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LLEGA TARDE DE LA OFICINA DE SU ABUELA Y RECIBE LA PEOR NOTICIA TRABAJARÁ CON ÉL… EL QUE SE RIÓ

¿Sabes ese día en que llegas tarde con café en la mano y el universo decide arruinarte la calma? Ella solo quería trabajar en el estudio de su abuela, pero recibe una noticia bomba y de regalo, el jurado arrogante que se rió de ella en público, se convierte en socio y empieza a provocarla como si fuera un deporte.

Valeria Pérez llegó tarde al estudio de arquitectura de su abuela. Otra vez llevaba un café humeante en una mano, el bolso colgando peligrosamente del hombro y un tubo con planos que parecía decidido a escapar de su agarre cada dos pasos. “Perdón, perdón, perdón”, murmuró al cruzar la puerta principal, esquivando por poco a Sofía, la asistente administrativa, que llevaba 5 años siendo testigo de sus llegadas caóticas.

Llegas 20 minutos tarde”, dijo Sofía con una sonrisa que mezclaba diversión y preocupación. “Tu abuela reunió a todo el equipo en la sala de juntas y tiene esa mirada.” Valeria sintió un escalofrío. Conocía esa mirada. Era la misma que usaba su abuela Elena cuando estaba tramando algo. Y generalmente ese algo involucraba decisiones importantes que no se habían consultado con nadie.

“¿Qué mirada?”, preguntó, aunque ya sabía la respuesta. La de hice algo que ustedes no esperan y me voy a divertir viendo sus caras, respondió Sofía cruzándose de brazos. Valeria suspiró y se dirigió a la sala de juntas intentando arreglar su cabello castaño, que insistía en liberarse de la coleta. A sus 28 años llevaba seis trabajando en el estudio familiar.

Y aunque amaba cada ladrillo, cada línea, cada proyecto, su abuela seguía tratándola como si tuviera 15 y acabara de anunciar que quería ser arquitecta. Al entrar en la sala, encontró a los ocho miembros del equipo sentados alrededor de la mesa de madera, que había visto 1000 reuniones. Su abuela, Elena Vega, estaba de pie junto a la ventana con sus 74 años perfectamente llevados y una sonrisa que confirmó todas las sospechas de Valeria.

Ah, por fin”, dijo Elena. “Ya pensaba que tendríamos que empezar sin ti.” El tráfico estaba imposible, mintió Valeria, dejando sus cosas en una silla libre. “El tráfico siempre está imposible cuando te despiertas tarde”, replicó su abuela con suavidad. Valeria sintió que sus mejillas se calentaban mientras algunos compañeros contenían risitas.

Elena tenía ese don especial de hacerla sentir como una niña con una sola frase. Bueno, continuó Elena irguiéndose un poco más. Los he reunido porque tengo un anuncio importante que hacer. Si te está gustando esta historia, no olvides dejar tu like, suscribirte al canal y compartir con tus amigos. Eso nos ayuda a seguir trayendo historias increíbles para ti.

El silencio se instaló en la sala. Valeria sintió que su estómago se tensaba. Su abuela tenía 74 años y aunque seguía siendo la mujer más vital que conocía, últimamente había hablado más de descanso, de viajes, de cosas que había pospuesto toda su vida. Después de 46 años construyendo este estudio desde cero, empezó Elena y Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

He decidido que es hora de dar un paso atrás. Me jubilo. Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Valeria se aferró al borde de la mesa. Abuela, ¿qué? Déjame terminar, cariño. La interrumpió Elena levantando una mano. No voy a cerrar el estudio, todo lo contrario. He vendido el 50% de las acciones a un inversor que quiere expandir el negocio.

Alguien con visión, con contactos, con ganas de llevar nuestro trabajo a otro nivel. Valeria sintió que el mundo se inclinaba ligeramente. Aquel estudio era su vida. Era el legado de su abuela, sí, pero también era suyo. Cada proyecto llevaba parte de su alma, de sus noches en vela, de sus sueños de crear espacios que importaran.

¿Vendiste la mitad del estudio?, preguntó, y su voz sonó más aguda de lo que pretendía. sin consultarme. “Soy la dueña, puedo hacer lo que quiera”, respondió Elena con una sonrisa traviesa que hizo que Valeria quisiera gritar y abrazarla al mismo tiempo. “Además, confío en mi elección. Es alguien brillante. ¿Quién es?”, intervino Carlos, el arquitecto senior del equipo.

“Está a punto de llegar”, dijo Elena mirando su reloj. De hecho, la puerta de la sala se abrió en ese momento y Valeria giró la cabeza esperando ver a algún empresario mayor con traje gris y expresión seria. Lo que vio la dejó paralizada. Alto, muy alto, quizás 15, hombros anchos bajo una chaqueta azul marino que le quedaba como si hubiera sido diseñada pensando específicamente en su cuerpo.

Cabello oscuro peinado hacia atrás con ese desorden calculado que gritaba. Me desperté así, pero en realidad me tomó 20 minutos. Mandíbula fuerte, ojos oscuros que barrieron la sala con una confianza que rozaba la arrogancia y esa sonrisa, esa sonrisa que Valeria había visto en sus pesadillas durante 3 años. “Buenas tardes”, dijo él y su voz llenó el espacio como si tuviera derecho a cada centímetro de aire. “Soy Miguel Herrera.

No, no, no. No, no, no. Valeria sintió que sus manos se cerraban en puños. El café que había estado sosteniendo amenazaba con derramarse. La sala parecía haberse quedado sin oxígeno. Miguel la miró directamente. El reconocimiento iluminó sus ojos casi de inmediato, seguido por algo que parecía peligrosamente cercano a la diversión.

Valeria Pérez, dijo él, y la forma en que pronunció su nombre hizo que algo se retorciera en su estómago. Qué coincidencia tan inesperada. La sala entera los miraba sintiendo la tensión, pero sin entender su origen. Valeria quería hablar, pero las palabras se habían atascado en algún lugar entre su cerebro y su boca. Lo único que podía ver era aquella noche de 3 años atrás.

El auditorio, el premio, el maldito escenario y su risa cuando ella cayó. “Se conocen”, preguntó Elena y había un brillo en sus ojos que decía que sabía exactamente lo que estaba haciendo. “Nos cruzamos una vez”, respondió Miguel sin apartar la mirada de Valeria. “Fue memorable.” Valeria finalmente encontró su voz. “Para ti tal vez”, dijo, y sonó más cortante de lo que pretendía. Yo preferiría olvidarlo.

Miguel sonrió más ampliamente y Valeria supo con absoluta certeza que su vida acababa de complicarse de formas que ni siquiera podía imaginar todavía. Su abuela, mientras tanto, parecía estar disfrutando cada segundo del espectáculo que acababa de orquestar. Miguel Herrera había aprendido a leer personas con la misma facilidad con que leía planos estructurales.

Era una habilidad necesaria en su mundo de inversiones y negociaciones. Pero la mujer que lo miraba desde el otro lado de la mesa de juntas, con ojos que prometían asesinato, era un libro abierto escrito en letras de fuego. Lo odiaba y eso, curiosamente lo divirtió más de lo que debería. Entonces, dijo Elena Vega, completamente ajena al drama que se desarrollaba, Miguel será responsable de la expansión del negocio, nuevos clientes y la parte financiera.

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