León, 1081. Hubo un tiempo en que las mujeres de la realeza callaban, aceptaban los matrimonios impuestos, los malos tratos, los encierros. Agachaban la cabeza y sonreían ante las crónicas que las llamaban dóciles o sumisas. Pero Urraca de León no fue una de esas mujeres. Cuando Alfonso de Aragón, ese hombre al que llamaban el batallador, puso sus manos sobre ella, cuando la golpeó con su pie y manchó su rostro con sucias manos, Urraca no cayó.
Lo dijo, lo escribió, lo dejó grabado en las crónicas para que quedara constancia de su sufrimiento y de su dignidad. Me vi forzada a seguir la disposición y arbitrio de los grandes, casándome con el cruento, fantástico y tirano rey de Aragón, el cual no solo me deshonraba con torpes palabras, sino que muchas veces mi rostro fue manchado por sus sucias manos y golpeado por su pie.
Fue la primera mujer en Europa que denunció públicamente los malos tratos de su marido. La primera que dijo basta. la primera que convirtió su dolor en testimonio. Porque Urraca no fue reina con sorte, ni regente, ni viuda que gobierna en nombre de un hijo. Fue reina por derecho propio, la primera en Europa y gobernó durante 17 años enfrentándose a su marido, a su hijo, a la nobleza y a la Iglesia. Nunca se arrodilló.
Imagina un castillo en Palencia el 8 de marzo de 1126. Una mujer de 44 años agoniza en una estancia fría, consumida por fiebres que no ceden y por un cuerpo desgastado tras una vida de partos, campañas y tensiones políticas. La luz temblorosa de las lámparas dibuja sombras en los muros y los rezos en latín llenan la cámara con un murmullo grave que acompaña su respiración entrecortada.
Esa mujer es su raca, reina de León y Castilla, una soberana que gobernó por derecho propio, la primera en Europa en sostener una corona sin la tutela de un rey. Dirigió ejércitos contra su esposo, denunció públicamente los golpes que él le propinaba y mantuvo unido un reino convulso durante 17 años. Agonisa.
Dicen que muere de parto de un hijo concebido con su amante, el conde Pedro González de Lara. Los cronistas eclesiásticos, siempre dispuestas a juzgarla, escribirán que expiró en pecado, castigada por su orgullo y por haber sostenido el poder sin someterse a nadie. Esa versión oculta la verdad profunda. Urraca había librado batallas desde la infancia.
Se enfrentó a un padre que la relegó por un heredero ilegítimo. Resistió a un marido que la encerró y la humilló. Combatió la ambición de un hijo manipulado por quienes deseaban verla caer. Soportó la hostilidad de obispos que la llamaban Jezabel. Su vida entera fue una sucesión de desafíos y en esta cama de muerte continúa resistiendo, no por el reino que ya escapa de sus manos, sino por un instante de calma que nunca llega. Su legado permanece.
Abrió un camino que ninguna mujer había recorrido y dejó una huella que transformó la historia. Para comprender cómo una niña nacida en León en 1081 llegó a convertirse en esa soberana indomable, hay que retroceder. Hay que contar su historia desde el principio. El 24 de junio de 1081, en la ciudad de León nació Urraca.
Era hija del rey Alfonso VI y de su esposa Constanza de Borgoña. Aquel nacimiento aseguraba la continuidad del linaje asturleonés, una estirpe que había gobernado aquellas tierras durante siglos. Alfonso VI, que años después conquistaría a Toledo y unificaría los reinos, recibió a su primogénita con la solemnidad que exigía el porvenir del reino.
Desde ese instante, la infanta quedó marcada por un destino que no había elegido. Algún día sostendría el peso de la autoridad. Los mensajeros partieron hacia todos los rincones del territorio para anunciar la noticia, llevando en sus cabalgaduras el eco de lo que aquella niña representaba. Constanza de Borgoña, la madre de Urraca, pertenecía a una de las casas más influyentes de Europa.
Hija del duque de Borgoña y sobrina de la bad de Cluny. Llegó a León con un séquito que traía consigo algo más que vestidos de seda y reliquias de santos. introdujo libros iluminados con pan de oro, cantos nuevos para la liturgia y una forma distinta de entender la fe, más cercana a Roma que a la tradición mozábe que hasta entonces se seguía en el reino.
Bajo su influencia, la Corte adoptó costumbres renovadas y un modo diferente de administrar las rentas. Urraca creció entre pergaminos y manuscritos, aprendiendo de su madre el valor de la diplomacia y la firmeza en el gobierno. Constanza se aseguró de que su hija recibiera una educación que la preparara para mandar, lejos de la idea de que las mujeres debían limitarse al silencio y la obediencia.
Cuando Urraca tuvo uso de razón, su madre ya le enseñaba las primeras oraciones en latín. Se sentaban juntas en la capilla palatina, donde la luz tamizada de las vidrieras teñía de colores las figuras de los santos pintadas en los muros. El aire olía al aceite dulzón de las lámparas que ardían día y noche ante el altar.
Constanza le señalaba aquellas imágenes, le contaba historias de mártires y de vírgenes sabias, y Urraca escuchaba inmóvil, con los ojos fijos en el rostro de su madre, como si cada palabra hubiera sido pronunciada. solo para ella. En las tardes de invierno, cuando la niebla descendía del monte y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas, madre e hija se refugiaban en una estancia con brasero.
Allí, mientras las criadas traían cuencos de caldo caliente especiado con canela y jengibre, Constanza le mostraba manuscritos con letras capitulares que parecían arder con luz propia. le enseñaba los nombres de los santos, pero también los de los reyes y los antepasados de Borgoña. Urraca comprendió pronto que su sangre venía de muy lejos, que llevaba en las venas algo más que el orgullo de león.
Constanza, a pesar de su salud frágil, poseía un carácter firme. Le gustaba pasear por los adarbes de la muralla romana, asomarse al río de Ernesga, bajar al mercado acompañada de sus damas para observar las mercancías que llegaban de todos los rincones del reino. En esos paseos, Urraca aprendió a mirar a la gente, a distinguir a los mercaderes de los nobles, a los campesinos de los clérigos.
comprendió que el reino no se limitaba al palacio, que existía un mundo entero más allá de sus muros. Alfonso VI, su padre, era una figura imponente que aparecía y desaparecía como las tormentas. Cuando se encontraba en León, la corte bullía. Llegaban mensajeros de Toledo, de Galicia y de los condados catalanes.
Se celebraban consejos, se firmaban documentos, se organizaban cacerías en los montes cercanos. En esas ocasiones, Constanza se aseguraba de que Urraca estuviera presente. Sentada junto a su madre en el estrado, la niña veía desfilar a los obispos con sus mitras, a los condes con sus espadas, a los embajadores con sus lenguas extrañas.
Aunque no comprendía todo lo que decían, sí captaba el tono, las miradas y los silencios que precedían a las decisiones importantes. En el año 1085, 4 años después de su nacimiento, Alfonso VI conquistó Toledo, la antigua capital de los godos. La noticia resonó en toda la cristiandad. Urraca, aunque apenas una niña, vio regresar los ejércitos victoriosos, el brillo de las armaduras y el polvo de los caminos pegado a las capas de los soldados.
Aquellas imágenes quedaron grabadas en su memoria. Su padre era el hombre más poderoso de Hispania y ella, su primogénita, llevaba su misma sangre. El peso de la autoridad empezó a calarle en los huesos mucho antes de que pudiera comprenderlo por completo. Tras la conquista de Toledo, Alfonso VI organizó un gran banquete en León para celebrar la victoria.
Las mesas se llenaron de siervo asado, perdices con azafrán y pan blanco, que era reservado solo a los poderosos. Los vinos de león corrieron en las copas mientras los nobles juraban lealtad al rey. Urraca, sentada en un lugar de honor, observaba a los caballeros devorar la carne y brindar por su padre. Era una niña, pero entendía que aquel bullicio, aquellas risas y aquellos brindis celebraban algo trascendente, algo que tenía que ver con su padre, con su reino, con ella misma.
Desde su sitio en silencio, aprendía que el poder también se celebraba así, con ruido, con vino y con hombres que juraban fidelidad, mientras el humo de la carne se mezclaba con el de las antorchas. En la corte de León había dos mujeres que gobernaban por derecho propio. Eran Urraca de Zamora y Elvira de Toro, hermanas de Alfonso VI y tías de la pequeña Urraca.
Ambas habían recibido del rey Fernando Io, su padre, el gobierno de ciudades y territorios enteros. Urraca de Zamora mandaba en tierras de Zamora con el título de reina y era la consejera más escuchada por Alfonso. Elvira gobernaba en toro con la misma autoridad, aunque desde un lugar más discreto.
Para comprender por qué aquellas tías poderosas se convertirían en el espejo donde la infanta se miraría el resto de su vida, hay que retroceder unos años. Cuando Fernando I murió en 1065, repartió sus reinos entre sus hijos. A Sancho le entregó Castilla, a Alfonso León y a García, Galicia. Sancho, primogénito y ambicioso, deseaba para sí todo lo que había pertenecido a su padre.
Así que inició una campaña contra sus hermanos. Derrotó a Alfonso en la batalla de Golpejera en 1072 y lo mantuvo prisionero. En aquel momento decisivo intervino Urraca de Zamora, hermana de ambos. Logró que Sancho liberara a Alfonso a cambio de su exilio. El príncipe partió hacia Toledo, donde el rey musulmán Almamú lo acogió con generosidad.
Desde entonces, Alfonso consideró a su hermana su consejera más fiel. Consolidado en el trono leonés, Sancho dirigió su atención hacia Zamora, la única ciudad que aún resistía su autoridad. Urraca de Zamora, desde sus murallas defendió la plaza con determinación. El cerco se prolongó durante 7 meses hasta que un noble zamorano llamado Bellido Dolfos salió de la ciudad, ganó la confianza del rey y lo mató con su propia lanza.
Con la muerte de Sancho, Alfonso regresó del exilio y ocupó el trono de León y también el de Castilla. Desde ese momento valoró el consejo de su hermana Urraca de Zamora por encima del de cualquier otro. La pequeña Urraca observaba a aquellas tías poderosas con fascinación. Veía cómo se movía entre hombres con la misma autoridad que su padre, y algo en su interior despertaba.
