que entró Elena.

Elena no entraba en las habitaciones; ella las colonizaba. Apareció con el pelo recogido en un moño estratégicamente desastroso y esa mirada de detective privado que Paco ya había aprendido a temer. Se detuvo en el umbral, se cruzó de brazos y entrecerró los ojos. Paco sintió un escalofrío. Repasó mentalmente sus pecados recientes: ¿había sacado la basura? Sí. ¿Había dejado la tapa del váter bajada? Estaba casi seguro. ¿Había vuelto a comprar el papel higiénico de una sola capa por ahorrar dos euros? Mierda, quizá era eso.

Pero la mirada de Elena no bajó hacia sus pies ni se desvió hacia el cubo de la basura. Se clavó directamente en su pecho. Más concretamente, en la prenda que Paco lucía con una mezcla de orgullo y desconocimiento.

—Paco —dijo ella, con una voz que era puro terciopelo peligroso—. Buenos días, antes de nada.

—Buenos días, cariño —respondió él, intentando sonar casual mientras hundía la cuchara en los Chocapic—. ¿Has dormido bien? Te he dejado el último trozo de bizcocho, ese que te gusta tanto de la panadería de abajo.

Elena ni se inmutó ante el soborno repostero. Dio dos pasos lentos hacia la mesa, rodeándola como un tiburón que ha detectado una gota de sangre en medio del Atlántico.

—Esa camisa —soltó de repente, señalando con un dedo perfectamente manicurado el tejido de lino azul marino que Paco vestía.

Paco se miró hacia abajo. La camisa era, efectivamente, una maravilla. Tenía ese corte italiano que te hacía parecer que acababas de bajar de un yate en Marbella en lugar de estar a punto de subirte a un Metro de la línea 6 en hora punta. Le quedaba como si un sastre ciego pero superdotado le hubiera tomado las medidas mientras dormía.

—¿Esta? —preguntó Paco, con una inocencia que rozaba lo delictivo—. Sí, está chula, ¿verdad? Me la puse porque hoy tengo la reunión con los de logística y, ya sabes, hay que dar imagen de empresa seria y no de alguien que vive de sobras de pizza.

Elena se acercó más. Estaba tan cerca que Paco podía oler su champú de camomila. Ella extendió una mano y tocó la tela del cuello. Luego, con una delicadeza que a Paco le resultó aterradora, inspeccionó la costura del hombro.

—No es solo que esté “chula”, Paco. Es que es de lino de alta calidad. Tiene botones de nácar auténtico. Y el color… ese azul cobalto resalta tus ojos de una forma que yo, honestamente, no he logrado en diez años de matrimonio —hizo una pausa dramática—. ¿Quién te regaló esa camisa?

Paco tragó saliva. El Chocapic se le quedó atascado a mitad de camino. Sabía que la respuesta era sencilla, pero la intensidad del interrogatorio le estaba haciendo dudar hasta de su propio nombre.

—Un compañero —soltó, logrando que su voz sonara un octava más aguda de lo normal—. Un compañero de la oficina.

Elena arqueó una ceja. Solo una. Era un gesto que ella dominaba a la perfección y que, en el lenguaje no verbal de los hogares españoles, significaba: “Me estás contando una milonga y lo sabes, lo sé, y lo sabe hasta el vecino del cuarto”.

—¿Un compañero? —repitió ella, paladeando la palabra como si fuera un vino agrio—. ¿Qué compañero? ¿Gutiérrez? ¿El que lleva siempre la misma chaqueta de pana con coderas desde la caída del Muro de Berlín? ¿O quizás Martínez, el que confunde el desodorante con las ganas de vivir?

—No, hombre, Gutiérrez no. Ha sido… uno nuevo. Bueno, nuevo no, lleva un tiempo. Se llama… se llama Sergio. Sí, Sergio. El de contabilidad.

Paco se sintió orgulloso del nombre. Sergio sonaba a alguien que regalaría camisas de lino. Sonaba a alguien que sabe lo que es un balance de situación y que, además, usa gomina de la cara.

—¿Sergio de contabilidad? —Elena se alejó un paso, pero no bajó la guardia—. No sabía que en contabilidad regalaran camisas de tres cifras por las buenas. ¿Qué ha sido? ¿Un detalle por haberle pasado los grapadores a tiempo? ¿O es que le has salvado la vida en el office mientras se atragantaba con un donut?

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