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“TAKE OFF YOUR WEDDING DRESS,” THE DUKE SAID COLDLY. “THIS WEDDING IS JUST REVENGE.”

El salón de recepciones del palacio Schwarzengaba bajo la luz de 100 candelabros de cristal. Los invitados más ilustres de Viena observaban en silencio. Ante el altar improvisado,  ella permanecía inmóvil, envuelta en seda marfil y encaje de bruselas. Él se acercó con pasos medidos, sin prisa, sin calidez, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que solo ella lo escuchara.

 El duque Alexander von Ridberg pronunció las palabras que congelarían su sangre. Quítate el vestido de novia cuando termine esto.  Esta boda es solo una venganza. Ella alzó el mentón conteniendo el temblor. Los murmullos se apagaron. El cura tosió incómodo. Nadie sabía qué acababa de suceder, pero todos intuían que algo se había roto antes de comenzar.

 ¿Se separarán antes siquiera de estar unidos o lograrán desafiarlo todo? Antes de empezar la historia, dinos en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Quédate hasta el final porque  esta historia te va a demostrar cómo el amor verdadero puede nacer incluso del odio más frío. Dos semanas antes, en el mismo palacio, todo había sido distinto.

  Isabela von Linden, 24 años, hija única del conde Rudolf von Linden, había llegado a Viena con una maleta ligera y un corazón aún más liviano. Su padre acababa de morir en circunstancias misteriosas. Ella heredaba el título, las tierras y una deuda enorme con la casa imperial. También heredaba un secreto que ni siquiera conocía, un documento firmado 20 años atrás que hipotecaba su futuro.

 El duque Alexander vonberg, 32 años, heredero de una de las fortunas más antiguas del imperio, la recibió en su despacho sin levantarse. Era alto, de rasgos severos, ojos grises como el acero y una elegancia que intimidaba.  Su voz era firme, casi cortante. Lady Isabela, lamento su pérdida, pero debo ser claro.

 Su padre me debe 4 años de rentas. Las tierras de Linden están bajo mi control hasta que la deuda se salde. A menos que usted prefiera otra solución. Ella lo miró sin comprender. ¿Qué solución? El matrimonio cancelaría la deuda y yo recuperaría lo que su padre me quitó. ¿Qué le quitó mi padre? Él no respondió, solo deslizó un contrato sobre el escritorio de Caoba.

Tiene hasta mañana para decidir. Isabela salió de allí temblando, no de miedo, sino de indignación. No conocía a ese hombre, no entendía su frialdad, pero algo en sus ojos, algo oculto bajo capas de control, la inquietó. Esa  noche, en la pequeña habitación que le habían asignado en una pensión cercana a la Ring Trase, Isabela encontró entre los papeles de su padre una carta fechada en 1825.

 La letra era apretada, nerviosa. Decía, “Alexander, perdóname. No quise traicionarte. Tu padre me obligó. Yo solo firmé lo que me pidieron. Jamás supe que te despojarían de tu herencia materna. Si algún día mi hija tiene que pagar por mis errores, te suplico piedad. Isabella dejó caer la carta.

 Su padre había participado en un fraude. El duque Alexander había perdido una fortuna por culpa del conde von  Linden y ahora él cobraba su venganza a través de ella. Al día siguiente, Isabela regresó al palacio. Esta vez fue recibida en el salón azul, donde la luz del invierno bien se filtraba tímida entre cortinas de tercio pelo.

 Alexander estaba de pie junto a la ventana, mirando los jardines cubiertos  de escarcha. “He leído la carta de mi padre”, dijo ella sin preámbulos. Él no se movió. Entonces, ¿sabe por qué estamos aquí? Sé que usted perdió algo, pero yo no fui responsable. No, pero usted es lo único que queda de él. Isabela apretó los puños dentro de su manguito de piel.

 Y casarse conmigo borrará su dolor. Él finalmente se dio vuelta. Su mirada era dura, pero había algo más, algo que ella no supo nombrar. No espero borrar nada, solo quiero justicia. Entonces acepto. El silencio cayó como nieve pesada. Acepta, repitió él sorprendido por primera vez. Sí, me casaré con usted, pero con una condición.

 No fingiré amarle. No fingiré ser feliz y en cuanto la deuda esté saldada, me iré. Alexander sonríó apenas sin humor. Perfecto. Yo tampoco fingiré nada. El compromiso se anunció esa misma tarde. Bien entera habló del escándalo silencioso, un duque poderoso y una heredera arruinada. Nadie entendía por qué él se rebajaba, pero los rumores ya comenzaban a tejer historias.

 Entre los invitados al compromiso estaba la varonesa Clara von Esterwald, una mujer de 38 años, elegante, calculadora  y con una ambición feroz. Había sido amante secreta del difunto Duque von  Ridberg, padre de Alexander, y había esperado durante años que su hijo cayera en sus manos. Ahora, con esta boda imprevista, sus planes se desmoronaban.

 No permitiré que esa niña arruine lo que construí, susurró a su confidente el varón  Otogrim, un hombre de lealtad comprada y moral flexible. ¿Qué propone varonesa? Separación, escándalo, lo que sea necesario. La ceremonia fue fría, los votos mecánicos. Pero cuando el cura pronunció las palabras finales y Alexander debió besar a su esposa, algo cambió.

 Fue apenas un roce, un segundo demasiado largo. Isabela sintió un calor inesperado subir por su cuello. Él apartó la mirada primero. Esa noche, en la suite nupcial,  Alexander no entró. Dejó una nota bajo la puerta. Duerma tranquila, no la molestaré. Esta unión es legal, no real. Isabela leyó la nota tres veces. No supo si sentir alivio o decepción.

Los días siguientes fueron extraños. Vivían bajo el mismo techo, compartían comidas en silencio, asistían juntos a eventos sociales, pero no se hablaban más de lo necesario. Él era cortés,  distante, ella digna, contenida. Sin embargo, la servidumbre comenzó a notar pequeños detalles.

 El duque preguntaba cada mañana si la duquesa había dormido bien. Ella dejaba flores frescas en el escritorio de él sin decir nada. Cuando llovía,  él enviaba un chal de cachemira a su habitación. Cuando él trabajaba hasta tarde, ella dejaba té caliente en su estudio. Eran gestos mudos,  pero no pasaban desapercibidos.

Una tarde Isabel la bajó al jardín de invierno. Necesitaba aire, aunque fuera frío. Allí encontró a Alexander de espaldas observando un rosal que ya no florecía. “Mi madre plantó este rosal”, dijo él sin voltear, como si supiera que ella estaba allí. “Murió cuando yo tenía 12 años.

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