La certeza de que una mujer podía gobernar. Ambas se convirtieron en el espejo donde la infanta aprendió que el poder no era patrimonio exclusivo de los hombres. Cuando Urra cumplió 7 años, en 108, su madre le regaló un caballo. No era un potro cualquiera, era una yegua pequeña y de paso tranquilo, perfecta para iniciarla en la equitación.
En las afueras de león, en los prados que se extendían junto al río, un escudero le enseñó las primeras lecciones. Cómo sujetar las riendas, cómo colocar los pies en los estribos, cómo mantener el equilibrio al trote. Urraca aprendía con rapidez, con una mezcla de concentración y alegría que pocas veces mostraba en las clases de latín.
Con el tiempo, aquellas lecciones se volvieron más exigentes. El escudero quería que sintiera al animal. que anticipara sus movimientos, que se fundiera con él mientras cabalgaba. Una mañana, frente a un arroyo de orillas embarradas, el hombre le indicó que lo saltara. La yegua dudó un instante, las orejas hacia atrás, las patas firmes en el suelo.
Urraca apretó las piernas contra sus hijes, tensó las riendas y la obligó a avanzar. Cuando alcanzaron la otra orilla, con el barro salpicándole las piernas y el corazón golpeándole el pecho, sintió algo nuevo. La certeza de que su voluntad podía imponerse al miedo del animal, de que ella decidía, de que ella mandaba. Aquella sensación la acompañaría toda la vida.
En 1091, cuando Urraca tenía 10 años, Alfonso VI decidió que debía completar su formación lejos de la corte. La envió a Carrión de los condes, a casa de Pedro Anzures, uno de los nobles más poderosos del reino, hombre de absoluta confianza del rey y experto en leyes y gobierno. El conde Anzures había sido mayordomo real desde 1067 y gobernaba importantes tenencias como Carrión y Saldaña.
Había compartido con Alfonso los años más duros. Cuando Sancho Segund derrotó a su hermano y lo encarceló, Pedro Anzures permaneció a su lado, lo acompañó al destierro en Toledo y desempeñó un papel decisivo en su regreso al trono. Por eso el rey confiaba en él plenamente. En casa de Pedro Ansures, Urraka descubrió otra forma de vivir.
El conde era un hombre severo, pero justo, que administraba justicia en nombre del rey y gobernaba sus tierras con mano firme. En sus salones, la niña observó cómo se resolvían pleitos, cómo se tasaban las rentas, cómo se organizaban las levas de soldados. Aprendió que gobernar exigía cálculo, escucha, prudencia y en ocasiones una forma de autoridad que no admitía réplica.
Pedro Ansures tenía hijos de su edad y con ellos Urraca compartió juegos y correrías por los campos que rodeaban el monasterio de San Soilo, fundado en el siglo X y vinculado desde 1076 a la poderosa orden de Cluni. Allí, entre muros de piedra dorada pasaría largas temporadas. Una tarde, en el patio del castillo, uno de los hijos del conde le tendió una espada de madera.
Ella la sopezó, sintió su peso en la mano y se puso en guardia con naturalidad. Los brazos le respondieron como si hubieran esperado ese momento durante años. Empezaron a moverse en círculo, golpes fingidos, pasos hacia delante y hacia atrás, todo sin hacerse daño, solo para aprender el gesto, el reflejo y la distancia justa. Urraca descubrió que disfrutaba de aquella danza lenta, de la tensión de los músculos antes de un golpe, del rose del viento al girar.
En ese patio de piedra, con la madera en las manos, se sintió completa. Era una sensación que no encontraba en los rezos ni en los libros. Con el tiempo, aquel aprendizaje se volvió más serio. Urraca aprendió a manejar dagas, a cabalgar con firmeza, incluso bajo la lluvia, a moverse en los bosques del órbigo durante las cacerías.
Alfonso VI ordenó que recibiera la formación necesaria para comprender la guerra, para saber cómo se movían los ejércitos y qué esfuerzo exigía comandar. No se esperaba que luchara como un soldado, pero sí que entendiera el arte militar. Poco después de cumplir los 10 años, en 1091, Alfonso VI acordó su matrimonio con Raimundo de Borgoña, un noble francés que había llegado a León poco antes.
Raimundo era hijo del conde palatino Guillermo I de Borgoña y sobrino de la reina Constanza, lo que lo convertía en primo hermano de la propia Uraca. había venido a la península atraído por las campañas contra los almorábides, aquellos guerreros del norte de África que desde 1086 amenazaban las fronteras del reino. Alfonso VI, que siempre supo rodearse de nobles extranjeros para equilibrar el poder de la aristocracia local, vio en aquel joven bien relacionado con las casas de Borgoña y con Cluni la pieza perfecta para reforzar la alianza con
los reinos del otro lado de los Pirineos. Para comprender cómo se fraguó aquel matrimonio, hay que retroceder a 1086. Ese año, los almorávides derrotaron a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas. El rey necesitado de aliados pidió ayuda a los nobles europeos. Entre los que acudieron estaba Raimundo de Borgoña.
Llegó a la península hacia 1087. combatió en la frontera como tantos caballeros franceses que buscaban fortuna en las guerras contra los musulmanes. No fue hasta unos años después, hacia 1090, cuando Alfonso VI decidió recompensar sus servicios de la manera más alta que un rey podía ofrecer, entregándole la mano de su hija.
Urraca tenía entonces unos 8 o 9 años. Era demasiado joven para casarse según el derecho canónico, aunque sí lo bastante para estar prometida. Durante aquellos primeros años existió un compromiso y una promesa de futuro. Mientras tanto, la niña permaneció bajo la tutela de Pedro Ansúrez, completando su formación con la disciplina que él imponía en su casa.
No sería hasta 1091 cuando Urraca alcanzó los 10 años que el compromiso se formalizó. Después del matrimonio, Raimundo recibiría aquellas tierras de Galicia con título de conde y Urraca sería la condesa con sorte. Aún no era la soberana que llegaría a ser, aunque esta sería la oportunidad para aprender el oficio que marcaría su destino. A comienzos de 1093, sin haber cumplido aún los 12 años, Urraca contrajo matrimonio con Raimundo en Toledo.
La noche anterior a la ceremonia, Constanza entró en sus aposentos con un cofre pequeño de madera tallada. se sentó junto a ella, le deshizo las trenzas con manos temblorosas y comenzó a peinar su largo cabello. No hablaron de política ni de alianzas. Constanza le contó historias de su propia boda, de cuando había cruzado los Pirineos siendo casi una niña, del temor que sintió al ver por primera vez las murallas de león.
Le habló del afecto que había llegado después, con los años y con los hijos. Cuando terminó de peinarla, abrió el cofre. Dentro había un velo de seda blanca, tan fino que parecía tejido con niebla. Se lo colocó sobre la cabeza con una lentitud que parecía querer detener el tiempo. Luego la abrazó, un abrazo largo y apretado, como si quisiera transmitirle todas las fuerzas que su cuerpo ya no tenía.
A la mañana siguiente, la boda se celebró en Toledo, la ciudad que Alfonso VI había conquistado años atrás. La ceremonia se prolongó durante días. Hubo banquetes en el Alcázar con mesas repletas de viandas especiadas y vinos traídos de todas las tierras del rey. Hubo torneos en los que los caballeros borgoñones midieron sus fuerzas con los nobles leones y bailes al son de instrumentos que Urraca apenas conocía.
Ella vestía sedas traídas de alándalus bordadas con hilos de oro que centelleaban a la luz de las antorchas. Llevaba el cabello suelto, como era costumbre en las doncellas, y una corona de flores de azar entrelazada en sus trenzas. Raimundo, a su lado, lucía una túnica de terciopelo granate y una capa forrada de armiño.
Entre la multitud, Urraca buscó a su madre. Constanza estaba allí en primera fila con su mejor vestido y una sonrisa que apenas ocultaba el temblor. A los pocos meses de la boda, en 1093, Urraca dio a luz a su primera hija. La llamaron Sancha, como su abuela, la reina Sancha de León. El parto fue difícil, como lo había sido el de su madre, aunque la niña aún así sobrevivió.
Urraca, con apenas 12 años se convirtió en madre. Durante semanas permaneció en sus aposentos, recuperándose del esfuerzo y acostumbrándose a la presencia frágil de la pequeña sancha. En las noches largas del castillo, cuando el viento recorría los pasillos y el silencio parecía más hondo que nunca, la niña madre comprendió que su vida había cambiado para siempre.
Por severo que pueda parecer a quien lo mira desde hoy, ese era el destino impuesto a las hijas de los reyes. Crecer deprisa, entrar demasiado pronto en un mundo que exigía más de lo que una infancia podía dar y aceptar responsabilidades que llegaban antes que la madurez. Y aún así, entre el cansancio y la incertidumbre, Urraca descubría una ternura nueva, una emoción inesperada que la unía a su hija con una fuerza que no sabía explicar.
Ese mismo año en la corte de León ocurrió algo que transformaría su destino. Alfonso VI había tenido un hijo varón con Zaida, una princesa musulmana llegada a la corte huyendo de los almorávides. Convertida al cristianismo y bautizada como Isabel, dio a luz a un niño llamado Sancho Alfons para Alfonso VI, aquel nacimiento representaba la respuesta a sus plegarias.
Por fin tenía un heredero varón, alguien capaz de empuñar una espada y defender el reino. Lo legitimó y lo proclamó heredero, desplazando a Urraca a un segundo plano. La noticia llegó a Galicia como un golpe seco. La infanta, educada desde niña para reinar, dejaba de ser la única esperanza del reino.
Pocas semanas después, cuando el otoño comenzaba a teñir de ocre los caminos de Galicia, llegó la noticia más dolorosa. Constanza de Borgoña había muerto en león. Urraca recibió la noticia en silencio. No pudo asistir al entierro. Se encontraba en Galicia a muchos kilómetros con su hija recién nacida en brazos.
En aquella época los entierros se celebraban poco después de la muerte. y no había tiempo para cruzar el reino. El cuerpo de Constanza fue llevado a Sagú, al monasterio de San Benito, donde años después también descansaría Alfonso VI. Aquella noche, en la soledad de sus aposentos, con el murmullo del viento colándose por las rendijas de la ventana y el llanto de su hija en la estancia contigua, Urraca lloró.
Lloró por su madre por las tardes de brasero y manuscritos. por los paseos por la muralla, por el velo de seda que Constanza le había colocado la noche anterior a la boda. Lloró también por la niña que había sido, porque con la muerte de su madre se cerraba una etapa. A partir de entonces, su vida avanzaría sin retorno posible.
