La obligaron a casarse con un millonario francés por 28 días, pero él se enamoró de ella. Antes de comenzar la historia, comenta desde qué lugar nos estás viendo. Espero que disfrutes esta historia. No olvides de suscribirte. En el vibrante corazón de Madrid, donde las esperanzas y las desilusiones danzan en cada esquina, Anita Lombardi estaba a punto de tomar una decisión que alteraría su destino para siempre.
La oferta era tan increíble como desesperada, convertirse durante 28 días en la esposa de un enigmático y arrogante millonario francés. La recompensa final, 20 millones de dólar. una cifra que parecía sacada de un sueño y que prometía resolver todos sus problemas financieros de la noche a la mañana, pero a un costo muy personal y desconocido.
Santiago Belmonte, un hombre tan frío y calculador como irresistiblemente atractivo, necesitaba urgentemente un matrimonio de conveniencia. Para él, Anita no era más que una pieza en su complejo tablero de ajedrez, una solución rápida y eficiente para sus inminentes problemas de visado que amenazaban con desbaratar un negocio multimillonario.
La veía como un medio para un fin, una mujer sin complicaciones aparentes que encajaba perfectamente en el perfil que sus abogados habían diseñado con meticulosa precisión para evitar cualquier tipo de escándalo. Esto es estrictamente un acuerdo comercial”, le había dicho él con unos ojos azules tan penetrantes que parecían leer su alma sin revelar absolutamente nada de la suya.
Sus palabras fueron directas, carentes de cualquier emoción, diseñadas para establecer los límites de una relación que nacería muerta. Sin embargo, en el juego de las apariencias, las emociones son comodines impredecibles. ¿Qué sucedería cuando la línea entre la farsa y la realidad comenzara a desdibujarse peligrosamente con cada día que pasaran juntos? Las miradas furtivas compartidas a través de salones repletos de la alta sociedad madrileña, los roses accidentales y las conversaciones forzadas podrían convertirse en algo más profundo y genuino.
A medida que la cuenta regresiva de su insólito acuerdo avanzaba, ambos descubrirían que hay sentimientos que ningún contrato puede contener y que el corazón tiene sus propias cláusulas. El amor a veces florece en los terrenos más inesperados, desafiando toda lógica y planificación como una flor salvaje en un jardín perfectamente cuidado.
Anita Lombardi estaba convencida de que aquel era el peor día de su existencia. No se trataba de una exageración dramática. Los hechos hablaban por sí solos y cada uno era peor que el anterior. La mañana había comenzado con una mancha de café estratégicamente derramada sobre su blusa blanca preferida, una señal premonitoria de la catástrofe que se avecinaba, pero eso solo fue el tímido preludio de una jornada que se empeñaba en hundirla cada vez más en la miseria.
El siguiente golpe llegó de su jefe en la pequeña librería de barrio donde trabajaba. La despidió sin contemplaciones, alegando que pasaba demasiado tiempo soñando despierta entre las estanterías de libros antiguos. Irónicamente, soñar era lo único gratuito que le quedaba en la vida. Y para rematar la jornada, su compañera de piso, con una insensibilidad pasmosa, le anunció que se mudaba a fin de mes, dejándola sola con un alquiler que era imposible de asumir con su cuenta bancaria temblando en números rojos.
No, definitivamente no era un día común. El peor día de la vida de Anita quedó oficialmente certificado cuando un hombre desconocido, vestido con un traje tan impecable que parecía fuera de lugar en la acera de su puesto de comida ambulante favorito, le extendió una tarjeta de visita. La elegancia del hombre contrastaba brutalmente con el olor a fritura del ambiente.
Sus palabras, pronunciadas con un tono neutro y profesional la dejaron completamente paralizada por la incredulidad. “Señorita Lombardi, comenzó el hombre con una calma exasperante, mi empleador quisiera proponerle un acuerdo singular.” Le ofrece 20 millones de euros a cambio de que acceda a casarse con él durante un periodo exacto de 28 días.
Anita parpadeó varias veces, segura de haber escuchado mal. Quizás era una alucinación producto del hambre y el estrés acumulado. Un mechón de su cabello castaño oscuro cayó sobre su rostro y se lo colocó detrás de la oreja. Disculpe, creo que no he entendido bien”, logró articular con la voz temblorosa. El hombre, alto y con un rostro tan serio que parecía tallado en piedra, no mostró ni un atisbo de diversión o ironía en su expresión.
Repitió la oferta con la misma frialdad, como si estuviera dictando los términos de una simple transacción comercial. El señor Santiago Belmonte, un destacado industrial de origen francés, necesita contraer matrimonio de forma inmediata. La oferta es de 20 millones de euros. Anita observó la tarjeta que tenía en la mano, un cartón elegante con letras doradas en relieve, Santiago Belmonte, CEO de Belmonte Global Enterprises.
Una risa nerviosa escapó de sus labios mientras sus ojos buscaban frenéticamente alguna cámara oculta, esperando que todo fuera una broma elaborada. ¿Se trata de algún programa de televisión o algo por el estilo?, preguntó con un hilo de esperanza. El hombre, cuya placa de identificación lo presentaba como Eduardo, negó lentamente con la cabeza. Impasible.
El señor Belmonte no pierde su tiempo en bromas, especialmente cuando se trata de asuntos de negocios, afirmó Eduardo con una seriedad que le heló la sangre. Le entregó un sobresellado con el mismo emblema de la tarjeta. En este documento encontrará todos los términos y condiciones de la propuesta. Tómese su tiempo para leerlo con atención.
El coche que ve allí la esperará para llevarla a reunirse con él si decide considerar la oferta”, añadió, señalando con un gesto sutil. Fue entonces cuando Anita se percató de la imponente limusina negra estacionada de manera ilegal junto a la acera, un vehículo tan lujoso que atraía las miradas curiosas y envidiosas de todos los transeútes.
“Esto es una completa locura, una demencia.” susurró para sí misma, pero la curiosidad, esa fuerza poderosa e irracional, pudo más que su sentido común. Sus dedos, temblorosos rompieron el sello del sobre y desvelaron su contenido que la dejó sin aliento. Dentro del sobre había dos cosas: un cheque a su nombre por la asombrosa cantidad de 250,000 € con la palabra consideración escrita en el concepto y una carta de una sola página, concisa y directa.
La caligrafía era elegante, pero firme, y cada palabra parecía cuidadosamente elegida. La carta no tenía rodeos. Iba directamente al grano con una frialdad que la dejó perpleja y asustada, como si leyera un contrato del alma. Estimada señorita Lombardi, comenzaba la misiva. Mi situación actual con las leyes de inmigración requiere que contraiga matrimonio de manera inmediata con una ciudadana de nacionalidad española.
Necesito resolver este asunto burocrático con la máxima celeridad. La carta continuaba explicando que una exhaustiva verificación de sus antecedentes había revelado que no tenía historial delictivo ni relaciones románticas estables, lo cual era dolorosamente cierto. Y lo más importante, una situación financiera precaria.
La carta detallaba los términos del acuerdo de forma brutalmente honesta. Un matrimonio legalmente vinculante con una duración estricta de 28 días, sin ninguna expectativa de mantener una relación física, se le garantizarían alojamientos completamente separados para asegurar su privacidad y comodidad durante todo el proceso.
Además, se exigía una cláusula de confidencialidad absoluta con penalizaciones millonarias si se atrevía a romperla. Al finalizar el acuerdo recibiría los 20 millones. La postata era tan arrogante como el resto de la carta. Esto no es una negociación. Atentamente, LB. Las manos de Anita temblaban sin control mientras sostenía el papel.
En su cuenta bancaria solo quedaban 143,87timos. No tenía trabajo y a final de mes se quedaría sin hogar. La propuesta era una locura, pero también era una tabla de salvación, un salvavidas en medio de un océano de deudas y desesperación. Esto no puede ser legal, muscitó, más para sí misma que para el imperturbable Eduardo, quien pareció leer sus pensamientos.
Las autoridades de inmigración son conscientes de que existen los matrimonios por conveniencia. No son ilegales siempre que el matrimonio en sí se formalice de manera legal y vinculante”, explicó él con la paciencia de un tutor. Anita levantó la vista confundida. “¿Pero por qué yo? Hay miles de mujeres en Madrid.
” El señor Belmonte requería a alguien sin un perfil público notorio, sin una presencia activa en las redes sociales que pudiera generar especulaciones y sin complicaciones familiares que pudieran interferir en el acuerdo. “Usted, señorita Lombardi, es esencialmente invisible para el mundo,” respondió Eduardo.
Anita no supo si sentirse profundamente ofendida por esa descripción o impresionada por el nivel de detalle de la investigación que habían llevado a cabo sobre su vida tan ordinaria y solitaria. “¿Y qué sucede si decido decir que no a esta locura?”, preguntó intentando mantener una pisca de dignidad. Eduardo suavizó ligeramente su expresión, mostrando un atisbo de humanidad.
En ese caso, le desearía la mejor de las suertes con su inminente desalojo. El señor Belmonte no tendrá problemas en encontrar a otra candidata adecuada antes de que anochezca. Hay muchas personas en situaciones desesperadas. Miró el cheque, luego el coche, respiró hondo y se dirigió a la limusina. El imponente edificio de Belmonte Global Enterprise se erigía como un coloso de cristal y acero que dominaba el horizonte de Madrid.
un monumento a la ambición y al poder. 90 pisos de una arquitectura casi imposible que parecían desafiar las leyes de la gravedad y del buen gusto. Anita se sintió diminuta y completamente fuera de lugar mientras Eduardo la guiaba a través de lujoso vestíbulo, un espacio tan amplio y pulcro que parecía más un museo de arte moderno que la entrada a unas oficinas.
