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URRACA I DE LEÓN: LA REINA INDOMABLE QUE LA HISTORIA QUISO BORRAR

León, 1081. Hubo un tiempo en que las mujeres de la realeza callaban, aceptaban los matrimonios impuestos, los malos tratos, los encierros. Agachaban la cabeza y sonreían ante las crónicas que las llamaban dóciles o sumisas. Pero Urraca de León no fue una de esas mujeres. Cuando Alfonso de Aragón, ese hombre al que llamaban el batallador, puso sus manos sobre ella, cuando la golpeó con su pie y manchó su rostro con sucias manos, Urraca no cayó.

 Lo dijo, lo escribió, lo dejó grabado en las crónicas para que quedara constancia de su sufrimiento y de su dignidad. Me vi forzada a seguir la disposición y arbitrio de los grandes, casándome con el cruento, fantástico y tirano rey de Aragón, el cual no solo me deshonraba con torpes palabras, sino que muchas veces mi rostro fue manchado por sus sucias manos y golpeado por su pie.

 Fue la primera mujer en Europa que denunció públicamente los malos tratos de su marido. La primera que dijo basta. la primera que convirtió su dolor en testimonio. Porque Urraca no fue reina con sorte, ni regente, ni viuda que gobierna en nombre de un hijo. Fue reina por derecho propio, la primera en Europa y gobernó durante 17 años enfrentándose a su marido, a su hijo, a la nobleza y a la Iglesia. Nunca se arrodilló.

 Imagina un castillo en Palencia el 8 de marzo de 1126. Una mujer de 44 años agoniza en una estancia fría, consumida por fiebres que no ceden y por un cuerpo desgastado tras una vida de partos, campañas y tensiones políticas. La luz temblorosa de las lámparas dibuja sombras en los muros y los rezos en latín llenan la cámara con un murmullo grave que acompaña su respiración entrecortada.

Esa mujer es su raca, reina de León y Castilla, una soberana que gobernó por derecho propio, la primera en Europa en sostener una corona sin la tutela de un rey. Dirigió ejércitos contra su esposo, denunció públicamente los golpes que él le propinaba y mantuvo unido un reino convulso durante 17 años. Agonisa.

Dicen que muere de parto de un hijo concebido con su amante, el conde Pedro González de Lara. Los cronistas eclesiásticos, siempre dispuestas a juzgarla, escribirán que expiró en pecado, castigada por su orgullo y por haber sostenido el poder sin someterse a nadie. Esa versión oculta la verdad profunda. Urraca había librado batallas desde la infancia.

Se enfrentó a un padre que la relegó por un heredero ilegítimo. Resistió a un marido que la encerró y la humilló. Combatió la ambición de un hijo manipulado por quienes deseaban verla caer. Soportó la hostilidad de obispos que la llamaban Jezabel. Su vida entera fue una sucesión de desafíos y en esta cama de muerte continúa resistiendo, no por el reino que ya escapa de sus manos, sino por un instante de calma que nunca llega. Su legado permanece.

Abrió un camino que ninguna mujer había recorrido y dejó una huella que transformó la historia. Para comprender cómo una niña nacida en León en 1081 llegó a convertirse en esa soberana indomable, hay que retroceder. Hay que contar su historia desde el principio. El 24 de junio de 1081, en la ciudad de León nació Urraca.

 Era hija del rey Alfonso VI y de su esposa Constanza de Borgoña. Aquel nacimiento aseguraba la continuidad del linaje asturleonés, una estirpe que había gobernado aquellas tierras durante siglos. Alfonso VI, que años después conquistaría a Toledo y unificaría los reinos, recibió a su primogénita con la solemnidad que exigía el porvenir del reino.

 Desde ese instante, la infanta quedó marcada por un destino que no había elegido. Algún día sostendría el peso de la autoridad. Los mensajeros partieron hacia todos los rincones del territorio para anunciar la noticia, llevando en sus cabalgaduras el eco de lo que aquella niña representaba. Constanza de Borgoña, la madre de Urraca, pertenecía a una de las casas más influyentes de Europa.

 Hija del duque de Borgoña y sobrina de la bad de Cluny. Llegó a León con un séquito que traía consigo algo más que vestidos de seda y reliquias de santos. introdujo libros iluminados con pan de oro, cantos nuevos para la liturgia y una forma distinta de entender la fe, más cercana a Roma que a la tradición mozábe que hasta entonces se seguía en el reino.

 Bajo su influencia, la Corte adoptó costumbres renovadas y un modo diferente de administrar las rentas. Urraca creció entre pergaminos y manuscritos, aprendiendo de su madre el valor de la diplomacia y la firmeza en el gobierno. Constanza se aseguró de que su hija recibiera una educación que la preparara para mandar, lejos de la idea de que las mujeres debían limitarse al silencio y la obediencia.

 Cuando Urraca tuvo uso de razón, su madre ya le enseñaba las primeras oraciones en latín. Se sentaban juntas en la capilla palatina, donde la luz tamizada de las vidrieras teñía de colores las figuras de los santos pintadas en los muros. El aire olía al aceite dulzón de las lámparas que ardían día y noche ante el altar.

 Constanza le señalaba aquellas imágenes, le contaba historias de mártires y de vírgenes sabias, y Urraca escuchaba inmóvil, con los ojos fijos en el rostro de su madre, como si cada palabra hubiera sido pronunciada. solo para ella. En las tardes de invierno, cuando la niebla descendía del monte y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas, madre e hija se refugiaban en una estancia con brasero.

 Allí, mientras las criadas traían cuencos de caldo caliente especiado con canela y jengibre, Constanza le mostraba manuscritos con letras capitulares que parecían arder con luz propia. le enseñaba los nombres de los santos, pero también los de los reyes y los antepasados de Borgoña. Urraca comprendió pronto que su sangre venía de muy lejos, que llevaba en las venas algo más que el orgullo de león.

 Constanza, a pesar de su salud frágil, poseía un carácter firme. Le gustaba pasear por los adarbes de la muralla romana, asomarse al río de Ernesga, bajar al mercado acompañada de sus damas para observar las mercancías que llegaban de todos los rincones del reino. En esos paseos, Urraca aprendió a mirar a la gente, a distinguir a los mercaderes de los nobles, a los campesinos de los clérigos.

comprendió que el reino no se limitaba al palacio, que existía un mundo entero más allá de sus muros. Alfonso VI, su padre, era una figura imponente que aparecía y desaparecía como las tormentas. Cuando se encontraba en León, la corte bullía. Llegaban mensajeros de Toledo, de Galicia y de los condados catalanes.

 Se celebraban consejos, se firmaban documentos, se organizaban cacerías en los montes cercanos. En esas ocasiones, Constanza se aseguraba de que Urraca estuviera presente. Sentada junto a su madre en el estrado, la niña veía desfilar a los obispos con sus mitras, a los condes con sus espadas, a los embajadores con sus lenguas extrañas.

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