El legado de Bruce Lee. Hola a todos, bienvenidos de vuelta al canal. Antes de que empiece esta historia, necesito que sepas algo. Lo que estás a punto de escuchar ocurrió en una noche de noviembre en Oakland, California. Una noche sin cámaras, sin periodistas, sin nadie que supiera que estaba presenciando algo que ninguna película de Bruce Lee jamás logró capturar.
cinco hombres, una calle oscura y un hombre al que todos subestimaron hasta que fue demasiado tarde para arrepentirse. Lo que esta historia tiene de diferente es lo que ocurre en el centro, el momento en que Bruce Lee está de rodillas con sangre en la cara y lo que hace a continuación cambia la comprensión de todo lo que lo precedió.
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En el sector del puerto viejo de Oakland esa gramática era simple. Los negocios pagaban, los transeútes miraban al piso y los hombres que caminaban solos de noche aprendían rápido a hacerlo en el centro de la acera, nunca cerca de las sombras. Víctor Salinas, al que todos en esa cuadra conocían por el apodo de Toro, había tardado 3 años en convertirse en la ley no oficial de ese tramo de 12 cuadras entre el muelle y la avenida principal.
tres años de trabajo constante, de conversaciones que empezaban como advertencias y terminaban como compromisos unilaterales de noches largas y resultados que habían convencido incluso a los más escépticos de que era más fácil y más barato cooperar. Toro medía 1,90 y pesaba 140 kg. No de la clase de peso que acumula el tiempo y el descuido, sino del tipo que se construye despachando cajas en muelles durante 5 años, peleando en patios y callejones desde los 15, aprendiendo que el cuerpo es el único activo que un hombre como él podía desarrollar sin que
nadie se lo pudiera quitar. tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda desde los 16 y la llevaba con la indiferencia de quien ya no recuerda cómo llegó ahí. Esa noche de noviembre, Toro estaba apoyado contra la pared de ladrillos del callejón trasero del restaurante Jade Garden, con cuatro hombres de su grupo a distancias calculadas a lo largo de la cuadra.
El frío del puerto llegaba con olor a sal y petróleo. Había neblina baja, el tipo de noche que hacía que la gente caminara rápido con la cabeza gacha, que es exactamente el tipo de noche que Toro prefería para trabajar. Llevaban 40 minutos esperando cuando la puerta trasera del Jade Garden se abrió. Salió primero un hombre corpulento en traje gris, un tipo de negocios con el nudo de la corbata aflojado que se alejó deprisa hacia el estacionamiento sin mirar a los lados.
Detrás de él salió otro hombre y este fue el que detuvo la mirada de toro. Era pequeño, 1,72 quizás. Vestía pantalón negro y un suéter oscuro. Cargaba una bolsa de cuero de esas que usan los artistas o los estudiantes universitarios. caminaba despacio como alguien que no tiene prisa, lo cual a esa hora y en esa cuadra era una anomalía que inmediatamente registró en la mente de Toro como señal de que el hombre no entendía dónde estaba parado.
Era chino, joven, tal vez 27, 28 años. Los pómulos marcados, el cuello delgado, las manos pequeñas. El tipo de persona que en el universo conceptual de Toro existía en una categoría clara, fácil. Toro no necesitó mucho tiempo para tomar la decisión. Hizo una señal sutil con la cabeza. Dos de sus hombres se desprendieron de las sombras y empezaron a caminar hacia el hombre desde ángulos distintos.
Toro salió de su posición y se adelantó al frente, cerrando la salida natural de la cuadra. El hombre que caminaba despacio vio el movimiento antes de que los otros tres lo vieran a él y no cambió de paso. Eso fue lo primero que Toro notó y descartó. A veces los turistas no entienden lo que están viendo hasta que ya es demasiado tarde para hacer otra cosa que quedarse quietos. lo interpretó como ingenuidad.
Se equivocó. Toro llegó al frente del hombre y se plantó con la amplitud de hombros que había aprendido a usar como primer argumento en cada conversación de este tipo. Los dos hombres que habían salido de los lados se posicionaron a aproximadamente metro y medio de cada flanco.