Después de la muerte de su madre y del nacimiento de su hermanastro Sancho, Urraca continuó su vida en Galicia junto a Rimundo. Tenía 12 años y las tierras del noroeste seguían siendo un lugar extraño, húmedo y verde, donde las nieblas se extendían por los caminos y el cielo cambiaba de ánimo con una rapidez que desconcertaba. Santiago estaba a 30 km del océano, pero la presencia del Atlántico se intuía en la luz gris, en el viento que descendía desde los montes y en esa sensación de vastedad que envolvía la ciudad.

Con el tiempo, Urraca dejó de sentirse extranjera. Algo en su interior se había endurecido. Raimundo la trataba con corrección, aunque sin demasiada cercanía. la sentaba a su lado en las audiencias, le explicaba los asuntos del gobierno y la hacía partícipe de las decisiones. Urraca aprendía con rapidez, observaba cómo se administraba justicia, cómo se negociaba con los nobles, cómo se organizaban las rentas.
En aquellos primeros años, Raimundo era el verdadero señor de Galicia. Urraca era la infanta, la esposa, pero no quien gobernaba. Los magnates del reino rendían pleitecía a él sin prestar atención a la legitimidad que ella aportaba al matrimonio. La joven condesa lo comprendía y guardaba silencio. Aprendió a moverse en las sombras, a observar, a esperar.
Sabía que algún día todo aquello le sería útil. En 1095, mientras su raca se adaptaba a su nueva vida, Alfonso VI tomó una decisión que dividió Galicia en dos mitades. El rey recompensó a Enrique de Borgoña, primo de Raimundo, con el gobierno de las tierras entre los ríos Miño y Duero. Aquel territorio llamado Condado Portucalense fue entregado a Enrique junto con Teresa, una de las hijas ilegítimas del rey.
Teresa era hija de Jimena Muñoz, una noble bersiana que había sido compañera de Alfonso VI antes de su matrimonio con Constanza. Jimena pertenecía a una familia aristocrática del vierso y aunque nunca fue reina, sus hijas ocuparían posiciones de gran influencia. Al norte, Urraca y Raimundo gobernaban desde Santiago. Al sur, Teresa y Enrique establecían su propia corte.
Para Urraca, aquello tenía un sabor agridulce. Su media hermana, nacida fuera del matrimonio, recibía tierras y poder, mientras ella, la hija legítima de Constanza de Borgoña, administraba solo una parte del territorio. Guardó silencio. Había aprendido a callar, a observar, a esperar. Ese mismo año, Sancha, su hija mayor, fue enviada a León.
Apenas había cumplido los dos años cuando partió hacia la corte de su tía Elvira, hermana de Alfonso VI, que se encargaría de su educación. Era la costumbre. Los hijos de los reyes crecían lejos de sus padres para forjar alianzas y asegurar lealtades. Urraca la vio alejarse con un nudo en la garganta, aunque mantuvo el gesto sereno.
Las princesas no mostraban esas emociones. Desde entonces, las noticias de Sancha llegaban en cartas breves, siempre medidas, siempre demasiado cortas. Sabía que su hija aprendía latín, que bordaba, que crecía, pero desconocía cómo sonaba su risa o qué expresión tenía al despertar. Aquella ausencia se fue haciendo más grande con los años.
También en 1095, Urraca volvió a quedarse embarazada. La alegría duró poco. A los pocos meses perdió la criatura. El dolor fue profundo y a él se sumó otro más silencioso. En aquella época la capacidad de dar herederos era la principal función de una esposa real y cada pérdida se interpretaba como un fracaso. Las damas murmuraban entre ellas y Urra aprendió a reconocer esos murmullos, a entender que hablaban de ella, de su fragilidad, de su incapacidad para dar hijos varones.
Los historiadores creen que pudo tener hasta siete embarazos fallidos antes de lograr dar a luz a un hijo varón. En 1096, Raimundo empezó a inquietarse. El nacimiento de Sancho Alfonses, el hermanastro de Urraca, lo había desplazado definitivamente en la línea de sucesión. Alfonso VI tenía por fin un heredero varón, aunque fuera ilegítimo, y las esperanzas de Raimundo de ver a su esposa en el trono se desvanecieron.
Fue entonces cuando hurdió un plan con su primo Enrique de Borgoña, el mismo que había recibido el gobierno del condado portalense. Entre 1096 y 1097, Raimundo y Enrique firmaron un pacto secreto. Acordaron que cuando Alfonso VI muriera se repartirían el reino. Raimundo entregaría a su primo Toledo y un tercio del tesoro real.
Si no lograba entregarle Toledo, le daría Galicia. Enrique, por su parte, se comprometía a ayudar a Raimundo a obtener todos los dominios del rey Alfonso y los dos tercios del tesoro. El pacto se hizo con el conocimiento del abad Hugo de Cluní, pariente de ambos. Alfonso VI descubrió el pacto. En lugar de enfrentarse a ellos, ideó una jugada más hábil.
amplió los dominios de Enrique, concediéndole el gobierno de las tierras que iban desde el Miño hasta el Tajo. El condado portalense, que Enrique ya administraba desde 1095, se convertía así en un territorio mucho mayor, con proyección hacia el sur. Enrique pasaba a tener un dominio propio y hereditario que superaba cualquier promesa que Raimundo pudiera ofrecerle.
La alianza entre los primos se quebró. Raimundo quedó limitado a Galicia mientras Enrique consolidaba su poder. El rey había frenado la conspiración sin necesidad de recurrir a las armas. Urraca, mientras tanto, observaba todo desde su lugar. Sabía que su marido tramaba algo, aunque evitaba preguntar. En la corte, las preguntas tenían un precio alto.
Prefería guardar silencio, observar, recordar. Lo que desconocía entonces era que aquellos años de quietud aparente serían la mejor escuela para lo que estaba por venir. En 1097, los almorávides intensificaron su ofensiva en el sur. El 15 de agosto de ese año, las tropas de Alfonso VI fueron derrotadas en Consuegra, una batalla en la que murió Diego Rodríguez, el único hijo del CID Campeador.
Raimundo, que tenía encomendada la defensa de plazas como Zamora, Coria y Grajal de Campos, así como la repoblación de Salamanca, Ávila y Segovia, se ausentó de Galicia para atender esas obligaciones. Burraca se quedó sola en Santiago, al frente del gobierno del condado. Fue la primera vez que gobernó sin la sombra de su esposo.
Durante las semanas que duró la ausencia de Raimundo, despachó asuntos, recibió embajadas, firmó documentos. Los nobles que antes la miraban con recelo, empezaron a tratarla con otro respeto. Descubrió que gobernar sola tenía un ritmo propio, una claridad que la fortalecía. Descubrió también que le gustaba aquella sensación de autoridad, de decidir por sí misma, era algo que no cambiaría por nada.
Cuando Raimundo regresó, encontró a una esposa distinta, más segura, más firme, más dueña de sí misma. No hizo falta que dijera nada. El cambio era evidente. Urraca ya no era la niña que había llegado a Galicia 4 años atrás. Era una mujer que había aprendido a gobernar, a perder, a esperar, que había comprendido en lo más profundo que el poder no se recibe, se ejerce.
Las noticias del sur llegaban con cuentagotas, siempre envueltas en un tono sombrío que anunciaba desgracias. Los almorávides, aquellos guerreros del desierto que habían cruzado el estrecho años atrás, seguían avanzando sin descanso. Sus ejércitos, disciplinados y fervorosos, no se limitaban a conquistar territorios.
venían a imponer su fe, su ley, su forma de entender el mundo. Las taifas musulmanas, que durante décadas habían pagado parias a los reyes cristianos a cambio de paz, caían una tras otra bajo su dominio. Con cada caída, la frontera del sur se volvía más incierta. En 1099, una noticia estremeció a toda la cristiandad. El 10 de julio de ese año, Rodrigo Díaz de Vivar, el CID campeador, había muerto en Valencia.
No fue en batalla ni atravesado por una flecha en lo alto de las murallas, como algunos cantarían después. Murió en su cama, en la ciudad que había conquistado 5co años atrás, de muerte natural. tenía poco más de 50 años, agotado por una vida entera de guerras, destierjos y campañas. Su esposa Jimena, mujer de carácter firme, asumió entonces el gobierno de Valencia y juró defenderla contra los almorávides, que ya estrechaban el cerco.
Durante 3 años, Jimena resistió, pidió ayuda a Alfonso VI, que envió tropas, aunque la presión enemiga era implacable. En 1102, tras un largo asedio iniciado en agosto del año anterior, la ciudad que tanto había costado conquistar cayó de nuevo en manos musulmanas. Los cristianos evacuaron Valencia, llevándose todo lo que pudieron en seres, ganado, armas y sobre todo el cuerpo embalsamado del Sid, que sería enterrado en el monasterio de San Pedro de Cardeña, cerca de Burgos.
Antes de marchar, incendiaron la ciudad para que los almorávides no encontraran más que ruinas. Alfonso VI envejecía y el reino se desgastaba en una guerra interminable. Las derrotas se acumulaban sagrajas, con suegra. Ahora la pérdida de Valencia. Los almorávides avanzaban sin descanso y las fronteras retrocedían año tras año.
El rey, que en su juventud había conquistado Toledo y unificado los reinos, pasaba sus últimos años viendo como todo aquello por lo que había luchado se desmoronaba poco a poco. Urraca, desde Galicia observaba en silencio. Las noticias llegaban tarde, siempre distorsionadas, siempre teñidas de ese tono oscuro que anunciaba nuevas calamidades.
Sabía que todo aquello de algún modo la alcanzaría. Sabía que el reino de su padre se tambaleaba y que ella, aunque apartada, seguía siendo su hija primogénita. Guardaba silencio. Había aprendido a callar. En 1105, después de años de pérdidas, Urraca dio a luz a un niño sano. Lo llamaron Alfonso como su abuelo.
El parto tuvo lugar en Galicia, en una cámara iluminada por lámparas de aceite, rodeada de las damas que la habían acompañado desde león. Cuando tuvo al niño entre los brazos, sintió algo que no experimentaba desde la muerte de su madre, una ternura que la desbordaba, una mezcla de vértigo y alegría y la certeza de que aquella vida dependía por completo de ella.