La seguridad del edificio era notoria, pero nadie le pidió su identificación. Eduardo parecía tener una autoridad invisible que le abría todas las puertas. Se dirigieron a un ascensor privado que ascendió a una velocidad vertiginosa, provocando que sus oídos se taponaran. Intentando disimular su creciente nerviosismo, se atrevió a preguntar, “¿Él hace este tipo de propuestas a menudo?” La pregunta flotó en el aire metálico del ascensor, cargada de una mezcla de curiosidad y temor.
“Usted es la primera y única candidata que hemos considerado, señorita Lombardi”, respondió Eduardo con su habitual tono neutro, aunque a Anita le pareció percibir un matiz de sinceridad en sus palabras. El ascensor se detuvo con una suavidad sorprendente y sus puertas se abrieron directamente a una oficina inmensa, con ventanales que iban del suelo al techo y ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad de Madrid.
Era una vista de millón de dólares o en su caso de 20 millones. Un enorme escritorio de caoba oscura ocupaba un extremo de la estancia y detrás de él un hombre observaba el paisaje urbano de espaldas a ella. La silueta era imponente, incluso a distancia. “La señorita Lombardia ha llegado, señor”, anunció Eduardo con formalidad.
Cuando Santiago Belmonte se dio la vuelta, Anita contuvo el aliento. Las fotografías que había visto en algunas revistas de negocios no le hacían la más mínima justicia. era más alto y apuesto en persona. Poseía unos hombros anchos que llenaban a la perfección su traje hecho a medida, un cabello oscuro peinado con una estudiada despreocupación y unos ojos tan intensamente azules que parecían casi artificiales.
Dos zafiros engastados en un rostro de facciones perfectas. Su expresión, sin embargo, era gélida, una máscara de indiferencia que la hizo sentir como una intrusa. “Así que ha venido”, dijo él, “su acento francés era más sutil de lo que había imaginado.” Sorprendente. Anita irguió la espalda y levantó la barbilla, decidida a no dejarse intimidar.
La oportunidad de decirle que no en persona a un millonario arrogante y presuntuoso como usted bien valía el viaje en su lujosa limusina, replicó con una audacia que la sorprendió a sí misma. Un fugaz destello de algo, quizás diversión o simple molestia, cruzó el rostro de Santiago antes de desvanecerse tan rápido como había aparecido, volviendo a su impasible máscara de control.
Sin embargo, veo que sigue sosteniendo mi cheque en su mano”, observó él con una media sonrisa irónica, sus ojos fijos en el papel que ella apretaba con fuerza. Anita sintió el impulso de esconderlo detrás de su espalda como una niña pequeña, pero se contuvo. Considérelo una compensación justa por mi tiempo perdido.
Su carta decía que era un pago por la consideración de su absurda oferta, no un bono de aceptación, contraatacó ella, orgullosa de su pequeña victoria verbal. Para su total asombro, Santiago Belmonte soltó una carcajada, un sonido corto y genuino que transformó por completo su rostro, suavizando sus duras facciones.
“Eduardo, tenías toda la razón. Es inesperada”, dijo dirigiéndose a su asistente. Luego, con un gesto elegante, le indicó un área de asientos con sofás de cuero. “Por favor, tome asiento. ¿Le apetece beber algo? Agua, ¿caé? O quizás algo más fuerte para calmar los nervios. Su tono ahora era más relajado. “Unas cuantas respuestas sinceras serían más que agradables”, respondió Anita, aunque se sentó al borde de uno de los sofás, que resultó ser increíblemente cómodo.
Santiago se sentó frente a ella, adoptando una postura relajada que, sin embargo, gritaba poder y control. Cada uno de sus gestos parecía calculado. Mi situación es bastante simple, señorita Lombardi. Mi visado está a punto de expirar y tengo transacciones comerciales cruciales que debo cerrar aquí en Madrid.
La solución más rápida y discreta es contraer matrimonio con una ciudadana española, continuó él. Anita frunció el seño. Y no puede simplemente solicitar un nuevo visado como cualquier persona normal. Santiago esbo una sonrisa cínica. Existen ciertas complicaciones políticas. Un competidor con excelentes conexiones en el gobierno se ha encargado de dificultar cualquier trámite burocrático.
El tiempo apremia y no puedo permitirme esperar. Por eso he recurrido a esta medida. Entonces, ¿por qué no busca a alguien de su círculo social, alguien que realmente lo conozca y esté dispuesta a ayudarlo?”, inquirió ella, intentando encontrar una falla en su lógica. “Imposible”, respondió él de inmediato. “Cualquier mujer de mi entorno tendría ciertas expectativas, exigiría un compromiso real o, peor aún, buscaría la atención de la prensa.
Valoro mi privacidad por encima de todo.” Usted, en cambio, necesita dinero con urgencia. Yo necesito discreción. Es un acuerdo comercial perfecto. Anita paseó la mirada por la opulenta oficina, abrumada por el lujo que la rodeaba. Nada de esto me parece simple, admitió con sinceridad. Santiago la ignoró. 28 días.
Vivirá en Miático, en habitaciones separadas, por supuesto. Haremos algunas apariciones públicas juntos para mantener las apariencias. Luego nos divorciaremos de forma discreta. Usted se volverá inmensamente rica y desaparecerá de mi vida para siempre. Nunca más tendremos que volver a vernos. ¿Y qué le impide a usted pensar que no haré nuevas exigencias una vez que estemos legalmente casados? Podría pedir más dinero o incluso amenazar con ir a la prensa y contar toda la verdad. Lo desafió Anita.
Santiago sonrió. una sonrisa fría y carente de calidez. Mi equipo de abogados, el mejor del país, ha preparado un contrato tan sólido y blindado que cualquier acción de ese tipo, por su parte, sería financieramente catastrófica para usted. No se arriesgaría. En lugar de sentirse intimidada, Anita se sintió cada vez más intrigada por aquel hombre que parecía tenerlo todo bajo control, pero que paradójicamente necesitaba de ella una completa desconocida.
Para solucionar un problema tan personal. ¿Por qué exactamente 28 días? Preguntó curiosa por el detalle. Es el tiempo exacto que necesito para completar la fusión empresarial en la que estoy trabajando. Una vez que se anuncie, mi situación de visado se volverá irrelevante. Anita se levantó y caminó hacia el enorme ventanal, contemplando la ciudad que tanto había luchado por conquistar.
20 millones de euros no solo cambiarían su vida, sino que también le permitirían financiar la organización sin fines de lucro de alfabetización que siempre había soñado crear. se giró para enfrentarlo. Una nueva determinación brillando en sus ojos. “Si acepto esta locura, tengo mis propias condiciones”, dijo con voz firme, sorprendiéndose a sí misma.
El seño de Santiago se frunció notablemente. Le recuerdo, señorita Lombardi, que los términos que le he presentado no son negociables en absoluto. Anita, sintiendo una extraña oleada de poder, le sostuvo la mirada sin pestañear. En ese caso, le sugiero que se busque otra esposa invisible, señor Belmonte. se dirigió con paso decidido hacia el ascensor, contando mentalmente.
Uno, dos, tres. Espere, la detuvo la voz de Santiago, tensa por la frustración contenida. Ella se detuvo en seco, pero no se dio la vuelta, disfrutando de su pequeña victoria. “¿Qué condiciones?”, preguntó el a regañadientes. Anita se giró para enfrentarlo, sintiendo una confianza que nunca antes había experimentado.
Primero, quiero un millón de euros transferido a mi cuenta de inmediato como un adelanto de buena fe, no después del divorcio. Segundo, una cláusula que especifique que este acuerdo no me impedirá perseguir mis propios proyectos personales durante el matrimonio. Y tercero, continuó ella, quiero que quede por escrito, firmado ante notario, que usted no interferirá en mi vida de ninguna manera una vez que nuestro acuerdo haya terminado.
Quiero un corte limpio, sin cabos sueltos. Santiago la estudió en silencio durante un largo momento, sopesando sus palabras. Finalmente, asintió una sola vez. Aceptable. ¿Algo más? Anita no esperaba que se diera tan fácilmente y se apresuró a pensar en algo más que pudiera necesitar. Sí, una cosa más, dijo finalmente después de una breve pausa.
Si vamos a convencer a todo el mundo de que este matrimonio es real, tendrá que ser amable conmigo en público. No puede tratarme como si fuera una empleada o una simple molestia. La gente no es tonta. Notarán la falsedad. Un brillo peligroso destelló en los ojos de Santiago. Siempre soy amable, señorita Lombardi.
No se preocupe por eso. Ella lo corrigió al instante. Anita, si vamos a casarnos, aunque sea una farsa, probablemente debería empezar a usar mi nombre de pila”, insistió ella. Anita, repitió él, y la forma en que su nombre sonaba con su acento francés hizo que su estómago diera un vuelco inesperado. Santiago extendió su mano.
Tenemos un acuerdo, Anita. Ella dudó un instante antes de tomarla. Su mano era cálida y fuerte y una corriente eléctrica recorrió su brazo, una sensación que decidió ignorar por completo. Las siguientes 48 horas se convirtieron en un torbellino de actividad tan frenético que Anita apenas tuvo tiempo para procesar la magnitud de la decisión que había tomado.
un ejército de profesionales compuesto por abogados de rostro imperturbable, estilistas de moda con acento francés y asistentes personales de una eficiencia casi robótica. Descendió sobre ella como un huracán perfectamente organizado, transformando su vida de la noche a la mañana con una rapidez que resultaba aterradora y fascinante a partes iguales.
