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“DÁSELA AL APACHE, YA NO OYE NI SIRVE” — DIJERON… PERO LA SORDA DESCUBRIÓ LA VERDAD DEL POZO

En el verano de 1886 llamaron inútil a Inés, la muchacha sorda de las Jarillas, y decidieron entregarla a una pase viudo como si fuera una carga, sin saber que ella había visto algo junto al pozo aquella noche. Y lo que descubrió estaba a punto de cambiarlo todo. Era el verano de 1886, cuando en el rancho Las Jarillas el calor empezó a oler distinto.

No era solo el polvo reseco que se pegaba a la piel, ni el aliento áspero del valle cuando llevaba semanas sin lluvia. Había en el aire una inquietud sorda, una clase de tensión que los animales perciben antes que los hombres y que las almas heridas reconocen, aunque nadie se atreva a nombrarla. Las mulas bebían menos, las gallinas se alejaban del bebedero y en la casa grande, donde las órdenes siempre bajaban como piedras desde la boca de doña Úrsula Rentería, nadie parecía dispuesto a escuchar lo que resultaba incómodo. Allí vivía Inés

Salvatierra, una joven de 19 años que desde los ocho había dejado de oír el mundo como los demás. Una fiebre mal cuidada le había robado casi todos los sonidos, pero no le había quitado ni la inteligencia ni la capacidad de observar. Al contrario, como si la vida hubiera querido compensar una pérdida con otra forma de lucidez, Inés había aprendido a mirar con una atención que a muchos les resultaba inquietante.

Leía los labios a medias, reconocía los pasos por la vibración en el suelo, distinguía el humor de una persona por la rigidez del cuello, por la forma en que apretaba la mandíbula, por la violencia o la ternura con que abría una puerta. Pero en las Jarillas nadie alababa esas virtudes. Para su madrastra, doña Úrsula, Inés era poco menos que una carga vergonzosa.

La sorda la llamaba incluso delante de ella, como si la muchacha, por no oír bien, tampoco pudiera comprender la humillación. Y como sucede tantas veces en los hogares donde la crueldad se disfraza de autoridad, los demás terminaron copiando el gesto. Los peones la miraban con condescendencia. Las mujeres de la cocina le hablaban exagerando la boca, no por ayudarla, sino por burlarse.

Y su padre, don Laureano Salvatierra, un hombre consumido por las deudas y por una debilidad antigua que lo hacía agachar la cabeza ante cualquier conflicto, eligió durante años el camino más cobarde, no defenderla. Inés se había criado entre el corral, la huerta y la noria del rancho. Conocía cada piedra del patio, cada sombra del mezquite grande, cada grieta del brocal del pozo principal.

Sabía cuando el agua venía más clara después del amanecer y cuando arrastraba un gusto terroso. Si la noche había sido demasiado caliente. También sabía que el rancho se sostenía de milagro. Hacía dos cosechas que el maíz salía débil. Tres reces habían muerto en menos de un mes. Y el agua, aquella agua que siempre había sido orgullo de la propiedad, empezaba a dejar a su paso un rastro de malestar que nadie quería mirar de frente.

La primera en notarlo fue ella, no porque alguien se lo dijera, sino porque vio a las cabras apartarse del abrevadero con el hocico tenso. vio a Tomasa, la cocinera más vieja, persignarse después de probar el agua y escupir disimuladamente detrás del fogón. Vio a un peón joven doblarse del vientre junto al establo una mañana en que todos habían bebido del mismo cántaro y vio sobre todo una película extraña flotando sobre la superficie del pozo al atardecer.

Una irización tenue que no pertenecía ni al barro ni al sol. intentó advertirlo. Lo hizo como podía, con señas torpes, con palabras cortas pronunciadas más para ser leídas que escuchadas, con un cuenco de agua en la mano y el seño apretado. Pero doña Úrsula miró como se mira a quien resulta conveniente despreciar. le apartó el recipiente de un manotazo y movió los labios con esa lentitud cruel que usaba cuando quería asegurarse de que Inés entendiera la ofensa.

“No sirves ni para traer agua limpia.” La muchacha bajó los ojos, no por obediencia, sino para esconder el ardor que le había subido al pecho. Estaba acostumbrada a la humillación, pero no resignada. Había una diferencia profunda entre ambas cosas, y doña Úrsula jamás la entendió. Inés soportaba porque no tenía a dónde ir, no porque creyera merecer el maltrato.

Algo dentro de ella seguía intacto, una fibra silenciosa que se negaba a quebrarse. Su único refugio verdadero era el cuarto pequeño que había pertenecido a su madre. Allí guardaba un pañuelo bordado con iniciales ya dñidas, una libreta de tapas azules donde dibujaba plantas, animales y gestos de la gente del rancho y un medallón de cobre que nunca se quitaba del cuello.

Su madre, Jacinta había muerto cuando ella tenía 9 años, apenas un año después de aquella fiebre que le apagó el oído. De ella conservaba pocos recuerdos sonoros, casi ninguno, pero sí la memoria de unas manos pacientes enseñándole a mirar el cielo para saber si el día venía bueno o traicionero. A veces, en las noches de más cansancio, Inés apoyaba la frente en la ventana y pensaba que si su madre hubiera vivido, nadie se habría atrevido a convertirla en estorbo.

En el rancho también vivía Elvira, la hija de doña Úrsula, dos años mayor que Inés, y tan parecida a su madre en la dureza de la boca, que a veces parecía su reflejo joven. Elvira llevaba meses empeñada en casarse con cualquier hombre que pudiera sacarla de las Jarillas antes de que las deudas terminaran de hundir la casa.

Pero los pretendientes se alejaban en cuanto olían la ruina. Por eso, cuando comenzó a correr el rumor de que una pase de las Sierras Bajas buscaba mujer para cuidar su casa y ayudar con un pequeño rancho heredado, doña Úrsula vio en aquella noticia una oportunidad. No para su hija, desde luego, Elvira todavía se consideraba merecedora de algo mejor.

No, la oportunidad estaba en deshacerse de Inés. El hombre se llamaba Amarú. Eso decían los arrieros que pasaban por el valle. una pase viudo, reservado, dueño de unas tierras apartadas cerca de la cañada del Fresno. Algunos aseguraban que era osco, otros que solo era silencioso. Había perdido a su esposa dos inviernos atrás y desde entonces vivía entre caballos, árboles de durazno y un sobrino pequeño que su hermana moribunda le dejó antes de partir.

También se decía que evitaba el pueblo y que prefería tratar con el viento antes que con la gente. A doña Úrsula le bastó con una parte del rumor. Necesitaba una mujer en la casa. Una noche, mientras Inés lavaba trastos en la cocina y fingía no ver las bocas que se movían a sus espaldas, captó una frase que le heló la sangre. No oyó las palabras como otros las habrían oído.

Las leyó en los labios de Elvira, afiladas, satisfechas, dichas con el desdén de quien cree haber encontrado una solución elegante para un problema humano. Dásela a la Pache, ya no oye ni sirve. Doña Úrsula soltó una risa breve. Don Laureano, sentado a la mesa con un vaso de mezcal entre los dedos, no levantó la vista.

Ese fue el golpe más hondo, no la frase cruel que al fin y al cabo venía de quienes ya la despreciaban, sino el silencio de su padre, ese silencio cobarde que equivalía a una firma. Inés siguió lavando una taza, un plato, otra taza. Sentía las manos moverse solas dentro del agua tibia, mientras el corazón le latía con una fuerza casi dolorosa.

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