Pero aquel niño, como su hermana antes, no crecería a su lado. Las costumbres de la realeza eran así. Los hijos de los reyes se educaban lejos de sus padres en casas de nobles leales, para forjar alianzas y asegurar fidelidades. Alfonso fue entregado al conde Pedro Freilaz, uno de los hombres más poderosos de Galicia, que se encargaría de su educación.
Urraca lo veía en ocasiones durante celebraciones o visitas oficiales, aunque siempre había distancia entre ellos. Aprendió a reconocerlo entre la multitud, a buscar su rostro en cuanto entraba en un salón, a dedicarle una sonrisa que no siempre podía acompañar con un abrazo. En 1107, Raimundo empezó a quebrarse.
Las campañas militares, la humedad de Galicia y los años de esfuerzo continuo habían debilitado su salud. A mediados de año se encontraba gravemente enfermo en Grajal de Campos, una de las villas que tenía encomendadas en la meseta leonesa. Urraca acudió a su lado desde Galicia y permaneció con él hasta el final.
Días enteros junto al lecho, viendo cómo la fiebre consumía a aquel hombre que había sido su esposo durante 14 años, el padre de sus hijos. No estaba sola en aquella cámara. El rey Alfonso VI, su padre, había acudido desde León para despedir a su yerno. También estaba presente Guido de Borgoña, hermano de Raimundo, y arzobispo de Viene, el mismo que años después sería elegido papa con el nombre de Calixto Segi.
Trajeron también a los hijos Sancha, la primogénita, que crecía en León bajo el cuidado de su tía Elvira, llegó con su abuelo. Y desde Galicia, el conde Pedro Freudidad, tutor del pequeño Alfonso, hizo traer al niño de apenas dos años para que viera a su padre por última vez. Raimundo murió el 20 de septiembre de 1107. A su lado, junto al lecho, estaban todos ellos, Urraca, Alfonso VI, Guido, la pequeña Sancha y el niño Alfonso Raimundes, que observaba sin comprender la gravedad del momento.
No hubo grandes discursos ni escenas dramáticas, hubo silencio y en ese silencio una despedida. Sus restos fueron trasladados a Santiago de Compostela para recibir sepultura en la catedral románica que aún se levantaba, donde descansan desde entonces. Urraca lo acompañó en ese último viaje y permaneció en Galicia los meses siguientes, probablemente para asegurar el dominio de la región tras la muerte de su esposo. Urraca tenía 27 años.
Era viuda, madre de dos hijos vivos, Sancha y Alfonso. Sucedió a su difunto esposo en el señorío del oeste del reino leonés, Galicia, la comarca de Zamora, el suroeste de León, incluyendo Coria, Salamanca y Ávila. Hasta entonces había vivido a la sombra de Raimundo. Al fallecimiento de este pasó a desempeñar un papel principal en la política regional, un papel que ya nunca abandonaría.
Su primer acto como gobernante en solitario fue reafirmar su autoridad. En diciembre de 1107, apenas dos meses después de la muerte de Raimundo, Urraca firmó un diploma en el que se intitulaba Imperatrix Totius Gayetia, emperatriz de toda Galicia. Era una declaración de intenciones, un aviso a los nobles gallegos de que quien mandaba allí era ella.
Los magnates, que antes la habían ignorado, tuvieron que rendirle pleitesía. Algunos lo hicieron con convicción, otros con cautela, otros con la esperanza de que pronto llegaría un hombre a ocupar el lugar vacante. Pero Urraca no esperaba a nadie. Había aprendido a gobernar en los años de ausencia de Raimundo.
Había observado, había callado, había esperado. Ahora le tocaba mandar. No imaginaba entonces que aquellos meses de gobierno en solitario eran solo el preludio de lo que estaba por venir. La muerte de su hermanastro Sancho en Uclés, la agonía de su padre, un nuevo matrimonio que la marcaría, la guerra civil, la lucha contra su propio hijo.
Todo eso aguardaba en el horizonte. Pero en ese invierno de 1107, Urraca tenía una certeza. Galicia era suya y nadie se la arrebataría. En la primavera de 118, Urraca estaba en Galicia cuando comenzaron a llegar las primeras noticias. Los almorávides habían reunido un gran ejército en Granada y avanzaban hacia el norte. Su objetivo era Uclés, una plaza estratégica en la frontera del reino de Toledo.
Alfonso VI, su padre, permanecía en Sagún, recién casado con su quinta esposa, Beatriz de Aquitania, y aún convaleciente de la grave herida de lanza que había recibido dos años antes en la batalla de Salatrices. Al mando del ejército cristiano marchaba el infante Sancho Alfonsés, hermanastro de Urraca. Tenía unos 14 o 15 años y era el único hijo varón de Alfonso VI, fruto de su relación con la princesa musulmana Saida, convertida al cristianismo y bautizada como Isabel.
A pesar de su juventud, el rey le había confiado el gobierno de Toledo y lo había reconocido como heredero desde 1103, haciéndolo figurar en los diplomas reales con títulos que lo acreditaban como sucesor. Siete condes lo acompañaban como consejeros y protectores, entre ellos García Ordóñez, Conde de Nájera, suayo y responsable directo de su seguridad, y el anciano Pedro Ansures, el mismo que había sido tutor de Urracá en su infancia.
El ejército Almorábide, dirigido por Tamim ibn Yusuf, hermano del Emir Ali ibn Yusuf, había partido de Granada en los primeros días de mayo. Durante 20 o 25 jornadas de marcha arrasaron los pequeños asentamientos cristianos que encontraban a su paso hasta que el miércoles 27 de mayo llegaron a Ucles. tomaron la ciudad baja con rapidez, ayudados por los mudéjares del lugar, que les abrían brechas y les señalaron los puntos débiles de las defensas.
La alcazaba resistía todavía, aunque la situación era desesperada. Cuando los cristianos comprendieron que el ejército enemigo se dirigía a Ucles y no a Toledo, reunieron sus tropas y avanzaron hacia la plaza. Llegaron dos días después que los almorávides, cuando la ciudad baja, ya había caído. El enfrentamiento tuvo lugar el 29 de mayo de 1108.
La batalla resultó desastrosa para los cristianos. Los almorávides ejecutaron una maniobra envolvente que deshizo a la caballería pesada. Murieron los siete condes que acompañaban al infante. García Ordóñez cayó en el campo de batalla. Pedro Ansures logró sobrevivir, aunque la derrota fue absoluta. El infante Sancho logró huir mal herido, pero al intentar refugiarse en el castillo de Belinchón, los musulmanes de la zona lo mataron.
Su cuerpo jamás apareció. Tenía apenas 15 años. Algunas crónicas árabes afirman que murió durante la huida, otras que cayó en el mismo campo de batalla. Lo cierto es que el único hijo varón de Alfonso VI, el heredero por el que tanto había suspirado, desapareció para siempre. La noticia del desastre alcanzó a Alfonso VI en Sagú.
El rey, enfermo y debilitado por su herida, quedó sumido en un dolor que los cronistas describen como devastador. Había perdido al hijo que representaba la continuidad de su linaje. Sin embargo, el reino exigía atención inmediata. La frontera meridional quedaba expuesta tras la derrota y los almorávides amenazaban Segovia y Toledo.
Era imprescindible reforzar la defensa. A comienzos de julio de 1108, Urra recibió el llamamiento de su padre. Desde Galicia movilizó sus tropas y acudió a Segovia con los refuerzos gallegos para auxiliar al rey en la defensa de la frontera. Era la primera vez que se presentaba ante la corte como señora de Galicia.
viuda con 27 años y con un hijo varón, Alfonso Raimundez, que ahora adquiría un papel decisivo en la sucesión. El encuentro con Alfonso VI debió de estar cargado de tensión. El rey, que siempre había preferido un heredero varón, contemplaba ahora a su hija legítima como la única opción. Necesitaba valorar su capacidad para gobernar.
En la incertidumbre provocada por la muerte del infante Sancho, Urraca se convirtió en la candidata mejor situada para suceder a su padre. La nobleza y el clero, sin embargo, dudaban. Consideraban que una mujer sola no podía sostener el gobierno en tiempos de guerra, con los almoravides presionando en el sur y las fronteras retrocediendo año tras año.
Era necesario buscarle un esposo. Surgieron entonces varios candidatos. El más destacado era el conde Gómez González, antiguo alfées del rey, que contaba con el apoyo de buena parte de la nobleza y del clero, incluido el arzobispo de Toledo. Según algunas fuentes, era el candidato preferido por Urraca. El otro gran aspirante era el conde Pedro González de Lara, cabeza de un poderoso linaje castellano que años después se convertiría en su amante y padre de sus hijos ilegítimos.
Alfonso VI, temendo que las rivalidades entre los nobles de León y Castilla se agravaran si Urraca se casaba con uno de ellos, buscó una solución externa. convocó a los magnates del reino en Toledo y les comunicó que Urraca sería su sucesora, pero que debía casarse con el rey de Aragón, Alfonso I el batallador. Según la primera crónica de Sagún, cuyos autores estuvieron presentes en los últimos días del rey, la decisión no partió de Alfonso VI, sino que ya enterrado el dicho rey, juntaronse los nobles y los condes de la tierra y
fueron a su hija Urraca para proponerle el enlace. La presión al Morávide era tan intensa que la nobleza prefería un rey guerrero a una reina sola, por muy preparada que estuviera. El 1 de julio de 1109, Alfonso VI murió en Toledo. Tenía unos 62 años. Los análisis de sus restos óseos confirman que jamás se recuperó de la herida de lanza en la tibia izquierda sufrida en zalatrices y que esa lesión contribuyó a su deterioro final.
fue enterrado en el monasterio de San Benito de Sagún, en la capilla de San Mancio, donde reposaría junto a varias de sus esposas. Uraca se convirtió así en reina de león y Castilla. Tenía 28 años. Era la primera mujer en Europa que gobernaba por derecho propio, sin un rey a su lado, con plena autoridad sobre sus territorios.
Pero la nobleza ya había decidido que no gobernaría sola. El matrimonio con Alfonso el batallador estaba sellado. El rey aragonés tenía entonces unos 36 años. Las crónicas lo describen como un hombre de carácter violento, más soldado que político, habituado a imponer su voluntad por la fuerza. Urracá lo llamaría después cruento, fantástico y tirano.
