El 2 de julio de 2001, en una cabaña escondida dentro de la residencia oficial de Los Pinos y lejos de los ojos del país, Vicente Fox se casaba en secreto con Marta Sahagún, su vocera, su sombra y la mujer que muchos ya señalaban como el verdadero poder detrás del presidente. México apenas despertaba, celebrando eufórico el fin de más de 70 años de dominio ininterrumpido del PRI y abrazando la promesa de una democracia limpia. Sin embargo, detrás de aquella puerta cerrada donde no hubo prensa ni multitudes, comenzaba a escribirse uno de los capítulos más oscuros, bizarros y dolorosos de la política moderna mexicana. Una historia donde se mezcló la ambición desmedida, el misticismo, la brujería, el saqueo de los fondos públicos y una familia que confundió la silla presidencial con su propio negocio privado.

A más de dos décadas de distancia, las revelaciones sobre lo que realmente sucedía bajo el mandato del autodenominado “gobierno del cambio” siguen estremeciendo a cualquiera que las escuche. ¿Fue Marta Sahagún simplemente una mujer con aspiraciones políticas, o fue la pieza central de una maquinaria que devoró las esperanzas de toda una nación? Para entender el peso de esta tragedia nacional, debemos abrir esa puerta que durante tanto tiempo permaneció celosamente cerrada.
De Zamora a Los Pinos: El Origen de una Hambre Insaciable
Marta Sahagún no nació en una dinastía política, sino en Zamora, Michoacán, en una sociedad profundamente conservadora donde la imagen, el apellido y la obediencia religiosa lo eran todo. Formada en un ambiente donde las mujeres estaban destinadas a acompañar y sonreír, Marta aprendió rápidamente que la apariencia podía abrir puertas. Su cercanía a influyentes círculos católicos, como los Legionarios de Cristo y su polémico fundador Marcial Maciel, sentaron las bases de una mujer que entendía el poder de las redes y los secretos.
Pero debajo de su fachada de respetabilidad —madre de tres hijos, esposa de Manuel Briviesca Godoy y devota participante de actividades eclesiásticas— hervía una ambición feroz. No quería simplemente observar el poder; quería ejercerlo. Y Vicente Fox fue su vehículo perfecto. Fox era alto, carismático y ruidoso, pero necesitaba orden y disciplina, cualidades que Marta le ofreció como su vocera en Guanajuato. Lo que empezó como una relación profesional se transformó en una dependencia estratégica y emocional que terminó rompiendo el matrimonio de Marta y llevándola de la mano hacia el epicentro político del país.
Brujería, Santería y “Vitaminas”: El Secuestro de la Voluntad Presidencial
Cuando Marta llegó a Los Pinos, descubrió que el poder no se recibe pacíficamente; se pelea con uñas y dientes. Rodeada de los asesores de Fox y sintiéndose constantemente observada y rechazada, su miedo a perder el control la llevó, según múltiples investigaciones periodísticas de la época, a buscar respuestas en lugares sumamente oscuros.
De acuerdo con libros y reportajes como los de Olga Wornat y José Gil Olmos, Marta Sahagún recurrió a la santería y a supuestos rituales místicos para “amarrar” la voluntad del presidente Vicente Fox. Con la supuesta asesoría de figuras tan calculadoras como Elba Esther Gordillo y un enigmático personaje conocido como el “Padre Felipe Campos” —descrito en los relatos como un santero cubano—, se comenzaron a tejer prácticas escalofriantes dentro de la residencia oficial.
Se habló de humo en los baños, de fotografías quemadas de enemigos políticos (incluyendo a la exesposa de Fox) y de un macabro secreto administrado a plena luz del día: las llamadas “vitaminas”. Unas misteriosas gotas, que muchos rumores asociaron con el mítico “toloache”, eran puestas discretamente en el jugo o el café del mandatario cada mañana. Lo que el país presenció a continuación fue asombroso: el presidente enérgico y respondón se fue apagando, mostrando una mirada perdida y una voluntad cada vez más dócil, mientras su esposa ocupaba espacios que constitucionalmente no le correspondían. ¿Quién gobernaba realmente México?
El Toallagate y el Palacio de la Indecencia
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Si bien las historias de brujería parecían salidas de una novela de terror, el saqueo económico fue brutalmente real y tangible. La primera gran señal de que Los Pinos había sido tomado por una familia que confundía lo público con lo suyo estalló en junio de 2001 con el famoso “Toallagate”.
El país descubrió con indignación que la pareja presidencial había gastado más de 9 millones de pesos en remodelar sus cabañas. Los detalles resultaban un insulto para una nación sumida en la pobreza: cortinas eléctricas de 153,000 pesos y toallas de baño de más de 400 dólares cada una. Mientras millones de familias mexicanas hacían magia para poder llevar un plato de frijoles a la mesa, en la cúspide del poder se gastaba el presupuesto público como si el país fuera su chequera privada. Este evento no fue un simple error de relaciones públicas; fue la exhibición impúdica de la falta de moral de la nueva élite.
Vamos México y la Falsa Caridad: Lucrando con el Dinero de los Pobres
Marta no se conformaba con remodelaciones de lujo; ella soñaba con la presidencia en 2006. Quería ser una especie de Evita Perón mexicana. Para construir esta plataforma política, creó la fundación “Vamos México”, envolviéndose en discursos de caridad, lágrimas por los niños y amor por los desprotegidos. Sin embargo, detrás de las elegantes galas y subastas de élite, se ocultaba presuntamente uno de los esquemas de desvío de fondos más indignantes de la historia.
La mano de la ambición alcanzó a la sagrada Lotería Nacional, una institución diseñada para devolver recursos a los más vulnerables. A través del fideicomiso “Transforma México”, legisladores de la época denunciaron que entre 110 y 200 millones de pesos provenientes de excedentes oficiales terminaron siendo canalizados irregularmente hacia redes con claro favoritismo hacia la fundación de la primera dama. Además, se utilizaron recursos públicos de dependencias de educación y salud para imprimir 1.5 millones de libros cuyos logos y prólogos fueron manipulados para promocionar la imagen personal de Marta. El dolor de los pobres no era una causa; era su campaña de marketing pagada por los impuestos de todos.
Los Briviesca: Cuando el Estado se Convierte en un Negocio Familiar
Mientras Marta jugaba a la filantropía, sus tres hijos —Manuel, Jorge Alberto y Fernando Briviesca— comenzaron a vivir una transformación mágica. De ser jóvenes clasemedieros en Celaya, pasaron a codearse en jets privados, a lucir relojes carísimos y a operar como dueños del estado.
La tragedia más grande fue cómo lucraron con la desgracia ajena tras la crisis bancaria. A través de influencias en el IPAB (Instituto para la Protección del Ahorro Bancario), los hermanos y empresarios cercanos presuntamente adquirieron de forma irregular más de 7,700 viviendas embargadas de carteras vencidas. Casas llenas de recuerdos y lágrimas, que familias mexicanas habían perdido al quebrar, fueron compradas en lotes por montos ridículos de entre 8 y 34 millones de pesos, cuando su valor real superaba los 1,100 millones. Compraron la ruina de los mexicanos a precio de remate.