“Firme aquí, por favor.” y sus iniciales en esta página le instruyó un abogado de rostro pétreo deslizando un nuevo documento a través de la pulida mesa de la sala de conferencias. Este documento confirma la transferencia del primer millón de euros a su nueva cuenta bancaria. La mano de Anita tembló ligeramente mientras estampaba su firma.

En menos de dos días había pasado de estar al borde del desaucio a convertirse en millonaria. La realidad superaba cualquier ficción que hubiera leído. Y este otro documento, ¿qué es?, preguntó, observando con desconfianza la siguiente pila de papeles que le presentaban. Es el acuerdo prenupsial”, explicó el abogado sin inmutarse.
Estipula que al finalizar los 28 días recibirá los 19 millones de euros restantes, siempre y cuando se cumplan todos los términos y condiciones establecidos en el contrato. Le recomiendo que lo lea con detenimiento antes de firmar. La seriedad del momento era casi palpable en el aire. Anita con una nueva audacia insistió en conocer los detalles.
¿Cuáles son exactamente esos términos? El abogado, con una paciencia ensayada pasó a una sección resaltada en color amarillo. Mantener en todo momento la apariencia de un matrimonio legítimo y afectuoso. Asistir a todas las funciones sociales que el señor Belmonte requiera. Mantener una confidencialidad absoluta sobre la naturaleza de este acuerdo y por supuesto no avergonzar públicamente al señor Belmonte de ninguna manera.
Defina avergonzar”, insistió Anita, sorprendiéndose a sí misma por su repentino coraje. El abogado, por primera vez una diminuta sonrisa sarcástica. “El señor Belmonte ha añadido una nota personal al respecto. Cito textualmente, desacuerdos razonables en público son permitidos para dar mayor realismo a la relación.
Sin embargo, lanzarme bebidas a la cara en un evento social es altamente desaconsejable, aunque no sería motivo de demanda. Parece que tiene sentido del humor. Después de firmar lo que pareció una montaña interminable de documentos legales, fue escoltada a una boutique de lujo en el barrio de Salamanca, un lugar tan exclusivo que nunca se habría atrevido a entrar por su cuenta.
Allí, tres estilistas de renombre debatían acaloradamente sobre su temporada cromática y su estilo distintivo como si ella no estuviera presente, tratándola como un maniquí viviente al que debían transformar por completo para la ocasión. Las acompañantes anteriores del señor Belmonte solían favorecer una estética mucho más obvia y llamativa”, comentó la estilista principal, una elegante mujer francesa llamada Renata, cuya voz tenía un tono de leve desaprobación constante.
“Yo no soy su acompañante”, la corrigió Anita con firmeza, la palabra esposa sintiéndose extraña y ajena en su boca. Soy su esposa. El término, aunque falso, le daba un extraño sentido de poder y posición en ese nuevo mundo. La ceja de Renata se arqueó de forma casi imperceptible. En efecto, por esa misma razón crearemos para usted un estilo más sustancial y refinado, algo que proyecte clase y elegancia duradera, no una moda pasajera.
Anita pasó las siguientes 6 horas siendo medida, probada, cubierta de telas caras y fotografiada desde todos los ángulos posibles. Al anochecer, un guardarropa completamente nuevo, valorado en una fortuna, estaba siendo entregado en el ático de Santiago. Su teléfono móvil vibró con un mensaje de un número desconocido.
Cita para la licencia de matrimonio. Mañana a las 10 de la mañana. El coche la recogerá a las 9:30. L. El mensaje era tan escueto y directo como su autor. Con un toque de ironía, guardó el número en sus contactos bajo el nombre de marido. Luego, con una sonrisa traviesa, respondió al mensaje, “¿Alguna vez en tu vida dices por favor?” La respuesta no tardó en llegar.
Los tres puntos que indicaban que estaba escribiendo aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer como si estuviera debatiendo internamente su respuesta. Finalmente, el mensaje llegó. Por favor, esté lista a las 9:30. L. Anita sonrió para sus adentros. Progreso, pensó con sarcasmo. Quizás después de todo el rey de hielo tenía un pequeño resquicio de humanidad en su interior, o al menos estaba dispuesto a hacer pequeñas concesiones por el bien de su acuerdo.
La ceremonia en el juzgado fue tan breve y carente de emoción como esperaba. Anita lució un sencillo vestido de color crema que Renata había insistido. Era apropiadamente nupsal sin caer en lo teatral. Santiago, por su parte, vestía un traje gris a medida que probablemente costaba más que el alquiler de su antiguo apartamento durante todo un año.
Eduardo y Renata actuaron como testigos, sus rostros manteniendo una expresión de neutralidad profesional durante todo el trámite. El funcionario del Registro Civil, un hombre de aspecto aburrido y cansado, los declaró marido y mujer con la misma monotonía con la que leería la lista de la compra.
¿Puede besar a la novia?”, dijo finalmente, sin apenas levantar la vista de los papeles que tenía sobre la mesa. Anita se quedó helada. Ese pequeño detalle, ese gesto tan íntimo, no se había discutido en ninguna de las reuniones, ni estaba estipulado en ninguno de los documentos que había firmado. Los ojos de Santiago se encontraron con los suyos y en ellos vio una pregunta silenciosa, una duda.
Anita asintió levemente, dándole su consentimiento, esperando un beso casto y superficial, un simple rose de labios para cumplir con el protocolo. Sin embargo, él se acercó, una mano posándose con delicadeza en su cintura y la otra inclinando suavemente su barbilla hacia arriba. El gesto fue tan inesperado como tierno y la tomó completamente por sorpresa, dejándola sin aliento.
El beso fue suave, cálido y duró exactamente 3 segundos, el tiempo suficiente para ser convincente ante los ojos del funcionario, pero lo bastante corto como para mantener la distancia profesional que su acuerdo exigía. Fue, objetivamente hablando, el beso de negocios más perfecto que se pudiera imaginar. Entonces, ¿por qué su corazón de repente comenzó a latir con tanta fuerza como un pájaro atrapado en una jaula? Era una reacción química, se dijo, nada más.
Felicidades, señor y señora Belmonte”, dijo el funcionario, ya dirigiendo su atención a la siguiente pareja que esperaba su turno. “En realidad, conservo mi apellido”, dijo Anita de forma casi automática, un reflejo de su deseo de mantener su propia identidad en medio de aquella farsa. Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Santiago.
“Por supuesto que sí. No esperaba menos de usted, Anita.” Sus palabras, por alguna razón, la hicieron sentir extrañamente validada y respetada. El ático de Santiago ocupaba los dos pisos superiores de un edificio histórico en el exclusivo barrio de Salamanca. Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron directamente en el vestíbulo, Anita no pudo evitar soltar una exclamación de asombro.
Techos altísimos, paredes de cristal con vistas al parque del retiro, obras de arte que parecían sacadas de un museo y muebles de diseño que eran a la vez modernos y atemporales. Era un lugar impresionante y completamente intimidante. “Sus aposentos se encuentran en el piso de arriba”, le informó Santiago, guiándola a través de la enorme sala de estar.
Rara vez utilizo el segundo piso, así que tendrá toda la privacidad que necesite. He dado instrucciones al personal para que no la molesten a menos que usted lo solicite. Anita, todavía abrumada por la opulencia del lugar, no pudo evitar murmurar, este lugar es más grande que toda la librería donde solía trabajar.
Podría perderme aquí dentro. Santiago se detuvo y la miró. una chispa de genuina curiosidad en sus ojos. Por primera vez trabajaba en una librería. Anita asintió. Hasta hace dos días. Me despidieron por Dudó un momento, pero luego decidió que la honestidad era el camino más simple. Por soñar despierta demasiado.
Tenía la mala costumbre de perderme en las historias que vendía. La confesión pareció sorprenderlo, rompiendo por un instante su fachada de hombre de negocios calculador. ¿Y con qué soñaba despierta?, preguntó él, su voz un poco más suave. La pregunta la tomó por sorpresa con iniciar mi propio programa de alfabetización para comunidades desfavorecidas.
Los libros cambiaron mi vida cuando era niña. Me abrieron un mundo de posibilidades. Quiero compartir esa magia con otros. especialmente con aquellos que no han tenido las mismas oportunidades que yo. Algo en la expresión de Santiago cambió, pero antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.
Al séptimo día de su matrimonio de 28 días, Anita descubrió algo completamente inesperado sobre el enigmático Santiago Belmonte. Era un completo inútil en la cocina. El descubrimiento tuvo lugar una madrugada a las 6 cuando el insomnio la empujó fuera de la cama y la guió hasta la cocina. Allí lo encontró de pie frente a la sofisticada máquina de café, mirándola con una expresión de total perplejidad, como si se enfrentara a un jeroglífico indescifrable.
¿Tienes problemas?, preguntó ella, apoyándose con aire divertido en el marco de la puerta. Santiago se giró sobresaltado y por un instante pareció extrañamente vulnerable. Llevaba unos pantalones de pijama arrugados y una camiseta descolorida del Me y su cabello estaba revuelto en todas direcciones. La imagen contrastaba enormemente con la del impecable y poderoso hombre de negocios que había conocido.