Eran además primos segundos, ambos bisnietos de Sancho Garcés Io de Pamplona, un parentesco que la Iglesia conocía bien y que más tarde serviría para anular el matrimonio cuando convino hacerlo. La boda se celebró en octubre de 119 en el castillo de Monzón de Campos en Palencia, en plena época de Bendimia. Urraca, que no deseaba volver a casarse, cumplió el designio de su padre y de la nobleza.
Lo que comenzaba aquel día no era una unión, sino el inicio de una guerra civil que duraría años. El hombre con el que se casaba, el que debía proteger su reino, acabaría encerrándola en una fortaleza y tratándola con brutalidad. Ella, sin embargo, ya había demostrado en Segovia, al frente de sus tropas gallegas, que sabía mandar y no estaba dispuesta a renunciar a ello.
Dentro de la fortaleza el ambiente era tenso. Los castellanos, los leones y los aragoneses compartían estancias con una cautela que se palpaba en cada gesto. Los nobles se observaban con recelo, midiendo fuerzas en silencio, conscientes de que aquel matrimonio, que en teoría debía unir a los reinos cristianos frente a los almorábides, traería más conflictos que soluciones.
Alfonso el batallador vestía sus mejores galas, aunque ningún adorno lograba suavizar lo que era en esencia. un soldado, un hombre forjado en la guerra, habituado a mandar en el fragor del combate más que en los salones de palacio. Tenía una edad en la que muchos reyes ya habían abandonado la primera línea.
Él seguía luchando con la misma fiereza que en su juventud, y aquello se reflejaba en su mirada, en sus manos endurecidas, en la forma alerta con la que avanzaba, como si aguardara un ataque en cualquier instante. Burraca a su lado ofrecía una imagen muy distinta. 28 años, viuda, madre de dos hijos, gobernante en solitario de Galicia durante casi dos años.
Llevaba sedas bordadas con hilos de oro y el cabello recogido bajo una diadema de piedras preciosas, la mirada fija en un punto que solo ella parecía ver. Su expresión era serena, firme. No tenía el gesto de una novia, sino el de una reina que aceptaba un destino impuesto. El obispo de Toledo bendijo la unión con palabras en latín que se perdían entre el murmullo de los presentes.
Los nobles aragoneses observaban con satisfacción. Los leoneses y castellanos con cautela. Comprendían que aquel matrimonio concebido para unir fuerzas frente a los almorávides no traería más que tensiones. Cuando la ceremonia concluyó y los esposos salieron al patio de armas, Urraca buscó entre la multitud a quienes le eran leales.
Allí estaba Pedro Freilás, el conde que criaba a su hijo Alfonso. También estaba Gómez González, el candidato que ella había preferido, el hombre que, según algunas fuentes ya había sido su amante. Él la contemplaba con una mezcla de lealtad y tristeza, consciente de que todo cambiaba desde ese instante. Los festejos se prolongaron varios días.
Hubo torneos, banquetes y danzas. Los caballeros aragoneses midieron sus fuerzas con los castellanos en justas que rozaron el enfrentamiento real. El vino circuló con abundancia y con él las palabras imprudentes. En un momento de exaltación, alguien afirmó que aquel matrimonio equivalía a una ocupación de león por parte de Aragón.
Alfonso escuchó el comentario y mantuvo el gesto imperturbable, aunque su mirada adquirió un brillo más duro. Pocas semanas después de la boda, los nuevos esposos emprendieron viaje hacia León. La corte debía recibir a su nuevo rey consorte y Alfonso esperaba ser acogido con entusiasmo. La realidad fue distinta. Los nobles de León y Castilla lo recibieron con distancia, con esa frialdad que se reserva a los extranjeros, que llegan a ocupar un lugar que no es suyo.
Acostumbrado a la obediencia inmediata en Aragón, Alfonso percibió aquella actitud como un desafío. En su reino, los nobles se inclinaban ante él sin reservas. Allí, en cambio, lo observaban con recelo, con desconfianza, que hería más que cualquier palabra. intentó imponer su autoridad, aunque cada gesto suyo era interpretado como una amenaza.
Cuando instaló guarniciones aragonesas en algunas fortalezas, los castellanos lo consideraron un intento de anexión. Cuando nombró a sus propios hombres para cargos relevantes, los leoneses hablaron de traición. Urraca seguía cada movimiento con atención. Conocía bien el rechazo de la nobleza. Lo había sufrido durante años por su condición de mujer.
Ahora veía como su esposo extranjero experimentaba esa misma resistencia. Guardaba la compostura, había aprendido a esperar y a medir cada palabra. En diciembre de 119, dos meses después de la boda, se firmaron las capitulaciones matrimoniales. Eran dos documentos. La carta de Arras de Alfonso I y la carta de donación de Urraca, redactados bajo la supervisión de Pedro Ansures, el anciano conde, que había sido tutor de Urraca en su infancia y que con más de 80 años seguía siendo una figura esencial en la política del reino. Sobre el papel, el
contenido parecía equilibrado. Ambos cónyuges se reconocían mutuamente el dominatus y el principatus sobre sus respectivos estados. En teoría, se creaba una monarquía con dos titulares para un imperio hispánico que abarcaría Aragón, Navarra, León y Castilla. Alfonso administraría los territorios de su esposa y Urraca los de su marido.
Las rentas se repartirían, las decisiones se tomarían de manera conjunta. La práctica era otra cosa. Ese modelo de cogobierno funcionaba en Aragón y Navarra, donde las estructuras feudales lo permitían, pero resultaba incompatible con la tradición política de León y Castilla. Allí, los nobles no aceptaban compartir el poder con un rey extranjero y menos aún permitir que un aragonés dirigiera sus asuntos.
Además, las leyes de sucesión diferían y muchos consideraban que el verdadero heredero no era Alfonso el batallador, sino el pequeño Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y Raimundo, que crecía en Galicia bajo la tutela de Pedro Freilad. Las capitulaciones, tan cuidadosamente redactadas, pronto revelaron su fragilidad.
Los primeros conflictos surgieron enseguida. Alfonso pretendía asumir el gobierno efectivo de León y Castilla, relegando a Urraca a un papel secundario. Ella defendía su autoridad como reina propietaria. Él apelaba a su condición de hombre y guerrero. Ella respondía con la legitimidad de su linaje y de su título. Las crónicas de la época recogen que Urraca empezó a considerar a Alfonso cruento, fantástico y tirano desde los primeros meses.
Fantástico en el sentido de arrogante y presuntuoso. Tirano porque buscaba imponer su voluntad por la fuerza, cruento porque recurría a la violencia sin vacilar. Tres palabras que anticipaban el carácter de aquel matrimonio. En los últimos días de 119, cuando las nieves cubrían los caminos de la meseta, Urraca se retiró a sus aposentos y contempló el horizonte desde las ventanas del palacio de león.
A sus espaldas quedaban la muerte de su hermanastro, la agonía de su padre, las negociaciones y la boda impuesta. Ante ella se habría un futuro incierto marcado por tensiones que ya se intuían. Su esposo la despreciaba, los nobles desconfiaban, su hijo crecía lejos en Galicia y los almorávides continuaban presionando en el sur.
Aquel matrimonio recién iniciado se transformaría en una guerra civil que duraría 5 años. Urraca afrontaría encierros, maltratos, humillaciones. Lucharía contra su propio marido, contra su propio hijo, contra media nobleza y contra la Iglesia para conservar lo que le pertenecía. Pero en ese invierno de 119, mientras la nieve caía sobre león, tenía una certeza.
Había llegado al trono y nadie se lo arrebataría sin lucha. El año 1110 comenzó con un invierno duro en la meseta, aunque el ambiente en la corte de león resultaba aún más áspero que el aire que se colaba por las rendijas de las ventanas. Urraca y Alfonso apenas intercambiaban palabras. Las crónicas leonesas describen a Alfonso Io como un hombre de temperamento violento, un soldado habituado a mandar sin réplica y mencionan que la reina lo acusaba de humillarla tanto en público como en privado.
En la intimidad, Urraca empezó a llamarlos el tíbero cruel, un nombre que reflejaba el desprecio que sentía por aquel hombre que lejos de protegerla la hería con cada gesto. Los conflictos surgieron enseguida. Alfonso, convencido de que su condición de hombre le otorgaba el derecho exclusivo al gobierno, comenzó a repartir castillos, tierras y cargos entre nobles aragoneses y navarros.
Para los magnates de León y Castilla, que consideraban aquellas plazas parte de su herencia política, aquello equivalida a una provocación abierta. Los primeros levantamientos estallaron pronto y el batallador los sofocó con la dureza que lo caracterizaba. En cada villa que tomaba instalaba una guarnición aragonesa, soldados que hablaban distinto, que trataban a los locales con altivez y que actuaban como dominadores más que como aliados. La tensión crecía sin descanso.
El 13 de junio de 1110, Urraca dio un paso extraordinario. Firmó una donación al monasterio de Silos, en la que se presentaba como reina de toda España, hija del emperador Alfonso. Aquella escritura era una afirmación de soberanía, un mensaje directo a su esposo. Su firma aparecía sola, sin el nombre de Alfonso, sin el consorte.
En la cancillería real, los escribas debieron contener el aliento al redactar aquellas palabras, conscientes de que el batallador interpretaría el gesto como una afrenta. La respuesta de Alfonso fue inmediata. Inició una campaña de castigo contra las plazas castellanas que apoyaban a la reina. Tomó Palencia, Burgos, Osma y Sagú, donde depuso a la baz del monasterio y colocó en su lugar a su propio hermano, Ramiro.
Sagú era un enclave especialmente delicado. Allí se alzaba el poderoso monasterio de San Benito y allí se escribiría años después la crónica que tanto daño haría a la memoria de Urraca. Alfonso continuó su ofensiva. Desterró al arzobispo Bernardo de Toledo, que llevaba años maniobrando en Roma para obtener la anulación del matrimonio, alegando que los esposos eran primos segundos, bisnietos ambos de Sancho Garcés Io de Pamplona.
El arzobispo huyó, aunque desde el exilio siguió enviando cartas a la Santa Sede, describiendo el matrimonio como incestuoso y maldito. La respuesta de Alfonso fue inmediata. inició una campaña de castigo contra las plazas castellanas que apoyaban a la reina. Tomó Palencia, Burgos, Osma y Sagú, donde depuso a la baz del monasterio y colocó en su lugar a su propio hermano, Ramiro.
