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Su familia le dio 30 días para abandonar el rancho… Solo un viejo burro sabía lo que se escondía allí.

La reunión fue un martes. Tía Consuelo había convocado a Natividad y a Gerardo en la notaría de álamos para leer el testamento del abuelo Rosendo y para resolver de una vez lo que llevaban meses sin resolver, porque mientras hubiera rancho sin decisión, había deuda de impuestos corriendo y discusión familiar que no terminaba.

El testamento era testamento simple. El rancho de 120 hectáreas en las afueras de Álamos, tierra de Sonora con ese aspecto de tierra que en temporada seca parecía tierra sin futuro, y en temporada de lluvias producía lo que producía si alguien la trabajaba. Pasaba a los tres en partes iguales, Natividad, Gerardo y Tía Consuelo, un tercio cada uno.

El problema era que un tercio de rancho semiárido sin producción activa en una región donde el agua subterránea bajaba cada año era un tercio que valía poco como fracción y algo más si se vendía completo. Gerardo Tenía, comprador, empresa de desarrollo inmobiliario de Hermosillo, que llevaba dos años comprando propiedades en la región de Alamos para proyecto de desarrollo turístico, cabañas, campo de golf, lo que se construía en tierras áridas de Sonora cuando alguien con dinero calculaba que el árido era estético si

uno lo miraba desde terraza con aire acondicionado. El precio era precio de mercado para tierra sin agua activa en esa zona. Tía Consuelo dijo que sí. Natividad dijo que necesitaba ver el rancho antes de decidir. Gerardo dijo que para qué si era tierra seca, que no había producido nada en 15 años.

Natividad dijo que el abuelo Rosendo había vivido en ese rancho durante 60 años y que antes de venderlo quería verlo. Gerardo dijo que bien, que cuánto tiempo necesitaba. Natividad dijo que no sabía. Gerardo dijo que tenía 30 días, que la oferta del comprador vencía en 30 días y que si para  entonces no había firma de los tres, el comprador seguía con otra propiedad.

Tía Consuelo dijo que 30 días era tiempo más que suficiente para ver tierra seca. Natividad firmó el acuerdo de los 30 días. Fue al rancho ese mismo martes. El camino de terracería desde Álamos tomaba 40 minutos. La casa de Adobe al fondo del camino con el aspecto de casa que nadie ha abierto en meses.

Las ventanas con polvo fino que Sonora acumulaba en todo en temporada seca. la puerta con la cerradura que necesitó aceite antes de ceder. El rancho adentro era el rancho de su abuelo con 15 años de polvo encima, los muebles en su lugar, el fogón en la cocina, las fotos en la pared, el abuelo rosendo en distintas épocas, el rancho en distintos estados, la familia en años que Natividad recordaba y años anteriores a ella. fue al establo.

Esperaba encontrarlo vacío. No estaba vacío. En el rincón sur del establo, con pasto seco en el comedero y agua turbia en el bebedero que alguien había llenado hacía días, había burra vieja con esa contextura de animal que ha llegado a edad avanzada y que el cuerpo lo muestra sin disimulo. Gris, claro, con manchas más oscuras en el lomo.

ojos con esa expresión de animal que ha visto mucho y que cuando llega persona nueva la evalúa con la calma de quien ya no tiene prisa para nada. Natividad fue al vecino más cercano, rancho, a 2 km. El vecino era hombre de 70 años que había conocido al abuelo Rosendo desde jóvenes. Le dijo que había estado dando agua a la burra cada tres días desde que el abuelo había muerto el año anterior, que el abuelo le había pedido que la cuidara, que la burra se llamaba terca.

Natividad preguntó, “¿Por qué terca?” El vecino dijo que porque cuando el abuelo Rosendo la compraba de joven 22 años atrás, la burra no hacía lo que uno quería, sino lo que ella quería. Que el abuelo había dicho que eso no era malo, que era carácter, que le había puesto terca como cumplido y no como queja.

Natividad volvió al rancho, terca en el establo. Natividad en el corredor con el café que había preparado en el fogón del abuelo. 30 días para decidir si ese rancho valía algo más que lo que la empresa inmobiliaria de Hermosillo estaba dispuesta a pagar por tierra árida sin agua. Deja tu like si crees que algunos lugares esconden más de lo que aparentan.

El miércoles, Natividad empezó por los documentos. El abuelo Rosendo había guardado papeles en el cuarto del fondo, el que en la infancia de natividad había sido cuarto prohibido, no por misterio, sino por la razón práctica de que era donde el abuelo trabajaba y que cuando el abuelo trabajaba no quería interrupciones.

Las cajas estaban donde siempre habían estado, cuatro cajas de cartón con etiquetas escritas a mano, año, contenido, si había algo específico que encontrar. La letra del abuelo Rosendo, que era letra de hombre, que había aprendido a escribir de adulto y que por eso escribía con esa concentración de quien sabe que la letra cuesta y no la desperdicia.

Natividad pasó 3 horas revisando las cajas, facturas de compra de animales, registros de cosecha de años anteriores cuando el rancho había producido Zorgo y Chile, correspondencia con la Comisión de Agua de Sonora. Las cartas fechadas entre 1972 y 1994, periodo en que el abuelo había tenido concesión activa de pozo que había vencido y no había renovado.

títulos de propiedad del rancho, fotos de obras que Natividad no recordaba, construcciones en el sector norte del terreno que en las fotos parecían zanjas o canales, con el abuelo Rosendo de joven supervisando el trabajo con hombres que Natividad no reconocía. Las fotos no tenían fecha en el frente. Natividad les dio vuelta.

Aldorso, 1978, sector norte, sistema de captación. No había más texto. Guardó las fotos en el bolsillo de la camisa. El jueves, día 3 del plazo, Natividad salió al terreno con las fotos. El sector norte del rancho estaba a 400 m de la casa principal, detrás de la lomita que dividía visualmente el terreno en dos partes desiguales.

El sector sur con la casa, el establo y el pozo principal, y el sector norte más árido en superficie. Pero con esa diferencia de vegetación que quien conocía la zona semiárida de Sonora reconocía más mezquite, más palo verde, más plantas que indicaban humedad subsuperficial, aunque la superficie no la mostrara.

Natividad llegó al sector norte con las fotos. Trató identificar los puntos donde habían estado las zanjas de las fotos de 1978. No fue fácil. 47 años de tierra árida de Sonora sobre cualquier construcción produce superficie que no revela lo que hay debajo. La vegetación da pistas, el mezquite más denso en ciertos puntos, el suelo con coloración diferente en líneas que seguían dirección específica, pero pistas son pistas y no certezas.

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