Un quinto, el que todos llamaban cuchillo, salió del extremo opuesto de la cuadra y bloqueó la retirada. Cinco puntos de un pentágono. El hombre chino en el centro. Esta es una cuadra de cobro, dijo Toro con la tranquilidad de quien dice algo que ha dicho 100 veces y nunca ha necesitado repetir. Turistas pagan tarifa de orientación. El hombre lo miró no con miedo, no con agresividad, con algo que Toro tardó un momento en clasificar porque no encajaba con ninguna de las respuestas habituales.
Atención, pura, completa, calculada. Atención. No soy turista”, dijo el hombre en inglés, sin acento, sin apuro. “Mejor”, respondió Toro. “Entonces ya sabes que esto es rápido.” Y fue en ese momento, mientras los segundos se ordenaban en fila, cuando Danny Kon, el dueño del bar Bambu Club, quedaba a esa misma cuadra, salió a fumar su cigarrillo de las 10 de la noche y se detuvo en el marco de la puerta trasera de su establecimiento.
conocía a Toro. Había pagado durante dos años y medio. Sabía exactamente lo que estaba mirando. Y lo que estaba mirando era un hombre pequeño en el centro de un círculo del que no iba a salir sin consecuencias. Pensó en llamar a la policía, pensó en volver adentro. Al final no hizo ninguna de las dos cosas porque algo en la postura del hombre en el centro lo dejó clavado en el umbral.
No era miedo, era otra cosa, algo quieto y compacto que Dani no habría sabido nombrar en ese momento. El hombre en el centro del círculo giró el cuello muy levemente hacia uno de los lados, luego hacia el otro, no para medir la distancia, eso ya lo sabía, para algo más, para calibrar algo que los cinco hombres a su alrededor no podían ver.
¿Cuánto?, preguntó el hombre con la misma calma. Toro sonríó. La pregunta correcta llegaba siempre. Algunos tardaban más, algunos menos, al final llegaba. 200, dijo el hombre en el centro. Dejó caer la bolsa de cuero al suelo, muy despacio, como si estuviera poniéndola en un gancho en lugar de en el pavimento mojado de Oakland.
Y entonces dijo algo que Toro en tres años de operaciones en esa cuadra nunca había escuchado. No, si estás disfrutando esta historia y quieres ir más profundo en la filosofía real de Bruce Lee, los principios que guiaban cada decisión de su vida, tengo algo especial para ti. preparé un ebook gratuito que se llama Las cinco reglas secretas de Bruce Lee y está disponible exclusivamente para los suscriptores de este canal.
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Durante un segundo, uno de esos segundos que en retrospectiva se recuerdan como eternidades. Nadie en esa cuadra hizo nada. Toro parpadeó, no por confusión, por recalibración, en su sistema de comprensión del mundo. La respuesta no. En esta situación pertenecía a una categoría muy específica, la de los hombres, que todavía no habían terminado de entender dónde estaban.

La corrección de esa incomprensión era su trabajo. Escuché mal, dijo Toro dando un paso adelante. No, repitió el hombre con exactamente la misma entonación, como si la primera vez no hubiera sido suficientemente clara. Lo que ocurrió después sucedió en el tiempo condensado de las situaciones donde el cuerpo actúa antes de que la mente haya terminado de formular la instrucción.
Marco, el que estaba al flanco derecho, un hombre de 110 kg con experiencia en peleas de bar y 2 años navegando en la marina antes de desertar, dio dos pasos rápidos y agarró al hombre por el hombro con la mano derecha, la clase de agarre que en su experiencia siempre terminaba la conversación antes de que empezara a costar tiempo.
Lo que sintió en cambio fue que su muñeca era tomada, no detenida, tomada. Con una velocidad que no vio venir, la mano que había extendido para agarrar fue capturada en un ángulo que le torció la articulación hacia adentro y hacia arriba simultáneamente, y antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, su propio brazo lo empujaba hacia abajo y a la derecha cayó de rodillas.