Sagú era un enclave especialmente delicado. Allí se alzaba el poderoso monasterio de San Benito y allí se escribiría años después la crónica que tanto daño haría a la memoria de Urraca. Alfonso continuó su ofensiva. Desterró al arzobispo Bernardo de Toledo, que llevaba años maniobrando en Roma para obtener la anulación del matrimonio, alegando que los esposos eran primos segundos, bisnietos ambos de Sancho Garcés Io de Pamplona.
El arzobispo huyó, aunque desde el exilio siguió enviando cartas a la Santa Sede, describiendo el matrimonio como incestuoso y maldito. Mientras tanto, Galicia hervía en silencio. El conde Pedro Freilat, tutor del pequeño Alfonso Raimúndez, y el obispo Diego Gelmírez, vieron en el conflicto matrimonial una oportunidad para recuperar el poder perdido.
Elmírez, hombre de ambición sin límites, soñaba con convertir Santiago en una nueva Roma. Comprendió que el niño era la llave para disputar la corona aurraca y, sobre todo, para frenar al aragonés. utilizaron al pequeño, que tenía entonces unos 7 años como estandarte contra el batallador. En las iglesias gallegas, los clérigos predicaban que el verdadero heledero no era Alfonso I, sino el hijo de Urraca y Raimundo, descendiente directo de Alfonso VI.
Alfonso reaccionó como siempre con la espada. En 1110 marchó hacia Galicia, asaltó el castillo de Monterroso y derrotó a las tropas gallegas. La rebelión, sin embargo, no desapareció, aguardaba su momento. Los gallegos, orgullosos y tenaces, no olvidaban. Y Gelmíres, desde Compostela, tejía alianzas con paciencia de estratega.
Los rumores también se extendían por todos los reinos. Se decía que Urraca mantenía una relación amorosa con el conde Gómez González, antiguo oficial del ejército de su padre y uno de sus más fieles partidarios. Gómez González era un hombre de linaje, valiente en la batalla y respetado en Castilla. Las habladurías aseguraban que la relación venía de antes, incluso de los últimos años de Raimundo, y que Urraca había tenido hijos con él.
Nada de eso pudo demostrarse, aunque la sospecha alimentó las murmuraciones de cortesanos y clérigos. Alfonso, informado de que el arzobispo de Toledo estaba cerca de obtener la nulidad matrimonial en Roma, tomó una decisión extrema. Ordenó detener a Urraca y la encerró en el castillo de El Castellar, una fortaleza situada en las estribaciones de Lebro, cerca de la actualidad de Torres de Berrellén.
El Caspellar era un lugar abrupto levantado sobre un promontorio rocoso que dominaba el valle de la Aguas Vivas. Sus muros, asentados sobre cimientos romanos, habían resistido siglos de historia. Desde sus torres se contemplaba un horizonte inmenso de campos y montañas, aunque para quien estaba dentro como prisionero, aquella amplitud tenía el sabor amargo de una jaula.
Urraca permaneció allí semanas, quizá meses, mientras Alfonso consolidaba su dominio sobre las plazas castellanas. Las crónicas no precisan la duración exacta de su cautiverio, aunque sí dejan claro que no estuvo sola en su desgracia. Gómez González y Pedro González de Lara, otro noble castellano que con el tiempo se convertiría en su amante, reunieron a sus mesnadas en secreto, cruzaron la frontera entre León y Aragón y liberaron a la reina.
Fue una operación digna de un cantar épico. Los nobles, protegidos con sus mejores armaduras, escalaron posiciones, sobornaron guardianes y en una noche sin luna sacaron a Urraca de aquella prisión de piedra. Ella cabalgó durante horas, quizá días, sintiendo el viento cortante en el rostro, consciente de que cada legua la alejaba de su carcelero.
Urraca se refugió en la fortaleza de Candespina, en Fresno de Cantespino, Segovia, y desde allí comenzó a organizar la resistencia. Los nobles leoneses, castellanos y gallegos que le eran fieles acudieron a su llamada. Entre ellos estaban el conde Pedro Ansures, el anciano que había sido su tutor en la infancia y que a sus 80 años seguía siendo una figura esencial en la política del reino.
Y Fruela Díaz, junto con las mesnadas de Gómez González y Pedro González de Lara. Todos estaban dispuestos a defender a la reina legítima, hija de Alfonso VI, frente al aragonés. Enfrente, Alfonso I contaba con un aliado inesperado, Enrique de Borgoña, conde de Portugal y esposo de su hermanastra Teresa. Enrique veía en el conflicto una ocasión única para debilitar a Urraca y fortalecer sus propias aspiraciones.
Si el reino se fragmentaba, Portugal podría alzarse como una potencia independiente. Por eso, cuando el batallador solicitó su ayuda, Enrique acudió con tropas y recursos, esperando beneficiarse del caos que otros provocaban. El enfrentamiento avanzaba hacia lo inevitable. Los dos ejércitos, el de Urraca y el de Alfonso, recorrían Castilla como dos tormentas que buscaban el choque final.
Los espías se movían entre sombras, los mensajeros cruzaban los caminos a galope tendido y las villas aguardaban el desastre con un silencio tenso. Los campesinos ocultaban sus cosechas y sus ganados, temerosos de que las tropas de uno u otro bando arrasaran cuanto encontraran. En las iglesias, los clérigos elevaban plegarias sin descanso, incapaces de decidir a quién favorecer con sus súplicas.
Llegó el 26 de octubre de 1111. Aquel día, en el paraje que la historia recordaría como la batalla de Candespina, los dos ejércitos se encontraron al fin. El sol de otoño iluminaba los campos segovianos teñidos de tonos ocres. Los caballos resoplaban inquietos ante la tensión que impregnaba el aire. Los soldados se santiguaban y aferraban las empuñaduras de sus espadas.
Urraca, desde un lugar seguro, aguardaba noticias. Alfonso arengaba a sus hombres con la voz firme de quien vive para la guerra. Y Gómez González, el hombre que la amaba, el que la había liberado del castellar, se preparaba para ofrecer su vida por ella. Aquel amanecer traía consigo un presagio oscuro.
Antes de que el sol descendiera, uno de los protagonistas de esta historia dejaría de respirar. y su ausencia marcaría para siempre el corazón de la reina. El choque se produjo en Candespina, cerca de Fresno de Cantespino, en Segovia. El sol de otoño bañaba los campos, aunque aquella luz solo realzaba el brillo del acero.
De un lado avanzaban las tropas de Urraca, dirigidas por Gómez González y Pedro González de Lara, respaldadas por nobles leones y castellanos. Del otro, Alfonso I el batallador encabezaba a sus aragoneses y navarros, reforzados por las huestes de Enrique de Borgoña, conde de Portugal, que había acudido en su auxilio.
La batalla estalló con violencia desbordada. Los caballos chocaban con estrépito, las lanzas se partían, los gritos de los heridos se mezclaban con el estuendo de los escudos. Gómez González, que tanto había hecho por Urraca, que la había rescatado de su prisión y que la amaba desde hacía años, combatió con una valentía que rozaba la temeridad.
Buscaba la victoria, buscaba humillar al aragonés, buscaba devolver a Urraca la dignidad arrebatada. En medio del fragor, rodeado por enemigos, cayó de su montura y recibió el golpe mortal de varias espadas aragonesas. Cuando la noticia alcanzó el lugar donde Urra aguardaba, el mundo pareció quebrarse. Había perdido más que una batalla.
Había perdido al hombre que la había defendido, al que había arriesgado su vida por ella, al que había sido su apoyo en los momentos más oscuros. Las crónicas guardan silencio sobre su reacción, aunque resulta fácil imaginar el peso de aquel dolor, esa herida profunda que deja la muerte de quien se ama y a quien se debe tanto. Gómez González fue enterrado y su recuerdo se convirtió para hurraca en una cicatriz que jamás cerraría del todo.
A pesar de la victoria, Alfonso Io no consiguió someter a los partidarios de Urraca. Pedro González de Lara, superviviente de la batalla, reorganizó las fuerzas castellanas y mantuvo viva la resistencia. El batallador controlaba varias plazas, aunque la guerra continuaba abierta. Mientras los ejércitos se enfrentaban en los campos, en Galicia se gestaba un movimiento que alteraría el equilibrio político.
En septiembre de 1111, apenas un mes antes de Candespina, Diego Gelmírez y el conde Pedro Froilaz habían coronado al pequeño Alfonso Raimundes como rey de Galicia en la catedral de Santiago de Compostela. El niño tenía 7 años. Las crónicas compostelanas, escritas por los partidarios de Gelmíes, presentaban el acto como una defensa de la legitimidad dinástica frente al Aragonés.
En realidad, se trataba de una jugada maestra para aumentar el poder del obispo y del conde, que se convertían en tutores del joven rey, y por tanto en los verdaderos gobernantes de Galicia. Lo más sorprendente fue la propuesta que Gelmíes y Freilaz hicieron a Urraca, la cosobanía con su hijo. Le ofrecían gobernar junto al niño compartiendo el trono.
La maniobra buscaba debilitar a Alfonso Io y al mismo tiempo someter a Urraca a la influencia gallega. Si aceptaba, reconocía que su hijo poseía derechos que ella debía compartir. Si rechazaba, se distanciaba de los poderosos de Galicia. Urraca, con la astucia que la caracterizaba, actuó con prudencia. Evitó un sí rotundo y también un rechazo frontal.
Mantuvo conversaciones, ganó tiempo y logró un equilibrio frágil que le permitió conservar su autoridad sin romper con los gallegos. Para entonces, Urraka había encontrado un nuevo apoyo. Tras la muerte de Gómez González, inició una relación con el conde Pedro González de Lara, el mismo que había luchado a su lado en Candespina y que la había ayudado a escapar del castellar.
Pedro pertenecía a uno de los linajes más influyentes de Castilla, los Lara, y su respaldo sería decisivo en los años siguientes. Su relación no se ocultó. Urraca, que ya había demostrado su rechazo a las convenciones impuestas, vivió aquel amor a la vista de la corte. Con el tiempo tendrían al menos dos hijos, Fernando y Elvira Pérez de Lara, reconocidos y criados como miembros de la familia real.
Mientras tanto, la guerra seguía su curso. Alfonso Io, decidido a impedir la anulación matrimonial que se aproximaba, continuó hostigando las fronteras. En 1112, Urraca sufrió una nueva afrenta cuando el batallador tomó burgos y otras plazas castellanas. La reina, sin embargo, mantuvo la fira, con el apoyo de Pedro González de Lara y de los nobles fieles, organizó la contraofensiva.