El chef está de vacaciones. Eduardo está visitando a su madre y creo que esta máquina está poseída. Anita contuvo una sonrisa. Apártate, aficionado. Déjame a mí. Se acercó a la elaborada máquina de expreso con la confianza de quien ha preparado miles de cafés en su vida. ¿Qué intentabas hacer? Santiago pasó una mano por su cabello despeinado, un gesto que revelaba su frustración.
Solo quería un café negro extremadamente fuerte para poder empezar el día. Pero este aparato parece tener voluntad propia y se niega a cooperar conmigo. Es exasperante. Mientras la máquina finalmente obedecía sus órdenes y comenzaba a preparar el café, Anita abrió el frigorífico, un monstruo de acero inoxidable repleto de productos gourmet.
¿Tienes hambre? Santiago se encogió de hombros. Probablemente haya algo precocinado. El chef suele dejar comidas preparadas para estas situaciones. No te molestes en cocinar. Anita observó la cocina, un espacio pristino y apenas utilizado con electrodomésticos de grado profesional que brillaban bajo las luces. Realmente nunca cocinas para ti mismo, ¿verdad?, comentó ella, más como una afirmación que como una pregunta.
Santiago admitió su falta de habilidad culinaria con una mueca. Me falta el talento y la paciencia. Mi último intento de cocinar algo simple terminó con la visita inesperada de los bomberos de París. Fue un incidente bastante embarazoso. Anita soltó una carcajada. Eso es muy dramático. ¿Qué intentabas cocinar para provocar tal desastre? Una paella.
Estaba haciendo unas simples tostadas”, confesó él y Anita se rió aún más fuerte. “De acuerdo, ahora sí que estoy preocupada por tu bienestar. Es un peligro público en la cocina.” Le entregó la taza de expresso humeante y comenzó a sacar ingredientes del frigorífico con una destreza envidiable. “Siéntate y no toques nada. Yo prepararé el desayuno.
No quiero que incendies este lujoso ático. Sería una verdadera lástima y no creo que el seguro cubra incendios por tostadas. No tienes que hacerlo, de verdad, insistió Santiago, aunque no hizo ningún movimiento para detenerla. Lo sé, interrumpió ella mientras batía unos huevos. Pero quiero hacerlo.
Cocinar siempre me ha relajado. Es mi forma de meditar. Sorprendentemente, Santiago no discutió más. Se sentó en uno de los taburetes de la isla de la cocina, observándola en silencio mientras ella se movía con eficiencia por el espacio, picando verduras para una tortilla con la habilidad de un chef profesional. “¿Dónde aprendiste a cocinar también?”, preguntó él dando un sorbo a su café.
La pregunta rompió el cómodo silencio que se había instalado entre ellos. “Fue mi abuela. respondió Anita sin dejar de moverse. Después de que mis padres fallecieron en un accidente, me fui a vivir con ella. Cocinar era nuestra actividad especial, nuestro vínculo. Me enseñó todos sus secretos. Añadió un poco de queso a la sartén y el aroma inundó la cocina, creando una atmósfera cálida yogareña.
¿Y qué hay de tus padres? ¿Siguen viviendo en Francia?, preguntó ella con curiosidad. La expresión de Santiago se ensombreció ligeramente, como si una nube hubiera tapado el sol. Murieron cuando yo tenía 14 años. También fue en un accidente de coche. Anita se detuvo con la espátula en la mano y lo miró con empatía.
Lo siento mucho, Santiago. Los míos también fallecieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía 12 años. Sé lo que se siente. Algo cambió en la mirada de Santiago en ese momento. Un destello de reconocimiento, de conexión. Te cambia para siempre, ¿verdad?, dijo en voz baja. Sí, asintió Anita. Lo hace. te obliga a crecer de golpe.
Comieron el desayuno en un silencio amistoso, mientras el sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales, iluminando el momento más pacífico y genuino que habían compartido hasta ahora. Ninguno de los dos quería que terminara. Se sentía real. “Tengo reuniones durante todo el día”, dijo Santiago finalmente, rompiendo el hechizo al mirar su reloj.
Pero estaba pensando, el portafolio menciona la gala benéfica del museo mañana por la noche, pero quizás podríamos ir a cenar a otro lugar primero para prepararnos. Anita levantó una ceja divertida. Como en una cita. El gran Santiago Belmonte invitándome a una cita. Su tono era burlón, pero la idea le emocionaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Santiago pareció ligeramente incómodo con la palabra cita, como dos personas que supuestamente están felizmente casadas, conociéndose un poco mejor para añadir un toque de autenticidad a nuestra actuación de mañana. Todo por el bien del negocio, por supuesto. Anita luchó por contener una sonrisa. Autenticidad. Claro, por supuesto.
La cena suena bien. Acepto tu no cita por el bien de nuestra autenticidad matrimonial. Será un placer actuar contigo. Más tarde, ese mismo día, Anita decidió utilizar una parte de su recién adquirida fortuna para hacer realidad un sueño que había acariciado durante años. Alquiló un pequeño local comercial en el multicultural barrio de Lavapiés.
firmó un contrato de arrendamiento por un año y comenzó a planificar con entusiasmo la creación de su centro de alfabetización. El espacio era diáfano y lleno de posibilidades, un lienzo en blanco sobre el que proyectar sus esperanzas. Quiero que sea un lugar acogedor y lleno de vida”, le explicó al contratista que había contratado, gesticulando con entusiasmo por el espacio vacío.
Paredes de colores brillantes, asientos cómodos donde los niños puedan leer durante horas y, sobre todo, nada que parezca una institución fría y aburrida. Quiero que sea un refugio. El contratista, un hombre práctico, tomó notas en su libreta. ¿Y cuál es el presupuesto para este proyecto, señorita Lombardi? Por primera vez en su vida, Anita no tuvo que preocuparse por el dinero.
Lo que sea necesario para que quede perfecto, respondió con una sonrisa de satisfacción. Cuando regresó al Atático esa noche, sintiéndose energizada y llena de propósito, encontró a Santiago en su oficina en casa, rodeado de papeles y con una expresión inusualmente estresada. El contraste con su propia felicidad era notable.
¿Va todo bien? Preguntó desde la puerta preocupada. Él levantó la vista y por un instante pareció genuinamente contento de verla como si su presencia fuera un bálsamo para su estrés. “Torres está haciendo su movimiento”, dijo con voz sombría. está intentando convencer a la junta directiva de la Valle Technologies de que mis problemas con el visado me convierten en un socio poco fiable y problemático para la fusión.
Anita sintió un escalofrío. Pero, ¿estás casado ahora? Problema resuelto. No. Santiago pasó una mano por su cabello, un gesto que ella ya reconocía como una señal de verdadera frustración. Él está sugiriendo sutilmente que nuestro matrimonio es una farsa, una simple artimaña para conseguir el visado. No tiene pruebas, pero está sembrando la duda. Anita entró en la oficina.
Entonces, tenemos que convencerlos de que somos estables y estamos locamente enamorados. Hay que darles un espectáculo que no puedan olvidar. Te estás tomando esto muy en serio, comentó Santiago observándola con curiosidad. Me tomo mis compromisos muy en serio, Santiago, incluso los que son falsos respondió ella, sentándose en el borde de su escritorio.
Entonces, ¿cuál es nuestro plan de ataque? Más apariciones públicas, unas vacaciones románticas a una isla exótica, quizás unos tatuajes a juego con nuestros nombres. La idea de un tatuaje hizo que Santiago esbozara una leve sonrisa. Detengámonos antes de llegar a las modificaciones corporales permanentes, por favor, dijo el consequedad.
Pero Torres estará en la gala del museo mañana. Necesitamos ser más convincentes que la última vez. Anita pensó un momento. Las parejas reales tienen bromas internas, toques casuales, una historia compartida. Nosotros no tenemos nada de eso. Santiago asintió. Entonces tendremos que crearla. Esta noche saldremos y haremos algo normal, algo que nos dé material para mañana.
Dos horas más tarde, en una ruidosa bolera de un centro comercial a las afueras de Madrid, Anita estaba venciendo espectacularmente a Santiago. La escena era tan surrealista como divertida. Ver al multimillonario, siempre tan compuesto y elegante, luchando por no lanzar la bola a la canaleta, era una imagen que atesoraría para siempre.
“Esto es completamente humillante”, se quejó él después de que su bola hiciera una curva patética y cayera con un ruido sordo en el lateral de la pista. Empiezo a sospechar que ha sugerido esta actividad con el único propósito de avergonzarme públicamente”, añadió Santiago, intentando parecer enfadado, pero una sonrisa traicionera se dibujaba en sus labios.
Anita sonrió aplicándose tiza en las manos con la seguridad de una profesional. “Dijiste que querías crear recuerdos auténticos. Además, todo el mundo es terrible la primera vez que juega a los bolos. Es parte del encantó de este noble deporte. No te lo tomes tan a pecho. Tú no eres terrible, señaló él observándola mientras se acercaba a la pista con pasos seguros y una concentración impecable.
De hecho, pareces una jugadora profesional. Anita admitió su secreto mientras lanzaba la bola en un arco perfecto que derribó todos los bolos menos uno. Pasé gran parte de mi adolescencia en boleras como esta. Era el lugar de encuentro de los chicos populares del instituto. Yo solo quería encajar, así que me esforcé mucho en ser buena.
¿Yas una de las chicas populares? Preguntó Santiago con un tono de escepticismo evidente, imaginándola más bien como la chica estudiosa y solitaria. Anita soltó una carcajada mientras su segunda bola derribaba el pino restante. Dios, no. Yo era la extraña chica de los libros que se escondía en la biblioteca durante el almuerzo, pero mi abuela insistía en que necesitaba tener experiencias adolescentes normales, así que me apuntó a una liga de bolos.