El segundo hombre del flanco, Pinto, que había visto caer a Marco en menos de un segundo, respondió con el instinto de quien lleva años en situaciones de este tipo. Se lanzó hacia delante con el peso de sus 95 kg, apuntando al centro de la figura pequeña. El hombre se movió lateralmente con una velocidad que Danny Ken, desde el umbral del bar describió años después simplemente como desaparición.
No esquivó el golpe, lo dejó pasar y mientras pasaba hizo algo con el codo derecho y el antebrazo de pinto que hizo que el sonido que llegó hasta la puerta del Bambu Club fuera el de algo que se dobla en una dirección en la que no debería. Pinto se fue al suelo con un grito cortado.
Dos segundos, dos hombres en el pavimento y entonces Toro entró. Toro no era de los que se detenían a pensar cuando la situación escalaba. El pensamiento era para antes y para después. En el medio había décadas de memoria muscular acumulada en patios y muelles callejones que le decían una cosa muy simple: volumen y velocidad. Un hombre grande que se mueve deprisa hacia un objetivo pequeño no necesita técnica, necesita convicción.
Entró con convicción, hizo lo que siempre hacía en las situaciones donde el bloqueo era imposible. En lugar de intentar atrapar las manos, fue directamente al cuerpo. Chocó con el hombre a la altura del pecho, los brazos rodeando la figura pequeña, la fuerza de su carga multiplicada por cada kilo de diferencia entre ellos.
El hombre no voló hacia atrás, pero cedió. fue empujado hacia la pared de ladrillos del Jade Garden con suficiente fuerza como para que el impacto produjera un sonido sordo y definitivo. La espalda del hombre golpeó el ladrillo y la cabeza fue lo siguiente: No con violencia extrema, pero sí con suficiente contacto como para que algo cediera en el equilibrio de la situación.
El hombre fue al suelo, una rodilla primero, la otra después. Dan apagó el cigarrillo contra el marco de la puerta. Cuchillo y el quinto hombre se habían acercado ahora. Los cinco, bueno, tres en pie, dos recuperándose en el piso, formaban un semicírculo apretado alrededor de la figura en el pavimento. El hombre estaba de rodillas, tenía la mano derecha apoyada en el suelo, la cabeza ligeramente inclinada.
Desde la 100 izquierda, donde había contactado el ladrillo, había una línea oscura y delgada que bajaba hacia el pómulo. Sangre. Toro se estiró a su altura máxima. Respiraba con el esfuerzo de la carga, los puños todavía cerrados. La niebla del puerto rodeaba la cuadra con su olor a sal.
Última oportunidad, dijo Toro. 200. El bolso y caminas. El hombre en el suelo no respondió de inmediato. Durante ese silencio que duró 4, cco 6 segundos. Nadie habló. Cuchillo cambió el peso de un pie al otro. Marco, que había conseguido ponerse de pie con la muñeca apretada contra el pecho, miraba la figura arrodillada con una expresión que no era exactamente triunfo.
Era algo más parecido a una pregunta que no sabía cómo formular. La cabeza del hombre se levantó, no de golpe, despacio. Y cuando estuvo completamente erguida, las rodillas todavía en el suelo, la sangre en la 100, la espalda perfectamente recta, sus ojos barrieron el semicírculo con una calma tan completa y tan absoluta que Cuchillo dio, sin darse cuenta medio paso hacia atrás.
No era la mirada de alguien derrotado, era la mirada de alguien que acaba de entender la geometría de la situación. Toro lo vio, no supo interpretarlo, lo catalogó como negación, como el último refugio psicológico de alguien que todavía no había aceptado que la conversación había terminado. Se equivocó por segunda vez esa noche.
El hombre en el suelo vio lo que nadie más en esa cuadra veía. Tres hombres en pie en un semicírculo de aproximadamente 4 m de diámetro. El callejón detrás de toro tenía 1,20 de ancho, suficiente para uno, no para dos en paralelo. Pinto seguía en el suelo a su izquierda, fuera de juego. Marco tenía la muñeca comprometida y estaba a su derecha, lejos del eje de ataque.