Poco a poco recuperó terreno. La guerra de desgaste comenzó a inclinarse hacia su lado. En Roma, el arzobispo Bernardo de Toledo continuaba sus gestiones. había sido desterrado por Alfonso Io, aunque desde el exilio seguía enviando cartas a la Santa Sede, recordando al Papa que los esposos eran primos segundos y que la Iglesia jamás debió permitir aquella unión. La presión surtió efecto.
En 1114, el Papa Pascual Segi declaró nulo el matrimonio por consanguinidad. Oficialmente, Alfonso Io repudió a Urraca. En realidad, ella llevaba años reclamando la disolución. La noticia se extendió por los reinos con rapidez. Los nobles de León y Castilla respiraron aliviados. Los aragoneses aceptaron la derrota.
Urraca recuperó casi todas las tierras heredadas de su padre, Asturias, León y Galicia. Solo una parte de Castilla, donde Alfonso había consolidado apoyos, quedó en disputa. El batallador continuó firmando documentos como emperador de toda España y mantuvo incursiones en las fronteras, aunque su poder ya no bastaba para imponerse. Urraca, libre al fin, se dispuso a gobernar en solitario.
A finales de 1114, la reina se asomó a las ventanas del palacio de León. A sus espaldas quedaban 5 años de guerra civil. de cautiverio, de pérdidas. Gómez González había muerto por ella. Su hijo había sido coronado sin su consentimiento. Alfonso la había encerrado, humillado, golpeado y aún así seguía en pie. Había recuperado sus tierras, había encontrado un nuevo amor, había dado hijos al mundo y ahora, por primera vez gobernaba sola, sin un hombre a su lado.
Solo eso bastaba para convertirla en leyenda. Cuando en 1114 el Papa Pascual II declaró nulo el matrimonio de Urraca con Alfonso el batallador, algo cambió para siempre en la historia de Europa. Por primera vez una mujer se quedaba sola al frente de un reino, sin padre, sin marido, sin hijo que gobernara por ella.
Tenía 33 años, dos hijos vivos de su primer matrimonio, Sancha, que crecía en León, y Alfonso, el niño al que habían coronado en Galicia, y una relación estable con el conde Pedro González de Lara, que pronto le daría más hijos. Los documentos de la cancillería real dejan constancia de cómo entendía Urraca su propio poder.
En los diplomas que firmaba en estos años aparece una fórmula que no había usado antes con tanta rotundidad. Ego, Urraca Gratia Day, Legionis Imperatrix, Ettota Hispanie Regina. Yo, Urraca, por la gracia de Dios, emperatriz de León y reina de todas las Españas. Era una declaración de principios, un aviso a los nobles que aún dudaban de su capacidad para gobernar sola.
La palabra imperatrix no era un adorno. La habían usado antes su padre Alfonso VI y su exmarido el batallador en sus documentos. Urraca reclamaba para sí la misma dignidad imperial que los reyes varones, la misma autoridad para mandar sobre los territorios que había heredado. Las monedas que mandó a cuñar en estos años lo confirman.
En una de ellas, aparecida acerca de Saldaña, puede leerse con claridad V imperatric en el Anverso y en el reverso más Leo Cívitas, recordando a todos que aquella ciudad, león era la cabeza de su reino. La abreviatura V era la forma habitual de escribir su nombre en los documentos de la época, borracha, burraca.
La M de Imperatrix aparece dibujada como una letra uncial, elegante, cuidada, como si el grabador hubiera querido dejar claro que aquella moneda no era una más. No fue fácil, sin embargo, convencer a todos de que una mujer podía gobernar por sí misma. Las crónicas eclesiásticas, escritas por clérigos que nunca aceptaron del todo su autoridad, dejaron frases como aquella que resume siglos de prejuicios.
reinó urraca, tiránica y mujerilmente. Mujerilmente no era un cumplido, era un insulto, una forma de decir que lo hacía como mujer, es decir, mal, de manera caprichosa, sin la firmeza que se esperaba de un rey. Pero Urraca siguió gobernando, firme en su propósito, demostrando día tras día que aquellos clérigos estaban equivocados.
Mientras tanto, en las ciudades del reino la tensión crecía. En Sagú, los burgueses se habían levantado contra el señorío del poderoso monasterio de San Benito. No era un motín cualquiera. Los comerciantes y artesanos se organizaban en hermandades para defender sus intereses frente a la presión señorial. Urraca pobo que intervenir alternando la negociación con la firmeza.
No podía permitirse el lujo de que las revueltas se extendieran. En Santiago, Diego Gelmírez, el ambicioso obispo que había coronado a su hijo años atrás, seguía maniobrando para aumentar su poder. Urraca logró mantenerlo a raya con una combinación de pactos y firmeza, demostrando una habilidad política que sus detractores no querían ver.
Las fuentes reconocen a regañadientes que supo enfrentarse con inteligencia a los conflictos con los almorábides, a las rebeliones de la nobleza y a los problemas eclesiásticos, manteniendo la unión territorial de un reino que heredaría su hijo. En 1117, Urraca firmó una tregua con Alfonso el batallador, su exmarido.
El acuerdo, que se renovaría periódicamente permitía a ambos concentrarse en sus problemas internos. ella en consolidar su gobierno y sofocar revueltas él en sus campañas en Alándalus. A pesar de la ruptura, en el plano militar siguieron colaborando ocasionalmente para frenar a los almoráides y contener las ambiciones de Teresa de Portugal, la almana de Urraca, que desde el condado portugalense amenazaba con expandir sus dominios.
En 1120, Urraka firmó uno de los documentos más importantes de su reinado. En él aparece la fórmula completa que resume su concepción del poder. Ego, Urraca Gratia de Legionis Imperatrix Etota Hispanie Regina. La historiadora Cecilia Martín Moreno del Archivo Histórico Nacional destaca que a partir de este momento Urraca firma sus documentos como reina de pleno derecho, marcando un hito en la historia no solo peninsular, sino europea.
No fue un camino fácil. En 1121, un grupo de nobles envidiosos de la cercanía que Pedro González de Lara tenía con la reina, encabezó una rebelión para derrocarlos a ambos. Algunos decían que el conde incluso había propuesto matrimonio a Urraca y aquello escandalizaba a los que veían en él a un advenedizo. La conspiración fracasó, pero mostró hasta qué punto la posición de Urraca era frágil y cómo el precio de tener un amante poderoso era la hostilidad constante de otros poderosos.
A pesar de todo, Urraca siguió adelante. Gobernaba sola. Viajaba constantemente por sus reinos para afirmar su autoridad, impartía justicia, negociaba con la aristocracia, sofocaba rebeliones. Era, como bien ha señalado el historiador José María Manuel García Osuna, la primera reina de Europa que ejercía el poder por derecho propio de forma continuada, sin un consorte que la acompañara en el trono.
Su firma en los documentos, su imagen en las monedas, su presencia en los caminos de León y Castilla, eran la prueba viva de que una mujer podía gobernar tanto como cualquier hombre. En los documentos de su cancillería aparece también una fórmula que revela su conciencia como mujer gobernante. Kuntis habitatoribus, acféminis.
Todos los habitantes, tanto hombres como mujeres. Era una forma inusual de expresarse en la época. Hemos tenido que andar siglos para reconocer un lenguaje inclusivo, pero Urraka quería dejar claro que sus disposiciones alcanzaban a todos sus súbditos sin distinción de sexo. Mientras tanto, en Galicia, su hijo Alfonso Raimúndez crecía rodeado de quienes querían usarlo contra ella.
El joven empezaba a reclamar protagonismo manipulado por la nobleza gallega que veía en él una alternativa a la reina. En el sur, su hermana Teresa seguía presionando desde Portugal, buscando la independencia del condado que años después daría lugar a un nuevo reino. Y los almoráides, siempre al acecho, no daban tregua en la frontera.
A finales de 1121, Urra había logrado gobernar en solitario durante 7 años. Había tenido hijos con el hombre que amaba. Había sofocado revueltas, firmado paces, acuñado moneda con su nombre y su título. Era un éxito sin precedentes para una mujer en la Europa del siglo XI, pero los problemas no hacían más que empezar.
En 1121, el horizonte de Urra se nubló por dos frentes que amenazaban con desestabilizar todo lo que había construido. El primero venía de Portugal, donde su hermana Teresa, la hija ilegítima de Alfonso VI y Jimena Muñoz, llevaba años consolidando el condado portugalense y miraba con ansia las tierras de Galicia. El segundo, el más doloroso aún, crecía en su propio reino.
Su hijo Alfonso Raimúndez, que ya tenía 16 años, empezaba a reclamar el protagonismo que muchos creían que le correspondía por derecho. La guerra con Teresa estalló ese mismo año. La hermana de Urraca, que gobernaba el condado protucalense desde la muerte de su esposo Enrique de Borgoña, en 1112, había aprovechado los años de conflicto entre Urraca y el batallador para fortalecer su posición.
Ahora, con la tregua firmada, buscaba expandir sus dominios hacia el sur de Galicia, aprovechando la debilidad de la reina y las ambiciones de los nobles gallegos, que aún no terminaban de aceptar la autoridad de Urraca. El enfrentamiento tuvo lugar en el castillo de Lanoso, una fortaleza situada en un promontorio rocoso desde donde se domina el valle del río Ave, en lo que hoy es territorio portugués.
Teresa se había hecho fuerte allí, esperando que su hermana no se atreviera a atacarla. Pero Urraa, que ya había demostrado sobradamente su capacidad militar, reunió sus tropas y puso cerco a la fortaleza. Durante semanas, las dos hermanastras se miraron desde la distancia, una dentro de los muros, otra fuera, esperando que el otro bando cometiera un error. El cerco fue duro.
Los hombres de Urraca, veteranos de las guerras contra el batallador, apretaron sin descanso. Dentro del castillo, las provisiones empezaron a escasear. Teresa, viéndose perdida, negoció su rendición. El acuerdo permitió a la Condesa conservar sus dominios, pero a cambio de reconocer la soberanía de Urraca sobre el territorio disputado.
Fue una victoria agridulce. Urraca había demostrado quien mandaba, pero no había logrado someter del todo a su hermana, que seguiría conspirando en los años siguientes. Portugal, aquel condado que Alfonso VI había entregado a su hija ilegítima, acabaría independizándose años después, dando origen a un nuevo reino que aún hoy existe.