Fue una tortura al principio. Santiago la observaba con una expresión indescifrable en su rostro. Tu abuela suena como una mujer extraordinaria. Una suave sonrisa nostálgica iluminó el rostro de Anita. Lo era, la mejor. Falleció durante mi último año de universidad, pero sus lecciones de vida siguen conmigo. La mención de su abuela trajo una sombra de melancolía al ambiente festivo de la bolera, un recuerdo agridulce de un amor perdido, pero nunca olvidado.
“Lo siento mucho, Anita”, dijo Santiago y su voz sonó genuinamente sincera, desprovista de su habitual ironía. Anita sacudió la cabeza como para alejar los recuerdos tristes. No te preocupes, ahora es tu turno, Belmonte. Intenta mantener la bola fuera de la canaleta. Esta vez concéntrate en el objetivo y no pienses en nada más.
Santiago se puso de pie y aceptó la bola que ella le ofrecía. Sus dedos se rozaron por un instante y ambos sintieron una familiar chispa de electricidad. Se estaba volviendo cada vez más difícil para Anita ignorar lo increíblemente atractivo que era Santiago, especialmente vestido con ropa casual. Llevaba unos vaqueros oscuros y un simple suéter gris que realzaba sus anchos hombros.
Una imagen muy alejada del frío hombre de negocios. “Espera aquí”, dijo ella impulsivamente, moviéndose detrás de él. “Déjame enseñarte la técnica correcta. Todo está en la postura y el movimiento del brazo. Es más fácil de lo que parece. Posicionó su brazo, ajustó su postura, su cuerpo muy cerca del suyo. Podía sentir el calor que emanaba de él, oler su sutil y masculina colonia.
No la lances con fuerza, simplemente déjala rodar suavemente. Imagina que acaricias la pista. Su voz sonó vergonzosamente entrecortada y se apartó rápidamente, sintiendo sus mejillas arder. Ahora concéntrate en el pino del medio y visualiza cómo caen todos los demás. La mente es poderosa. Esta vez la bola de Santiago se mantuvo en la pista y derribó cuatro pinos.
Progreso, exclamó Anita chocando los cinco con él sin pensarlo. Santiago se quedó mirando su mano, luego la de ella, con una expresión de perplejidad. Creo que no me han chocado los cinco desde que estaba en el internado hace más de 20 años. Anita sonrió. Pues vete acostumbrando, Belmonte. Soy una persona que celebra con mucho entusiasmo sus pequeñas victorias.
Después de la partida de Boló encontraron un pequeño restaurante de estilo americano que todavía estaba abierto. Anita insistió en que Santiago probara un auténtico batido, algo que él, como buen francés, miraba con desconfianza. Esto es básicamente azúcar líquido con un poco de leche”, comentó él después de dar el primer sorbo a su batido de chocolate.
“A que es genial”, replicó Anita sumergiendo una patata frita en su propio batido de vainilla. Santiago la observó con una expresión de horror fingido. “¿Pero qué estás haciendo? ¿Y eso es un sacrilegio culinario?” Anita se rió de su reacción. Es la combinación perfecta de dulce y salado.
Una delicia para paladares atrevidos. No sabes lo que te pierdes. Sostuvo una patata frita cubierta de batido frente a él. Pruébala. Te reto a que lo hagas. Vive un poco. Sal de tu zona de confort gastronómica. Te prometo que no te arrepentirás de esta experiencia. Aunque parecía escéptico, Santiago se inclinó hacia adelante y tomó la patata directamente de los dedos de ella.
La intimidad casual del gesto lo sorprendió a ambos, creando un momento de tensión inesperada. Y bien, preguntó Anita, intentando ignorar cómo se había acelerado su pulso. “Sorprendentemente, no está terrible”, admitió él con una media sonrisa para luego robarle otra patata frita y sumergirla en su batido. El hielo entre ellos se había roto por completo.
Hablaron durante horas intercambiando historias de sus infancias, debatiendo sobre sus libros y películas favoritas y descubriendo similitudes inesperadas en sus gustos y personalidades. Santiago, resultó tenía un agudo y sutil sentido del humor que emergía cuando se relajaba y bajaba la guardia. Anita se encontró riendo a carcajadas más de lo que lo había hecho en años.
Se sentía cómoda y feliz, como si estuviera con un viejo amigo, no con su falso marido. Era más de medianoche cuando finalmente regresaron al ático. La ciudad dormía bajo un manto de luces anaranjadas. Al pie de la gran escalera, Anita se volvió hacia él. Gracias por esta noche, Santiago. Ha sido muy divertido.
Hacía tiempo que no me reía tanto. Santiago asintió. pareciendo ligeramente sorprendido por la misma constatación. Sí, lo ha sido. Yo tampoco recuerdo habérmelo pasado tan bien en mucho tiempo. Ha sido refrescante. Bueno, ahora ya tenemos mucho material al que hacer referencia mañana en la gala, dijo Anita, intentando volver a la realidad de su acuerdo.
Bromas internas, experiencias compartidas, todo eso. Santiago asintió de nuevo, su expresión volviéndose más seria. ¿Cierto? Todo por el bien de la autenticidad. Se quedaron allí parados un momento en un silencio cargado de palabras no dichas. Ninguno de los dos queriendo romper el momento. Anita era dolorosamente consciente de lo fácil que sería dar un paso adelante y cerrar la pequeña distancia que lo separaba.
Por un instante, fugaz y peligroso, pensó que Santiago podría estar pensando exactamente lo mismo. Sus ojos se encontraron y el mundo pareció detenerse. Pero entonces el sonido estridente de su teléfono rompió el hechizo. El momento se desvaneció. La magia se disipó. La realidad, con su fría lógica, volvió a imponerse.
Santiago sacó el teléfono de su bolsillo, su expresión profesional volviendo a su rostro. Debo contestar. Es de la oficina de París. Anita dio un paso atrás sintiendo una punzada de decepción. Claro. Buenas noches, Santiago. Mientras subía las escaleras, trató de recordarse a sí misma que nada de aquello era real.
La creciente amistad, la innegable atracción, todo era parte de una elaborada actuación con una fecha de caducidad muy clara. 21 días más, se dijo a sí misma mientras entraba en su lujosa habitación. Solo 21 días más hasta que todo esto termine. El pensamiento que antes le habría traído una sensación de alivio y expectación, ahora solo le provocaba una extraña y profunda tristeza.
se estaba acostumbrando demasiado a la compañía de su falso marido y eso era un sentimiento muy peligroso, un camino que solo podía llevar a un corazón roto. El día 14, justo a la mitad de su acuerdo matrimonial, Anita se despertó en un ático inquietantemente silencioso. No se oía el sonido eficiente de Eduardo organizando el día, ni el murmullo distante de Santiago enfrascado en sus interminables llamadas de negocios.
Solo un silencio denso y pesado que parecía llenar cada rincón de lujoso apartamento. Una sensación de vacío la invadió, una soledad que no esperaba sentir en absoluto. Bajó a la cocina en pijama y encontró una nota sobre la encimera de mármol, escrita con la caligrafía precisa y elegante de Santiago. Emergencia en París.
Tuve que salir de imprevisto. Regresaré mañana por la noche. Eduardo me acompaña. El chef se encargará de dejar las comidas preparadas. Llama si necesitas cualquier cosa. L. El mensaje era tan frío y práctico como él, sin un querida Anita, sin ninguna muestra de afecto, solo información. Anita se dijo a sí misma que no estaba decepcionada, que no tenía derecho a estarlo. Con el ático para ella sola.
Debería haberse sentido aliviada, libre. un merecido descanso de la constante actuación de la cuidadosa navegación por sus crecientes y confusos sentimientos por un hombre que solo la veía como una transacción comercial. Sin embargo, en lugar de alivio, sintió una extraña sensación de abandono, como si una parte de su nueva rutina hubiera desaparecido.
Pasó la mañana en su centro de alfabetización, que ya empezaba a tomar forma. Las paredes estaban pintadas con murales brillantes. Se habían creado rincones de lectura acogedores y las estanterías vacías esperaban ansiosas a ser llenadas de libros y de las risas de los niños. El contratista tenía preguntas sobre los accesorios de iluminación y los materiales del suelo, lo que la mantuvo agradablemente ocupada y distraída de sus pensamientos sobre Santiago.
“Se ve fantástico, señorita Lombardi”, dijo el contratista al finalizar el recorrido. “Vamos adelantados al calendario previsto. Debería estar listo para recibir los libros en unas dos semanas.” Dos semanas. Justo el tiempo que faltaba para que su matrimonio terminara. El pensamiento la golpeó como un jarro de agua fría, recordándole la temporalidad de su situación.
“Perfecto”, dijo forzando una sonrisa alegre. Comenzaré a hacer los pedidos de inventario. Entonces, de vuelta en el silencioso ático, la inquietud impulsó a explorar. Aunque llevaba dos semanas viviendo allí, siempre había respetado la privacidad de Santiago, manteniéndose en sus propias habitaciones y en las zonas comunes.
Pero ese día, con la casa vacía, la curiosidad pudo más que su discreción. La oficina de Santiago estaba, como era de esperar, inmaculada. Escritorio despejado, papeles perfectamente archivados, todo en su sitio, un reflejo de su mente ordenada. El único toque personal en aquella fría oficina era una pequeña fotografía enmarcada en el escritorio.
