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CASA AZUL DE Frida Kahlo: Amores Vida SECRETOS y TRAICIONES que NADIE TE CONTO JAMAS

En el número 247 de la calle Londres en Coyoacán hay una casa que no se parece a ninguna otra del mundo. No por su tamaño, no por su lujo, sino porque cada centímetro de sus paredes,  cada objeto sobre sus mesas, cada mancha de pintura en su suelo amarillo cuenta una historia que ningún arquitecto diseñó y ningún decorador eligió.

Es la historia de una mujer que se rompió en 32  pedazos y los convirtió en arte. Frida Calo nació  en esta casa, sufrió en esta casa, amó y fue traicionada en esta casa y murió en  esta casa. Pero hay algo que muy poca gente sabe cuando cruza ese portón azul. Durante décadas, esta casa guardó un secreto en  sus baños sellados.

Cientos de objetos que nadie vio durante 50 años.  Vestidos, corsés, cartas, medicamentos. Una  vida entera encerrada en cuartos que Diego Rivera ordenó no abrir. ¿Por qué un hombre  sella los cuartos de la mujer que amó? Esa respuesta tardó 50 años en llegar y cuando llegó cambió todo lo  que creíamos saber sobre Frida Calo.

Pero para entenderla hay que entender primero quién era realmente esta mujer detrás de la ceja única y los autorretratos. Hay que entender qué pasó en esta casa, lo que Diego le hizo, lo que ella le hizo a él. lo que los dos le hicieron al mundo, lo que un tranvía  le hizo a su cuerpo cuando tenía 18 años y lo que ella le hizo al tranvía después, convertirlo en arte.

Y hay que entender por qué esta mujer con el cuerpo roto desde los 18 años, con 32 operaciones encima, con una pierna amputada y el corazón partido en dos, o pintó en su último cuadro, 8  días antes de morir, las palabras más desafiantes que alguien en su situación podría escribir. Viva la vida. Coyoacán, 1904. Guillermo Calo, fotógrafo de origen alemán, compra una casa en las afueras de Ciudad de México.

Una construcción colonial blanca en ese momento, organizada alrededor de un patio central, modesta, funcional, la casa de una familia de clase media que quiere espacio y tranquilidad en un barrio que todavía tiene más campo que ciudad. Guillermo Calo había llegado a México desde Forheim, en el suroeste de Alemania, a los 19 años.

Hijo de una familia de origen húngaro, epiléptico desde joven, había cruzado el Atlántico con la determinación de los que saben que donde están no hay futuro para ellos. En México encontró trabajo, encontró dos esposas, la primera murió de parto y encontró una vocación, la fotografía arquitectónica.

Dame, el gobierno de Porfirio Díaz lo contrató para documentar el patrimonio arqueológico del país. Guillermo Calo viajó por todo México con su cámara, mirando edificios y ruinas con la precisión del extranjero que observa sin la ceguera del nativo. Esa mirada se la transmitió a Frida y fue quizás el regalo más grande que le hizo.

El 6 de julio de 1907, en esa casa todavía blanca, nació Magdalena Carmen Frida Calo Calderón, la tercera hija del matrimonio entre Guillermo y Matilde Calderón. Pero Frida Calo nunca fue completamente honesta con su fecha de nacimiento. Años después diría sistemáticamente que había nacido en 1910, el año en que estalló la Revolución Mexicana.

Porque Frida entendió algo que muy pocos artistas entienden desde tan joven. La identidad no es lo que eres, es lo que eliges ser. E y ella eligió nacer con México. Eligió que su vida comenzara el mismo año en que el país empezaba a reconstruirse. Era una mentira hermosa y calculada, como toda su obra. Creció en esa casa con sus padres y tres hermanas, dos mayores de un matrimonio anterior de su padre y Cristina, la menor, con quien tendría la relación más compleja de su vida adulta.

El patio central de la casa era el centro de la vida familiar. Las niñas jugaban allí. La madre administraba el hogar desde allí. Guillermo guardaba sus equipos fotográficos en los cuartos que daban a ese espacio abierto. Era una infancia relativamente normal para una familia de clase media mexicana de principios del siglo XX, hasta que dejó de serlo.

A los 6 años, Frida contrajo poliomielitis. La enfermedad le dejó la pierna derecha más delgada que la izquierda, una diferencia visible que provocaba una ligera cojera. Sus compañeros de escuela lo notaron de inmediato. Los niños son crueles con la diferencia y el apodo que le pusieron fue simple y brutal. Pata de palo.

Lo que hizo Frida con ese apodo dice todo sobre la mujer en que se convertiría. No lo ignoró, no lloró en silencio, no rogó que parara, lo tomó, lo procesó y lo convirtió en identidad. Empezó a usar calcetines más gruesos en la pierna delgada para disimular la asimetría. Después usaría faldas largas. Después, cuando fue artista y el mundo la miraba, se usaría vestidos teuanos elaborados que convertían lo que antes ocultaba en declaración cultural.

La pierna enferma no era un defecto que esconder, era parte de lo que ella era y lo que ella era no pedía disculpas. En la adolescencia entró a la Escuela Nacional Preparatoria, una de las instituciones educativas más importantes de México, donde se formaba la élite intelectual del país. Ahí descubrió la política.

El México postrevolucionario era un hervidero de ideologías y los círculos artísticos y la intensidad de las ideas que se discuten cuando uno tiene 16 años y cree que el mundo puede cambiarse. Y ahí conoció a Alejandro Gómez Arias, estudiante de derecho, inteligente, de buena familia, su primer gran amor. Los dos formaban parte de un grupo de amigos que se llamaban a sí mismos los cachuchas por las gorras que usaban.

Poleían, discutían, se metían en problemas. La vida de Frida Calo en ese momento tenía una trayectoria perfectamente trazada. Medicina, amor, México, futuro. Pero entonces llegó el 17 de septiembre de 1925 y todo cambió. Hay días que parten la historia de una persona en dos, el antes y el después, el que eras y el que serás. Para la mayoría de la gente, esos días son invisibles mientras ocurren.

Solo se ven en retrospectiva cuando ya no hay nada que hacer. Para Frida Calo, ese día fue un martes de septiembre y no hubo posibilidad de no verlo. Salió de la preparatoria con Alejandro Gómez Arias. Era tarde de septiembre, sol de Ciudad de México, 18 años. La sensación de que la vida estaba empezando de la mejor manera posible.

Tomaron un primer camión hacia Coyoacán. Pero Frida notó que había perdido su sombrilla y ambos bajaron a buscarla. Esa sombrilla cambió la historia del arte del siglo XX. Subieron a otro camión, más viejo, más lleno, con un conductor joven que Alejandro describiría después como nervioso e inexperto. La ruta los llevaba por la calzada de San Antonio Abad, una de las arterias principales de Ciudad de México.

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