Cuchillo y el quinto, que todos llamaban roca, estaban en los flancos. Pero habían cerrado el círculo demasiado. Estaban a menos de 1 metro y medio entre ellos. Si Toro entraba primero, bloqueaba a los otros dos durante el segundo y medio que siguiera. Un segundo y medio era mucho tiempo. El hombre tomó aire lento, profundo, completo y se puso de pie.
No con esfuerzo, no con el movimiento entrecortado de alguien que se recupera de un golpe, con la continuidad fluida de alguien que simplemente cambia de posición. Las rodillas se estiraron, la espalda se alineó, los pies encontraron el suelo con la misma quietud con que habían salido de él. se quedó parado, manos abiertas a los costados, el peso distribuido hacia delante, apenas perceptible si no sabías qué buscar.
Los ojos en toro. Bien, dijo Toro y avanzó. Entró con el puño derecho primero. Era un golpe bueno, directo, el tipo de golpe que había terminado conversaciones en 34 países distintos si se le preguntaba a él. Aunque en realidad eran solo tres estados del Pacífico y un verano en Tijuana, el golpe venía con velocidad, con peso, con convicción.
No llegó. Lo que ocurrió en el instante siguiente fue descrito por Danny Quan durante años de formas diferentes, dependiendo de cuántas cervezas llevaba encima cuando lo contaba. Pero el núcleo de la descripción siempre era el mismo. El hombre pequeño no esquivó el golpe, lo absorbió, entró hacia él, giró la cadera en el momento exacto en que el puño pasaba y el brazo de toro quedó extendido en el aire, donde la cabeza había estado una fracción de segundo antes.
Entonces el hombre hizo tres cosas en lo que Dani siempre describía como un solo movimiento, aunque sé que fueron varios. El antebrazo izquierdo desvió el codo de toro hacia afuera, rompiendo la estructura de su guardia. La palma derecha se colocó con precisión en el esternón, no un golpe, un punto de contacto y con una cantidad de fuerza que no tenía proporción aparente con el tamaño del hombre que la generaba.
Toro fue enviado hacia atrás. Sus pies perdieron el contacto con el pavimento. El aire salió de sus pulmones antes de que tuviera tiempo de procesarlo. Aterrizó sentado contra la pared del callejón. Cuchillo entró por la derecha. El hombre giró hacia él sin retroceder. No hay otra forma de describirlo que no sea esta. Lo leyó.
Leyó el ángulo del hombro, la altura del centro de gravedad. la velocidad de aproximación y en lugar de bloquearlo dio un único paso lateral y dejó que el momentum de cuchillo pasara junto a él, ayudándolo apenas, una mano en la espalda, otra en el antebrazo. A continuar ese movimiento en una dirección que Cuchillo no había elegido, la pared del Jade Garden recibió a Cuchillo con la misma cortesía que Toro había recibido del callejón.
Roca frenó, cuatro hombres en el suelo o fuera de posición, uno de pie, paralizado entre el instinto de avanzar y la certeza de que avanzar era exactamente lo que el hombre pequeño esperaba que hiciera. El hombre se giró hacia Roca. Esperó. Roca no se movió. El silencio que siguió duró suficiente tiempo como para que Danny Kon escuchara el barco que pasaba por el puerto invisible en la niebla con su bocina grave y lenta como una pregunta sin respuesta.
Toro se puso de pie despacio, con una mano apoyada en la pared, la otra en el propio pecho, donde el golpe había vaciado sus pulmones. Lo hizo porque no podía permanecer en el suelo, no en su cuadra, no frente a su gente. Pero mientras se erguía, algo había cambiado en la mecánica de cómo procesaba la situación. Miró al hombre frente a él. Medía lo mismo que antes.
Pesaba lo mismo que antes. La sangre en la 100 seguía ahí. Las manos seguían abiertas. El suéter oscuro tenía una mancha de polvo del pavimento en la rodilla izquierda, pero era completamente diferente. Toro había golpeado a boxeadores, había trabajado con matones de verdad, había tenido conversaciones con hombres que antes de retroceder rompían cosas.