En ella, un hombre mayor sonreía frente a la Torre Ifel y su parecido con Santiago era innegable. Debía ser su padre. No había más fotos, ni de su madre ni de amigos. La sala de estar y la cocina no revelaron nada que no supiera ya. No fue hasta que se aventuró por un pasillo y abrió una puerta que había asumido era de un dormitorio de invitados que descubrió algo inesperado.
La habitación era una biblioteca. Cientos de libros, quizás miles, llenaban las estanterías empotradas que iban del suelo al techo. No eran los clásicos encuadernados en cuero que uno esperaría de un multimillonario, sino una colección diversa y ecléctica que abarcaba todos los géneros e idiomas. Había libros de bolsillo gastados con las páginas dobladas, señal de que habían sido leídos y releídos con cariño.
Ciencia, ficción, filosofía, historia, poesía, misterio y ficción literaria. Y lo más sorprendente de todo, un estante entero estaba dedicado a hermosas ediciones ilustradas de clásicos infantiles, incluyendo varias copias del conejo de Felpa. Anita pasó los dedos por los lomos de los libros, intentando reconciliar esta evidencia de un lector apasionado y sensible con la imagen del frío y analítico hombre de negocios que creía conocer.
Esta habitación se sentía vivida, personal, de una manera que el resto del ático no lo hacía. Era el alma de la casa. Un libro yacía abierto sobre un cómodo sillón de lectura con un recibo de una librería usado como marcapáginas. Anita lo cogió con curiosidad. Era una biografía de Ádalo Velace, una matemática y escritora británica, un libro que ella había mencionado de pasada que quería leer durante una de sus conversaciones.
La fecha del recibo era del día siguiente a esa conversación. Él lo había comprado para ella. ¿Por qué no se lo había dado? Sintiéndose como una intrusa que había violado un secreto, Anita volvió a colocar el libro con cuidado en su sitio y salió de la biblioteca cerrando la puerta atrás de sí.
No podía evitar la sensación de que había vislumbrado algo muy privado, un lado de Santiago que él mantenía deliberadamente oculto al mundo. Una faceta vulnerable que no encajaba con su imagen pública de hombre de acero, fuerte e impenetrable. Esa noche, incapaz de conciliar el sueño en el enorme y vacío ático, Anita se acurrucó en el sofá del salón con la novela de Julio Verne que Santiago le había regalado y una taza de té caliente.
Debió de quedarse dormida porque lo siguiente que supo fue que alguien la estaba cubriendo suavemente con una manta de cachemida. Santiago murmuró medio dormida, reconociendo su aroma al instante. Su presencia llenó el silencio de la habitación. haciéndola sentir segura. “No quería despertarte”, dijo él en voz baja.
“Vuelve a dormir, pareces cansada.” Anita parpadeó intentando orientarse. El reloj de la pared marcaba las 3:18 de la madrugada. “¿Has vuelto antes de lo previsto?” Santiago suspiró dejándose caer en el otro extremo del sofá. La situación en París se resolvió más rápido de lo que esperaba. Por suerte parecía completamente exhausto. Su habitual apariencia impecable estaba arrugada por el viaje y tenía círculos oscuros bajo los ojos.
¿Está todo bien? Preguntó ella, incorporándose preocupada. Santiago dudó un momento, como si debatiera si debía compartir sus problemas con ella. Finalmente se dio. Un antiguo empleado de confianza estaba amenazando con vender tecnología patentada de la empresa a nuestros competidores, incluyendo a Torres. Ha sido una traición muy dura.
Anita lo escuchaba con atención, su corazón encogiéndose al verlo tan vulnerable. Eso suena muy serio. Debes de estar agotado. Dijo ella. Lo fue y lo es. Lo hemos contenido por ahora, pero ha sido un asunto muy desagradable y agotador. Hay que reestructurar todo el sistema de seguridad. Pasó una mano por su cabello, un gesto que ya era familiar para ella.
Anita lo estudió en la penumbra. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste? Más de 20 minutos seguidos. Él esbozó una pequeña y cansada sonrisa. hace aproximadamente 48 horas, creo. He perdido la noción del tiempo. La preocupación de Anita era genuina. Santiago, eso no es nada saludable. Tienes que cuidarte un poco más.
Ningún negocio vale tanto. Él asintió hacia el libro que ella tenía en su regazo. Veo que sigues con Julio Verne. Anita sonrió. está empezando a gustarme. Aunque tengo algunas preguntas sobre su comprensión de la biología marina, hay cosas que no cuadran. Un cómodo silencio se instaló entre ellos, roto solo por los sonidos lejanos de la ciudad que nunca duerme.
El momento se sentía increíblemente doméstico, íntimo, compartiendo un sofá en las horas previas al amanecer, envueltos en un silencio cómplice. Encontré tu biblioteca, soltó ella de repente, rompiendo la quietud. Lo siento, sé que no debería haber estadoando por ahí, pero la curiosidad me pudo.
Es un espacio increíble, lleno de tesoros. En lugar del enfado que ella esperaba, Santiago pareció casi aliviado. ¿Y qué te pareció? Anita fue honesta. Creo que te has estado ocultando de mí. He descubierto al verdadero tú en esa habitación, no al SEO de Belmonte Global. Enterprises. Él guardó silencio durante tanto tiempo que ella pensó que no iba a responder.
Luego dijo en voz muy baja, “Quizás lo he hecho. Tienes razón. Es un lugar que pocos conocen. El día 21 comenzó con una crisis inesperada que sacudió los cimientos de su frágil acuerdo. Anita estaba en su improvisada oficina en el ático, revisando entusiasmada los pedidos de libros para su centro de alfabetización cuando Eduardo apareció en la puerta.
Su rostro, habitualmente impasible como el de un jugador de póker profesional, estaba tenso por la preocupación, lo que la alertó de que algo grave estaba sucediendo. Era la primera vez que lo veía perder la compostura. “Señorita Lombardi, lamento interrumpirla”, dijo con una urgencia contenida en su voz.
El señor Belmonte solicita su presencia en su despacho de inmediato. Es un asunto de máxima prioridad. Sin hacer más preguntas, Anita se levantó y lo siguió, su corazón latiendo con fuerza en el pecho. Encontró a Santiago en su oficina, caminando de un lado a otro como un león enjaulado con el teléfono pegado a la oreja.
Cuando la vio, terminó la llamada abruptamente. ¿Qué ha pasado, Santiago?, preguntó ella, alarmada por la expresión de furia contenida que ensombrecía su rostro. “Torres”, respondió él. Su voz era un siceo controlado, pero la rabia hervía bajo la superficie. Ese miserable ha ido directamente a la prensa. Ha cruzado una línea que no debía.
Le entregó su tableta abierta en un conocido sitio de noticias financieras. El titular, grande y sensacionalista, hizo que su estómago se encogiera. La novia falsa de Belmonte es el matrimonio del magnatecógico, una estafa para conseguir el visado. El artículo, venenoso y lleno de insinaciones, citaba a fuentes anónimas cercanas a la pareja que afirmaban que su matrimonio era un arreglo apresurado y fraudulento, diseñado únicamente para asegurar el estatus migratorio de Santiago y facilitar la inminente fusión con la Valle Technologies.
Era un ataque directo y muy bien calculado para hacer el máximo daño posible. Esto es muy malo, Santiago, dijo Anita escaneando el artículo con creciente ansiedad. Pero no tiene ninguna prueba sólida, es solo pura especulación y chismes malintencionados. Nadie que nos conozca se lo creerá. Santiago negó con la cabeza su rostro sombrío.
Es más que suficiente para causar problemas graves. Rodolfo me ha llamado esta mañana. La junta directiva de la Valle está muy preocupada. Este escándalo podría poner en peligro toda la operación. Anita dejó la tableta sobre el escritorio, su mente trabajando a toda velocidad. ¿Qué puedo hacer para ayudar? Dime lo que sea.
Santiago la miró y su expresión se suavizó por un instante, un atisbo de gratitud en sus ojos. No tienes que hacer nada, Anita. Esta no es tu batalla. Yo me encargaré de todo. Mi equipo legal ya está trabajando en ello. Pero ella no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados. No después de todo lo que habían compartido. Soy tu esposa, Santiago.
Dijo con una firmeza que lo sorprendió. Falsa o no, en este momento estamos en esto juntos. Tu problema es mi problema. Algo destelló en los ojos de Santiago, una mezcla de gratitud, sorpresa y algo mucho más profundo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Se dio cuenta de que se preocupaba por él, no por el acuerdo, sino por el hombre.
La situación había cambiado drásticamente en las últimas semanas. Torres organiza una gala benéfica esta misma noche”, dijo Santiago después de un momento de silencio. “Y por supuesto, estamos en la lista de invitados. Es una trampa evidente.” Anita entendió la estrategia al instante. “Déjame adivinar. Espera que no vayamos para que parezcamos culpables y demos más credibilidad a sus humores o que asistamos y nos mostremos tan incómodos y distantes que confirmemos sus sospechas.
Es un movimiento muy astuto por su parte. Entonces, lo que haremos será asistir”, declaró Anita con una nueva determinación. Y no solo eso, vamos a estar tan asquerosamente enamorados que incomodaremos a todos los presentes. Seremos la pareja perfecta, la envidia de todos. Una sombra de sonrisa se dibujó en los labios de Santiago, que parecía empezar a contagiarse de su espíritu combativo.
Ese es tu gran plan. Muestras públicas de afecto desmedido. Es un poco melodramático, ¿no crees? Es lo último que Torres esperaría de ti”, señaló Anita. Del frío y calculador hombre de negocios, perdidamente enamorado, incapaz de mantener sus manos alejadas de su flamante y joven esposa. Será una actuación memorable.