Mientras su raca guerreaba en el sur, en Galicia crecía la otra amenaza. su hijo Alfonso Raimúndez, el niño al que Diego Gelmirez y Pedro Froilaz habían coronado en Santiago en 1111, tenía ya 16 años. Ya no era un niño manipulable. Empezaba a tener criterio propio, a rodearse de nobles que veían en él la oportunidad de medrar, a escuchar a quienes le decían que el trono le pertenecía por derecho, que su madre era solo una usurpadora.
La relación entre madre e hijo se fue tensando con los años. Alfonso, que había sido criado lejos de Urraca, bajo la tutela de Freilás y la influencia de Gelmírez, veía a su madre como una rival más que como una aliada. Los cronistas eclesiásticos, siempre hostiles a Urraca, alimentaban esa desconfianza. La historia compostelana, escrita por los colaboradores de Gelmírez, no perdía ocasión de presentar a la reina como una mujer voluble, dominada por sus pasiones, incapaz de gobernar.
El veneno se filtraba gota a gota en el corazón del joven. Los documentos de la cancillería real de estos años muestran a una reina que no cede un ápice de autoridad. Sigue firmando como ego urraca gratia de I legionis imperatrix. etota Hispania Reguina, sin mencionar a su hijo ni a ningún otro hombre, sigue viajando por sus reinos, impartiendo justicia, negociando con la aristocracia, sofocando rebeliones.
Pero algo ha cambiado. El desgaste empieza a notarse. En 1125 los documentos se vuelven más escasos, no porque Urraca haya dejado de gobernar, sino porque su salud empieza a resentirse. tenía 44 años, una edad avanzada para la época y su cuerpo, después de tantos años de guerra, de partos, de pérdidas, de viajes constantes, empezaba a dar señales de agotamiento.
Además, estaba embarazada de nuevo. Un embarazo a los 44 años era extremadamente peligroso en el siglo XI. Urraca, consciente del riesgo, se retiró al castillo de Saldaña en Valencia, buscando tranquilidad bajo la protección de Pedro González de Lara. El 12 de septiembre de 1125, Pedro González de Lara otorgó una donación al monasterio de Santo Domingo de Silos.
El documento especifica que lo hace por consejo y mandato de la reina. Urraca no está presente, no puede estar. Permanece en saldaña, quizás ya demasiado débil para desplazarse. Pedro actúa en su nombre con su autoridad, demostrando la confianza plena que ella depositaba en él. Desde Saldaña, Urraca siguió gobernando a distancia.
Las noticias le llegaban con cuentagotas. Su hijo Alfonso seguía creciendo en Galicia, rodeado de quienes querían usarlo contra ella. Teresa, desde Portugal, no cejaba en sus intentos de expandir sus dominios. Los almorávides seguían presionando en el sur, aunque la tregua con el batallador se mantenía. Ella, encerrada en aquella fortaleza palentina, contemplaba el horizonte y esperaba.
No sabía que aquella espera sería la última. No sabía que en apenas unos meses su vida llegaría a su fin. Pero mientras tanto, en el invierno de 1125, Urraca seguía siendo reina, emperatriz de León, reina de todas las Españas. Y aunque su cuerpo empezaba a fallarle, su voluntad seguía intacta. A finales del invierno, una embajada enviada por Diego Gelmírez llegó a Saldaña.
El obispo de Santiago, siempre atento a sus intereses, quería informar a la reina sobre el desarrollo de la campaña gallega contra Fernando Yáñez, un partidario de Teresa de Portugal. Pero cuando los emisarios entraron en la cámara real, encontraron a Urraca gravemente enferma. Las crónicas no precisan la dolencia ni mencionan el desenlace del parto que se avecinaba.
Solo dicen que la reina estaba ya muy débil. El 8 de marzo de 1126, Urraka murió. Fue en Saldaña, en esa fortaleza palentina donde había buscado refugio para el último trance. La noticia corrió como la pólvora. En Sagú, donde se encontraba Alfonso Raimúndez, el hijo de Urraca, la recibió con la diligencia de quien sabe que ha llegado su momento.
Se dirigió a León para tomar posesión del reino, pero cuando llegó a las puertas de la ciudad se encontró con un problema inesperado. Las torres que defendían león se negaban a rendirse. El tenente que las custodiaba, alineado con los intereses de Pedro González de Lara, había decidido no entregárselas al nuevo rey.
Era una sublevación explícita, una declaración de que no todos aceptaban a Alfonso VI como sucesor. En Castilla, el linaje de los laras se movilizó. Pedro y su hermano Rodrigo, junto con otros nobles, intentaron hacer valer los derechos de Fernando Pérez de Lara, el hijo ilegítimo de Urraca y Pedro. No buscaban necesariamente coronarlo en león, pero sí alzarlo como alternativa en el espacio castellano, donde su poder era más fuerte.
Fue un movimiento de gran envergadura que las crónicas posteriores minimizaron para no empañar la legitimidad de Alfonso VI, pero que revela hasta qué punto la muerte de Urraca dejó un vacío peligroso. En Asturias, Rodrigo González de Lara se reveló. En Collanza, su sobrino Jimeno Íñiguez hizo lo propio. Otros focos de contestación surgieron en diversos puntos del reino.
La amplitud de los apoyos sugiere que ciertos sectores de la aristocracia contemplaron en los Lara una alternativa sucesoria real. Teresa de Portugal, siempre al acecho, presionaba en Galicia y Alfonso el batallador, que seguía en campaña por Alándalus, aguardaba el momento para reavivar sus pretensiones sobre las tierras castellanas.
Pero Alfonso VI, con la ayuda de los nobles que le eran fieles, logró imponerse. Las torres de león se rindieron. Los hermanos Lara tuvieron que presentarse ante el nuevo monarca y rendirle homenaje. El imperio de su madre pasaba a sus manos, pero el precio era alto. La memoria de Urraca quedaría sepultada bajo capas de silencio y desprecio.
El cadáver de la reina fue conducido a león. Lo enterraron en el panteón de reyes de San Isidoro, un lugar que ella misma había elegido y cuya reconstrucción había impulsado durante su reinado. Allí, bajo las bóvedas románicas que aún hoy se conservan, reposaría para siempre. Pero cuando grabaron su epitafio, hicieron algo que resume siglos de injusticia.
En la piedra escribieron, “En este hermoso sepulcro yace la reina Urraca, hija del buen rey Alfonso y madre del emperador Alfonso.” Ni una palabra sobre sus 17 años de reinado, ni una mención a que fue la primera mujer en Europa que gobernó por derecho propio, sin un hombre a su lado. La redujeron a ser hija de uno y madre de otro.
La historia escrita por hombres la había borrado, pero ella había existido y sus documentos, sus monedas, sus batallas, su firma indeleble en los pergaminos de la cancillería real decían otra cosa. Decían, “Yo, Urraca, por la gracia de Dios, emperatriz de león y reina de todas las Españas. Y eso nadie podía borrarlo.
El apodo de la temeraria no fue un título honorífico, fue un insulto fabricado por sus enemigos. Temerario es el alocado, el imprudente, el que no piensa que a la primera reina privativa de Europa, la primera mujer que gobernó por derecho propio, sin compartir el trono con ningún hombre, le colgaran ese San Benito, no fue casualidad.

Era la manera de decir cómo se atrevió. Incluso crónicas que pretendían contar la historia de los reyes de León saltaban directamente de Alfonso VI a Alfonso VI, ignorando por completo los 17 años de reinado de Urraca. Alfonso X. El sabio, en su relación de reyes, ni siquiera la menciona. En cambio, sí incluye a su marido, Alfonso de Aragón como monarca leonés.
La paradoja es sangrante. El rey consorte, que no tenía derechos propios, fue recordado. La reina propietaria borrada. Pasaron los siglos. La figura de Urraca quedó arrinconada en los manuales de historia, cuando no directamente omitida, hasta que algo empezó a cambiar. En 2026, 900 años después de su muerte, un puñado de exposiciones y congresos decidieron rescatarla del olvido.
El Museo de León inauguró Reina Ella, Urraca primera de León, 1109-1126, una muestra que reunía más de 50 piezas, algunas nunca antes vistas en España. El Museo del Prado, el Lubre de París, el Victoria en Albert de Londres y el Museo de Chicago prestaron obras que en su día salieron de León y ahora regresaban temporalmente. Los comisarios Gerardo Boto Varela y José Alberto Morais Morán de las universidades de Alicante, León y Girona, habían investigado a fondo cómo era la basílica de San Isidoro.
Cuando Urraca fue enterrada, aparecieron monedas acuñadas en el siglo XI con su efigie, aquellas que llevaban grabado V imperatrix en el Anverso y Mas leo Vitas en el reverso, recordando que león era la cabeza de su reino. Piezas de marfil manufacturadas en los talleres leones que ella había protegido.
documentos con su firma rotunda. Ego Urraca Grati, Legionis Imperatrix et Hispanie Regina. Sonia Vital Fernández publicó Urraca, una reina en el trono de un rey donde desmontaba muchos de los mitos que habían oscurecido su figura. Teres Martin, investigadora del CESIC, tituló su estudio con una declaración de intenciones.
Urraca de León gobernó como un rey de su tiempo. No fue una malvada. Desmentía así la vieja leyenda de que robaba iglesias, una acusación sin fundamento que había circulado durante siglos. El lema de la exposición lo decía todo. Quiso ser reina y lo fue. Y fue además una gran reina. Palabras de Raquel Jaén, directora del museo de San Isidoro, que por fin ponían las cosas en su sitio.
Hoy, si caminas por León, puedes entrar en San Isidoro. Bajo esas bóvedas románicas que ella misma contribuyó a levantar, sigue estando su tumba. una lápida sencilla, casi humilde. El epitafio sigue diciendo lo mismo, hija del buen rey Alfonso y madre del emperador Alfonso. Pero ya no engaña a nadie, porque ahora sabemos que Urraca fue mucho más.
Y cuando el viento silva entre los arcos de San Isidoro, cuando la luz de la tarde se cuela por las ventanas del panteón real, no es difícil sentir que ella sigue ahí observando, esperando, recordándonos que el poder no es cuestión de género, sino de voluntad. Urraca de León no se arrodilló y 900 años después, por fin le estamos devolviendo lo que siempre fue suyo, su lugar en la historia.