En ninguno de ellos había visto lo que veía ahora en este hombre. la ausencia total de esfuerzo, no la apariencia de facilidad, la facilidad real, como si lo que había ocurrido en los últimos 2 minutos hubiera requerido del hombre exactamente la energía que requería respirar. ¿Quién eres?, preguntó Toro. Y la pregunta salió de una forma en que sus propias palabras no solían salir, sin la capa de autoridad que normalmente las envolvía.
El hombre lo consideró un momento. Alguien que estaba cenando respondió, “Y que ahora quiere irse a casa.” Se agachó, recogió la bolsa de cuero del pavimento, se la colgó al hombro, se giró hacia la salida de la cuadra. Toro no se movió para detenerlo. Ninguno de los cinco se movió. El hombre caminó hasta la esquina. Se detuvo un momento.
Sin girar del todo, habló una última vez hacia la calle que dejaba atrás. El hombre del bar, dijo con una calma que llegó hasta Dani como si le estuviera hablando directamente. Gracias por quedarte. Y dobló la esquina. Dan cerró el bar esa noche más tarde de lo habitual. estuvo sentado durante una hora con una copa de whisky sin tocar sobre la barra tratando de organizar lo que había visto en un formato que tuviera sentido.
El problema era que tenía sentido, solo que de una forma que contradecía todo lo que Dani había aprendido en 43 años de existencia sobre cómo funciona el poder. Lo que había visto no era a un hombre pequeño derrotando a cinco grandes. Eso era la superficie, la descripción que usaría cualquiera que hubiera estado en la cuadra y que redujera lo que ocurrió a su mecánica más básica.
Lo que Dani había visto era algo más específico y más difícil de nombrar. Era un hombre que podría haber hecho mucho más daño del que hizo y eligió no hacerlo, no porque no pudiera, porque no necesitaba. Cada movimiento había sido exactamente tan grande como la situación requería, ni un centímetro más. Cuchillo estaba magullado, pero completo.
Marco tenía la muñeca adolorida, pero no rota. Toro había recuperado el aire y con él, si tenía suerte y algo de tiempo, también recuperaría algo de lo que había perdido en esa cuadra, aunque eso era más difícil de reconstruir que un cartílago. “Hay una diferencia”, pensó Dani seguía intacta entre un hombre que no puede hacerte daño y un hombre que decide no hacértelo.
El primero te deja con lástima. El segundo te deja con algo mucho más complicado. Los meses que siguieron a esa noche en Oakland fueron algunos de los más productivos en la historia de Bruce Lee como artista, instructor y pensador. estaba en el proceso de sistematizar lo que llamaría Jit Kuned, no un estilo, sino la eliminación de los estilos.
La idea de que las formas y los catas y los sistemas codificados de movimiento eran, en el fondo, la misma trampa, la tendencia humana de confundir el mapa con el territorio. “El tigre no estudia cómo morder”, escribió en sus notas de esa época. El agua no estudia cómo fluir. La pregunta que Bruce Lee estuvo reformulando durante esos años no era cómo pelear mejor, era cómo pelear menos y estar siempre listo para cuando no hubiera otra opción.
La diferencia entre esas dos preguntas es donde vive toda su filosofía. Un alumno de esa época que pidió no ser identificado en las notas que compartió décadas después, recordaba haberle preguntado a Bruce Lee una tarde en el doyo si alguna vez había estado en una situación donde hubiera querido usar más fuerza de la que usó y se hubiera contenido.
Bruce Lee lo miró durante un momento. Siempre dijo, “Esa es la parte que no se entrena en el doyo. Se entrena aquí y se señaló el pecho, no el corazón, el centro, el lugar donde vive la decisión antes de convertirse en movimiento. Ahora necesito hablar contigo directamente porque lo que acabo de describir no es solo una historia, es una comprensión de Bruce Lee que la mayoría de los documentales y los canales de YouTube nunca terminan de mostrar porque se quedan con la velocidad.
con los golpes, con la estética de la película. Pero Bruce Lee fue algo mucho más complejo y más poderoso que eso. Fue un sistema, una forma de pensar sobre el cuerpo, sobre el tiempo, sobre el ego, sobre el miedo, sobre la disciplina que está completamente documentada en sus escritos personales, en sus diarios de entrenamiento, en sus cartas.