Santiago consideró la idea, su expresión pensativa. No es la peor estrategia que he oído. Rodolfo estará allí. Si logramos convencerlo a él de que todo es real, la junta directiva lo seguirá sin dudarlo. Entonces, está decidido dijo Anita con más confianza de la que realmente sentía. Esta noche, querido esposo, daremos la actuación de nuestras vidas.
Vamos a ganar un Óscar. Mientras se giraba para irse y prepararse para la batalla, la voz de Santiago la detuvo. Anita, gracias. La simple y sincera gratitud en su voz hizo que su corazón se conmoviera. Para eso estoy aquí. No es parte del acuerdo, pero ambos sabían que ya era mucho más que eso.
La mansión de Manolo Torres era exactamente como Anita la había imaginado, ostentosa, recargada y carente de buen gusto. Candelabros de cristal del tamaño de un coche pequeño, suelos de mármol pulido que reflejaban las luces y un ejército de personal uniformado creaban una atmósfera de opulencia calculada. Un intento desesperado de impresionar.
Sutil, muy sutil”, murmuró Anita mientras entregaban sus abrigos a un asistente. “Torres nunca ha sabido diferenciar entre la riqueza y la elegancia”, respondió Santiago en voz baja, su mano posándose con naturalidad en la parte baja de la espalda de ella. El toque era ligero, pero intencionado. El primer movimiento de su actuación planeada.
Anita se inclinó ligeramente hacia él, su cuerpo respondiendo de forma instintiva a su proximidad. Las cabezas se giraron cuando entraron en el salón principal y pudo sentir las miradas curiosas y oír los susurros. El artículo había hecho su daño, la duda flotaba en el aire. ¿Lista para el espectáculo? Preguntó Santiago, su boca muy cerca de su oído, su aliento cálido herizando su piel.
Anita asintió girándose para mirarlo a los ojos. Con un gesto estudiado, alargó la mano para enderezar su corbata, que ya estaba perfecta, dejando que sus dedos se demoraran un instante sobre su pecho. Absolutamente lista, cariño. El término cariñoso sonó extraño, pero necesario. Los ojos de Santiago se oscurecieron apreciativamente, entendiendo el juego.
“Allí está Rodolfo”, dijo asintiendo hacia el otro lado del salón. Vamos a saludarlo. Es hora de empezar la función. Mientras cruzaban el atestado salón, Santiago mantuvo a Anita pegada a él, su brazo rodeando su cintura con posesividad. Se movían con una sincronización perfecta, como una pareja que llevara años junta, no apenas unas semanas.
La química entre ellos era palpable. Santiago, Anita, qué alegría verlos. Lo saludó Rodolfo cálidamente, aunque Anita detectó una sombra de preocupación en su mirada. “Es un placer verte, Rodolfo, respondió Santiago, estrechando su mano con firmeza. Supongo que estás al tanto de la situación.” El hombre mayor asintió con gravedad.
Sí, un momento muy desafortunado. Estos rumores son completamente enfundados. Por supuesto, intervino Anita apoyándose en el costado de Santiago. Supongo que cualquier romance relámpago como el nuestro invita a la especulación de los malintencionados, añadió ella con una sonrisa encantadora. Rodolfo los estudió a ambos con atención.
En efecto, la junta ha expresado su preocupación, como es lógico. Antes de que Santiago pudiera responder, Manolo Torres apareció a su lado con una copa de champán en la mano y una sonrisa de satisfacción mal disimulada. El artífice de la tormenta se presentaba. Belmonte, señorita Lombardi. Qué valiente por su parte asistir, dadas las circunstancias, dijo Torres con falsa amabilidad.
Manolo, la voz de Santiago era gélida. Veo que ahora te dedicas a difundir chismes. Pensé que incluso tú tenías estándares más altos. La sonrisa de Torres no vaciló. Solo informo de lo que muchos ya sospechaban. Tu repentino matrimonio era, cuanto menos conveniente para tus intereses empresariales, ¿no es así? La única conveniencia aquí”, intervino Anita con una calma sorprendente fue encontrar a alguien que entendiera que el amor no siempre sigue un cronograma lógico y predecible.
Miró a Santiago volcando en su expresión cada onza de sentimiento genuino que había empezado a florecer en su corazón. Esto ya no era una actuación, o al menos no del todo, y esa verdad lo hacía todo mucho más convincente y poderoso ante los ojos de los demás. Algunos de nosotros simplemente lo sabemos cuando lo encontramos”, continuó ella con voz suave, incluso cuando parece no tener ningún sentido lógico para el resto del mundo.
El brazo de Santiago se apretó con más fuerza a su alrededor, sus ojos nunca abandonando su rostro como si estuviera hipnotizado. Anita vio más allá de todas mis defensas”, dijo él, su voz acentuada sonando baja e íntima. “Un raro regalo que no fui lo suficientemente sabio para apreciar desde el principio.” La cruda honestidad en su tono la sorprendió por completo.
Esto no sonaba como una de sus líneas ensayadas para la ocasión, sonaba real. Torres los miró, su confianza visiblemente vacilante por primera vez en toda la noche. Muy conmovedor, sin duda. Aunque el momento de su epifanía amorosa coincide convenientemente con sus graves problemas de visado, no me negará que es una casualidad bastante afortunada, ¿no cree usted, Belmonte? Mi visado nunca fue el verdadero problema, replicó Santiago, todavía mirando fijamente a Anita.
El verdadero problema era admitir que necesitaba a alguien en mi vida, que la independencia no es lo mismo que la verdadera fortaleza. El corazón de Anita martillaba con fuerza en su pecho. Esto se sentía peligrosamente real, maravillosamente real. El mundo a su alrededor parecía desvanecerse, dejando solo a los dos en una burbuja de emociones.
Rodolfo se aclaró la garganta rompiendo la tensión. Creo que le debo un baile a mi esposa, si me disculpan. Hizo una pausa lanzándole a Santiago una mirada significativa. La reunión de la junta directiva es mañana a las 10 de la mañana. Espero tener buenas noticias que darles. Mientras se alejaba, la sonrisa de Torres se volvió más calculadora y afilada.
Bien jugado, Belmonte. Pero una actuación convincente no borra los hechos. Los hechos, dijo Santiago fríamente, son que llevas años intentando sabotear mi negocio porque me negué a vendértelo. Los hechos son que la fusión con la valle te aterra porque pondrá mi compañía permanentemente fuera de tu alcance. Y el hecho, añadió Anita, sorprendiéndose a sí misma con su audacia, es que estás tan ciego por tu odio que no puedes reconocer algo genuino, ni aunque lo tengas delante de tus narices.
La expresión de Torre se endureció como el granito. Ya veremos qué tan genuino parece todo después de su conveniente divorcio, una vez que la fusión se haya completado. Mientras se alejaba, un escalofrío de incertidumbre recorrió a Anita. El divorcio. En solo 7 días su acuerdo terminaría, la fusión se finalizaría y no habría ninguna razón para continuar con aquella farsa que cada vez se sentía menos como una mentira.
“Baila conmigo”, dijo Santiago de repente, sacándola de sus sombríos pensamientos. ¿Qué? Preguntó ella, confundida por el repentino cambio de tema. Todos nos están mirando”, explicó él, guiándola hacia la pista de baile. “Démosles algo de que hablar, algo que no puedan olvidar.” La orquesta tocaba un bals lento y romántico, y Santiago la atrajó a sus brazos con una facilidad practicada, una mano en su cintura, la otra sosteniendo la suya con firmeza.
Anita apoyó su mano libre en su hombro, agudamente consciente de la cercanía de sus cuerpos, del calor que emanaba de él. Eres un buen bailarín”, observó ella mientras él la guiaba sin esfuerzo a través de los pasos del bals. “El internado”, explicó Santiago con una media sonrisa. “Lecciones obligatorias. Odié cada minuto de esas clases de baile. Me parecían una tortura.
” Anita sonrió. Me resulta difícil de creer. Pareces muy cómodo. La compañía hace la diferencia, dijo él suavemente, sus ojos fijos en los de ella. Se movían juntos con una armonía sorprendente, como si hubieran bailado juntos durante años. Anita era consciente de las miradas sobre ellos, pero se encontró olvidando a su audiencia, perdida en la calidez de la mirada de Santiago.
Lo que le dijiste a Torres antes comenzó a decir ella con cuidado sobre la independencia y la fortaleza. Era verdad, terminó él, aunque no es algo que hubiera admitido hace seis semanas. El corazón de Anita dio un vuelco. ¿Qué cambió en estas semanas, Santiago? Los ojos de Santiago sostuvieron los suyos, serios e intensos.
De verdad, ¿no sabes qué cambió, Anita? La música creció en intensidad y Santiago la hizo girar suavemente, atrayéndola aún más cerca de él, sus cuerpos casi pegados, sus respiraciones mezclándose en el aire. “Torres tenía razón en una cosa”, dijo Anita. Su voz apenas un susurro sobre la música. En 7 días la fusión estará completa.
Nuestro acuerdo habrá terminado. Los pasos de Santiago vacilaron casi imperceptiblemente por un instante. Sí, lo sé. ¿Es eso lo que todavía quieres, Anita? Que esto termine. La pregunta quedó flotando entre ellos, cargada con todos los sentimientos no expresados de las últimas tres semanas. Una pregunta que podría cambiarlo todo.