Y yo pasé meses organizando todo eso en un solo lugar. El libro se llama El código Bruce Lee, filosofía, entrenamiento, dieta y disciplina del hombre que redefinió los límites del ser humano. Está disponible en Amazon KDP y en Hotmart. El link está en la descripción de este video. Pero hay algo que quiero que sepas.
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Cuando decida cerrarlo, lo cierro. Así que si te interesa el momento es ahora. El código en la descripción, el cupón legado 20. Toro dejó esa cuadra seis semanas después de esa noche. No fue de golpe, fue gradual. La forma en que las cosas que ya no tienen sentido se van deshaciendo. Primero los bordes, luego el centro.
Algunos de sus hombres dijeron que algo había cambiado en él después de esa noche de noviembre, que ya no tenían la misma certeza en las decisiones pequeñas, la misma velocidad para comprometerse con una acción sin pensarla primero. Eso no es debilidad. Es lo que le ocurre a un hombre cuando por primera vez en mucho tiempo se encuentra frente a algo que no puede contener con volumen ni con velocidad cuando descubre que la categoría de fácil que había construido durante años tenía un error fundamental en su arquitectura.

Dan Kon lo vio irse sin decir nada. Solo pensó en el hombre del suéter oscuro, en la bolsa de cuero colgada al hombro, en los pasos que se alejaron hacia la esquina sin apuro. Hay una cosa que Dani siempre incluyó al final de la historia cuando la contaba, que el hombre que caminó de vuelta hacia la oscuridad de esa noche de Oakland no parecía enojado, no parecía satisfecho, no parecía nada que Dani pudiera categorizar como respuesta emocional a lo que acababa de sobrevivir.
Parecía exactamente lo mismo que cuando salió del restaurante, como si hubiera habido un desvío pequeño e inevitable en el camino a casa, y el camino siguiera ahí esperando como siempre había estado. Eso, más que cualquier golpe, más que cualquier técnica, más que cualquier velocidad que Dani había presenciado esa noche, fue lo que lo dejó sin dormir hasta las 4 de la mañana.
No la fuerza, la ecuanimidad. Bruce Lee dijo una vez, y esto sí está documentado en sus notas personales, en los registros de sus clases, que el marcador real de un artista marcial no era lo que hacía cuando estaba preparado, era lo que hacía cuando no lo estaba. La preparación, deía, es para el cuerpo. La ecuanimidad es para el momento en que el cuerpo ya hizo todo lo que podía y todavía no fue suficiente.
Es para el segundo en que estás de rodillas con sangre en la cara y el mundo espera para ver qué decide ser a continuación. No hay entrenamiento que produzca eso directamente, solo la decisión repetida, constante de no ceder al ruido externo o interno de que la situación te define. Tú no eres lo que te ocurre, eres lo que haces con ello cuando ya ocurrió y el pavimento todavía está frío bajo tus rodillas.
Antes de que cierres este video, quiero preguntarte algo específico. En esta historia, Bruce Lee tuvo la posibilidad de hacer daño real y eligió no hacerlo. No porque tuviera miedo de las consecuencias, porque no era necesario. ¿Hubo alguna vez en tu vida un momento donde tenías el poder de responder con más fuerza de la que la situación necesitaba y elegiste no hacerlo? o uno donde desearías haber tenido esa ecuanimidad y no la tuviste.
Cuéntamelo en los comentarios, me interesa leerlo. Y si esta historia te movió algo, un like es la forma más simple de decírselo al canal y de ayudar a que llegue a alguien más que también lo necesita escuchar hoy. El link al ebook gratuito. Las cinco reglas secretas de Bruce Lee está en la descripción.
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Los eventos y diálogos son ficticios y tienen fines de entretenimiento.