La expresión de Santiago era ilegible, sus ojos buscando una respuesta en los de ella. Lo que quiero, comenzó a decir lentamente, se ha vuelto considerablemente más complicado de lo que había anticipado al principio de todo esto. Antes de que pudiera elaborar su respuesta, la música terminó. se quedaron en los brazos del otro momento más de lo necesario, reacios a romper esa conexión tan especial que se había creado.
Un fotógrafo de una revista de sociedad se acercó pidiendo permiso para tomarles una foto. Santiago miró a Anita buscando su aprobación y ante su leve asentimiento la atrajó más cerca de su costado. “Sonían, por favor”, les indicó el fotógrafo. Pero en lugar de mirar a la cámara, Santiago se quedó mirando a Anita, su expresión tan tierna y llena de adoración que le cortó la respiración.
Fue un impulso, un acto de pura emoción. Ella se puso de puntillas y presionó un suave beso en sus labios. El flash de la cámara lo segó por un instante, capturando el momento para la posteridad. Un beso que había comenzado como parte de la actuación, pero que rápidamente se convirtió en algo para lo que ninguno de los dos estaba preparado.
La mano de Santiago subió para acunar su rostro, profundizando el beso con una intensidad inesperada, llena de pasión contenida y anhelo. Cuando finalmente se separaron, ambos ligeramente sin aliento, el fotógrafo ya se había ido, pero varios de los invitados los observaban con sonrisas cómplices.

Eso debería convencerlos”, susurró Anita intentando aligerar la repentina pesadez del momento. “Sí”, asintió Santiago, su voz ronca, muy convincente. El resto de la velada transcurrió en una nebulosa de conversaciones triviales y apariciones estratégicas, siempre juntos, siempre tocándose. interpretaron sus papeles a la perfección, intercambiando miradas cariñosas, creando un retrato convincente de felicidad matrimonial.
Para cuando se fueron, incluso Torres parecía desanimado, sus acusaciones perdiendo toda credibilidad. En el coche, la actuación se desvaneció, dejando un silencio incómodo y cargado de tensión. Anita miraba por la ventana hiperconsciente de la presencia de Santiago a su lado, recordando la sensación de sus labios sobre los suyos.
Rodolfo parecía satisfecho con nuestra actuación, dijo Santiago finalmente, rompiendo el tenso silencio que se había instalado en el coche. Su voz era cuidadosamente neutral, desprovista de cualquier emoción. “Sí”, asintió Anita, intentando sonar igual de despreocupada. Creo que lo hemos convencido. Misión cumplida.
Otro silencio pesado, cargado de todas las cosas que no se atrevían a decir en voz alta de lo que había sucedido en la pista de baile. Sobre lo que pasó antes, comenzaron a decir ambos al mismo tiempo y luego se detuvieron abruptamente. “Tú primero”, dijo Anita cediéndole la palabra.
Santiago dudó un instante, luego sacudió ligeramente la cabeza. como si se retractara de lo que iba a decir. Fue una buena estrategia, muy efectiva. El beso fue la culminación perfecta de nuestro plan. El corazón de Anita se hundió en su pecho al oír esas palabras. Una estrategia, por supuesto. Para él todo había sido parte del plan, un movimiento calculado.
¿Qué otra cosa podría haber esperado? Correcto, dijo ella. forzando una alegría que no sentía en su voz. Misión cumplida. Entonces, cuando llegaron al ático, Anita se dirigió directamente hacia las escaleras, desesperada por estar a solas con sus sentimientos confusos y su corazón roto.
Necesitaba espacio para procesar la dolorosa realidad de su situación. Anita, la llamó Santiago desde abajo. Ella se detuvo en mitad de la escalera, pero no se giró. Sí, gracias por esta noche. Has estado magnífica. De nada, respondió ella suavemente y continuó subiendo. En su habitación se quitó el elegante vestido de gala y se sentó en el alfizar de la ventana contemplando las luces de la ciudad.
7 días más, solo 7 días hasta que el acuerdo terminara y ella se marchara con 20 millones de euros y el corazón destrozado. Unos golpes suaves en su puerta interrumpieron sus pensamientos. Abrió y se encontró a Santiago parado en el umbral, todavía con su ropa formal, pero con la corbata aflojada y el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera estado pasando las manos por él con frustración.
Mentí”, dijo sin preámbulos. Su voz era un susurro ronco. Anita parpadeó confundida. “¿Sobre qué? No fue solo una estrategia”, dijo él, su voz baja e intensa. “El beso, lo que dije sobre ti, nada de eso fue solo para el espectáculo. Te lo juro.” El corazón de Anita comenzó a latir con una esperanza renovada.
“¿Qué estás diciendo, Santiago?” Él dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos, lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor que irradiaba de su cuerpo. Estoy diciendo que no quiero que nuestro acuerdo termine en 7 días. No quiero que termine nunca. ¿Es por la fusión? Preguntó ella con cautela, necesitando estar completamente segura, temendo que fuera otra estrategia.
No, dijo Santiago con firmeza. sus ojos azules brillando con una sinceridad que la desarmó. Porque en algún punto, entre tus terribles instrucciones de Bolos y obligarme a probar comida basura, me he enamorado de ti, Anita Lombardi. Las palabras quedaron flotando en el aire, honestas y vulnerables, completamente inesperadas.
Si no sientes lo mismo, continúel cuando ella no respondió de inmediato, lo entenderé. Los 20 millones son tuyos de todas formas. Nuestro acuerdo se mantiene, pero necesitaba que supieras la verdad antes de que te fueras. Anita no lo dejó terminar. Cerró la distancia que lo separaba, sus manos enmarcando su rostro mientras lo besaba con toda la emoción contenida de las últimas tres semanas.
Un beso que era a la vez una respuesta y una confesión. Santiago respondió de inmediato, sus brazos rodeando su cintura, atrayéndola contra él, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida. Cuando finalmente se separaron, ambos sin aliento, Anita apoyó su frente contra la de él. Yo también te amo, hombre imposible y arrogante.
Santiago soltó una carcajada, un sonido de pura alegría que resonó en la silenciosa habitación. Imposible, dices completamente, confirmó ella con una sonrisa. Me hiciste enamorarme de mi falso marido. ¿Quién hace algo así? Un hombre muy afortunado, dijo Santiago suavemente, apartando un mechón de cabello de su rostro.
Uno que no te merece en absoluto, pero que es lo suficientemente egoísta como para querer quedarse contigo para siempre. Bien”, dijo Anita con firmeza, “porque no pienso ir a ninguna parte, ni en 7 días ni nunca.” La sonrisa de Santiago se desvaneció, su expresión volviéndose seria. “Necesito que estés segura de esto, Anita.
Tu libertad, tu independencia, sé cuánto significan para ti. Lo hacen,” asintió ella. “Pero tú también significas mucho para mí.” Y he descubierto algo muy importante en estas últimas semanas. ¿Qué es eso? Que la independencia no se trata de estar sola, sino de elegir con quien quieres compartir tu vida. Tocó su rostro con ternura.
Y yo te elijo a ti, Santiago Belmonte. Tres meses después, el sol de la mañana iluminaba una pequeña y encantadora capilla en las afueras de Madrid. Todavía no puedo creer que estemos haciendo esto de nuevo, dijo Anita mientras Renata ajustaba su velo. La primera boda fue por un asunto de inmigración, le recordó Renata con una sonrisa cómplice.
Esta es por amor, lo cual es mucho mejor, ¿no crees? Anita se miró en el espejo. El vestido era sencillo pero elegante y la felicidad irradiaba de su rostro. Mucho mejor, asintió ella. Eduardo, luciendo inusualmente emocionado, llamó a la puerta. Es la hora, señorita Lombardie. Gracias por todo, Eduardo dijo ella cálidamente.
Y gracias por aceptar acompañarme por el pasillo. El honor es todo mío, respondió él con una emoción poco característica. El señor Belmonte, Santiago, nunca ha sido más feliz en su vida. La capilla estaba llena de una curiosa mezcla de invitados, socios de negocios, amigos del Centro de Alfabetización e incluso Manolo Torres.
En la primera fila, Rodolfo sonreía como un padre orgulloso. A su lado, un asiento vacío estaba reservado para la abuela de Anita, un pequeño homenaje a la mujer que le había enseñado a amar los libros. Cuando la música comenzó, Anita respiró hondo y caminó por el pasillo. En el altar, Santiago la esperaba, su rostro una mezcla de asombro, alegría y un amor tan profundo que la conmovió hasta las lágrimas.
Ya no había máscaras ni mentiras. Esta vez, cuando el oficiante los declaró marido y mujer, su beso no fue una actuación, fue una promesa. En la recepción, mientras bailaban su primer bals como un matrimonio de verdad, Santiago le susurró al oído, “¿Te arrepientes de algo?” Anita sonrió al hombre que había pasado de ser su jefe temporal a hacer el amor de su vida.
Solo de una cosa, de haber perdido tantas semanas fingiendo que no sentía nada por ti. Pero tenemos el resto de nuestras vidas para compensarlo”, susurró él, abrazándola con fuerza. El resto de nuestras vidas suena como el acuerdo perfecto. El centro de alfabetización de Anita floreció y la empresa de Santiago revolucionó el sector de la energía sostenible.
Y en cada aniversario celebraban dos veces la fecha de su boda real y el día en que un acuerdo de 28 días cambió sus vidas para siempre, demostrando que a veces el amor más inesperado es el más duradero. Si esta historia te ha gustado, te agradeceríamos mucho que la calificaras del uno al 10.
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